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Full text of "Historia de la Santa a.m. iglesia de Santiago de Compostela"

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HISTORIA 


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SANTA  A.  M.  IGLESIA  DE  SaiVÍíAGü  M  COMPOSTELA 


HISTORIA 


DE    LA 


i  I,  IGLESIA  II  Sil 


DE   GOMPOSTELA 


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JPOTÍ  EL 


piC,  p,  y^NTONIO   pÓPEZ  pERREIRO, 

CANÓNIGO  DE  LA  MISMA 

y  correspondiente  de  la  Real  Academia  de  la  Historia. 


(CON  LICENCIA  DE  LA  AUTORIDAD  ECLESIÁSTICA) 


Imp.  y  Enc.  del  Seminario  Conciliar  Central 

1839 


Es  PBOPIKDAD. —  Queda 
nicho  ít  dtpósito  que  ytuxtea 
ta  5?ctj . 


LIBRO  SEGUNDO 

LOS  TRES  PRIMEROS  SÍGLOS  DE  LA  IGLESIA 

COMPOSTELANA 


VI 


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CAPÍTULO  I 


Descubrimiento  del  Sepulcro  de  Santiago.— Venida  de  D.  Al- 
fonso el  Casto  á  Arca  Marmorica  para  enterarse  por  sí  mis- 
mo del  venturoso  hallazgo.  — El  Papa  San  León  III.  —  Enu- 
meración de  las  principales  Reliquias  de  Santiago  de  que 
hay  noticia  en  diversas  iglesias  de  Europa. 


(*) 


l  hacer  Isaias  en  el  capítulo  XV  de  su 
Profecía  la  reseña  de  las  futuras  gran- 
dezas y  prerrogativas  de  la  Humanidad 
de  Nuestro  Señor  Jesucristo,  cuenta 
como  una  de  ellas,  el  que  á  Él  habrían 
de  dirigir  sus  preces  las  naciones,  y  que  su  Sepulcro 
sería  glorioso.  Ipsum  gentes  deprecábuntur ,  et  Sepulchrum 
ejus  erlt  gloriosum.  En  más  de  una  ocasión  manifestó  el 
Señor,  con  hechos  patentes,  que  era  su  voluntad,  que 
sus  más  amados  Discípulos  participasen  de  sus  glorias, 


(*)  Esta  inicial,  lo  mismo  que  todas. las  demás  de  los  capítulos  de  este 
tomo,  ha  sido  tomada  por  el  distinguido  grabador  D.  Enrique  Mayer,  por. 
medio  del  calco,  del  Salterio  de  Fernando  I,  escrito  é  iluminado  en  el 
año  1055. 


8  LIBBO  SEGUNDO 


como  compartían  con  Él  las  humillaciones  y  los  sufri- 
mientos. Los  tres  Discípulos  que  fueron  testigos  de  las 
amarguras  del  Huerto  de  las  Olivas,  lo  fueron  también 
de  las  radiantes  y  maravillosas  magnificencias  del  Ta- 
bor.  Parecía,  pues,  que  podía  esperarse  de  la  benignidad 
del  Señor  para  con  sus  amados  Discípulos,  el  que  tam- 
bién ellos  tuviesen  un  Sepulcro  glorioso.  Así  lo  tuvieron, 
en  efecto,  San  Pedro  en  Roma  y  San  Juan  en  Efeso. 
Mas  el  Sepulcro  de  Santiago,  ¿dónde  se  hallaba?  El  tiem- 
po, las  vicisitudes  humanas,  las  dolorosas  crisis  por  que 
tuviera  que  atravesar  nuestra  Península,  borraran  todo 
recuerdo,  toda  indicación  precisa  del  sitio  en  que  esta- 
ba; y  ya  no  era  pequeña  cosa  el  que  se  hallase  graba- 
do en  la  memoria  de  los  pueblos  y  consignado  en  algún 
códice  poco  conocido,  que  Santiago  yacía,  sepultado  en 
Arca  marmorica,  ó  Arcis  marmoricis,  en  la  comarca  de 
Amaía,  provincia  de  Galicia.  Y  sin  embargo,  la  volun- 
tad del  Señor  era,  que  Santiago  tuviese  un  Sepulcro 
glorioso,  ante  el  cual  también  las  naciones  elevasen  sus 
plegarias. 

La  Amaía  era  una  región  incluida  en  el  territorio 
de  los  Cáporos,  y  ocupaba  toda  la  cuenca  del  Sar  hasta 
cerca  de  Iria  Flavia,  y  por  el  N.  se  hallaba  limitada  por 
el  Tambre.  Casi  en  el  extremo  oriental  de  esta  región, 
había  un  pequeño  castro  (1),  en  cuya  vertiente,  por  la 
parte  que  miraba  al  Sudeste,  á  principios  del  siglo  IX, 
se  elevaba  una  muy  modesta  iglesia,  que  servía  de 
parroquia  para  el  reducido  número  de  labradores  que 


(1)  Este  castro  coronaba  un  alto  cerro  que  por  el  Mediodía  se  extendía 
hasta  el  río  Sar,  y  por  el  Noroeste,  con  más  larga  pendiente,  llegaba  hasta 
el  Sarela,  afluente  del  Sar, 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAff  A  9 

cultivaban  algunas  tierras  como  á  tres  kilómetros  hacia 
el  Nordeste  en  los  lugares  de  A  mió,  cerca  del  Sar,  y  en 
algunas  otras  aldeas  á  la  redonda. 

No  consta  desde  cuándo  databa  la  iglesia;  pero  á 
juzgar  por  algunas  sepulturas  que  se  descubrieron  á 
principios  del  siglo  pasado,  en  el  año  1724  (1),  para 
ensanchar  el  atrio,  debía  remontarse  á  los  siglos  V  ó 
VI.  Dichas  sepulturas  estaban  excavadas  en  la  misma 
roca  como  otras  del  tiempo  de  los  Suevos.  Actualmente 
esta  iglesia  de  aquella  época,  no  conserva  más  que  el 
tímpano  ó  dintel  de  la  puerta  de  entrada,  el  cual  ostenta 
grabada  una  sencilla  cruz  de  brazos  iguales,  y  puede 
atribuirse  al  siglo  VIII  ó  IX,  y  quizás  proceda  de  la  ree- 
dificación hecha  por  el  Obispo  Sisnando  I.  San  Félix, 
mártir  de  Gerona,  era  su  Santo  titular,  y  además  como 
sobrenombre  llevaba  el  de  Solóbio  ó  Sub  lóbium,  esto  es, 
debajo  ó  al  pie  del  bosque  ó  de  la  enramada  (2). 

El  terreno  inmediato  á  la  iglesia  estaba,  al  parecer, 
despoblado.  El  castro,  á  cuyo  pie  ésta  se  erguía,  si  en 
otro  tiempo  había  servido  para  guardar  los  confines  de 
los  antiguos  Amaeos,  entonces,  como  tantos  otros  en 
nuestra  región,  quedara  sin  objeto,  y  se  convirtiera  en 
un  espeso  y  casi  impenetrable  matorral,  como  era  todo 
el  suelo  que  lo  rodeaba. 

En  los  comienzos  del  siglo  IX  dieron  en  esparcirse 
rumores  de  que  de  la  Otra  parte  del  castro,  en  el  sitio 
en  que  justamente  el  bosque  era  más  cerrado  y  más 
denso,  se  veían  de  noche  luces  extrañas  como  estrellas, 


(1)  V.  Huerta,  Anales  de  Galicia,  tomo  I,  lib.  II,  cap.  VIII,  pág.  110. 

(2)  Lobium  ó  Lobio  viene  de  la  raíz  germánica  laub,  frondosidad; 
ramaje. 


10  líbbo  Segundo 


y  aun  se  oían  voces  suaves  y  armoniosas,  que  al  parecer 
nada  tenían  de  natural.  Los  rumores  cada  día  fueron 
tomando  cuerpo,  hasta  que  se  hicieron  públicas  y  noto- 
rias aquellas  maravillosas  manifestaciones,  y  muchos 
eran  los  que  deponían  haber  visto  las  luces  y  resplando- 
res prodigiosos  y  haber  oído  las  voces  y  los  cánticos. 

Vivía  por  allí  cerca,  hacia  el  sitio  que  hoy  ocupa  la 
iglesia  de  San  Payo  ó  Pelayo,  un  piadoso  anacoreta,  por 
nombre  Pelayo,  el  cual,  fuese  por  divina  inspiración, 
como  dicen  algunos,  fuese  por  inducción  de  algunos  da- 
tos históricos  que  él  pudiese  poseer,  no  tardó  en  darse 
en  cuenta  de  lo  que  significaban  aquellas  extraordina- 
rias apariciones,  pues  para  él  en  aquel  sitio  debía  de 
hallarse  sepultado  el  cuerpo  del  bienaventurado  Apóstol 
Santiago  (1). 

Cundió  la  voz  y  la  fama  de  lo  que  ocurría,  y  traspa- 
só los  límites  de  la  parroquia  de  Solobio;  pues  las  luces 
no  desaparecían,  ni  los  cánticos  cesaban.  Ya  no  era  sólo 
el  vulgo,  el  pueblo,  el  que  se  hacía  eco  de  tales  prodi- 
gios; sino  que  muchas  personas  notables  quisieron  averi- 


(l)  Dubium  quidem  non  est  sed  multis  manet  notum,  —se  dice  en  la 
Escritura  de  concordia  entre  el  Obispo  Compostelano  D.  Diego  Peláez  y  el 
Abad  S.  Fagildo  otorgada  en  1077,—  sicut  testimonio  Bti.  Leonis  didicimus 
Papae,  quod  Bmus.  Apóstol us  Iacobus  Hierosilimis  decollatus  a  discipulis 
Ioppem  asportatus,  ad  ultimum  Hispaniam,  manu  Domini  gubernante,  sit 
translatum,  et  in  finibus  Galleciae  sepultum  per  longa  témpora  mansit 
occultum.  Sed  quia  lux  in  tenebris,  vel  lucerna  sub  modio  diu  latere  non 
potuit,  divina  providente  clementia,  temporibus  serenissimi  Regis  domini 
Adefonsi,  qui  vocatur  Castus,  cuidam  anacoritae  nomine  Pelagius,  qui  non 
longo  a  loco,  in  quo  apostolicum  Corpus  tumulatum  iacebat,  degere  consue- 
verat,  primitus  revelatum  esse  angelicis  oraculis  dignoscitur.  Deinde  sacris 
luminaribus  quam  pluribus  fidelibus  in  ecclesia  sancti  Felicis  de  Lo  vio, 
cornmorantibus  ostenditur. 


LOS  tfBEá  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  ÓÓMíOSfíÍLAttA  Ü 

guar  qué  era  lo  que  en  esto  había  de  cierto,  y  contem- 
plar por  sí  mismas  tan  inusitado  espectáculo.  Ya  no 
cabía  dudar,  de  que  aquello  era  presagio  ó  indicio  de 
algún  grave  y  trascendental  acontecimiento,  que  esta- 
ban muy  lejos  de  poder  adivinar.  Los  más  autorizados 
entre  ellos  juzgaron  que  lo  que  procedía  era  poner  en 
conocimiento  del  Diocesano,  el  Obispo  de  Iría,  todo  lo 
que  estaba  pasando,  para  que  él  tomase  las  providen- 
cias que  creyese  más  convenientes. 

El  venerable  Teodomiro,  que  éste  era  el  Prelado  que 
entonces  ocupaba  la  Sede  Iriense,  escuchó,  no  sin  extra- 
ñeza  y  asombro,  lo  que  le  referían  aquellas  personas  dig- 
nas de  entero  crédito,  entre  las  cuales  es  fácil  que  se 
contase  el  anacoreta  Pelayo;  pero,  no  porque  dudase  de 
su  veracidad,  sino  porque  quería  presenciar  por  sí  mismo 
aquellos  prodigios,  dejó  su  ciudad  episcopal  y  se  vino  al 
solitario  bosque ,  teatro  de  tan  impensadas  maravi- 
llas (1).  Y  vio  por  sus  propios  ojos  las  maravillosas  luces 


(1)  Qui  inito  consilio  Iriensem  Episcopum  dominum  Theodomirum 
arcessiverunt,  sanctam  visionem  illi  detegentes.  (Escrit.  cit.) 

Quídam  namque  personati  et  magnae  auctoritatis  viri  praefato  Episcopo 
(Theodomiro)  retulerunt  se  luminaria  in  nemore,  quod  super  Bti.  Iacobi 
tumbam  diuturna  vetustate  excreverat,  nocturno  tempore  ardentia  multo- 
tiens  vidisse;  ibique  Ángelus  sibi  frequentius  apparuisse.  (Hist.  Comp.,  li- 
bro I,  cap.  2). 

Por  rreuelacon  foy  alguus  homes  et  personas  de  grande  auctoridade 
demostrado  et  apertamente  viiam  grandes  lumes  de  candeas  arder  de  noyte 
et  de  dia  en  huun  monte  muy  espeso  de  muytas  aruores  et  siluas  a  oyto 
milias  de  Iria,  et  que  non  se  apagauan  de  dia  e  de  noyte.  Et  mays  que  oyan 
ende  continuamente  grandes  cantares  de  angeos.  Os  quaes  foron  a  o  dito 
Obispo  e  lie  contaron  a  dita  uison.  (Coránica  de  Sta.  María  de  Iria,  de  la 
copia  original  que  se  guarda  en  el  Archivo  de  la  S.  I.  M.  de  Santiago,  y 
aue  fué  escrita  por  Ruy  Vázquez  hacia  el  año  1467}. 


12  LIBEO  SEGUNDO 


y  resplandores,  y  oyó  las  angélicas  melodías  (1).  No  era 
dado  vacilar;  todo  aquello  encerraba  un  misterio  que, 
con  los  auxilios  divinos,  era  preciso  aclarar.  Publicó  un 
ayuno  de  tres  días  para  obtener  del  Señor  luz  y  acierto 
en  los  trabajos  que  se  proponía  emprender. 

Hecha  esta  necesaria  diligencia  para  no  incurrir  en 
la  nota  de  temeridad,  el  día  de  antemano  señalado  se 
presentó  con  trabajadores  de  su  confianza  en  el  lugar  de 
las  estrellas,  comenzó  á  desmontarlo  de  toda  la  maleza  y 
ramaje,  y  pronto  descubrió  restos  de  antigua  edificación. 
Esto  no  hizo  más  que  comunicar  mayor  ardor  á  los  ope- 
rarios, mayor  atención  y  ansiedad  al  Prelado,  y  aumen- 
tar la  indecible  expectación  de  las  turbas  de  fieles,  que 
habían  acudido  en  tropel  al  sitio,  ávidos  de  contemplar 
el  desenlace  de  tan  extraordinarios  acontecimientos. 

Comienzan  á  sacar  ladrillos,  trozos  de  mármol,  silla- 
res de  granito,  hasta  que  al  fin  dan  con  los  muros  de  un 
pequeño  monumento  perfectamente  labrado.  Con  cre- 
ciente afán  y  empeño  siguen  escombrando,  y  dejan 
descubierto  el  edificio  y  el  embaldosado  que  lo  rodea. 
Allí  pudieron  notar  dos  sepulturas  cubiertas  con  baldo- 
sas de  ladrillos;  pero,  ¿qué  era  lo  que  contenía  el  edifi- 
cio? La  puerta  estaría  probablemente  tapiada.  A  una 
indicación  del  Prelado  la  franquean;    y  el  venerable 


(1)  Quo  audito  ipsemet  ad  eum  locum  unde  illi  se  talia  vidisse  assere* 
bant,  accessit,  et  luminaria  in  praedicto  loco  ardentía  propriis  oculis  pro- 
culdubio  aspexit.  (Hist.  Comp.,  loe.  cit.) 

O  qual  quando  oyeu,  foy  muy  marauillado,  e  foyse  con  eles  ao  dito 
lugar,  et  por  la  gracia  de  Deus,  que  querío  illuminar  et  onrrar  a  egleaia 
onde  tal  por  lo  precioso  thesouro  do  corpo  do  glorioso  apostólo  Santiago,  ó 
dito  bispo  por  sy  meesmo  veo  as  ditas  candeas  e  luminarias  et  oyeu  os 
ditos  cantares  angelicaes.  (Coránica  citada). 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


13 


Teodomiro  penetra  y  ve  un  altar,  y  al  pie  del  altar  una 
losa  sepulcral  rodeada  de  un  pavimento  de  mosaico. 
Hace  levantar  la  losa;  y  aparece  un  cadáver,  que  á  juz- 
gar sólo  por  el  sitio  donde  se  halla,  debajo  de  un  altar. 


Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  1  vuelto  que  representa  el  descubrimiento  de  los  Sepulcros 

de  Santiago  y  sus  dos  Discípulos. 


no  podía  menos  de  ser  de  un  Santo,  y  de  un  gran  Santo. 
Reconoce,  registra,  repasa  todo  el  Sepulcro,  todos  los 
objetos  que  en  él  se  hallan,  examina  la  bóveda,  las  pa- 
redes, quizás  decoradas  con  pinturas,  y  todos  los  rincones 


14  LIBRO  SEGUNDO 


del  monumento,  se  fija  en  la  lámpara  ó  lucerna  que  de- 
bió estar  cerca  del  altar  (1),  y  halla,  no  ya  indicios, 
sino  pruebas  evidentes  de  que  el  Santo  que  allí  yace  se- 
pultado es  nada  menos  que  el  Apóstol  Santiago,  Evan- 
gelizador  de  España.  Esto  lo  movió,  sin  duda,  á  confron- 
tar con  los  datos  que  se  hallaban  consignados  en  algu- 
nos de  los  códices  que  entonces  habían  de  guardarse  en 
Iria,  las  circunstancias  del  lugar  y  del  hallazgo;  y  por 
de  pronto  vio  que  aquel  sitio  se  llamaba  Arca  marmorica, 
y  que  estaba  dentro  de  los  confines  de  la  Amaía.  Este 
era  el  sitio  en  que  las  antiguas  memorias  colocaban  el 
Sepulcro  de  Santiago  (2).  Por  allí  cerca  estaba  también 
el  famoso  monte  Ilicino,  en  el  cual,  aún  en  tiempo  de 


(1)  En  las  antiguas  miniaturas  que  representan  esta  escena,  se  ve,  en 
efecto,  una  lámpara  suspendida  sobre  el  sepulcro. 

(2)  Qui  (Theodomirus)  indicto  triduano  jejunio,  fidelium  caetibus 
agregatis,  Beati  Jacobi  sepulchrum  marmorcis  lapidibus  contectum  inve- 
nit.  (Escrit.  cit.) 

Divina  igitur  inspiratus  gratia  (Theodomirus)  praefatum  nemusculum 
festinanter  adiit,  et  diligentius  circunspiciens,  quamdam  domunculam  mar- 
moream  tumbam  intra  se  continentem,  inter  sylvas  et  frútices  invenit. 
(Hist.  Comp.,  loe.  cit.) 

Et  por  la  graca  de  Deus  entrou  (Teodomiro)  ena  espesidume  do  monte 
•  et  achou  hua  casilla  pequeña  de  arcos  de  marmores  et  dentro  hua  tunba  de. 
moymento  moy  boo,  a  qual  asy  achada,  dou  muytas  gracas  a  Deus  e  lan- 
couse  en  oración  et  en  jajun  (ayuno)  et  foylle  reuelado  que  era  aly  sepultado 
o  corpo  do  apostólo  Santiago  Zebedeu,  que  auia  oytocentos  anos  que  ally 
jazia  ascondido  en  aquel  monte  et  siluas  et  matos.  (Corán,  cit.) 

La  Compostelana,  que  guardó  toda  su  facundia  y  verbosidad  para  des- 
cribir el  pontificado  de  D.  Diego  Gelmírez,  bien  pudo  dar  del  descubri- 
miento del  Cuerpo  del  Santo  Apóstol  algunos  de  los  muchos  pormenores 
que  en  su  tiempo  aún  no  podían  estar  olvidados;  pues  aunque  su  objeto  era 
historiar  lo  primero,  lo  segundo  fué  suceso  tan  capital,  que  bien  merecía 
mayor  detención  y  una  relación   más   minuciosa.  Pero  los  autores  de  la 


tOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAN A  15 

Sisnando  I  tan  viva  se  conservaba  la  memoria  de  mu- 
chas de  las  escenas  á  que  dio  lugar  la  traslación  y  sepul- 
tura del  sagrado  Cuerpo  de  Santiago.  Otras  coinciden- 
cias, no  menos  inesperadas,  hallaría  Teodomiro,  que 
ahora  no  podemos  adivinar,  pero  que,  á  no  dudarlo, 
hicieron  en  su  ánimo  profunda  impresión,  y  le  obligaron 
á  prorrumpir  en  exclamaciones  de  la  más  viva  y  sincera 
gratitud  por  el  imponderable  beneficio  que  acababa  de 
recibir.  ¿Y  qué  espectáculo  no  ofrecería  aquella  muche- 
dumbre apiñada  en  el  bosque,  al  saber  que  era  el  Sepul- 
cro de  Santiago  lo  que  contenía  aquella  Mamoa  ó  Arca, 
que  por  tanto  tiempo  había  pasado  inadvertida,  como 
tantas  otras  en  nuestro  país?  Podrá  imaginarse  y  hasta 
cierto  punto  sentirse,  mas  no  describirse.  Diríase  que 
era  una  familia  desolada,  que  de  un  modo  inopinado, 
recobraba  á  su  amoroso  Padre,  á  quien  habían  llegado  á 
creer  para  siempre  perdido. 

Cuéntase  del  venerable  Asturio,  Obispo  de  Toledo, 
que  después  que  halló  en  el  Campo  laudable,  ó  sea  Alcalá, 
los  restos  de  los  Santos  Niños  Justo  y  Pastor,  ya  no  qui- 
so separarse  de  ellos  en  toda  su  vida.  Es  fácil  que  Teo- 
domiro no  se  acordase  de  esto;  pero,  como  los  sentimien- 
tos que  dominaban  su  pecho,  eran  los  mismos  que  los  de 


Compostelana  trataron  siempre  los  sucesos  antiguos,  si  no   con  despego,  al 
menos  con  cierta  apatía  é  indiferencia. 

D.  Alfonso  III,  en  su  Carta  al  Clero  y  pueblo  de  Tours,  (Esp.  Sag.,  t.XlX, 
Apénd.,  p.  34G. — V.  Apéndices  n.°  XXVII,  p.  59)  les  había  prometido  en- 
viarles una  relación  detallada  de  este  suceso;  pues  les  dice  que  acerca  de 
él  y  de  cómo  el  Cuerpo  se  había  manifestado  evidentemente,  había  mu- 
chos y  graves  testimonios,  como  cartas  de  Arzobispos,  historias  de  Padres 
y  deposiciones  de  muchas  personas. 


16  LIBRO  SEGUNDO 


Asturio,  adoptó  igual  resolución.  Mas  no  se  contentó 
con  esto.  Su  corazón  se  dilataba  con  la  vehemencia  de 
los  afectos  que  en  él  rebosaban;  y  Teodomiro  hubiera 
querido  extender  á  toda  su  Diócesis,  á  toda  Galicia,  á 
toda  España,  el  santo  entusiasmo  de  que  él  se  hallaba 
poseído.  Con  este  designio,  él  mismo  se  puso  en  camino 
para  dar  cuenta  al  rey  D.  Alfonso  II  del  maravilloso 
descubrimiento  con  el  cual  España  recobraba  su  Após- 
tol, su  Patrón  y  su  Defensor  (1). 

D.  Alfonso  escuchó,  no  menos  impresionado  que  Teo- 
domiro, la  relación  que  éste  le  hacía  de  todo  cuanto  ha- 
bía pasado;  y  bien  hubiera  querido  volar  como  su  pen- 
samiento hacia  aquel  sitio  venturoso  que  guardaba  al 
que  había  de  ser  como  la  égida  de  España.  Procuró,  no 
obstante,  compensar  de  algún  modo  la  tardanza  con  la 
solemnidad  y  aparato  con  que  hizo  su  visita.  No  vino 
solo,  vino  acompañado  de  los  magnates  de  su  Corte  y 
con  el  corazón  henchido  de  veneración  y  de  piedad. 
¡Qué  día  aquel  en  que,  en  el  bosque  de  Lobio,  entre  los 
escombros  de  Arca  marmorica,  se  veía  postrado  á  un  Mo- 
narca rodeado  de  inmensa  muchedumbre  elevando  hu- 
mildes y  fervorosas  preces  ante  un  Sepulcro,  que  la  tie- 
rra por  manera  tan  prodigiosa  acababa  de  devolver  al 


(1)  Qui  máximo  gavisus  gaudio  (Theodomirus)  religiosissimum  Re- 
gem  praefatum  vocare  non  distulit.  (Escrit.  cit.) 

Qua  inventa,  Deo  gratias  referens,  Casti  Regis  Adefonsi,  qui  tune  in 
Hispania  regnabafc,  praesentiam  incunctanter  adivit,  eique  rem  ut  audierat 
et  propriis  oculis  viderat,  veraciter  notificavit.  (Hist.  Comp.,  loe.  cit.) 

Et  enton  o  dito  bispo  foyse  a  el  Rey  don  Afonso  ó  Casto  por  sy  meesmo, 
et  disolle  todo,  como  a  el  por  la  graca  de  Deus  fora  reuelado  o  corpo  do 
apostólo  Santiago.  (Coránica  cit.) 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAffA.  17 

amor  y  á  la  veneración  de  los  españoles!  El  mismo  don 
Alfonso  confiesa  (1),  que  lo  había  venerado  yreverencia- 


(1)  Quod  ego  audiens  cum  magna  devotione  et  supplicatione  ad  ado 
randum  et  venerandum  tam  pretiosum  thesaurum  cum  Majoribus  nostri 
Palatii  cucurrimus,  et  eum  sicut  Patronum  et  Dominum  totius  Hispaniae 
cum  lacrymis  et  precibus  multis  adora vimus.  (D.  Alfonso  II,  en  el  Diploma 
otorgado  á  Santiago  y  al  Obispo  Teodomiro  en  4  de  Septiembre  de  829). 

Huerta  (Anales  de  Galicia,  tom.  II,  lib.  VIII,  c.  IX),  publicó  acerca  de 
estos  sucesos  dos  relaciones  en  gallego,  que  en  muchos  de  los  pormenores 
que  traen,  merecen  muy  poca  fe.  La  primera  está  tomada  de  un  ejemplar 
de  la  Historia  Iriense,  de  que  gozó  el  analista  de  Galicia,  pero  que  no 
concuerda  en  todo  con  la  Historia  Iriense,  que  conocemos.  Después  de 
describir,  cómo  Teodomiro  halló  el  Cuerpo  del  Apóstol,  añade:  «E  alí  arri- 
mado á  él  (al  Sagrado  Cuerpo)  o  seu  bordón  de  Romeyro  e  un  petrefedis 
con  letras  latinas  e  gregas  que  decían:  Aquí  jaz  Jacobe,  filio  del  Zebedeu  e 
de  Salomé,  hirmao  de  Jan,  aquén  matou  Herodes  en  Jerusalern." 

La  segunda  relación  está  tomada  del  prólogo  del  antiguo  Libro  de  la 
Cofradía  de  Cambiadores.  Este  libro,  que  contenía  cuentas  y  actas  de  la  Co- 
fradía, existe,  pero  faltoso  de  algunos  folios,  y  se  comenzó  á  escribir  en  los 
primeros  años  del  siglo  XIV.  El  encabezado,  según  Huerta,  era  como  si- 
gue: «Memoria  do  que  conten  a  fundación  dos  cambeadores  da  iglesia  de 
Santiago,  e  como  apareceu  o  corpo  de  Santiago  todo  enteyro,  que  estaba 
escondido  nua  cova  labrada  con  dous  arcos  de  pedra  debayxo  da  térra  nun 
moy mentó  de  marmor  no  meu  do  monte  de  Burgo  de  Libredon,  abaijo  do 
castro  de  san  Fiz  de  Solobio  e  termos  de  Bonaval,  donde  está  outro  Castelo 
chamado  do  Camino  que  vay  direyto  a  see  do  Apostólo.» 

Sigue  la  descripción  del  descubrimiento  del  Cuerpo  de  Santiago;  y  luego 
termina:  «E  virón  ser  o  santo  corpo  do  Apostólo  e  que  tina  a  cabeza  courtada 
e  o  bordón  dentro  cun  letreyro  que  decia:  Aquí  jaz  Jacoho  filho  do  Zebedeo 
e  de  Salomé,  hirmao  de  San  Juan,  que  matou  Herodes  en  Jerusalern  e  veo  por 
mar  co  os  seus  discípulos  fasta  Iria  Flauta  de  Galicia,  e  veo  nun  carro  e  bois 
de  Lupa,  señora  deste  campo;  e  daqul  non  quijeron  passar  mais  adiante:  e  San 
Cicilio  discípulo  do  Apostólo  le  fez  estando  juntos  os  mais  discípulos.  E  esta- 
ba escrito  esto  en  grego  e  latino  dentro  do  moy  mentó.  E  en  XXV  de  Julio 
se  descubreu.» 

Erce  Ximenez  (Pte.  I,  trat.  VII,  c.  IV),  había  advertido  que  la  primera 
hoja  del  libro  estaba  borrosa  y  casi  ilegible,  y  que  en  el  año  1624,  antes 
que  desapareciese  del  todo  lo  escrito,  se  trasladó  á  otra  hoja  nueva.  Enton- 
Tomo  II.— 2. 


18  LIBEO  SEGUNDO 


do  como  d  Patrón  y  á  Señor  de  toda  España  con  abundan- 
tes lágrimas  y  oraciones  fcum  lacrymis  et  prectbus  multisj. 
¡Cuántas  las  habrían  ya  precedido  y  cuántas  las  siguie- 
ron después!  Y  era  que  el  Sepulcro  del  obscuro  Pescador 
de  Galilea  comenzaba  á  ser  glorioso! 

Triste  es  confesarlo;  pero  el  día  en  que  tuvo  lugar  el 
hecho  memorable  del  descubrimiento  de  los  sagrados 
Restos  del  Apóstol,  no  figura  en  el  calendario,  porque  se 
ignora.  Entonces  se  sentía  repugnancia  á  instituir  fies- 
tas nuevas;  por  lo  que  la  fecha  de  este  dichoso  aconteci- 
miento fué  quedando  sólo  confiada  á  la  memoria  de  los 
fieles,  la  cual,  al  fin,  se  perdió  por  completo  (1). 

Poco  menos  pasó  con  el  año:  algunos  autores,  como 
Morales  y  Yepes,  lo  colocan  en  el  año  835;  otros,  como 
Castellá,  en  el  año  829;  Pellicer  en  825;  Huerta  en  813; 
y  los  secuaces  de  los  falsos  Cronicones,  como  Gándara  y 
Argaíz,  en  el  año  801  ó  en  el  799.  El  P.  Flórez  (2)  no  se 
atreve  á  fijar  año,  y  sólo  dice  que  el  Descubrimiento  de- 
bió de  haber  sido  antes  del  814. 

El  único  Diploma  que  se  conserva,  de  los  varios  que 
D.  Alfonso  II  otorgó  á  la  Iglesia  de  Santiago,  no  sirve 
para  resolver  la  cuestión;  porque  dicho  documento,  como 
ya  advirtió  Flórez  (3),  fué  despachado  bastante   tiempo 


ees  fué  cuando,  conservando  lo  substancial  de  la  narración,  se  introdujeron 
algunas  especies  fabulosas,  como  la  referente  k  San  Cecilio,  á  los  Españas, 
los  Temes,  losBoanes,  etc..  ,  en  las  cuales  vieron  satisfechos  los  poseedores 
del  Códice,  que  solían  ser  los  más  antiguos  entre  los  Cofrades,  su  vanidad 
y  sus  pruritos  genealógicos. 

(1)  En  el  prólogo  del  libro  de  los  Cambiadores  se  decía  que  el  feliz 
descubrimiento  había  tenido  lugar  el  25  de  Julio:  mas  como  dicho  prólogo 
ha  sido  muy  retocado,  no  podemos  prestarle  gran  crédito. 

(2)  Esp.  Sag.,  t.  XIX,  p.  69. 

(3)  Esp.  Sag.,  t.  XIX,  p.  47. 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  19 

después  de  descubiertas  las  sagradas  Reliquias,  y  nada 
contiene  de  la  fecha  del  descubrimiento. 

La  fecha  que  aparece  más  aceptable,  es  la  de  Huer- 
ta, ó  sea,  el  año  813.  En  una  Escritura  de  Samos  del 
año  811,  aparece  subscribiendo  un  Obispo  con  el  nombre 
de  Quendulfus;  en  otras  dos  de  Oviedo  de  Noviembre 
de  812  aparece  también  otro  Obispo  con  el  nombre  de 
Qiándulfus.  Este  Quindulfo  ó  Quendulfo  es  sin  duda  el 
antecesor  de  Teodomiro;  y  por  consiguiente  el  descubri- 
miento de  las  Reliquias  debió  tener  lugar  después  de  No- 
viembre de  812.  Por  otra  parte  la  Compostelana  dice  (1) 
que  el  descubrimiento  sucedió  en  tiempo  de  Cario  Mag- 
no, el  cual  falleció  en  814;  por  lo  tanto,  entre  estas  dos 
fechas,  fines  de  812  y  814,  debe  colocarse  la  aparición 
de  los  Restos  de  Santiago.  Que  Cario  Magno  llegó  á 
tener  conocimiento  de  tan  feliz  suceso,  y  que  aún  con- 
tribuyó de  algún  modo  á  celebrarlo,  parece  demostrarlo 
el  Aniversario  que  por  él  se  hacía  el  6  de  Julio  en  la 
Iglesia  Compostelana  (2). 

Contra  esto  podrá  alegarse  una  Escritura  del  Tumbo 
de  Sobrado  (3),  datada  el  1.°  de  Septiembre  de  818,  en  la 
cual  se  cita  como  testigo  á  Kindulfvs,  Obispo  de  Iria. 
Según  esto,  no  habiendo  podido  ser  Teodomiro  Obispo 
de  Iria  antes  de  esta  fecha,  después  de  esta  fecha  es  for- 


(1)  Hoc  autem  sub  tempore  Caroli  Magni  facfcum  fuisse  multis  refe- 
rentibus  audivimus.  (Lib.  I,  c.  II,  núm.  I).  — El  Cronicón  Irievse  también 
dice  que  sucedió  «diebus  Caroli  Regis  Franciae  et  Alfonsi  Hispaniae  Regis.» 
(Esp.  Sag.,  t.  XX,  pág.  602). — Lo  mismo  aürma  Gelmírez  en  un  Privilegio 
otorgado  á  San  Martín  Pinario  en  1 1 15. 

(2)  V.  Morales,  Coron.  gen.  lib.  IX,  cap.  VII,  y  Viaje  Santo. 

(3)  Tomo  I,  núm.  XLII,  en  el  Archivo  Nacional  Histórico, — V.  Apén- 
dices, núm.  I. 


20  LIBBO  SEGUNDO 


zoso  colocar  el  descubrimiento  del  Cuerpo  del  Apóstol. 
Mas,  si  bien  se  mira,  la  cita  que  allí  se  hace  de  Quendul- 
fo  como  testigo,  no  es  para  el  otorgamiento  de  la  escri- 
tura, sino  para  la  entrega  de  unos  bienes,  que  debió 
haberse  hecho  algunos  años  antes. 

Una  diligencia  necesaria  no  omitió  D.  Alfonso,  y  fué 
poner  en  conocimiento  del  Papa  San  León  III  el  descu- 
brimiento del  sagrado  Cuerpo  de  Santiago,  consultándo- 
le tal  vez  acerca  de  lo  que  sería  conveniente  hacer. 
Quizás  lo  haría  por  conducto  de  Cario  Magno,  que  tan 
en  íntimas  relaciones  se  hallaba,  así  con  el  Papa,  como 
con  el  mismo  D.  Alfonso.  Lo  cierto  es  que  San  León 
recibió  con  júbilo  tan  grata  nueva,  y  aún  juzgó  oportu- 
no anunciarla  á  toda  la  Iglesia  por  medio  de  la  Epístola 
Noscat,  fraternitas  vestra,  que  hemos  publicado  en  el  libro 
primero,  cap.  IV,  §.  I. 

Con  ser  tan  cierta  y  tan  evidente  la  existencia  del 
Cuerpo  de  Santiago  en  Arca  marmorka  ó  Compostela, 
aun  antes  de  la  solemne  declaración  del  Sumo  Pontífice 
reinante  León  XIII  (1),  sin  embargo  no  faltaron  quie- 
nes hubiesen  pretendido  para  sus  respectivas  iglesias, 
todos  ó  gran  parte  de  los  Restos  de  nuestro  Apóstol. 
Hoy  esta  cuestión,  en  realidad,  es  ociosa;  no  obstante, 
como  para  tener  alguna  noticia  de  lo  que  se  ha  dicho 
sobre  el  particular,  mencionaremos  algunas  de  estas  ya 
caducadas  reclamaciones. 

En  Tolosa  de  Francia  afirmaban  que  poseían  el 
Cuerpo  entero  de  Santiago  con  la  cabeza.  Así  Nicolás 
Bertrand,  citado  por  Cúper  (2),  publicaba  en  el  año  1515: 


(1)  En  la  Bula  Deus  Omnipotens  expedida  en  1.°  de  Noviembre  de  1884. 

(2)  Acta  Sanct.,  tom.  VI  de  Julio,  dic  XXV,  pte.  I,  §.  VI. 


LOS  ÍEES  P&IMEBÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  21 

Primo  jacet  (en  la  iglesia  de  San  Saturnino)  et  aperte, 
monstratur  corpus  et  caput  Sancti  Jacobi  Majoris,  fílii  Zébedaei. 
Del  mismo  modo  Menagio  y  Claudio  Menard  lo  supusie- 
ron en  la  iglesia  de  San  Maurilio  en  Angers.  Otros  lo 
llevaron  á  Verona,  y  lo  colocaron  en  un  monasterio  ex- 
tramuros de  esta  ciudad.  En  la  diócesis  de  Milán,  en  el 
pueblo  de  Zibiti,  hay  una  iglesia  dedicada  á  Santiago, 
en  la  cual  también  se  creyó  que  se  hallaba  el  Cuerpo  del 
Apóstol  del  mismo  nombre  (1). 

Asunto  es  éste  que  no  debe  ser  tratado  ligeramente; 
y  para  proceder  con  la  necesaria  circunspección,  ade- 
lantaremos aquí  dos  advertencias,  que  ya  tuvo  presen- 
tes el  P.  Cúper  al  ocuparse  de  las  Reliquias  de  nuestro 
Apóstol  (2).  Es  la  primera,  que  ya  en  tiempo  de  Teodo- 
reto,  como  se  ve  en  el  Diálogo  Impatibilis,  era  fre- 
cuente tomar  una  pequeña  parte  por  el  todo  de  las  Re- 
liquias de  un  Santo.  In  Sanctorum  enim  Apostolorum,  dice 
el  elocuente  Obispo  de  Cyro,  vel  Prophetarum  aut  Marty- 
rum  aedes  sacras  ingressi  interrogamus:  Quis  situs  est  in  arca? 
Qui  autem  verum  norunt,  respondentes,  aut  Thomam  forte 
Apostolum  dicunt,  aut  Joannem   Baptistam  aut  Stephanum 


(1)  Empero,  Nicolás  Chorier,  para  no  dejar  del  todo  descontentos  y 
desairados  á  los  españoles,  asienta  en  su  Historia  general  del  Delfinado,  que 
el  Conde  de  Albon,  Gruigues  III,  inauguró  en  el  año  1107  las  peregrina- 
ciones á  Compostela  con  motivo  de  la  visita  que  en  dicho  año  hizo  á  este 
santuario  para  venerar  unas  reliquias,  que  se  reducían  á  la  cabeza  de  un 
santo  llamado  Jacobo,  que  había  sido  sepultado  en  la  iglesia  de  Echerolles, 
á  una  legua  de  Grenoble;  la  cual  cabeza  traída  á,  Galicia  se  convirtió  en 
cabeza  de  Santiago  el  Mayor.  Por  lo  visto,  el  espíritu  que  inspiró  los  falsos 
Cronicones  se  dejó  sentir  en  todas  partes;  sólo  que  en  unas  se  contentó  con 
enaltecer  las  cosas  domésticas;  en  otras  propendió  además  á  denigrar  ó  á 
obscurecer  las  ajenas. 

(2)  Act.  Sanct.,  loe.  cit. 


22  LIBBO   SEGUNDO 


Martyrum  antesignanum,  aut  aliurn  quempiam  ex  Sanáis  no- 
minantes, tametsi  perexignae  interdum  réliquiae  conditae  sint. 
Ahora,  si  es  fácil  tomar  por  el  cuerpo  entero  una  peque- 
ña parte,  mucho  más  fácil  será  tomar  esta  pequeña  par- 
te por  el  miembro  á  que  pertenezca. 

La  segunda  advertencia  sugerida  por  el  mismo  Pa- 
dre Cúper  en  los  números  59  y  68  de  su  eruditísimo  Co- 
mentario, es  que  hallándose  Compostela  en  posesión  del 
Cuerpo  de  Santiago,  los  que  pretendan  tener  también 
alguna  parte,  deben  alegar  manifiestos  testimonios  de 
su  traslación  (1).  Y  en  efecto,  muchos  son  los  pueblos 
que  se  jactan  de  poseer  alguna  Reliquia  de  Santiago; 
pero  no  todos  ostentan  títulos  para  acreditar  la  legiti- 
midad de  esta  posesión.  La  cabeza  de  Santiago  también 
se  la  atribuyeron  varias  iglesias.  Ya  hemos  visto  lo  que 
pretendían  los  de  Tolos  i.  En  Venecia  hubo  asimismo 
dos  monasterios,  el  de  San  Jorge  y  el  de  San  Felipe  y 
Santiago,  que  se  disputaban  tan  insigne  Reliquia.  Car- 
los Bartolomé  Piazza,  en  el  Hemerologio  Sacro  de  la  ciu- 
dad de  Roma,  colocó  también  la  cabeza  de  Santiago  en 
la  Basílica  de  los  Doce  Apóstoles;  Ferrari  en  el  Catálo- 
go de  los  Santos  de  Italia  en  una  iglesia  de  la  Diócesis 
de  Pavía;  y  Uglielli  en  la  Italia  Sacra  en  un  convento  de 
Amaííi  en  el  reino  de  Ñapóles.  Como  ya  notó  Cúper, 
ninguna  de  estas  iglesias  presentó  un  verdadero  y  legí- 
timo título  para  apoyar  su  pretensión. 

Más  adelante  hablaremos  de  las  Reliquias  que  de  la 
Santa  Cabeza  se  conservan  en  el  monasterio  de  San 


(1)  Cum  enim  Hispani  pi'íói'és  Siflt  tóiñpore...  etiaíii  potiores  sunt  jure, 
quod  illis  eripi  nequid,  nisi  producantur  manifiesta  translationis  illius  t©^ 
fltimonia,  (Núm.  59), 


LOS  TRES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  23 

Vaast,  diócesis  de  Arras,  en  la  iglesia  Ariense,  en  Pisto- 
ya  y  en  Toledo,  y  de  las  de  un  brazo  que  se  guardan  en 
Lieja. 

Brazos  aparecieron  igualmente  muchos  en  diversas 
partes  de  Europa.  Saussay,  en  el  Martirologio  Galicano, 
puso  uno  en  Trecas;  (xaetano,  en  el  Martirologio  siculo, 
puso  otro  en  Monreal  de  Sicilia;  Uglielli,  en  el  tom.  V  de 
la  Italia  Sacra,  otro  en  Torcelli  en  el  Véneto,  y  en  el  to- 
mo VII  otro  en  la  isla  de  Capri,  en  el  reino  de  Ñapóles; 
Jacobo  Grualla  otro  en  Pavía;  Onofre  Panvinio  otro  en 
San  Pablo  extramuros  de  Roma;  Gabriel  Bucelino  otro 
en  el  monasterio  Andecensi  de  Baviera.  Pero  para  ad- 
mitir la  autenticidad  de  todas  estas  Reliquias,  el  P.  Clí- 
per ya  requería  más  firmes  testimonios  que  los  que  se 
alegaban  (1). 

En  tres  ocasiones  principalmente  pudo  darse  lugar  á 
que  se  recogiesen  algunas  Reliquias  de  Santiago;  la  pri- 
mera al  tiempo  de  su  martirio  en  Jerusalén;  la  segunda 
al  dársele  sepultura  en  Arca  marmórica;  y  la  tercera  al 
tiempo  de  descubrirse  y  reconocerse  su  sagrado  Sepul- 
cro. Prescindiremos  de  la  primera,  aunque  en  el  tomo  I, 
pág.  61,  hemos  visto  cómo  sobre  el  lugar  de  su  martirio 
se  levantó  un  magnífico  templo  dedicado  á  su  santo 
nombre.  En  la  segunda  era  natural  que  los  fieles,  dado 
el  afán  que  siempre  mostraron  en  conservar  alguna  reli- 
quia que  fuese  como  prenda  de  amor  y  de  protección, 
procurasen  recoger  algún  objeto  de  los  que  habían  per- 
tenecido al  Apóstol,  antes  que  fuesen  inhumados  sus  sa- 


(1)  Sed  pro  his  ómnibus  reliquiis  etiam  firmiora  testimonia  requiriinus. 
- — Acerca  de  las  causas  á  que  deba  atribuirse  la  multiplicidad  de  reliquias 
de  un  mismo  santo  existentes  en  muy  diversas  partes,  véase  la  Disertación 
sobre  las  Reliquias,  art.  V,  del  P.  Honarato  de  Sta.  María. 


24  LIBEO   SEGUNDÓ 


grados  restos;  objeto  ú  objetos  que  serían  conservados  y 
trasmitidos  de  generación  en  generación  como  tesoro 
inestimable  de  salud  y  santificación.  De  esta  época  de- 
ben proceder  las  reliquias  de  que  hay  noticia  con  ante- 
rioridad al  descubrimiento  del  Sepulcro  á  principios  del 
siglo  IX.  Tales  son  las  que  existían  á  mediados  del  si- 
glo VIII  en  el  lugar  en  que,  en  el  año  757,  se  edificó  ó 
se  levantó  de  nuevo,  la  iglesia  de  Santiago  de  Meilán,  á 
media  legua  de  Lugo  y  á  orillas  del  Miño  (1),  las  de 
San  Pedro  de  Taberna,  monasterio  anejo  al  de  San  Vic- 
toriano en  Aragón  (2),  etc.,  etc. 

Por  último,  difícil  es  persuadirse  de  que  D.  Alfonso 
el  Casto  al  venir  á  Compostela  y  al  reconocer  y  contem- 
plar las  Reliquias  recien  descubiertas  de  Santiago,  no 
hubiere  recogido  alguna  para  enviársela  á  su  gran  ami- 
go Cario  Magno,  al  mismo  tiempo  que  le  daba  aviso  de 
tan  venturoso  hallazgo.  Esto  solía  hacer  el  Rey  Casto 
cuando  en  su  reino  tenía  lugar  algún  acontecimiento 
notable;  y  así  lo  hizo,  cuando  en  el  año  798  se  apoderó 
de  Lisboa,  el  cual  acontecimiento  notició  en  seguida  al 
Emperador  de  los  Francos,  enviándole  como  presente 
siete  moros  de  los  cogidos  en  el  botín.  Las  Reliquias  que 
sin  duda  D.  Alfonso  envió  á  Cario  Magno  fueron  el 
hueso  frontal  y  quizás  alguna  más.  El  frontal,  que  tam- 
bién fué  tomado  por  toda  la  cabeza,  fué  donado  poco 
después  por  Carlos  el  Calvo  al  Monasterio  de  S.  Vedasto 
ó  S.  Vaast  de  Arras    (3).  Y  justamente  el  frontal  es  el 


(1)  V.  Esp.  Sag.,  t.  XL,  Apend.  XI  y  Ápénl.  XII,  p.  Zfá.-Éecuer- 
dos  de  un  Viaje  á  Santiago,  pág.  104  y  105. 

(2)  V.  Briz,  Historia  de  San  Juan  de  la  Peña,  lib.  II,  cap.  XX, 
^3)     Acta  Sanctorum¡  tom.  VI  de  Julio;  al  día  25,  núm.  76-79, 


LOS  ÍBE9  PBIMEBÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTSLAÍTA  25 

único  hueso  cranial,  del  que  no  se  conserva  fragmento 
alguno  en  el  segundo  grupo  de  los  tres  en  que  clasifica- 
ron los  sagrados  restos  descubiertos  en  el  año  1879,  los 
tres  doctísimos   Profesores    encargados  de  verificar   el 
reconocimiento  y  clasificación  (1);  lo  cual  viene  á  cons- 
tituir un  gran  argumento  en  favor  de  lo  que  ya  desde 
un  principio  se  presumía;  á  saber,  que  el  segundo  grupo 
era  el  que  contenía  los  huesos  del  Apóstol  Santiago  (2). 
Debe  asimismo  tenerse  presente,  que  en  el  lenguaje 
comunmente  recibido,  no  sólo  se  da  el  nombre  de  reliquia 
á  cualquiera  fragmento  ó  partícula  de  los  huesos  de  un 
Santo,  ó  de  las  ropas  que  hubiese  usado  en  su  vida,  ó  de 
algún  utensilio  que  con  él  hubiese  estado  en  íntimo  con- 
tacto, sino  también  á  otros  objetos,  como  lienzos  ó  paños, 
brandea,  que  se  habían  tocado  á  los  cuerpos  de  los  Márti- 
res ó  á  sus  sepulcros  (3).  Tal  origen  debieron  tener  mu- 
chas de  las  Reliquias  de  Santiago. 


-**~€®^*4*- 


(1)  V.  el  Informe  6  dictamen  en  los  Recuerdos  de  Un  viaje  á  Santiago, 
Apénd.  I,  p.  110. 

(2)  Tal  vez  proceda  de  esta  ocasión  la  ampolla  llena  de  sangre  de  San- 
tiago, que  se  conserva  en  la  Iglesia  de  los  Santos  Apóstoles  en  Roma,  la 
cual  sería  hallada  por  Alfonso  II  con  Teodomiro,  en  el  sepulcro  de  Arca 
marmórica,  y  enviada  al  Papa  S.  León  III. 

(3)  V.  S.  Gregorio  M.,  Bpiat.f  lib.  III,  Ep.  XXX.  Ad  Constantiam  Aug, 


CAPÍTULO  II 


Construye  D.  Alfonso  el  Casio  una  Basílica  sobre  el  Sepulcro 
de  Santiago,  y  la  declara  Iglesia  Catedral  al  igual  de  la 
Sede  Iriense. — Instálase  el  Obispo  de  Iria,  Toodomiro,  en 
la  nueva  Basílica.— Funda  D.  Alfonso  dos  monasterios 
para  dar  más  realce  al  culto  en  la  Iglesia  Apostólica. 


A  visita  de  D.  Alfonso  á  Arca  marmórica  no 
fué  un  mero  acto  de  devoción,  sin  más  con- 
secuencias que  las  de  haber  satisfecho  el  Mo- 
narca un  impulso  de  su  corazón  piadoso. 
Bien  penetrado  estaba  D.  Alfonso  de  cuanto 
exigía  la  gloriosa  memoria  y  el  nom- 
bre del  Apóstol  de  España;  y  aunque, 
por  ventura,  no  lo  estuviera,  á  voces 
se  lo  dirían  las  muchedumbres  de  devotos  que  sin  cesar 
se  sucedían,  y  que  sin  reparar  en  que  estaban  á  cielo 
descubierto  y  expuestos  á  las  inclemencias  del  tiempo, 
se  postraban  fervorosos  ante  la  Tumba  Apostólica  im- 
plorando protección,  y  remedio  y  alivio  para  sus  nece- 
sidades. 

No  necesitaba  el  Rey  Casto  de  estos  estímulos;  y  sin 


28  LIBBO   SEGUNDO 


duda  en  prueba  de  cuan  sinceras  eran  sus  súplicas,  for- 
muló ya  desde  el  primer  momento  el  voto  de  hacer 
construir  un  templo  que  fuese  á  la  vez  monumento  eri- 
gido á  Santiago,  y  Casa  de  oración  en  que  se  tributasen 
alabanzas  al  Señor  por  las  maravillas  que  había  obrado 
en  su  Apóstol.  Y  Teodomiro,  si  no  se  anticipó,  secundó 
con  todo  ahinco  los  designios  del  Monarca.  ¡Con  qué  efu- 
sión no  celebraría  Misa  en  aquel  Altar,  por  tantos  siglos 
enterrado,  que  evocaba  tantos  recuerdos,  y  que  era  como 
el  anillo  que  sin  interrupción  enlazaba  los  tiempos  pri- 
mitivos con  los  actuales! 

El  medio  único  para  conseguir  todo  esto,  era  cons- 
truir allí  mismo  una  Cátedra  episcopal,  cimentada  sobre 
las  piedras  de  aquel  Sepulcro  que  contenía  los  restos  del 
gran  Maestro  de  la  Verdad  en  nuestra  Península.  La 
Compostélana,  dice,  que  el  Rey  Casto,  autorizado  con  el 
voto  de  muchos  Obispos,  siervos  de  Dios  y  varones  ilus- 
tres, trasladó  á  este  sitio  el  episcopado  de  Iria,  y  que  así 
lo  consignó  en  un  Real  Privilegio  (1).  D.  Alfonso  II  por 
su  parte  advierte,  que  cuando  vino  á  Arca  marmórica,  le 
acompañaban  los  Magnates  de  su  Corte,  fcum  Majoribas 
nostri  Palatii),  entre  los  cuales,  como  era  de  uso,  se  ha- 
bían de  contar  algunos  Prelados.  Era  muy  natural,  que 
viéndose  allí  reunidos,  discurriesen  y  deliberasen  acerca 
de  lo  extraordinario  del  caso,  y  aún  que  propusiesen  é 
insistiesen  en  la  conveniencia  de  realizar  lo  que  dice  la 


(1)  Ad  lioiioi'em  tanti  Apostoli  Eccleslam  reátaüíaüs,  Epíscopíüm  llien- 
Sis  Sedis  itt  hunc  locum,  qui  Compostella  dicitur,  multorum  Episcoporum  ac 
Bei  seívorutti,  nobiliümqüe  virorum  auctoritate,  atque  Kegali  privilegio 
commutavit.  (Lib.  I,  cap.  II,  núm.  1). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAKA  29 

Compostelana.  Lo  cierto  es  que  el  ver  ya  desde  entonces 
erigido  al  lado  de  la  Basílica  un  baptisterio,  parece  re- 
velar el  propósito  de   construir  una  Basílica  episcopal. 

Sin  embargo,  la  fundación  de  D.  Alfonso  no  tuvo  el 
alcance  que  hacen  presumir  las  palabras  de  la  Composte- 
lana. El  Rey  Casto  no  mudó  la  Iglesia  de  Iria;  la  dejó 
en  el  mismo  ser  que  antes  tenía;  no  hizo  más  que  insti- 
tuir, por  su  parte,  la  nueva  Iglesia  de  Arca  marmórica 
con  la  categoría  de  Basílica  Catedral,  unida  á  la  de  Iria, 
fundada  por  el  mismo  Apóstol,  y  bajo  el  régimen  de  un 
mismo  Pastor,  el  cual  por  mucho  tiempo  continuó  lla- 
mándose Episcopus  Iriensis  et  Apostólicas  Sedis  (1). 

Mas  la  obra  de  la  iglesia  no  sufría  dilación:  las  pere- 
grinaciones cada  vez  iban  en  aumento;  los  prodigios 
cada  vez  más  portentosos  y  frecuentes;  los  votos  de  los 
fieles  pidiendo  albergue  sagrado  en  que  depositar  las 
ofrendas  de  su  corazón,  cada  vez  más  ardientes.  Con  toda 
premura  púsose,  pues,  manos  á  la  obra;  no  se  pensó  en 
hacer  un  edificio  grandioso  y  magnífico;  sólo  se  atendió 
á  satisfacer  cuanto  antes  las  necesidades  del  culto.  lu- 
ciéronse las  paredes  de  manipostería,  asentada,  no  con 
cal  que  estaba  lejos,  sino  con  barro;  y  cubriéronse  con 
un  sencillo  artesonado  (2). 

Mas,  como  D.  Alfonso  deseaba  al  mismo  tiempo  que 


(1)  Es  lo  que  dice  el  mismo  D.  Alfonso  II  en  su  Diploma  citado:  Irien- 
sem  Sedem  cum  eodem  loco  Sancto  coniunximus. 

(2)  Statuimus  aedificare  domum  Domini,  dice  D.  Alfonso  III  en  la  re- 
lación de  la  consagración  del  nuevo  á  fines  del  siglo  IX.  (Esp.  Sag.,  to- 
mo XIX,  Apénd.  p.  344),  et  restaurare  templum  ad  tumulum  Sepulchri  Apo- 
stoli,  quod  antiquitus  construxerat  divae  memoriae  dominus  Adefonsus 
Magnus  expetra  et  luto  opere  parvo. 


30  LIBEO  SEGUNDO 


el  culto  que  se  tributara  al  Apóstol  fuese  tan  asiduo 
como  fuera  posible,  dispuso  la  construcción  de  tres  igle- 
sias, como  se  ve  en  la  Escritura  de  Concordia,  tantas  veces 
citada,  la  cual  las  describe  sucintamente  en  esta  for- 
ma: Qui  pío  ut  erat  affectu  castimoniac  fcastimoniae)  dili- 
gens  sanctitatem,  statim  in  honor e  ejusdem  Apostoli  fabrícala 
ecclesia,  et  circa  eamdem  alteram  (altera)  in  honore  bsati  Bap~ 
tistae  Ioannis,  ante  ipsa  sancta  altarla  tertiam  non  modicam 
tria  continentem  altar ia,  primum  in  honor e  sancti  Salvatoris, 
secundum  in  honore  sancti  Pdri,  Apostolorum  Princlpis,  ter- 
tium  in  honore  beati  Ioannis  Apostoli,  construere  festinavit. 

Tenemos,  pues,  tres  iglesias,  la  de  Santiago,  la  de 
San  Juan  Bautista,  y  la  de  San  Salvador.  En  la  de  San- 
tiago se  conservó  en  cuanto  fué  posible,  el  antiguo  mo- 
numento apostólico;  ó  más  bien  la  nueva  obra  se  adaptó 
á  la  antigua,  construyendo  en  la  parte  anterior  un  cuer- 
po de  fábrica  del  mismo  ancho,  ó  sea  de  ocho  metros,  que 
viniese  á  ser  como  la  nave  que  precedía  al  ábside.  Efecto 
del  declive  del  terreno  y  de  lo  elevado  del  basamento 
del  antiguo  edificio,  que  en  proporción  era  bastante  lar- 
go, el  pavimento  de  la  obra  nueva,  quedó  como  un  me- 
tro más  bajo  que  el  de  la  antigua.  Esto  se  remedió 
construyendo  una  escalera  para  dar  acceso  desde  la 
nave  al  ábside.  No  se  tocó  al  altar,  que  se  dejó  estar  en 
su  mismo  sitio,  es  decir,  en  el  primitivo  edículo  y  sobre 
el  sepulcro  del  Apóstol;  lo  único  que  se  hizo  fué  cerrar 
con  paredes  los  costados  exteriores  del  monumento  en 
lugar  de  las  columnatas  ó  pretiles  que  había  en  un 
principio.  ^ 

Junto  á  esta  iglesia  por  la  parte  del  Norte  se  cons- 
truyó el  baptisterio,  dedicado  como  de  costumbre  á  San 
Juan  Bautista,  y  en  el  cual  acaso  se  colocó  ya  la  pila 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  31 

mm ______ _____________________________ __________________——--——. __________—-——-—---———•———-—-————.  i 

ó  cuba  que  aún  se  conserva  hoy  como  depósito  de  agua 
bendita  (1). 

Con  esto  parece  que  ya  quedaban  atendidas  las  más 
urgentes  necesidades  del  culto  y  aún  lo  más  preciso 
para  el  establecimiento  de  la  Cátedra  episcopal.  Pero 
D.  Alfonso  deseaba  más;  quería  que,  como  sucedía  en 
otros  famosos  santuarios,  fuesen  varias  las  comunidades 
dedicadas  á  cantar  las  alabanzas  del  Señor  en  torno  del 
Sepulcro  de  su  Apóstol,  quería  establecer  una  especie  de 
Laus  perennis  como  sucedía  en  el  célebre  monasterio  de 
Agaune.  A  este  fin,  al  Oriente  de  la  iglesia  de  Santiago, 
mandó  construir  una  tercera  iglesia,  bastante  capaz 
para  aquellos  tiempos,  con  tres  altares  dedicados,  el 
central  al  Salvador,  el  de  la  derecha  á  San  Pedro  y 
el  de  la   izquierda  á  San   Juan   Evangelista    (2). 

Esta  tercera  iglesia  la  destinó  D.  Alfonso  para  una 
Comunidad  de  Monjes  Benedictinos,  que  alternasen  con 
el  Clero  Catedral  de  la  iglesia  de  Santiago  en  los  oficios 
del  Coro  y  del  Altar.  Qui  supra  corpus  Apostoli  oficia  divi- 
na cantassent  et  Missas  assidue  célebrassent,  dice  la  referida 
Escritura  de  Concordia.  A  este  efecto  instaló  en  ella  como 
Abad  á  un  varón  de  gran  santidad,  llamado  Ildefredo, 


(1)  Huerta  (An.  de  Gal.,  t.  II,  lib.  VIII,  c.  X),  dice  que  el  baptisterio 
ó  iglesia  de  San  Juan  Bautista  estaba  al  Mediodía  en  la  plaza  de  la  Quinta- 
na; pero  D.  Alfonso  III  (Esp.  Sag.,t.  XIX,  p.  345),  la  coloca  ad  Aquilonem. 

(2)  Huerta  (An.  de  Gal.,  t.  II,  p.  315j,  partiendo  del  supuesto  de  que 
la  iglesia  de  Santiago  era  subterránea,  afirmó  que  la  iglesia  de  San  Salvador 
estaba  edificada  sobre  ella.  Esto  podía  decirse  hasta  no  hace  muchos  años; 
pero  después  de  las  exploraciones  que  se  hicieron  en  la  Capilla  mayor,  se 
halló  que  la  primitiva  iglesia  de  Santiago,  estaba  muy  lejos  de  ser  subterrá- 
nea, pues  su  pavimento  se  elevaba  sobre  el  nivel  del  terreno  cerca  de  dos 
metros.  La  cripta  que  hay  ahora,  se  hizo  extrayendo  el  escombro  que  relle- 
naba el  antiguo  basamento. 


32  LIBEO  SEGUNDO 


con  doce  Monjes,  á  los  cuales,  al  Oriente  de  la  iglesia, 
ó  como  se  decía  en  el  lenguaje  de  aquellos  tiempos, 
ante  la  iglesia  ó  los  altares,  les  señaló  solar  para  que  edifi- 
casen el  claustro  y  las  demás  dependencias  del  Monas- 
terio (1). 

Del  mismo  modo  que  hacia  la  parte  de  Oriente  se 
había  señalado  sitio  para  el  Monasterio,  ya  antes  se 
demarcara  hacia  la  parte  de  Mediodía,   lugar  para  la 


Primitiva  pila  bautismal  de  la  Catedral  de  Santiago. 


Canónica,  cuyas  obras  se  emprendieron  con  la  actividad 
que  es  de  suponer.  Al  acotar  D.  Alfonso  los  términos  del 
Monasterio,  ya  cita  el  dormitorio  de  los  clérigos  de  la 
Catedral,  cameram  clericorum  in  qua  dormiebant.  El  buen 


(1)  In  qua  (ecclesia  Sti.  Salvatoris)  abbatem  dominum  Ildefredum 
magnae  sanctitatis  virum  cum  monachis  custodiae  Apostoli  deputatis,  divi- 
no officio  mancipatis,  non  minus  quam  duodecim  constituit,  qui  supra  cor- 
pus  Apostoli  officia  divina  cantassent,  et  missas  assidue  celebrassent,  divi- 
densque  eis  ad  orientalem  partem  locuin  ante  ipsa  altaria  per  chartulam 
dotis,  ubi  claustrum  et  offi ciñas  secundum  tenorem  beati  Benedicti,  con- 
struerent.  (Escritura  citada). 

Cuando  á  fines  del  siglo  XI  se  ensanchó  la  Catedral,  gran  parte  de  este 
solar  quedó  comprendido  dentro  del  ensanche. 


LOS  TBES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELÁlfÁ  33 


N 


^^^rs 


PIMARIO 


Plano  conjetural  de  la  primitiva  Compostela  (' 


(*)     A.  Iglesia  Apostólica  de  Santiago:— B.  Iglesia  de  San  Salvador.—  C.  Iglesia  de  Santa 
Maria  de  la  Corticela  —  D.  Iglesia  de  San  Juan  Bautista  ó   Baptisterio.— E.   Palacio  Epis- 
copal.— F.  Dormitorio  de  los  clérigos  de  la  Iglesia  de  Santiago.— G.  Despensa  del  Cabildo.— 
H.  Lugar  de  la  Canónica.— J.  Torre  grande  que  estaba  en  el  foro  ó  plaza. 
Tomo  II.-3. 


34  '  LIBRO   SEGUNDO 


Teodomiro,  con  parte  del  Clero  Catedral  de  Iria,  había 
de  estar  seguramente  á  pie  firme  al  lado  del  Sepulcro, 
presenciando  enternecido  las  conmovedoras  escenas,  que 
allí  á  todas  horas  tenían  lugar.  Excusado  es  ponderar 
cuánto  él  no  activaría  además  los  trabajos  para  ver 
cuanto  más  antes  colmados  sus  deseos  de  poseer  un  local 
techado,  en  que  con  mayor  recogimiento  y  decoro  pu- 
diesen celebrarse  las  augustas  ceremonias  del  Culto. 

Entretanto  se  ejecutaban  estas  obras,  se  fué  acaban- 
do de  desmontar  el  bosque,  se  levantaron  tiendas  y  ba- 
rracas para  albergar  á  los  peregrinos,  á  los  operarios  y 
á  los  Ministros  del  templo,  se  establecieron  puestos  y 
mesas  surtidas  de  los  géneros  más  indispensables  para  la 
vida,  se  organizaron  provisionalmente  algunos  servicios, 
como  el  de  Cambiadores,  el  de  policía,  etc.;  y  aquel 
campo  agreste  hasta  entonces  desierto,  que  ya  comen- 
zaba á  ser  conocido  con  el  nombre  de  Campo  de  la  Estre- 
lla (Campus  Stéllae),  de  la  noche  para  la  mañana  vióse 
transformado  en  una  especie  de  animado  y  bullicioso 
campamento,  que  sirvió  de  núcleo  para  la  población,  que 
transcurridos  apenas  treinta  años,  ya  tenía  calles,  su 
foro  ó  plaza  pública,  y  estaba  circundada  de  murallas  y 
fortificaciones.  Pocas  veces  se  vería  brotar  como  aquí, 
de  un  sepulcro  una  corriente  tan  poderosa  y  eficaz  de 
animación  y  de  vida  social. 

No  se  hizo  esperar,  por  tanto,  el  solemne  día  de  la 
consagración  de  las  tres  iglesias.  D.  Alfonso  II,  con  toda 
su  Corte,  no  faltó  á  esta  cita;  y  dado  el  fervor  de  los 
pueblos,  la  piedad  de  los  Magnates  y  el  anhelo  de  los 
Prelados,  fácil  es  imaginar  con  qué  entusiasmo  y  con 
qué  explosión  de  los  sentimientos  religiosos  no  se  cele- 
braría tan  deseada  y  tan  memorable  fiesta. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  35 

D.  Alfonso  el  Casto,  que  no  quería  renunciar  al  ho- 
nor de  llamarse  fundador  de  dichas  iglesias,  debió  de 
hacerles  en  aquella  ocasión  grandes  donativos,  como  era 
de  rito  en  semejantes  casos.  Por  la  carta  de  dote  que 
dos  ó  tres  años  antes  había  otorgado  á  la  Santa  Iglesia 
de  San  Salvador  de  Oviedo,  podemos  formarnos  alguna 
idea  de  los  objetos  que  donaría  á  la  de  Santiago,  como 
velos,  frontales,  paños,  albas,  cruces,  cajas,  candeleros, 
cálices,  incensarios,  libros,  etc.,  y  además  algunos  sier- 
vos para  las  labores  más  comunes  de  la,  iglesia.  Todo 
esto  debió  de  consignarse  en  un  Diploma,  que  en  el 
lenguaje  de  entonces  se  llamaba  lestamentum^Privilegium, 
Cliarta,  ó  Chartula  dotis,  en  el  cual  se  expresaban  además 
las  fincas  ó  tierras  que  se  destinaban  para  sustento  del 
Clero  y  sostenimiento  del  Culto.  De  este  Diploma,  que 
no  pudo  omitir  D.  Alfonso  en  su  cualidad  de  fundador, 
pues  así  lo  exigían  los  Cánones,  no  ha  quedado  memoria 
alguna;  en  cambio  en  la  Escritura  de  concordia  con  el 
Abad  San  Fagildo  y  en  otros  documentos,  se  cita  la 
Chartulam  dotis,  que  otorgó  al  monasterio  de  Antealtares 
al  tiempo  de  su  fundación.  Sólo  el  Cron'cóyi  Iriense  dice  (1) 
que  D.  Alfonso  ofreció  muchos  dones  á  la  iglesia  de 
Santiago  multa  óbtulit  dona;  y  por  su  parte  la  Goronka  de 
Iría  escribe  que  dotou  o  sancto  lugar  con  moytos  doos  et  joyas. 
Según  la  Disciplina  entonces  vigente,  cuando  se  fun- 
daba alguna  iglesia  destinada  al  culto  público,  debía  de 
ser  dotada  por  lo  menos  con  los  diextros,  que  venían  á  ser 
un  coto  de  84  pasos  de  radio,  los  doce  más  inmediatos 
para  cementerio,  y  los  restantes  para  viñedo,  huerto  ó 
prado,  según  la  calidad  del  terreno.  D.  Alfonso  también 


(1)    Esp.  Sag.,  t.  XX,  p.  601. 


36  LIBEO  SEGUNDO 


donó  sus  diextros  á  la  Iglesia  Apostólica,  pero  en  la 
forma  que  luego  vamos  á  ver. 

Durante  estos  sucesos  gozaba  la  España  cristiana  de 
una  larga  tregua,  porque  abatidos  y  desalentados  los 
Árabes  con  el  desastre  de  Lutos,  ó  Llamas,  cerca  de  Can- 
gas y  Tineo  en  el  año  793,  no  volvieron  á  molestarla  tan 
pronto.  Sin  embargo,  no  renunciaron  á  su  propósito  de 
exterminar  el  reino  cristiano,  y  sólo  esperaban  rehacer- 
se para  volver  con  mayores  bríos  y  mayor  pujanza  al 
ataque  y  tomar  con  largas  creces  el  desquite.  Por  este 
lado  esperaban,  pues,  á  los  Cristianos  terribles  y  durí- 
simas pruebas.  Pero  no  era  menos  fiero  y  cruel  el  enemi- 
go, que  por  la  parte  del  Norte  amagaba  á  toda  España, 
y  en  particular  á  Galicia.  Y  en  estos  críticos  momentos 
fué  cuando  apareció  el  Sepulcro  de  Santiago  como  para 
infundir  en  los  Cristianos  nuevo  vigor,  y  comunicarles 
nuevos  alientos  con  la  firme  esperanza  de  su  presencia 
y  de  su  protección. 

En  efecto,  en  el  año  820  vióse  invadida  Galicia  por 
dos  poderosos  ejércitos,  uno  de  los  cuales  penetró  por 
Portugal,  y  el  otro  por  la  frontera  del  Este.  Muchos  de 
los  guerreros  que  habían  corrido  á  Arca  marmórica  para 
presentar  al  Santo  Apóstol  el  tributo  de  su  amor  y  ve- 
neración, ó  que  habían  asistido  fervorosos  al  acto  de  la 
consagración,  tuvieron  ahora  que  acudir  al  sitio  del 
peligro.  El  ejército  que  había  entrado  por  Portugal,  fué 
deshecho  en  Anceo,  hacia  Puente  San  Payo;  la  misma 
suerte  tocó  al  otro  que  había  entrado  por  la  frontera 
del  Este;  fué  desbaratado  en  Ñaharón,  ó  Narón  hacia 
Chantada. 

De  esta  manera  quiso  dar  á  entender  Santiago,  con 
qué  especial  carácter  quiso  aparecer  en  aquellas  circuns- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  37 

tancias,  con  el  de   Guerrero,   Defensor  y  Protector  de 
España. 


i  .■«■i»  ii 


Fotografía  de  .).  Limia,  Fotograbado  de  Lnporta. 

Viñeta   del  Tumbo  A,  que  representa  á  D.   Alfonso  II. 


Don  Alfonso  II  había  dado  repetidas  pruebas  do  su 


38  LIBRO  SEGUNDÓ 


gran  devoción  al  Apóstol  Santiago.  En  el  año  829  dio 
un  nuevo  testimonio  de  su  generosidad  y  munificencia 
para  con  la  Iglesia  del  Santo  Patrón,  otorgándole  el  se- 
ñorío del  territorio  comprendido  en  el  radio  de  tres 
millas  en  torno,  in  giro,  de  la  Iglesia  Apostólica. 

He  aquí  este  importante  documento,  según  se  lee  en 
el  folio  1  vuelto  del  Tumbo  A: 

Adefonsus  rex  per  huius  nostre  serenitatis  iussioneni  danius  et 
concedimus  huic  boato  iacobo  apostólo,  et  tibí  patri  nostro  teodo- 
miro  episcopo  tria  milia  in  giro  ecclesie  (1)  beati  iacobi  apostoli. 
huius  enim  beatissinii  apli.  pignora  uidelicet  sanctissimum  corpus 
reuelatum  est  in  nostro  tempore.  Quod  ego  audiens  cum  magna 
deuocione  et  supplicatione  ad  adorandum  et  uenerandum  tam 
preciosum  tesaurum  cum  maioribus  nri.  palacii  cucurrimus  et 
eum  sicut  patronum  et  dominum  tocius  hyspanie  cum  lacrimis  et 
precibus  multis  adorauimus.  et  supradictum  munusculum  ei  uolun- 
tarie  concessimus.  et  ob  honorem  eius  ecclesiam  construí  iussimus. 
et  iriensem  sedem  cum  eidem  loco  sancto  coniunximus.  pro  anima 
nostra  et  parentum  nostrorum.  quatinus  hec  omnia  deseruiant  tibi 
et  successoribus  tuis  per  sécula  cuneta,  facta  scriptura  testamenti 
in  era  DOCCLXVII  et  quot.  pridie  nonas  septembris. 

Ego  adefonsus  rex  hoc  meum  factum  confirmo. 
Henamirus  confirmo.  Brandila  presbyter  confirmo. 

Sancius  confirmo.  Ascarius  abba  confirmo. 

Oueco  confirmo.  Vitenandus  confirmo. 

De  cláusula  tan  escueta  como  es  aquella:  damus... 
tria  milia  in  giro  ecclesie,  no  se  desprende  qué  alcance 
tenía  esta  concesión;  pero  por  otros  privilegios  análogos 


(1)  Sobre  Ecclesie  se  escribió  en  el  siglo  XIII  Tumbe.  El  P.  Flórez 
en  el  ejemplar  que  publicó  entre  los  Apéndices  del  tomo  XIX  de  la  España 
¡Sagrada,  unió  Tumbe  con  Ecclesie, 


LOS  TEES  PKIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  39 

se  viene  en  conocimiento  de  lo  que  quería  donar  Don 
Alfonso.  El  Rey  Casto  no  dio  la  propiedad  de  todo  este 
territorio,  sino  ciertos  derechos  jurisdiccionales  que  pue- 
den reducirse  á  dos:  1.°,  el  de  percibir  todos  los  tributos 
reales  y  personales,  gravasen  ora  sobre  las  personas,  ora 
sobre  las  tierras,  que  se  debían  al  fisco  regio;  y,  2.°,  ad- 
ministrar justicia,  hacer  efectivas  las  multas  y  ejecutar 
embargos  sin  intervención  alguna  de  toda  persona  extra- 
ña á  la  Iglesia  (1). 

El  Cronicón  Iriense  señala  los  límites  de  este  territorio 


(l)     V.  Fueros  Municipales  de  Santiago   y  de  su  tierra,  t.  I,  c.  III, 
pág.  53.— Como  este   asunto  es  de   alguna  trascendencia,    al  menos  por 
lo  que  toca  al  primer  punto,  nos  detendremos  algún  tanto  para   que  sepa- 
mos á  qué  atenernos  en   otras  concesiones  análogas  hechas  por  los  Reyes. 
El  tributo  ó  censo  que  se  pagaba   á   la   Iglesia   dentro   del   coto   de  las 
tres  millas  en  virtud  de  la  donación  de  D.  Alfonso  el  Casto,  era  el  llamado 
cuadragesimal,  que  según  un  Privilegio  otorgado   por  D.  Orcloño  II  á  la 
misma  Iglesia  en  30  de  Mayo  de  912,  tenían  que  pagar  en  Galicia  al  Real 
Señorío  todos  los  siervos  fiscales  ó  del   Real  Patrimonio  restaurados  ó  de- 
clarados libres  é  ingenuos.   Sicuti  ceteri  ex  provincia  Oallaeciae  tributum 
quadragesimale  per  agentes  huic  Loco  Apostólico,  quod  soliti  sunt  ad  partem 
Dominicam  peragere.  De  este  tributo  cuadragesimal  se  hace  también  men- 
ción en  la  Gompostelana,  lib.  I,  cap.  XC  VI,  p.  179.  Y  ¿qué  venía  á  ser  el  tal 
tributo?  D.  Ordoño  III,  en  un  Privilegio  de  11  de  Noviembre  de  952,  aclara 
algo  más  este  punto  con  las  siguientes  palabras:  Persoluant  censum  fiscalem 
sicuti  alia  plebs  commissalta.  Según   esto,  el  tributo  cuadragesimal  que  se 
daba  en  las  tierras  de  la  Iglesia  compostelana,  venía  á  ser  el  mismo  que  se 
pagaba  en  los  commissos  ó  encomiendas  á  los  Condes  ó  Magnates  que  los  te- 
nían por  Real  concesión.    Lo  que  á  fine3  del  siglo  XII  se  pagaba  á  los  que 
tenían  tales  encomiendas,  era,  cada  vecino,  excepto  I03  pobres,  una  talega  de 
60  puñados  de  trigo,  otra  de  cebada,  ocho  dineros  y  una  gallina.  (V.  Fueros 
municipales  de  Santiago...,  t. 1,  c.  XI,  ps.  152  y  153).  En  esto,  pues,  debía 
consistir  poco  más  ó  menos  el  tributo  cuadragesimal,  que  se  pagaba  en  los 
siglos  IX  y  X.  Y  sin  duda  se  pagaba  en  la  Cuaresma,  porque  siendo  ésta  la 
época  del  año  en  que  se  preparaban  las  expediciones  militaresj  ne ^sitaban, 


40  LIBBO  SEGUNDO 


por  Siaonia  (Sionlla?),  Lestetum  (Leste do),  Villam  Astructi 
(Villestro?)  y  el  Tambre.  A  todos  estos  sitios  desde  San- 
tiago hay  por  lo  menos  seis  millas;  por  lo  tanto,  es  de 
creer  que  el  autor  del  Cronicón  confundió  la  acotación 
de  D.  Alfonso  el  Casto  con  la  que  hizo  D.  Ordoño  I  al 
alargar  el  coto  hasta  seis  millas. 

El  P.  Flórez  (1)  identificó  este  Privilegio  de  D.  Alfon- 
so II  concediendo  las  millas,  con  el  que  otorgó  al  Abad 
Ildefredo  señalándole  el  solar  del  monasterio.  En  el 
primer  Diploma  dirigido,  como  hemos  visto,  á  Teodomi- 
ro,  ni  la  más  mínima  mención  se  hace  del  monasterio; 
por  lo  que  el  Privilegio  otorgado  á  éste  era  distinto  ó 
independiente.  Cónstanos  lo  substancial  de  su  contenido 
por  otro  Privilegio  concedido  por  D.  Alfonso  VII  á  Ante- 
altares en  el  año  1147.  Según  este  documento,  el  solar 
cedido  por  el  Rey  Casto  al  monasterio,  comprendía  la 
actual  capilla  del  Salvador  ó  del  Rey  de  Francia  en  la 
Catedral;  la  capilla  de  San  Juan  Apóstol;  desde  aquí  la 
línea  divisoria  se  dirigía  á  espaldas  de  la  iglesia  de 
Santa  María  de  la  Corticela;  luego,  siguiendo  el  muro  de 
la  ciudad,  á  una  torre  que  estaba  sobre  la  plaza  de  la 
Quintana,  y  después  á  otra  torre  mayor  que  debía  estar 
próximamente  en  el  ángulo  que  hoy  forma  la  plaza  de 
Cervantes  con  la  calle  del  Preguntoiro;  bajaba  en  segui- 


los  Condes  ó  Comenderos  allegar  fondos  y  recursos  para  poder  incorporarse 
Con  su  respectiva  mesnada  á  la  hueste  del  Rey. 

Una  diferencia  había  entre  los  commissns  dados  á  los  magnates  y  los 
dados  á  las  iglesias;  los  primeros  eran  dados  sólo  por  el  tiempo  de  la  vo- 
luntad del  Monarca;  los  segundos  con  carácter  de  perpetuidad.  Sin  embargo, 
al  tiempo  de  subir  al  Trono,  procuraba  cada  Monarca  prestar  su  personal 
Confirmación  á  estas  concesiones   hechas  por  sus  antecesores  á  las  iglesias. 

(1)     Esp.  Sag.,  t.  XIX,  c.  VI,  n.°  5. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTÉLAÍÍA  4Í 

da  á  la  casa  de  la  Canónica,  ó  sea  la  actual  Casa-correo; 
y  por  último  cogía  la  capilla  de  San  Pedro  dentro  de  la 
actual  Basílica  (1). 

Sandoval  (2),  Argaiz  (3),  y  después  de  él,  Huerta  (4), 
el  P.  Foyo  y  otros  autores  pretendieron  que  estos  mon- 
jes de  Antealtares,  que  según  el  primero  de  los  autores 
citados,  D.  Alfonso  II  había  traído  del  monasterio  de  San 
Cipriano  de  Calogo,  cerca  de  Villanueva  de  Arosa,  fue- 
ron por  mucho  tiempo  los  únicos  ministros  del  templo  de 
Santiago,  con  exclusión  de  toda  otra  comunidad.  Qui- 
siéramos que  nos  dijese  a  estos  autores,  qué  fué  entonces 
lo  que  hizo  el  Rey  Casto  cuando  dispuso  la  unión  de  la 
Sede  de  Iria  con  el  Lugar  Santo  de  Santiago  (Iriensem 
Sedem  cum  eodem  loco  Sancto  coniunximusj;  porque  si  la  igle- 
sia, había  de  ser  sólo  para  monjes,  la  asistencia  del  Obis- 


(1)  Confirmo  vobis  situnn,  — dice  D.  Alfonso  VII, —  eiusdem  nionasterii 
cum  omni  gyro  suo,  sicuti  Rex  dominus  Adefonsus  dictus  Castus...  cum 
assensu  Iriensis  Episcopi  domini  Teodomiri  et  totius  eiusdem  Ecclesiae 
Iriensis  Capituli,  olim  abbati  domino  Udefredo  suisque  monachis  fortissimo 
privilegio  cum  omni  libértate  donavit.  .  per  haec,  videlicet,  loca  nominata, 
quomodo  incipitur  ab  Ecclesia  Sancti  Salvatoris  et  per  altare  Sancti  Ioannis, 
et  pergit  directe  ad  fundamentum  ecclesiae  Sanctae  Mariae  usque  in  di- 
rectum  ad  murum  de  turre  minore,  et  deinceps  per  ipsum  murum  ad  turrim 
maiorem,  unde  solebant  daré  praeconia  in  foro;  delibero  vobis  calles  inter 
utramque  turrem,  sicuti  in  praefato  privilegio  continetur;  et  de  ipsa  turre 
maiore  cui  vaditur  in  circuitu,  et  vadit  ad  solium  Dominorum  et  ad  apo- 
tecam  canonicorum  et  in  directuurad  cameram  clericorum,  in  qua  tune  tem- 
poris  dormiebant;  inde  in  directum  ad  altare  Sancti  Petri,  et  concludit  ad 
altare  Sancti  Salvatoris  ubi  prius  incepimus....  (Yepes,  Coron.  gen.  de  San 
Benito,  t.  IV,  Apénd.  VIII).— Según  esto,  el  solar  del  monasterio  estaba  en 
íntimo  contacto  con  la  Iglesia  Apostólica  y  con  la  Canónica. 

(2)  Cinco  Obispos,  ed.  de  Pamplona,  1634,  p.  194  y  siguientes. 

(3)  La  Soledad  laur.,  t.  III,  p.  329. 

(4)  Anal  de  Gal,  t.  II,  libro  VIII,  c.  X. 


42  tilBRÓ  SEGUNDÓ 


po  no  podría  menos  de  considerarse  como  una  abusiva 
ingerencia. 

Léase  también  este  párrafo  del  Privilegio,  que  en  el 
año  1115  otorgó  D.  Diego  Grelmírez  á  San  Martín  Pina- 
rio  (1),  el  cual  párrafo,  á  pesar  de  sus  erratas,  viene  á  ser 
como  un  comentario  ó  explanación  de  la  frase  de  D.  Al- 
fonso II:  Postquam  vero  Teodomiro  rever  endissimo  Iriense 
Eplscopo  beatissimo,  sacratissima  revelatio  et  sancti  tumulatio 
apud  Compostellam  tempore  Principis  domini  Adefonsi  Casti... 
tune  dignis  illustrium  Episcoporum  testimoniis  cognitaet  reperta, 
praesente  eodem  Principe  honorifice  consecratur  et  ubique  divul- 
gatur,  eommuni  consensu  utile  visum  fuit,  ut  Iriense  Episco- 
pium  ad  liunc  Apostolicum  transferretur  locum,  ubi  antistites 
post  leodomirum,  et  Ataulfus  et  ítem  Adaulfus  sanctam  duxere 
vitam. 

No  eran  incompatibles  entonces  dos  y  tres  comunida- 
des sirviendo  en  un  mismo  templo,  como  hemos  visto. 
Además,  al  señalar  D.  Alfonso  II  el  solar  del  monasterio, 
designa  como  lindes  el  solium  dominorum,  la  apoteca  cano- 
nicorurn,  la  camera  clericorum;  y  todo  esto  nada  tiene  que 
ver  con  el  monasterio.  Hubo,  pues,  además  de  la  co- 
munidad monacal,  otra  secular  dedicada  al  servicio  del 
templo  apostólico;  y  ésta  fué  la  que  prestó  el  consen- 
timiento para  que  D.  Alfonso  II  pudiese  desmembrar  el 
terreno  necesario  para  la  construcción  del  monasterio; 
cum  assensu  Iriensis  Episcopi  domini  Teodomiri  et  totius  eius- 
dem  Ecclesiae  Iriensis  capituli.  No  necesitaba  por  cierto 
D.  Alfonso  este  consentimiento,  si  no  se  hallasen  ya  allí 
instalados  el  Obispo  y  el  Clero  iriense. 

Así  lo  reconoce  el  P.  Yepes  en  la  Coronica  general  de 


(1)    Yepes,  Coron.  gen,  de  S.  Benito,  t.  IV,  Ap.  XII. 


LOS  ÍSES  PBIMEBÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSÍELANA  43 

San  Benito  (1),  el  cual  después  de  citar  al  Líber  Pontificalis 
de  Roma  y  á  Platina,  concluye:  «Destas  autoridades, 
curioso  lector,  verás  con  luz  más  clara  que  la  del  medio- 
día, que  en  los  templos  más  principales  de  Roma  quales 
son  San  Pedro  y  San  Pablo,  San  Juan  de  Letrán,  Santa 
María  la  Mayor,  San  Lorenzo,  auia  Monasterios  de  mon- 
ges,  que  si  bien  no  eran  los  principales  que  gouernauan 
aquellas  yglesias,  pero  eran  miembros  muy  esenciales  de 
ellas,  y  las  tenían  rodeadas  estando  muy  cerca  para 
poder  acudir  con  puntualidad  a  hazerlos  oficios  diuinos. » 
Luego  añade,  que  este  estilo  y  modo  de  vivir  se  extendió  en 
algunas  iglesias  de  España  y  en  particular  á  la  de  San- 
tiago. 

Según  resulta  del  Liber  Pontificalis  (2)  las  Basílicas 
de  Roma  por  este  tiempo  (en  tiempo  de  San  León  III, 
795-816),  tenían  anejos  los  monasterios  siguientes:  la  de 
San  Pedro  los  de  San  Juan  y  San  Pablo,  San  Esteban 
Mayor,  San  Esteban  Menor  y  San  Martín;  la  de  Letrán 
los  de  San  Pancracio,  San  Andrés  y  San  Bartolomé  y 
San  Esteban;  la  de  San  Pablo  ios  de  San  Cesario  y  San 
Esteban;  la  de  Santa  María  la  Mayor,  los  de  San 
Andrés,  San  Adrián, .  y  San  Cosme  y  San  Damián;  y  la 
de  San  Lorenzo  los  de  San  Casiano  y  San  Esteban. 

Volviendo  ahora  al  Privilegio  de  las  tres  millas,  re- 
petimos que  éste  no  fué  el  único  que  D.  Alfonso  concedió 
á  la  Iglesia  de  Santiago.  En  el  Tumbo  A  de  esta  Santa 
Metropolitana  Iglesia,  ha}^  un  mandato  de  D.  Alfonso  III 
dirigido  á  Lucido  y  á  Aldroito  para  que  entreguen  á  la 
Iglesia  del   Apóstol   las  villas   de  Cesar,   San   Julián  y 


(1)  Tomo  III,  al  año  761.  fol.  226. 

(2)  Ed.  de  Duchesne,  t.  II,  p.  22. 


44  LIBRÓ   SEGUNDO 


Pazo  en  la  comarca  de  Sarria,  las  cuales  había  donado 
á  dicha  Iglesia  su  abuelo  de  buena  memoria  D.  Alfonso, 
sicut  eas  havus  noster  dive  msmoríe  domnus  Adefonsus  jam 
dudum  Sancho  lacóbo  apostólo  concessit.  Hubo,  pues,  otro  Di- 
ploma en  que  el  Rey  Casto  concedió  las  mencionadas 
villas,  cuya  donación  pudo  muy  bien  ir  incluida  en  la 
Carta  de  dote  otorgada  al  tiempo  de  la  consagración  de 
la  Iglesia  del  Apóstol. 

Resta  averiguar  ahora,  ya  que  damos  por  supuesto  que 
había  comunidad  seMilar  en  la  Iglesia  de  Santiago,  qué 
Regla  era  la  que  seguían  los  Clérigos  adscriptos  en  ella. 
Por  de  pronto  guardaban  la  vida  común,  pues  tenían  un 
mismo  refectorio,  un  mismo  dormitorio  y  un  mismo  ves- 
tuario. Según  Sandoval,  en  el  lugar  citado,  esta  Regla 
no  era  otra  que  la  monacal,  que  era  la  única  que  enton- 
ces, si  hemos  de  prestarle  fe,  se  conocía.  Mas  en  esto  el 
erudito  cronista  de  Carlos  V,  en  su  afán  de  contradecir 
á  D.  Mauro  Castellá,  se  equtvo3Ó  grandemente.  El  Con- 
cilio de  Aquisgrán,  celebrado  en  el  año  816,  distingue 
con  toda  claridad  en  los  cánones  XCVII  y  CXV,  la  Re- 
gla canonical  de  la  monástica,  y  en  el  canon  CXXV  re- 
prende severamente  á  los  Canónigos  que  pretendan  usar 
cogulla  ó  hábito  monástico. 

Verosímilmente,  la  Regla  que  hubo  de  adoptar  el 
Cabildo  compostelano  debía  de  ser  la  prescrita  en  este 
mismo  Concilio  de  Aquisgrán.  En  el  canon  CXVII,  se  or- 
dena que  en  los  claustros  de  los  Canónigos  haya  dormi- 
torios, refectorios,  despensas  y  las  demás  piezas  necesa- 
rias para  los  hermanos  que  vivan  en  vida  común  (1).  Por 


(1)  Sint  etiam  interius  dormitoria,  refectoria,  cellaria  et  ceterae  habita- 
tiones,  usibus  fratrum  in  una  societate  viventium,  necessariae.  (Labbé  y 
Cossart,  Sacrosancta  Concilla;  ed.  de  Venecia,  1729,  tom.  IX). 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  45 

la  escritura  que  hemos  citado  de  D.  Alfonso  VII  (1), 
vemos  que  en  tiempo  del  Rey  Casto  ya  los  Canónigos 
tenían  dormitorio  ó  casa  de  morada  (solium  doyninorum) , 
despensa  ó  bodega  (apoteca  canonicorum)  y  dormitorio 
(camera  clericorum,  in  qua  time  temporis  dormiebant).  Era 
lo  que  exigía  el  Concilio  de  Aquisgrán  para  constituir 
vida  reglar  canonical,  y  por  lo  mismo  debemos  creer  que 
los  Canónigos  compostelanos  adoptaron  desde  el  prin- 
cipio la  Regla  propuesta  en  el  referido  Concilio. 

Aymerico,  ó  quien  quiera  que  sea  el  autor  del  li- 
bro V  del  Códice  de  Calixto  II,  dice  que  los  Canónigos 
de  Santiago  seguían  la  Regla  de  San  Isidoro.  BU.  Isidori 
Hispaniensis  doctoris  regulam  tenentes.  Del  gran  Doctor  es- 
pañol se  sabe  que  compuso  una  Regla  monacal,  que  fi- 
gura entre  sus  obras.  De  Regla  canonical  hay  un  lige- 
rísimo  bosquejo  en  la  Carta  que  el  Santo  escribió  al 
Obispo  Leudefredo  (2);  pero  nada  se  halla  aquí  en 
concreto  del  método  de  vida  que  debían  seguir  los  Ca- 
nónigos. Por  tanto,  entendemos  que  las  palabras  de 
Aymerico  deben  referirse  al  texto  del  Oficio  Divino  y  á 
la  distribución  de  las  Horas  Canónicas. 

Una  vez  que  los  Canónigos  de  Santiago  vivían  en 
comunidad  y  ad  instar  coenóbii,  como  dice  Paulo  Diácono 
de  los  de  San  Chrodegango,  no  son  de  extrañar  las  expre- 
siones que  se  les  aplican  en  los  antiguos  diplomas,  como 
Regula  Sancta,  congregatio,  fratres  y  aun  monachi;  las  cua- 
les expresiones  tanto  hicieron  cavilar  á  Sandoval, 
Argaiz,  Foyo  y  otros,  acabando  por  extraviarlos,   y  ha- 


(1)  Pág.41. 

(2)  Divi  Isidori,  Hispakvsis  Episcopi,  opera;  tomo  II,  p.  518;  Madrid, 
1778. 


46  LIBEO  SEGUNDO 


cerles  creer  que  se  trataba  de  verdaderas  comunidades 
de  monjes. 

En  el  canon  CXLII  del  mencionado  Concilio  Aquis- 
granense,  se  da  por  supuesto  que  los  Canónigos,  que  te- 
nían morada  propia,  podían  residir  en  ella  sin  infrac- 
ción de  la  Regla  canonical  (1);  pero  al  mismo  tiempo  se 
ordena  que  se  construyan  casas  para  los  ancianos  y  en- 
fermos, que  por  ventura  no  las  tuvieran.  Es  verosímil 
que  esto  se  hiciese  ya  en  aquellos  primeros  tiempos;  pero 
consta,  como  más  adelante  veremos,  que  bajo  el  Pon- 
tificado de  Sisnando  I  se  llevó  á  debida  ejecución.  Por 
lo  que  toca  á  los  Canónigos  hacendados,  como  resulta 
de  los  cánones  CXXI  y  CXXII,  no  estaban  excluidos  de 
participar  de  la  ración  de  pan  y  vino,  que  se  distribuía 
en  la  Canónica,  ni  de  las  comidas  que  en  ciertas  solem- 
nidades tenía  el  Cabildo,  ni  de  los  demás  emolumentos 
que  se  repartían  entre  los  servidores  de  la  iglesia  (2). 

Echábase  de  menos  en  la  Basílica  del  Apóstol,  una 
capilla,  un  oratorio  dedicado  á  Aquella  que  es  la  princi- 
pal medianera  de  nuestros  ruegos  y  de  nuestras  súpli- 
cas, á  Aquella  que,  si  es  verdadera  Madre  del  Señor,  en 
cuya  mano  está  el  dispensarnos  todo  bien,  no  lo  es  me- 
nos de  los  miserables,  que  á  todas  horas  se  ven  acosados 
de  trabajos  ó  perseguidos  por  el  infortunio.  Pronto  se 
remedió  esta  falta;  y  del  lado  del  Norte,  cerca  del  Bap- 
tisterio, se  levantó  un  oratorio  bajo  el  título  de  Santa 


(1)  Quamvis  Canonicis  proprias  licitum  sit  habere  mansiones,  debet 
tamen  a  Praelato  mansio  infirmorum  et  senum  intra  claustra  Canonicorum 
fieri,  ut  qui  suam  forte  non  habent,  in  eadem  suam  possint  aptissime  tole- 
rare imbecillitatem. 

(2)  La  Canónica  ocupaba  todo  el  lado  Sur  de  la  plaza  de  la  Quintana  y 
parte  de  la  actual  Basílica. 


LOS  TRES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  47 

María;  en  el  que  se  comprometió  á  celebrar  los  Divinos 
Oficios  una  nueva  comunidad  de  monjes  benedictinos 
bajo  el  régimen  del  Abad  ítanualdo;  la  cual  estableció 
su  vivienda  en  una  casa  llamada  de  Besulio  (acaso  del 
nombre  del  donante),  en  el  lugar  de  P¡ guarió  ó  Pinario, 
sitio  un  tanto  separado,  pero  en  la  misma  dirección  y 
hacia  donde  hoy  se  halla  la  iglesia  conventual  de  San 
Martín.  Como  el  nuevo  oratorio  estaba  tocando  con  las 
cercas  de  la  Apostólica  Basílica,  recibió  el  nombre  de 
Corticella  (1).  Tal  fué  el  humilde  origen  del  famoso  mo- 
nasterio de  San  Martín  Pinario. 

La  Compostelana  (2)  atribuye  á  Sisnando  I  la  funda- 
ción de  San  Martín.  También  atribuye  al  mismo  Prela- 
do la  fundación  de  Antealtares  y  la  de  San  Félix  de 
Lobio.  Como  es  evidente  que  dichas  iglesias  existían  an- 
tes de  Sisnando  I,  las  palabras  de  la  Compostelana  sólo 
habrán  de  entenderse  de  reedificaciones  ó  de  notables 
concesiones.  Flórez  (3),  que  niega  á  Sisnando  I  la  fun- 
dación de  la  Corticela,  pues  confiesa  que  esta  iglesia  es 
más  antigua,  la  atribuye  á  Alfonso  III  al  tiempo  de  re- 
edificar la  Basílica  del  Apóstol;  pero  esto  es  afirmar  lo 
que  antes  había  negado;  porque  en  la  reedificación  de 
la  Basílica  tanta  parte  tuvo  Sisnando  I  como  D.  Alfon- 
so III.  Como  luego  veremos,  el  monasterio  de  la  Corti- 
cela ya  existía  en  tiempo  de  Alfonso  II. 

Aunque  el  lugar  de  Arca  marmórica  por  su  alejamien- 
to de  la  frontera  de  los  moros  estaba,  al  parecer,   al 


(1)  En  el  latín  de  la  Edad  Media  curtís  significaba  terreno  ó  solar  cer- 
cado. Aún  hoy  en  gallego  cortina  quiere  decir  heredad  cercada. 

(2)  Lib.  I,  cap.  II,  nú  ni.  3. 

(3)  Esp.  Sag.,  t.  XIX,  c.  III,  números  10  y  11. 


48  LIBRO  SEGUNDO 


abrigo  de  cualquiera  golpe  de  mano;  sin  embargo,  la  ex- 
periencia enseñaba  que  nada  podía  darse  por  seguro  an- 
te la  audacia  y  genio  aventurero  de  los  árabes.  Hacia 
el  año  788  habían  invadido  á  Asturias  y  entraron  en 
Oviedo.  Fuerza  fué,  pues,  poner  al  Lugar  Apostólico  de 
Compostela  en  condiciones  de  poder  resistir  y  rechazar 
cualquiera  embestida,  que  era  de  temer  á  la  hora  menos 
pensada;  y  Teodomiro,  de  acuerdo  con  D.  Alfonso  II,  hi- 
zo rodear  su  nueva  ciudad  episcopal  con  fuertes  mura- 
llas flanqueadas  con  torres  y  baluartes.  El  perímetro  de 
estos  muros  venía  á  describir  como  un  rectángulo,  cuyos 
lados  más  largos  estaban  en  dirección  de  Oriente  á  Po- 
niente (1).  El  lado  menor,  que  miraba  á  Oriente,  abraza- 
ba, con  poca  diferencia,  el  espacio  que  hay  entre  la  es- 
quina de  la  plaza  de  Cervantes  y  la  de  la  bajada  á  la 
Fuente  Sequelo.  El  lado  opuesto,  que  decía  á  Poniente, 
comprendía  todo  el  espacio  que  hoy  ocupa  la  fachada 
occidental  de  la  Basílica  con  parte  del  Palacio  arzobispal. 
De  los  dos  lados  mayores,  el  que  miraba  al  Norte  cogía 
el  espacio  que  hay  entre  la  citada  esquina  de  la  plaza 
de  Cervantes  hasta  la  esquina  de  bajo  el  arco  de  Pala- 
cio; y  el  opuesto  desde  la  esquina  Sudoeste  de  la  Cate- 
dral hasta  la  esquina  mencionada  antes  de  la  calle  de  la 
Fuente  Sequelo.  Dentro  de  este  recinto  quedaban,  pues, 
incluidas  las  cuatro  iglesias  de  Santiago,  San  Salvador, 
San  Juan  y  Santa  María,  la  Canónica,  el  monasterio  de 
Antealtares,  algunas  calles  y  plazas  como  la  del  Preconi- 
torium  (hoy  Preguntoiro),  que  era  donde  se  daban  los 
pregones  y  se  hacían  las  subastas,  las  alberguerías  para 


(1)     Véase  el  grabado  de  la  pág.  33. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtfA  49 

los  peregrinos,  las  tiendas  de  objetos  piadosos  y  las  me- 
sas de  los  cambiadores,  que  solían  estar  contiguas  con 
las  iglesias. 

Recinto  fortificado  no  podía  estar  desprovisto  de  uno 
de  los  elementos  más  indispensables  para  la  vida,  cual 
es  el  agua.  En  esto  pensó  sin  duda  Teodomiro;  y  reco- 
giendo los  abundantes  manantiales  que  brotan  de  las 
vertientes  del  Vite,  cerro  que  se  levanta  como  á  dos 
kilómetros  al  N.  de  Santiago,  los  dirigió  por  medio  de 
un  acueducto  construido  de  manipostería  para  surtir  de 
aguas  á  la  nueva  población.  La  verdad  es,  que  de  este 
acueducto  ya  se  hace  mención  á  principios  del  siglo  X 
con  motivo  de  la  concesión  que  hizo  el  Obispo  Sisnan- 
do  I  al  monasterio  de  San  Martín  del  derecho  de  deri- 
var de  él  el  caudal  de  aguas  necesario  para  los  usos  de 
la  casa. 

La  institución  de  los  cambiadores  data  en  Composte- 
la  desde  muy  antiguo,  y  según  algunos,  desde  los  tiem- 
pos del  mismo  Alfonso  II  y  de  Teodomiro;  lo  cual  es 
muy  creíble,  porque  siendo  tantos  los  peregrinos  y  de 
tan  distintas  regiones  como  eran  los  que  ya  entonces 
venían  á  visitar  el  Sepulcro  de  Santiago,  era  necesario 
que  hubiese  personas  de  confianza  encargadas  de  reci- 
birlos, y  que  á  la  vez  fuesen  conocedoras  de  las  diversas 
clases  de  moneda  y  de  su  valor  respectivo  para  instruir- 
los respecto  del  precio  corriente  de  las  mercancías,  faci- 
litarles los  legítimos  cambios,  y  evitar  que  su  buena  fe 
fuese  sorprendida  en  las  alberguerías,  en  los  comercios  ó 
en  los  demás  establecimientos  á  que  por  ventura  tuvie- 
sen que  recurrir. 

En  el  preámbulo  de  un  libro  de  la  antigua  Cofradía 
de  los  Cambiadores,  comenzado  á  escribir  á  principios  del 

Tomo  II.— 4. 


50  LIBUO  SEGUNDO 


siglo  XIV  (1),  se  cuenta  en  la  forma  siguiente  el  origen 
de  esta  institución:  «E  sabido  por  todo  o  mundo,  logo 
acudiron  tantas  gentes  que  era  milagro;  e  daban  sen- 
dos (dineiros)  e  esmolas  aos  cregos;  e  tragian  tantos 
dineiros  de  prata  e  de  ouro,  que  non  eran  conoscidos.  E 
moitos  malditos  honres  mataban  e  roubaban  os  romeiros 
ansi  na  cidade  como  fora  déla.  Desto  deron  aviso  ao 
Santo  Rey  (Alfonso  II);  e  mandou  por  sua  carta  real  a 
Brandela  presbitero  seu  capelan  mor,  fose  a  Compostela 
de  Galicia,  e  dos  mais  altos  homes  fillosdalgo  déla  e  dos 
poboadores,  que  nela  estuve  ien,  juntase  ante  o  Apóstol 
doce  que  cuidasen  das  moeclas,  ouro  e  prata  e  outros 
haberes  que  viñan  de  longas  térras  que  tragian  os  ro- 
meiros; e  que  estos  homes  fillosdalgo  estuvesen  ante  a 
porta  do  Camino  junto  da  eireja  e  cada  un  posesse  ali 
suas  taboas  douradas  e  pintadas  con  suas  arras  e  balanzas 
e  dentro  diñeiro  e  moedas,  e  que  as  cambeasen,  e  que 
tuvesen  seus  homes,  e  que  fossen  zuribiesses  que  assis- 
tisen  con  eles;  e  que  non  fosen  mouros  nin  judeus;  e  que 
pudessen  rescibir  outros  homes  .que  fossen  fillosdalgo  de 
cabaleyros  e  seus  fillos  e  fecesen  hermandad  en  honra  do 
Apostólo  e  de  sto.  Ilafonso.  E  das  ganancias  se  pagassen 
e  de  noite  se  poseessen  cirios  que  alomeasen  ante  o 
Apostólo  aos  peregrinos.  E  do3  primeiros  foron  Vrena- 
rido  de  España,  Ascario  Arias,  Sandegis  Bermudez, 
Joannes  Galos,  Ramiro  Goncalvez,  Fernando  Locan, 
Abril  Pérez,  Jerpe  Guillelmez,  Eleca  Reimondez,  Ñuño 
de  Reino,  Abril  Jiménez,  Bernaldo  Eans.  E  que  non 
pudesen  ser  homes  fillos  de  barraganes  e  barraganas,  e 


(1)     Es  el  que  liemos  citado  en  la  nota  de  la  pág.  17. 


liOS  TRES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTE LAÍT A  6l 

que  estes  homes  sempre  fossen  muy  acabados  e  premea- 
dos  do  Rey  e  que  traten  toda  verdad»  (1). 

Los  Cambiadores  ponían  sus  mesas  con  las  balanzas 
y  los  demás  medios  de  contrastar  las  monedas,  en  el  pa- 
raíso, (en  francés,  parvis),  que  venía  á  ser  una  plaza 
ancha  y  larga  cuanto  un  tiro  de  piedra,  que  estaba  á  la 
entrada  de  la  Catedral  por  el  lado  del  Norte;  en  la  cual 
plaza  había  otros  muchos  puestos  en  que  se  vendían 
conchas,  correas,  cinturones,  zapatos,  bolsas  y  toda  suer- 
te de  hierbas  medicinales  y  de  especias,  (omne  genus  her- 
barum  medicinalium  et  caetera  pignienta,  como  se  dice  en  el 
libro  V  del  Códice  de  Calixto  II).  En  el  paraiso  de  las 
principales  Basílicas  de  Roma  se  vendían  también  espe- 
cias, como  azafrán,  clavo,  canela,  pimienta,  bálsamo, 
etcétera...,  que  venían  de  Palestina,  de  Arabia,  de  la 
India  ó  de  los  Molucas.  A  la  Ciudad  Eterna  llegaban 
estos  productos  en  calidad  de  rentas  que  pagaban  algu- 


(1)  En  este  largo  pasaje,  que  está  á  continuación  del  que  hemos  inser- 
tado en  la  nota  de  la  pág.  17,  debemos  distinguir  dos  partes;  la  una  que  con- 
tiene la  relación  más  ó  menos  detallada  de  sucesos  históricos,  que  ya  cono- 
cemos por  otros  conductos;  y  la  otra  en  que  se  da  cuenta  del  origen  y  orga- 
nización de  la  Cofradía  de  Cambiadores,  y  nombres  de  los  primeros  Cofrades. 
En  lo  primero  es  de  creer,  que  el  que  en  el  año  1 624  trasladó  el  primer 
folio  ya  casi  ilegible  del  Libro  citado,  no  introdujese  alteración  notable; 
pues  se  trataba  de  asuntos  que  no  le  interesaban;  en  lo  segundo  ya  es  otra 
cosa;  lo  que  le  estimulaba  y  movía  su  pluma  era  el  deseo  de  señalar  las 
familias  y  apellidos  en  que  desde  el  principio  se  hallaba,  por  decirlo  así, 
vinculado  el  cargo  de  Cambiador.  Así  es  que  en  el  curso  del  libro  se  ven 
con  frecuencia  muy  posteriormente  enmendados,  y  á  veces  con  más  arro- 
gancia que  habilidad,  los  apellidos  de  ciertos  Cambiadores  y  substituidos 
por  los  de  las  familias  que  se  pretendían  privilegiadas. 

Romey,  que  sin  duda  por  tener  ocasión  de  decir  un  chiste,  admitió  sin 
repugnancia  este  texto,  llama  bandoleros  arrepentidos  á  los  primeros  Cam- 
biadores. 


52  LIBEO  SEGUNDO 


nos  pueblos  ó  tierras  de  Oriente  (1);  á  Compostela  ve- 
nían sin  duda  por  conducto  de  negociantes  árabes. 

De  este  modo  en  breve  tiempo  quedó  convertido  en 
población  aquel  campo  agreste,  liberalmente  cedido  para 
área  de  sepultura,  aquel  monumento  fúnebre  hecho  á 
manera  de  las  arcas  que  antiguamente  se  levantaban  en 
los  extremos  ó  confines  de  los  respectivos  territorios.  Y 
como  á  cosas  nuevas,  nuevos  nombres,  los  antiguos  de 
Liberum  donum  y  Arca  marmórica  quedaron  como  recuerdo 
venerando  de  lo  pasado,  perpetuados  sólo  en  los  docu- 
mentos oficiales,  y  sustituidos  en  el  lenguaje  vulgar  por 
otros  no  menos  gráficos  y  expresivos,  como  el  de  Locus 
Sanctus,  Locus  Apostólicas,  Campus  Stellae,  Compostela. 

Acerca  de  la  etimología  de  esta  última  voz,  mucho 
se  ha  discurrido.  El  Cronicón  Iriense  la  deriva  de  Compo- 
situm  tellus;  el  Gerundense  de  Compos  Stella;  Isaac  Vossio 
comentando  á  Mela,  y  después  Harduino  sobre  Plinio, 
de  Jacóbus  Apostolus,  y  en  romance  Giacomo  Postolo;  la  opi- 
nión general,  de  Campus  Stellae.  r 

El  P.  Flórez  (2)  acepta  con  recelo  esta  etimología; 
porque,  dice,  los  antiguos  documentos  mencionan,  no 
estrella,  sino  luces,  luminaria.  Esta,  ¡sin  embargo,  es  la 
interpretación  más  plausible  de  cuantas  por  ahora  se 
conocen:  porque  para  el  vulgo,  que  sin  duda  fué  el  autor 
ó  por  lo  menos  el  principal  propagador  de  este  nombre, 


(1)  Véase  Duchesne,  Líber  Pontificalis,  Introducción,  página  CL. — 
A  propósito  de  esto  dice  con  gran  oportunidad  el  sabio  editor  del  Líber 
Povtificalis:  «He  aquí  un  episodio  en  la  historia  del  gran  comercio  durante 
la  Edad  media,  en  un  tiempo  en  que  los  principales  mercados,  las  ferias 
ecuménicas,  se  celebraban  con  ocasión  de  las  fiestas  de  los  Santos,  y  á  la 
sombra  de  sus  Iglesias.» 

(2)  Esp.  Sag.,  t.  XIX,  p.  70. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELA1TA  53 

llamar  estrellas  á  luces  de  tal  clase,  es  cosa  bien  obvia 
y  fácil.  D.  Fernando  I,  según  hemos  visto  en  el  tomo  I, 
página  173,  fué  el  primer  Monarca  que  en  sus  Diplomas 
usó  el  nombre  de  Compostela;  pero  ya  se  ve  empleado 
en  una  Escritura  del  año  914  de  San  Martín  Pinario  (1) 
y  en  otra  del  988,  perteneciente  á  Antealtares,  en  que 
se  lee  villa  Compostella,  territorio  Amae. 

En  las  Colecciones  de  las  antiguas  inscripciones  se 
registran  algunas  que  se  suponen  halladas  en  esta  loca- 
lidad. Así  Hübner  en  el  tomo  II  del  Corpus  Inscriptionum 
latinarum,  números  2548,  2549  y  2550,  trae  las  cuatro 
siguientes  inscripciones,  que  á  mediados  del  siglo  XVI 
se  veían  en  una  de  las  plazas  que  rodean  á  la  Iglesia 
Catedral. 

Aunque,  á  nuestro  juicio,  dichas  lápidas  nada  tienen 
que  ver  con  la  antigua  Arca  marinar ica  ó  Compostela,  las 
damos  á  continuación  para  que  nuestros  benévolos  lec- 
tores tengan  á  mano  todo  cuanto  pueda  referirse  de  un 
modo  ó  de  otro  á  nuestro  objeto: 

AQVILIAE  •  MODESTAE 

ANNOEVM  •  (LJXX 

SENECIO  •  MODESTVS 

MATRI  ■  PIENTISSIMAE 

FECIT  -H-S-E-S-T-T-L 

Aquiliae  Modestae 

annorum  LXX? 

Senecio  Modestus 

Matri   pientissimae 

fecit.  H(ic)  s(ita)  e(st)  s(it)  t(ibi)  t(erra)  l(evis). 


(1)    Yepea,  Goronica  general  de  San  Benito^  t.  IV,  Escrit.  XIII, 


54  LIBBÓ  SEGUNDÓ 


D.   M. 

ACILIA  •  MODESTA  •  M  •  F 

MODESTO  •  PATRI  •  PÍEN 

H-S-E-S-T-T-L 

D(iis)  M(anibus) 

Acilia  Modesta  M(odesti)  F(ilia) 

Modesto  patri  pien(tissimo) 

H(ic)  s(itus)  e(st).  S(it)  t(ibi)  t(erra)  l(evis). 

D.  M.   S. 

NVMERIVS  ■  VITALIONIS 

NVMERIAE  •  VITALIAE  ■  VX 

B-M'F-H-S-F-S-T-T-L. 

D(iis)  M(anibus)  S(acrum) 

Numerius  Vitalionis 

Numeriae  Vitaliae  Vx(ori) 

B(ene)  M(erenti)  F(ecit).  H(ic)  S(ita) 

E(st).  'S(it)  T(ibi)  T(erra)  L(evis). 

PROCVLA 

CAMALI 

F  •  CROVIA 

ANN  •  XXX 

H  •  S  •  E  •  SE 
CVNDVS  ET  D  (1) 

Procula 

Caniali 

f(ilia)  Crovia 

ann(orum)  XXX 

H(ic)  S(ita)  E(st)  Secundus  et  D.., 

(1)    No  es  verosímil  que  estas  lápidas  fuesen  primitivamente  halladas 


tOS  TBES  PRIMEROS  SlOLÓS  DE  ÍA  I.  COMPOSTELANA  55 

Estas  fueron  las  principales  obras  á  que  logró  dar 
cima  el  Obispo  Teodomiro  en  su  no  muy  largo  pontifica- 
do. En  sus  Varones  Ilustres,  cap.  II,  decía  San  Ildefonso 
de  su  antecesor  Asturio,  que  se  había  hecho  digno  de 
que  en  su  tiempo  se  descubriesen  las  Reliquias  de  San 
Justo  y  San  Pastor.  Lo  mismo  podemos  decir  del  Obispo 
Teodomiro  respecto  del  descubrimiento  de  las  Reliquias 
de  Santiago.  Como  Asturio,  lo^ró  descubrir  en  la  tierra 
las  Reliquias  de  aquél  con  quien  había  de  vivir  siempre 
unido  en  el  cielo.  Las  maravillas  que  á  todas  horas  es- 
taba presenciando  al  lado  del  Sepulcro  del  Apóstol, 
enarde3Ían  su  ánimo,  y  le  encendían  en  deseos  de  admi- 
rar y  contemplarla  gloria  celestial,  de  aquél,  cuyos  res- 
tos mortales  ostentaban  su  virtud  y  su  poder  con  tantos 
prodigios  (1).  Esperaba  confiado  que  en  recompensa  de 
la  Basílica  que  él  con  tanto  celo  y  afán,  había  erigido, 
el  Apóstol  le  había  de  obtener  una  eterna  mansión  en 
el  cielo.  Nuestra  inconsideración  y  desidia,  que  es  falta 
or:glnal  en  el  pueblo  gallego,  acerca  de  los  hechos  de  Teo- 


en  el  sitio  donde  eran  vistas  en  el  siglo  XVI,  ni  en  el  área  que  ocupa  la 
ciudad;  pues  toda  ella  fué  removida  para  extraer  materiales  para  las  edifi- 
caciones. Pudieran  haber  sido  de  las  piedras  que  trajo  D.  Alfonso  III  de 
diversas  partes  de  España  para  la  reedificación  de  la  Catedral  compostela- 
na;  pero  tampoco  esto  es  probable,  porque  de  aquella  obra  nada  ha  queda- 
do; todo  lo  consumieron  las  reedificaciones  posteriores.  Debieron  de  ser, 
pues,  piedras  que  algún  curioso  halló  en  las  inmediaciones  de  Santiago 
(p.  ej.,  algún  Canónigo  en  algunas  de  las  tenencias  del  Cabildo),  y  que,  para 
que  no  se  perdiesen,  trajo  á  la  ciudad. 

(1)  Teodomirus  vero  Episcopus  tanto  fidentius  oculos  mentis  ad  coe- 
lestis  patrias  consideratione(m)  erigebat,  quanto  frequentius  Beatum  Jaco- 
bum  post  Basilicam  sibi  factam  miraculis  et  virtutibus  coruscare  conspi- 
ciebat.  Spe  ergo  coelestium  praeditus,  aliquanto  interjecto  tempore  vitara,  se- 
curus  effudit  finali  sorte  interveniente.  (Hist.  Comp.,  lib.  I,  c.  II,  núm.  1), 


56  LIBBO  SEGUNDO 


domiro,  apenas  dejó  consignado  más  que  algunos  descar- 
nados párrafos  en  la  Historia  Compostelana.  Hoy  para  for- 
marnos idea  más  cabal  del  espíritu  y  de  la  persona  de 
Teodomiro,  estamos  reducidos  á  contemplarlo  como  som- 
bra veneranda  que  circula  silenciosa  por  entre  los  pila- 
res de  la  Basílica,  alentándonos  y  estimulándonos  á 
todos  con  su  actitud  grave  y  serena,  para  que  amemos 
y  reverenciemos  al  Apóstol  Patrón  de  España. 

De  los  muchos  prodigios  acaecidos  en  este  tiempo,  no 
hay  más  noticia  individual,  que  de  el  que  se  refiere  en 
el  capítulo  II  del  Libro  de  los  Milagros  de  Santiago,  atri- 
buido á  Calixto  II.  A  un  italiano,  reo  de  un  horrendo 
crimen,  le  había  impuesto  su  Obispo,  como  penitencia 
pública,  el  venir  en  peregrinación  á  la  Tumba  de  San- 
tiago, con  una  carta  para  el  Prelado  compostelano,  en 
que  se  hacía  relación  del  execrable  delito  que  había  me- 
recido tan  severa  y  costosa  reparación.  Aceptó  el  ita- 
liano con  el  mayor  arrepentimiento  la  penitencia  im- 
puesta; y  llegó  á  Compostela  á  tiempo  de  poder  asistir 
á  la  gran  festividad  del  25  de  Julio.  Entre  lágrimas  y 
sollozos  á  la  hora  de  Prima,  pudo  acercarse  fervoroso  á 
la  mesa  del  Altar,  y  depositar  debajo  de  los  paños,  la 
cédula  ó  carta  que  pesaba  sobre  su  alma  con  abruma- 
dora inquietud.  A  la  hora  de  Tercia  se  disponía  el  Obis- 
po Teodomiro  á  celebrar  solemne  Misa  pontifical,  y  notó 
debajo  del  paño  del  Altar  la  extraña  presencia  de  aque- 
lla carta.  Preguntó  qué  hacía  allí  aquel  papel,  y  quién 
lo  había  puesto.  El  anhelante  peregrino  echóse  á  sus 
pies,  y  públicamente  confesó  su  pecado,  y  refirió  el  man- 
dato que  le  había  dado  su  Obispo.  El  Venerable  Teodo- 
miro recogió  la  carta,  la  abrió,  y  examinó,  y  la  enseñó 
á  todos  para  que  viesen  cómo  había  desaparecido  loque 


LOS  TBES  PBIMEHOS  SIGLOS  DÉ  LA  I.  COMPOSTELA1ÍA  57 


en  ella  estaba  escrito  (1).  Maravilláronse  los  circunstan- 
tes de  lo  ocurrido,  no  menos  que  el  compungido  pecador, 
el  cual  con  dificultad  acertaba  á  creer  tanta  dicha.  Teo- 
domiro  lo  declaró  absuelto  de  todo  reato  por  los  méritos 
é  intercesión  del  Apóstol;  pero  ante  sus  vivas  instancias 
le  puso  por  penitencia  el  ayunar  todos  los  viernes. 

A  esta  época  debe  pertenecer  también  el  milagro, 
que  dio  ocasión  á  que  los  peregrinos  de  Santiago  adop- 
tasen como  distintivo  las  conchas  ó  veneras  (pectén  jaco- 
baeus).  Cuéntase,  que  á  un  caballero  de  una  muy  princi- 
pal familia,  viajando  por  las  costas  de  Portugal  ó  Gali- 
cia, se  le  desbocó  el  caballo  y  lo  precipitó  en  el  mar. 
Estando  ya  á  punto  de  perecer  ahogado,  con  el  corazón 
se  encomendó  al  Santo  Apóstol,  el  cual  lo  sacó  á  flote 
sobre  las  aguas,  pero  todo  cubierto  de  conchas.  Refieren 
este  prodigio  Molina  (2),  Oxea  (3),  Castellá  (4),  Erce 
Ximénez  (5)  y  otros  muchos  autores,  citando  varios  tes- 
timonios antiguos,  como  el  de  un  libro  manuscrito  del 
Convento  de  San  Juan  de  los  Reyes  en  Toledo  y  un 
Santoral  también  manuscrito  del  monasterio  de  Aleo- 
baza  en  Portugal,  y  la  autoridad  de  algunos  Breviarios, 
p.  ej.,  el  de  S.  Culgat  en  Cataluña,  y  el  antiguo  de 
Oviedo,  en  el  cual  se  leía  un  himno  de  Santiago  con  la 
siguiente  estrofa: 

Cunctis  mare  cernentibus 
Natus  Regis  submergitur, 


(1)  Sanctus  Presul,  aperta  cédula,  ac  si  nunquam  litteris  esset  cotia* 
cripta,  nichil  in  ea  repperit  scriptum. 

(2)  Descripción  del  reino  de  Galicia,  pte.  V,  fol.  61. 

(3)  Historia  del  Apóstol  Santiago,  cap.  XXVIII,  núm.  2, 

(4)  Historia  del  Apóstol  Santiago,  lib.  II,  cap.  II. 

(5)  Prueva  evidente,  etc.,  pte.  II,  trat.  III,  c»  I, 


LlBEO  SEGUNDÓ 


Sed  a  profundo  ducitur 
Totus  plenus  conchilibus. 

No  están,  sin  embargo,  acordes  todos  estos  escritores, 
ni  acerca  del  sitio,  ni  acerca  del  tiempo  en  que  tuvo 
lugar  este  prodigio.  Unos  dicen  que  sucedió  en  las  costas 
de  Portugal  frente  á  un  lugar  llamado  Bouzas;  otros  en 
las  de  Galicia.  Asimismo,  unos  afirman  que  la  sumer- 
sión del  caballero  acaeció  al  tiempo  que  pasaba  por 
aquel  sitio  la  barca  que  conducía  desde  Jafa  el  Cuerpo 
de  Santiago;  y  así  se  veía  representada  esta  escena  en 
un  retablo  que  para  la  capilla  de  nuestro  Apóstol  en  San- 
ta María  de  Araceli  en  Roma,  pintó  Juvenal  de  Orvieto 
en  el  año  1441.  El  Maestro  Oxea  supone  que  el  suceso 
tuvo  lugar  después  de  descubierto  el  Cuerpo  de  Santia- 
go (1).  Prescindamos  de  la  cuestión  del  lugar,  que  sobre 
ser  de  difícil  solución,  en  este  momento  no  nos  interesa 
tanto;  pero  por  lo  que  toca  á  la  fecha  del  acaecimiento, 
nos  inclinamos  á  la  opinión  de  Oxea;  pues  no  hay  el  más 
leve  indicio  de  que,  desde  tiempos  tan  remotos,  los  de- 
votos de  Santiago  usasen  las  conchas  como  peculiar  dis- 
tintivo; y  así,  lo  más  probable  es,  que  este  prodigio  de  las 
conchas  aconteciese  á  alguno  de  los  primeros  peregrinos 
que  acudieron  á  venerar  la  Tumba  recién  descubierta 
de  Santiago,  y  se  viese  en  tal  trance,  que  sólo  por  la 
intercesión  del  Apóstol  pudiese  librarse  de  la  muerte. 
Lo  cierto  es,  que  poco  después  del  descubrimiento  de  las 
Reliquias  de  nuestro  Apóstol,  las  conchas  aparecen  ya 
como  insignia  de  los  devotos  y  romeros  de  Santiago. 


(1)  Los  genealogistas  del  siglo  XVII,  no  desperdiciaron  la  oportuni- 
dad que  les  ofrecía  este  noble  caballero  para  convertirlo  en  tronco  de 
ilustres  familias,  y  para  explicar  la  razón  y  significado  de  las  conchas  en 
algunos  escudos  de  armas. 


LOS  tfBES  ÍKIAÍEROá   SlGÍLOá  DÉ  LA  í.  CÓMPOSÍELANA  59 

Del  mismo  modo  que  en  la  iglesia  matriz  y  principal, 
iba  en  aumento  el  estado  próspero  de  las  dos  Comunida- 
des subalternas,  la  de  Antealtares  y  la  de  la  Corticela, 
que  con  su  asistencia  contribuían  á  que  en  el  templo 
Apostólico  el  Culto  fuese  más  continuo  y  esplendoroso  é 
inspirase  mayor  devoción.  Probablemente  la  carta  de 
dotación  del  Monasterio  de  Antealtares  fué  otorgada  al 
mismo  tiempo  que  D.  Alfonso  II  firmó  en  favor  de  la 
Iglesia  de  Santiago  el  Privilegio  de  las  tres  millas.  Ya 
hemos  visto  el  solar  que  señaló  D.  Alfonso  para  las  vi- 
viendas y  claustro  de  los  monjes,  y  para  las  demás 
dependencias  del  Monasterio;  pero  además  para  susten- 
to de  la  Comunidad  destinó  las  ofrendas  hechas  ante  los 
altares  de  San  Salvador,  San  Pedro  y  San  Juan,  y  cier- 
ta parte  de  las  hechas  ante  el  altar  de  Santiago  (1). 

D.  Alfonso  II  no  dejó  preteridos  á  los  monjes  de  la 
Corticela.  Viendo  que  estaban  relucidos  á  vivir  con 
bastante  estrechez,  para  su  sustento  y  vestido,  pro  vwtu 
atque  vestitu,  les  hizo  donación  de  las  islas  de  Ons,  Sálvo- 
ra,  Framio,  Sinales  y  Arosa.  Así  lo  refiere  el  Obispo 
compostelano,  Hermenegildo,  en  un  Diploma  que  otorgó 
al  Monasterio  de  San  Martín  (2). 


(1)  Vocem  intendit  Petrus  Antealtarium  abbas,  — se  lee  en  el  Privi- 
legio que  en  el  año  1152  otorgó  el  Arzobispo  compostelano,  D.  Bernardo  I, 
al  Monasterio—  de  altaribus  san'cti  Salvatoris  etsancti  Johannis  (el  de  San 
Pedro  continuaban  poseyéndolo  los  monjes),  et  de  oblationibus  altaris 
Beati  Jacobi  secundum  Begis  Gasti  dotem.  (Yepes,  Coronica  gen.  de  S.  Be- 
nito, tomo  IV,  Apead,  núm.  IX). 

(2)  Yepes,  Coro:i.  gen.  etc.,  tora.  IV,  al  año  835.— La  donación  era 
para  todas  las  Comunidades  que  contribuían  á  prestar  culto  en  el  Templo 
Apostólico;  pero  como  el  Monasterio  de  la  Corticela  desde  la  época  más 
remota  poseía  la  isla  de  Arosa,  debió  de  ser  incluido  en  la  concesión  que 
tizo  D.  Alfonso  II, 


60  lilBÍtO  SEGUNDÓ 


La  muerte  no  sorprendió  á  Teodomiro.  Aunque  lo 
sorprendiera,  como  él  tuviese  un  sólo  instante  para  ex- 
presar sus  sentimientos,  diría  con  efusión: — Muero,  Se- 
ñor, contento,  porque  he  visto  con  qué  prodigios  habéis 
revelado  el  lugar  en  donde  se  hallaba  oculto  el  Sepulcro 
de  vuestro  amado  Discípulo;  porque  he  visto  erguidas 
una  y  más  Basílicas  para  tributaros  en  ellas  las  debidas 
gracias  y  alabanzas  por  las  maravillas  obradas  en  vues- 
tro Apóstol;  porque  he  visto  conmovido  al  mundo  y 
puesto  en  movimiento  al  rumor  del  feliz  hallazgo  de  las 
Reliquias  de  Santiago;  porque  he  visto  esta  prenda  fir- 
mísima de  salud  y  salvación  de  toda  España. — Estos  de- 
bieron ser,  á  no  dudarlo,  los  afectos  que  le  embargaban 
en  los  últimos  momentos  de  su  vida;  y,  si  su  alma  voló 
al  cielo  para  gozar  de  la  presencia  de  Dios  al  lado  de  la 
de  su  Maestro  y  Antecesor,  su  cuerpo  fué  sepultado  á 
los  pies  de  la  Basílica  en  que  se  guardaban  los  mortales 
despojos  por  él  tan  dichosamente  hallados.  Y  hoy  desde 
el  fondo  del  coro,  en  donde  probablemente  yace  sepul- 
tado, asiste  de  continuo  en  la  forma  posible  á  las  salmo- 
dias y  melodías,  que  él  con  tanta  piedad  y  tanto  entu- 
siasmo inició  pasa  ya  de  diez  siglos. 

Su  fallecimiento  debió  ocurrir  á  fines  del  año  829,  ó 
en  los  primeros  meses  del  siguiente. 


tffffffíWÍTO 


CAPÍTULO  III 


Sucede  en  la  Sede  de  Iría  y  en  la  Iglesia  Apostólica  á  Teodo- 
miro9  Adulfo  I. — Demarcación  que  de  la  Diócesis  de  Iria 
hizo  Tructino  por  comisión  de  D.  Alfonso  II. 


dulfo,  Adaulfo  ó  Ataúl- 
fo se  llamó  el  sucesor 
de  Teodomiro.  Nada  se 
sabe  de  las  circunstan- 
cias de  su  vida  en  el 
tiempo  que  precedió  á 
su  promoción  al  Episco- 
pado. Probablemente 
habría  sido  Canónigo  ó 
Arcediano  en  la  Iglesia  de  Iria  ó  Arca  marmórica;  pues 
entonces  lo  ordinario  era  que  el  Obispo  de  una  Iglesia 
fuese  elegido  de  entre  los  individuos  del  clero  adscripto 
al  servicio  de  la  misma. 


62  LIBRO  SEGUNDO 


Respecto  á  la  forma  de  su  elección,  nada  puede  afir- 
marse con  seguridad;  pues  en  situación  tan  precaria, 
como  era  aquella  por  que  entonces  atravesaban  la  Igle- 
sia y  el  Estado,  en  cada  caso  se  seguía  lo  que  exigían 
é  imponían  las  circunstancias  (1).  Aun  en  muchos  de 
los  casos  en  que  hubiese  tenido  lugar  la  elección  del 
Clero  y  del  pueblo,  como  prescribía  la  Disciplina  gene- 
ral entonces  vigente,  tal  elección  era  pura  fórmula.  Lo 
más  probable  es  que  la  designación  de  Adulfo  partiese 
de  D.  Alfonso  II;  pues  el  Concilio  XII  de  Toledo,  en  el 
canon  VI,  cometió  esta  facultad  á  los  Monarcas;  y  el  Rey 
Casto,  como  se  lee  en  el  Cronicón  AJbddense,  procuró  res- 
taurar el  orden  y  disciplina  que  habían  seguido  los 
Godos  (2). 

En  el  año  830,  hallándose  ya  Adulfo  posesionado  de 
la  Sede  de  Iria  y  Compostela,  vino  á  Arca  marmórica 
un  personaje  de  la  Corte  de  D.  Alfonso  II,  llamado 
Truccino  ó  Tructino,  el  cual  traía  del  Rey  la  comisión 
de  consignar  al  nuevo  Obispo  ciertos  distritos  é  iglesias 
que  pertenecían  á  la  Diócesis  Iriense  (3).  Esta  diligencia 


(1)  Hablando  de  la  elección  del  Obispo  Gundesindo,  dice  la  Composte- 
lana  (lib.  I,  c.  II):  Gundesindus...  qualicumque  modo  succedens.  De  la  de  Sis- 
nando  II  dice:  Quadam  sorte  potestatis  succedentem.  De  la  de  D.  Pelayo  Uo- 
dríguez:  Dignitatem  in  saeculari  potentia  suscipiens;  etc. 

(2)  Omnemque  Gothorum  ordinem,  sicuti  Toleto  fuerat,  tam  in  Eccle- 
siam,  quam  Palatio,  in  Oveto  cuneta  statuit.  (Esp.  Sag.,  tomo  XIII,  Ap.  VI, 
página  453). 

(3)  In  Era  DCCCLXVITI  venit  dominus  Truccinus  per  ordinationem 
domini  Adefonsi  principis,  et  consignavit  domino  Adulfo  episcopo  ecclesias 
quecumque  sunt  proprie  hyriensis  Sedis.  (Tumbo  rotulado  Concordias  con 
esta  ciudad.  Privilegios  y  Constituciones. — Véase  Monumentos  antiguos  de  la 
Iglesia  Compostelana,  pág.  35. — Véase  este  documento  en  el  número  II  de 
los  Apéndices). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  63 

fué  sin  duda  promovida  por  el  mismo  Adulfo,  por  la 
razón  siguiente.  En  el  Privilegio  otorgado  por  D.  Ordo- 
ño  II  en  el  año  915  á  la  Iglesia  de  Santiago,  se  refiere 
que  al  tiempo  de  la  devastación  hecha  en  España  por 

r 

los  Árabes,  varios  de  los  Obispos  que  habían  logrado 
escapar  del  furor  musulmán,  llegaron  fugitivos  hasta  la 
Diócesis  Iriense,  y  que  el  Prelado  los  acogió  con  benigni- 
dad y  caridad  cristianas,  señalándoles  algunos  distritos 
y  algunas  granjas,  con  cuyos  productos  pudiesen  aten- 
der á  su  subsistencia  (1).  A  la  sazón  los  Obispos  que  se 
hallaban  disfrutando  de  este  beneficio  eran  el  de  Tuy 
y  el  de  Lamego;  el  primero  en  los  distritos  de  Nendos, 
Faro,  Bergantiños  y  Soneira;  y  el  segundo  en  los  de 
Trasancos,  Labacengos,  Nemancos,  Céltigos  y  Camo- 
ta (2).  D.  Ordoño  II  habla  de  otros  dos  distritos,  el  de 
Pruzos  y  el  de  Besoucos,  que  al  parecer  estaban  agrega- 
dos á  la  Diócesis  de  Oviedo  (3).  El  Concilio,  que  con  este 
motivo  se  celebró  en  dicho  año  de  915  quizás  en  San- 


(1)  Et  quoniam  Hiriensis  Sades  ultima  prae  ómnibus  Sedibus  erat,  et 
propter  spatia  terrarum  vix  ab  impiis  inquietata,  aliquanti  Episcoporum 
proprias  desinentes  Sades  viduas  et  lúgubres  in  manibus  impiorum,  ac  ten- 
dentes ad  Episcopum  supra  memoratae  Sedis  Hiriensis,  propter  honorem 
Sancti  Jacobi,  coUegit  eos  humanitate  praestante,  et  ordinavit  decaneas 
unde  tolerationem  habuissent.  (Esp.  Sag.,  tomo  XIX,  pág.  350. — Véase 
Apénd.  núm.  XXXVII). 

(2)  Et  haec  Sedes  Hiriensis,  quae  est  conj uñeta  loco  Patroni  nostri 
Sancti  Jacobi  Apostoli,  fines  suos  ab  omni  integritate  custodiat  et  contineat, 
sicut  ab  antiquis  Patribus  praescriptos  cognovimus,  id  est,  Trasancos,  La- 
pacencos,  Nemancos,  Célticos,  et  Camota,  quam  obtinuit  Episcopus  Lame- 
censis;  necnon  Nemitos,  Faro,  Brecantinos  et  Somnaria  quam  obtinuit 
Episcopus  Tudensis.  (Esp.  Sag.,  tomo  XIX,  pág.  351. — V.  Apénd.  citado). 

(3)  Adicientes  ad  haec  Prucios  et  Bisancos,  qui  steterunt  post  partem 
Regulae  ad  Ouetao. — (Véase  Apénd.  citado,  pág.  83). 


64  LIBBO  SEGUNDO 


tiago,  dispuso  que  todos  los  mencionados  distritos,  que 
hasta  entonces  habían  poseído  los  Obispos  de  Tuy  y  La- 
mego,  se  restituyesen  íntegra  y  definitivamente  á  la 
Sede  Iriense,  toda  vez  que  cesaran  los  motivos  por  los 
que  se  había  adoptado  esta  provisoria  desmembración. 

Ahora  bien,  todos  los  distritos  que  acabamos  de  nom- 
brar, fueron  asignados  por  Tructino  á  Adulfo;  lo  cual 
demuestra,  que  éste,  para  impedir  que  la  ocupación  tem- 
poral de  dichas  comarcas  por  Obispos  extraños,  pudiese 
ocasionar  en  lo  futuro  algún  perjuicio  á  los  derechos  de 
su  Sede,  pidió  que  se  declarase  oficialmente  que  los 
referidos  distritos  eran  propios  de  la  Diócesis  Iriense. 
Además  se  le  asignaron  á  Adulfo  los  distritos  de  Post- 
marcos,  Montaos,  Marzoa,  Bembejo  y  Montesacro,  que 
quizás  habrían  sido  destinados  para  residencia  de  otros 
Obispos  expatriados.  Y  en  efecto,  en  el  distrito  de  Mon- 
tesacro ó  Picosacro  residió  Naustio,  Obispo  de  Coimbra, 
el  cual  falleció  en  el  año  912,  y  fué  sepultado  en  la  igle- 
sia de  San  Andrés  de  Trobe. 

En  tiempo  de  Adulfo,  ó  poco  después,  según  una  Es- 
critura del  monasterio  de  San  Martín  de  Jubiá,  que  cita 
Argaiz  (1),  se  instaló  en  el  distrito  de  Trasancos  el  Obis- 
po Argemiro,  el  cual  residió  por  mucho  tiempo  en  dicho 
monasterio.  Otros  varios  Obispos  debieron  de  hallarse  en 
el  mismo  caso  que  Argemiro  y  Naustio.  No  faltaban,  por 
tanto,  motivos  á  Adulfo  para  procurar  que  los  términos 
de  su  Diócesis  estuviesen  perfectamente  deslindados. 

La  verdad  es,  que  el  objeto  de  la  misión  de  Tructino 
no  pudo  ser  el  hacer  una  demarcación  completa  de  la 
Diócesis  Iriense;  pues  en  su  consignación  faltan  distritos 


(1)     La  Soledad  laureada,  tomo  III,  páginas  103  y  475, 


LOS  TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANÁ  66 

tan  principales  como  los  de  Morrazo,  Saines,  Continos  ó 
Cuntís,  Célenos  ó  Caldas,  Metazios,  Mercienses  y  Cáporos, 
Tructino  se  limitó,  pues,  á  la  designación  de  aquellos 
distritos,  sobre  los  cuales  con  el  tiempo,  por  efecto  de  la 
residencia  de  Obispos  extraños,  podía  ocurrir  alguna 
duda  ó  algún  litigio  (1). 

Es  de  advertir  que  en  la  demarcación  que  hizo  Truc- 
tino,  no  se  mencionan  todas  las  iglesias  ó  parroquias 
correspondientes  á  cada  distrito,  sino  tan  sólo  algunas. 
Así,  p.  ej.,  en  Montesacro  sólo  se  citan  las  iglesias  de 
San  Pedro  de  Carcacía,  de  San  Félix  de  Saines  ó  Sales 
y  la  de  San  Juan  ad  Heremo  6  da  Coba.  Varios  pudieron 
ser  los  motivos  para  que  de  estas  iglesias  se  hiciese  par- 
ticular mención;  pero  si  se  hizo  de  algunas,  fué  porque 
en  ellas  Adulfo,  no  sólo  debía  ser  considerado  como 
Obispo,  sino  también  como  dueño  y  propietario;  ora  por 
concesión  Real,  ora  por  donativo  de  personas  particula- 
res, de  ciertas  prestaciones  á  que  estaban  obligadas 
dichas  iglesias  por  razón  de  los  terrenos  con  que  habían 
sido  dotadas.  Tal  era  la  de  Carcacía,  la  cual  había  sido 
del  Real  Patrimonio,  como  dice  D.  Alfonso  III  en  un 
Diploma  concedido  á  Santiago  en  el  año  867;  pero  des- 
pués, sin  duda  por  donación  del  Rey  Casto,  pasó  á  ser 
propiedad  de  Teodomiro  y  de  sus  sucesores  en  la  Sede 
de  Iria. 

También  puede  decirse  (y  quizás  esto  sea  lo  más  pro- 
bable), que  Tructino  vino,  no  para  indicar  los  límites  de 
la  Diócesis  Compostelana,  pues  éstos  ya  se  hallaban  pre- 


(1)     Y  efectivamente,  ocurrió  á  principios  del  siglo  XII  sobre  los  distri- 
tos de  Trasancos,  Labacengos,  Arros  y  Besoucos,  entre  los  Obispos  de  San- 
tiago y  Mondoñedo. 
Tomo  II— 5. 


68  LIBRO  SEGUNDO 


cisados  en  los  Cánones  de  los  antiguos  Concilios,  sino 
para  señalar  las  iglesias  offertionales,  que  D.  Alfonso  II 
tenía  ya  de  antes  donado  á  la  Sede  Iriense.  Estas  igle- 
sias offertionales,  de  las  cuales,  distinguiéndolas  de  las 
propiamente  diocesanas,  dioecesales  ó  canónicas,  hace  men- 
ción D.  Ordoño  II  en  un  Privilegio  otorgado  á  la  Igle- 
sia Legionense  en  el  año  916  (1),  venían  á  ser  por  do- 
nación ú  otro  título  como  de  propiedad  particular  de 
los  Reyes,  los  cuales  por  este  motivo  recibían  anualmen- 
te un  canon  ó  pensión  que  se  llamaba  offertio.  Un  ejem- 
plo de  estas  iglesias  offertionales,  nos  lo  ofrece  la  iglesia 
de  Santa  María  de  Mezonzo  en  la  Diócesis  Compostela- 
na,  de  la  cual  hacia  el  año  870  el  Abad  Reterico  hizo 
donación  á  D.  Alfonso  III  (2). 

Si  Adulfo  recibió  de  D.  Alfonso  II  pruebas  inequívo- 
cas de  deferencia  y  consideración,  no  las  recibió  meno- 
res de  su  sucesor  D.  Ramiro  I;  el  cual,  con  consentimien- 


(1)  Esp.  Sag.,  t.  XXXIV,  Apénd.  VII,  p.  436.—  Véanse  también  las 
páginas  225-227. 

(2)  Véase  la  Escrit.  LII,  t.  I  del  Tumbo  de  Sobrado,  en  el  Archivo 
Histórico  Nacional.  He  aquí  lo  que  dice  la  Escritura  pertinente  á  nuestro 
asunto:  «In  dei  nomine.  Ego  retericus  abbas  licet  immerito  tibi  gloriosissi- 
mo  principi  nostro  adefonso.  Placuit  mihi  atque  conuenit...  ut  tibi  domino 
meo  facerem  donationem  sicut  et  fació  de  ómnibus  rebus  meis;  id  est,  in 
uillas  quas  uocitant  presares,  cum  ecclesiis  uocobulo  scm.  petrum  et  sea.  ma- 
ria  monasterio  uilla  natoris...  et  direxi  ex  persona  mea  presentem  fulga- 
redum  presbyterum  subrinum  meum,  qui  ista  carta  a  me  rouorata  ex  mea 
persona  meo  domino  sicut  et  tradidit.  Ego  namque  peccator,alumnus  uester, 
retentus  sum  ab  egritudine  graui,  quod  uidere  non  ualeo  presentiam  domi- 
ni  mei.  Tamen  profiteor  me  per  singulos  annos,  dum  uixero,  per  istum  mo- 
nachum  dirigere  meam  offertionem,  sicut  et  feci,  et  semper  faciam.» 

En  la  fecha  de  esta  Escritura  debe  sobrar  una  C;  pues  de  otro  modo  re- 
sultaría el  año  930.  Otras  dos  Escrituras  del  Tumbo  de  Celanova,  lib.  I,  nú- 
meros LX  y  LXIj  por  las  cuales  se  ve  que  ya  era  Abad  de  Mezonzo  Fulga- 
redo,  están  datadas  en  el  año  871.— (V.  Apéndices,  números  VIII,  IX  y  X). 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I,  COMPOSTELANA  67 


to  del  venerable  Prelado  y  de  su  Cabildo,  confirmó  el 
Privilegio  en  que  su  predecesor  había  amojonado  el  solar 
del  monasterio  de  Antealtares.  De  los  privilegios  espe- 
ciales otorgados  por  D.  Ramiro  I  á  Santiago,  hacen 
mención  D.  Alfonso  III  y  D.  Ramiro  II.  El  primero  en 
un  Diploma  del  año  899,  dice:  que  su  bisabuelo  D.  Al- 
fonso II,  su  abuelo  D.  Ramiro  I  y  su  padre  D.  Ordoño  I, 
todos  ellos  ofrecieron  ante  el  Altar  de  Santiago  grandes 
dones  y  mercedes  (1).  D.  Ramiro  II,  en  una  Escritura  del 
año  934,  añade  que  su  antecesor  del  mismo  nombre,  con- 
firmó el  Privilegio  de  las  tres  millas,  y  otorgó  por  sí 
otra  donación  (2). 

No  se  especifica  en  estos  textos  cuál  era  el  contenido 
de  estos  privilegios  de  D.  Ramiro  I,  ni  en  qué  consistían 
sus  mercedes  y  beneficios;  pero  por  ahora  basta  dejar 
consignado  que  dicho  Monarca  hizo  notables  donaciones 
á  la  Iglesia  de  Santiago. 

La  Compostelana  (3)  en  pocas  palabras  hace  su  cumpli- 
do elogio:  Dlvini  verbi  pábulo  gregem  sibi  corumissum,  prout 
valuit,  v:gilanti  cura  cibavit.  El  Cronicón  Iriense  (4)  le  llama, 
varón  Santo,  Sanctus  vir;  y  D.  Diego  Gelmírez,  en  la  Es- 
critura otorgada  á  San  Martín  Pinario  en  el  año  1115, 


(1)  Qui  omnes  inulta  beneficia  et  dona  casta  mente  sancto  Altario  ves- 
tro  obtulerunt.  (España  Sagrada,  tomo  XIX,  Apénd.  pág.  343.— V.  nues- 
tros Apénd.,  n.°  XXV). 

(2)  Post  eum  quoque  Ranimirus  Rex,  et  ipsum  confirmavit  et  aliud 
addidit.  (España  Sagrada,  tomo  XIX,  Apénd.  pág.  363.— V.  nuestros 
Apénd.,  n.°  LV). 

(3)  El  Cronicón  Iriense  dice  que  Adulfo  I  fué  consagrado  reinando  ya 
D.  Ramiro.  Esto  no  puede  admitirse;  porque  en  el  Diploma  de  Tructino, 
hemos  visto  que  Adulfo  era  ya  Obispo  en  tiempo  de  Alfonso  II  en  el  año  830, 

(4)  Lib.  I,  cap.  II,  núm.  2, 


68  LIBRO  SEGUNDO 


dice  de  él,  que  como  Teodomiro  y  su  sucesor  Adulfo  II 
vivió  en  el  lugar  apostólico  santamente,  sanctam  duxere 
vüarn. 

Veinticuatro  años  poco  más  ó  menos,  desde  el  830 
hasta  el  854  ú  855,  rigió  Adaulío  I  la  Iglesia  Composte- 
lana;  pues  probablemente  él  es  el  mismo  Ataúlfo,  á 
quien  D.  Ordoño  I,  en  el  año  854,  en  reverencia  y  honra 
del  Bmo.  Apóstol  Santiago,  Patrón  suyo  y  de  toda  Es- 
paña, otorgó  un  Privilegio  confirmando  las  tres  millas 
que  había  donado  D.  Alfonso  II,  y  añadiendo  por  su 
parte  otras  tres,  de  modo  que  resultasen  seis  en  torno  de 
la  Tumba  Apostólica,  ut  sint  sex  millia  integra.  D.  Ordoño 

envió  de  su  Peal  Casa  (mittimus  tibí nostros  pueros  et 

familiares  nuntios)  comisionados  para  acotar  el  nuevo  te- 
rritorio por  él  cedido  (1).  Por  desdicha  no  se  conserva  el 
acta  de  esta  acotación;  pero  creemos  que  á  ella  debe  re- 
ferirse el  Cronicón  Iriense  cuando  habla  del  coto  que  se- 
ñaló D.  Alfonso  II  alrededor  de  la  Iglesia  de  Santiago 
por  Sionlla,  Lestedo,  Villestro  y  el  Tambre,  (cautum  ei 
fecit  per  Siaoniam,  et  per  Lestetum  et  per  villam  Astructi  et 
inde  in  Tamare)  (2).    Justamente  estos  puntos  cardinales 


(1)  Véase  este  Privilegio,  entre  los  Apéndices,  núm.  III.  —  Castellá 
Ferrer  (Historia  de  Santiago,  tomo  IV,  cap.  XII),  y  Gándara  (El  Cisma 
Occidental,  tomo  II,  cap.  II?),  juzgaron  que  estos  enviados  de  D.  Ordoño 
eran  sus  propios  hijos,  á  los  cuales  mandaba  á  Compostela  para  que  fuesen 
educados  bajo  la  dirección  del  Obispo  Ataúlfo  en  la  Universidad,  que,  según 
Gándara,  habia  fundado  y  dotado  el  mismo  D.  Ordoño.  Prescindiendo  de  lo 
prematuro  de  la  fundación  universitaria,  observaremos  que  estos  pueros  et 
familiares  nuntios,  que  enviaba  D.  Ordoño,  no  eran  estudiantes,  sino  indi- 
viduos de  la  servidumbre,  empleados  de  Palacio,  á  quienes  D.  Ordoño  comi- 
sionó para  que  confirmasen  el  Privilegio  de  las  tres  millas,  y  acotasen  las 
otras  tres  por  él  concedidas. 

(2)  Esjiaña  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  601. 


tOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


69 


que  cita  el  Cronicón  Iriense  distan  de  Santiago,  según  ya 
hemos  advertido,  las  seis  millas. 


Fotografía  de  J.  Linda*  Fotograbado  de  Laporta, 

Miniatura  del  Tumbo  Á,  fol.  1  Vuelto,  que  representa  á  D.  Ordoño  I. 


Poco  tiempo  pudo  sobrevivir  Adaulfo  I  después  de  la 
concesión  de  este  Privilegio;  pues  ya  llevaba  un  largo 


70  tlBEO  SEGUIDO 


Pontificado.  Sólo  sabemos  por  el  Iriense  (1)  que  murió 
reinando  D.  Ordoño  I,  in  (Ordonii)  diebus. 

Sobre  este  fondo  admirable,  que  ofrece  el  conjunto 
de  virtudes  en  que  se  cifra  toda  vida  santa  y  ejemplar, 
se  destacaba,  según  la  Compostelana,  el  frecuente  ejercicio 
de  la  predicación  de  la  divina  palabra,  que  Adulfo  des- 
empeñaba con  no  menor  fruto,  que  celo  y  elocuencia.  A 
su  muerte  fué  sepultado,  como  Teodomiro,  en  el  atrio  á 
la  entrada  de  la  iglesia;  el  cual  sitio  corresponde  boy, 
con  poca  diferencia,  al  fondo  del  coro. 

Antes  de  poner  punto  en  este  capítulo,  debemos  dar 
cuenta  de  un  notable  suceso,  que  demuestra  la  gran  im- 
portancia que  en  poco  tiempo  alcanzó  Compostela.  Ha- 
cia el  año  850  llegó  á  nuestra  ciudad  una  extraña  em- 
bajada, de  la  cual  se  ocupó  en  los  siguientes  términos  el 
insigne  orientalista  Sr.  Simonet  en  el  segundo  de  los 
cuatro  eruditísimos  artículos  que  con  el  título  de  El 
Apóstol  Santiago  y  los  autores  arábigos,  publicó  en  La  Ilus- 
tración Católica  del  año  1881  (2):  "Pero  veamos  ya  lo  que 
refieren  los  autores  arábigos  con  respecto  á  la  venera- 
ción que  inspiraba  en  aquellos  siglos  el  sepulcro  de  San- 
tiago de  Compostela  y  peregrinaciones  de  que  era  objeto 
por  parte  de  la  cristiandad,  así  mozárabe  como  libre, 
así  europea  como  oriental. 

UA  las  diligentes  investigaciones  del  docto  arabista 
Mr.  Reinhart  Dozy,  debemos  el  hallazgo  de  un  docu- 
mento sobremanera  importante  para  nuestro  objeto,  por 
donde  consta  que  antes  de  la  segunda  mitad  del  siglo  IX, 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  <>02, 

(2)  Números  de  14  y  21  de  Septiembre,  y  de  7  de  Octubre  y  14  de 
isoviembre» 


LOS  ÍBES  PBÍMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtf  A  71 

era  ya  muy  concurrida  y  famosa  la  peregrinación  al  se- 
pulcro de  Santiago  en  Compostela.  Alli  fué  á  parar,  ha- 
cia el  año  850  de  nuestra  era,  acompañando  á  un  emba- 
jador del  rey  de  los  normandos,  el  célebre  poeta  y  diplo- 
mático andaluz  Yahya  ben  Alhacam,  natural  de  Jaén 
y  más  conocido  por  la  Algazel  ó  la  gacela.  Así  lo  prueba 
la  relación  de  aquella  embajada,  escrita  por  un  autor 
coetáneo  (1)  en  el  siguiente  pasaje: 

"Finalmente,  Algazel  partió  de  aquel  país,  pasando 
"á  Santiago  en  compañía  de  los  embajadores  del  rey 
"normando  y  con  una  carta  de  éste  para  el  señor  de 
"aquella  ciudad.  Allí,  colmado  de  honores,  permaneció 
"dos  meses  con  aquellos  magnates  hasta  que  dieron  fin 
"á  su  peregrinación.  De  Santiago  pasó  á  Castilla  con 
"los  peregrinos  que  regresaban  á  esta  comarca;  de  allí  á 
"Toledo,  y  por  último  á  la  corte  del  Sultán  Abde- 
"rrahman  (2),  después  de  veinte  meses  de  ausencia"  (3). 

Hacia  este  tiempo  debió  realizar  su  peregrinación  á 
Compostela  San  Evermaro,  natural  de  Frisia,  cuya  fiesta 
se  celebra  el  1.°  de  Mayo.  Ingreclitur  itaque  vir  Dei,  nos 
dice  su  biógrafo  (4),  viam,,  quae  Gálaeciam  tendit  ad  S.  Ja- 


(1)  El  celebrado  cronista  Tammam  ibn  Alcania,  que  murió  en  896,  y 
Cuyo  relato  copió  Abuljatthab  ibn  Dáhya,  natural  de  Valencia,  que  murió 
en  el  año  1 235  de  nuestra  era.  Mr.  Reinhart  Dozy,  en  su  novísima  edición 
de  sus  Recherches,  tomo  II,  páginas  267  y  268»  Acerca  del  poeta  y  diplomá- 
tico Algazsl,  que  murió  hacia  el  año  864  de  nuestra  era,  vide  ibidem, 
pág.  269.— (Nota  de  Simonet). 

(2)  Abderrahman  II  de  este  nombre,  que  reinó  en  Córdoba  desde  el 
año  821  al  862  de  nuestra  era. — (Nota  de  Simonet). 

(3)  Mr.  Dozy  en  la  mencionada  edición  de  sus  Recherches,  páginas  271, 
278  y  279.  El  texto  de  tan  curioso  pasaje  y  de  toda  la  embajada  se  halla  en 
el  número  XXXIV  de  los  Apéndices.— (Notas  del  Sr.  Simonet). 

(4)  Acia  Sanctorum,  tomo  I  del  mes  de  Mayo,  págs,  120  y  siguiente^ 


72  LISBO  SEGUNDO 


cóbum,  ingressusque  ecclesiam  Sti.  Jacobi,  et  expetitis  ejus  suf- 
fragiis,  regreditur  ad  partes  Galliae  inferiores.  Es  cierto  que 
allí  se  dice  que  San  Evermaro  nació  reinando  Pipino, 
hijo  del  Duque  Ansigiso  (687-714),  en  cuyo  tiempo  aún 
no  se  habían  descubierto  los  sagrados  Restos  de  Santia- 
go; pero,  como  advierte  el  P.  Cúper  (1),  el  autor  de  la 
biografía  debió  confundir  á  este  Pipino  con  algún  otro 
que  hubiese  reinado  posteriormente;  por  ejemplo,  con 
Pipino,  rey  de  Aquitania,  hijo  de  Ludovico  Pío,  que 
reinó  desde  el  año  814  al  838,  ó  Pipino  de  Vermandois, 
que  vivió  por  el  mismo  tiempo. 

De  esta  manera  iba  caminando  Compostela  á  aquel 
punto  culminante,  que  señaló  Dozy  en  su  Historia  de  los 
Musulmanes  de  España  (2)  con  las  siguientes  palabras:  "A 
excepción  de  la  Ciudad  Eterna,  no  había  en  toda  Euro- 
pa un  lugar  tan  renombrado  por  su  santidad,  como  San- 
tiago de  Galicia." 


(1)  Acta  Sanctorum,  tomo  VÍ  dei  mes  de  Juíio,  num.  ÍÚO, 

(2)  Tomo  III,  pág.  228. 


WffWWWWWWWWWWIIIIItWWfí 


CAPITULO  IV 


La  batalla  de  Clavijo»   y   el   Voto  nacional    hecho  al   Apóstol 
Santiago. 


urante  el  pontificado  de 
Adulfo  I  tuvo  lugar  un  acon- 
tecimiento, que  dio  como  la 
consigna  histórica  que  por  mucho  tiempo  guardó  con 
toda  fidelidad  el  pueblo  español.  Nos  referimos  á  la  bata- 
lla de  Clavijo,  cuya  certeza  y  evidencia  sólo  comenzó  á 
velarse  y  obscurecerse,  desde  el  momento  en  que  nues- 
tro pueblo  comenzó  á  decaer  de  su  antigua  grandeza,  á 
degenerar  de  su  primitiva  estirpe  y  á  perder  aquellas 
notas  características  de  católico  y  belicoso ,  que  lo 
hacían  señalado  entre  todas  las  naciones  de  la  tierra. 
Hablando  el  Sr.  Cavanilles  (1)   de  la  batalla  de  Clavi- 


(1)    Hist,  de  .%.,  1. 1,  p.  398, 


74  tiBBo  SEatrMDO 


jo,  dice:  "De  aquí,  el  apellidar  á  Santiago  Patrón  de  Es- 
paña, y  el  ser  el  nombre  de  guerra  en  los  siglos  posterio- 
res, Santiago  y  Cierra  España.  De  aquí....  ¡qué  dolor,  que 
lo  que  inventó  la  piedad,  tenga  que  rechazarlo  la  crí- 
tica!" ¡Lo  doloroso  es  que  se  pretenda,  que  haya  que  re- 
chazar las  verdaderas  enseñanzas  de  la  piedad,  porque 
las  combata  la  crítica  desde  que  se  declaró  impía! 

Difícil  se  hace  creer;  pero  es  lo  cierto,  que  en  los 
pequeños  Estados  cristianos  de  aquella  época  pululaba 
ya  la  ambición,  y  que  por  lo  mismo  cada  vacante  de 
Trono  provocaba  una  crisis,  que  en  la  mayor  parte  de 
los  casos  resolvía  la  fuerza  de  las  armas.  Por  propia  ex- 
periencia comprendía  esto  mismo  D.  Alfonso  II;  así  es, 
que  para  prevenir  tales  conflictos  en  los  últimos  años  de 
su  vida,  se  asoció  al  Trono  á  su  primo  D.  Ramiro,  hijo 
de  D.  Bermudo  I  y  nieto  de  D.  Fruela,  hermano  de 
D.  Alonso  el  Católico.  A  pesar  de  esta  precaución,  cuan- 
do en  842  falleció  el  Rey  Casto,  no  faltaron  á  D.  Rami- 
ro audaces  y  temibles  competidores,  como  Nepociano, 
cuñado  del  monarca  difunto  y  los  condes  palatinos  Al- 
droito  y  Piniolo,  que  le  disputasen  la  corona.  Con  su 
valor  é  intrepidez  desbarató  D.  Ramiro  los  planes  de  sus 
adversarios,  y  reprimió  y  contuvo  sus  temerarios  inten- 
tos; pero  estas  discordias  no  podían  menos  de  debilitar 
las  fuerzas  del  pequeño  reino  cristiano,  y  estimular  á  los 
enemigos  de  siempre,  á  los  árabes,  á  que,  aprovechando, 
como  otras  veces,  la  ocasión,  tratasen,  ya  que  no  de  ex- 
terminar el  estado  fundado  por  Pelayo,  someterlo  á  una 
vergonzosa  é  inicua  capitulación. 

Así  sucedió,  en  efecto;  el  Emir  de  Córdoba,  Abde- 
rrahman  II,  no  era  persona  á  quien  pudiera  ocultarse  lo 
propicio  de  estas  circunstancias,  y  que  no  se  apresurase 


tOS  ÍBES  £BlMEBOá  SIGLOS  1)É  tA  1.   tíOk£(téTÉLANA  75 

á  sacar  de  ellas  todo  el  provecho  que  podía  prometerse 
para  sus  planes,  solicitado  acaso  por  los  mismos  parti- 
darios de  Nepociano  (1).  Envió,  pues,  en  el  año  843 
una  embajada  al  nuevo  monarca,  y  probablemente  á  los 
demás  jefes  de  los  Estados  cristianos,  como  el  de  Álava  y 
Castilla,  intimándoles  que  si  querían  conservar  su  auto- 
nomía, se  allanasen  á  pagar  ciertos  tributos,  y  entre  ellos 
el  de  cien  doncellas,  que  sin  duda  había  pactado  con  los 
árabes  alguno  de  los  pretendientes  á  la  Corona  de  Astu- 
rias. Cualquiera  otro  que  no  fuese  D.  Ramiro,  quizás  ti- 
tubearía antes  de  dar  una  respuesta  categórica  á  la  in- 
timación de  Abderrahman;  pero  el  animoso  hijo  de 
D.  Bermudo  I,  contestó,  cual  se  merecía,  á  la  insolencia 
del  arrogante  Emir  de  Córdoba,  y  convocó  en  León  á  to- 
dos los  principales  de  su  reino,  dióles  cuenta  de  la  em- 
bajada, y  puso  pregón  en  todos  sus  reinos  para  que  todos 
estuvieran  dispuestos  para  cuando  él  los  llamase. 

•  Viendo  Abderraman,  que  las  amenazas  verbales  no 
surtían  el  resultado  que  se  proponía,  recurrió  á  los  he- 
chos, juntó  un  numerosísimo  y  poderoso  ejército,  y  al  aso- 
mar la  primavera  del  año  844,  invadió  los  Estados  de 
Castilla  y  Álava,  con  ánimo  sin  duda  de  caer  después  so- 
bre el  reino  de  Asturias  (2).  Voló  D.  Ramiro  con  la  ac- 
tividad que  le  era  propia  en  socorro  de  los  Estados  cris- 


(1)  El  Albelden  se  en  la  mención  previa  de  los  Heves  de  León  (Es* 
paña  Sagrada,  t.  XIII,  p.  450),  cuenta  a  Nepociano  entre  los  monarcas  le- 
gión enses. 

(2)  Esta  misma  ruta  siguió  en  los  años  de  882  y  883  (V.  el  Cronicón 
AlbeldenseJ  Alfmondzir,  hijo  de  Mohammed  I,  para  caer  después  sobre  León 
y  Asturias.  Quizás  Abderrahman  quiso  también  tomar  esta  dirección  para 
recoger  las  tropas  auxiliares  de  Muza  II,  jefe  de  los  Beni-Casí  de  Aragón^ 
ó  asegurarse  al  menos  su  neutralidad# 


76  LIBBO  SEGUNDÓ 


tianos,  en  los  que  además  de  la  religión,  le  llamaban 
poderosos  afectos  personales,  como  que  en  uno  de  ellos, 
en  el  de  Bardulía  ó  Castilla,  había  tomado  recientemente 
esposa.  El  avistarse  los  dos  ejércitos  cerca  de  Albelda  en 
la  Rioja,  y  el  trabarse  la  batalla  fué  una  sola  cosa;  pues 
ni  la  impetuosidad  de  carácter  del  Rey  D.  Ramiro,  ni  la 
ansiedad  de  los  sarracenos  de  desbaratar  cuanto  antes  á 
un  ejército,  al  cual  suponían  poco  compacto  y  mal  orga- 
nizado, sufrían  dilación.  Peleóse  de  un  lado  y  de  otro 
con  gran  encarnizamiento,  hasta  que  la  noche  separó  á 
los  combatientes;  ¡pero  en  qué  distintas  condiciones!  los 
musulmanes  con  la  certeza  de  un  completísimo  triunfo; 
los  cristianos  con  la  convicción  de  su  propia  impotencia 
y  el  temor  de  una  inevitable  y  espantosa  derrota! 

Aprovechando  D.  Ramiro  aquella  suprema  tregua, 
retiróse  al  collado  vecino  de  Clavijo  ó  Laturce,  abruma- 
do con  los  más  tristes  y  fatales  presentimientos.  Repre- 
sentábale su  imaginación  la  corona  de  Pelayo  rodando 
á  los  pies  de  los  caballos  árabes,  hecho  pedazos  el  cetro 
de  los  Alfonsos,  perdidas  la  libertad  é  independencia  del 
Estado  cristiano,  profanados  los  templos,  saqueadas  las 
ciudades,  talados  los  campos,  sus  subditos  expuestos  á 
toda  suerte  de  oprobios  y  atropellos,  y  él,  acaso  por  te- 
meridad é  imprudencia,  como  causa  ocasional  de  tan 
inmensa  é  irreparable  catástrofe.  Rendido  el  espíritu, 
no  menos  que  el  cuerpo  con  la  fatiga,  cayó  en  un  sopor, 
más  bien  que  sueño,  durante  el  cual  tuvo  una  maravi- 
llosa visión,  que  en  un  principio  le  llenó  de  admiración 
y  de  asombro.  Apareciósele  un  personaje  de  aspecto  ve- 
nerable, que  manifestó  ser  el  Apóstol  Santiago,  á  quien 
el  Señor  había  encomendado  la  defensa  y  tutela  de  Es- 
paña.—  «Ten  valor,  y  no  desfallezca  tu  ánimo,  prosiguió 


LOS  TRES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  77 

en  substancia;  mañana  verás  huir  ante  tus  huestes  esa 
muchedumbre  innumerable  de  sarracenos  que  te  tiene 
cercado.  Cuando  me  veáis  todos  en  el  combate  montado 
en  un  caballo  blanco  y  ostentando  en  mi  diextra  una 
bandera  del  mismo  color,  entonces  os  persuadiréis  de  la 
verdad  de  mis  promesas.  Preparaos,  pues,  como  buenos 
cristianos  para  la  lucha,  acometed  invocando  el  santo 
nombre  de  nuestro  Dios  y  el  mío,  y  no  dudéis  que  la 
victoria  será  vuestra.» 

Santiago  desapareció;  pero  Ramiro  se  encontró  otro 
hombre.  Reanimado  con  tan  celestial  aparición,  convo- 
có, al  punto  á  los  Prelados,  á  los  Magnates,  á  los  Capita- 
nes de  su  ejército,  y  les  expuso  con  la  emoción  que  es  de 
suponer,  lo  que  acababa  de  ver  y  oir.  Desde  aquel  ins- 
tante, el  dar  cumplimiento  al  mandato  del  Apóstol,  fué 
la  preocupación  de  todos.  Dispusiéronse  como  para  la 
celebración  de  una  gran  solemnidad  religiosa,  confesán- 
dose según  lo  permitía  la  premura  del  tiempo,  comul- 
gando é  invocando  el  Nombre  sacrosanto  del  Dios  de  los 
ejércitos. 

Al  amanecer  del  día  siguiente,  dada  la  señal  del 
combate,  los  cristianos  por  distintos  puntos  del  monte  y 
al  grito  de  Ayúdenos  Dios  y  Santiago,  se  lanzan  impávidos 
sobre  los  sarracenos,  los  cuales  quedaron  un  tanto  sor- 
prendidos ante  aquella  fiera  acometida  que  no  espera- 
ban. Mas  su  sorpresa  y  desconcierto  subieron  de  punto, 
cuando  en  los  aires  y  al  frente  de  las  huestes  cristianas 
vieron  un  gran  resplandor  en  el  cual  se  dibujaba  \\n 
caballero  montado  en  un  caballo  blanco,  enarbolando 
en  la  diextra  una  blanca  bandera  y  como  en  actitud  de 
arengar  y  animar  á  las  tropas  que  le  seguían.  Poseídos 
de  terror  y  de   espanto,  vuelven  precipitadamente-  la 


78  LIBEO   SEGUNDO 


espalda,  y  con  la  ceguedad  y  el  atolondramiento  que 
infunde  el  miedo,  se  atropellan  unos  á  otros;  y  aquel 
ejército  tan  ordenado  y  compacto,  se  convierte  en  un 
horrible  remolino  de  hombres  que  violentamente  chocan 
entre  sí,  se  traban,  se  envuelven  con  vertiginosa  confu- 
sión. A  los  cristianos  ya  no  fué  necesario  combatir; 
bastábales  descargar  la  espada  sobre  aquella  masa  casi 
imposibilitada  hasta  para  huir.  Cerca  de  70.000  maho- 
metanos quedaron  tendidos  en  el  campo  de  batalla;  y 
D.  Ramiro  pudo  proseguir  su  victoriosa  marcha  hasta 
Calahorra,  en  donde  le  plugo  reunir  los  trofeos  de  su 
inopinado  triunfo. 

La  existencia  de  la  nacionalidad  española  quedaba 
asegurada;  vindicados  la  dignidad  y  honor  del  pueblo 
cristiano;  disipada  por  completo  la  nube  que  amagaba 
horrorosa  tormenta  que  iba  á  sepultar  entre  irreparables 
ruinas  la  obra  levantada  á  tanta  cosa.  Y  esto  lo  veían, 
esto  lo  presenciaban,  esto  lo  palpaban,  aquellos  mismos 
que  la  víspera  habían  podido  apreciar  cuan  al  borde  del 
abismo  se  hallara  el  Estado  cristiano.  En  el  corazón  de 
todos  surgió  espontáneo  y  unánime  un  generoso  senti- 
miento, el  de  demostrar  por  manera  perdurable  cuan 
obligada  quedaba  la  nación  al  patrocinio  del  Apóstol 
Santiago.  Para  realización  de  tan  generoso  propósito, 
todos  unánimemente,  desde  D.  Ramiro  hasta  el  último 
vasallo,  hicieron  voto  solemne  de  dar  para  siempre  á  la 
Iglesia  de  Santiago  de  cada  yugada  de  labranza,  fuese 
de  propiedad  eclesiástica,  ó  de  propiedad  laical,  cierta 
medida  dq  grano  ó  de  vino,  según  la  calidad  del  terreno. 
Establecióse  además,  que  en  el  reparto  del  botín  cogido 
á  los  sarracenos  en  los  combates  sucesivos,  se  reservase 
al  Apóstol  una  parte  igual  á  la  que  correspondía  á  cada 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  79 

caballero.  De  todo  ello,  se  extendió  para  perpetua  me- 
moria un  solemne  Privilegio,  que  fué  fechado  en  Cala- 
horra á  25  de  Mayo  de  844  y  subscripto  colectiva- 
mente por  todos  los  que  se  hallaban  presentes.  Tal  fué 
el  origen  de  los  célebres  Votos  de  Santiago,  que  la  nación 
española,  librada  prodigiosamente  de  inminente  ruina  y 
redimida  de  ominoso  tributo,  acordó  satisfacer  agrade- 
cida á  su  Patrono,  Defensor  y  Libertador. 

Pronto  hubieron  de  experimentar  los  cristianos, 
cuan  propicio  había  acogido  Santiago  aquel  grandioso 
acto  de  piedad  y  devoción.  Al  aproximarse  el  verano  de 
aquel  mismo  año,  una  flota  numerosa  de  normandos  in- 
vadió por  primera  vez  las  costas  de  España;  saquearon 
los  alrededores  de  Grijón,  y  se  dirigieron  á  la  Coruña,  en 
donde  desembarcaron  dispuestos  á  proseguir  su  tarea  de 
pillaje  y  destrucción.  Mas  D.  Ramiro  I,  luego  que  tuvo 
noticia  de  la  invasión,  envió  tropas  á  Galicia,  las  cuales, 
enardecidas  aún  con  el  fragor  del  último  combate  y  de 
la  reciente  victoria,  al  mando  de  aguerridos  Condes 
y  Capitanes,  arremetieron  briosamente  contra  los  nue- 
vos invasores,  los  desbarataron  y  los  persiguieron  hasta 
sus  naves,  de  las  cuales  consiguieron  incendiar  hasta 
sesenta  (1). 

Con  las  naves  que  les  quedaron  enderezaron  los  nor- 
mandos, ó  más  bien  los  escandinavos,  su  rumbo  hacia 
otra  parte,  y  se  dirigieron  hacia  las  costas  occidentales 


(1)  Itaque  subsequenti  tempore  Nordomannorum  classes  per  septen- 
trionalem  Oceanum  ad  littus  Gregionis  Civitatis  adveniunt,  et  inde  ad 
locum,  qui  dicitur  Farum  Bregantium,  perrexerunt;  quod  ut  comperit 
Eanimirus  jam  factus  Rex,  misit  adversus  eos  exercitum  cum  Ducibus  et 
Comitibus,  et  multitudinem  eorum  interfecit  ac  naves  igne  conbusit.  (Cro- 
nicón de  D.  Alfonso  III,  en  el  tom.  XIII  de  la  Esp.  Sag.,  p.  489). 


80  LIBRO   SEGUNDO 


de  la  España  árabe,  en  donde  no  encontraron  la  resisten- 
cia, que  les  había  hecho  sufrir  tan  duro  escarmiento  en 
Galicia.  A  mediados  de  Agosto  del  referido  año  844,  en- 
traron en  Lisboa,  y  pasados  algunos  días  prosiguieron  su 
marcha  hasta  llegar  á  Sevilla,  en  donde,  como  dice  Don 
Alfonso  III  en  su  Cronicón,  recogieron  considerable  botín 
é  hicieron  grandes  estragos  (1). 

Los  historiadores  árabes,  como  Aben-al-Cortiya, 
Nouairi,  y  Aben-Adari,  hacen  también  memoria  de  esta 
invasión  de  los  normandos  (2).  No  ocultan  el  espanto 
que  se  apoderó  de  los  musulmanes  al  aproximarse  los  fe- 
roces piratas  escandinavos.  Aben-al-Cotiya  confiesa  que 
en  todo  el  Oeste  no  hubo  persona  que  osase  salir  á  com- 
batirlos. Al  fin  dicen,  que  los  atrevidos  corsarios  fueron 
rechazados  con  grandes  pérdidas;  pero  á  juzgar  por  la 
manera  que  tienen  de  referir  estos  hechos,  debe  juzgarse 
que  los  normandos  sólo  se  retiraron  cuando  les  faltó  lu- 
gar para  recoger  más  botín. 

De  todo  esto  se  deduce,  que  á  la  humillación  de  Cla- 
vijo,  se  siguió  otra  no  menos  terrible  y  vergonzosa;  la  del 
saqueo  de  Lisboa,  Sevilla  y  otras  importantes  ciudades 
del  imperio  musulmán,  llevada  á  cabo  por  unas  hordas  de 
piratas,  que  acababan  de  ser  rechazadas  ignominiosa- 
mente de  los  dominios  cristianos. 

Por  lo  que  toca  al  año  en  que  tuvo  lugar  la  jornada 
de  Clavijo,  hemos  elegido  sin  vacilar  el  844,  porque  esta 
fecha,  como  advierte  Ambrosio  de  Morales,   es  la  más 


(1)  Qui  vero  ex  eis  (Nordomannis)  remanserunt,  civitatem  Hispaniae 
Hispalim  irruperunt,  et  praedam  ex  ea  capientes,  plurimos  Chaldaeorum 
gladio  atque  igne  interfecerunt.  (Esp.  Sag.,  tom.  XIII,  loe.  cit.) 

(2)  V.  Dozy,  Recher ches  sur  V  Histoire  et  la  Liitterature  de  l'  Espagne; 
3.a  ed.;  tomo  II,  págs.  252  y  siguientes, 


LOS  TEES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtíA  81 

verdadera  fhaec  verior  sitpputatio),  y  la  más  acomodada  á 
la  cronología  del  remado  de  D.  Ramiro  I.  Es  de  adver- 
tir que  como  nos  falta,  por  lo  menos,  desde  el  siglo  XVI, 
el  original  del  Privilegio  de  los  Votos  (1),  forzoso  nos  es 
atenernos  á  las  copias,  las  cuales  en  materia  de  fechas, 
mayormente  en  el  tránsito  de  la  letra  gótica  á  la  france- 
sa, por  impericia  de  los  copistas,  que  nunca  solieron  ser, 
ni  tuvieron  obligación  de  serlo,  paleógrafos  críticos,  casi 
siempre  están  equivocadas.  Así  en  unas  copias,  y  son 
las  más,  se  lee  Era  DCCGLXXI1  (año  834);  en  otras 
Era  DGCCLXI1  (año  824;  y  en  otras  Era  DCCCLXXXII 
(año  844).  Esta  última  variante  es  la  única  aceptable. 


^K^f«^H»* 


(1)     Por  lo  que  refiere  el  Canónigo  Sr.  D.  Pedro  Antonio  Sánchez  Vaa- 

monde  (Apología  del  Voto  de  Santiago,  pág.  14),  el  original,   ó  lo  que  tal  se 

creía  en  aquella  época,  se  extravió  en  el  año  1543  al   ser  presentado  en  la 

Cnancillería  de  Valladolid  con  motivo  del  pleito  contra  la  villa  de  Pedraza, 

Tomo  II.— 6. 


/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/V/jV 


CAPITULO  Y 


Discútense  los  argumentos  con  que  se  pretendió  demostrar 
la  falsedad  del  Voto  nacional  y  de  la  batalla  de  Clavijo. 


ero  la  batalla  de  Clavijo  ¿fué,  en 
efecto,  un  hecho  real  y  positivo? 
Esta  pregunta,  que  en  otros  tiem- 
pos causaría  asombro  y  escándalo, 
en  los  nuestros,  al  contrario,  es  tan 
natural  y  tan  obvia,  que  el  no  ha- 
cerla sería  ó  indicio  de  crasa  igno- 
rancia, ú  omisión  tan  sólo  propia  de  espíritu  empapado 
en  rancias  y  ya  caducas  preocupaciones.  Este  fenómeno 
no  sucede  con  sola  la  batalla  de  Clavijo;  sucede  también 
con  otros  muchos  hechos  é  instituciones,  en  pasadas 
épocas  respetadas  y  consentidas;  al  presente  controver- 
tidas y  menospreciadas.  No  nos  detendremos  en  inves- 
tigar las  causas  de  tal  fenómeno,  por  más  que  en  el  am- 
biente social  que  respiramos,  no  dejaríamos  de  hallarlas 


84  LIBBO  SEGUNDO 


pronto;  lo  que  ahora  nos  importa  averiguar,  es  si,  en 
efecto,  la  batalla  de  Clavijo  fué  un  hecho  real  y  positivo. 
Aun  los  críticos,  que  pasan  por  más  cuerdos  y  sensa- 
tos, no  titubean  en  contestar  de  pronto  y  resueltamente 
de  un  modo  negativo  á  esta  cuestión;  y  para  esto,  fun- 
dados en  un  argumento  que  creen  apodíctico  y  conclu- 
yente,  á  saber,  el  silencio,  que  según  ellos,  guardan 
todos  los  documentos  durante  los  cuatro  primeros  siglos 
que  se  siguieron  después  de  la  batalla  de  Clavijo.  Pero 
este  argumento  del  silencio  ¿es  tan  eficaz  y  persuasivo, 
que  pueda  dejar  convencido  y  satisfecho  á  un  ánimo 
verdaderamente  crítico?  Así  también  podría  decirse,  que 
porque  una  persona  no  tiene  conciencia  de  una  cosa,  no 
debe  existir  esta  cosa.  Del  mismo  modo  la  Historia  po- 
drá no  tener  conocimiento  ó  conciencia  de  un  hecho 
concreto,  ó  podrán  faltarle  motivos  de  credibilidad  para 
demostrarlo,  pero  para  poder  deducir  de  aquí  lógica- 
mente que  tal  hecho  nunca  ha  existido,  hay  un  abismo 
que  no  siempre  han  salvado  con  fortuna  todos  los  críticos. 
Los  cuales,  con  sobrada  frecuencia  en  estos  casos,  antes 
que  medir,  pesar  y  aquilatar  las  dificultades,  y  buscar  y 
escudriñar  las  soluciones  más  adecuadas,  como  trabajo 
más  cómodo  3^  expeditivo,  pues  siempre  fué  más  fácil 
sentar  una  negativa  que  demostrarla,  prefieren  desatar 
el  nudo,  si  no  despóticamente,  al  menos  á  lo  Alejandro, 
cortándolo  de  un  sólo  tajo.  Si  en  el  gran  drama  de  la 
humanidad,  no  hubiesen  pasado  más  hechos,  que  aque- 
llos que  conoce,  ó  de  que  da  cuenta  la  Historia  crítica, 
dicho  drama  quedaría  reducido  á  bien  escasas  propor- 
ciones, y  de  su  trama  y  enredo  muy  pequeña  idea  po- 
dríamos formarnos. 


LOS  ÍBES  í>BIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSfELANA  85 


iñi 


mpero,  antes  de  entrar  en  materia,  cúmplenos 
■  k^í)J     hacer  una  protesta,  la   protesta  de  que   no 

pretendemos  decir  cosas  nuevas,  ni  aducir 
desconocidos  argumentos;  porque  después  de  las  sólidas 
y  razonadas  apologías  que  en  defensa  de  la  batalla  de 
Clavijo  escribieron  á  fines  del  siglo  pasado  y  á  princi- 
pios del  actual,  personas  tan  competentes  como  el  Doc- 
toral de  nuestra  Santa  Iglesia,  después  Obispo  de  Lérida, 
Dr.  D.  Joaquín  Antonio  Sánchez  Ferragudo  (1),  el  Li- 
cenciado D.  José  Francisco  de  Turnes  (2),  el  Disertador 
Compostelano ,  que  impugnó  especialmente  á  Masdeu  (3), 
el  Padre  M.  Fray  Pablo  Rodríguez  O.  S.  B.  (4),  el  Padre 


(*)  Las  iniciales  de  los  párrafos  de  este  capítulo,  lo  mismo  que  las  de 
otros  contenidos  en  este  volumen,  están  tomadas  de  varios  fragmentos  de 
Breviarios  Compostelanos  del  siglo  XIII  ó  XIV. 

(1)  En  1769  publicó  en  Santiago,  en  la  imprenta  de  Aguayo,  un  Alega* 
to  intitulado:  Por  el  Arzobispo,  Cabildo,  Grande  y  Real  Hospital  de  Santia- 
go, Manifiesto,  Respuesta  y  Satisfacción  jurídica  á  la  queja  dada  por  el 
R.  Arzobispo  de  Granada  sobre  la  exacción  y  cobranza  del   Voto  de  Santiago. 

(2)  Siendo  Cura  de  Aro,  en  esta  Diócesis,  escribió  una  Disertación 
histórico-crítica  apologética  sobre  el  Privilegio  del  Voto  concedido  al  glorioso 
Apóstol  Santiago,  Patrón  de  España.  Posteriormente,  siendo  Magistral  de 
Lugo,  escribió  en  1779  la  Apología  histórico-crítica  en  que  se  defiende  la  cer- 
teza del  Privilegio  del  Voto.  Ambas  obras  se  conservan  manuscritas  en  el 
Archivo  de  la  Iglesia  compostelana,  Est.  VIII,  caj.  I. 

(3)  Se  publicó  su  Disertación  en  el  t.  XVI  de  la  Historia  Crítica  de 
España,  de  Masdeu. 

(4)  Escribió  en  1778  dos  gruesos  volúmenes  intitulados  Instrucción  al 
público,  ó  aea,  Tratado  diplomático ,  cronológico  y  apologético f  en  demostré 


86  LIBUO  SEGUNDO 


M.  Fray  Domingo  delbarreta  de  la  misma  Orden  (1),  el 
Canónigo  compostelano  Dr.  D.  Pedro  Antonio  Sánchez 
Vaamonde  (2)  etc.,  etc.,  parece  una  especie  de  arrogan- 
cia el  volver  á  tratar  el  mismo  asunto.  Pero  como  muchos 
historiadores,  y  justamente  de  los  que  más  alardean  de 
críticos,  siguen  repitiendo  y  recalcando,  sin  duda  porque 
no  tuvieron  tiempo  para  leer  alguna  de  las  luminosas 
obras  citadas,  las  afirmaciones  en  ellas  rebatidas  y  des- 
hechas, creemos  del  caso  resumir  y  condensar  lo  ex- 
puesto en  tan  magistrales  trabajos  para  ofrecer  á  nues- 
tros lectores  como  un  bosquejo  de  lo  más  principal  que 
se  ha  publicado  sobre  la  materia. 

Una  cosa  hay,  sin  embargo,  en  que  nos  separamos 
de  la  opinión  corriente  entre  los  autores  que  acabamos 
de  citar,  y  es  la  que  se  refiere  al  año  en  que  se  dio  la  ba- 


ción  del  Voto  del  Apóstol  Santiago;  que  se  conservan  manuscritos  en  el  Ar- 
chivo de  esta  Santa  Iglesia  Metropolitana,  Est.  VIII,  caj.  I.  En  1804 
publicó  en  Madrid,  con  el  título  de  Diploma  de  Ramiro  I,  un  libro  en  que 
se  halla  extractado  lo  contenido  en  la  Instrucción,  y  en  que  expresamente 
se  rebaten  los  argumentos  de  Masdeu. 

(1)  Envió  al  Cabildo  compostelano  un  folleto  manuscrito  intitulado, 
Apuntamientos  histór ico-diplomáticos,  que  cita  el  Sr.  Sánchez  Vaamonde 
(Apol.,  pág.  232)  como  existente  en  el  Archivo  del  Cabildo. 

(2)  En  1813,  se  publicó  en  Santiago  la  Apología  en  favor  de  la  Santa 
Iglesia  de  Santiago  en  razón  de  los  Votos,  que  había  dejado  manuscrita. 

En  vida  en  1805  había  publicado  en  Madrid  en  casa  de  Ibarra  sobre  lo 
mismo  la  Respuesta  al  Canónigo  D.  Joaquín  Antonio  del  Camino. 

En  el  Archivo  del  Cabildo  guárdase  también  manuscrita  una  volu- 
minosa Apología  del  Voto  general  del  Apóstol  Santiago,  escrita  en  nombre 
del  Revmo.  Arzobispo,  Cabildo   y  Hospital  Real. 

Hácense  grandes  elogios  del  Alegato  escrito  por  el  Sr.  Mora  Jaraba, 
abogado  del  Cabildo  en  el  pleito  con  el  Duque  de  Arcos.  El  Cabildo  había 
resuelto  publicarlo,  pero  el  Presidente  del  Consejo  Sr.  Eigueroa  no  juzgó 
oportuna  su  publicación,  toda  vez  que  el  Duque  de  Arcos  había  desistido 
de  su  demanda, 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  87 

talla  de  Clavijo.  Y  al  obrar  así,  no  nos  hemos  determina- 
do por  propio  impulso,  sino  acomodándonos  al  sentir  de  los 
maestros  de  nuestra  historia,  Ambrosio  de  Morales  (1), 
Mariana  y  Flórez,  que  todos  pusieron  la  batalla  en  el 
año  844,  y  no   en  el  año  834,  como  quieren  muchos  de 
los  apologistas  del  Diploma  de  D.  Ramiro  I.  La  razón  de 
esta  discrepancia  estuvo  en  haber  considerado  los  apo- 
logistas del  Diploma  á  las  copias  de  que  se  han  servido, 
(pues  el  original  ya  debe  de  hacer  bastantes  siglos  que 
se  perdió)  como  documentos  que  representan  en  toda  su 
integridad  el  prototipo,  no  sólo  en  lo  substancial,  sino  en 
todos  los  pormenores.   Especialmente  en  materia  de  fe- 
chas, no  hay  copia  antigua,  que  no  deba  ser  contrasta- 
da (y  esto  bien  lo  saben  los  que  tengan  alguna  práctica 
en  el  manejo  de  documentos  antiguos),  con  otros  datos 
cronológicos  seguros,  para  ensayar  hasta  dónde  llega  la 
exactitud  de  la  data.  Aun  las  copias  de  los  Tumbos  y 
Cartularios,  que  solían  ser  hechas  por  las  personas  más 
expertas  y  avisadas  de  las  iglesias  y  monasterios,    no 
ofrecen  en  la  fecha  seguridad  alguna,  y  tienen  que  ceder 
ante  cualquiera  otro  dato  cronológico  que  se  desprenda 
del  contexto,   ó  que  pueda  adquirirse  por  otros  con- 
ductos. 

Hicieron,  pues,  mal,  en  nuestro  humilde  juicio,  los 
apologistas  del  Diploma  de  Ramiro  en  aferrarse  ciega- 
mente á  las  notas  cronológicas  de  las  copias;  máxime 
que  en  este  punto  siempre  es  más  fácil  disminuir,  que 

(1)  Morales  en  el  lib.  IX,  cap.  VII,  de  la  Crónica,  publicó  íntegra  una 
traducción  del  Diploma  con  la  fecha  Era  DCCCLXXII.  Posteriormente, 
en  1590,  en  la  Disertación  que  envió  á  Roma  sobre  el  Rezo  de  la  Traslación 
de  Santiago,  adoptó  la  Era  DCCCLXXXII,  como  fecha  más  exacta,  comQ 
verior  supjputatio, 


88  libuo  segundó 


aumentar;  y  en  las  fechas  de  los  documentos  góticos, 
cuando  hay  más  de  una  X,  de  tal  modo  aparecen  enla- 
zadas y  enredadas,  que  se  necesita  mucha  práctica  y 
observación,  para  saber  si  son  dos  ó  tres,  ó  tres  ó  cuatro 
en  su  caso.  Esto  que  decimos  de  las  fechas,  también  es 
aplicable  á  las  firmas  ó  subscripciones. 


II 


iniendo  ahora  á  nuestro  asunto  ¿es  tan  pro- 
fundo el  silencio,  que  como  pretenden  los 
Z^\j  críticos,  se  nota  en  los  documentos  hasta  el 
siglo  XIII  respecto  de  la  batalla  de  Clavijo?  Para  poder 
afirmar  esto  debieran  haber  demostrado  que  ninguna 
de  las  dos  victorias,  que  según  escribía  D.  Alfonso  III 
en  su  Cronicón  á  fines  del  siglo  IX,  obtuvo  D.  Rami- 
ro I  contra  los  sarracenos,  había  sido  la  de  Clavijo  (1). 
Debieran  haber  demostrado  que  el  Privilegio ,  que 
según  D.  Ramiro  II,  otorgó  D.  Ramiro  I  (2)  á  la  Igle- 
sia compostelana,  no  había  sido  el  de  los  Votos.  De- 
bieran haber  demostrado  que  entre  los  muchos  beneficios 
y  dones,  que  según  D.  Alfonso  III  (3),  hizo  D.  Ramiro  I 
á  la  Iglesia  de  Santiago,  tampoco  podía  contarse  el  Pri- 
vilegio de  los  Votos.  Debieran  haber  demostrado  otras 


(1)  Nam  adversas  Sarracenos  bis  praeliavit  et  victor  extitit.  (España 
Sagrada,  tomo  XIII,  pág.  490). 

(2)  Kanimirus  Rex,  et  ipsum   (testamentum   Adefonsi   II)  confirmavit 
et  aliud  addidit.  (Esparta  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  363). 

(3)  Multa  beneficia  et  dona  casta  mente...;  España  Sagrada,  tomo  XIX, 
página  343. 


tÓS  TftES  PKIMEBOS  SÍGLCté  DE  tA  t  ÓÓJkÍPOSTELANA  89 

muchas  cosas  en  que  luego  nos  ocuparemos,  pero  que  de- 
jaron pasar  por  alto  como  las  que  acabamos  de  mentar. 
Debieron  no  haberse  perdonado  la  molestia  de  irse  á 
Orense,  en  donde  podrían  haber  visto  con  sus  propios 
ojos  una  copia  auténtica  del  Privilegio  de  los  Votos,  pues 
ésta  es  una  fuente  de  información  histórica,  como  otra 
cualquiera,  hecha  á  mediados  del  siglo  XII,  es  decir,  un 
siglo  antes  del  XIII.  Debieran  haber  demostrado,  que 
aquel  ejemplar  del  Privilegio  de  los  Votos  que  vio  Don 
Alfonso  XI  en  el  año  1341  al  tiempo  de  confirmarlo  (1), 
el  cual,  según  el  mismo  Monarca,  estaba  escrito  de  letra 
mozárabe,  ó  sea  gótica,  que  fué  la  que  se  usó  en  España 
hasta  principios  del  siglo  XII,  no  era  anterior  al  si- 
glo XIII.  Debieron  haber  visitado  y  examinado  los  relie- 
ves que  aún  se  ven  en  la  Catedral  compostelana,  en  las 
iglesias  de  Santiago  de  la  Coruña,  Santiago  de  Betan- 
zos,  Santiago  de  Bardauri  cerca  de  Miranda  de  Ebro,  de 
Santiago  de  Taboada,  etc.,  etc.,  todos  ellos  anteriores  al 
siglo  XIII.  Pero  más  cómodo  era  evitarse  todas  estas  mo- 
lestias, y  afirmar  rotundamente,  y  dar  por  sentado,  que 
durante  los  cuatro  siglos  que  mediaron  entre  el  IX  y 
el  XIII  nadie  pensó  en  la  batalla  de  Clavijo. 

El  caso  es  que  en  su  afán  de  esforzar  este  argumento 
del  silencio,  nuestros  críticos  probaron  demasiado,  y  por 
lo  mismo  no  probaron  nada.  Veámoslo  si  no.  Quedamos 
en  que  según  los  críticos  impugnadores  de  la  batalla  de 
Clavijo,  en  el  siglo  XIII  se  hallaba,  por  fin,  divulgada  la 
noticia  de  tan  memorable  acontecimiento.  Ahora  bien; 
entre  las  crónicas  de  cuyo  silencio  se  valen  para  negar  el 


(1)    Representación  contra  el  pretendido  Voto  de  Santiago  del  Duque  de 
Arcos,  Madrid,  1771;  Apéndice  núm,  XL. 


90  LIBEO  SEGUNDÓ 


suceso  de    Clavijo,  cuentan  el  Cronicón  Complutense,  los 
Anales  Complutenses,  el  Cronicón  Burgense,   los  Anales  Tole- 
danos primeros  y  terceros  y  los  Cronicones  Con  i mbr ¿censes, 
latino  y  portugués.  Mas  todos  estos  Anales  y  Cronicones 
fueron  escritos  en  el  siglo  XIII,  y  algunos,  como  los  Co- 
nimbricenses  y  los   Toledanos  terceros,   en  el  XIV  (1). 
Luego,  siendo  esto  así,  como  indudablemente  lo  es,  ha- 
bría que   deducir    que    ni    en  el  siglo  XIII,  ni  aún  en 
el  XIV  era  conocida  la  batalla  de  Clavijo.  Esto  último, 
sin  embargo,  no  quieren  admitirlo  nuestros  críticos.   En- 
hora  buena;  pero  ¿en  qué  razón  se  fundan  para    sentar 
que  el  silencio  de  dichas  crónicas  es  eficaz  respecto  de  los 
siglos  anteriores  al  XIII,  é  ineficaz  respecto  de  este  siglo 
y  de  los  siguientes?  O  es  eficaz  para  todos  ó  para  ninguno. 
Así  lo  requiere  la  lógica.  Pero  no  es  esto  sólo.  Ninguno 
de  los  Cronicones  citados,  y  otros  más  que  citan  el  autor 
de  la  Representación  del  Duque  de  Arcos  (2)r  Masdeu,  Cami- 
no, Ledesma,  etc.,  hacen  la  menor  mención  del  descubri- 
miento del  Cuerpo  de  Santiago  en  tiempo  de  D.  Alfon- 
so II.  Según  el  criterio  sentado  por  los  críticos  impugna- 
dores del  suceso  de  Clavijo,  habría  que  decir,  ó  que  este 
descubrimiento  no  pudo  tener  lugar,  ó  que  si  lo  tuvo,  sólo 
sería  después  del  siglo  XIII  ó  del  XIV.  Verdaderamente 
es  terrible  el  silencio  de  los  Cronicones. 

Pero  además  del  silencio  de  las  Crónicas  cristianas, 
hay  el  de  las  arábigas,  en  las  cuales  no  se  halla  la  más 
mínima  mención  de  la  batalla  de  Clavijo.   Comparando 


(1)  Véanse  todos  ellos  entre  los   Apéndices  del  tomo  XXIÍI  de  la  Tus* 
paña  Sagrada. 

(2)  Número  93, 


LOS  TBES  PRlMEBOá  SIGLOS  Í)E  LÁ  I.  COMPOStffíLÁNA  91 

Dozy  (1),  á  propósito  de  la  batalla  de  Simancas  en  el 
año  939,  el  silencio  de  las  primeras  con  el  de  las  segun- 
das, dice:  «Los  cronistas  latinos  de  España  son  en  extre- 
mo avaros  de  detalles,  aunque  se  trate  de  victorias  de  sus 
correligionarios;  y  los  cronistas  árabes  que  en  otros  casos 
los  completan  con  frecuencia,  son  de  esta  vez  aún  más 

lacónicos Los  cronistas  arabo-españoles  ó  africanos 

pasan  lo  más  rápidamente  posible  por  sobre  esta  desas- 
trosa expedición  (la  de  Simancas).  Hubieran  querido  bo- 
rrar esta  página  de  sus  Anales;  y  algunos  intentaron  ha- 
cerlo; al  llegar  al  año  939  guardan  un  profundo  silencio.» 
Sin  embargo,  la  batalla  de  Simancas  se  dio;  pero  lo  que 
no  consiguieron  los  cronistas  árabes  con  la  batalla  de 
Simancas,  lo  obtuvieron  respecto  de  la  de  Clavijo,  que 
tuvo  lugar  un  siglo  antes,  y  que  por  lo  mismo  pudo  más 
fácilmente  quedar  olvidada;  ya  que  no  es  de  creer  que 
tuviesen  más  especial  interés  en  conservar  su  memoria. 


III 


OMO  también  hay  rutinas  eruditas,  no  es  de 
extrañar,  que  después  que  el  autor  de  la  Re- 
presentación del  Duque  de  Arcos,  núm.  98,  sentó 
esta  proposición,  «A  la  verdad,  el  silencio  tan  general, 
uniforme  y  constante  por  cerca  de  cuatro  siglos  hasta 
en  la  boca  de  la  misma  Iglesia,  es  capaz,  no  sólo  de  hacer 
balancear  el  juicio  más  inflexible,  sino  de  convencerle  á 


(1)    Rccherches  sur  V  Histoire  et  la  Littérature  de  V  Espagne,   tomo  I; 
página  157, 


92  LÍBBO  SEGUNDÓ 


que  es  ficción  délos  tiempos  posteriores»;  casi  todos  los 
críticos,  comenzando  por  Masdeu  (1),  diesen  ya  por  su- 
puesto, que  durante  cuatro  siglos,  ó  desde  el  IX  hasta 
el  XIII,  nadie  mentó,  ni  hizo  la  menor  alusión  á  la 
batalla  de  Clavijo.  Pero  no  es  lo  mismo  hacer  suposicio- 
nes, que  probarlas  y  demostrarlas.  Lo  primero  puede 
permitirse  en  el  autor  de  la  Representación,  que  como 
buen  curial  y  agente,  pudo  valerse  de  los  recursos  y 
fórmulas  acostumbradas  en  los  escritos  de  los  litigantes, 
concluyendo  con  la  solemne:  Es  justicia  que  pido,  etc.  (2). 
Pero  que  los  que  alardean  de  críticos  acepten  tan  á  ojos 
cerrados  afirmaciones  lanzadas  en  el  calor  del  litigio,  y 
en  las  cuales  el  interés  aparece  como  principal  inspi- 
rador (3),  es  cosa  que  ni  los  acredita  de  críticos,  ni 
hablará  mucho  en  favor  de  la  sinceridad  de  sus  propósi- 
tos. La  verdad  es  que  lo  que  provocó  el  interés  á  fines  del 
siglo  pasado,  fué  con  aplauso  acogido  en  nuestra  época 
tan  propicia  á  aceptar  todo  aquello  en  que  se  vean  des- 
mentidas nuestras  antiguas  y  venerandas  tradiciones. 
De  aquí  resultó  que  el  silencio  de  los  cuatro  siglos  quedó 
como  estereotipado  para  uso  de  los  historiadores,  que 


(1)  Este,  sin  embargo,  atribuyó  la  invención  de  la  batalla  de  Clavijo 
á  los  autores  de  la  Gompostelana,  los  cuales  ni  una  sola  palabra  dicen  de  tal 
acontecimiento. 

(2)  Así  lo  hizo  en  efecto;  pues  al  terminar  su  intrincado  Alegato,  nú- 
mero 285,  dice:  Ya  ve  Vuestra  Majestad,  cuan  justa  es  la  pretensión  del 
Duque. 

(3)  El  mismo  autor  de  la  Representación,  que  algunos  dicen  haber  sido 
el  Conde  de  Eloridablanca,  lo  da  á  entender  bien  claramente  en  el  núme- 
ro 284;  porque  después  de  poner  al  margen  Objeto  de  esta  Súplica,  pide  al 
Rey  se  digne  declarar  que  en  ninguno  de  los  pueblos  de  su  casa  (la  del  Duque 
de  Arcos)  i  Estados  tiene  derecho  la  Santa  Iglesia  de  Compostela  a  cobrar  el 
Voto  de  Santiago, 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA.  93 

sólo  saben  atender  al  influjo  de  las  corrientes  dominan- 
tes, sin  preocuparse  de  cuál  sea  la  orientación  de  éstas. 
Por  lo  demás,  si  se  mira,  la  cuestión  por  el  lado  puramen- 
te jurídico,  por  necesidad  habrá  que  suscribir  á  esta  ter- 
minante afirmación  del  Sr.  La  Fuente  (1).  «Las  con- 
firmaciones del  Voto  por  varios  monarcas  desde  San 
Fernando  hasta  los  Reyes  Católicos  inclusives,  y  las  res- 
puestas mismas  de  las  Cortes,  en  tiempo  de  D.  Juan  I  y 
del  Emperador  Carlos  V,  eran  más  que  suficientes  para 
ganar  cuantos  pleitos  se  quisieran,  cualquiera  que  fuese 
el  valor  histórico  del  Diploma.» 

Suelen  atribuir  los  críticos  al  célebre  Arzobispo  de 
Toledo,  D.  Rodrigo,  la  primera  inserción  en  nuestra 
Historia  de  los  sucesos  de  Clavijo.  Y  ¿qué  fué  lo  que 
pudo  aconsejar  á  D.  Rodrigo  este  arrojo  de  consig- 
nar el  primero,  y  perpetuar  por  medio  de  la  Historia  ac- 
ción tan  gloriosa  para  la  Iglesia  compostelana?  He  aquí 
cómo  nos  lo  explica  Masdeu  (2):  «Cuando  D.  Rodrigo  se 
puso  á  escribir,  se  halló  con  un  Diploma  que  tenían  todos 
por  genuino,  y  que  según  la  aprobación  ó  firma  de  don 
Pedro  Mancio  manifestaba  á  lo  menos  un  siglo  de  exis- 
tencia; se  halló  con  una  Escritura  de  cien  años  de  fecha, 
en  la  cual  el  Arzobispo  D.  Diego  Gelmírez  hablaba  de 
Votos  de  Santiago,  y  citaba  en  el  asunto  como  verdade- 
ra y  legítima  otra  Escritura  de  dos  siglos  más  atrás  (3); 
se  halló  con  la  Historia  Compostelana,  que  refería  va- 
rios sucesos  del  siglo  XII  relativos  á  la  contribución  de 
los  pueblos  en  favor  de  la  Iglesia  de  Compostela;  se  halló 


(1)  Historia  eclesiástica  de  España,   2.a   edicióo,   tomo  III,   Apéndice 
núm.  23,  pág.  460,  nota  2. 

(2)  Historia  Crítica  de  España,  tomo  XVI,  pág.  103. 

(3)  Ya  llegamos  al  siglo  X. 


94  LIBRO  SEGUNDO 


con  decretos  de  Reyes  y  bulas  de  Papas  que  aprobaban 
y  mandaban  dicha  contribución;  se  halló,  finalmente,  con 
el  ejercicio  práctico  de  toda  la  nación  que  pagaba  el  tri- 
buto á  nuestro  Santo  Patrono  sin  dificultad  ni  resisten- 
cia... Así  no  es  de  extrañar  que  tuviese  el  hecho  por  cier- 
to, y  lo  entregase  á  la  memoria  de  la  posteridad»  (1). 
Con  otras  muchas  más  cosas  debió  hallarse  D.  Rodrigo, 
pero  por  ahora  basta  con  las  que  apunta  Masdeu.  ¿Qué 
se  hizo,  pues,  del  decantado  silencio  de  los  cuatro  siglos? 
¿O  qué  clase  de  silencio  de  cuatro  siglos  era  éste  tan  eficaz 
y  elocuente,  que  por  medio  de  escrituras,  documentos, 
decretos  de  Reyes,  bulas  de  Papas  y  de  la  opinión  uná- 
nime de  los  pueblos,  forzó  al  célebre  Arzobispo  á  escribir 
contra  lo  que  sentía?  ¿O  se  pretenderá  decir  que  todo  este 
aparato,  concurso  y  concierto  de  voces  y  testimonios, 
formóse,  no  durante  los  cuatro  siglos  que  precedieron 
al  XIII,  sino  cabalmente  la  víspera  del  día  en  que  D.  Ro- 
drigo, en  mal  hora  para  él,  se  puso  á  escribir  de  don 
Ramiro? 


IV 


ero  examinemos,  siglo  por  siglo,  estos 
silenciosos  documentos,    y  veamos  si  su 

silencio  es  tal,  que  pueda  hacer  sostenible  la  tesis  de  la 

mudez  de  los  cuatro  siglos. 


(1)  En  el  tomo  XVIII,  pág.  452,  explica  Masdeu  de  otra  manera  este 
arrojo  de  D.  Rodrigo,  y  dice  que  el  sabio  Arzobispo  de  Toledo  obró  así,  no 
porque  sintiese  lo  que  decía,   sino  por  política,  por  solos  respetos  humanos, 


LOS  TBES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA  95 


SIGLOS  XII   Y  XIII   (1) 

Bulas  de  Papas. — Comencemos  por  Inocencio  III,  que 
ocupó  la  Silla  Apostólica  desde  el  año  1198  hasta  el  1216. 
En  el  Derecho  Canónico,  capítulo  XVIII,  De  Censibus, 
hay  una  Decretal  de  este  Papa,  fechada  en  el  año  1212, 
que  resuelve  algunas  dudas  acerca  de  la  medida  por  la 
cual  se  había  de  pagar  el  Voto  de  Santiago.   En  el 
preámbulo  se  dice  que  algunos,  que  desde  hacía  mucho 
habían  dejado  de  hacer  dicha  paga,  ahora  obligados  de 
nuevo  querían  hacerla  por  una  medida  muy  pequeña. 
Quídam  qui  a  longis  retro  temporibus  ab  eorum  sólutione  cessa- 
runt,  nunc  perros,  etc..  En  la  Colección  de   Cartas  de  este 
Papa,  que  publicó  Baluze  (2)  hay  tres  referentes  á  este 
asunto  de  los  Votos,  fechadas  todas  probablemente  en 
el  año  1199.  La  una  va  dirigida  contra  algunos  labrado- 
res del  reino  de  León,   que  se  resistían  al  pago  de  los 
Votos;  la  otra  habla  con  los  Arzobispos  de  Toledo  y  de 
Braga  reprendiéndoles  porque  no  obligaban  á  sus  dioce- 
sanos, como  repetidas  veces  se  les  había  mandado,  á  pa- 
gar los  Votos  debidos  á  la  Iglesia  de  Santiago;  la  tercera 


por  no  oponerse  claramente  á  la  opinión  popular  de  aquellos  tiempos.  Obró 
así  por  política.  ¡Tal  vez  por  dar  más  fuerza  á  las  antiguas  pretensiones  de 
los  Prelados  compostelanos! 

He  aquí  un  nuevo  tema  para  el  estudio  de  las  fuentes  históricas;  el  ave- 
riguar si  fueron  escritas  en  sentido  histórico  ó  en  sentido  diplomático. 

(1)  D.  Rodrigo  escribió  su  Historia  por  encargo  de  San  Fernando;  y 
como  este  insigne  Monarca  comenzó  á  reinar  en  el  año  1217,  resulta  que  los 
primeros  años  del  siglo  XIII  están  también  incluidos  en  la  conspiración  del 
silencio. 

(2)  Libro  II,  números  145, 146  y  147. 


96  LIBBO  SEGUNDO 


se  entiende  con  los  Caballeros  de  Santiago,  á  los  cuales 
intima,  bajo  graves  penas,  que  también  deben  pagar  los 
Votos  de  Santiago,  ó  sea,  census  quídam  certus,  qui  Vota 
dicitur,  de  singulis  paribus  boum  antiquíbus...  constitutus.  Por 
fin,  del  mismo  Papa  Inocencio  III  hay  una  grande  y  so- 
lemne Bula,  despachada  en  el  año  1199,  en  la  cual  se 
confirman  todos  los  Privilegios  y  donaciones  hechas  á  la 
Iglesia  de  Santiago,  y  entre  ellas:  lllum  etiam  censum 
qui  vota  dicitur,  quem  hispanorum  catholici  Reges  ex  singulis 
boum  paribus  a  flumine  Pisorga  usque  ad  mare  occidentale,  et 
per  totam  husitaniam  provinciam,  ac  etiam  in  Toleto  et  Trans- 
serram  annuatim  persolvendum  pro  salute  totius  terrae... 

El  predecesor  de  Inocencio  III,  Celestino  III  (1191- 
1198),  que  como  Legado  pontificio  había  recorrido  gran 
parte  de  España,  á  31  de  Enero  de  1195,  á  petición  del 
Arzobispo  compostelano  D.  Pedro  Suárez  de  Deza,  se 
dignó  declarar,  que  así  como  en  los  tributos  y  cargos 
públicos,  no  se  da  lagar  á  la  prescripción,  tampoco  se  da 
en  los  Votos  de  Santiago,  porque  illa  vota  (1)  sunt  quasi 
tributa,  quae  Deo  et  Bto.  Jacobo  Apostólo  in  Hispania  statuit 
annis  singulis  exolvenda  Rex  Ramirus. 

Este  mismo  Papa  Celestino,  en  el  segundo  año  de  su 
Pontificado,  sentenció  por  otra  Bula  á  la  Iglesia  de  Lugo 
á  pagar  á  la  de  Santiago  los  Votos  que  de  antiguo  esta- 
ba obligada  á  satisfacer.  Ut  si  Lucen-sis  Ecclesia  vota  quae 
sub  nomine  Bti.  Iacobi  colligit  cum  cera  reddere  noluerit  com- 
postellana  Ecclesiae  ut  de  jure  et  consuetudine  antiqua  tene- 
tur... 


(1)  Nowota,  como  escribieron  Masdeu  y  el  autor  de  la  Representación 
del  Duque  de  Arcos. 

(2)  Tumbo  B,  fol,  258  vuelto, 


tOS  TRES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtfA  97 

Mii..  ._  . .  .      .  i        .         ..  ii         iir-in   i    mi      i  -r-r  --[ih        -      i  -i 1 — i-  i    -i  -  ri  11—11 —   i  ~ini     -  nirnr  Tr^^n- 1 — *"t  "T-~ — r~ *i r~i  m — r  1 1  m      »  ia^^ 

Del  Papa  Alejandro  III  (1159-1181)  hay  una  Bula 
solemne  (1),  expedida  en  el  año  1174,  confirmatoria  de 
los  Privilegios  y  donaciones  hechas  á  Santiago.  En  ella 
también  se  lee:  Illud  etiam  omnimode  interdicimus  ut  nulli 
unquam  personae  facultas  sit  BU.  Jacóbi  Ecclesiae  illum  censum 
qualibet  occasione  subtráhere,  quern  hispanorum  catholici  reges 
ex  singulis  boum  paribus  a  flumine  Pisorga  usque  ad  mare 
occidentale  atque  etiam  in  Toleto  et  Transerram  annuatim  per- 
sólvendum,  sicut  in  scriptis  ejusdem  Ecclesiae  continetur,  pro  sa- 
lute  totius  provinciae,  statuerunt.  El  mismo  escribió  á  todos 
los  Arzobispos  y  Obispos,  en  cuyas  diócesis  se  pagaban 
los  Votos  de  Santiago,  ordenándoles  que  compeliesen  al 
pago  de  dichos  Votos  á  todos  los  que  á  ello  estaban  obli- 
gados (2). 

Inocencio  II  (1130-1143),  en  el  primer  año  de  su 
Pontificado,  escribió  dos  cartas  sobre  los  Votos  de  San- 
tiago, la  una  dirigida  á  todos  los  Arzobispos  y  Obispos  de 
España,  y  la  otra  á  Pelayo,  Arzobispo  de  Braga.  En 
ambas  les  manda  que  no  pongan  impedimento  alguno  al 
pago  de  los  Votos. 

Por  último,  en  el  año  1102,  el  Papa  Pascual  II,  con- 
firmó también  las  posesiones  de  la  Iglesia  compostelana 
y  entre  ellas,  censum  illum...  quem  hispanorum  reges  quídam 
nobilis  memoriae,  Alphonsi  praesentis  praedecessores,  pro  salute 
totius  provinciae  statuerunt  a  flumine  videlicet  Pisorgo  usque 
ad  littus  oceani  annuatim  ex  singulis  boum  paribus  per  sólven- 
dum, sicut  in  scriptis  ejusdem  Ecclesiae  continetur. 

Decretos  y  concesiones  de  los  Reyes. — Del  Rey  D.  Alfon- 
so IX  de  León  (1188-1230)  hay  una  Provisión  dirigida  á 


(1)  Tumbo  B,  fol.  238. 

(2)  Castellá,  Hist.  de  Sant,  lib.  III,  cap.  XV,  fol.  279. 

Tomo  n.— 7. 


98  LIBBO  SEGUNDO 


todos  los  vecinos  del  Obispado  de  Lugo,  que  dice  así: 
Uníversís  hominibus  per  episcopatum  lucensem  commorantíbus 
salutem.  June  recle  cog'turs  nos  credimus,  cum  recognoscimas 
quantum  reuerentium  et  quantum,  clébemus  deuotionem  impende- 
reregni  nostri  et  tocius  Jüspanie  patroni  gloriosissimo  del  apo- 
stólo sanct'ssimo  iacobo,  cui  proaui  et  antecessores  nostri  pro  li- 
beratione  terre  et  cum  consensu  omnium  populorum  uotum 
fecerunt,  ut  per  slngula  capita  certum  censum  soluerent  eius  ec- 
clcsle,  qui  d'c'tur  uota  sancti  iacobi  (1). 

En  el  primer  año  de  su  reinado  donó  D.  Alfonso  IX 
á  la  Iglesia  de  Santiago  su  villa  de  Melgar,  y  en  la  Es- 
critura de  donación  añade  esta  cláusula:  Adjicío  etiam 
et  confirmo  vebis  per  universum  regnum  meum  redditus  illos, 
qui  Vota  Bti.  Iacobi  dicuntur.  Et  si  Bominus  regnum  nostrum 
per  fines  Maurorum  nóbis  dilatare  concesserit,  eumdem  censum 
ibi  constltuo  vesíruz  Ecclesiae  persolvendum,  quem  de  singulis 
loum  paribus  untecee sores  nostri  ab  antiquo  statuerunt. 

En  el  año  1150,  ya  había  extendido  D.  Alfonso  VII 
á  la  comarca  de  Toledo  el  pago  de  los  Votos  de  Santia- 
go, como  se  ve  por  el  Privilegio  otorgado  en  dicho  año, 
en  el  cual  con  su  hijo  D.  Sancho,  el  Arzobispo  D.  Raimun- 
do y  el  Clero  y  pueblo  de  Toledo,  hizo  voto  de  dar  per- 
petuamente todos  los  años,  en  remisión  de  sus  pecados  y 
por  las  almas  de  sus  ascendientes,  qui  ab  antiquiius  hoc  vo- 
verunt...  Deo  et  Bto.  Jacobo  de  Ccmpostella  de  uno  quoque  jugo 
bcum  sin  gulas  faneigas  de  tr't'co  per  totum  terminum  toleta- 
num  ab  integro.  Hcc  autem  inspirante  Deo,  grato  animo  et  spon- 
tanea  voluniute...  erectis  maníbus  ad  Deum  ununimiter  promit- 
timus,  d  pruedicto  Apostólo  Patrono  nos  tro,   cujus  meritis  et 


(1)     Tambo  B,  fol.  109  vuelto. 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  99 

auxilio  et  praedecessores  nostri  de  paganis  firmiter  credimus  sae- 
pe  hdbuisse  trium^hum,  indiíbitanter  dcibimus. 

Actas  episcopales. — En  el  año  1204  hicieron  las  iglesias 
de  Santiago  y  Tuy  una  concordia  sobre  cobranza  de 
Votos,  que  Flórez  (1)  extracta  así:  «Por  Noviembre  del 
mismo  año  de  1204  el  Cabildo  y  el  Arzobispo  de  Santia- 
go D.  Pedro  III  hizo  una  escritura  de  concordia  con  el 
Cabildo  y  Obispo  de  Tuy  D.  Pedro,  concediendo  aquél  á 
éste  la  tercera  parte  de  los  Votos  de  Santiago  en  el  Obis- 
pado de  Tuy,  por  atención  al  cuidado  que  el  Obispo  y 
Cabildo  ponían  en  su  cobranza,  y  á  fin  que  en  adelante 
se  recogiesen  fielmente  por  los  ministros  de  las  dos  Igle- 
sias, ayudándose  unos  á  otros.» 

Diez  años  antes  el  Arzobispo  D.  Pedro  y  el  Cabildo 
compostelano,  habían  celebrado  sobre  lo  mismo  otra 
concordia  con  el  Obispo  y  Cabildo  de  Lugo.  El  autor  de 
la  Representación  del  Duque  de  Arcos,  aprovechándose,  por 
uno  de  esos  recursos  tan  frecuentes  en  los  pleiteantes, 
de  un  párrafo  de  Pallares  en  su  Historia  de  Nuestra  Señora 
de  los  Ojos  grandes,  supuso  que  habían  dado  margen  á  esta 
concordia  las  cuestiones  que  había  entre  las  dos  Iglesias 
compostelana  y  lucense,  reclamando  la  una  los  Votos  de 
Santiago  y  la  otra  los  de  Santa  María.  El  P.  Risco  (2) 
ya  contestó  en  la  forma,  que  era  debida,  al  autor  de  la 
Representación  en  los  siguientes  términos:  «Teniendo  yo 
presente  el  documento  de  la  concordia  que  se  celebró 
entre  las  Iglesias  de  Santiago  y  Lugo,  debo  decir  que  la 
controversia  se  movió  sólo  acerca  de  los  Votos  y  cera 
que  se  pagaban  en  la  Diócesis  de  Lugo  á  nombre  del 


(1)  Esp.  Sag.,  t.  XXII,  pág.  102. 

(2)  Esp.  Sag.,  t.  XLI,  pág.  48. 


100  LIBRO  SEGUNDO 


Apóstol  Santiago  (1),  sin  que  en  el  instrumento  haya  la 
más  leve  memoria  de  los  Votos  de  Nuestra  Señora  de 
Lugo.» 

Cuando  estos  Obispados  trataban  de  eximirse  del  pa- 
go de  los  Votos,  no  impugnaban,  no,  el  título,  ó  su  tras- 
lado, ó  la  relación  verídica  de  los  sucesos  en  que  la  Igle- 
sia compostelana  fundaba  su  derecho,  pues  estos  sucesos 
estaban  en  la  conciencia  de  todos,  sino  que,  por  lo  gene- 
ral, alegaban  el  gran  número  de  años  que  habían  pasa- 
do desde  que  ellos  percibían  tal  renta,  ó  sin  que  ellos 
hiciesen  tal  pago;  y  que,  por  consiguiente,  de  su  parte 
estaba  la  prescripción.  De  aquí  resulta  la  consecuencia, 
que  muy  oportunamente  sacó  el  Sr.  Sánchez  Vaamon- 
de  (2),  á  saber:  «Para  que  estas  Iglesias  se  defendiesen 
con  la  posesión,  era  preciso  que  ésta  hubiese  sido  muy 
larga.  Añádase  á  esto  lo  que  debieron  durar  los  pleitos, 
y  se  conocerá,  que  cuando  se  celebraron  las  concordias, 
debía  haber  siglos  que  se  cobraban  los  Votos  en  aquella 
Diócesis. » 

En  el  año  1171  el  Arzobispo  D.  Pedro  II  con  el  Ca- 
bildo hizo  una  copiosa  donación  á  la  naciente  Orden  de 
Santiago.  Donóle,  entre  otras  cosas,  la  mitad  de  los  Vo- 
tos de  las  ciudades  de  Zamora,  Salamanca  y  Ciudad 
Rodrigo,  los  del  Obispado  de  Avila  y  los  de   Trasierra. 

En  el  año  1145  el  Obispo  de  Tuy  D.  Pelayo  con  su 
Cabildo  hizo  donación  al  monasterio  de  Oya  de  la  igle- 
sia de  San  Mamed  de  Lourezo  con  todos  cuantos  dere- 


(1)  Super  votis  et  cera  quae  nomine  Bti.  Jacobi  per  episcopatum  Lucen- 
sem  persolvuntur,  se  lee  en  la  Escritura.  Véase  en  el  tomo  citado  de  la  Espa- 
ña Sagrada,  Apénd.  XXIII. 

(2)  Apol.  del  Voto  de  Santiago,  pág.  158. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  101 

chos  y  acciones  en  esta  iglesia  le  pertenecían,  á  excep- 
ción del  Voto  de  Santiago,  excepto  voto  Sancti  Jacobi.  En  la 
donación  qne  en  1143  hizo  el  Arzobispo  compostelano  á 
San  Juan  da  Coba  le  confirmó  medietatem  voti  omnium  eccle- 
siarum  dioecesis  Montis  Sacri. 

Hacia  el  año  1131  el  Arzobispo  de  Braga,  D.  Pedro, 
dando  cumplimiento  al  mandato,  que  hemos  citado  más 
arriba,  del  Papa  Inocencio  II,  escribió  al  Arzobispo  de 
Santiago  manifestándole  que  le  había  parecido  muy  bien 
el  que  hubiese  comisionado  al  Canónigo  compostelano 
Pedro  Fernández  para  que  recogiese  los  Votos  del  Arzo- 
bispado de  Braga  (1). 

Posteriormente,  en  el  año  1122,  D.  Diego  Gelmírez 
cedió  á  D.  Munio,  Obispo  de  Mondoñedo,  todos  los  Votos 
que  se  pagaban  en  esta  Diócesis  á  excepción  del  cirio  de 
cien  libras,  que  todos  los  años  se  mandaba  á  la  Iglesia 
de  Santiago  (2).  Seis  años  antes  había  dado  poder  á 
Juan  Cidiz  para  tener  enmombre  de  la  Iglesia  compos- 
telana  ciertas  heredades  en  el  Obispado  de  Astorga,  de 
cuyos  productos  había  de  dar  la  tercera  parte,  á  excep- 
ción de  los  Votos  de  Santiago,  de  los  cuales  tenía  que 
dar  las  dos  terceras  partes  (3). 

En  los  Estatutos  que  el  año  1113  D.  Diego  Gelmírez 
dio  á  la  Tierra  de  Santiago,  en  el  capítulo  XXIV,  se 
prohibe  ejecutar  embargos  en  los  Abades  y  Clérigos,  que 
concurren  á  Sínodo,  ó  traen  el  Voto  ó  las  Tercias.  Alba* 


«—■-.—  -..  ¡T~ 


(1)  Quoníam  Ve^o  Bi'acai'enáiá  At'chiepiacop&tus  Vota  veátro  clerieo  do- 
mino Petfo  Fei*dinandi,  vestroque  canónico  coüimíssistis,  nos  satis  ducimua 
esse  jucundum,  et  summopere  laudamtis.  (Esp.  Sag.,  t»  XX.,  pág.  528). 

(2)  Esp>  Sag.,  t.  XX,  pág.  376. 

(3)  fop,  Sag.t  t,  XX,  pág.  479, 


102  LIBRO  SEGUNDO 


tes  et  Clericos  venientes  ad  Synodum,  vel   Votum  aul  tertias  af- 
ferentes,  plgnerari  vetamtis  (1). 

SIGLO    XI 

En  el  año  1093,  á  17  de  Junio,  el  Obispo  de  Orense 
D.  Pedro,  á  instancia  del  venerable  Pedro,  abad  de  Ce- 
lanova,  consagró  la  iglesia  parroquial  de  S.  Adrián.  En 
el  acta  de  consagración  se  determina  el  censo  que  la 
iglesia  debía  pagar  cada  año  al  Apóstol  Santiago;  á  sa- 
ber: un  ciento  de  peces  cogidos  á  la  red  y  un  quartario 
de  trigo  (2). 

A  fines  de  este  siglo  XI  el  Conde  de  Galicia  con  su 
esposa  D.a  Urraca,  de  orden  del  Rey  D.  Alfonso  VI,  po- 
bló á  Salamanca  y  la  dio  fueros,  entre  los  cuales  se  ha- 
llaba el  siguiente  capítulo,  que  romanceado  decía  así: 
«Del  Voto  de  Santiago. — El  Vodo  de  Santiago  coyanlo  de 
Sant  Martin  de  Agosto  fasta  Nadal,  e  después  no  res- 
pondan» (3). 

De  este  siglo  (si  no  del  anterior),  es  el  testimonio 
del  Cronicón  de  Cárdena  que  dice  así:  «En  pos  Alfonso  regnó 
Don  Ramiro  seis  años  e  nueve  meses  e  diez  e  ocho  días.  Este 
venció  e  mató  Normandos  que  ellos  entraron  por  mar  en  Galicia 
e  quemó  los  LXX  navios,  e  venció  los  moros  en  Clavío  por  mi- 
rado de  Santiago.  Este  Bey  dio  las  Adras  a  Santiago.*  Acerca 
de  este  texto,  bueno  es  tener  presentes  las  advertencias 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  181. 

(2)  Ex  qua  censum  damus  per  omne  annum  apostólo  Seo.  Iacobo  C.  pi- 
sces  de  rete  et  quartario  tritici.  (Cartulario  de  Celanova,lib.  III, núm.  LIV). 

(3)  Apología  del  Voto  de  Santiago,  pág.  1G5. 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA  103 

que  hace  el  P.  Berganza  en  el  tomo  II  de  las  Antigüeda- 
des de  Es-paña,  pág.  578,  á  saber:  «Que  en  nna  biblia  gótica 
del  monasterio  de  Cárdena  copiada  á  los  principios  del 
siglo  de  nuevecientos,  al  fin  de  los  libros  de  los  Macabeos 
fué  trasladado  un  Cronicón  latino,  el  cual  tuvo  la  des- 
gracia que  otros  muchos  manuscritos  antiguos  de  haber 
sido  arrancado  por  manos  menos  discretas  y  poco  ad- 
vertidas; pero  con  la  circunstancia  de  haber  quedado 
parte  de  algunas  hojas;  que  de  este  Cronicón  existe  en 
aquel  monasterio  una  copia  en  estilo  vulgar,  que  con- 
frontada con  lo  que  ha  quedado  en  las  hojas  del  latino 
se  halla  haber  sido  fielmente  traducido. »  En  confirma- 
ción de  esto  pone  en  dos  columnas  los  dos  textos,  el  la- 
tino que  ha  quedado  en  parte  de  las  hojas  arrancadas, 
y  el  castellano;  de  esta  confrontación  resulta  que  ape- 
nas hay  discrepancia  entre  los  dos  textos,  y  que  el  caste- 
llano suple  cumplidamente  lo  que  se  había  perdido  en 
el  latino.  El  P.  Flórez,  por  una  inadvertencia,  rara,  en 
tan  ilustre  crítico,  se  presuadió,  á  pesar  de  la  terminante 
afirmación  del  P.  Berganza,  á  que  éste  no  había  hecho 
más  que  recoger  en  un  cuerpo  « especies  apuntadas  en 
diversos  parajes.»  Fundábase  el  autor  de  la  España  Sa- 
grada «en  la  inconexión  de  las  páginas  citadas  al  margen 
para  demostrar  el  sitio  de  cada  cláusula»  (1).  Mas  como 
demostró  el  Sr.  Sánchez  Vaamonde  (2),  estas  citas  no  se 
referían  al  sitio  en  que  se  hallaba  cada  cláusula,  sino  á 
los  lugares  de  la  obra  del  P.  Berganza  en  que  se  trataba 
del  mismo  asunto  que  traía  el  Cronicón. 

Relieve  de  la  batalla  de  Clavijo. —  «Muéstrele  un  Santia- 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XXIII,  pág.  358. 

(2)  Apología  del  Voto  de  Santiago,  pág.  5G. 


104  LIBfiO  SEGUNDÓ 


go  á  caballo  que  se  califique  de  aquel  tiempo.»  De  esta 
manera  provocaba  el  autor  de  la  Representación,  núm.  100, 
á  los  defensores  del  Voto  de  Santiago.  Y  en  el  num.  101, 
dando  por  supuesto,  que  su  provocación  no  sería  contes- 
tada, exclamaba  en  son  de  triunfo:  «I  en  la  inteligencia 
de  no  reconocerse  imagen  de  Santiago  á  caballo  á  lo 
menos  en  cuatro  siglos,  séanos  lícito  ya  preguntar  ¿cómo 
se  borró  al  instante  de  la  memoria  de  los'  españoles  un 
suceso  indeleble?»  Con  sobrada  ligereza, por  no  deoir  otra 
cosa,  se  condujo  aquí  el  autor  de  la  Representación.  Pedía 
un  Santiago  á  caballo,  que  perteneciese  á  cualquiera  de 
los  cuatro  siglos  del  silencio;  y  el  Santiago  á  caballo  apa- 
reció, y  con  tales  señales  y  caracteres,  que  sólo  tenien- 
do á  la  vista  el  Diploma  de  D.  Ramiro,  pudo  el  escultor 
arreglar  aquella  composición  (1). 

Por  de  pronto  hay  una  observación  que  debe  tener- 
se muy  presente  para  poder  apreciar  la  fecha  de  esta 
escultura;  y  es,  que  desde  el  último  tercio  del  siglo  XI, 
floreció  en  Santiago  una  escuela  escultórica,  que  llegó 


(1)  Véase  el  fotograbado  de  la  página  107.— Donosa  es  la  ocurrencia 
que  tuvo  Masdeu,  (Historia  crítica  de  España,  tomo  XVI,  pág.  61),  para 
salir  del  aprieto  en  que  le  puso  esta  escultura.  La  interpretó  en  sentido 
alegórico,  y  dijo,  que  Santiago  á  caballo  en  forma  de  guerrero  denota  el 
valor  sobrenatural  y  divino  con  que  ha  dado  impulso  muchas  veces  á  nues- 
tros ejércitos  (menos  al  de  D.  Ramiro  I,  se  entiende),  y  que  las  doncellas 
al  rededor  del  Santo,  nos  renuevan  la  memoria  de  su  poderosa  intercesión 
(menos  en  Clavijo). 

De  esta  manera  pudo  Masdeu  evitarse  la  molestia  de  batallar  tanto  con- 
tra el  Diploma  de  Ramiro  I;  porque  tomándolo,  no  como  un  documento  his- 
tórico, sino  como  un  escrito  alegórico  de  lo  que  los  españoles  debían  pro- 
meterse de  la  poderosa  intercesión  de  Santiago  y  del  impulso  que  muchas  veces 
había  de  dar  á  nuestros  ejércitos,  ya  tenía  el  asunto  concluido.  Tales  extra- 
Vagancias  no  son  de  extrañar  en  el  crítico,  que  también  tuvo  al  Cid  por 
personaje  alegórico. 


tOS  TBES  PBÍMEBOS  Sl&LOá  Dfi  LA  I.  COMPOSffiLAlÍA  IOS 

á  su  apogeo  á  fines  del  siglo  XII,  en  tiempo  del  insigne 
Mateo,  y  que,  aunque  después  decayó  visiblemente  en 
la  ejecución,  en  la  corrección  del  dibujo,  en  el  modelado 
y  en  la  composición,  conservó,  no  obstante,  por  mucho 
tiempo,  tales  rasgos,  máxime  en  lo  que  toca  á  lo  levan- 
tado ó  saliente  de  los  relieves,  que  es  imposible  confun- 
dir cualquier  obra  de  este  período,  con  cualquiera  otra 
que  pertenezca  á  época  anterior  (1).  Esta  sola  conside- 
ración nos  demuestra  que  la  escultura  ó  relieve  de  que 
se  trata,  tiene  que  ser  anterior  al  último  tercio  del 
siglo  XI. 

A  la  misma  conclusión  habían  llegado,  después  de 
un  minucioso  examen  y  de  varias  calicatas  practica- 
das al  rededor  del  relieve  para  reconocer  la  época 
de  su  adaptación  al  muro  en  que  se  halla  incrustado,  los 
dos  peritos  D.  Lorenzo  Lupi  y  D.  Juan  López,  nom- 
brados el  primero  por  el  Duque  de  Arcos,  y  el  segundo 
por  el  Cabildo  compostelano;  los  cuales  peritos  declara- 
ron que  el  relieve  era,  á  su  parecer,  más  antiguo  que  el  to- 
tal de  la  Iglesia  (2);  que  como  es  sabido  se  comenzó  hacia 
el  año  1077  y  se  terminó  en  el  1118. 

Hay  otro  medio  que  nos  lleva  casi  necesariamente  al 
mismo  resultado,  y  es  la  observación  de  la  forma  y  des- 
tino que  debió  de  haber  tenido  la  piedra  ó  relieve.  Este 
fué,  con  toda  evidencia,  el  dintel  ó  tímpano  de  una  puer- 
ta; y  aún  hoy  en  los  extremos  de  la  parte  horizontal 
pueden  notarse  tan  sólo  desbastado  el  lecho  con  que, 
de  uno   y  otro   lado,    descansaba   sobre   las   mochetas. 


(1)  Compárase,  por  ejemplo,  con  el  tímpano  de  la  puerta  de  la  Corticela, 
ó  con  el  que  perteneció  á  una  de  las  puertas  de  la  antigua  iglesia  de  San 
Pedro  (V  Afora. 

(2)  Véase  El  Pensamiento  Galaico  de  Santiago  de  23  de  Mayo  de  1890i 


106  LIBBO  SEGUNDO 


Puerta  de  tales  dimensiones  no  podía  admitirla  la  gran 
Basílica  de  fines  del  siglo  XI,  como  puede  verse  por  el 
marco  de  las  puertas  pequeñas  abiertas  en  los  entre- 
paños de  los  muros;  por  consiguiente,  ese  tímpano  ó  din- 
tel debió  pertenecer  á  otro  edificio  anterior,  y  de  dimen- 
siones mucho  más  reducidas. 

Consultemos  ahora  la  indumentaria,  por  ver  si  nos 
dice  algo  acerca  de  la  antigüela!  del  relieve,  ó  nos 
ofrece  algún  dato  que  esté  en  oposición  con  la  fecha  que 
le  atribuimos. 

El  Apóstol  aparece  con  la  cabeza  desnuda,  pero  ro- 
deada de  nimbo;  partido  el  cabello  y  cayendo  hasta  to- 
car casi  los  hombros;  luenga  la  barba.  Redúcese  su  ves- 
tido á  una  amplia  túnica,  abierta  por  delante  y  por 
detrás,  cual  convenía  á  un  jinete,  de  mangas  largas  y 
estrechas  y  ceñida  de  un  lujoso  cinturón  fbalteum)  esmal- 
tado de  conchas  de  relieve,  como  usaban  los  grandes  ca- 
balleros (1).  Los  cabos  del  cinturón  llegaban  casi  hasta 
el  tobillo;  rodea  el  cuello  de  la  túnica  una  cenefa 
lisa;  cruza  el  hombro  derecho  un  ancho  tahalí,  del  cual 
pendía  la  espada.  Su  adorno  consiste  en  grueso  zigzag 
de  realce.  Todo  esto  demuestra  cuan  preponderante  se 
hallaba  aún  la  influencia  bizantina  al  tiempo  en  que 
se  labró  el  relieve. 

Además  de  la  túnica,  viste  calzas  largas  y  estrechas, 
que  se  prolongan  hasta  envolver  el  pie,  como  las  que  se 
ven  en  la  tapicería  de  Bayeux  (sig.  XI). 

La  postura  del  Apóstol  es  del  todo  inverosímil,  y 


(1)  En  el  año  922,  el  Obispo  compostelano  Gundesindo,  regaló  á  don 
Ordoño  II  un  balteum  aureum  cum  lapidibus  miro  opere  compositum.  (Véa- 
se Apéndices,  núm.  XLIV). 


LOS  TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  107 


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acusa  la  poca  experiencia  del  artista  en  esto  de  modelar 
y  representar  imágenes.  El  rostro  y  el  pecho,  en  vez  de 
estar  de  perfil,  preséntanse  de  frente.  En  la  portada  in- 
mediata de  la  Platería,  levantada  á  fines  del  siglo  XI, 
no  se  notan  tales  artísticas  incorrecciones. 

Santiago  empuña  en  la  diestra  una  espada,  y  en  la 
izquierda,  juntamente  con  las  riendas  del  caballo,  una 
asta  que  termina  en  una  cruz  potenzada,  y  que  tiene 
enarbolada  una  bandera  de  tres  cabos  parecida  á  algu- 
na de  las  que  se  ven  bordadas  en  la  famosa  tapicería  de 
Bayeux.  La  espada  es  ancha  y  no  muy  larga,  y  termina 
en  punta  roma,  como  las  que  se  usaron  desde  el  tiempo 
de  Cario  Magno  hasta  el  siglo  XII  (1).  En  la  bandera 
se  ve  grabada  en  dos  renglones  la  siguiente  inscripción, 
cuyos  caracteres  no  desdicen  del  período  que  medió  en- 
tre fines  del  siglo  X  y  principios  del  XI  (2): 

SCS  !  IACOBVS 
APOSTOLVS  i  XPISTI. 

La  silla  del  caballo  está  provista  de  fuste  delante- 
ro y  trasero,  curvos  ambos  algún  tanto  para  mejor 
acomodarse  á  la  configuración  del  cuerpo  del  jinete. 
Las  caídas  que  cuelgan  debajo  de  la  silla,  son  de  corte 
rectangular,  y  están  adornadas  de  una  doble  cenefa  de 
zigzages. 


(1)  Véase  Viollet-le^Duc,  Dictionnáife  Qaissonné  du  mohilier  franjáis > 
tomo  V,  pág.  3G6. — Las  que  manejan  dos  guerreros  esculpidos  en  una  de 
las  columnas  del  Pórtico  de  la  Gloria,  son  bastante  más  largas  y  estrechas, 

(2)  Son  por  el  estilo  de  los  grabados  al  pie  de  algunas  figuras  de  la 
portada  de  la  Platería. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtf  A         109 

La  brida  es  muy  parecida  á  la  de  un  caballo  repre- 
sentado en  un  capitel  del  siglo  XII,  cuyo  dibujo  nos  da 
Viollet-le-Duc  en  el  tomo  VI  de  su  Diction.  du  Mobilier 
Frangais  (1).  Hállase  adornada,  lo  mismo  que  el  pretal, 
de  pinjantes  que  figuran  conchas  (2).  Nótese  que  el  ca- 
ballo carece  de  retranca  ó  ataharre. 

Las  espuelas  son  de  una  sola  punta  cónica,  como  se 
usaron  desde  la  más  remota  antigüedad  hasta  el  si- 
glo XIII. 

Los  estribos  afectan  la  forma  triangular,  como  casi 
todos  los  que  se  usaron  antes  del  siglo  XIV  (3).  Las 
aciones  están  ornamentadas  como  el  cinturón. 

A  los  extremos  del  tímpano  hay  seis  figuras  femeni- 
les, tres  de  cada  lado.  Todas  están  en  cabellos,  cual  co- 
rrespondía á  doncellas,  y  en  actitud  suplicante.  Las  que 
se  ven  á  la  izquierda  del  espectador  visten  sólo  una  sen- 
cilla túnica.  Las  del  lado  opuesto  traen  sobre  la  túnica 
una  vestidura,  que  raramente  se  halla  representada  en 
los  dibujos  y  esculturas  de  aquellos  siglos.  Consiste  en 
un  ropaje  parecido  al  de  la  paenula  de  los  Romanos,  de 
corte  circular  completamente  cerrado,  y  con  un  agujero 
en  el  centro  para  meter  la  cabeza.  La  abertura  del 


(1)  Página  34. 

(2)  En  el  año  887,  Sisnando  donó  á  su  esposa  Aldonza  una  muía  cum 
sella  et  freno  ornato.  (Véase  Apénd.  núm.  XX). 

(3)  Esto,  según  Viollet-le-Duc  (véase  voz  Étrier).  Víctor  Gay  en  su 
Glossaire  Archeologique  en  la  misma  voz  Etrier,  presenta  algún  estribo  del 
siglo  XIII  de  forma  redondeada.  De  forma  arqueada  son  también  los  estri- 
bos que  lleva  D.  Fernando  II  en  una  miniatura  del  Tumbo  A  de  Santiago, 
fol.  44  vuelto.  El  mismo  Viollet-le-Duc,  en  el  tomo  III,  pág.  433,  presenta  el 
dibujo  de  un  caballo  de  principios  del  siglo  XIII,  cuyos  estribos  son  de 
forma  redondeada. 


110  LIBBO   SEGUNDO 


cuello  y  todo  el  borde  inferior  están  adornados  con  una 
franja  de  zigzages.  Con  este  mismo  ropaje  aparece  la 
Keina  D.a  Sancia  en  el  Salterio  de  D.  Fernando  I  (1055) 
y  la  Infanta  D.a  Urraca,  hija  de  D.  Fernando  I,  en  el 
Tumbo  A  de  Santiago,  fol.  33  (1).  Vese,  pues,  que  esta 
clase  de  ropaje  era  propio  de  personas  de  alta  alcurnia, 
y  que  aquí  en  el  relieve  sirve  para  distinguir  á  las  donce- 
llas nobles  de  las  plebeyas. 

La  época  en  que  debió  ponerse  en  el  sitio  que  hoy 
ocupa  el  tímpano  ó  relieve  en  cuestión,  fué  á  fines  del  si- 
glo XII,  como  lo  hace  ver  claramente  el  estilo  del  mar- 
co de  ángeles  que  lo  rodea  (2).  El  follaje,  las  rosas  de  las 
enjutas,  la  franja  perlada  que  rodea  las  arcaturas  de  los 
ángeles,  y  se  cruza  y  extiende  para  formar  una  línea  pa- 
ralela al  arco  que  cierra  el  bellísimo  marco,  no  dejan  á 
ello  el  menor  lugar  á  duda. 

Resulta,  pues,  que  todos  los  caracteres  arqueológicos, 


(1)  La  misma  ropa  usan  otras  infantas  representadas  en  las  miniaturas 
de  dicho  Tumbo.  Pero  ya  no  está  completamente  cerrada  como  la  de  las  don- 
cellas del  relieve,  ó  la  que  lleva  la  Reina  D.a  Sancha,  sino  abierta  al  menos 
hasta  cierta  altura.  Tal  ropa  se  fué  con  el  tiempo  acortando;  y  quedó  com- 
pletamente abierta  por  delante,  y  de  ella  provino  acaso  el  dengue  que  gasta- 
ban nuestras  aldeanas. 

(2)  Cuando  en  el  año  1771,  los  dos  peritos  nombrados  por  el  Cabildo  y 
el  Duque  de  Arcos  examinaron  el  relieve,  supusieron  que  había  sido  allí 
colocado  al  tiempo  de  la  construcción  de  la  iglesia,  ó  sea,  á  fines  del  siglo  XI. 
Esto  no  puede  admitirse,  por  lo  menos  respecto  de  la  archivolta  que  lo  ro- 
dea, que  como  acabamos  de  decir,  es  del  siglo  XII.  La  ventana,  hoy  tapiada, 
parte  de  cuyo  vano  ocupa  el  relieve,  estuvo  primitivamente  utilizable,  como 
lo  demuestran  los  quicios  emplomados  en  las  jambas,  descubiertos  reciente- 
mente al  practicar  un  reconocimiento  en  el  macizo  del  muro.  Esto  no  obsta 
para  que  el  relieve  ocupase  quizá  aquel  mismo  sitio,  mucho  antes  que  se  hi- 
ciese la  archivolta  que  lo  rodea. 


LOS  TEES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  111 

lejos  de  implicar  inconveniente  alguno  para  que  al  re- 
lieve pueda  darse  fecha  anterior  al  siglo  XIII,  ofrecen 
claros  indicios  de  que  es  muy  anterior  4  este  mojón  cro- 
nológico (1). 

siglo  x 

Hasta  este  siglo  llegan  los  testimonios  del  pago  de 
los  Votos  de  Santiago.  En  tiempo  del  Abad  Mandino, 
que,  como  demostró  el  P.  Rodríguez  (2),  ocupó  la  Aba- 
día de  Samos  desde  el  año  972  hasta  el  de  991,  en  todas 
las  parroquias  del  coto  de  dicho  monasterio  (pues  tam- 
poco las  haciendas  de  los  monasterios  estaban  exceptua- 
das), se  pagaba  el  Voto  de  Santiago.  En  un  documento 
del  antiguo  é  inapreciable  Tumbo  ó  Cartulario  del  men- 
cionado monasterio,  folio  87,  después  de  referir  lo  que  por 
razón  del  Voto  de  Santiago  pagaba  cada  parroquia 
(Sacarunt  ipso  Voto  de  Sancti  Jacobi  Apostoli  de  circiiitu  Sa- 
manensi),  se  termina  diciendo:  In  tempore  domini  Rex  Ade- 
fonsus  (es  D.  Alfonso  V),  et  in  tempore  Mandini  Ábba,  et 
tempore  Didaci  Abba,  et  tempore  Brandilani  Abba,  et  Auderici 
Abba  alia  Vota  non  dábant,  nisi  tantum  istcs  lenzos,  et  istos 
bracales...  (3).  De  este  mismo  documento  se  infiere  que  el 


(1)  Después  de  este  famoso  relieve,  que  antiguamente  estuvo  dorado  y 
pintado,  pudiéramos  citar  los  ya  mencionados  de  la  iglesia  de  Santiago  de 
la  Coruña,  de  la  de  Santiago  de  Betanzos,  de  la  de  Santiago  de  Taboada, 
cerca  de  Lalín,  de  la  de  Santiago  de  Bardauri,  cerca  de  Miranda  del  Ebro, 
del  cual  debemos  un  exacto  dibujo  á  nuestro  ilustrado  amigo  el  Sr.  D.  Ig- 
nacio Alonso,  de  Santo  Domingo  de  la  Calzada,  etc.;  pero  para  el  objeto 
basta  uno. 

(2)  Diploma  de  Ramiro  I;  Madrid,  1804;  pág.  351. 

(3)  Eran  piezas  tejidas.  Los  lenzos,  según  el  mismo  documento,  tenían 
catorce  codos  de  largo  cada  uno;  los  bracales  nueve  codos;  los  primeros,  se- 
gún algunos,  eran  tejidos  de  lino,  y  los  segundos  de  lana. 


112  LIBBO  SEGUNDO 


pago  de  los  Votos  debía  de  ser  mucho  más  antiguo;  pues 
lo  que  antes  se  pagaba  en  granos,  según  el  tenor  del 
Diploma  de  los  Votos,  en  tiempo  del  Abad  Mandino,  sin 
duda  por  avenencia  con  los  Obispos  de  Santiago,  se  con- 
mutó en  otra  especie  de  más  fácil  pago  en  aquella 
comarca. 

A  fines  del  siglo  IX  fundó  el  Obispo  compostelano, 
Sisnando  I,  el  monasterio  de  San  Sebastián  de  Montesa- 
cro  ó  Picosagro.  Algunos  años  después,  en  el  914,  dotóle 
convenientemente  para  que  los  Monjes  tuviesen  con  qué 
atender  á  su  subsistencia.  Entre  otras  cosas,  donóle  los 
Votos  de  todas  las  parroquias  que  se  hallaban  en  el  cir- 
cuito del  monasterio,  como  San  Mamed  de  Bivadulla, 
Santa  Cruz  de  Eivadulla,  San  Pedro  de  Vilanova,  San 
Cristóbal  de  Merín,  etc.;  de  los  cuales  Votos  había  de 
retener  las  dos  terceras  partes  el  monasterio  de  San  Se- 
bastián, y  ceder  la  otra  tercera  al  próximo  monasterio 
de  San  Juan  da  Coba  (1). 

En  el  año  934  vino  D.  Ramiro  II  en  peregrinación  á 
Santiago,  y  como  él  mismo  nos  refiere  en  el  Diploma 
que  con  esta  ocasión  expidió  (2),  trató  de  averiguar  qué 
privilegios  y  donaciones  habían  hecho  sus  ascendientes 
á  la  Iglesia  del  Apóstol;  y  halló  que  D.  Alfonso  el  Casto 
concedió  el  privilegio  de  las  tres  villas  y  que  D.  Rami- 
ro I  confirmó  este  privilegio,  y  él  por  sí  otorgó  otro. 
(Post  eum  quoque  Ranivnirus  Rex,  et  ipsum  confirmavit,  et 


(1)  De  istis  votis  habeat  Sanctus  Sebastianus  partes  duas,  et  Sanctus 
Joannes  de  Fovea  tertiam  partera  per  manus  fratrum  qui  fuerint  in  Sancto 
Sebastiano.  Et  de  predictis  ecclesiis  veniant  clerici  et  presbyteri  cum  votis 
ad  Sanctum  Sebastianum.  (Véase  el  Apénd.  núm.  XXXV). 

(2^     Esp.  Sagn  t.  XIX,  p.  362.  (Véanse  nuestros  Apéndices  núm.  LV). 


LOS  TBES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  113 

áliud  addidit).  Dígasenos  cuál  fué  este  otro  Privilegio  que 
otorgó  I).  Eamiro  I,  para  que  podamos  persuadirnos  de 
que  no  pudo  ser  el  de  los  Votos.  Dígasenos  también  cuá- 
les fueron  los  muchos  beneficios  y  dones,  que,  según 
D.  Alfonso  III  en  su  Diploma  del  año  899,  hizo  D.  Ra- 
miro I  á  la  Iglesia  de  Santiago,  para  que  nosotros  no 
podamos  confundirlos  con  los  Votos  del  Apóstol.  Y  díga- 
senos, por  último,  en  qué  sitios  se  dieron  las  dos  bata- 
llas, de  las  cuales,  según  su  nieto  D.  Alfonso  III,  salió 
victorioso  D.  Ramiro  I,  para  que  nosotros  tengamos  que 
confesar  que  ninguna  de  ellas  fué  la  de  Clavijo. 

De  lo  que  hasta  aquí  llevamos  expuesto,  resulta  ple- 
namente demostrado,  que  desde  los  primeros,  años  del 
siglo  X,  al  menos  en  algunas  comarcas,  venía  ya  pagán- 
dose anualmente  el  Voto  de  un  modo  regular  y  constan- 
te. Pagábase  por  parroquias:  y  á  cada  parroquia  estaba 
ya  señalada  de  antemano  la  cantidad  fija  con  que  había 
de  contribuir  (1).  Todo  esto  supone  bastante  tiempo 
transcurrido,  para  que  durante  él  pudiera  organizarse  y 
regularizarse  la  cobranza,  y  celebrar  para  el  pago,  con 
cada  parroquia,  ó  cada  comarca,  los  acuerdos  ó  avenen- 
cias convenientes  y  equitativas  (2). 

Vemos,  pues,  que  en  favor  de  la  batalla  de  Clavijo, 
depone  un  pueblo  entero  desde  la  época  más  remota;  y 


(1)  Esta  forma  de  cobranza  duró  por  lo  menos  hasta  el  siglo  XII.  Des- 
pués se  arrendó  por  partidos  la  cobranza  de  los  Votos. 

(2)  Ya  hemos  visto  que  en  el  coto  de  Samos,  en  lugar  de  granos,  paga- 
ban lienzos.  En  otros  sitios  con  los  granos  pagaban  cera  ó  en  lugar  de  la 
medida  de  vino  ofrecida,  ó  porque  se  rebajase  en  los  granos  la  cantidad 
equivalente  á  la  cera.  En  las  costas  como  equivalente  se  pagaban  peces. 
Análogos  conciertos  se  hicieron  también  para  el  pago  de  las  tercias  que  las 
iglesias  de  la  diócesis  pagaban  á  la  Catedral. 

Tomo  II.— 8. 


114  LIBRO  SEGUNDO 


no  depone  de  cualquiera  manera;  depone  de  una  mane- 
ra contante  y  sonante,  que  es  la  más  enérgica  y  convin- 
cente de  las  deposiciones  (1).  Los  que  impugnaron  la 
batalla  de  Clavijo  y  el  Diploma  de  Ramiro  I  por  inju- 
riosos y  depresivos  del  honor  de  nuestra  nación,  infieren 


(1)  Bien  conoció  el  autor  de  la  Representación  del  Duque  de  Arcos  el 
peso  y  la  fuerza  de  este  testimonio;  así  es  que  juzgó  que  era  necesario  á  todo 
trance  desvirtuarlo,  aunque  hubiese  que  recurrir  al  medio  extremo  de  de- 
jar á  los  Reyes  leoneses  como  al  gallo  de  Morón.  En  efecto,  el  autor  de  la 
Representación  dice  que  estos  Votos  de  Santiago  que  se  pagaban,  no  eran  los 
Votos  de  D.  Ramiro  I,  sino  los  tributos  debidos  á  los  Reyes,  que  por  conce- 
sión Real  se  satisfacían,  primero  en  las  tres  millas  que  donó  D.  Alfonso  el 
Casto,  y  después  en  los  demás  territorios  que  á  éste  se  fueron  agregando; 
los  cuales  tributos,  como  tenían  el  carácter  de  ofrenda  religiosa,  pudieron 
también  tomar  el  nombre  antonomástico  de  Votos.  Pudieron  tomarlo,  pero 
no  pasaron  de  la  potencia  absoluta.  Ahora  bien;  como  el  autor  de  la  Repre- 
sentación confiesa  que  en  el  reino  de  León,  al  menos  hasta  el  Pisuerga,  todo 
el  censo  fiscal,  ó  sean  los  tributos  reales,  iban  á  parar  á  la  Iglesia  de  Santia- 
go, los  Monarcas  de  León  debieron  verse  precisados  á  aprender  algún  oficio. 
Y  aún  no  es  esto  lo  más  grave;  lo  más  grave  es  que  los  Reyes  de  León  ce- 
rraron la  puerta  á  toda  esperanza  de  mejorar  de  fortuna;  pues  D.  Alfonso  IX, 
según  hemos  visto  más  arriba,  no  sólo  confirmó  en  todo  su  reino  (per  uni- 
versum  regnum  meum)  las  rentas  llamadas  Votos  de  Santiago,  sino  que  pro- 
metió que  en  todos  los  territorios  que  en  adelante  conquistase  á  los  Moros 
había  de  establecer  el  pago  del  mismo  censo.  A  esto  condujo  al  abogado  del 
Duque  de  Arcos  su  ignorancia  y  su  ciego  empeño  en  combatir  la  batalla  de 
Clavijo. 

La  verdad  es,  que  los  Votos  de  Santiago  nada  tienen  que  ver  con  los 
tributos  regios  cedidos  á  los  Prelados  compostelanos  en  las  comarcas  en  que 
éstos  por  concesión  real  eran  señores.  Y  la  prueba  palmaria  es  que,  tanto 
los  Votos,  como  los  tributos  propios  del  señorío,  coexistieron  juntos,  pero 
como  cosas  completamente  distintas,  en  tiempo  del  autor  de  la  Representa- 
ción y  hasta  el  presente  siglo,  en  que  unos  y  otros  fueron  abolidos.  Esta 
confusión  de  Votos  y  derechos  señoriales  si  que  es  verdaderamente  quimérica 
y  milagrosa.  La  Iglesia  compostelana  cobró  siempre  los  Votos  como  Votos, 
y  los  tributos  como  tributos.  Los  Votos  los  percibían  á  partes  proporciona- 
les la  Mesa  Arzobispal  y  la  Mesa  Capitular;  el  censo  fiscal,  ó  sean  los  dere- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtf  A  115 

á  España  la  más  atroz  de  las  injurias,  la  de  suponer  tan 
rematadamente  imbécil  á  nuestro  pueblo,  que  una  mera 
novela,  fundada  en  la  relación  de  hechos  públicos  que  to- 
do el  mundo  podía  conocer  y  comprobar,  le  obligó  á  abrir 
todos  los  años  su  bolsillo,  y  á  transmitir  para  siempre  á 
sus  herederos  una  pensión,  que,  cuan  gravosa  sea,  lo  ha 
reconocido  y  demostrado  el  autor  de  la  Representación. 
Esta  imbecilidad  raya  en  los  límites  de  lo  inverosímil; 
porque  aun  los  mismos  imbéciles,  cuando  se  trata  de  lo 
que  inmediata  y  directamente  les  interesa,  no  suelen 
ser  tan  fáciles  de  sorprender  y  engañar.  ¡Imbéciles  tan- 
tos Reyes!  ¡imbéciles  tantos  Obispos  y  Abades!  ¡imbéciles 
tantos  Magnates!  Pero  no;  tal  enormidad  preferible  se- 
rá rechazarla  sobre  la  cabeza  de  quien  la  ha  provo- 
cado (1). 

Masdeu  adoptó,  cuando  le  vino  á  cuento,  el  recur- 
so del  censo  fiscal,  como  se  ve  por  lo  que  escribe  en  las 
páginas  400,  404  y  448  del  tomo  XVIII  de  la  H'storia 
critica;  pero  á  prevención  ideó  otro  no  menos  peregrino 


chos  propios  del  señorío  en  los  territorios  cedidos  por  los  Monarcas,  sólo  los 
cobró  la  Mitra  mientras  no  se  suprimieron  los  señoríos.  Esto  es  lo  que  reza 
la  verdadera  Historia. 

Y  aún  hay  más.  No  hay  Iglesia  catedral,  ni  monasterio  en  España  que 
no  haya  obtenido  de  los  Reyes  donaciones  del  censo  fiscal  en  comarcas  más 
ó  menos  extensas.  Ahora  ¿cómo  estas  donaciones  del  censo  fiscal  no  fueron 
también  elevadas,  como  las  hechas  á  Santiago,  á  la  categoría  de  Votos,  ó 
cómo  aquellas  eran  compatibles  con  éstas?  ¡Acaso  la  Iglesia  compostelana 
habría  obtenido  privilegio  de  invención! 

(1 )  La  misma  observación  había  hecho  ya  el  P.  Pérez  en  la  Disertación 
en  que  trató  de  impugnar  el  Diploma  de  Clavijo.  Non  veri  cst  simile,  dice, 
aut  religiosissimam  ecclesiam  rem  sihi  non  debitan  a  Christianis  populis 
per  fraudern  exigere  voluisse;  aut  plebcm  credalam  in  re,  quae  sua  tantopere 
intererat,  sihi  fucum  fisri  gratis  passam  esse. 


116  LIBRO  SEGUNDO 


y  prodigioso:  el  de  suponer  que  todos  los  españoles,  Reyes 
y  vasallos,  habían  tenido  aptitud  para  ofrecer  Votos  á 
Santiago,  menos  D.  Ramiro  I.  Partiendo  de  este  supues- 
to, ya  que  de  admitir  un  Voto  á  Santiago  no  podía 
prescindirse,  inventó  una  suma  de  Votos  particulares, 
como  el  que  hacia  el  año  912  tenían  hecho,  según  él,  los 
habitantes  de  la  Ulla  (1),  los  Iracarenses  (2),  etc.,  los 
cuales,  reunidos,  constituyeron  una  especie  de  Voto  na- 
cional. Masdeu  no  se  preocupa  de  averiguar  en  qué 
tiempo,  por  quién,  con  qué  ocasión  se  hicieron  estos  Vo- 
tos. Como  no  habían  podido  ser  hechos  por  D.  Ramiro  I, 
al  historiador  crítico  era  indiferente  el  saber  quién,  que 
no  fuese  D.  Ramiro,  los  hiciera  (3).  Con  crítica,  en  cu- 
yos moldes  entra  tal  modo  de  razonar,  es  dado  hacer 
éstos  y  aún  mayores  prodigios  (4). 


(1)  Tomo  cit.,  pág.  392. 

(2)  Tomo  cit.,  pág.  395. 

(3)  Así,  refiriéndose  á  una  Bula  de  Alejandro  III,  confirmatoria  de  los 
Votos  de  Clavijo,  dice  que  el  Papa  no  «habla  de  los  Votos  fabulosos  de  Don 
Ramiro  I,  sino  de  los  verdaderos  Votos  ofrecidos  d  Santiago  por  Diplomas 
legítimos  de  otros  Reyes."  (Tomo  cit.,  pág.  448). 

(4)  Sólo  con  el  Voto  de  Clavijo  la  crítica  de  Masdeu  se  muestra  inexo- 
rable; respecto  de  los  demás  Votos  poco  le  importa  que  teDgan  título  legíti- 
mo, colorado  ó  presunto,  ó  que  no  tengan  ninguno;  porque  en  este  caso  lo 
supone  él,  como  inventó  el  de  los  Votos  de  la  Ulla,  el  de  los  bracaren- 
ses,  etc.... 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  11.7 


ty — -  reemos  haber  demostrado  que  el  silencio 
|i|^^^i[  de  los  cuatro  siglos  respecto  de  la  bata- 
--^g^  jja  ^e  Q]avjj0)  fu¿  ficticio,  y  que  no  exis- 
tió más  que  en  la  imaginación  de  los  que,  ó  por  interés, 
ó  por  no  contar  con  fuerzas  para  marchar  contra  las 
dominantes  corrientes,  vieron  en  tal  hipótesis  el  medio 
de  cortar  de  un  golpe  el  nudo  que  les  constreñía  y  mo- 
lestaba (1).  Ahora  nos  haremos  cargo  de  algunos  de  los 
principales  reparos  que  se  presentaron  contra  lo  subs- 
tancial del  hecho  de  Clavijo. 

No  nos  detendremos  en  sostener  la  posibilidad  de  la 
milagrosa  aparición  del  Apóstol  Santiago;  porque  esta 
tesis  puede  verse  perfectamente  desenvuelta  y  demos- 
trada en  cualquiera  tratado  De  vera  Religione  (2).  Sólo  ad- 
vertiremos, que  porque  los  que  rinden  culto  á  las  ideas 


(1)  Así  lo  dice  expresamente  el  abogado  del  Duque  de  Arcos  al  final 
del  número  2  de  la  Representación:  «I  como  destruido  lo  principal,  cae  sin 
impulso  alguno  lo  accesorio,  se  dirige  el  Duque  á  echar  la  segur  á  la  raiz, 
para  cortar  de  un  golpe  tantos  y  tan  ruidosos  motivos  de  quejas  como  pade- 
cen su  Casa  y  sus  Vasallos.» 

(2)  No  obstante,  insertaremos  aquí  un  suceso  histórico,  la  célebre  bata- 
lla de  Aquileya,  dada  en  el  año  394  por  Teodosio  contra  el  tirano  Eugenio, 
que  por  las  analogías  que  tuvo  con  el  de  Clavijo,  no  deja  de  ofrecer  interés. 
Rohrbacher  (Historia  universal  de  V  Eg.  Cathol.;  3.a  ed.,  t.  VII,  pág.  306), 
teniendo  á  la  vista  á  los  historiadores  contemporáneos  San  Ambrosio,  Teo- 


118  LIBHO  SEGUNDO 


dominantes  en  nuestra  época  sean  alversos  y  hasta 
quieran  escandalizarse  con  todo  lo  que  aparezca  sobre- 
natural, no  por  eso  lo  sobrenatural  dejará  de  existir.  La 
crítica  en  este  punto  nos  impone  que  estudiemos  el  ob- 
jeto en  sí,  sin  atender  á  subjetivismos  que  en  nada  pue- 
den influir  en  la  existencia  y  realidad  de  la  cosa. 

Lo  curioso  es  que  algunos  críticos  admiten,  como  no 
podía  ser  menos,  la  posibilidad  del  milagro;  pero  en  re- 
sumen vienen  á  declarar  á  D.  Ramiro  I  incapaz  para 
recibir  tales  favores.  Así  Masdeu  declara  que  «Santiago 
á  caballo  en  forma  de  guerrero  denota  el  valor  sobrena- 
tural y  divino  con  que  ha  dado  impulso  muchas  veces  á 
nuestros  ejércitos»  (1).  Y  el  Sr.  La  Fuente  (2)  dice  que 
«en  tiempo  de  Ramiro  II  hay  una  aparición  de  Santia- 
go, no  desmentida  por  los  críticos. »  No  sabemos  qué  pu- 
do hacer  el  vencedor  de  Clavijo  para  granjearse  así  la 
malquerencia  de  los  críticos;  lo  que  desde  luego  puede 


doreto  y  P.  Orosio,  lo  describe  así:  «Teodosio,  viendo  abatidos  á  sus  solda- 
dos, se  retiró  á  una  capilla  edificada  sobre  lo  alto  de  la  montaña  en  que  es- 
taba acampado  su  ejército  y  pasó  en  ella  en  oración  toda  la  noche.  Hacia  la 
madrugada,  postrado  sobre  el  suelo,  quedó  dormido  con  el  cansancio  y  en 
sueños  vio  á  dos  caballeros,  cu}7os  vestidos  y  cuyos  caballos  eran  blancos 
como  la  nieve.  Le  ordenaron  que  al  salir  el  sol,  renovase  la  batalla,  pues 
ellos  habían  sido  enviados  para  ayudarle  personalmente  en  el  combate,  y  le 
manifestaron  quiénes  eran,  el  uno  Juan  Evangelista  (el  hermano  de  San- 
tiago el  Mayor),  y  el  otro  el  Apóstol  Felipe.» 

No  faltó  quien  objetase  contra  la  aparición  de  Santiago  en  Clavijo,  que 
como  este  Apóstol  había  sido  pescador,  debía  de  estar  poco  acostumbrado  al 
manejo  de  la  espada.  Bueno  sería  que  el  qus  esto  objetó,  acreditase  también 
que  tanto  San  Juan,  como  San  Felipe,  habían  figurado  ya  en  el  escalafón 
de  algún  ejército. 

(1)  Historia  Crítica  de  España,  tomo  XVI,  pág.  61. 

(2)  Historia  eclesiástica  de  España,  2.a  edición;  tomo  III,  Apéndice 
núm.  23,  pág.  461. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  119 

asegurarse  es,  que  ni  como  Rey,  ni  como  particular,  dio 
motivo  para  que  traten  de  excluirlo  á  él  del  número  de 
los  protegidos  por  el  Apóstol. 

Descartado,  pues,  el  argumento  de  la  imposibilidad 
de  la  aparición  del  Apóstol  Santiago,  aunque  se  supon- 
ga la  aparición  hecha  en  favor  de  Ramiro  I,  pasemos  al 
examen  de  otra  objeción  que  se  ha  presentado  con  tan- 
to aparato,  como  si  ella  por  sí  sola  bastase  para  demos- 
trar que  la  batalla  de  Clavijo  fué  una  falsedad  inventa- 
da por  quien  para  nada  tuvo  en  cuenta  el  honor  de 
nuestra  nación. 

«¿A  quién  se  le  ocultará  — exclama  el  autor  de  la 
Representación  del  Duque  de  Arcos  á  propósito  del  tributo 
de  las  cien  doncellas —  la  inverosimilitud  y  repugnancia 
de  este  tributo?  ¿Cómo  es  posible  que  llevando  del  Reino 
todcas  los  años  cien  vírgenes  hermosas,  destinadas  á  la 
prostitución  de  los  bárbaros,  lo  tolerasen  sus  padres,  sus 
parientes  y  sus  aficionados?  Cien  doncellas  causaban  la 
afrenta  de  cien  familias.  Apenas  pudieran  sacarse  un 
sólo  año  otras  tantas  del  rincón  de  Asturias,  único  te- 
rreno que  poseían  los  cristianos;  pero  repetir  cada  año 
esta  infame  tragedia,  es  increíble.  ¿Este  abuso  de  la  hu- 
manidad cabe  por  ventura  en  la  esfera  del  sufrimiento 
entre  enemigos  tan  capitales  como  eran  los  cristianos 
de  los  moros?  ¿Los  impulsos  de  la  sangre  en  los  padres, 
hermanos  y  parientes;  los  del  amor  en  los  amantes  y 
amigos;  los  del  honor  en  los  compatriotas;  los  de  la  Re- 
ligión en  los  Prelados  y  varones  justos;  y  los  de  la  ira 
en  todos,  no  están  imposibilitando  este  suceso  sin  apo- 
yo?»  (1) 


(1)    Número  59. 


120  LIBRO  SEGUNDO 


Poco  más  ó  menos  creemos  que  serían  estos  los  con- 
ceptos que  expuso  D.  Ramiro  I  en  la  Junta  en  que  dio 
cuenta  de  la  misiva  y  de  las  amenazas  de  Abderrah- 
man  II.  Ni  probablemente  serían  otros  los  sentimientos 
que  inflamaron  el  pecho  de  los  Prelados,  de  los  magna- 
tes y  de  los  caballeros  convocados  por  D.  Ramiro,  y  los 
decidieron  á  exponerse  al  riesgo  de  perecer  todos  al  pie 
del  collado  de  Clavijo,  antes  que  consentir  en  la  renova- 
ción de  un  ominoso  tributo  arrancado  en  días  de  supre- 
ma angustia  para  la  patria.  Y  he  aquí  cómo  los  impul- 
sos de  la  sangre,  los  del  amor,  los  del  honor,  los  de  la 
Religión  y  los  de  la  indignación,  con  la  protección  visi- 
ble de  Santiago,  imposibilitaron  este  tributo. 

No  hay  nación  en  el  mundo  que  no  tenga  que  con- 
tar en  su  historia  grandes  reveses  é  infortunios;  pero 
sólo  aquellas  han  conquistado  el  renombre  de  heroicas 
y  magnánimas,  que  supieron  levantarse  y  sobreponerse 
á  sus  desventuras;  pues  tales  pruebas  necesita  el  verda- 
dero valor  para  aquilatarse  y  acreditarse. 

Prescindiendo  de  los  sentimentalismos  á  que  pueda 
dar  lugar  el  asunto,  y  que  son  buenos  para  formulados 
de  lejos,  pero  que  están  en  contradición  con  lo  que  sen- 
tían los  contemporáneos  (1),  otros  hechos  hubo  en  aque- 
lla época  más  graves  é  ignominiosos,  contra  los  cuales  no 
sabemos  que  hayan  protestado  los  no  del  todo  desinte- 
resados entusiastas  encomiadores  de  la  dignidad  y  deco- 
ro de  nuestra  nación.  Los  señores  de  Borja,  por  ejemplo, 
los  famosos  Beni-Casi,  no  dieron  doncellas,  ó  más  bien 


(1)  Isidoro  Pacense,  testigo  presencial,  dice  que  España  en  aquella 
ocasión  experimentó  tam  in  honore,  quam  etiam  in  dedecore,  todas  las  cala- 
midades por  que  antes  habían  pasado  Troya,  Jerusalén,  Babilonia  y  Roma. 


LOS  TEES  PBIMEHOS  SIGLOS  DÉLA  I.  COMPOSTELANA  121 

dieron  doncellas,  varones,  niños  y  ancianos,  á  sí  mismos 
y  á^us  propias  almas,  apostatando  para  que  los  dejaran 
en  paz  los  invasores,  y  proclamándose  clientes  del  Califa 
de  Oriente  Walid.  No  hicieron  de  la  necesidad  virtud; 
hicieron  con  la  necesidad  perfidia  é  infame  defección.  No 
llegaron  á  tanto  los  Reyes,  ó  más  bien  el  Rey  de  Astu- 
rias, que  pactó  con  los  árabes  el  odioso  tributo;  conservó 
su  independencia  y  la  integridad  de  su  fe  y  continuó 
siendo  sólo  cliente  del  Salvador  del  mundo;  á  gran  pre- 
cio, sí;  ¡pero  qué  sacrificios  á  veces  no  nos  impone  la 
necesidad  para  conservar  la  existencia! 

Sin  haberse  visto  en  tanto  aprieto  y  sólo  para  obte- 
ner de  los  árabes  una  tregua,  ob  persecutionem  arábum  dif~ 
ferendam  (1),  el  Duque  de  Aquitania  Eudes  ó  Eudón  en- 
tregó su  propia  hija  Lampegia  al  feroz  Munuza.  Por 
este  ejemplo,  y  otros  muchos  análogos  que  pudiéramos 
citar,  se  ve  que  tales  hechos,  dadas  las  ideas  y  las  cos- 
tumbres de  aquellos  tiempos,  no  encontraban  la  repug- 
nancia que  ahora  (2).  Y  en  efecto,  cuando  una  turba  de 
invasores  se  proponía  establecerse  en  un  país  conquis- 
tado, era  natural,  que  si  no  llevaban  consigo  compañeras 
ó  esposas  en  quienes  asegurar  la  descendencia,  procu- 
rasen buscarlas  allí  en  donde  había  sentado  sus  reales, 
ó  en  los  lugares  próximos. 


(1)  Cronicón  del  Pacense,  en  el  tomo  VIII,  de  la  España  Sagrada;  2.a 
edición,  pág.  310. 

(2)  A  nadie  se  le  ha  ocurrido  censurar  á  algunos  de  nuestros  Príncipes, 
fuese  D.  Alfonso  V,  como  quiere  el  Obispo  D.  Pelayo,  fuesen  D.  Bermudo  II 
y  D.  Sancho  de  Castilla,  como  pretende  Dozy,  que  á  fines  del  siglo  X  para 
vivir  en  paz  con  los  moros,  les  dieron  en  matrimonio  á  sus  hijas  ó  hermanas; 
pero  es  de  suponer  que,  por  el  mismo  motivo,  menor  trabajo  les  habría  cos- 
tado el  desprenderse  de  otras  mujeres,  con  quienes  no  estuviesen  tan  ínti- 
mamente unidos. 


122  LIBBO  SEGUNDO 


iEsto,  en  su  caso  (prescindiendo  de  los  Escitas  y  de- 
más pueblos  nómadas,  que  llevando  consigo  sus  mujeres 
y  con  ellas  el  mobiliario  que  les  pertenecía,  nada  nece- 
sitaban para  perpetuarse  en  un  país),  lo  hicieron  todos 
los  pueblos  y  aún  á  veces,  sin  abandonar  sus  hogares, 
buscaban  mujeres  donde  podían,  como  hicieron  los  grie- 
gos cuando  cautivaron  á  las  de  Caria,  y  los  romanos 
cuando  robaron  á  las  Sabinas.  Hacia  el  año  171,  antes 
de  Cristo,  se  presentaron  en  Roma  nada  menos  que  cua- 
tro mil  varones,  hijos  de  soldados  romanos  y  cautivas 
españolas,  pidiendo  área  ó  campo  para  fundar  una  colo- 
nia, y  obtuvieron  del  Senado  autorización  para  fundar 
la  colonia  de  Carteya  (1).  Las  demás  colonias  romanas 
militares  para  perpetuarse,  debieron  emplear  procedi- 
mientos parecidos;  porque  los  soldados,  aunque  fuesen 
romanos,  por  sí  solos  no  podían  tener  sucesión. 

De  los  árabes  que  invadieron  á  España,  no  se  sabe 
que  viniesen  acompañados  de  sus  mujeres,  al  menos 
en  la  conveniente  proporción;  si  se  proponían  esta- 
blecerse en  España,  como  se  establecieron  en  Siria, 
en  Egipto  y  en  el  Norte  de  África,  fuerza  era  que  se 
valiesen  de  los  mismos  medios,  que  pusieron  en  prácti- 
ca los  demás  pueblos,  cuando  se  vieron  en  circunstan- 
cias parecidas;  con  esta  diferencia,  que  si  los  demás,  por 
lo  general  monógamos,  podían  ser  más  parcos  en  esta 
materia,  los  árabes  á  quienes  su  ley  permitía  el  vivir  á 
un  tiempo  maritalmente  con  cuatro  mujeres  y  además 
un  número  indefinido  de  concubinas,  habían  de  ser  más 
exigentes  y  regateadores,   y  más  difíciles  de  contentar. 


(1)     Tito  Livio,  libro  XLIII,  cap.  III. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         123 

Por  otra  parte,  las  pretensiones  de  los  árabes  en  este 
punto  no  repugnaban  al  Derecho  de  gentes,  según,  aún 
entonces,  era  entendido  y  practicado  por  muchas  nacio- 
nes. Los  árabes  eran  vencedores  de  los  españoles;  y  en- 
tonces el  vencedor  quedaba  dueño  de  la  persona  del 
vencido  y  de  todo  cuanto  le  pertenecía,  incluso  la  mujer 
y  los  hijos.  Cuando  Atila  invadió  las  Galias  en  el  año  451 
exigió  que  se  le  diese  esposa.  (Attila  Gallias  ingressus  quasi 
jure  debitam  poscit  uxorem)  (1).  Lo  propio  harían  sus  ca- 
pitanes. 

Con  mayor  apremio  debieron  hacer  los  árabes  la 
misma  demanda;  puesto  que  uno  de  los  motivos  que  los 
impulsaron  á  penetrar  en  nuestra  Península,  fué  la  be- 
lleza de  las  mujeres  españolas.  Se  refiere  en  Ajbar  Mach- 
rnua,  que  cuando  Tarif  volvió  de  su  primera  expedición 
á  España,  se  llevó  consigo  por  cautivas  mujeres  tan  her- 
mosas, como  nunca  las  habían  visto  Muza  ni  sus  compa- 
ñeros. Lo  propio  que  Tarif,  harían  sin  duda  Taric,  Mu- 
za y  todos  los  demás  emires  que  les  sucedieron.  Es  cier- 
to, que  á  muchas  de  las  cautivas  las  destinaban  para 
ofrecer  como  valioso  presente  á  los  Califas  de  Damas- 
co (2),  como  hizo  Muza,  que  llamado  á  dicha  ciudad,  lle- 


(1)  Chronica  Oallica,  anno  GCCCLTI,  edición  de  Momni3en,  vol.  I, 
pág.  662.— Lo  propio  debió  bacer  Totila,  Rey  de  los  Godos,  cuando  saqueó  á 
Roma  en  el  año  547,  pues  se  llevó  consigo  á  algunas  senatrices.  (Véase  el 
Cronicón  de  Marcelino,  edición  de  Mommsen,  volumen  II,  pág.  108. 

(2)  En  el  año  734  Obadallah,  nombrado  gobernador  de  Áfrici  por  el 
Calif  i  Hescham,  arrebató  á  los  berberiscos  sus  mujeres  y  sus  hijas  para 
enviarlas  á  los  serrallos  de  Siria;  pues  los  señores  árabes  habían  gran 
cuenta  de  las  mujeres  berberiscas,  que  en  aquel  tiempo  gozaban  fama  de 
exceder  en  belleza  á  las  mujeres  árabes.  (Véase  Dozy,  Hist.  des  Musulmans 
d}  Espagne,  tomo  I,  pág.  234). 

En  cambio  Tertuliano  (De  cultu  foeminarum,  libro  II,  cap.  VII,  Vatro- 


124  LIBBO  SEGUNDO 


vó  consigo  para  ofrecer  á  Walid  I  hermosísimas  donce- 
llas (1);  pero  también  es  de  suponer  que  no  siempre  su 
adulación  llegaría  á  tanto,  que  no  les  permitiese  reser- 
varse algunas  como  propias  cautivas.  De  Abdelaziz,  á 
quien  se  nos  pinta  como  el  más  humano  y  transigente 
de  los  caudillos  árabes,  se  sabe,  que  no  contento  con 
tomar  por  esposa  á  Egilona,  viuda,  á  lo  que  se  creía,  del 
último  Rey  de  los  godos,  D.  Rodrigo,  no  podía  dominar 
la  ardiente  pasión  que  sentía  por  las  hijas  de  los  mag- 
nates godos,  á  las  cuales  solicitó  y  obligó  á  abandonar 
la  casa  paterna  (2). 

Para  que  se  conozcan  las  ideas  que  los  musulmanes 
abrigaban  sobre  el  particular,  y  como  sus  tendencias  y 
sentimientos  iban  siempre  á  parar  hacia  el  mismo  pun- 
to, léase  el  artículo  Barbastro  en  el  Diccionario  geográfi- 
co de  Yacut,  citado  por  Dozy  (3).  En  dicho  articulóse 


logia  lat.,  tomo  I,  col.  1322),  afirmaba  que  las  mujeres  de  África  envidiaban 
á  las  europeas  su  belleza  y  sus  rubios  cabellos.  Video  quasiam  capillum 
croco  verteré;  pudet  eas  etiam  nationis  suae,  quod  non  Germanae  aut  Gallae 
procreatae. 

(1)  Ulit  Amir  Almuminim...  previsis  copiis  universarum  gentium 
necnon  et  muñera  Spanie  cum  puellarum  decoritate  sibi  exhibita...  et  in 
oculis  eius  prevalida.  (Isidoro  Pacense,  en  Monumento,  Germaniae  histórica... 
Ghronica  minora,  saec,  IV,  V,  VI,  VII,  vol.  II,  pág.  354), 

(2)  Per  idem  tempus  Abdellazis  omnem  Spaniam  per  annos  tres  sub 
censuario  iugo  pacificans,  cum  Spali  divitiis  et  honoris  fascibus  cum  regina 
Spanie  in  coniugio  copulata  vel  filias  regum  ac  principum  pelicatas  et  im- 
prudenter  distractas  ex  tu  aret  (aestuaret)...  (Isidoro  Pacense,  Monum.  Ger- 
maniae  histórica,  loe.  cit.,  pág.  356). 

Hemos  traducido  distrahere  por  separar  de  la  familia,  porque  esta  es  una 
de  las  acepciones  de  dicho  verbo,  y  además  porque  en  la  capitulación  de 
Orihuela  hecha  á  Abdelaziz,  se  estipuló,  que  los  fieles  (los  musulmanes)  no 
matarían,  ni  causarían,  ni  separarían  de  los  cristianos,  ni  á  sus  hijos,  ni  á 
sus  mujeres. 

(3)  Becherches  sur  V  histoire  et  la  litter  ature  de  V  Espagne,  3.a  edición, 


LOS  TBES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


125 


dice  que  en  el  año  1064  los  cristianos  se  apoderaron  de 
la  referida  ciudad,  y  que  entre  los  presentes  que  se  re- 
servaron del  botín  para  ofrecer  al  Emperador  de  Cons- 
tantinopla,  se  contaban  siete  mil  distinguidísimas  don- 
cellas. Alano  siguiente,  según  el  mismo  autor,  los  mu- 
sulmanes recobraron  á  Barbastro,  y  como  botín  recogie- 
ron diez  mil  mujeres.  No  tiene,  pues,  nada  de  extraño 
lo  que  cuenta  Aben  Aljatib  del  Rey  de  Murcia  Abu- 
Abdallah,  que  vivió  á  mediados  del  siglo  XII,  y  que  cu- 
bdbat  cum  multis  puellis  (ducentis,  según  otra  lección)  sub 
una  stragula  (1). 

Lo  que  hacían  los  árabes  en  .España,  lo  practicaban 
en  todas  partes.  A  mediados  del  siglo  IX,  según  refiere 
el  Anónimo  Salernitano,  cuyo  Cronicón  publicó  Mura- 
tori,  entre  los  Rerum  Italícarum  Scriptores,  el  famoso 
Obispo  Atanasio  los  llamó  en  su  auxilio,  y  he  aquí  como 
correspondieron  á  su  llamamiento.  His  diébus  Athanasius, 
Praesul  Neapolitanus...  missis  apocrisariis  in  Siciliam  Agare- 
nis...  Sichamum  Begem  exposcit,  et  illis  veniens  praefecit.  Sed 
justo  Dei  judíelo  primo  omnium  super  eum  insurgens  coepit 
Neapolim  affligere  et  devorare  omnia  exterius,  ac  puellas,  equos 
et  arva  vi  expetere  (2).  En  las  actas  del  Concilio  de  Narbo- 


tomo  II,  páginas  348-349.  Tales  procedimientos  entre  los  musulmanes  aún 
se  conservaron  por  mucho  tiempo.  Cuando  en  el  año  1571  Mustafá  se  apo- 
deró de  Nicosia  en  Chipre,  reservó  mil  mujeres  de  las  más  hermosas  para 
ofrecer  al  Sultán  Selín  II  y  á  los  altos  dignatarios  de  la  corte. 

(1)  Dozy,  Recherches  sur  V  histoire  et  la  litterature  de  V  Espagne  pen- 
dant  le  moyen  age,  3.a  edición;  tomo  I,  pág.  368,  nota  1.a 

(2)  Rer.  Ital.  Scriptores;  Milán,  1726;  tomo  II,  pte.  II,  cap.  CXXXII, 
col.  271. — Es  curioso  ver  como  el  mismo  Anónimo  refiere  en  el  cap.  XLV 
la  entrada  de  los  Sarracenos  en  Sicilia:  cPer  idem  tempus  Agarenorum  ge- 
nus  Siciliam  invasit...  Erat  vir  praedives  quidam  in  Siciliae  finibus  Eufimius 
nomine  (Euthymius,  según  Juan  Diácono  en  las  Vidas  de  los  Obispos  Ñapo- 


126  LIBRO  SEGUNDO 


na  celebrado  en  el  año  1134,  se  lee  que  el  Obispo  de 
Elna,  Udalgario,  «surrexit  commemorans  calamitatem 
suae  dioecesis,  cui  ita  erant  graves  sarraceni,  ut  passim 
Christianos  trucidarent,  in  captivitatem  ducerent,  et 
nvmc  pro  eorum  redemptione  petebant  centum  virgines 
adoleecentulas. " 

Visto  esto,  se  comprende  fácilmente  con  cuánta  ra- 
zón pudo  decir  G.  Van  Vloten  (1)  que  los  Walies  en  las 
provincias  sometidas  á  los  árabes  se  las  exprimían  como  á 
camellas,  y  que,  dada  la  indiferencia  con  que  los  escritores 
musulmanes  miraban  á  los  pueblos  conquistados,  quizás 
no  conozcamos  la  mitad  de  las  vejaciones  que  éstos  pa- 
decían. Pero  no  se  ocultaban  á  San  Eulogio,  el  cual,  en 
el  Memortalis  Sandorum,  lib.  III,  capítulo  VII  (2),  refiere 
que  el  hijo  y  sucesor  de  Abderrahman  II,  Mahomet, 
para  vengarse  de  las  predicaciones  de  San  Fandila, 
expidió  un  decreto  ordenando  foeminas  publico  clistractu 
dispergere. 

No  satisfechos  con  esto,  comerciaban  los  árabes  en 
mujeres  con  los  países  del  Norte;  y  este  comercio,  según 
nota  Gustavo  Le  Bon,  gran  panegirista  de  la  cultura 
arábiga  (3),  duró  hasta  el  siglo  XI.  El  mismo  Le  Bon 


lítanos),  qui  desponsaverat  puellam,  Homonizam  nomen  gerentem,  mirae 
pulchritudinis.  Illo  denique  tempore  quídam  '  Graeculus  Siciliae  praeerat. 
Accepta  pecunia  ab  alio  viro,  desponsatam  Eufimio  auferens,  alteri  viro  eam 
denique  tradidit.  Quod  dum  in  patulo  exiit  atque  Eufimio  nuntiatn.m  fuisset, 
talia  verba  depromit:  Meam  namque  foedastis  uxorem;  hoc  peream  auno,  si 
non  foedari  fació  plurimorum  uxores.*  Y  para  realizar  su  propósito  fué  á 
buscar  á  los  Agarenos  de  África. 

(1)  Recherches  sur  la  domination  árabe,  le  Chiisme  et  les  croyances  mes- 
sianiques  sous  le  Khalifat  des  Omayades. 

(2)  SS.  PP.  Toletanorum  quotquot  extant  opera;  Madrid,  1785,  tomo  II. 

(3)  La  Civil isation  des  Árabes;  París  1884;  pág.  608. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANÁ  127 

añade  en  la  obra  citada,  pág.  274  y  275,  que  fué  princi- 
palmente con  mujeres  cristianas,  con  que  los  musul- 
manes poblaron  sus  harenes,  y  perpetuaron  su  raza  (1).  , 

Es  evidente,  por  tanto,  que  lejos  de  haber  nada  de 
inverosímil  en  admitir  que  los  musulmanes  exigiesen  el 
que  anualmente  se  les  facilitasen  (y  esto  sea  dicho  con 
perdón  de  algunos  escritores,  que  parece  rehuyen  tratar 
de  esta  materia,  como  si  temieran  ofender  los  sentimien- 
tos de  pudor  y  continencia  de  los  árabes)  cierto  número 
de  doncellas  para  surtir  sus  serrallos,  para  ofrecer  dones 
y  presentes,  y  para  destinarlas  á  los  servicios  entre  ellos 
acostumbrados,  es  esto,  por  lo  contrario,  muy  creible  y 
está  en  completa  consonancia  con  las  tendencias  y  modo 
de  ser  del  pueblo  árabe. 

Veamos  ahora,  si  por  parte  de  los  españoles  hay  difi- 
cultad en  suponer  tan  humillante  prestación.  Se  habla 
del  heroismo  de  los  españoles,  de  los  impulsos  del  amor, 
del  honor,  de  la  Religión,  etc..  esto,  sí,  es  cierto;  pero 
por  eso  no  deja  de  ser  ridículo  el  pretender,  que,  los  que 
no  pudieron  evitar  la  ruina  de  toda  España,  inclusas 
sus  doncellas,  cuando  se  veían  acorralados  y  reducidos 
á  situación  casi  desesperada,  pudiesen  resistir  y  recha- 
zar siempre  las  intimaciones  de  los  moros,  y  sostenerse 
firmes  hasta  tal  punto,  que  nunca  se  viesen  obligados  á 
firmar  una  capitulación,  que  si  era  humillante  y  afren- 


(1)  «Ce  fut  surtout  avec  des  chrétiennes,  en  effet,  que  les  Árabes  ali- 
menterent  leurs  harems  et  perpetuerent  leur  race.  Les  chroniqueurs  árabes 
rapportent  que  dans  les  premieres  expeditions  trente  mille  d'  entre  elles 
furent  employées  a  cet  usa  ge;  et  il  y  a  encoré  a  1'  Alcázar  de  Sevilla  une 
cour  dite  des  jeunes  filies  (doncellas),  dont  le  nom  provient  du  tribut  annuel 
de  cert  jeunes  vierges,  que  les  chretiens  étaient  obÜgés  de  payer  a  un  sou- 
verain  árabe.» 


128  LIBRO  SEGUNDO 


tosa,  no  envolvía  la  ruina  total  de  la  patria.  También 
los  romanos  pasaron  una  vez  por  las  horcas  caudinas;  y 
sin  embargo  no  por  eso  dejaron  de  ser  el  Pueblo  Rey  (1). 

En  realidad,  aunque  los  cristianos  no  hubiesen  pac- 
tado la  entrega  anual  de  las  cien  doncellas  (si  es  que 
este  tributo  no  era  redimible,  ó  una  manera  convencio- 
nal de  designar  la  cantidad  del  tributo,  como  lo  indica 
la  distinción  de  doncellas  nobles  y  doncellas  plebeyas), 
tendrían  que  darlas  del  mismo  modo;  porque  los  musul- 
manes en  sus  irrupciones  anuales  todo  lo  arrasaban,  y 
cautivaban  á  todos  cuantos  encontraban  á  su  paso.  De 
este  modo  irían  cien  doncellas,  ó  quizás  algunas  más,  y 
en  peores  condiciones;  pues  no  es  lo  mismo  ir  como  botín 
cogido  en  trance  de  guerra,  que  como  consignadas  en 
virtud  de  un  pacto  ó  capitulación. 

Nuestros  historiadores,  comenzando  por  D.  Lucas  de 
Tuy  y  D.  Rodrigo  Jiménez,  suelen  atribuir  á  Maurega- 
to,  la  estipulación  del  tributo  de  las  doncellas.  Quizás 
hubiese  tenido  lugar  ya  antes,  porque  los  inmediatos 
antecesores  de  Mauregato,  D.  Aurelio  y  D.  Silo,  vivie- 
ron en  paz  con  los  moros,  según  se  lee  en  los  Cronicones 
del  Albeldense  y  de  D.  Alfonso  III;  y  esta  paz  no  pudo 
menos  de  ser  pagada  á  buen  precio.  Lo  que  haría  Mau- 
regato,  sería  dar  una  forma  más  concreta  y  específica 
al  tributo;  porque  al  fin  podía  considerar  que,  ya  que 
á  él,  el  haber  nacido  de  una  esclava,  no  había  sido  óbice 


(l)  Ya  hemos  visto  que  según  el  autor  de  la  Representación  del  Duque 
de  Arcos,  en  un  año  apenas  podrían  sacarse  del  rincón  de  Asturias  cien  don- 
cellas. Entonces  resultaría  que  D.  Alfonso  I,  con  sólo  cien  ó  doscientos 
hombres,  reconquistaría  á  Astorga,  León,  Braga,  Osma,  etc.,  etc.,  lo  cual 
sería  axín  mucho  más  maravilloso  que  la  propia  batalla  de  Clavijo. 


LOS  TEES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  129 

para  ocupar  el  trono  de  Asturias,  también  á  la  prole  de 
las  cautivas  cristianas  podía  tocar  la  misma  fortuna. 

Si  D.  Lucas  y  D.  Rodrigo,  varones  ambos  graves  y 
circunspectos,  se  decidieron  á  echar  sobre  la  memoria  de 
Mauregato  mancha  tan  afrentosa,  no  sería  sin  duda  por 
resentimientos  personales  que  con  él  tuviesen,  sino  por- 
que ya  la  hallasen  impresa  en  acreditados  documentos, 
que  hoy  no  conocemos.  Objetáresenos  nuevamente  el 
silencio  de  las  antiguas  crónicas  y  escrituras:  pero  ade- 
más de  lo  que  hemos  dicho  antes,  podremos  repetir  lo 
que  Dozy  hacía  presente  á  Bofarull  á  propósito  del  rela- 
to de  Ademar,  á  saber,  «que  cuando  se  trata  de  la  his- 
toria de  la  Edad  media,  de  una  historia  cuyas  fuentes 
son  tan  incompletas,  conviene  servirse  lo  menos  posible 
del  argumento  tomado  del  silencio  de  los  cronicones  y 
de  las  escrituras»  (1). 

Por  lo  demás,  lo  que  hizo  Mauregato  en  el  siglo  VIII, 
lo  hizo  á  mediados  del  siglo  XV  D.  Alonso  Fajardo,  el 
cual  vendió  de  una  vez  en  Granada  cien  doncellas  mur- 
cianas (2) ;  y  otros  muchos  antes  y  después  hicieron  cosas 
parecidas,  y  aún  falta  saber  si  nuestra  propia  época  está 
exenta  de  semejantes  dislates  en  obsequio  de  los  moros. 


(1)  Recherches  sur  V  histoire  et  la  litter  ature  de  V  Espagne;  3.a  edición; 
tomo  II;  pág.  334. 

Así,  por  ejemplo,  se  reputaba  por  poco  probable  y  aceptable  el  relato  de 
Zurita,  según  el  cual  cuando  D.  Alfonso  el  Batallador  tenía  cercada  á  Za- 
ragoza, se  acercó  para  socorrer  á  los  sitiados  un  poderoso  ejército  á  las  órde- 
nes de  Temim;  quien  no  atreviéndose  á  medir  sus  fuerzas  con  los  Cristianos, 
tuvo  á  bien  retirarse.  En  el  tomo  III  de  la  Tecmila  de  Aben  Alabar,  halló 
recientemente  comprobada  la  relación  de  Zurita  el  Sr.  Codera,  según  lo 
manifestó  en  un  Informe  á  la  Real  Academia  de  la  Historia.  (Véase  Boletín 
de  la  Real  Academia  de  la  Historia,  tomo  XXXII,  páginas  103-104). 

(2)  Cavanilles,  Historia  de  España,  tomo  IV,  pág.  198. 

Tomo  II.— 9. 


130 


LIBBO   SEGUNDO 


Aquí  si  que  viene  lo  de  los  impulsos  del  corazón,  del 
amor,  del  honor,  etc.,  etc.;  mas  es  sabido  que  la  Retó- 
rica no  siempre  anda  acorde  con  la  Historia,  y  que  á 
veces  tanto  más  se  extreman  los  recursos  oratorios, 
cuanto  es  el  empeño  en  ocultar  ó  impugnar  la  verdad. 
Y  lo  que  es  más;  la  tradición  del  tributo  de  las  Don- 
cellas estuvo  por  sí  tan  arraigada  en  la  memoria  del 
pueblo  español  (el  cual  no  advirtió  la  afrenta  que  á  su 
propio  honor  en  esto  se  encerraba,  hasta  que  á  fines  del 
siglo  pasado  se  lo  hicieron  notar  los  agentes  encargados 
de  impugnar  la  paga  del  Voto  de  Santiago),  que  en  va- 
rias ciudades,  como  León,  Astorga  y  Carrión,  desde 
tiempo  inmemorial  se  establecieron  fiestas  especiales  pa- 
ra conmemorar  de  un  modo  perenne  la .  anulación  del 
ominoso  tributo.  Es  que  creían  con  el  solemne  triunfo 
de  Clavijo  suficientemente  vindicado  el  honor  de  la  na- 
ción, y  bien  compensado  el  quebranto  ocasionado  por  la 
flojedad,  cobardía  ó  malicia  de  algunos  españoles. 


VI 


^.««m,^ 


esta  ahora  que  nos  hagamos  cargo  de 
las  numerosas  objeciones  que  se  hicieron 
contra  el  texto  del  Diploma  de  Rami- 
ro I.  Si  bien  se  mira,  gran  parte  de  estas  objeciones 
parten  de  un  supuesto  gratuito,  si  no  falso;  porque  como 
el  documento  original  no  existe,  y  ya  no  existía  al 
tiempo  en  que  comenzó  á  ser  impugnado  el  Voto  de 
Clavijo,  muchos  de  los  yerros  en  que  indudablemente 
debieron  de  incurrir  los  antiguos  copistas  se  suponen  sin 


LOS  TRES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


131 


132  LIBBO  SEGUNDO 


más  examen  como  propios  del  original.  Es  de  advertir 
también  que  el  Diploma  de  D.  Ramiro  I,  debió  de  ser 
confirmado,  como  era  costumbre,  por  los  Monarcas  pos- 
teriores y  entre  ellos,  por  D.  Ramiro  II;  y  de  aquí  las 
incongruencias  y  los  anacronismos  que  se  notan  en  las 
subscripciones.  Pero  ante  todo  veamos  el  texto  del  Pri- 
vilegio según  una  copia  de  mediados  del  siglo  XII  que 
se  guardaba  en  la  Catedral  de  Orense  y  ahora  en  el  Ar- 
chivo de  la  de  Santiago  y  que  es  la  más  antigua  de  las 
que  se  conservan  (1): 


In  nomine  patris  et  filii  et  spiritus  sancti  amen.  Antecessorum 
facta,  per  que  successores  ad  bonum  poterunt  erudiri,  non  sunt  pre- 
tereunda  sub  silentio,  uerum  pocius  debent  comitti  monumentis 
litterarum,  ut  eorum  recordatione  ad  imitationem  bone  operationis 
inuitentur  posteri.  Ea  propter  ego  rex  renemirus  et  a  deo  michi 
coniuncta  urracha  regina  cum  filio  nostro  rege  ordonio  et  fratre 
meo  rege  garsia,  oblationem  nostram  quam  gloriosissimo  apostólo 
dei  iacobo  fecimus  cum  assensu  arciepiscoporum  episcoporum  ab- 
batum  et  nostrorum  principum  et  omnium  hispanie  Xpistianorum 
litterarum  committimus  obseruationi,  ne  forte  successores  nostri, 
quod  a  nobis  factum  est,  per  ignorantiam  temptent  irrumpere,  et 
ut  etiam  per  recordationem  nostre  operationis  ad  similiter  operan- 
dum  moueantur.  Causas  etiam  quibus  ad  faciendum  istam  oblatio- 
nem conpulsi  sumus,  scribimus  vt  ad  noticiam  successorum  reser- 
uentur  in  posterum. 

Fuerunt  igitur  in  antiquis  temporibus  circa  destructionem  his- 
panie a  sarracenis  factam  rege  rvderico  dominante,  quidam  nostri 
antecessores,  pigri,  negligentes,  desides  et  inertes  xpianorum  prin- 


(1)  Para  mayor  comodidad  hemos  dividido  el  texto  en  párrafos.  El 
Cardenal  Pedro  Marcio  (no  Mancio,  como  escribió  Masdeu),  que  autorizó 
esta  copia,  vivió  á  mediados  del  siglo  XII.  Véase  en  el  fotograbado  de  la 
página  131  una  muestra  de  la  letra  de  este  documento. 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  133 

cipes,  quorum  utique  uita  nulli  fidelium  extat  imitanda.  Hi,  quod 
relatione  non  est  dignum,  ne  sarracenorum  infesta  tionibus  inquie- 
tarentur,  constituerunt  eis  nefandos  redditus  de  se  annuatim  per- 
soluendos,  centum  uidelicet  puellas  excellentissime  pulcritudinis, 
quinquaginta  de  nobilibus  hispanie,  quinquaginta  uero  de  plebe, 
pro  dolor  et  exemplum  posteris  non  obseruandum.  pro  pactione 
pacis  temporalis  et  transitorie  tradebatur  captiua  xpistianitas  lu- 
xurie  sarracenorum  explende. 

Ex  predictorum  principum  semine  nos  perducti,  ex  quo  per  de 
misericordiam  regni  suscepimus  gubernaculum,  diuina  inspirante 
bonitate  predicta  nostre  gentis  obprobria  cogitauimus  abolere.  Hac 
de  tam  digna  cogitatione  perficienda  communicauimus  consilium 
primo  archiepiscopis,  episcopis,  abbatibus  et  religiosis  uiris,  post 
modum  uero  uniuersis  nostri  regni  principibus.  Accepto  tamen 
sano  et  salúbri  consilio,  dedimus  apud  legionem  legem  populis  et 
posuimus  consuetudines  per  uniuersas  nostri  regni  prouincias  ob- 
seruandas.  Deinde  uniuersis  nostri  regni  principibus  edictum  com- 
mune  dedimus  quatinus  quosque  robustos  et  ad  preliandum  fortes 
uiros,  tam  nobiles,  quam  ignobiles,  tam  milites,  quam  pedí  tes  ab 
extremis  nostri  regni  finibus  euocarent,  et  usque  ad  constitutum 
diem  in  expeditionem  facerent  congregan.  Archiepiscopos  etiam 
et  episcopos,  abbates  et  religiosos  uiros  ut  interessent  rogauimus 
quatinus  eorum  orationibus  nostrorum  per  dei  misericordiam  aug- 
mentaretur  fortitudo.  Completum  est  itaque  imperium  nostrum,  et 
relictis  ad  excolendas  térras  tantum  modo  debilibus  et  ad  bellan- 
dum  minus  idoneis,  congregati  sunt  in  expeditionem  ceteri,  non  de 
nostro  imperio,  sicut  solent  inuiti,  sed  deo  ducente,  per  dei  amo- 
rem  spontanei. 

Cum  his  ego  rex  ranamirus  de  misericordia  dei  pocius  quam  de 
gentis  nostre  multitudine  confidens,  peragratis  inter  iacentibus 
terris,  iter  mei  exitus  direxi  in  nageram,  hac  inde  declinaui  in  lo- 
cum  qui  nuncupatur  aluella.  Interim  autem  sarraceni  nostrum 
aduentum  fama  precone  cognoscentes,  omnes  cismarini  in  unum 
contra  nos  congregati  sunt,  transmarinis  etiam  per  litteras  et  nun- 
cios in  suum  auxilium  conuocatis,  inuaserunt  nos  in  multitudine 
graui  et  manu  ualida.  Quid  plura?  Quod  sine  lacrimis  non  recorda- 
remur  peccatis  exigentibus,  multis  ex  nostris  corruentibus,  percus- 


134  LIBBO   SEGUNDO 


si  et  uulnei*ati  conuersi  sunius  in  fagam,  efc  confusi  peruenimus  in 
collem  qui  clauillium  nominatur;  hac  ibi  in  una  mola  congregati 
totam  fere  nocfcem  in  laorimis  et  orationibus  consumpsimus  igno- 
rantes ex  toto  quid  in  die  essemus  postea  aucturi.  Interea  sompnus 
arripuit  me  regem  ranemirum  cogitantem  multa  et  anxium  de  pe- 
riculo  gentis  xpistiane.  At  michi  dormienti  beatus  iacobus  hispa- 
norum  protector  corporali  specie  est  se  presentare  dignatus.  Qaem 
cum  interrogassem  cum  admiratione  quisnam  esset,  apostolus  dei 
beatum  iacobum  se  esse  confessus  est.  Cumque  ad  hoc  uerbum  ultra 
quam  dici  potest  obstupuissem,  beatus  apostolus  ait:  Numquid 
ignorabas  quod  dominus  meus  ihesus  xpistus  alias  prouincias  alus 
fratribus  meis  apostolis  distribuens  totam  hispaniam  mee  tutele 
per  sortem  deputasset  et  mee  commisisset  protectioni?  Et  manu 
propria  manum  meam  astringens:  Confortare,  inquit,  et  esto  robus- 
tus;  ego  enim  ero  tibi  in  auxilium  et  mane  superabis  in  manu  dei 
sarracenorum  a  quibus  obsessus  est  innumerabilem  multitudinem. 
Multi  tamen  ex  tuis  quibus,  iam  parata  est  eterna  requies,  sunt 
instanti  pugna  pro  xpisti  nomine  martirii  coronam  suscepturi.  Et 
ne  super  hoc  detur  locus  dubitationi,  et  uos  et  sarraceni  uidebitis 
me  constanter  in  albo  equo  dealbata  grandi  specie  máximum  uexil- 
lum  álbum  deferentem.  Summo  igitur  mane  facta  peccatorum 
uestrorum  confessione  et  accepta  penitentia,  celebratis  missis  et 
accepta  dominice  corporis  et  sanguinis  communione  armata  manu 
ne  dubitetis  inuadere  sarracenorum  acies  inuocato  nomine  dei  et 
meo;  pro  certo  enim  noueritis  eos  in  ore  gladio  ruituros.  Et  his 
dictis,  euanuit  a  conspectu  meo  uisu  desiderabilis  dei  apostolus. 

Ego  autem  pro  tanta  et  tali  uisione  uehementer  e  sompno 
excitatus  archiepiscopis,  episcopis,  abbatibus  et  religiosis  uiris 
seorsum  uocatis,  quicquid  michi  fuerat  reuelatum  cum  lacrimis 
et  singultibus  et  nimia  contrictione  cordis  eodem  ordine  pro- 
palaui.  lili  ergo  in  oratione  prius  prouoluti  deo  et  apostólo  pro 
tam  admirabili  consolatione  gracias  egerunt  innúmeras  ac  deinde 
rem  administrare  prout  nobis  fuerat  reuelatum,  festinarum  (sic). 
Armata  itaque  et  ordinata  nostrorum  acie  uenimus  cum  sarraee- 
nis  in  pugnam  et  beatus  dei  apostolus  apparuit,  sicut  promiserat, 
utrisque  instigando  et  in  pugnam  animando  nostrorum  aciem, 
Sarracenorum   uero    turbas   impediendo    et    diuerberando.    Quod 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  135 

quam  cito  nobis  apparuit  cogaouimas  beatissimi  apostoli  pro- 
missionem  implefcam;  et  de  tañí  preclara  uisione  exhilarati, 
nomen  dei  et  apostoli  in  inagnis  uocibus  et  nimio  cordis  affectu 
inuocauimus  dicentes:  Adiuua  nos  deus  et  sánete  iacobe.  Que  qui- 
dem  inuocatio  ibi  tune  prima  fuit  facta  in  hispania;  et  per  dei  mi- 
sericordiam  non  in  nanum;  eo  namque  die  corruerunt  circiter  se- 
ptuaginta  millia  sarracenoram.  Tune  etiam  euersis  eorum  municio- 
nibus  eos  insequendo  ciuitatem  Kalaforram  cepimus  et  xpistiane 
religione  subiecimus. 

Tantum  igitur  apostoli  miraculum  post  inopinatam  uictoriam 
considerantes,  deliberauimus  statuere  patrono  et  protectori  nostro 
beatissimo  iacobo  donum  aliquod  in  perpetuum  permansurum. 
Statuimus  ergo  per  totam  hispaniam,  ac  uniuersis  hispaniarum 
partibus,  quascumque  deus  sub  apostoli  iacobi  nomine  dignaretur  a 
sarracenis  liberare,  uouimus  obseruandum,  quatinus  de  uno  quoque 
iugo  boum  singule  mensure  de  meliori  fruge  ad  modum  primitia- 
rum  et  de  uino  similiter  ad  uictum  canonicorum  in  ecclesia  beati 
iacobi  commorantium  annuatim  ministris  eiusdem  ecclesie  in  per- 
petuum persoluantur.  Concessimus  etiam  et  similiter  in  perpetuum 
confirmauimus  quod  xpiani.  per  totam  hispaniam  in  singulis  ex- 
peditionibus  de  eo  quod  a  sarracenis  acquisierint  ad  mensuram 
porcionis  unius  militis,  glorioso  patrono  nostro  et  hispaniarum 
protectori  beato  iacobo  fideliter  attribuant. 

Hec  omnia  donatiua,  uota  et  oblationes,  sicut  superius  diximus, 
per  iuramentum  nos  omnes  xpistiani  hispanie  promissimus  annua- 
tim ecclesie  beati  iacobi  et  damus  pro  nobis  et  successoribus  no- 
stris  canonice  in  perpetuum  obseruanda. 

Petimus  ergo  pater  omnipotens  eterne  deus  quatinus  interce- 
dentibus  meritis  beati  iacobi  ne  memineres  domine  iniquitatum 
nostrarum  sed  sola  tua  misericordia  nobis  prosit  indignis.  Et  ea 
que  ad  honorem  tuum  beato  apostólo  tuo  iacobo  dedimus  et 
offerimus,  de  eis  que  per  te  ipso  opitulante  acquisiuimus,  nobis  et 
successoribus  nostris  proficiant  ad  remedium  animarum,  et  per 
eius  intercessionem  nos  recipere  digneris  cum  electis  tuis  in  eterna 
tabernacula,  qui  in  trinitate  uiuis  et  regnas  in  sécula  seculorum 
amen. 

Volumus  etiam  et  in  perpetuum  statuimus  tenendum  quatinus 


136  LIBRO  SEGUNDO 


quicumque  ex  genero  nostro  descenderint,  semper  suum  prestent 
auxilium  ad  pretaxata  beati  iacobi  donatiua.  Quod  si  quis  ex  gene- 
re nostro,  uel  aliorum,  ad  hoc  nostrum  testamentum  uiolandum 
uenerit,  uel  ad  implendum  non  adiuuerit,  quisquís  ille  fuerit,  cleri- 
cus  uel  laicus,  in  inferno  eum  iuda  traditore  et  datan  et  abiron 
quos  térra  uiuos  absorbuit  dampnetur  in  perpetuum,  et  filii  eius 
fiant  orfani  et  uxor  erius  uidua,  etregnum  eius  temporale  accipiat 
alter,  et  a  communione  corporis  et  sanguinis  xpisti  fiat  alienus, 
eterni  uero  regni  participatione  priuetur  pereeniter  (sic).  Insuper 
regie  maiestati  et  ecclesie  beati  iacobi  per  médium  sex  mille  libras 
argenti  pariat,  et  hoc  scriptum  semper  maneat  in  robore. 

Nos  etiam  archiepiscopi,  episcopi  et  abbates,  qui  illud  idem 
miraculum,  quod  dominus  noster  ihs.  xps.  fámulo  suo  illustri  regi 
nostro  ranemiro  per  apostolum  suum  iacobum  dignatus  est  mon- 
straré  propriis  oculis,  deo  iuuante,  uidimus,  predictum  ipsius  regis 
nostri  et  nostrum,  et  totius  hispanie  xpistianitatis  factum;  in  per- 
petuum confirmamus  et  canonice  sancimus  obseruandum. 

Quod  si  quis  ad  noc  scriptum  et  ecclesie  beati  iacobi  donatiuum 
ad  inrumpendum  uenerit  vel  persoluere  renuerit,  quisquis  ille  fue- 
rit,  rex  uel  princeps,  rusticus,  clericus,  uel  laicus,  eum  maledecimus 
et  excommunicamus  et  eum  iuda  traditore  gehennali  pena  dampna- 
mus  in  perpetuum  cruciandum.  Hoc  idem  successores  nostri  ar- 
chiepiscopi, episcopi  faciant  deuote  annuatim.  Quod  si  renuerint, 
omnipotentis  dei  patris  et  filii  et  spiritus  sancti  auctoritate  et 
nostra  dampnentur,  et  excommunicatione  et  potestatis  sibi  a  deo 
tradite  rei  teneantur. 

Facta  scriptura  consolationis,  donationis  et  oblationis  huius,  in 
ciuitatekalaforranoto  die  VIII  kalendarum  iunii,  era  DCCCLXXII. 
Ego  rex  ranemirus  eum  coniuge  mea  regina  urracha  et  filio  nostro 
rege  ordonio  et  fratre  meo  rege  garsia,  hoc  scriptum  quod  fecimus 
proprio  robore  confirmamus.  Qui  presentes  fuerunt. 

Ego  dulcius  cantabriensis  archiepiscopus   qui  presens  fui  con- 
firmo. 
Ego  suarius  ouetensis  episcopus,  qui  presens  fui,  confirmo. 
Ego  oueco  asturicensis  episcopus,  qui  presens  fui,  confirmo. 
Ego  salomón  astoriensis  episcopus,  qui  presens  fui,  confirmo. 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  BE  LA  I.  COMPOSTELAtf  A  137 

Ego  rodericus  lucensis  episcopus,  qui  presens  fui,  confirmo. 
Ego  petrus  biriensis  episcopus  qui  presens  fui,  confirmo  (1). 
Ego  regina  urracha,  confirmo. 
Ego  ordonius  eius  filius,  confirmo. 
Ego  rex  garsia  frater  regis  ranemirus  (2)  confirmo. 
Osorius  petrici  regis  maiordomus  qui  presens  fai,  confirmo. 
Pelagius  guterrici  regis  armiger  qui  presens  fui,  confirmo. 
Menendus  suarizi  potestas  terre,  qui  presens  fui,  confirmo. 
E-udericus  gunsaluiz  potestas  terre,  qui  presens  fui,  confirmo. 
Grudesteus  osorici  potestas  terre,  qui  presens  fui,  confirmo. 
Suarius  menendiz,  potestas  terre,  qui  presens  fui,  confirmo. 
Gruterre  osoriz  potestas,  qui  presens  fui,  confirmo. 
Osorius  guterrici  potestas  qui  presens  fui,  confirmo. 
Eanemirus  garsia,  potestas  qui  presens  fui,  confirmo. 
Martinus  testis. 
Petrus  testis. 
Pelagius  testis. 
Suarius  testis. 
Menendus  testis. 
Vincentius  sagio  regis  testis. 

Nos  omnes  hispanie  terrarum  habitatores  populi,  qui  presentes 
fuimus  et  superscriptum  miraculum  et  protectoris  nostri  glorio- 
sissimi  apostoli  iacobi  propriis  oculis  uidimus  et  triumpbum  de 
sarracenis  per  dei  misericordia  obtinuimus,  quod  superius  scriptum 
est.  sancimus  et  in  perpetüum  confirmamus  permansurum. 

Ego  Petrus  marcius  dei  gratia  ecclesie  beati  iacobi  cardinalis, 
sicut  inueni  in  alio  scripto  quod  in  beati  iacobi  thesauro  et 
in  eius  titulo  permanet,  ita  scripsi  et  hoc  translatum  feci  et 
proprio  robore  confirmaui. 

Grondisaluus  notui.» 

Hemos  dicho  que  D.  Ramiro  II,  debió  de  haber  con- 
firmado el  Privilegio  de  D.  Ramiro  I,  pues  él  mismo  lo 


(1)  Esta  subscripción  falta  en  la  copia  del  Tumbillo,  fol.  127. 

(2)  En  el  Tumbillo,  frater  eius. 


138 


LIBRO  SEGUNDO 


da  á  entender  en  el  Diploma  otorgado  á  la  Iglesia  com- 
postelana  en  León  á  21  de  Febrero  de  934  (1).  Refiere 
el  vencedor  de  Simancas,  que  viniendo  á  visitar  la  Igle- 
sia de  Santiago  (advenientes  aule  Mi.  Jacóbi  orationis  causa), 
después  de  examinar  atentamente  los  Diplomas  de  sus 
antecesores,  entre  los  cuales  Diplomas  cita  á  dos  de 
D.  Ramiro  I,  los  confirmó  todos;  et  testamentos  priores 
maiorum  nostroram  manu  propria  coyifirmamiis.  Y  en  efecto, 
cuando  otorgó  el  fechado  en  León,  parece  debió  de  ha- 
ber tenido  á  la  vista  el  de  los  Votos  de  D.  Ramiro  I. 
Véanse,  si  no,  confrontados  los  preámbulos  de  dichos  dos 
Diplomas: 


Diploma  de  D.  Ramiro  I. 

Antecessorum  facta  per  que 
successores  ad  bonum  poterunt 
crudiri,  non  sunt  pretereunda 
sub  silentio,  uerum  pocius  de- 
bent  comitti  monumentis  litte- 
rarum,  ut  eorum  recordatione 
ad  imitationem  bone  operatio- 
nis  inuitentur  posteri.  Eaprop- 
ter  ego  rex  ranemirus  et  a  deo 
michi  coniuncta  urracha  regi- 
na (2),  cum  filio  nostro  rege 
ordonio  et  fratre  meo  rege  gar- 
sia  oblationem  nostram  quam 
gloriosissimo  apostólo  dei  iaco- 
bo  fecimus  cum  assensu  arcie- 
piscoporum,  episcoporum  abba- 
tum  et  nostrorum   principum 


Diploma  de  D.  Ramiro  II. 

Antiquorum  etenim  exem- 
pla  et  opera  acta  obcelari  non 
queunt,  sed  pene  ómnibus  nota 
manent  que  de  tempore  succe- 
dente  in  témpora  gesta  fue- 
runt.  Literarum  monimenta  ad 
posterorum  memoriam  scripta 
ac  reservata  sunt,  ut  singulo- 
rum  solertiam  quisquis  legerit> 
aperta  mente  consideret  que  ei 
liceat  imitari.  Denique  in  cu- 
juscumque  chronicis  vel  mem- 
branis  tortum  invenerit,  discat 
se  omnimodis  custodire  ne  ta- 
ba operetur;  ubi  vero  in  Do- 
mino et  per  Deum  sanum  et 
desiderabile     repererit    scrip- 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XIX,  Apéndice,  pág.  362. 

(2)  En  el  de  D.  Ramiro  II,  también  se  dice  antes,  cum  conjuncta  nobis 
0,  Domino  Urraca  regina. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELAVA  139 

et  omiiium  híspame  xpisfciano-  tum,  pie  et   cum  tota  mentís 

ram   litterarum   committimus  intentione   agere    studeat,    ut 

observationi,  ne  forte  suocesso-  sanctorum   sequendo  exempla 

res  nostri,  quod  a  nobis  factum  cum  eis  pro  bene  gestis  gaudio 

est,  per  iguorantiam  temptent  fruatur    perpetuo.    Jam    vero 

irrumpere,  et  ut  etiam  per  re-  quid   nostro  ob  amore   Dei  et 

cordationem    nostre   operatio-  sancto  ejus  Apostólo  uret   in 

iiis  ad  similiter  operandum  mo-  pectore,  faucibus  apertis  et  pa- 

veantur.  tulo  ore  coram  omni  catholico- 

rum  toga  fari  oportet. 

Los  antiguos  copistas  acostumbraron  siempre  á 
transcribir  los  Diplomas  poniendo  á  continuación  las 
subscripciones,  sin  cuidarse  de  distinguir  las  propias  del 
primitivo  documento,  de  las  que  se  añadieron  después 
al  tiempo  de  ser  suscripto  por  otros  Monarcas.  De  aquí  la 
confusión  que  se  nota  en  muchos  Privilegios,  los  cuales 
aparecen  suscriptos  por  personajes  que  vivieron  en  muy 
distintas  épocas.  Esto  sucedió  también  en  las  copias  del 
Diploma  de  los  Votos,  en  las  cuales  al  lado  de,  ó  á  con- 
tinuación de  las  suscripciones  de  los  primeros  firmantes, 
como  Dulció  Arzobispo  cantabrknse,  y  Suario  ovetense,  se  ven 
otras  evidentemente  muy  posteriores,  como  la  de  Salo- 
món astur ¡cense,  Pedro  Iriense,  y  entre  los  caballeros  la  de 
Gutier  Osorio  y  la  de  Osorio  Gutiérrez.  Estos  dos  últimos, 
lo  mismo  que  Salomón,  Obispo  de  Astorga,  vivieron  en 
tiempo  de  Ramiro  II,  y  debieron  subscribir  con  él  el 
Privilegio  de  Ramiro  I.    ' 

De  aquí  resulta  que  es  vana  tarea  el  empeñarse, 
como  hicieron  muchos,  en  buscar  en  tiempo  del  vence- 
dor de  Clavijo  personajes  que  vivieron  cien  años  des- 
pués; y  que  son  sin  fundamento  muchas  de  las  objecio- 
nes que  por  este  motivo  se  hicieron  al  Privilegio  de  los 
Votos. 


140  LIBRO  SEGUNDO 


Deben  también  tenerse  presentes  los  frecuentes  ye- 
rros materiales  en  que  incurrían  los  copistas  al  transcri- 
bir los  números  y  los  nombres  propios  de  personas  y  de 
lugares  de  los  documentos.  Mientras  no  sepamos  con 
evidencia  que  en  el  Diploma  original  estaba,  Suarius 
ovetensis  episcopus  y  no  Serranas  ovetensis  episcopus,  p.  ej.,  en 
vano  es  combatirle  por  este  concepto.  Lo  mismo  debe 
decirse  de  otras  subscripciones,  como  la  de  Oveco  asturien- 
sis,  (que  bien  pudo  ser  Oveco  II  de  Oviedo,  que  vivió  en 
tiempo  de  Ramiro  II),  la  de  Rudericus  lucensis  episcopus  y 
la  de  Petrus  iriensis  episcopus,  que  falta  en  algunas  copias. 

El  insigne  Mabillón,  en  su  célebre  tratado  De  re  di- 
plomática, lib.  I,  cap.  VII,  habla  de  la  renovación  de  los 
antiguos  Diplomas,  que  se  habían  extraviado  ó  perecido 
en  algún  incendio,  ó  que  se  habían  deteriorado  por  el 
uso,  la  acción  del  tiempo  ó  descuido  en  su  conservación. 
En  España,  en  el  siglo  XII,  después  que  se  generalizó  el 
uso  de  la  letra  francesa,  hubo  necesidad  de  renovar 
muchos  documentos  antiguos,  que  escritos  en  letra  góti- 
ca quedaban  casi  ininteligibles  para  la  generalidad.  El 
Privilegio  de  los  Votos,  que  desde  su  principio  forzosa- 
mente tuvo  que  estar  en  continuo  movimiento  á  causa 
de  la  frecuencia  con  que  había  que  presentarlo  y  llevar- 
lo de  una  parte  á  otra  para  hacer  las  oportunas  recla- 
maciones, lo  cual  supone  mucho  uso  y  el  consiguiente 
deterioro,  debió  de  pasar  también  por  la  renovación.  En 
esta  operación  fué  fácil  que  se  corrigiesen  algunos  de 
los  solecismos,  en  que  no  podía  menos  de  abundar  el 
texto  primitivo,  y  que  aún  se  añadiese  algún  inciso,  que 
no  alterase  en  nada  la  substancia  del  documento  (1). 


(1)    Tal  quizás  sería  uno  de  ellos  aquella  cláusula:  «Proh  dolor!   et 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  141 

A  nada  de  esto  atendieron  los  impugnadores  del  Di- 
ploma, ó  más  bien  del  Voto.  Su  única  preocupación  era 
combatir  bien  ó  mal  el  contenido  del  mismo,  y  buscar 
cualquiera  asomo  de  dificultad  que  sirviese  de  funda- 
mento para  contradecirlo  y  desacreditarlo.  Unos  lo 
combatían  por  la  corrección  (relativa)  y  elegancia  de  su 
estilo,  que  tanto  discrepa  del  que  se  observa  en  las  es- 
crituras de  la  época;  como  si  entonces  no  hubiera  quien, 
como  San  Eulogio,  Alvaro  Cordobés  ó  el  Abad  Sansón, 
no  supiese  escribir  correctamente  el  latín,  ó  como  si  la 
redacción  de  un  documento  tan  trascendental  é  impor- 
tante, se  confiara,  á  cualquiera  vulgar  notario.  Otros 
presentan  como  indicios  de  falsedad  los  títulos  de  Arzo- 
bispo y  Potestad,  que  emplea  el  Diploma,  los  cuales  títu- 
los, según  los  impugnadores,  eran  entonces  enteramente 
inusitados  en  España,  como  si  la  palabra  Arzobispo  no  la 
usara  ya  San  Isidoro  y  no  apareciera,  á  pesar  de  lo  que 
diga  Masdeu  (1),  entre  las  subscripciones  del  Concilio  III 
de  Mérida,  y  en  la  carta  de  Quirico,  Obispo  de  Barcelona, 
á  San  Ildefonso,  y  en  otros  varios  documentos  anteriores 
al  Privilegio  de  los  Votos,  que  pueden  verse  citados  en 
la  Apología  del  Voto  de'  Santiago,  pág.  250  y  siguientes;  y 
como  si  el  título  de  Postestas  terre  (si  es  que  no  debiera 
leerse  Princeps  terre,  como  conjetura  el  Sr.  Sánchez 
Vaamonde  (2),  no  se  viera  ya  usado  en  otros  antiguos 
documentos  (3).  Ya  indican  las  fuentes  de  que  se  sirvió 


exemplum  posteris  non  observandum!  pro  pactione  pacis  temporalis  et  tran- 
sitorie  tradebatur  captiva  christianitas  luxurie  sarracenorum  explende.» 

(1)  Historia  Crítica  de  España,  tomo  XI,  núm.  92. 

(2)  Apología  del  Voto  de  Santiago,  pág.  270,  nota. 

(3)  Apología,  etc.,  pág.  273  y  siguientes. 


142  LIBRO  SEGUNDO 


el  impostor  para  la  confección  del  Diploma,  y  citan  á 
Quinto  Curcio  y  á  Tito  Livio,  que  hablan  de  las  apari- 
ciones de  Hércules  á  Alejandro  y  de  Castor  y  Polux  en 
la  batalla  del  lago  Regilo;  sin  hacerse  cargo  que  de  este 
modo  hacen  al  impostor  más  versado  en  la  Historia  clá- 
sica (lo  cual  sería  verdaderamente  extraordinario),  que 
en  la  patria.  Ya  tachan  al  Diploma  de  falso,  porque  en 
él  se  supone  que  León  ya  estaba  poblada  en  tiempo  de 
Ramiro  I,  lo  cual,  según  los  impugnadores,  no  se  efectuó 
hasta  el  tiempo  del  sucesor  de  D.  Ramiro;  siendo  así 
que,  como  demostró  el  P.  Risco  (1),  León,  desde  que  fué 
recobrada  á  mediados  del  siglo  VIII  por  D.  Alfonso  I, 
siempre  estuvo  más  ó  menos  poblada,  y  con  iglesias  y 
monasterios.  Masdeu  (2),  para  tener  un  argumento  más 
que  poner,  inventó  que  el  Sayón  del  Rey  Vicente  había  fir- 
mado el  Diploma,  como  notario;  y  la  realidad  es,  que  lo 
subscribió  como  testigo.  El  que,  según  la  copia  más  an- 
tigua que  se  conserva,  autorizó  el  Diploma,  fué  Gonza- 
lo: Gondisalvvs  notvit. 

Una  objeción  hay,  sin  embargo,  que  se  convirtió  en 
lazo  en  que  se  vieron  cogidos  los  mismos  que  lo  tendie- 
ron. El  Diploma,  decían  con  aire  de  triunfo  y  como  si 
ya  tuvieran  en  la  mano  un  atestado  irrefragable  de  la 
falsedad,  llama  Urraca  á  la  esposa  de  D.  Ramiro,  y  es 
sabido  que  su  verdadero  nombre  fué  el  de  Paterna,  pues 
así  la  denomina  D.  Alfonso  III  en  su  Cronicón  (3).  Pero 


(t)     España  Sagrada,  tomo  XXXIV,  pág.  127. 

(2)  Historia  Crítica,  tomo  XVI,  pág.  6. 

(3)  Al  tratar  de  esta  objeción  no  puede  disculparse  á  los  impugnadores 
del  Diploma  de  la  tacha  de  ligeros  y  apasionados;  pues  de  otro  modo,  antes 
de  proponer  tal  argumento,  debieran  haber  resuelto  el  problema  del  nombre 
de  la  esposa  de  D.  Ramiro  II;  la  cual,  según  los  historiadores,  se  llamó  Te- 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  143 

¿cuántas  esposas  tuvo  D.  Ramiro  I?  La  primera,  es  indu- 
dable, que  se  llamó  Paterna,  y  ¿cómo  se  llamó  la  segunda 
de  la  cual  no  quieren  entender  los  impugnadores  del  Di- 
ploma, ó  si  entienden  la  tienen  por  anónima?  Refiere  don 
Alfonso  III  en  su  Cronicón,  que  á  la  muerte  de  D.  Alfon- 
so II  fué  proclamado  D.  Ramiro  I,  el  cual,  asociado  ya 
al  Trono  desde  hacía  algunos  años,  á  la  sazón  se  hallaba 
ausente  en  Castilla,  á  donde  ha.bía  ido  para  tomar  espo- 
sa (1).  Supongamos,  por  un  momento,  que  ésta  fuese  la 
doña  Paterna,  la  que  se  creía  única  esposa  de  D.  Rami- 
ro. Entonces  tendremos  que  este  monarca,  del  cual  no 
quiere  reconocerse  el  prodigio  de  Clavijo,  dejaría  un 
hijo,  D.  Ordoño  I,  dos  veces  prodigioso  por  las  razones 
siguientes:  D.  Ramiro  I,  que,  cuando  se  casó  en  Castilla 
y  sucedió  á  D.  Alfonso  II,  pasaba  ya  de  cincuenta  años, 
falleció  al  entrar  en  el  octavo  de  su  reinado,  ó  sea  á 
principios  de  850.  En  este  año  lo  más  que  podría  tener 
D.  Ordoño  I  (partiendo  siempre  del  supuesto  de  que  don 
Ramiro  no  estuvo  casado  más  que  una  vez),  serían  seis 
años  y  medio;  y  sin  embargo,  lo  vemos  ya  en  aptitud  de 
capitanear  grandes  ejércitos,  y  emprender  vigorosas 
campañas  (2). 


resa  Florentina  y  Sancha;  según  las  Escrituras,  Urraca.  Mas  el  desmedido 
afán  de  combatir  el  Diploma  de  Clavijo,  los  dislumbró  de  tal  modo,  que  no 
advirtieron  la  contestación  que  al  punto  podía  dárseles,  á  saber,  que  lo  que 
había  pasado  con  el  nombre  de  la  mujer  de  D.  Ramiro  II,  esto  pasó  con  el 
de  la  de  D.  Ramiro  I. 

(1)  Post  Adefonsi  decessum,  Ranimirus,  filius  Veremundi  Principis, 
electus  in  Regnum;  sed  tune  temporis  absens  erat  in  Barduliensem  provin- 
ciam  ad  accipiendam  uxorem.  (España  Sagrada,  tomo  XIII,  pág.  489). 

(2)  Adversus  chaldaeos  saepissime  praeliatus  est,  et  triumphavit  in 
primordio  regni  sui.  (Chron.  de  Sebastián  de  D.  Alfonso  III,  España  Sagra- 
da, tomo  XIII,  pág.  490). 


144  LIBEO    SEGUNDO 


No  es  esto  sólo.  D.  Ordoño  I  falleció  en  866,  dejando 
á  su  hijo  y  sucesor,  D.  Alfonso  III,  de  dieciocho  años  de 
edad,  como  dice  el  Albeldense.  Desde  el  año  842  en  que 
se  casó  D.  Ramiro,  hasta  el  866  en  que  falleció  su 
hijo  D.  Ordoño,  transcurrieron  veinticuatro  años.  Des- 
cuéntense de  estos  veinticuatro  años  los  dieciocho  que 
tenía  D.  Alfonso  III,  cuando  falleció  su  padre;  y  re- 
sultará que  éste  engendró  á  su  hijo  á  los  cinco  ó  cin- 
co años  y  medio  de  edad.  Dejemos  á  los  críticos  que  se 
entretengan  en  desatar  este  inextricable  nudo;  nosotros 
entretanto  repasemos  lo  que  con  gran  sencillez  y  con  no 
menor  exactitud  y  admirable  tino  histórico  expuso  en  su 
Crónica  (1)  sobre  el  particular,  el  célebre  Ambrosio  de 
Morales:  «Lo  cierto  es,  dice,  que  el  Rey  D.  Ramiro  estu- 
vo casado  dos  veces.  La  primera  antes  que  fuese  Rey 
con  esta  señora  doña  Paterna,  que  no  fué  Reyna,  más 
fué  madre  del  Rey  D.  Ordoño.  Y  después  otra  vez  con 
la  Reyna  doña  Urraca.  Esto  se  ve  claramente;  pues  el 
Rey  hemos  visto  como  se  casó  al  mismo  tiempo  que  co- 
menzó á  reynar.  Y  siendo  entonces  el  Rey  de  más  de 
cinquenta  años,  como  por  la  muerte  de  su  padre  parece, 
no  es  creible  que  se  casó  entonces  la  primera  vez. »  El 
P.  Flórez  (2)  siguió  en  esto  á  Morales,  y  cita  en  corrobo- 
ración de  lo  mismo  al  Tudense  y  al  Arzobispo  D.  Rodri- 
go, los  cuales  llaman  doña  Urraca  á  la  esposa  que  don 
Ramiro  había  traído  de  Castilla. 

Acerca  del  testimonio  del  Tudense  y  D.  Rodrigo,  de- 
bemos notar,  que  ambos  Prelados  tuvieron  indudable- 
mente á  la  vista  documentos,   de  los  cuales  hoy  ni  si- 


(1)  Libro  XIII,  cap.  LIV. 

(2)  Memorias  de  las  Reynas  Cathólicas,  tomo  I,  pág.  65. 


tOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANÁ         145 

quiera  hay  noticia.  D.  Rodrigo  dice  expresamente  en  el 
Prólogo  de  su  Historia,  que  para  la  composición  de  su 
obra  había  consultado  y  compulsado  minuciosamente, 
además  de  los  Cronicones,  Concilios  y  otras  obras  que 
nombra,  muchas  Escrituras  (1).  Así  es  que,  á  no  ser  que 
quiera  decirse,  que  D.  Rodrigo  lo  sacó  de  su  cabeza,  ha- 
brá que  confesar  que  en  algún  antiguo  documento  debió 
de  haber  hallado  que  D.  Ramiro  amaba  á  su  hermano 
D.  García  como  á  sí  propio,  y  que  doña  Urraca  era  una 
señora  piadosísima,  y  que  hizo  muchos  dones  á  las  igle- 
sias de  Santiago  y  San  Salvador  de  Oviedo. 

Además  de  D.  Ordoño,  tuvo  D.  Ramiro  otros  hijos, 
de  los  cuales  apenas  hay  noticia  cierta  (2).  Conócese, 
sin  embargo,  una  hija,  Aldonza,  que  correría  la  misma 
suerte,  que  estuvo  á  punto  de  correr  D.a  Urraca,  á  no 
haberla  puesto  á  salvo  una  Escritura  del  Tumbo  de  Sa- 
inos, que  cita  Flórez  en  las  Memorias  de  las  Beynas  catho- 
licas  (3),  y  que  sería  como  otras  que  pudieron  compulsar 
D.  Lucas  de  Tuy  y  D.  Rodrigo  al  redactar  sus  respecti- 
vas obras  (4). 


(1)  Et  alus  scripturis,  quas  de  membranis  et  de  pictaciis  laboriose  in- 
vestigatas,  laboriosius  compilavi. 

(2)  Berganza  cita  á  D.  García,  y  Salazar  á  D.  Rodrigo  y  á  D.a  Ildoni- 
cia  ó  Aldonza,  que  dice  nació  ciega. 

(3)  Tomo  I,  pág.  66. — De  esta  Escritura  hemos  visto  algunas  copias 
que  se  sacaron  directamente  del  Tumbo  de  Samos  en  el  siglo  pasado. 

(4)  He  aquí  cómo  extracta  Flórez  la  referida  Escritura,  que  era  la  VI 
del  Turnio  en  la  nota  1.a  de  la  citada  página:  «Dice  la  citada  Escritura  que 
D.a  Aldonza  dejó  después  de  sus  días  la  villa  de  Sala  al  nepto  (ó  sobrino) 
Bermudo,  quien  se  la  dio  á  su  mujer  Gontrode,  y  ésta  al  sobrino  Froylán, 
hijo  de  Alfonso,  (que  es  el  Rey  Fruela  II,  hijc  de  Alfonso  III),  y  Froylán 
se  la  dio  al  Rey  Ramiro  (que  es  el  II),  y  éste  á  su  hermana  D.a  Auria  y  al 
Conde  Nepociano.  Era,  pues,  Aldonza  hija   de  Ramiro  I,  no  del  II,  porque 

Tomo  II.— 10. 


146  LIBEO  SEGUNDO 


No  se  aleguen,  pues,  dificultades  contra  la  verdad 
histórica  de  la  jornada  de  Clavijo,  porque  á  la  luz  de  la 
sana  crítica  penosamente  podrán  prosperar.  Dígase  con 
franqueza  que  el  admitir  suceso  tan  prodigioso  en  el  si- 
glo pasado  no  convenía  á  las  miras  interesadas  y  egoís- 
tas de  muchos  (lo  cual  en  cierta  manera  es  disculpable); 
y  en  el  presente  no  lo  toleran,  ni  consienten  las  corrien- 
tes escépticas  y  racionalistas  dominantes. 


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después  de  este  II  no  huvo  Froylan  hijo  de  Alfonso,  sino  solo  después   de 
Harairol.» 

La  villa  de  Sala  debe  de  ser  una  aldea  de  este  nombre  en  la  parroquia 
de  San  Pedro  de  Armea,  cerca  de  Sarria,  y  no  lejos  de  Samos. 


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CAPITULO  VI 


Adulfo  II. —  Obtiene  de  Roma  autorización  para  erigir  en  Ca- 
tedral la  Iglesia  de  Santiago. — Es  acusado  de  un  crimen 
horrendo,  y  se  justifica  por  medio  de  la  prueba  del  Toro. 
—  Renuncia  la  Sede  y  se  retira  á  Asturias. 


Adaulfo  I  sucedió  Adaulfo  II  (1 
semejante  al  primero,  tanto  en 
el  nombre  como  en  las  virtudes 
y  en  la  ejemplaridad  de  su  vida, 
y  que  probablemente  era  el  Abad 
Adulfo,  que  en  tiempo  de  Rami- 
ro I  gobernó  el  monasterio  de  Antealtares  (2). 

Gravísimos  sucesos  no  tardaron  en  turbar  su  pontifi- 


(1)  Entre  los  dos  Adaulfos  puso  Huerta  (Anal,  de  Gal.,  t.  II,  libro  IX, 
cap.  1),  á  un  Obispo  Pedro,  del  que  no  hay  noticia  alguna,  y  cuya  existen- 
cia rechazan  de  consuno  la  Compostelana,  el  Iriense  y  D.  Diego  Gelmírez, 
en  el  Diploma  otorgado  á  San  Martín  Pinario  en  el  año  1115.  El  Obispo 
Pedro,  á  que  se  refiere  el  documento  de  Sobrado  citado  por  Huerta,  es  San 
Pedro  de  Mezonzo. 

(2)  Véase  el  Privilegio  concedido  por  D.  Alfonso  VII  en  el  año  1147 
á  Antealtares  entre  los  Apéndices  de  la  Coronica  de  Yepes,  tomo  IV. 


148  LIBRO  SEGUNDO 


cado;  3^  el  primero,  entre  ellos,  fué  una  nueva  invasión 
de  los  normandos,  que  como  un  torrente  devastador,  ha- 
cia el  año  858,  se  precipitó  sobre  la  Europa  meridional 
sin  parar  hasta  Grecia  (1).  Galicia,  como  la  primera  in- 
vadida, fué  la  que  sufrió  el  choque  en  toda  su  fuerza  y 
violencia.  Conocían  los  normandos,  por  los  embajadores 
que  habían  venido  á  Compostela  hacia  el  año  850  en 
compañía  de  Algazel  (2),  el  gran  concurso  de  peregri- 
nos de  todas  partes  que  casi  de  continuo  había  en  esta 
ciudad,  y  las  muchas  y  á  veces  valiosas  ofrendas  que  se 
presentaban  ante  el  Altar  de  Santiago.  Esto  avivó  su 
codicia,  y  les  hizo  proponerse  como  uno  de  los  principa- 
les objetivos  de  su  expedición,  el  apoderarse  ó  al  menos 
saquear  el  templo  del  Patrón  de  España."  Cual  huracán 
desencadenado  entraron  por  la  ría  de  Arosa,  llevándolo 
todo  á  sangre  y  fuego  (3).  Iria  no  fué  barrera  bastante 
para  contenerlos;  ó  más  bien,  si  los  detuvo,  fué  mientras 
duró  la  faena  de  arrebatar  y  apoderarse  del  botín  (4). 
El  Cabildo  de  Iria,  y  probablemente  el  mismo  Adaulfo, 
que  acaso  se  hallaría  allí  accidentalmente,  si  es  que  no 
había  acudido  á  las  primeras  noticias  de  la  invasión, 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XIII,  pág.  492. 

(2)  Véase  cap.  III,  pág.  70. 

(3)  De  esta  invasión  hace  memoria  el  Cronicón  Iriense  (España  Sagra- 
da, tomo  XX,  pág.  602),  en  los  siguientes  términos:  «Eo  tempore  centum 
naves  Normanorum  in  Gallaeciam  venerunt,  et  post  triennium  ad  propria 
sant  reversae.» 

(4)  «ínter  caetera  reperimus,  se  lee  en  el  preámbulo  del  Diploma  por  el 
cual  D.  Diego  Gelmírez  restauró  la  Canónica  Iriense.  (Véase  Monumentos 
antiguos  de  la  Igelsia  Cornpostelana,  pág.  9),  eosdem  venerabiles  praede- 
cessores  nostros  Irienses  Pontifices  periculum  barbaricum,  quod  quam  má- 
xime océanos  fines  Grallaeciae  invaserat...» 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  149 

» 

tuvieron  que  retirarse  precipitadamente  á  Compostela, 
y  encerrarse  dentro  de  sus  muros  (1). 

Posesionados  los  normandos  de  Iria,  amagaron  á 
Compostela  y  la  obligaron  á  entrar  en  negociaciones,  y  á 
pagarles  un  tributo  para  no  verse  asaltada  y  saquea- 
da (2).  Mas  no  satisfechos  con  esto  algunos  de  los  jefes 
normandos,  se  concertaron  entre  sí  para  entrar  en  la 
Ciudad  Santa,  abrir  el  sepulcro  del  Apóstol  y  llevar  sus 
Sagrados  Huesos  (3).  Quizás  ya  se  disponían  á  llevar  á 
cabo  sus  propósitos,  cuando  en  esto  aparece  el  Conde 
gallego  Pedro,  que  los  pasó  á  todos  á  cuchillo  (4). 

Mas  Iria  había  quedado  desolada,  y  expuesta  de  con- 
tinuo á  nuevas  y  no  menos  terribles  invasiones.  Las  cien 
naves  que  arribaron  á  las  costas  de  Galicia,  se  destaca- 
ron sin  duda  de  la  gran  armada  normanda,  que  siguió 
su  derrotero  y  en  todas  partes  hasta  Grecia  dejó  huellas 
sangrientas  de  su  paso  (5).  Era  de  recelar  que  estas  fe- 
roces incursiones  se  repitiesen,  si  no  todos  los  años,  con 
sobrada  frecuencia,  tanto  más  cuanto  que  no  eran  so- 
los los  normandos  á  quienes  había  que  temer,  sino  á 


(1)  Fugiendo  ad  urbem  Compostellanam,  si  fieri  posset  ab  illorum  do- 
minio mancipandum,  usos  salubri  convaluisse  consilio.  (Monumentos  antiguos 
de  la  Iglesia  Compostelana,  pág.  9). 

(2)  Et  quia  Locum  Apostolicum  virtus  ipsa  barbárica  jam  sibi  per  vio- 
lentiam  subjugatum.  tributarium  instituerat...  (Monumentos,  etc...,  pág.  9). 

(3)  Jam  sane  quidam  de  barbarorum  principibus  sibi  condixerant,  qua- 
tinus  beati  Jacobi  sepulturam  effringerent,  et  os3a  sacratissima  asportarent. 
(Monumentos,  etc.,   pág.  9). 

(4)  Ejus  (Ordonii)  tempore  Lordomani  iteruin  venientes  in  Grallaeciae 
maritimis,  a  Pedro  comité  interfecti  sunt.  (Chronicon  Albeldense;  España  Sa- 
grada, tomo  XIII,  pág.  454). 

(5)  Véase  el  Cronicón  de  D.  Alfonso  III  en  la  España  Sagrada, 
tomo  XIII,  pág.  492. 


150  LIBEO   SEGUNDO 


los  árabes,  que  también  comenzaron  á  infestar  nuestras 
costas  (1).  Por  lo  tanto,  la  permanencia  del  Obispo  y 
del  Cabildo  en  Iria  se  hacía  imposible.  De  esta  difícil 
situación  dieron  cuenta  al  Rey  D.  Ordoño,  el  cual,  con 
consejo  de  los  Grandes  de  su  Corte  y  de  acuerdo  con  el 
Prelado,  envió  como  legados  al  Papa,  que  entonces  no 
podía  ser  otro  que  Nicolás  I  (858-867),  á  algunos  de  los 
arcedianos  de  la  diócesis  Iriense  para  que  pusiesen  en 
su  conocimiento  lo  aflictivo  de  las  circunstancias  en  que 
se  hallaba  la  Iglesia  de  este  título,  arruinada  ó  destrui- 
da, y  expuesta  á  las  continuas  incursiones  de  audaces  y 
furibundos  corsarios,  y  la  conveniencia  de  que  se  trasla- 
dase todo  el  Clero  catedral  á  la  Iglesia  de  Santiago,  en 
donde  podría  estar  más  seguro  y  tranquilo  (2). 

Parece  que  el  Papa  puso  alguna  dificultad  en  que  se 
abandonase  definitivamente  la  Sede  Iriense,  y  se  esta- 
bleciese la  Catedral  episcopal  en  una  iglesia  fabricada 


(1)  Según  Conde  (Historia  de  los  Árales,  tomo  I,  pág.  301),  en  el  año 
867  Mohammed  I  envió  sus  naves  para  la  guerra  en  las  costas  de  Galicia. 
Encargó  esta  expedición  al  emir  del  mar  Walid  ben  Abdelhamid,  y  salió 
la  armada  con  buen  viento  y  llegó  con  próspera  navegación  á  las  costas  del 
Gut  de  España,  y  estando  para  desembarcar  en  aquellas  costas  de  nahar 
Miño,  sobrevino  recia  tempestad,  y  las  naves  se  quebraron  unas  contra 
otras,  y  otras  fueron  á  estrellarse  contra  los  peñascos  de  unos  islotes  y  en 
la  costa  brava,  en  donde  pocos  se  salvaron,  y  de  éstos  fué  el  caudillo 
Abdelhamid. 

Por  tierra  también  entraron  los  w alies  de  la  frontera;  pero  al  retirarse 
con  el  botín  fueron  destrozados  por  los  cristianos. 

(2)  Quod  quidem  legionensi  Regi  per  fideles  legatos  iriensis  Pontificis 
intimatum  est.  Unde  idem  Legionensis  Princeps,  collecto  cum  potentibus 
regni  sui  consilio  per  missarios  et  archidiáconos  iriensis  Pontificis  apud 
Iíomanum  Pontificem  summis  precibus  impetravit,  quatinus  sedem  iriensem 
ad  composteUanam  transmigrare  jnssisset  ecclesiam.  (Monumentos,  etc., 
pág.  9). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  151 

pocos  años  antes,  en  la  cual,  si  residían  habitualmente 
los  Prelados  con  parte  del  Clero  catedral,  no  era  por  tí- 
tulo canónico  de  Sede,  sino  por  tributar  más  esplendo- 
roso culto  al  Apóstol  Santiago  (1).  Quizás  el  Papa  Nico- 
lás I,  que  á  la  sazón  se  hallaba  bastante  preocupado  con 
la  cuestión  del  cisma  de  Focio,  comenzó  á  vislumbrar 
los  recelos,  que  después  abrigaron  sus  sucesores,  recelos 
que  se  patentizaron  en  el  Concilio  de  Peims  de  1059,  en 
donde  el  Prelado  compostelano  fué  excomulgado  por 
usar  el  título  de  Obispo  Ecclesiae  Apostolícete.  Lo  cierto,  es 
que,  sólo  en  atención  á  los  ruegos  y  á  las  vivas  instan- 
cias de  D.  Ordoño,  condescendió  con  que  el  Obispo  Irien- 
se  estableciese  Cátedra  pontifical  en  Compostela,  pero 
con  las  siguientes  condiciones:  primera,  que  la  Sede 
Iriense  continuase  siendo  considerada  como  tal  Sede, 
aunque  secundaria;  segunda,  que  se  la  dotase  convenien- 
temente para  sustento  y  decoro  del  Clero  adscripto  á  su 
servicio  (2). 

En  virtud  de  lo  ordenado  por  el  Papa,  se  señalaron 
á  la  Sede  Iriense  todas  las  tercias  del  arcedianato  de 
Saines,  los  diezmos  y  frutos  de  las  parroquias  de  Padrón 
y  Herbón,  varias  salinas  y  heredades,  y  cierto  número 
de  siervos  ministeriales,  como  panaderos,  cocineros,  mo- 
zos de  servicio,  labradores,  carpinteros,  etc.  (3). 


(1)  Foedum  sane  Romano  Pontifici  visum  fuerat,  ut  sic  nova  Sedes 
conderetur,  ut  illius  principalis  ac  veteris  memoria  tolleretur.  (Monumentos, 
etcétera...,  pág.  9). 

(2)  Ea  videlicet  semper  ratione  servata,  ut  memorata  Iriensis  eccle- 
sia,  opibus  et  gazis  refecta,  consistens  secundaria  sedes  Pontificis,  habere- 
tur  in  honore  et  honéstate  máxima,  utpote  ubi  XXVIIIo  pontificum 
sanctissima  sepulta  corpora  conquiescunt.  (Monumentos,  etc.,  pág.  9). 

(3)  Unde  ex  mandato  et  praecepto  jam  dicti  Romani  Praesulis  praefati 


152  LIBBO  SEGUNDO 


De  esto  se  deduce  que  hasta  esta  época,  aun  después 
de  descubierto  el  Sagrado  Cuerpo  de  Santiago,  el  cate- 
drático y  las  tercias,  que  eran  la  tercera  parte  de  los 
frutos  de  cada  parroquia,  se  llevaban  á  la  Iglesia  de 
Iria,  única  Cátedra  reconocida  en  toda  la  Diócesis.  Des- 
pués de  esta  época,  dichos  frutos  se  trajeron  á  Compos- 
tela,  á  excepción  de  los  del  arcedianato  de  Saines,  que 
se  reservaron  para  el  Cabildo  de  la  Catedral  Iriense;  y 
desde  entonces  la  Iglesia  compostelana  gozó  de  la  con- 
sideración de  Sede  primaria  de  la  Diócesis,  toda  vez  que 
el  Papa  definió  cuál  era  su  verdadero  puesto  jerárquico, 
que  hasta  aquella  ocasión  no  se  había  canónicamente 
precisado.  Es  verdad  que  D.  Alfonso  II,  con  consejo  ó 
autorización  de  los  Prelados  que  lo  habían  acompañado 
en  su  primer  viaje  á  Compostela,  había  unido  al  Lu- 
gar Santo  con  la  Sede  Iriense  (  Iriensem  Sedem  ciim, 
eodem  loco  Sancto  conjunximus) :  mas  aquí  lo  que  hizo  el 
Rey  Casto  fué  dejar  á  la  Iglesia  Iriense  en  su  antiguo 
estado  de  Sede  única  y  exclusiva  de  la  Diócesis,  y  poner 
á  la  nueva  Iglesia  del  Apóstol  bajo  el  régimen  inmedia- 
to y  personal  de  los  Prelados  de  Iria,  los  cuales,  por 
esta  razón,  con  parte  de  su  Cabildo,  residían  habitual- 
mente  en  el  Lugar  Santo,  ó  sea  Compostela. 

El  Rey  D.  Ordoño  quiso  por  su  parte  autorizar  todo 


irienses  Episcopi  in  eadem  Iriensi  ecclesia  ob  redivivam  tantae  ecclesiae 
memoriam  canonicatum  constituentes,  largos  redditus  et  possessiones  ad 
victum  et  tegumentum  canonicis  usquequaque  sufficientes,  gratissime  con- 
tulerunt;  id  est,  archidiaconatum  saliniensem,  ecclesiam  Patronensem,  eccle- 
siam  ürbonensem,  salinas,  haereditates  et  nomines  de  servitio,  id  est,  pisto- 
res,  coquos,  pincernas,  colonos,  carpentarios  et  alia  multa  quae  rescire  Ion- 
gum  est. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  153 

esto;  y  á  tal  fin  en  el  año  862  envió  á  Compostela  á  su 
hijo  primogénito  D.  Alfonso  con  el  carácter  de  Rey  de 
Galicia.  Proponíase,  sin  duda,  D.  Ordoño,  con  tal  medi- 
da, aumentar  los  recursos  de  defensa  de  Compostela,  y 
tener  allí  un  contingente  de  tropas  pronto  á  acudir  á 
donde  quiera  que  amenazase  el  peligro  de  una  nueva 
invasión  de  los  piratas  del  Norte.  Y  en  efecto,  hasta  me- 
diados del  siglo  siguiente  no  hay  noticia  de  que  se  repi- 
tiesen en  Galicia,  al  menos  en  tan  terribles  proporcio- 
nes, las  correrías  de  los  tan  famosos  y  temidos  wikingos. 

D.  Alfonso,  que  á  la  sazón  contaba  catorce  años  de 
edad,  debía  de  traer  instrucciones  de  su  padre  acerca 
del  gobierno  de  Galicia.  Una  de  ellas  versó  sobre  la  con- 
vocación de  una  junta  ó  concilio  en  Compostela  para 
ratificar,  de  un  modo  más  público  y  solemne,  la  conce- 
sión de  las  seis  millas  hecha  ocho  años  antes.  Damos 
aquí  traducido  al  castellano  el  interesante  documento, 
en  que  se  trata  de  este  asunto: 

«En  virtud  de  la  ordenación  de  nuestro  señor  el 
Príncipe  Ordoño,  se  reunió  un  concilio  en  el  lugar  san- 
tísimo del  bienaventurado  Apóstol  Santiago,  en  donde 
está  sepultado  su  Santo  Cuerpo.  En  él  hemos  visto,  exa- 
minado y  releído  la  ordenación  y  la  carta  del  mismo 
señor,  gloriosísimo  Príncipe  Ordoño,  por  la  cual  conce- 
dió á  este  lugar  las  villas  y  los  hombres  habitantes  en 
ellas  en  el  radio  de  seis  millas,  la  cual  carta  su  hijo  el 
Rey  Alfonso  confirmó  por  común  consejo  de  todo  el 
concilio.  En  la  Era  DCCCC  (año  de  C.  862).  Estuvieron 
presentes  Gudesteo,  Ervigio,  Emiliano,  Quiríaco  y  Bo- 
nelo  abad. — Alfonso  Rey  confirmo»  (1). 


(1)     Véase  Apéndice,  núm.  IV. 


154  LIBEO  SEGUNDO 


Y  después,  á  los  veinte  y  dos  días  de  fallecido  su 
padre  (f  27  de  Mayo  de  866),  el  18  de  Junio  del  referi- 
do año  866,  volvió  D.  Alfonso  á  confirmar  todo  cuanto 
sus  antecesores  habían  donado  á  la  Iglesia  del  Apóstol, 
y  en  especial  la  Sede  de  Iria  con  la  iglesia  de  Santa 
Eulalia  y  con  toda  la  Diócesis,  conforme  él  acababa  de 
demarcarla  en  el  Concilio,  y  según  la  habían  tenido  los 
Obispos  predecesores  Teodomiro  y  Adaulfo  I.  Encarga  á 
Adaulfo  II,  que  procure  regirlo  todo  con  vigilancia  y  fir- 
meza, extirpando  los  vicios  y  malas  costumbres,  y  que 
haga  oración  por  él  con  toda  su  congregación,  como  re- 
pite ,  al  final  del  Diploma.  Omnia  vigiliter  et  firmiter  regatis, 
et  mala  vitia  extirpetis,  et  pro  nobis  orationem  faciatis...  cum 
omni  congregatione  vestra  (1).  Aquí  se  ve  ya  cómo  la  Iglesia 
de  Santiago  ocupaba  el  primer  lugar  en  la  Diócesis,  aún 
respecto  de  la  de  Iria  (2). 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  V. 

(2)  En  este  mismo  año,  á  juzgar  por  lo  que  á  primera  vista  resulta  de 
un  Diploma  otorgado  por  D.  Alfonso  III  á  la  Iglesia  de  Mondoñedo  (es  el 
del  Apéndice  IV  del  tomo  XVIII  de  la  España  Sagrada),  habría  que  decir 
que  el  referido  Monarca  hizo  una  desmembración  de  la  Diócesis  composte- 
lana;  pues  consigna  al  Obispo  Mindoniense,  Sabarico  I,  dioecesim  Mam,  quae 
vocatur  Trasancos  et  Besancos  et  Prucios  cum  ómnibus  terminis  suis  proce- 
dentibus  usque  ad  aquam  de  Junqueras,  lnsuper  addimus  Ubi  illas  ecclesias 
de  Salagia  (Seaya,  cerca  de  Malpica  en  Bergantiños),  per  aquam  de  discessu 
usque  ad  montem  qui  vocatur  Neni  (Neme).  Mas,  aquí  conviene  distinguir, 
cerno  ya  hemos  notado  en  el  capítulo  III,  entre  iglesias  dioecesales  é  iglesias 
offertionales.  Las  primeras,  eran  las  que  en  todo  estaban  sujetas  al  Ordina- 
rio de  la  Diócesis;  las  segundas,  eran  como  propiedad  particular  de  los 
Reyes  ó  de  los  Magnates  en  su  caso.  (Véase  lo  que  acerca  de  estas  iglesias 
particulares  hemos  dicho  en  los  Fueros  de  Santiago  y  de  su  tierra,  tomo  I, 
páginas  29-30).  Pues  bien,  lo  que  aquí  consignó  D.  Alfonso  fué,  no  las 
iglesias  dioecesales  ó  diocesanas,  sino  las  offertionales.  Por  eso  declara  en  el 
Diploma  que  deja  de  contar  como  suyas  propias  á  dichas  iglesias,  para  que 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  155 

De  este  modo  iba  aumentando  y  afirmando  su  im- 
portancia la  Iglesia  de  Santiago,  que  ya  no  era  sólo  un 
santuario  visitado  y  concurrido  de  todas  las  partes  del 
mundo  y  servido  por  numeroso  y  respetable  Clero,  sino 
que  había  adquirido  en  la  escala  jerárquica  religiosa,  el 
puesto  más  encumbrado,  el  de  Cátedra  episcopal.  Mas 
al  poco  tiempo,  tuvo  que  sufrir  su  Cabeza  ó  su  Pastor 
una  terrible  prueba.  Las  eminentes  virtudes  de  Adaul- 
fo  II,  y  acaso  su  celo  por  la  conservación  de  la  disciplina 
eclesiástica,  ofuscaban  con  sus  destellos  á  muchos  espíri- 
tus débiles  (ó  fuertes,  según  la  carne),  que  no  podían 
soportar  el  vivo  resplandor  de  tanta  luz.  Urdieron,  pues, 
una  conspiración  para  sepultar  en  el  cieno  á  quien  de 
él  pretendía  levantarlos.  Buscaron  como  cómplices  é  ins- 
trumentos á  algunos  de  los  servidores  de  la  Iglesia  com- 
postelana  (1),  y  los  instigaron  para  que  acusasen  ante  el 
Rey  al  Obispo  Adaulfo  del  torpísimo  vicio  de  sodomía. 
El  Rey,  que  según  el  encadenamiento  de  los  sucesos, 


los  Obispos  de  Mondoñedo  las  posean  íntegramente.  De  nostro  jure  et  domi- 
nio omnium  Jiominum  radimus,  ui  habeas  tu  et  successores  tui  in  integrum. 
Esto,  de  ningún  modo  podía  decirlo  D.  Alfonso,  si  se  tratara  de  iglesias 
diocesanas. 

Pusimos  este  Diploma,  que  parece  de  los  renovados  en  el  siglo  XII,  no 
en  el  año  867,  como  lo  puso  Flórez,  sino  en  el  866;  porque  á  7  de  Mayo 
de  867  ya  era  Obispo  de  Mondoñedo  Kudesindo  I,  como  consta  de  la  Escri- 
tura de  Almerezo;  la  cual  además  de  señalar  en  la  fecha  la  Era  DCCCCV, 
año  867,  acusa  también  el  primer  año  completo  del  reinado  de  D.  Alfonso 
en  Asturias.  (Véanse  Apéndices,  núm.  VII). 

(1)  Según  el  Cronicón  Iriense  (España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  602), 
fueron  cuatro  los  criados  que  cometieron  tal  alevosía  contra  su  señor.  D.  Pe- 
layo  en  su  Cronicón  (España  Sagrada,  tomo  XIV,  pág.  481),  dice  que  fueron 
tres,  y  les  llama  Iadón,  Cadóny  Ensión,  ó  según  otra  lección,  Zadón,  Cadón 
y  Auxilien. 


156  LIBEO  SEGUNDO 


debía  ser  D.  Alfonso  III,  dio  oídos  á  la  denuncia  de  los 
siervos,  los  cuales  de  tal  modo  supieron  presentar  el  he- 
cho, que  el  crimen  parecía  fuera  de  duda.  Sorprendióse 
D.  Alfonso  con  lo  extraordinario  del  caso,  y  quedó  no 
poco  maravillado,  porque  de  una  persona  como  Adaulfo 
pudieran  decirse  tales  cosas;  sin  embargo,  como  no  era 
procedente  el  castigo  por  sólo  la  acusación  de  los  sier- 
vos, juzgó  que  el  Obispo  debía  purgarse  del  delito  ó  demos- 
trar públicamente  su  inocencia,  por  medio  de  una  de 
aquellas  pruebas  que  estaban  tan  en  uso  en  la  Edad 
media,  y  que  se  conocían  con  el  nombre  de  pruehas  vul- 
gares, ó  juicios  de  Dios.  La  prueba  que  propuso  el  mo- 
narca, sin  duda  por  consejo  de  los  maliciosos  émulos  del 
Prelado,  fué  el  ser  expuesto  á  la  furia  de  un  toro  braví- 
simo azuzado  por  los  ladridos  de  encarnizados  perros. 
Aceptó  Adaulfo;  y  el  día  convenido,  después  de  celebrar 
con  el  fervor  y  devoción  de  que  era  capaz  la  Santa  Mi- 
sa con  el  ceremonial  prescripto  para  tales  casos,  y  reves- 
tido como  estaba  de  pontifical,  salió  á  la  plaza  en  que 
había  de  tener  lugar  el  terrible  drama.  Grande  era  el 
concurso,  afanoso  de  contemplar  la  escena;  pues  convir- 
tióse en  festivo  espectáculo,  lo  que  no  podía  ser  más  que 
experiencia  jurídica  de  la  inocencia  de  un  tan  calificado 
acusado.  Sale  también  enfurecido  el  toro;  y  la  ansiedad 
por  ver  el  desenlace  del  fatal  encuentro,  se  refleja  en  el 
semblante  de  todos  los  espectadores.  Y  en  efecto,  el  des- 
enlace resultó  bien  digno  de  ser  contemplado!  Así  que 
el  toro  advirtió  la  presencia  del  Obispo,  depuso  su  fiere- 
za y  se  le  acercó  manso  y  humilde  hasta  poner  sus  te- 
midas defensas,  como  en  señal  de  reverencia,  entre  las 
manos  del  Prelado. 

Vencida  estaba  la  prueba;  Adaulfo  quedaba  declara- 


LOS  TEES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELA1ÍA         157 

do  inocente  del  crimen  que  se  le  achacaba;  sus  acusado- 
res convencidos  de  falsarios  y  perjuros;  y  sus  émulos 
confundidos  y  avergonzados.  No  se  aprovechó  el  venera- 
ble Prelado  de  su  triunfo  más  que  para  despedirse  del  Mo- 
narca, renunciar  la  Sede,  y  hacer  pública  manifestación 
de  que  olvidaba  la  injuria  que  le  habían  hecho  sus  ca- 
lumniadores. Desde  entonces  dispúsose  á  satisfacer  la 
constante  aspiración  de  su  vida,  el  entregarse  de  lleno 
á  la  contemplación  de  las  verdades  eternas  (tanto  ínter- 
nae  visionis  desiderio  succensus  extitit,  dice  la  Compostélana) ; 
y  se  retiró  á  un  lugar  solitario  en  Asturias,  su  patria  (1), 
en  donde  acabó  santamente  sus  días,  dejando  á  la  pos- 
teridad documentos  y  enseñanzas  admirables  de  piedad 
y  de  virtud  (ubi  exemplum  sanctae  conversationis  aliis  relin- 
quens  in  era  DCCCCIV  naturae  debita  per solvit  (2J.  La  Com- 
postelana  (3)  refiere  que  á  los  pocos  años  su  sucesor,  y 
sobrino  por  parte  de  madre,  Sisnando  I,  trajo  sus  vene- 
rables restos  á  Compostela,  y  les  dio  honrosísima  sepul- 
tura. Gil  González  (4)  coloca  su  sepultura  en  la  villa  de 
Grado,  donde  es  tenido  por  santo;  y  Argaiz  (5)  añade 
que  allí  «muestran  hoy  su  sepulcro,  por  cuya  intercesión 
ha  hecho  Dios  muchos  milagros  con  el  nombre  de  Santo 
Delpho.»   Todo  esto  se  compone  con  la  relación  de  la 


(1)  Según  el  Obispo  de  Oviedo,  D.  Pelayo,  (España  Sagrada,  t.  XIV, 
pág.  482),  Adaulfo  se  retiró  á  la  iglesia  de  Santa  Eulalia  en  el  valle  de  Pra- 
via  en  donde,  según  el  mismo  D.  Pelayo,  fué  sepultado. 

(2)  Compostelana. — (España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  10). 

(3)  Is  etiam  praedecessoris  ejusdem  Adaulfi  sanctam  vitam  recolens, 
summae  ac  fraternae  dilectionis  desiderio  Asturienses  partes  intravit, 
eumque  mortuum  Compostellam  asportavit,  et  cum  summa  reverentia  se- 
pelivit.  (España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  10). 

(4)  Theatro  ecles.,  tomo  I,  pág.  33. 

(5)  La  Soledad  laureada,  tomo  III,  pág.  341. 


158  LIBBO  SEGUNDO 


Compostelana;  pues,  como  nota  Flórez  (1),  «puede  verifi- 
carse que  recurriendo  los  fieles  al  sepulcro  donde  estuvo, 
reciban  de  Dios  algunos  beneficios  por  la  fe  y  devoción 
con  que  invocan  el  patrocinio  del  que  fué  sepultado  en 
aquel  sitio»  (2). 

Añade  la  Compostelana,  en  el  lugar  citado,  que  la  ca- 
sulla con  que  Adaulfo  celebró  Misa  el  día  de  la  terrible 
prueba,  se  guardó  como  una  reliquia;  y  de  ella  se  decía, 
que  el  que  la  vistiese  hallándose  reo  de  perjurio,  difícil- 
mente podía  quitarla. 

Díjose,  por  último,  que  el  toro  había  dejado  sus  astas 
en  las  manos  del  Prelado,  y  que  después  se  colgaron, 
como  recuerdo  del  memorable  suceso,  en  el  baldaquino 
del  altar  mayor.  Lo  de  dejar  el  toro  sus  cuernos,  parece 
indicarlo  la  Compostelana,  y  lo  afirman  el  Cronicón  Iriense 
y  el  Obispo  D.  Pelayo;  mas  de  que  después  se  hubiesen 
suspendido  en  el  altar  mayor,  no  hay  noticia  segura, 
porque  lo  que  se  tuvo  por  asta,  no  era  sino  una  bocina 
de  caza  donada  por  aJguno  de  los  Reyes  del  si- 
glo XIII  ó  XIV. 

Por  su  parte  D.  Alfonso,  no  satisfecho  con  echarse  á 
los  pies  del  Prelado  para  pedirle  perdón,  castigó  severa- 
mente á  todos  los  que  aparecieron  complicados  en  la 
infame  calumnia,  reduciéndolos  al  estado  de  servidum- 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  79. 

(2)  Es  asimismo  de  recelar  que  el  Obispo  D.  Pelayo,  Gil  González  y 
Argaiz,  hayan  confundido  la  sepultura  de  Adulfo  de  Santiago  con  la  de 
otro  Obispo  Adulfo  que  hacia  la  misma  época  fué  sepultado  en  San  Juan 
Bautista  de  Neva.  cerca  de  Aviles.  ("Véase  el  Apéndice,  núm.  III,  del  to- 
mo XXXVIII  de  la  España  Sagrada).  —  La  sepultura  del  primero  debió  estar 
más  al  Oriente  de  Asturias;  pues  por  allí  residía  su  sobrino,  cuando  se  le 
encargó  el  gobierno  de  la  Diócesis  compostelana. 


LOS  TBES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  159 

i  ■  '  '  '  — ■ ■— 

bre  y  obligándolos,  á  ellos  y  á  sus  descendientes,  á  des- 
empeñar el  oficio  de  cocineros,  panaderos,  barrenderos, 
y  demás  servicios  necesarios  en  beneficio  de  la  Iglesia  y 
del  Clero  catedral  (1). 

El  P.  Flórez,  después  de  referir  minuciosamente  el 
suceso  del  toro  (2);  después  de  corregir  al  Obispo  D.  Pe- 
layo,  que  disloca  geográfica  y  cronológicamente  el  suce- 
so, pues  lo  dá  como  acaecido  en  Oviedo  y  en  tiempo  de 
Bermudo  II  (3);  después  de  corregir  á  D.  Lucas  de  Tuy 
y  al  Arzobispo  D.  Rodrigo,  que  siguieron  en  esta  parte 
al  Ovetense,  menos  en  lo  de  hacer  á  Adaulfo  Obispo  de 
la  capital  de  Asturias;  después  de  sentar  (página  77, 
núm.  6),  que  entre  la  narración  de  D.  Pelayo  y  los  que 
le  siguieron  y  la  de  la  Compostelana  y  del  Iriense,  debe 
darse  la  preferencia  á  la  de  los  últimos,  «pues  debiera 
presumirse  en  ellos  mejor  informe  por  hablar  de  cosas 
de  su  Iglesia;»  desde  la  página  80  trata  de  quitar  todo 
crédito  á  cuanto  antes  había  referido.  Dice  que,  en 
efecto,  el  testimonio  de  la  Compostelana  y  del  Iriense,  de- 
biera prevalecer;  pero  para  desvirtuarlo,  supone  gra- 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XX,  páginas  9  y  11. — La  Compostelana, 
atribuye  al  sucesor  de  Adaulfo  la  imposición  de  este  castigo;  más  natural 
parece  que  fuese  el  mismo  D.  Alfonso  quien  lo  impusiese,  pues  así  lo  exigía 
la  justicia  y  su  propia  dignidad.  Por  lo  demás,  la  Compostelana  afirma  que 
Sisnando  procedió  en  esto  con  autorización  del  Rey,  auctoritate  Regís. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  75  y  siguientes. 

(3)  D.  Pelayo  refirió  el  hecho  tal  cual  lo  había  recogido  de  la  tradición 
vulgar,  la  cual,  como  de  costumbre,  lo  tenía  revestido  de  muchas  circuns- 
tancias y  detalles,  que  lo  hacían  más  dramático  y  de  mayor  sensación,  como 
la  de  que  el  toro,  desarmado  y  todo,  embistió  y  mató  á  muchos  de  los  espec- 
tadores, y  después  se  retiró  á  sus  bosques,  la  de  que  Adulfo  excomulgó  ó 
maldijo  al  Rey,  y  á  los  que  lo  habían  calumniado,  etc....  Tal  es  la  elocuencia 
del  vulgo. 


160  libro  segundo 


tintamente,  que  tanto  la  Cornpostelana,  como  el  Iriense, 
tratan  sólo  de  un  bárbaro  castigo,  impuesto  inconside- 
radamente sin  previo  juicio  por  la  precipitación  de  un 
Rey,  que  no  supo  contener  su  cólera,  y  que  ambos  afir- 
man, que  este  Rey  no  fué  otro  que  Ordoño  I.  La  Corn- 
postelana no  nombra  Rey  alguno;  sólo  habla  del  Rey  que 
entonces,  presidía  en  España  (Begis  qui  tune  temporis  His- 
paniae  praeeratj.  No  se  ve  aquí  razón  por  la  que  se  le 
antojase  al  P.  Flórez,  que  aquí  se  trataba  de  Ordoño  I. 

Es  cierto  que  el  Cronicón  Iriense,  va  tejiendo  simul- 
táneamente la  cronología  de  los  Reyes  y  de  los  Obispos 
compostelanos;  pero  de  esto  no  se  deduce  que  todos  los 
hechos  referentes  á  un  Prelado  hubiesen  acaecido  bajo 
el  reinado  del  Monarca  nombrado  como  contemporáneo; 
porque  para  esto  había  que  suponer  que  Rey  y  Prelado 
habían  entrado  á  gobernar  en  un  mismo  día  y  fallecido 
igualmente  á  un  mismo  tiempo.  Por  lo  tanto,  porque  el 
Iriense  diga  que  Adaulfo  comenzó  su  pontificado  en 
tiempo  de  Ordoño  1,  no  ha  de  inferirse  que  lo  terminó 
en  tiempo  del  mismo  Monarca. 

El  empeño  del  P.  Flórez  en  hacer  ver  que  la  Corn- 
postelana y  el  Iriense  habían  atribuido  á  Ordoño  I  el  su- 
ceso del  toro,  tenía  por  causa  el  creer  que  de  este  modo 
le  era  fácil  demostrar  la  falsedad  del  aserto  de  dichos 
cronistas,  enteramente  incompatible  con  lo  que  todos 
nos  dicen  de  dicho  Monarca,  á  quien  todos  nos  lo  pre- 
sentan como  discreto  á  maravilla,  y  de  condición  suma- 
mente dulce  y  apacible.  Mas  en  estas  cuestiones  bueno 
es  tener  presente  el  carácter  personal  de  los  individuos, 
pero  mejor  es  estudiar  el  carácter  peculiar  de  cada 
época,  la  cual  en  tales  casos  no  siempre  solía  tolerar 
tales  dulzuras  y  mansedumbres.  Entre  l&s  personas  que 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  161 

autorizaban,  ó  presenciaban  las  antiguas  pruebas  vulgares, 
como  la  calclaria,  la  de  las  ascuas,  la  del  desafío,  y  otras 
no  menos  bárbaras  y  terribles,  no  dejaría  de  haberlas 
bien  benignas  y  piadosas,  que  sin  embargo,  no  hallasen 
incompatible  con  su  carácter  el  contemplar  semejantes 
escenas. 

Pero  tranquilícese  el  P.  Flórez;  el  Rey  de  que  aquí 
se  trata  no  es  D.  Ordofio  I,  sino  su  hijo  D.  Alfonso  III, 
el  cual  á  los  veinte  años,  que  contaría  entonces,  no  po- 
día tener  reunido  tal  caudal  de  discreción  y  prudencia, 
cual  se  requería  para  la  resolución  de  los  negocios  gra- 
ves y  extraordinarios. 

Poco  propicias  eran,  por  otra  parte,  las  circunstan- 
cias para  que  D.  Alfonso  pudiese  conservar  la  calma  y 
serenidad  de  espíritu  necesarias  en  el  manejo  de  las 
cosas  públicas.  En  el  mismo  momento  de  subir  al  trono 
se  le  interpuso  y  se  adelantó  el  Conde  gallego  Fruela  y 
le  obligó  á  refugiarse  en  Castilla  (1).  D.  Fruela  en  Ga- 
licia tenía  mucho  arraigo,  y  contaba  con  numerosos 
parciales,  y  no  contento  con  lo  suyo  se  apropió  también 
lo  ajeno.  Tal  aconteció  á  la  iglesia,  ó  á  los  bienes  de  la 
iglesia  de  San  Pedro  de  Carcacía,  que  por  real  conce- 
sión pertenecía  á  la  Sede  de  Iria.  Vencido  y  muerto  don 
Fruela.  las  cosas  volvieron  á  su  antiguo  estado,  y  la  igle- 
sia de  Carcacía  volvió  á  sus  antiguos  dueños  en  virtud 
de  reclamación,  que  el  Obispo  Adaulfo  II  presentó  á  Don 
Alfonso  III,  á  principios  del  año  867  (2).  Ahora,  si  los 


(1)  Ab  apostata  Froilane,  Galliciae  comité,  per  tyrannidem  regno  pri- 
vatur;  ipseque  Rex  Castellam  se  contulit.  (Chron.  Alleldense  en  el  to- 
mo XIII  de  la  España  Sagrada,  pág.  454;  2.a  edición). 

(2)  Véanse  los  Apéndices,  núm.  VI. 

Tomo  II.— 11. 


162  LIBBO  SEGUNDO 


partidarios  de  D.  Fruela  en  Galicia  (entre  los  cuales  no 
debía  contarse  el  Obispo  de  Iria)  maquinaron  para 
usurpar  la  corona  al  primogénito  de  D.  Ordoño  I,  no  es 
difícil  que  maquinaran  también  para  vengarse  á  la  vez 
de  Adaulfo  y  de  Alfonso  III.  De  todos  modos,  si  este 
Monarca  en  esta  ocasión  procedió  con  ligereza,  bien 
caro  lo  pagó  en  los  últimos  años  de  su  vida. 

Por  lo  demás,  el  suceso  en  cuestión  no  tuvo  el  ca- 
rácter de  pena,  sino  de  prueba,  purgación.  Bien  clara- 
mente lo  dice  el  Iriense  que  afirma,  que  Adaulfo  se 
purgó,  expiavit  se  tauro  feroce,  en  el  lenguaje  recibido 
para  tales  casos. 

Según  la  Compostelana  (1),  Adaulfo  II  falleció  en  la 
Era  DCCCCIV,  año  866;  pero,  como  ya  advirtió  Fló- 
rez  (2),  dicha  Era  debió  salir  defectuosa,  con  una  X  ó  un 
diez  menos,  de  modo  que  el  año  verdadero  del  falleci- 
miento de  Adaulfo  resultase  ser  el  876  ú  877. 

Parece  que  D.  Alfonso  III  quedó  tan  vivamente  im- 
presionado del  prodigioso  desenlace  de  la  prueba  del 
toro,  que  mientras  vivió  Adaulfo,  á  pesar  de  su  irrevo- 
cable renuncia,  no  se  atrevió  á  designarle  sucesor,  y 
sólo  nombró  administrador  de  la  Diócesis  en  su  lugar  á 
su  sobrino,  el  presbítero  Sisnando,  cuyas  altas  prendas, 
aún  sin  esto,  bien  lo  hacían  acreedor  á  esta  y  á  otras 
mayores  distinciones.  En  el  año  869,  á  15  de  Abril,  ya 
Sisnando  estaba  nombrado  administrador  de  la  Diócesis 
de  Santiago,  pues  como  á  tal  en  dicha  fecha  concedió 
D.  Alfonso  la  iglesia  de  Santa  María  de  Teneiana  (Tene- 
jana)  en  el  territorio  de  Oviedo. 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  10. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  86. 


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CAPITULO  Vil 


Es  nombrado  Administrador  de  la  Diócesis  tríense  el  Pres- 
bítero Sisnando  de  Liébana.  — Donaciones  hechas  por  Don 
Alfonso  III  á  la  Iglesia  de  Santiago.  — Memorias  de  algunos 
de  los  Obispos  refugiados  en  ¡a  Diócesis  de  Iría. 


onocido  á  maravilla  tenía  D.  Alfonso  III 
á  Sisnando,  y  desde  luego  comprendió 
que  era  el  hombre  que  necesitaba  para 
suceder  á  Adaulfo  II.  Sisnando,  á  lo  que 
parece,  se  había  educado  y  formado  en 
el  monasterio  de  San  Martín  ó  Santo 
Toribio  de  Liébana,  de  donde  había 
salido  para  restaurar  el  de  San  Cristóbal  de  Cremanes, 
que  estaba  abandonado  (1).  Los  hábitos  de  retiro  y  con- 


(1)  De  este  Sisnando,  guiado  Argaiz  por  el  falso  Auberto  y  otros  auto- 
res de  la  misma  calaña  (La  soledad  laureada,  t.  III,  pág.  349),  hizo  dos  Pre- 
lados de  Santiago,  Sisnando  I  y  Sisnando  II,  y  entre  ellos  puso  á  un  Pedro, 
que  según  su  cronología,  resulta  el  Sexto  del  mismo  nombre,  el  cual  existió 
sólo  en  la  imaginación  de  los  corruptores  de  nuestras  fuentes  históricas. 

Al  Sisnando,  que  Argaiz,  llamado  Segundo  (y  es  el  que  nos  ocupa),  lo 
supuso  Abad  de  Altares;  pero  á  nuestro  juicio  sin  fundamento.  Cita,  no  obs- 


164  LIBEO  SEGUNDO 


templación,  que  había  contraído  en  el  monasterio,  en 
aquel  monasterio  en  que  habían  florecido  Santo  Toribio 
y  San  Beato,  le  hacían  mirar  con  repugnancia  el  desem- 
peño de  todo  cargo  público  (1);  así  es  que  sólo  obligado 
por  Alfonso  III,  pudo  decidirse  á  aceptar  la  administra- 
ción de  la  Diócesis  de  Santiago.  Esto,  sin  embargo,  no 
entorpecía,  ni  ataba  su  actividad.  Siendo  monje  de  Lié- 
bana,  restauró  el  monasterio  de  San  Cristóbal,  y  reedi- 
ficó las  iglesias  de  Santa  Eulalia  de  Alesce  (Alejes),  la  de 
San  Martín  de  Verdiagio  (Verdejo),  y  la  de  San  Martín 
de  Alione,  como  lo  refiere  el  mismo  Monarca  en  Privile- 
gio fechado  en   14  de  Febrero  de  974  (2). 

Deseaba  D.  Alfonso  restaurar  la  iglesia  y  monaste- 
rio de  Santa  María  de  Teneiana  (Tenejana,  no  Tenciana, 
como  imprimió  Flórez),  en  el  territorio  de  Oviedo,  la 
cual  iglesia  había  sido  del  Rey  D.  Pelayo,  y  después  ha- 
bía quedado  incluida  en  el  Real  Patrimonio.  No  halló 
persona  más  á  propósito  para  el  caso  que  al  Presbítero 
Sisnando,  que  estaba  ya  nombrado  administrador  de  la 
Diócesis  iriense  y  compostelana.  Encárgale  que  no  sólo 
reedifique  la  iglesia,  sino  que  recobre  todas  sus  posesio- 
nes, que  por  incuria  de  los  monjes,  habían  ido  á  parar 


tante,  una  donación,  que  parece  auténtica,  que  le  hizo  Suero  Suárez  de  una 
heredad  en  término  de  Furcas  y  Paradas;  la  cual  donación  comienza  así: 
In  Dei  nomine.  Ego  Suarius  Suariz  vobis  Sisnandum  Patri  in  Domino  Deo 
aeternam  salutem.  Sanum  habens  consilium,  qualem  placuit  mihi,  animo  bono 
et  pacis  volúntate,  ut  faceremus  sibi  iam  dicto  Patri  Sisnando  ista  scriptura, 
etc....  IV  Kls.  Decembris  Era  DCCCCIII.  Esta  era  debe  estar  errada  y 
quizás  deba  leerse  DCCCCLII,  año  914. 

(1)  Adeo  in  labore  sanctae  praedicationis  desuda vit,  quod  despectis 
rerum  saecularium  negotiis  supernae  contemplationi  toto  mentis  affectu 
inhiavit.  (España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  10). 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XI. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  165 

á  manos  extrañas.  Dióle  D.  Alfonso  esta  comisión,  que 
llevaba  consigo  la  donación  de  la  iglesia  de  Santa  Ma- 
ría en  favor  de  la  Sede  de  Santiago,  el  15  de  Abril 
de  869  (1). 

Tales  fueron  algunas  de  las  obras  en  que  se  había 
ensayado  Sisnando  antes  de  ser  promovido  á  la  Cátedra 
de  Compostela;  así  es  que  cuando  llegó  este  día,  pudo 
muy  bien  decir  de  él  Gelmírez  (2):  «En  cuarto  lugar 
después  de  ellos  es  elegido,  contra  su  voluntad,  en  la 
Sede  del  Apóstol  Santiago,  Sisnando,  varón  religioso, 
lleno  de  sabiduría,  ilustre  por  su  elocuencia  y  de  suma 
dignidad.  >  Post  quos  Sisnandus  quartus  a  primo,  vir  religio- 
sas, scientia  plenus,  eloquio  clarus,  dignitate  sumrnus,  annuente 
Domino,  in  Apostoli  Jacob  i  Sede  invitus  eligitur  sácenlos. 

Difícil  es  precisar  el  tiempo  que  duró  la  administra- 
ción de  Sisnando,  y  el  año  en  que  fué  consagrado  Obis- 
po de  Iria  y  Compostela.  Argaiz  (3)  da  á  entender  que 
mientras  vivió  Adaulfo,  no  recibió  la  dignidad  pontifi- 
cal; y  como,  según  hemos  indicado,  su  antecesor  no  fa- 
lleció hasta  el  año  876  ú  877  (4),  sólo  después  de  esta 


(1)  Esp.  Sag.  t.  XIX,  Apénd.,  pág.  337. 

(2)  Yepes,  Coránica  general  de  San  Benito,  tomo  IV,  Escritura  XII. 

(3)  La  Soledad  laureada,  tomo  III,   pág.   350. 

(4)  El  P.  Flórez  (España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  87),  partiendo  del 
supuesto  de  que  Adaulfo  no  renunció  la  Sede,  afirma,  no  sabemos  con  que 
fundamento,  que  falleció  mucho  antes,  por  más  que  en  la  página  anterior 
había  confesado  que  la  fecha,  que  la  Compostelana  había  señalado  á  su  fa- 
llecimiento, estaba  defectuosa.  El  autor  de  la  España  Sagrada  no  quiere 
reconocer  más  motivo,  ni  pretexto  para  el  nombramiento  de  Administrador 
en  favor  de  Sisnando,  que  la  mera  voluntad,  ó  pudiéramos  decir  capricho, 
de  Alfonso  III.— En  dos  Privilegios  otorgados  por  D.  Alfonso  á  la  Iglesia 
de  Mondoñedo,  el  uno  á  10  de  Febrero  y  el  otro  en  Febrero  ó  Abril  de  877, 
(España  Sagrada,  t.  XVIII,  pág.  308  y  pág.  67)  suscribe  un  Obispo  Ataul- 


166  LIBRO  SEGUNDO 


fecha  entró  como  Pontífice  á  gobernar  la  Diócesis.  En 
efecto,  en  el  año  879,  según  resulta  de  una  sentencia, 
que  expuso  Flórez  (1),  ya  estaba  consagrado  Obispo.  La 
sentencia  dada  á  7  de  Diciembre  de  885,  versó  sobre  la 
devolución  de  la  iglesia  de  San  Adrián  de  Sionda,  aneja 
del  monasterio  de  San  Martín  de  Lióbana,  que  el  Obispo 
Sisnando  había  dado  en  préstamo,  seis  años  antes,  áLilito 
y  á  Lilio.  Descontados  seis  años  de  los  885,  quedan  879; 
y  por  lo  tanto,  parece  que  ya  en  esta  fecha  Sisnando  era 
Obispo.  Lo  que  sí,  se  sabe,  es  que  en  su  elección  se  guar- 
daron las  formas  canónicas;  porque,  aunque  D.  Ordo- 
ño  III,  en  un  Diploma  del  año  952,  dice  que  lo  eligió 
D.  Alfonso  III,  tal  elección  sólo  debe  entenderse  como 
mera  propuesta  ó  designación,  toda  vez  que  el  mismo 
D.  Alfonso  III,  en  un  Privilegio  del  año  885,  hablando 
de  Sisnando,  afirma  que  había  sido  elegido  y  consagra- 
do en  Concilio:  Qui  nostro  temporeper  conclium  electus  et 
ordinatas  est.  En  30  de  Junio  de  880  aún  debía  hallarse 
recién  consagrado,  á  juzgar  por  el  Privilegio  que  con 
dicha  fecha  le  otorgó  D.  Alfonso  III,  en  el  cual  le  dice, 
que  según  lo  que  se  había  deliberado  en  el  Concilio  (en 
el  Concilio  acaso  en  que  fué  elegido  y  consagrado  Obis- 
po), le  concede  y  confirma  ]a  Sede  iriense  con  toda  su 
Diócesis  y  la  casa  ó  templo  del  Apóstol  Santiago  con 
todo  su  territorio,  para  que  en  virtud  de  esta  ordena- 
ción, pueda  él  regir,  vigilar,  enseñar  y  corregir  sin  obs- 


fo,  que  quizás  sea  el  nuestro.  En  otro  documento  de  la  misma  Iglesia  min- 
doniense,  que  extracta  Risco  (España  Sagrada,  t.  XL,  pág.  123),  firma 
también  un  Obispo  de  Iria,  cuyo  nombre  no  da  el  continuador  del  P.  Flórez. 
(1)  España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  89.— Véanse  los  Apéndices  del 
mismo  tomo,  pág.  338. 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAN'A  167 

táculo  de  ninguna  clase,  y  darle  aviso  de  quien  intenta- 
re perturbarle  en  tales  tareas.  Ruégale  que  no  se  olvide 
de  hacer  frecuente  oración  por  él  con  los  Sacerdotes  de 
la  Iglesia  de  Santiago.  Anuncíale,  por  último,  que  comi- 
sionó al  Diácono  Julián,  que  estaba  presente,  para  que 
le  haga  formal  entrega  de  todo  (1). 

Después  que  D.  Alfonso  se  afianzó  en  el  trono,  su 
primer  pensamiento  fué  extender  los  confines  de  su  rei- 
no por  las  comarcas  meridionales  de  Galicia  y  las  limí- 
trofes de  Portugal.  Ya  personalmente,  ya  por  medio  de 
sus  capitanes,  alargó  la  conquista  hasta  la  ciudad  de  Mé- 
rida.  En  pos  del  conquistador  caminaba  el  poblador  y  el 
restaurador;  pues  la  voluntad  de  D.  Alfonso  era  poblar 
toda  la  extrema  ó  frontera  desde  Tuy  hasta  la  ciudad  de 
Eminio,  cerca  del  Mondego,  en  Portugal.  Ut  de  Tudense 
urbe  usqiie  Mineo  ciuitatem,  omnls  ipsa  extrema  a  xpisti  plebe 
popularetur,  sicuti  Deo  iubente  completum  est  (2).  Turbas  de 
pobladores,  agmína  populorum,  como  dice  el  Rey  Magno 
en  la  Escritura  citada,  se  posesionaron  de  esta  extrema 
región,  y  quién  sentó  sus  reales  al  lado  de  una  iglesia 
destruida,  quién  entre  los  escombros  de  una  antigua 
granja,  quién  en  medio  de  las  ruinas  de  una  ciudad  de- 
vastada y  demolida. 

En  esta  obra  patriótica  y  tan  beneficiosa  para  el 
Estado,  no  tomó  pequeña  parte  el  Obispo  de  Iria  y 
Compostela.   Entre  los  nuevos   pobladores,  se  señalaron 


(1)  Véanse  los  Apéndices,  núm.  XII. 

(2)  Escritura  otorgada  por  D.  Alfonso  III  en  favor  de  la  Iglesia  de 
Santiago  en  17  de  Agosto  de  883.  Esta  Mineo  civitas  no  puede  ser  otra  que 
Eminio,  ciudad  cerca  del  Mondego,  nombrada  por  Plinio,  Tolomeo  y  An- 
tonino. — Véanse  Apéndices,  núm.  XV. 


168 


LIBRO  SEGUNDO 


un  presbítero,    llamado    Cristóbal,    y   cierto    Romarico 
apellidado  Cerva.  El  primero  se  posesionó  del  monasterio 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  2,  que  representa  á  D.  Alfonso  III. 

de  San  Salvador   de  Montelios   cerca  de  Braga,  que 
había  sido  fundado  por  San  Fructuoso,  pero  que  á  la 


LOS  TBES  PBIMfcfcOS  SIGIOS  t)É  LA  I.  CO^POSTELAttA  16§ 

sazón  estaba  desierto  y  abandonado;  y  después  de  dis- 
frutarlo por  varios  años,  hizo  donación  de  él  y  de  todas 
sus  pertenencias  á  la  Iglesia  de  Santiago.  Romarico 
pobló  varias  villas  ó  lugares  del  otro  lado  del  Miño, 
frente  á  Tuy.  Donó  una  de  ellas,  la  de  Nogaria  (No- 
gueira),  á  la  Sede  de  Santiago,  y  en  ella  Sisnando 
edificó  una  gran  iglesia  dedicada  á  San  Cristóbal.  Ubi 
iam  uos  (SisnandusJ  amplum  templwn  sel.  Xplstofori  constru- 
xistis.  Probablemente,  tanto  Cristóbal,  como  Romarico, 
habrían  sido  dio3esanos  ó  acaso  familiares  de  Sisnando. 
Todo  esto  fué  confirmado  por  D.  Alfonso  en  el  Diploma 
de  17  de  Agosto  de  883. 

Así  fué  señalando  D.  Alfonso  cada  paso  que  daba  en 
el  camino  de  la  reconquista,  con  una  nueva  donación  á 
la  Iglesia  de  Santiago,  ya  en  los  países  recién  recobra- 
dos, ya  en  los  que  él  había  heredado  de  sus  mayores. 
Mas  esto  no  es  de  admirar  en  quien,  como  D.  Alfonso, 
siguiendo  las  huellas  de  los  grandes  Príncipes  cristia- 
nos, había  enarbolado  la  Cruz  como  símbolo  de  su  fe  y 
prenda  segura  de  victoria.  Desde  el  gran  Constantino, 
habían  experimentado  la  singular  eficacia  de  este  signo 
divino;  y  D.  Alfonso  el  Magno  no  se  sustrajo,  por  cierto, 
al  influjo  de  esta  salvadora  persuasión.  En  el  año  874, 
ofreció  á  Santiago  una  preciosísima  alhaja,  una  cruz  de 
oro,  semejante  á  la  de  Gala  Placidia,  que  se  conserva 
en  Brescia,  y  á  las  de  los  Angeles  y  de  la  Victoria  de 
Oviedo;  en  la  cual  se  hallaba  repetido  el  lema  inscripto 
en  el  lábaro  del  primer  Emperador  cristiano:  Hoc  signo 
vincitur  inimicus  (lj. 


(1)    La  inscripción  completa  dice  así:  f   OB  HONOHEM  S(AN)C(T)I 
IACOBI  AP(OSTO)LI  OFFERUNT  FAMULI  ADEFONSUS   PRIN- 


170  LIBUO   SEGUNDO 


Consiste  la  riquísima  presea  en  una  tenue  hoja  de 
oro  batido  que  cubre  y  envuelve  por  todas  partes  una 
alma  de  madera,  en  forma  de  Cruz,  de  brazos  casi  iguales 
realzada  en  el  anverso  con  adornos  sobrepuestos  como 
chatones  y  piedras  grabadas  (1),  y  un  menudo  trabajo 
de  filigrana  y  gusanillo  figurando  trenzados  y  otras  sen- 
cillas combinaciones  de  trazos  rectilíneos  y  curvilíneos, 
y  algunos  filetes  granulosos,  y  en  el  reverso,  con  la  ins- 
cripción que  hemos  copiado  y  algún  trabajo  de  levantado 
ó  repujado,  si  es  que  no  fueron  hechos  por  el  procedi- 
miento de  la  estampación,  que  parece  lo  más  probable. 

En  el  cruce  de  las  dos  traviesas  había  dos  medallo- 
nes circulares  también  de  oro.  El  del  anverso,  que  según 
Castellá,  estaba  adornado  de  doce  chatones,  ha  desapa- 
recido acaso  al  tiempo  en  que  en  el  siglo  XVÍI  se  puso 
en  su  sitio  una  Cruz  también  de  oro  de  que  hablaremos 
en  el  capítulo  XI,   cubierta   con  una  chapa    de   plata 


QEP3  ET  SCEMENA  REGINA.  ROO  OPUS  PERFECTUM  EST 
IN  ERA  DCCCC  DUODÉCIMA.  HOC  SIGNO  VINCITUR  INIMICUS, 
HOC  SIGNO  TUETUR  PIVS. 

( l )  Los  chatones  eran  39;  pero  sólo  quedaron  20.  Piedras  grabadas  hay 
dos:  en  una  se  lee  RE  1 1  (Rex);  en  la  otra:  ADFOHS 

DOMHO 
REII. 

Las  piedras  son,  en  su  mayoría,  corneninas,  alguna  turquesa,  melanitas 
ó  piedras  negras,  y  vidrios  incolores  sobre  fondo  colorido,  que  quiere  seme- 
jar rubí  ó  amatista. 

Entre  todas,  las  piedras  que  en  un  principio  adornaban  la  Cruz,  eran, 
por  lo  menos,  setenta  y  nueve. 

Las  dimensiones  de  la  Cruz,  son  4G  centímetros  de  alto  por  44  y  medio 
de  ancho  y  dos  de  grueso.  Los  brazos  de  la  Cruz,  en  los  extremos,  tienen 
seis  centímetros  de  ancho,  y  al  cruzarse  en  el  centro,  tres  y  medio. 


LOS  TEES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.   COMPOSTELANA  171 

dorada,  de  pésimo  gusto,  sobre  la  cual  S3  aplicó  un  Cru- 
cifijo también  de  plata  (1). 


Fotcgmfia  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Anverso  de  la  Cruz  de  oro  donada  por  D.  Alfonso  III  á  la  Iglesia  de  Santiago. 

En  el  centro  del  medallón  del  reverso  se  ve  un  cu- 


jí)    Recientemente  se  quitó  la  chapa  de  plata  y  la  cruz  de  oro  que  es- 


172 


LtBRO    SEGUNDO 


riosísimo  esmalte  cloissonné  ó  de  campo   cercado,  que  re- 


fotografía  de  J.  Liniia.  Fotograbado  de  La  porta. 

Reverso  de  la  Cruz  de  oro  donada  por  D.  Alfonso  III  i  la  Iglesia  de  Santiago, 


presenta  dos  blancas  palomas  con  manchas  rojas  picando 

taba  debajo;  y  en  su  lugar  se  puso  una  rtruz  de   cristal  con  un  pequeño 
trocito  del  Lignum  crucis. 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  173 

una  fruta  azulada  sobre  fondo  verde.  Hállase  inscripto 
el  esmalte  en  un  marco  cuadrado  formado  de  dos  filas; 
la  interior  de  dieciseis  perlas,  la  exterior  de  bullones  de 
oro,  separadas  por  un  filete  de  filigrana.  En  el  campo 
del  medallón  sobre  el  cual  estuvieron  engastados  ocho 
chatones,  se  ven  también  trabajos  de  filigrana  rodeados 
de  un  círculo  de  bulloncicos.  En  el  extremo  de  cada  bra- 
zo había  también  un  medallón  ovalado  con  una  gran  pie- 
dra engarzada.  Estas  desaparecieron.  Castellá  aún  al- 
canzó á  ver  dos,  que  tenían  grabadas,  según  él,  una, 
una  figura  varonil  con  una  palma  en  la  mano,  y  la  otra 
una  inscripción  arábiga. 

En  los  brazos  de  la  cruz  se  conservan  aún  dos  pe- 
queñas asas  de  oro,  de  las  cuales  pendían,  sin  duda,  las 
letras  griegas  alfa  y  omega. 

En  el  citado  año  de  883,  á  25  de  Septiembre,  donó 
D.  Alfonso  á  su  Patrón  Santiago,  su  aldea  ó  villar  de 
Cerrito  cerca  del  monasterio  de  Vaorres,  con  la  condi- 
ción de  que  se  construyese  allí  una  iglesia  bajo  la  advo- 
cación del  Apóstol  (1).  Fácilmente  se  adivina  el  mo- 
tivo, que  impulsó  á  D.  Alfonso  á  hacer  esta  donación. 
En  aquella  fecha  ó  pocos  días  antes,  acababa  de  ser  re- 
chazado ante  los  muros  de  León  un  poderoso  ejército 
musulmán  á  las  órdenes  de  Almondzir,  hijo  del  Emir  de 
Córdoba  Mohamed  I. 

En  los  primeros  años  de  su  reinado,  se  había  apode- 
rado D.  Alfonso  de  la  ciudad  de  Coimbra,  y  posterior- 
mente se  posesionó  de  otros  muchos  lugares  en  aquella 
comarca.  También  de  los  frutos  de  tan  importante  con- 
quista quiso  el  magnánimo  Monarca  hacer  participante 


(1)     Véanse  Apéndices,  núin.  XVI. 


174  LIBBO  SEGUNDO 


á  la  Iglesia  de  Santiago;  y  en  el  año  895  (1),  el  día  30  de 
Diciembre,  fiesta  del  Patrón  de  España,  donó  á  su  Igle- 
sia varias  de  estas  villas  y  lugares,  que  como  él  dice, 
puso  el  Señor  en  sus  manos  por  la  intercesión  del  Após- 
tol. Villas  in  suburbio  conimbr Ícense,  quas  naper  Dominus  de 
manu  Gentilium  abstulit,  et  sancta  vestra  intercessione  ditioni 
nostrae  subdidit.  Las  villas  donadas,  fueron  una  á  orillas 
del  rio  Viaster  con  la  iglesia  de  San  Martín;  la  villa  de 
Crescemiro,  á  orillas  del  Cartoma,  con  la  iglesia  de  San  Lo- 
renzo, y  la  tercera  parte  de  la  villa  de  Travazolo,  entre 
el  Ágata  (Águeda),  y  el  Vauga  (Vouga)  (2). 

El  Albeldense  (3),  dice  que  D.  Alfonso  repobló  á  Coim- 
bra  con  gallegos.  Conimbriam  ab  inimicis  possessam  erema- 
vit,  et  Gallaecis  postea  populavit.  Entre  estos  gallegos,  debe 
contarse  el  abad  Itila,  que  edificó  ó  reedificó  varias  igle- 
sias en  aquella  comarca,  y  después,  como  refiere  D.  Al- 
fonso en  su  Privilegio,  donó  á  la  Sede  de  Santiago. 

El  25  de  Julio  de  893,  ya  había  hecho  donación  don 
Alfonso  al  templo  del  Apóstol,  de  la  iglesia  de  Santa 
María,  en  la  villa  de  Arenosium  (Arnoso),  cerca  del  río 
Tena  (Tea),  con  todas  las  casas  y  edificios,  huertas  y  vi- 
ñas comprendidas  dentro  de   los  84  pasos  alrededor  que 


(1)  Quizás  en  este  año  fué  cuando  obligó  á  los  árabes  á  levantar  el 
cerco  que  habían  puesto  á  la  ciudad  de  Coimbra  (Chron.  de  Sampiro;  Espa- 
ña Sagrada,  tomo  XIV,  pág.  454). — Véanse  Apéndices,  núm.  XXII. — Esta 
Escritura  trae  en  el  Tumbo  fol.  4  v.°,  Era  DCGCCXXXVII,  de  aquel  año 
de  C.  899.  Mas  si  se  tiene  en  cuenta  que  entonces  probablemente  el  año  se 
empezaba  á  contar  desde  el  25  de  Diciembre,  resulta  el  año  898,  que  es  el 
que  pusimos  en  el  Apéndice.  Castellá  y  la  copia  que  se  envió  á  Elórez  traen 
la  Era  DCGGCXXXIII,  año  895.  Es  fácil  que  esta  variante  estuviere  to- 
mada del  original,  existente  entonces;  y  en  tal  supuesto  debe  ser  preferida. 

(2)  Véanse  los  Apéndices  núm.  XXIV. 

(3)  España  Sagrada,  tomo  XIII,  pág.  455, 


LOS  TRES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtíA  175 

le  correspondían,  como  diextros.  Esta  iglesia  también 
era  propiedad  de  D.  Alfonso  (1). 

El  lumbo  A,  al  folio  5  v.to,  trae  una  carta  de  D.  Al- 
fonso III  dirigida  á  Lucido  y  á  Aldroito,  en  que  les  hace 
saber  que  había  ordenado  de  palabra  á  Gutino,  que  en- 
tregase á  la  Iglesia  de  Santiago  y  al  Obispo  Sisnando 
las  villas  de  César,  San  Julián  y  Pazo  ó  Palacio  en  el 
territorio  de  Sarria,  según  ya  las  había  dado  al  templo 
apostólico  D.  Alfonso  el  Casto.  Añade,  que  ]por  su  parte, 
donaba  también  los  derechos  señoriales  ó  commissum  so- 
bre dichas  villas,  según  lo  había  tenido  Julián  Diligato. 
Les  encarga,  que  no  causen  en  esto  ninguna  perturba- 
ción, porque  al  fin  no  podrán  salir  con  su  intento,  como 
pueden  ver  por  los  ejemplos  acaecidos  en  dicho  lugar. 
Multo s  habetis  quos  in  exemplum  de  ipso  loco  habeatis  (2). 

Como  si  las  gloriosas  campañas  que  el  Rey  Magno 
sostuvo  contra  los  moros,  no  hubieran  sido  bastantes 
para  demostrar  su  valor,  otras  durísimas  pruebas,  pro- 
vocadas por  enemigos  interiores  y  aún,  lo  que  es  más, 
domésticos,  le  esperaban  para  que  mejor  resaltase  todo 
el  vigor  y  energía  de  su  carácter. 

Hacia  el  año  885  estalló  en  su  reino  una  vastísima  y 
tremenda  conspiración,  que  se  proponía  despojarle  del 
trono  y  de  la  vida,  y  en  la  cual,  al  parecer,  se  hallaban 
complicados  sus  propios  hermanos.  D.  Alfonso  no  se  de- 
jó sorprender;  desbarató  con  mano  fuerte  los  planes  de 
los  conjurados;  castigó  con  todo  rigor  su  temeridad  y 
alevosía  sin  perdonar  á  sus  propios  deudos;  y  á  unos 
confiscó  sus  bienes,  á  otros  impuso   fuertes  penas  corpo- 


(1)  Véanse  los  Apéndices,  núm.  XXI. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XIII. 


176  LIBRO  SEGUNDO 


rales,  y  á  todos  hizo  sentir  cuánta  era  la  vigilancia  de 
su  espíritu  y  el  vigor  de  su  brazo.  Mas  D.  Alfonso,  que 
en  todas  sus  empresas  siempre  elevaba  su  corazón  hacia 
el  Dador  de  todo  bien,  reconocía  sin  dificultad  á  quien 
debía  atribuir  sus  éxitos  y  triunfos.  De  las  tierras  con- 
fiscadas a  Hanno,  uno  de  los  conspiradores,  donó  á  San- 
tiago la  iglesia  de  San  Román  de  Gerontiana,  en  el  su- 
burbio de  León;  y  cerca  de  Sublancio,  una  tierra  de  trein- 
ta modios  de  sembradura  (1). 

En  Galicia  también  tuvo  la  conjura  extensas  ramifi- 
caciones, y  el  principal  cabeza  fué  Hermenegildo,  hijo 
acaso  del  vencedor  de  los  normandos,  el  conde  Pedro  (2); 
el  cual,  con  su  esposa  Iberia,  fué,  por  su  soberbia  y  osa- 
día, uno  de  los  que  más  se  señalaron  entre  los  rebeldes 
y  conjurados.  D.  Alfonso  le  confiscó  sus  bienes,  y  de  ellos 
donó  á  la  Iglesia  de  Santiago,  en  Escritura  fechada  el  24 
de  Junio  de  886,  los  viveros  y  salinas  que  tenía  en  el 
condado  de  Saines,  desde  Plataneto  hasta  la  Lanzada  (3). 

En  el  año  895,  á  25  de  Noviembre,  hizo  D.  Alfonso 
donación  á  la  Iglesia  del  Apóstol  de  las  villas  de  Parata 
(Parada)  y  Limitóse  (Lindoso),  á  orillas  del  Valcarce  y 
del  Burbia,  en  el  Bierzo,  con  sus  iglesias  y  posesiones,  y 
del  próximo  lugar  de  Decemiani  (Trabadelo?);  las  cuales 
heredades  el  Rey  había  confiscado  á  los  hijos  de  Sarra- 
ceno y  Sindina,  que  también  se  habían  rebelado  contra 
él  y  contra  la  patria  (4).  Añade,  además,  la  villa  de 


(1)  Véanse  los  Apéndices,  núm.  XVII. 

(2)  D.  Alfonso  le  llama  hijo  de  Pedro;  Hermegildus  filius  Petri. 

(3)  Véanse  los  Apéndices,  núm.  XIX. 

(4)  Engentes  se  in  superbiam  contra  nos  et  patriam  regni  nostri,  quos 
per  vestram  (Bti.  Jacobi)  intercessionem  virtus  divina  humüiavit.*—  (Véan- 
se los  Apéndices^  núm,  XXII). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  Lk  I.  COMPOSTELAtf A  177 

Montemasedo ,  y  el  bosque  llamado  Bustoynaiore  á  la  falda 
del  monte  Capeloso  (ad  rad'cem  montis  Cajtpelloso)  en  el 
mismo  territorio. 

No  era  sólo  el  Monarca  el  que  se  reconocía  deudor  al 
Santo  Apóstol  de  sus  victorias  y  de  las  muchas  gracias 
y  favores  que  recibía,  al  verse  libre  de  tantos  enemigos 
como  por  todas  partes  le  asediaban;  muchas  personas 
particulares  acudían  también  á  ofrecer  su  óbolo  ante  el 
Altar  de  su  gran  Protector.  Entre  ellas  únicamente  que- 
dó memoria  de  Dagaredo  y  Tintasindo  (Tructesindo?); 
los  cuales,  en  el  año  894,  hicieron  una  copiosa  donación 
á  Sisnando  y  á  la  Congregación  de  Santiago:  Sisenando 
ejnscopo  et  congregationi  sancti  Jacóbi  (1). 

Entre  tanto  Sisnando  proseguía  infatigable  en  el 
ejercicio  de  su  sagrado  ministerio,  y  de  un  modo  espe- 
cial, en  el  de  la  predicación  de  la  divina  palabra.  Esto 
no  le  estorbaba  para  que  fuera  de  su  Diócesis  toma- 
se parte  en  aquellas  fiestas  religiosas,  a  cuyo  mayor  es- 
plendor podía  contribuir  con  su  presencia.  Así,  en  el 
año  891,  con  Nausto  de  Coimbra  y  Ranulfo  de  Astorga, 
consagró  la  iglesia  de  San  Adrián  de  Tuñón  en  Astu- 
rias (2),  y  en  893  asistió  con  otros  seis  Obispos  a  la  consa- 
gración de  la  iglesia  de  Valdedios,  también  en  Asturias, 
como  se  ve  por  la  inscripción  que  publicó,  entre  otros, 
Flórez,  en  el  tomo  XVI  de  la  España  Sagrada.  Con  Naus- 
to de  Coimbra  y  Recaredo  de  Lugo  consagró  igualmente 
la  iglesia  de  San  Salvador,  dentro  del  castillo  de  Gau- 
zón,  que  el  Rey  D.  Alfonso  había  mandado  edificar  para 


(1)  Yepes,  Coránica  general  de  San  Benito,  tomo  IV,  pág.  287. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XXXVII,  pág.  21S. 
Tomo  II.— 12. 


178  LIBBO   SEGUNDO 


defensa  de  la  ciudad  de  Oviedo  contra  las  incursiones 
de  los  Normandos  (1). 

Acordándose  de  las  virtudes  de  su  buen  tío  Adaul- 
fo  II,  y  como  filial  obsequio  prestado  á  su  santa  memo- 
ria, trajo  de  Asturias  su  cadáver,  y  le  dio  honrosa  sepul- 
tura, probablemente  al  lado  de  las  de  Teodomiro  y 
Ataúlfo  I  (2). 

Continuó  prestando  generoso  asilo  á  los  Obispos,  que 
se  veían  obligados  á  vivir  fuera  de  sus  Sedes,  sitas  en 
países  dominados  por  los  sarracenos,  ó  continuamente 
expuestos  á  sus  correrías  y  rapacidad.  Entre  estos  Obis- 
pos, debemos  mencionar  á  Nausto  de  Coimbra,  cuyo 
noiíibre  en  los  antiguos  monumentos  aparece  casi  siem- 
pre al  lado  del  de  Sisnando,  como  que  vivió  por  espacio 
de  45  años,  con  raras  intermitencias,  retirado  en  nues- 
tra Diócesis,  probablemente  en  la  parroquia  de  San  An- 
drés de  Trobe,  á  orillas  del  Ulla,  y  á  unas  tres  leguas  al 
Sud  de  Santiago.  En  la  iglesia  parroquial  se  ve  aún  hoy 
la  losa,  que  cubría  su  sepulcro  con  esta  interesante  ins- 
cripción, en  que  se  hace  el  elogio  de  las  virtudes  del 
venerable  Prelado: 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XXXVII,  pág.  215. 

(2)  Esjmña  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  10. 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  1.  COMPOSTELANA        179 

HIO  QUIETUS  RECUBAT  FELICIS  SORTE 

NAUSTI  AEPISCOPI  SACERDOS,  QUEM  LETUS 

CELIS  MENTE  INTULIT  ALMA  FIDES. 

DEGENS  CULMINE  PONTIFICALI  CONIMBRIENSE 

SEDIS  PER  ANNIS  XXXXV. 

QUIESCENS  IN  HOC  TÚMULO  DIE  XI  (1)  KA- 

LENDAS  DECEMBRIS  ERA  DCCCCL. 

Sit  vestra  cuntorum  pro  illo  oracio  pia, 

Sic  vobis  det  dominus  sine  fine  premia  digna. 

Es  de  suponer  que  asistiesen  á  los  funerales  de  su 
entierro  en  Trobe,  sus  sobrinos  Hermogio,  que  al  poco 
tiempo  fué  Obispo  de  Tuy,  y  los  padres  del  santo  niño 
Pelayo,  mártir  en  Córdoba,  que  á  la  sazón  contaría  cin- 
co ó  seis  años  (2). 

El  P.  Argaiz  (3),  refiriéndose  á  una  Escritura  del 
monasterio  de  San  Martín  de  Jubia,  cerca  del  Ferrol, 
habla  de  un  Argemiro,  que  en  tiempo  de  Ramiro  I  se 
retiró  á  dicho  monasterio,  que  estaba  en  el  valle  de  Tra- 
sancos,  in  valle  Trasancos.  Fué  Obispo,  aunque  el  P.  Ar- 
gaiz no  dice  de  dónde;  pero  como  hacia  este  tiempo 
hubo  en  Lamego  un  Prelado  de  este  nombre,  y  como 
por  otra  parte  consta  por  un  Diploma  de  D.  Ordo- 
ño  II  (4),  que  los  Obispos  de  Lamego  fueron  de  los  que 
hallaron  hospitalidad  en  la  Diócesis  de  Iria  ó  Santiago  y 


(1)  Flórez,  en  la  copia  que  publicó  en  el  tom.  XIV  de  la  Esp.  Sag.  al 
tratar  de  la  Iglesia  de  Coimbra,  puso  erradamente  X  en  lugar  de  XI. 

(2)  En  los  confines  de  esta  parroquia  de  Trobe  con  la  de  Teo,  en  el 
lugar  de  Mallos,  hubo  una  iglesia  dedicada  á  San  Pelayo,  que  á  principios 
del  siglo  XIV  aún  era  parroquial.  Es  probable  que  esta  iglesia  date  de  los 
tiempos  próximos  al  martirio  de  San  Pelayo. 

(3)  La  Soledad  laureada,  tomo  III,  págs.  103  y  475. 

(4)  España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  350. -Véanse  Apéndices,  nú- 
mero XXXVII. 


180  LIBBO  SEGUNDO 


cabalmente  en  el  territorio  de  Trasancos,  brota  espon- 
tánea la  conjetura  de  que  el  Obispo  Argemiro,  que  vivió 
retirado  en  Jubia,  era  el  de  Lamego. 

Por  allí  cerca,  en  la  comarca  de  Nendos  y  Faro,  como 
resulta  del  Privilegio  citado  de  D.  Ordoño  II,  tenía  su 
residencia  el  Obispo  de  Tuy,  Diego.  Más  al  Sur,  en  Ber- 
gantiños  y  en  la  parroquia  de  San  Tirso  de  Cospindo 
vivió  otro  Obispo,  Rudesindo  I,  de  Mondoñedo,  no  preci- 
samente como  refugiado,  sino  como  dueño  y  señor  de 
extensas  heredades.  En  el  año  867,  á  7  de  Mayo,  recién 
electo,  hizo  una  copiosa  donación  al  monasterio  de  San 
Vicente  de  Almórezo  (hoy  da  Grana  anejo  de  Cospindo), 
en  el  cual  había  sido  monje.  ¡Cuan  dulce  es  la  memoria 
de  este  Prelado  al  contemplarlo  en  su  obscuro  monaste- 
rio, interrumpiendo  sólo  el  canto  de  las  alabanzas  divinas 
para  escribir  Códices  en  compañía  de  sus  hermanos  (1), 
ó  para  ocuparse  en  dotar  á  su  iglesia  de  los  vasos  y  ves- 
tiduras sagradas  competentes  (2),  ó  afanarse,  en  fin,  en 


(1)  Dejó  para  el  Monasterio  las  siguientes  obras  que  había  escrito 
con  sus  hermanos;  San  Próspero,  las  Epístolas  de  San  Pablo,  los  Morales 
de  San  Gregorio  y  sus  Homilías  sobre  Ezequiel,  dos  Pasionarios  y  un  An- 
tifonario. Dejó  además  comenzados,  pero  con  propósito  de  terminarlos,  el 
Libro  de  Job,  quizás  el  atribuido  á  Beda,  los  comentarios  de  éste  sobre  el 
Eptatico,  ó  sean  los  siete  primeros  libros  del  Antiguo  Testamento  y  sobre 
el  Libro  de  los  Reyes,  un  libro  Glossematarum,  ó  sea  explicación  de  las 
palabras  de  obscura  significación,  un  Libro  Ordinum,  otro  de  Preces, 
un  Manual  in  duas  formas  dwisum  y  un  Gerovtio,  ó  una  colección  de  Vidas 
de  los  antiguos  Padres.  El  libro  Ordinum  en  España,  según  el  documento 
que  publicó  Flórez  (Esp.  Sag.,  t.  III,  Apénd.  pág.  391),  contenía  el  formu- 
lario para  la  administración  del  bautismo  y  para  el  Oficio  de  sepultura. 

(2)  Donó  una  cruz  de  plata,  dos  coronas  de  plata,  un  par  de  vasos 
ministeriales,  un  incensario  de  plata,  dos  de  cobre,  y  ropas  de  seda,  de  lana 
y  de  lino. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  181 


proveer  á  los  monjes  de  todo  lo  necesario  para  su  sub- 
sistencia! (1). 

En  el  Tumbo  de  Sobrado,  t.  I,  núm.  LXXV,  hay  no- 
ticia de  otro  Obispo,  Froarengo  de  Oporto?,  que  también 
residía  en  nuestra  Diócesis,  y  que  como  juez,  dictó  sen- 
tencia contra  Letasia,  convicta  y  confesa  de  varios  deli- 
tos de  que  era  acusada.  Había  cometido  adulterio  con  el 
siervo  Ataúlfo,  que  guardaba  un  busto  ó  dehesa  de  Her- 
menegildo y  la  vacada  que  en  ella  se  criaba.  Se  les  pro- 
bó que  entre  los  dos  habían  comido  cuatro  vacas  y 
sesenta  quesos.  Et  comedimus  de  ipsis  suis  animalibus  quatuor 
uaccas  sexaginta  cáseos  furtíni.  Conducida  Letasia  ante 
Froarengo,  éste  la  condenó  á  pagar  doblados  las  vacas 
y  los  quesos.  Et  adduxerunt  me  ante  iudicem  nomine  Froa- 
rengum  episcopum.  Et  ipse  iudicauit,  ut  paríarem  ipsas  uaccas 
et  ipsos  cáseos  in  duplum.  Conformóse  Letasia,  y  en  pago 
dio  á  Hermegildo  una  heredad  que  tenía  en  la  aldea  en 
donde  había  habitado  su  padre  Cristóbal.  In  uilla  ubi  pa- 
ter  meus  xpistoualus  habitauit...  in  territorio  tamarense.  Ejecu- 
tóse la  sentencia  en  25  de  Agosto  de  858? 

9 

En  los  índices  del  Archivo  de  San  Martín  Pinario  se 
hace  mención  de  un  Obispo,  D.  Ñuño,  cuya  Sede  no  se 
expresa,  pero  que  vivió  por  estos  tiempos  en  nuestra 
Diócesis,  y  por  lo  que  parece,   en  el  monasterio  de  San 


(1)  Al  enumerar  los  bienes  que  dejaba  al  Monasterio,  cita  los  hórreos, 
las  bodegas,  la  cocina,  las  cubas,  las  herramientas,  los  vasos  de  vidrio,  de 
bronce  y  de  madera,  las  yeguas,  las  vacas,  las  ovejas,  los  bueyes,  los  cer- 
dos, etc..  Respecto  de  I03  siervos  y  siervas  declara,  que  como  ya  les  había 
dado  la  libertad  por  otra  Escritura,  quiere  que  sirvan  al  Monasterio  como 
libertos,  facultándolos  para  que  dejen  el  servicio  de  quien  los  maltrate,  y 
se  pongan  al  de  quien  los  trate  con  buenos  modos,  qut  eos  modaverit. 
(Véase  la  Escritura  íntegra,  en  los  Apéndices  núm.  Vil). 


182  LIBRO  SEGUNDO 


Pedro  de  Soandres,  en  la  comarca  de  Nendos.  El  nom- 
bre de  este  Obispo  apárese  entre  los  notabilísimos  per- 
gaminos del  Archivo  episcopal  de  Lugo,  lib.  VIII,  con 
motivo  de  una  sentencia  que  dio  en  el  año  922,  estando 
en  Soandres  con  el  conde  Froilán  Menéndez,  sobre  la 
propiedad  de  la  villa  de  Rausendi.  El  advenimus  inde  in 
concilio,  se  dice  en  el  documento,  lile  in  Suandres  in  presen- 
tía Nunnu  D¿i  gratia  ep'scopus  et  Fro'la  Menendiz  comes.,. 
Auctorgaverunt  eos  Froila  Menend'z  commes  et  Nunnus  Dei 
gratia  episcopus  et  elegerunt  in  ipso  concilio...  Sic  et  iurarunt 
lúe  in  Seo.  Felice  de  Boigoi  (San  Félix  de  Bijoy)  et  per 
manus  saioni  Gudesteo. 

De  aquí  es  dado  inferir,  con  cuánta  solemnidad  y 
aparato  se  celebrarían  algunas  fiestas  en  el  templo  apos- 
tólico, á  las  cuales  podían  dar  realce  con  su  presencia 
tres  ó  cuatro  Prelados,  que  de  ordinario  residían  en  la 
Diócesis.  Sisnando  procuraba,  por  su  parte,  que  el  perso- 
nal de  la  iglesia  fuese  escogido  y  numeroso;  así  es  que 
en  el  acta  de  fundación  del  monasterio  de  Arcos  de  Fur- 
cos,  cerca  de  Cuntís,  año  898,  subscribe  con  ventiocho 
miembros  del  Clero  Catedral,  cum  communi  conlatwne 
sancti  iacóbi  (1). 

Sin  embargo  de  todo  esto,  Sisnando  no  estaba  satis- 
fecho; echaba  de  menos  un  templo  capaz,  un  templo 
construido  con  la  solidez  y  magnificencia  propia  de  una 
gran  basílica;  y  esta  fué  la  constante  preocupación  de 
su  largo  pontificado. 


(1)     Véanse  Apéndices,  mira.  XXlíí, 


iijiiiijiMinmnmiiiHi^ 


CAPITULO  VIII 


Reedificación  del  Templo  de  Santiago.— Su  solemne   consa- 
gración en  el  año  899. 


L  Rey  D.  Alfonso,  en  este  punto,  se  halla- 
ba del  todo  identificado  con  las  ideas  y 
propósitos  de  Sisnando  (1).  La  continua 
agitación  en  que  casi  siempre  vivió  Don 
Alfonso,  batallando  sin  tregua  ni  descanso,  ora  con  los 
enemigos  de  dentro,  ora  con  los  de  fuera,  le  impidió  por 
mucho  tiempo  poner  manos  á  la  obra  (2);  pero  entre 
tanto  fué  reuniendo  materiales  á  propósito,  aprovechan- 
do los  que  quedaban  de  antiguos  edificios  arruinados  ó 
abandonados.  Entre  ellos,  utilizó  los  que  se  hallaban  en 
un  antiguo  palacio  que  habían  poseído  los  Reyes,  proba- 
blemente antes  de  la  irrupción  de  los  árabes,  en  una 


(1)  Cujus  (Sisnandi)  instinctu  —dice  en  el  Diploma  que  ponemos  en  el 
número  XXV  de  los  Apéndices  —  studuimus  aulam  tumuli  tui  instaurare  et 
ampliare...  Ego  Adefonsus  princeps  cum  praedicto  antistite  statuimus  aedi- 
ficare  domum  Domini,  et  restaurare  templum  ad  tumulum  sepulchri  Apostoli. 

(2)  Tempore  multo  omissimus  fabricare  templum.  (Escritura  citada). 


184  LIBRO  SEGUNDO 


ciudad  que,  dicen,  se  llamaba  Eabeca,  cuya  verdadera 
situación,  ó  cuya  equivalente,  no  puede  señalarse  á  pun- 
to fijo  (1).  Estos  materiales  fueron  transportados  por 
tierra  por  siervos  del  Real  Patrimonio,  por  entre  las  tur- 
bas de  los  moros  que  procuraban  estorbar  el  paso  (2). 
Por  mar  hizo  asimismo  conducir  D.  Alfonso  desde  Opor- 
to  otras  muchas  piezas,  como  sillares,  bases,  columnas, 
capiteles  de  mármol,  etc.. 

Reunidos  todos  estos  materiales,  Sisnando  dio  co- 
mienzo á  la  obra,  que  se  fué  prosiguiendo  con  la  activi- 
dad que  permitían  las  circunstancias.  Ignórase  quién 
haya  sido  el  arquitecto  que  dirigió  los  trabajos;  porque 
obra  de  tal  importancia  no  podía  confiarse  á  cualquiera 
vulgar  maestro;  acaso  fuese  el  mismo  que  tuvo  á  su  car- 
go las  notables  construcciones  que  se  llevaron  á  cabo 
bajo  D.  Alfonso  III  en  Oviedo  y  en  sus  alrededores  (3). 

Respetóse  la  forma  y  distribución  del  antiguo  tem- 
plo, dándose  al  nuevo  mayores  proporciones  en  largo  y 
en  ancho,  de  modo  que  la  primitiva  iglesia  de  San  Sal- 


(1)  Nos  quidem  inspiratione  divina  adlati  cum  subditis  ac  familia 
nostra  adduximus  in  sanctum  locum  ex  Hispania  inter  agmina  Maurorum. 
(Escritura  citada). 

(2)  Unos  dicen  que  Eabeca  es  Auca  (Oca)  en  tierra  de  Burgos,  otros 
que  es  Beteca,  Silla  episcopal  sucesora  de  Aquae  Flaviae  (Chaves)  al  Norte 
de  Portugal.  Es  más  verosímil  que  la  ciudad  de  Eabeca,  ó  como  quiera  que 
se  llamase,  estuviese  más  al  Mediodía  y  más  próxima  al  litoral;  porque  Don 
Alfonso  nos  advierte  que  los  mármoles  con  que  había  sido  edificado  el  pala- 
cio, fueran  traídos  por  mar...  petras  marmóreas,  quas  avi  nostri  ratibus  per 
pontum  transvexerunt,  et  ex  eis  pulchras  domos  aedificaverunt,  quae  ab  inimi- 
cis  manebant  destructae.  Eabeca  quizás  fuese  Coimbra  ó  Viseo. 

(3)  Ab  hoc  Principe  omnia  templa  Domini  restaurantur  et  civitas  in 
O  veto  cum  regÜ3  aulis  aedificatur.  (Chronicon  Albeldense,  España  Sagrada, 
tomo  XIII,  pág.  45G). 


LOS  TBES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  185 

vador  y  aún  el  baptisterio,  quedaron  incluidos  dentro  del 
nuevo  trazado,  si  bien  el  baptisterio  se  reconstruyó, 
como  entonces  aún  se  acostumbraba,  separadamente  del 
cuerpo  del  edificio  principal. 

En  nada  se  tocó  á  la  capilla  ú  oratorio  que  contenía 
los  sepulcros  de  Santiago  y  sus  dos  discípulos  San  Teo- 
doro y  San  Atanasio;  el  cual  oratorio  vino  á  quedar 
como  en  el  centro  de  la  iglesia,  y  estaba  aún  formado 
por  los  restos  que  quedaran  del  primitivo  mausoleo  del 
Apóstol. 

La  iglesia,  á  lo  que  hoy  puede  conjeturarse  con  bas- 
tante probabilidad,  venía  á  tener  tres  naves.  En  el  ábsi- 
de ó  cabecera  de  la  central  estaba  el  altar  de  San  Sal- 
vador, que  vino  á  sustituir  á  la  iglesia  del  mismo  título, 
construida  en  tiempo  del  Rey  Casto.  Más  al  centro  de 
la  Basílica  estaba  el  altar  de  Santiago.  En  el  ábside  de 
la  nave  lateral  de  la  derecha  estaba  el  altar  de  San 
Pedro;  y  en  el  de  la  otra  nave,  el  altar  de  San  Juan 
Apóstol. 

La  portada  principal,  ó  sea  la  de  Occidente,  se  cons- 
truyó con  los  mármoles  labrados  que  habían  venido  de 
Eabeca  (1);  se  aprovechó  el  dintel  de  la  puerta  antigua, 
por  estar  maravillosamente  esculpido  (2). 

En  la  puerta  lateral  del  Norte,  que  era  la  que  más 
se  usaba,  fué  en  donde  más  se  esmeraron  los  directores 
de  la  fábrica.  Allí  también  era  el  sitio  donde  se  adminis- 


(1)  Ostium  principale  occidentalis  partís  ex  ipsis  marmoribus  est  appo- 
situm.  (Escritura  citada). 

(2)  Supercilia  vero  liminaris  sedis  invenimus,  sicut  antiqua  sessio  fue- 
rat  miro  opere  sculpta. 


186 


LIBBO    SEGUNDO 


Planta  de  la  iglesia  edificada  por  D.  Alfonso  III  (1). 


(1)    A.  Altar  de  Santiago.— B.  Altar  y  ábside  de  San  Juan  Apóstol.— C.  Altar  y  ábside  de  San  Pe- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  T.  COMPOSTELANA  187 

traba  justicia  (1).  Hallábase  presedida  la  puerta  por  un 
pórtico  sostenido,  por  lo  menos,  por  dieciocho  columnas 
de  mármol  de  las  que  vinieron  de  Oporto  (2);  y  sobre  el 
pórtico  había  una  especie  de  balcón  ó  galería. 

En  el  interior,  efecto  del  desnivel  del  terreno,  el 
pavimento  de  las  naves  estaba  algún  tanto  más  bajo 
que  el  de  los  ábsides,  á  cada  uno  de  los  cuales  se  subía 
por  su  correspondiente  escalera.  A  la  entrada  del  ábside 
principal,  había  un  gran  arco,  el  arco  triunfal,  que  des- 
cansaba sobre  dos  sólidas  pilastras  de  un  metro  de  ancho 
cuyos  cimientos  se  han  descubierto  en  las  excavaciones 
practicadas  en  el  año  1878  (3). 

Cerca  de  la  puerta  lateral  del  Norte,  se  construyó  el 
nuevo  baptisterio,  dedicado  como  todos  á  San  Juan 
Bautista,  no  de  manipostería,  sino  con  hiladas  regulares 
y  simétricas  de  sillares  (4).  Su  planta  sería  poligonal,  y 
en  el  centro  se  elevaría  la  pila  bautismal,  que  probable- 


(1)  Ostiumde  sinistro...  columnas  sex  cum  basibus  totidem  posuimus, 
ubi  abbobuta  (abbuta?,  cúspide,  remate)  tribunalis  est  constructa. 

(2)  Vel  alias  columnas  sculptas,  supra  quas  porticus  imminet  de  oppi- 
do  portucalense  ratibus  deportatas  adduximus  quadras  et  calcem,  unde  sunt 
aedificatae  columnae  decem  et  octo,  cum  alus  columnelis  marmoreis  simili 
modo  navigio  (artificio?) 

(3)  En  el  asiento  de  la  base  de  estas  pilastras  hemos  notado  una  parti- 
cularidad digna  de  ateución.  En  vez  de  estar  asentada  de  plano  sobre  los 
cimientos,  lo  estaba  tan  sólo  en  los  cuatro  ángulos,  de  modo  que  quedaba  en 
hueco  en  gran  parte  del  asiento. 

(4)  Oraculum  baptistae  et  martyris  Joannis,  quem  simili  modo  funda- 
vimus,  et  de  puris  lapidibus  construximus. 

dro.— D.  Altar  y  ábside  de  San  Salvador. — E.  Baptisterio.—/".  Puerta  occidental  precedida 
de  un  protyro  ó  vestíbulo  cubierto.—  O.  Puerta  septentrional. — H.  Puerta   meridional. 

Los  trazos  negros  indican  la  obra  antigua;  las  rayadas  la  obra  posterior  del  siglo  XI. 
Nótese  la  ligera  desviación  que  bay  entre  los  ejes  de  las  dos  iglesias. 


188  LIBBO  SEGUNDO 


mente  es  la  que  actualmente  sirve  de  depósito  de  agua 
bendita  (1). 

Desde  que  se  comenzaron  á  ejecutar  las  obras,  estu- 
vo preocupado  D.  Alfonso  con  la  gran  solemnidad  de  la 
consagración  de  la  nueva  iglesia.  Ansiaba  por  otra  par- 
te, hacer  que  Oviedo  fuese  lo  que  Toledo  había  sido  en 
tiempo  de  los  Godos.  Para  la  mejor  realización  de  sus 
designios,  envió  al  Papa  Juan  VIII  á  los  dos  Presbíte- 
ros, Severo  y  Sidérico,  con  cartas  en  que  le  participaba 
las  victorias  que  había  obtenido  de  los  moros,  como  esta- 
ba poblando  á  Braga  y  á  otras  muchas  ciudades,  como 
se  había  apoderado  de  Coimbra,  de  Coria,  de  Idaña,  y  lle- 
gado hasta  cerca  de  Mérida.  Le  manifestaba  sus  deseos 
de  que  se  congregase  como  un  Concilio  nacional  en  la 
Sede  regia  de  Oviedo,  y  que  se  la  declarase  la  principal 
Metrópoli,  ó  sea  la  primada  de  su  reino   (2).  Le  hizo 


(1)  Véase  el  grabado  de  la  pág.  32. 

(2)  Ya  D.  Alfonso  II  había  solicitado  de  San  León  III,  la  declaración 
de  Metrópoli  en  favor  de  la  Sede  Ovetense  (véase  Risco,  España  Sagrada, 
tomo  XXXVII,  Disertación  sobre  el  Concilio  I  de  Oviedo,  pág.  173  y  si- 
guientes); pero  la  pretensión  del  Rey  Casto  se  limitaba  á  la  declaración  de 
simple  Metrópoli.  D.  Alfonso  III  quería  más;  quería  que  Oviedo  fuese  con- 
siderada como  Sede  regia  y  con  las  mismas  prerrogativas,  que  como  tal 
Sede  regia,  había  tenido  Toledo  en  otro  tiempo.  Al  mencionar  el  Albeldense 
(España  Sagrada,  tomo  XIII,  pág.  437),  los  Obispos  que  había  en  su  tiem- 
po, nombra  en  primer  lugar  á  Hermenegildo  de  Oviedo;  Regiamque  Sedem 
Hermenegildus  tenet;  é  inmediatamente  después  á  los  dos  Metropolitanos  de 
Braga  y  de  Lugo. 

Cuando  D.  Ordoño  II  estableció  la  Corte  en  León,  caducaron  los  privi- 
legios y  prerrogativas  de  la  Sede  Ovetense;  quedó  sin  efecto  lo  dispuesto 
en  sus  Concilios;  cuyas  Actas  para  el  caso  vinieron  á  ser  letra  muerta.  Cuan- 
do dos  siglos  después,  á  fines  del  siglo  XI  ó  á  principios  del  XII,  algún 
copista  inexperto,  ó  poco  cuidadoso,  quiso  trasladar  las  Actas,  vio  que  se 
referían  á  un  Concilio  celebrado  en  tiempo  de  un  Rey  D.  Alfonso,  en  que  se 


ÍiOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  189 

también  saber  su  propósito  de  consagrar  con  toda  so- 
lemnidad la  Iglesia  de  Santiago.  Concluye,  como  solía 
hacer  D.  Alfonso  cuando  se  dirigía  á  las  personas  reli- 
giosas, encomendándose  á  sus  oraciones. 

Con  dos  cartas  contestó  el  Sumo  Pontífice  á  las  de 
D.  Alfonso,  y  las  remitió  por  su  mensajero  Rainaldo,  que 
vino  con  Severo  y  Sidérico.  La  una  iba  dirigida  á  sólo 
D.  Alfonso;  la  otra  al  Rey,  á  los  Obispos,  á  los  Abades 
y  á  todo  el  pueblo  ortodoxo.  En  la  primera  se  congratu- 
la el  Papa  con  D.  Alfonso  por  sus  triunfos,  y  le  autoriza 
para  que  pueda  hacer  consagrar  la  Iglesia  de  Santiago, 
y  celebrar  el  Concilio  que  deseaba  (1).  En  la  otra,  exhor- 


había  acordado  erigir  en  Metrópoli  á  la  Sede  Ovetense.  Juzgó  que  en  reali- 
dad sólo  se  trataba  de  un  Concilio;  confundió  y  mezcló  las  del  uno  con  las 
del  otro;  é  hizo  tal  embrollo  y  tal  madeja,  que  muchos  escritores  para  salir 
pronto  del  paso,  creyeron  que  lo  mejor  era  negar  la  existencia  de  uno  y  otro 
Concilio.  Pero  la  verdad  en  estas  materias  no  siempre  se  encuentra  siguien- 
do vías  francas  y  expeditas,  sino  después  de  recorrer  senderos  muy  in- 
trincados y  difíciles.  Véase  la  Disertación  citada  del  P.  Risco,  la  cual  á 
pesar  de  las  diatribas  del  Sr.  de  La  Fuente,  por  ahora  espera  cumplida 
refutación. 

(1)  Le  dice  además,  que  también  él  se  ve  frecuentemente  acosado  por 
los  paganos,  á  quienes  tiene  que  combatir  de  día  y  de  noche.  Lo  mismo 
escribió  Juan  VIH  en  Noviembre  de  876  á  Carlos  el  Calvo,  y  en  882  á 
Carlos  el  Craso.  El  Chronicon  Salernitanum  publicado  por  Muratori  en  el 
tomo  II,  parte  II,  col.  264  de  Berum  Italicarum  Scriptores,  dice,  refi- 
riéndose al  año  876  ó  877;  Tune  Salernum,  Neapolis,  Gajeta  et  Amalfia 
pacem  habentes,  cum  Agareni  navalibus  incursibus  Bomam  gravi  angustiabant 
depopulatione...  Eu  alguno  de  los  años  que  mediaron  entre  el  876  y  el  882, 
fué  cuando  D.  Alfonso  III  debió  dirigirse  á  Juan  VIII,  pidiéndole  la  auto- 
rización que  solicitaba. — En  esta  ocasión  debió  tener  lugar  la  ida  á  Roma 
del  Conde  Gisuado,  enviado  por  D.  Alfonso  III.  Habla  de  esta  embajada 
Sandoval,  citado  por  Yepes  (Coronica  general  de  la  Orden  de  San  Benito, 
tomo  IV,  fol.  355  vuelto),  al  tratar  del  monasterio  de  San  Adrián  de  Boñar. 
Al  volver,  trajo  el  Conde  por  donación  del  Papa,  los  Cuerpos,  ó  Reliquias 


190  LIBEO  SEGUNDO 


ta  al  Rey,  al  Clero  y  al  pueblo  á  que  perseveren  cons- 
tantes en  la  adhesión  á  la  Cátedra  de  Pedro,  y  á  todos  en- 
carga que  se  muestren  subditos  de  la  Iglesia  ovetense  (1). 
He  aquí  el  texto  de  la  carta  en  que  el  Papa  autori- 
zaba á  D.  Alfonso  para  hacer  consagrar  la  Iglesia  de 
Santiago  (2):    • 

Joannes  episcopus  servus  servorum  Dei  dilecto  filio  Adefonso 
Regi  Gallaeciarum.  Litteras  devotionis  vestrae  suscipientes,  quia 
devotum  vos  esse  cognovimus  erga  nostram  Sanctam  Ecclesiam, 
gratias  vobis  multíplices  referimus,  Dominum  exorantes,  ut  vigor 
Regni  vestri  abundet,  de  inimicis  vestris  victoriam  vobis  concedat. 
Nam  Nos,  fili  charissime,  sicut  petistis,  sedulas  preces  Domino  fun- 
dimus,  ut  Regnum  vestrum  gubernet,  vos  salvos  faciat,  custo- 
diat  et  protegat,  et  super  omnes  inimicos  vestros  erigat. 

Ecclesiam  autem  Beati  Jacobi  Apostoli  ab  Hispanis  Episcopis 
consecrare  facite  et'  cum  eis  Concilium  celébrate. 

Et  Nos  quidem,  glorióse  Rex,  sicuti  vos,  a  Paganis  jam  con- 
stringimur,  et  die  ac  nocte  cum  illis  bella  committimus;  sed  Omni- 
potens  Deus  donat  nobis  de  illis  triumphum.  Hujus  rei  gratia,  ro- 
gamus  dilectionem  vestram  et  animum  deprecamur,  ut  quia,  ut 
diximus,  valde  a  Paganis  opprimimur,  aliquantos  útiles  et  óptimos 
Mauriscos  cum  armis,  quos  Hispani  caballos  alfaraces  (3)  vocant,  ad 
Nos  dirigere  non  omittatis,  qualiter  Nos  recipientes,  J)ominum 
collaudemus,  vobis  gratias  referamus,  et  per  eorum  portitorem  de 
benedictionibus  Sci.  Petri  vos  remuneremus.  Bene  vale,  dilectissi- 
me  fili  et  charissime  Rex. 


insignes,  de  los  Santos  Adriano  y  Natalia,  en  cuyo  honor  construyó  el  mo- 
nasterio de  Boñar.  Por  el  mismo  tiempo  se  construyó  también  el  de  San 
Adrián  de  Tuñón  en  Asturias.  El  Conde  Gisuado  iría  quizás  acompañando 
á  los  dos  Presbíteros  Severo  y  Sidérico  ó  Sinderico;  si  es  que  no  fué  después 
para  cumplimentar  al  Papa,  y  llevarle  ciertos  caballos  que  pedía. 

(1)  Véase   esta  otra  Carta  en  el   tomo   XIV  de  la  España  Sagrada, 
página  455. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XIV,  pág.  455. 

(3)  Ligeros,  veloces. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELÁNA  191 

En  Julio  de  896  ya  estaban  terminadas  las  obras  de 
la  Iglesia  de  Santiago  (1);  ya  nada,  pues,  impedía,  ni  en 
lo  material,  ni  en  lo  formal,  que  cuanto  antes  se  llevase 
á  cabo  la  consagración.  No  así  las  cosas  de  D.  Alfonso; 
quien,  habiéndose  propuesto  dar  al  acto  todo  el  realce 
posible,  y  hacer  con  este  motivo  como  un  alarde  de 
ostentación  y  magnificencia,  veíase  á  la  sazón  envuelto 
en  tal  red  de  tenebrosas  conjuras,  que  no  le  permitieron 
otra  cosa,  que  atender  á  desbaratar  las  mallas  en  que 
se  pretendía  cogerlo.  Vencidas  las  sublevaciones  de  Her- 
menegildo, Hanno,  Witiza  y  otros  magnates,  otras  no 
menos  temibles  hubo  de  combatir,  las  de  sus  propios  her- 
manos Fruela,  Bermudo,  Ñuño  y  Oduario,  alguno  de  los 
cuales,  por  testimonio  de  Sampiro,  con  la  ayuda  de  los 
árabes  y  berberiscos,  sostuvo  por  espacio  de  siete  años 
en  Astorga  el  estandarte  de  la  rebelión. 

Al  fin,  en  el  año  899,  comenzaron  á  lucir  días  más 
serenos  y  tranquilos,  y  D.  Alfonso  quedó  en  libertad 
para  la  realización  de  sus  proyectos.  Convocó  ó  citó  para 
Compostela,  para  principios  de  Mayo  de  dicho  año  899, 
á  todos  los  Prelados  y  Magnates  de  su  reino,  y  en  el 
momento  oportuno  se  puso  él  en  camino  acompañado  de 
la  Reina  D.a  Jimena,  de  sus  hijos  D.  García,  D.  Ordoño, 
D.  Fruela,  D.  Ramiro  y  D.  Gonzalo  (y  al  parecer,  de  sus 
hermanos  Ñuño  y  Oduario,  que  acaso  se  habrían  recon- 
ciliado con  él),  y  de  los  principales  funcionarios  de  la 
Corte.  Al  mismo  tiempo,  afluían  de  todas  partes  á  Corn- 


il) Castellá  (Historia  del  Apóstol  Santiago,  fol  4G3),  dice  que  las  obras 
duraron  33  años;  pero  el  pasaje  de  la  Escritura  á  que  Castellá  se  refiere, 
sólo  afirma  que  la  consagración  se  verificó  en  el  año  XXXIII  del  reinado 
de  D.  Alfonso. 


192  LIBEO   SEGUNDO 


postela  turbas  de  devotos  y  peregrinos  ávidos  de  con- 
templar aquella  fiesta,  que  á  juzgar  por  la  fama  y  por 
los  trabajos  que  con  tanta  antelación  se  habían  hecho, 
en  la  memoria  de  los  nacidos  no  había  tenido  otra  se- 
mejante (1). 

El  día  6  de  Mayo,  quinta  Dominica  después  de  Pas- 
cua, era  el  señalado  para  la  gran  festividad.  Concurrie- 
ron diecisiete  Prelados:  Juan  de  Oca,  Vicente  de  León, 
Gómelo  de  Astorga,  Hermenegildo  de  Oviedo,  Dulcidio 
de  Salamanca,  Nausto  de  Coimbra,  Argemiro  de  Lame- 
go,  Teodomiro  de  Viseo,  Guiñado  de  Oporto,  Jacobo  de 
Coria,  Argemiro  de  Braga,  Diego  de  Tuy,  Egila  de 
Orense,  Sisnando  de  Iria,  Recaredo  de  Lugo,  Rudesindo 
de  Mondoñedo  y  Britonia  y  Eleca  de  Zaragoza,  y  los 
Condes  Alvaro  de  Luna,  Bermudo  de  León,  Sarracino 
de  Astorga  y  Bierzo,  Bermudo  de  Torres,  Betote  de 
Deza,  Hermenegildo  de  Tuy  y  Oporto,  su  hijo  Arias  de 
Eminio,  Pelayo  de  Brigancio,  Oduario  de  Castela  y 
Orense,  Silo  de  Pruzos,  Ero  de  Lugo,  Gonzalo,  Osorio  y 
Lucidio  (2). 

Celebróse  la  consagración  con  la  solemnidad  que  es 


(1)  cVoeatis  de  diversis  sedibus  Pontificibus  et  universo  Hispaniae  et 
Gallaeciae  populo,»  se  lee  en  el  Privilegio  otorgado  por  Grelmírez  á  San 
Martín  en  el  año  1115. 

(2)  El  nombre  de  casi  todos  estos  Condes  aparece  citado  en  los  antiguos 
documentos.  Llamaremos  la  atención  sobre  algunos  de  ellos;  porque  esto 
ha  de  importarnos  para  mejor  seguir  el  hilo  de  nuestra  narración. 

El  Conde  de  Deza,  Betote,  fué  padre  de  D.  Gonzalo,  fundador  de  los 
monasterios  de  Camanzo  y  Carboeiro,  y  de  D.  Tello. 

El  Conde  de  Tuy  y  Oporto,  Hermenegildo,  fué  abuelo  de  San  Rosende. 

Oduario,  Conde  de  Castela  y  Auria,  fué  poblador  de  gran  parte  de  la 
provincia  de  Orense  y  de  la  de  Trasosmontes  en  Portugal. 

Los  Condes  Sarracino  de  Astorga  y  Bierzo  y  Bermudo  de  Torres,  debie- 


tOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMI»OSTELANA  193 

de  suponer.  Los  altares  estaban  convenientemente  dis- 
puestos; las  mesas  descansaban  sobre  macizos  revocados 
con  blanquísimo  estuco?  y  cal,  y  en  ellos  estaban  abier- 
tos los  sepulcros  revestidos  con  láminas  de  oro  y  perfu- 
mados con  incienso  y  otras  substancias  aromáticas. 
Altaría  sancta  ninquide  et  calce  cons&pta,  quae  urnas  áureas 
habent,  Sepulchra  balsamum  et  incensum  redolent  fragraniia. 

Las  Reliquias,  al  ser  introducidas  en  los  sepulcros, 
fueron  depositadas  previamente  en  cajas  de  cedro,  cu- 
yas estrechas  juntas  fueron  tapadas  con  pasta  formada 
de  cera  y  polvo  de  mármol,  sobre  la  cual  pasta  se  im- 
primieron los  sellos  de  los  Consagrantes.  Los  sepulcros 
se  cerraron  con  pequeñas  losas  cuadradas  de  mármol 
y  yeso.      . 

En  el  altar  del  Salvador  se  colocaron  diecisiete  Reli- 
quias (1);  de  sepulchro  Domini,  de  vestlmento  Domini  quando 
crucifixus  est,  ítem  de  túnica  Salvatoris,  de  térra  ubi  Dominus 
stetit,  de  ligno  sanctae  Grucis,  de  pane  Domini,  de  lacte  sanctae 
Mariae,  de  Santiago  Apóstol,  de  Santo  Tomás  Apóstol, 
de  San  Martín  Obispo,  de  San  Vicente  Levita,  de  San 
Cristóbal,  de  San  Baudilio,  de  San  Julián  y  Santa  Basi- 
lisa,  de  Santa  Leocadia  Confessor,  de  las  Cenizas  y  San- 
gre de  Santa  Eulalia  de  Mérida  y  de  Santa  Marina.  En 
el  altar  de  San  Pedro  se  depositaron  Reliquias  de  San 
Pedro  y  San  Pablo  Apóstoles,  del  Sepulcro  del  Señor, 
de  San  Andrés  Apóstol,  dé  San  Fructuoso   Obispo,  de 


ron    de   ser   hijos    del  célebre  Conde   D.  Gutón,    poblador    del    Bierzo. 

El  Conde  Osorio  fué  abuelo  del  Conde  Santo,  fundador  del  monasterio  de 
Lorenzana. 

(1)     Muchas  de  estas  Reliquias  debieron  de  ser  de  las  que   Santo  Tori- 
bio  trajo  de  Jerusalén,  y  depositó  en  su  monasterio  de  Liébana,  de  cuyas 
cercanías  era,  al  parecer,  natural  el  Obispo  Sisnando. 
Tomo  II.— 13. 


194  LIBRO  SEGUNDO 


Santa  Lucía,  de  Santa  Rufina  y  de  Santa  Leocricia.  En 
el  altar  de  San  Juan  Apóstol  se  pusieron  Reliquias  del 
Santo  titular,  del  Sepulcro  del  Señor,  de  San  Bartolomé 
Apóstol,  de  San  Lorenzo  Diácono,  de  San  Baudilio  y  de 
Santa  Leocadia  Confessor.  En  el  altar  del  Baptisterio  se 
colocaron  Reliquias  de  San  Juan  Bautista,  del  Sepulcro 
del  Señor,  de  la  Sangre  del  Señor,  de  Santa  María  Vir- 
gen Madre  del  Señor,  de  San  Julián  y  Santa  Basilisa, 
de  Santa  Leocricia  Mártir  y  de  Santa  Eulalia  de  Mérida. 

El  altar,  que  estaba  sobre  el  Sepulcro  de  Santiago, 
se  conservó  tal  cual  se  hallaba,  cuando  fué  descubierto 
en  tiempo  de  Teodomiro;  así  es  que  no  osaron  tocarlo, 
ni  modificarlo  en  nada.  Super  corpore  quoque  benivoli  Apo- 

stoli  patet  altar ium  sacrum,  in  quo  patet  antiqua  es marty- 

rum  tlieca,  quam  a  sanctis  Patribus  scimus  conditam  esse,  unde 
nemo  ex  nóbis  ausus  fuit  tollere  saxa  (1). 

Todo  debió  de  ser  conmovedor  y  grandioso  en  aque- 
lla augusta  ceremonia;  pero  el  momento  en  que  Don 
Alfonso,  seguido  de  su  esposa  y  de  sus  hijos,  se  prosternó 
delante  del  sagrado  altar  para  depositar  en  él  la  Escri- 

(1)  Véase  la  Escritura  de  los  Apéndices,  núm.  XXV. — En  el  Cronicón 
de  Sampiro,  interpolado  en  Oviedo,  se  describe  así  esta  festividad:  «Conse- 
cratum  est  jam  dictum  templum  a  praedictis  Pontificibus  hoc  ordine  sub- 
scripto. Imprimis  consecraverimt  altare  in  honorem  Salvatoris  nostri  Jesu 
Christi;  et  ad  dexteram  praedicti  altaris  consecraverunt  altare  in  honorem 
Apostolorum  Petri  et  Pauli,  et  ad  laevam  dicti  altaris  consecraverunt  altare 
in  honorem  sancti  Joannis  Apostoli  et  Evangelistae.  In  altare  quoque,  quod 
est  snper  corpus  Beati  Jacobi  Apostoli,  quod  consecratum  fuerat  a  septem 
discipulis  ejus,  quorum  nomina  suDt  haec,  Calocerus,  Basilius,  Pius,  Griso- 
gonus,  Theodorus,  Athanasius,  Maximus,  tamen  nemo  ex  jam  dictis  Episco- 
pis  ausus  fuit  aliquid  in  eo  agere,  nisi  tantum  orationem,  Missamque  can- 
tare.» (España  Sagrada,  tomo  XIV,  pág.  457). — El  interpolador  tuvo  indu- 
dablemente á  la  vista,  además  de  la  Escritura  citada,  otros  documentos  que 
hoy  no  conocemos. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA     195 

tura  de  dotación,  como  era  de  rito  en  semejantes  casos, 
y  expresar  al  mismo  tiempo  sus  profundos  sentimientos 
de  piedad  y  devoción,  quedó,  sin  duda  alguna,  indeleble- 
mente grabado  en  la  memoria  de  todos  los  circunstantes. 

En  este  notabilísimo  Diploma  de  dotación,  D.  Alfon- 
so resumió  todas  las  donaciones  que  había  hecho  á  la 
Iglesia  del  Apóstol  hasta  la  fecha,  y  además  hizo  otras 
nuevas,  que  fueron  las  siguientes:  una  villa  del  Real  Se- 
ñorío en  Montenegro,  que  había  cultivado  un  siervo  pa- 
nadero de  la  Iglesia  Iriense,  llamado  Pedro;  la  villa  de 
Nubolis  ó  Juniolis  con  la  iglesia  de  San  Clemente,  á  ori- 
llas del  Ulla;  la  de  Vitallia;  la  de  Vallaga  (Valga);  en  el 
territorio  de  Braga  una  villa  en  donde  estaba  fundada 
la  iglesia,  de  San  Víctor,  á  orillas  del  río  Ateste,  con  los 
lugares  á  ella  anejos,  Efigies,  Murgoros  y  Palatium;  la  villa 
de  Molendinis,  entre  Braga  y  la  iglesia  de  San  Víctor;  la 
isla  de  Ons  con  la  iglesia  de  San  Martín;  la  de  Arosa 
con  la  de  San  Julián;  la  de  Sálbora  con  su  iglesia;  la 
iglesia  de  San  Vicente  del  Grove;  la  mitad  de  unas  vi- 
llas en  San  Vicente  de  Bama;  en  Presaras  las  iglesias  y 
villas  que  le  había  cedido  el  Abad  Reterico;  y  en  el  con- 
dado de  Sonarla  (Soneira),  la  iglesia  de  San  Julián  en  la 
villa  de  Oneja  y  la  villa  de  Gernio,  de  las  que  le  había 
hecho  donación  Gradino  (1). 

Termina  el  Dipjoma  con  esta  hermosa  deprecación: 
«Recibe,  te  lo  pedimos,  Señor,  esto  que  te  ofrecemos  en 


(1)  Nótese  que  en  esta  Escritura  ninguna  mención  se  hace  de  alhajas, 
vasos  sagrados,  libros  y  ropas  donadas  por  el  Monarca  á  la  Iglesia,  como 
era  de  costumbre  en  tales  ocasiones.  O  se  suprimieron  estas  cláusulas  al 
trasladar  el  original,  ó  D.  Alfonso  consideró  ya  bastante  provista  á  la  Igle- 
sia de  todos  esos  sagrados  objetos. 


196  LIBBO  SEGUNDO 


el  templo  de  tu  gloria,  es  decir,  de  tu  Apóstol  Santiago, 
y  ponemos  en  manos  de  su  Pontífice  Sisnando,  Obispo, 
el  cual  con  nosotros  hizo  esta  obra,  y  trabajando  sin  des- 
canso la  llevó  á  debida  ejecución.  Ratificamos  y  confir- 
mamos cuanto  nuestros  abuelos  y  nuestros  padres  devo- 
tísimamente  ofrecieron,  á  saber:  nuestro  bisabuelo  Al- 
fonso y  nuestro  abuelo  Ramiro,  Príncipes  de  buena 
memoria,  y  nuestro  padre,  el  Príncipe  Ordoño;  los  cua- 
les todos,  con  pura  mente,  hicieron  á  vuestro  santo  altar 
muchos  dones  y  beneficios. » 

«Hecha  la  Carta  de  donación  en  el  año  XXXIII 
del  reinado  del  glorioso  Príncipe  Alfonso,  presentes 
en  medio  de  dicha  iglesia  los  Obispos  y  Condes  el  día 
de  la  consagración  del  templo,  6  de  Mayo  de  la 
Era  DCCCC.XXX.VII  (año  899).»  Siguen  las  subscrip- 
ciones del  Rey  y  sus  hijos,  y  las  de  muchos  Obispos  y 
Proceres  (1). 

El  año  en  que  tuvo  lugar  tan  solemnísima  consagra- 
ción, efecto  de  las  muchas  erratas  de  los  Códices  y  de 
las  de  las  diversas  copias  del  original,  fué  por  bastante 
tiempo  objeto  de  muchas  dudas  é  incertidumbres.  Mora- 
les en  su  Crónica,  lib.  IX,  cap.  VII,  la  pone  en  el  año  873; 
y  en  el  lib.  XV,  cap.  XXV,  en  el  900.  Noguera,  en  el 
Ensayo  cronológico  añadido  á  la  edición  de  Mariana  en 
Valencia,  prefiere  el  año  898.  Flórez,  en  el  tomo  II  de 
la  España  Sagrada,  la  coloca  en  el  año  876;  pero  en  el 
tomo  XIX  (2),  la  fija  definitivamente  en  el  año  899.  Esta 
es  la  única  fecha  admisible,  pues  es  la  en  que  uniforme- 
mente concurren  todos  los  datos  cronológicos  más  claros 


(1)  Véase  la  Escritura  íntegra  en  los  Apéndices,  núm.  XXV. 

(2)  Página  95  y  siguientes. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  197 

y  seguros,  que  ofrecen,  así  la  Escritura  de  dotación,  como 
el  Acta  adjunta  de  la  consagración. 

En  prueba  de  ello,  examínense  estas  dos  notas  crono- 
lógicas que  trae  el  Acta  de  consagración:  Completam  hoc 
est  Era  eongruit  esse  novies  centena  (900)  sexies  sena  (-+-  36) 
addito  tempore  uno  (-H  1),  ó  sea  937;  y  Erectum  in  Regno 
anno  (de  la  Era)  DCGCCIV  ó  sea  el  año  de  Nuestro  Se- 
ñor 866,  nunc  ordinem  credhnus  impletum  volvens  tricesimum 
tertium.  Si  al  año  de  la  Era  DCCCCIV,  ó  año  del  Se- 
ñor 866,  se  añaden  treinta  y  tres,  resultan  años  de  la 
Era  DCCCCXXXVII,  año  del  Señor  899.  Estas  notas 
no  ofrecen  duda,  ni  tergiversación  de  ninguna  clase. 
Por  lo  tanto,  de  los  otros  cómputos  que  traen  la  referida 
Acta  (1),  como  la  interpolación  de  Sampiro  (2),  que  de 
suyo  son  obscuros  y  además  ofrecen  bastantes  variantes, 
no  puede  sacarse  ningún  dato  firme  que  destruya  la 
certeza  que  presentan  las  notas  cronológicas  que  hemos 
aducido  antes. 

Visto  esto,  es  de  extrañar  como  el  P.  Risco  en  el 
tomo  XXXVII  de  la  España  Sagrada  (3),  trató  de  embro- 
llar la  cuestión.  Tampoco  se  ve  la  razón  que  tuvo  para 


(1)  Ideoque  secundo  Nonas.  Maii,  anno  Incarnationis  Domini 
DCCCLXXXXVIIII,  secunda  feria  deducebat  annum  ad  lunae  cursum  III, 
luna  XI...  (España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  345). 

(2)  In  prima  die,  quae  erat  Nonis  Maii  anno  Incarnationis  Domini 
Era  DCCCCXXXVII,  secunda  feria  ducebat  annum  ad  lunae  cursum  III, 
luna  XI.  (España  Sagrada,  tomo  XIV,  pág.  457). 

En  este  año  de  899  el  Áureo  Número  fué  VII,  y  por  tanto  en  6  de 
Mayo  era  la  luna  XXI,  pues  había  empezado  en  15  de  Abril.  El  ciclo  ó 
curso  lunar  era  IV,  ó  como  entonces  se  solía  escribir  IIII.  El  escribir  III 
en  lugar  de  IIII,  y  XI  en  lugar  de  XXI,  no  es  yerro  en  que  fácilmente 
no  incurriesen  los  copistas  de  entonces. 

(3)  Página  246  y  siguientes, 


198  LIBRO  SEGUNDO 


pretender  (1)  que  se  borrase  de  la  colección  de  Concilios 
el  que  el  Cardenal  Aguirre  puso  en  la  suya  con  este 
título:  Concilkim  ovetense  XVIII  Episcoporum,  praesente  TJieo- 
dulfo  Episcopo  legato  Regís  Francorum.  Era  DCCCCXXXIX, 
id  est  anuo  Christi  DCCCCL  Aquí  se  ve  patente  la  confu- 
sión del  Concilio  celebrado  en  tiempo  de  Teodulfo,  ó  sea 
en  tiempo  de  Alfonso  II,  con  el  celebrado  en  tiempo  de 
Alfonso  III. 

Una  de  las  causas  por  las  que  muchos  autores  se 
vieron  embarazados  para  fijar  el  año  en  que  se  consa- 
gró la  Iglesia  de  Santiago,  fué  la  persuasión  que  ellos 
mismos  se  formaron,  de  que  la  consagración  y  el  Conci- 
lio de  Oviedo  habían  de  celebrarse  bajo  el  pontificado 
de  Juan  VIII,  que  fuera  el  que  otorgara  la  autorización 
para  dichos  actos.  Mas  como  advirtieron,  primero  Mora- 
les y  después  Baronio  (2),  D.  Alfonso  III,  ocupado  con 
las  guerras  civiles  y  con  las  externas,  no  pudo  por  mu- 
chos años,  y  hasta  después  de  muerto  Juan  VIII,  usar 
de  la  autorización  que  este  Pontífice  le  había  concedido. 

Terminada  la  solemnidad  de  la  consagración,  los 
Prelados  asistentes  constituyéronse  en  Concilio  para  oir 
ciertas  reclamaciones  que  presentó  el  Obispo  de  Lugo, 
Recaredo.  Quejábase  este  venerable  Prelado  de  que, 
cuando  en  tiempo  de  D.  Alfonso  II  se  desmembró  su 
Diócesis  para  fundar  el  Obispado  de  Oviedo  (3),  como 
en  compensación  se  habían  sometido  al  régimen  y  juris- 


(1)  Página  252. 

(2)  Ad  ann.  882. 

(3)  Véase  en  el  Cronicón  de  Sampiro,  (España  Sagrada,  tomó  XIV, 
pág.  460),  las  muchas  tierras  que  se  disgregaron  de  la  Diócesis  de  Lugo  y 
aún  de  la  de  Orense,  y  se  incorporaron  á  la  de  Oviedo. 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTE  LANA  199 

dicción  de  los  Obispos  lucenses  los  territorios  de  las  dos 
Sedes  de  Braga  y  Orense,  mientras  éstas  estuviesen  des- 
pobladas, y  además  se  les  había  reconocido  la  categoría 
de  Metropolitanos.  No  obstante  esta  concesión  de  D.  Al- 
fonso II  y  del  Concilio  celebrado  en  su  tiempo,  para 
Braga  se  había  continuado  nombrando  Obispo  con  la 
consideración  de  Metropolitano;  y  esto  venía  á  consti- 
tuir una  derogación  de  la  prerrogativa  que  en  compen- 
sación se  le  había  concedido;  pues  él  era  el  verdadero 
Metropolitano  de  Braga,  según  lo  dispuesto  por  el  Con- 
cilio ovetense  en  tiempo  de  D.  Alfonso  II.  Lo  mismo  su- 
cedía respecto  de  la  Sede  de  Orense. 

El  Concilio,  y  lo  mismo  D.  Alfonso  III,  atendieron  las 
reclamaciones  del  Prelado  lucense,  y  aún  declararon  que 
eran  razonables  y  fundadas  en  justicia;  pero  parece  que 
se  aplazó  la  resolución  definitiva  para'el  Concilio  que  es- 
taba para  celebrarse  en  Oviedo.  Has,  itaaue,  urbes  et  pro- 
vincias praedictas  (Bracharensem  et  Auriensem),  dice  Don 
Alfonso  en  el  Diploma  que  sobre  el  particular  otorgó  á 
Lugo  el  6  de  Julio  de  899  (1),  vobis  (Recaredo)  condona- 
mus  pro  ipsis  ecclesiis  vestris  et  ^rovinciis,  qiias  Seo.  Salvatori 
Ovetensis  Ecclesiae  subdidinius,  de  quibus  vos,  vestrique 
clerici  conquesti  estis  querimoniam  nobis  obiectam  in 
concilio  episcoporum  et  nobilium  virorum  congregato  in 
apostólica  Ecclesia  Sci.  Jacobi  die  eius  consecrationis; 
in  quo  videlicet  loco  in  praesentia  pene  omnium  qui 
aderant  tantae  dedicationi,  a  vobis  mihi  praesentatam  pre- 
decessoris  mei  domini  Adephonsi  Regís,  etc.. 

Mas,  como  ya  hemos  indicado,  la  resolución  definiti- 


(1)    España  Sagrada,  tomo  XL,  Apéndice  XX,  pág.  395, 


200  LIBBO  SEGUNDO 


va  se  aplazó  para  el  próximo  Concilio  de  Oviedo,  que 
ya  estaba  convocado,  y  que  se  celebró  once  meses  des- 
pués. Por  lo  tanto,  las  Actas  de  lo  acordado  en  Santia- 
go, encabezadas  con  el  Acta  de  la  Dedicación  de  la 
Iglesia,  se  llevaron  á  Oviedo  para  que  allí  las  tuviesen 
presentes  los  Padres.  De  estas  Actas,  no  sin  confundir- 
las con  las  del  primer  Concilio  ovetense,  debió  servirse 
el  interpolador  de  Sampiro,  para  ingerir  en  el  Cronicón 
de  éste,  la  descripción  de  este  Concilio  II  ovetense  y  la 
de  la  consagración  de  la  Iglesia  compostelana  (1). 

En  el  Concilio  de  Oviedo  se  procuró  afirmar  la  auto- 
ridad del  Prelado  de  esta  Iglesia  é  insistir  en  que  Ovie- 
do venía  á  substituir  á  Toledo,  y  que  por  lo  mismo,  con 
arreglo  á  lo  dispuesto  en  el  Concilio  XII  toledano,  todos 
los  Prelados,  incluso  los  Metropolitanos,  debían  de  estar 
sumisos  al  Ovetense. 

Confirmóse  también  en  este  Concilio  II  la  asignación 
que  se  había  hecho  en  el  I  de  iglesias  y  heredades  cerca 
de  Oviedo,  para  que  en  ellas  y  con  sus  rentas  tuviesen 
hospedaje  y  mantenimiento  los  Obispos,  cuando  concu- 
rriesen para  celebrar  Concilio  (2).  Al  Prelado  de  Iria  se 
había  señalado  la  iglesia  de  Santa  María  de  Teneiana  ó 
Tiniana  (Tenejana),  que,  como  hemos  visto  en  el  año  869, 
se  hallaba  desierta  y  casi  del  todo  arruinada. 


(1)  En  el  Tesoro  de  la  Santa  Iglesia  de  Oviedo  también  se  hallaban 
las  Escrituras  del  monasterio  de  Samos.  (Véase  España  Sagrada,  tomo  XL. 
Apéndice  XX,  pág.  401). 

(2)  En  el  can.  V  del  Concilio  VII  de  Toledo,  también  se  dispuso  que 
asistiese  de  continuo  en  la  Sede  regia,  al  lado  del  Rey  y  del  Metropolitano, 
alguno  de  los  Obispos  comarcanos.  Placuit,  ut  pro  reverentia  Principis,  ac 
Begiae  Sedis  honore  vel  Metropolitani...  convicini  Toletanae  Sedis  episcopi... 
singulis  per  annum  mensibus  in  eadem  Urbe  debeant  commorari. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  201 

Respecto  á  la  reclamación  de  Recaredo,  parece  que 
se  acordó  que  mientras  tanto  viviese  Argemiro,  que  era 
el  Metropolitano  titular  de  Braga,  se  le  respetase  la  po- 
sesión de  este  título.  Lo  cierto  es,  que  muerto  Argemiro, 
hasta  la  restauración  definitiva  de  la  Sede  de  Braga,  á 
fines  del  siglo  XI,  no  aparecen  otros  Metropolitanos  bra- 
carenses,  que  los  Prelados  de  Lugo  (1). 


(1)     Véase  sobre  esto  la  nota  manuscrita  que  dejó  Flórez,   publicada  en 
la  segunda  edición  de  la  España  Sagrada,  tomo  XV,  pág.  182. 


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CAPITULO  IX 


Carta  de  D.  Alfonso  III  al  Clero  y  pueblo  de  Tours.  —  Corres- 
pondencia epistolar  entre  el  Papa  Juan  X  y  el  Obispo  Sis- 
nando  I. 


isnando,  con  tantos  edificios,  con  tantas 
instituciones,  había  ensanchado  considera- 
blemente los  confines  del  horizonte  de  la 
naciente  Compostela.  La  antigua  Arca  marmórica  había 
dejado  de  ser  un  montón  de  ruinas  cubierto  de  césped  y 
maleza;  ya  era  más  que  un  Santuario  visitado  incesan- 
temente por  turbas  de  peregrinos  de  todas  clases  y  con- 
diciones; era  un  centro  de  civilización  y  de  cultura,  que 
en  poco  tiempo  se  había  convertido  en  capital  efectiva 
de  la  región  gallega,  tanto  en  el  orden  religioso,  como 
en  el  civil  y  político.  Era  la  residencia  ordinaria  de  los 
Reyes  de  Galicia,  herederos  designados  ó  presuntos  del 
trono  de  Asturias  y  León,  primero  de  D.  Alfonso  III, 
después  de  D.  Ordoño  II  y  luego  de  D.  Sancho  Ordóñez. 
Allí  acudían  los  hijos  de  los  principales  magnates  para 


204  LIBEO  SEGUNDO 


educarse  é  instruirse,  como  Bermudo,  nieto  del  gran 
Oduario,  Conde  de  Castela  y  Orense;  Gutierre,  hijo  del 
Conde  Ordoño  Velázquez,  y  más  tarde  el  propio  D.  Gar- 
cía, hijo  de  Fernando  I.  Allí  se  ventilaban  y  resolvían, 
en  Juntas  ó  Concilios  más  ó  menos  numerosos,  los  más 
arduos  asuntos  eclesiásticos,  que  en  época  de  tanta  agi- 
tación y  de  tanta  zozobra  no  podían  menos  de  surgir  á 
cada  instante.  Allí  hormigueaba  de  continuo  una  nume- 
rosa población  flotante,  en  la  cual  se  veían  mezclados  y 
confundidos  Prelados  con  Clérigos  y  Monjes,  magnates 
y  caballeros,  con  simples  soldados  y  peones  y  artesanos 
y  mercaderes;  señoras  de  altísima  prosapia  con  mujeres 
del  pueblo;  personas  libres  é  ingenuas  con  siervos  y  es- 
clavos; y  todo  esto,  como  detalles  que  se  destacaban  so- 
bre un  gran  fondo,  las  muchedumbres  de  romeros  de 
todas  las  lenguas  y  naciones,  que  acudían  fervorosos  á 
postrarse  ante  la  Tumba  de  Aquel  que  había  bebido,  el 
primero  entre  los  Apóstoles,  del  cáliz  que  hasta  las 
heces  había  apurado  nuestro  Salvador. 

En  el  año  903  apoderáronse  los  normandos  de  la 
ciudad  de  Tours,  y  redujeron  á  cenizas  el  famoso  tem- 
plo de  San  Martín.  No  quedaron  tan  abatidos  los  turo- 
nenses,  que  no  se  propusiesen  al  punto  reedificar  á  toda 
costa  la  Basílica  de  su  glorioso  Patrón;  y  á  fin  de  alle- 
gar recursos,  despacharon  comisionados  á  diversas  par- 
tes de  la  cristiandad  exponiendo  el  aprieto  en  que  se 
hallaban,  y  solicitando  de  la  piedad  de  todos  socorro  y 
ayuda  para  la  obra  que  acababan  de  emprender.  Noti- 
ciosos de  las  virtudes  del  gran  Prelado  de  Iria  y  Com- 
postela,  Sisnando,  y  del  prestigio  de  que  gozaba  en  su 
país,  que  desde  el  tiempo  de  los  suevos  profesara  siem- 
pre profunda  devoción  á  San  Martín,  le  enviaron  dos 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  205 

legados,  á  Mansión  y  á  Dato,  para  que  al  mismo  tiempo 
que  recogían  las  limosnas,  le  rogasen  que  apoyase  la 
pretensión  que  traían  para  ante  el  Monarca  español, 
D.  Alfonso  III,  de  recibir  de  él  una  cantidad  alzada  en 
metálico  en  cambio  de  una  preciosa  corona  imperial  de 
oro  y  pedrería,  que  habían  podido  conservar. 

Sisnando  recibió  benignamente  á  los  dos  legados  de 
Tours,  que  á  lo  que  parece  vinieron  por  tierra;  se  enteró 
con  avidez  del  contenido  de  las  misivas  de  que  eran 
portadores;  se  prestó  solícito  á  lo  que  de  él  deseaban  los 
turonenses,  trasmitiendo  á  D.  Alfonso,  eficazmente  re- 
comendadas, las  cartas  que  acababan  de  llegar  á  sus 
manos  (1);  y  no  le  fué  difícil  obtener  del  piadoso  Mo- 
narca una  respuesta  tan  favorable,  como  acaso  no  osa- 
rían esperar  los  de  Tours.  Por  sí  mismo  se  dignó  contes- 
tarles D.  Alfonso,  y  acomodándose  sin  duda  á  su  len- 
guaje, llama  Arzobispo  á  Sisnando,  y  cuenta  los  años, 
no  por  la  Era  española,  sino  por  la  Encarnación  del 
Señor,  que  era  el  cómputo  usual  en  Francia  (2).  Co- 
mienza por  lamentarse  de  lo  que  les  había  ocurrido  con 
motivo  de  la  invasión  de  los  normandos;  les  felicita  y  se 
congratula  con  ellos  por  la  resolución  que  habían  toma- 


(1)  Postquam  eas  (litteras)  ille  (Sisnandus)  gratiose  suscepit,  et  avide 
percurrens  usque  ad  nostram  Clementiam  destinare  solerter  non  pepercit.... 
Ob  id  apostolicam  serení tatem  Sisinandi  intervenistis  ut  hoc  nobis  insinuare 
procuret... 

(2)  De  este  modo  de  expresarse  de  D.  Alfonso,  tan  natural  en   quien 
como  él  se  dirigía  y  contestaba  á  extranjeros,  quiso  valerse  el  P.  Cúper 
(Act.  Sanct.,  tom.  VI  del  mes  de  Julio)  para  insinuar  no  sabemos  qué  rece- 
los acerca  de  la  autenticidad  de  esta  Epístola;  pero  la  prevención  y  la  es- 
crupulosidad excesivas  nada  tienen  que  ver  con  la  crítica. 


296  tIBEO   SEGUNDO 


do  de  restaurar  y  fortificar  convenientemente  la  Basílica 
de  su  glorioso  Patrón;  y,  viniendo  al  punto  concreto, 
que  era  el  principal  objeto  de  la  embajada,  les  dice  que 
él  ante  todo  deseaba  ver  la  corona,  y  les  propone  el  me- 
dio de  remitírsela  sin  peligro  de  ninguna  clase.  A  me- 
diados de  Mayo  de  aquel  año  906,  tenía  pensado,  según 
les  advierte,  enviar  varias  naves  á  Burdeos,  en  las  cua- 
les naves,  que  probablemente  zarparían  de  Gijón,  irían 
algunos  empleados  de  su  Palacio,  que  llevaban  el  encar- 
go de  avistarse  con  su  amigo  el  Duque  de  dicha  ciudad, 
Amalvino.  Para  dicho  tiempo  podrían  ellos  remitir  á 
Burdeos  la  corona  por  Clérigos  de  toda  confianza;  y  des- 
de allí,  en  una  de  las  naves  que  él  mandase,  traerían  á 
España  la  corona  parte  de  los  comisionados  que  la  ha- 
bían conducido  desde  Tours  juntamente  con  algunos  de 
los  empleados  de  su  Palacio.  Vista  la  corona,  al  punto 
se  firmaría  el  contrato  para  su  adquisición;  pero  en  caso 
de  que  no  agradase,  él,  de  todos  modos,  se  manifestaba 
dispuesto  á  remitir  una  considerable  limosna  para  la  fá- 
brica de  la  Iglesia  de  Tours,  y  además  recompensar  bien 
á  los  comisionados  las  fatigas  y  los  gastos  del  viaje. 

Después  de  esto,  pasa  D.  Alfonso  á  contestar  en  su 
Epístola  á  algunas  preguntas  que  habían  hecho  los  tu- 
ronenses  en  las  suyas.  Como  hay  dos  Apóstoles  del  nom- 
bre de  Santiago,  y  entonces,  como  ahora,  la  voz  pública 
llamaba  Santiago,  sin  más  calificativo,  al  Apóstol  que 
se  hallaba  sepultado  en  Arca  marmórica  de  Galicia,  du- 
daban los  turonenses  cuál  era  de  los  dos  Apóstoles  de 
este  nombre,  el  que  tenía  allí  su  sepultura.  D.  Alfonso 
les  contesta  que  lo  que  pueden  tener  por  cierto  es,  que 
el  Apóstol,  cuyo  sepulcro  está  in  Archis  marmoricís  en  la 
provincia  de  Galicia,  no  es  otro  que  Santiago  Zebedeo 


LOS  TBES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtf  A  207 

el  Boanerges,  el  que  fué  degollado  por  Herodes  (1).  Tra- 
ta en  seguida  de  explicarles  cómo  vino  á  parar  á  Galicia 
el  Cuerpo  de  Santiago  Zebedeo,  y  habla  también  de  los 
muchos  milagros  que  se  hacían  cabe  el  sepulcro  de  este 
glorioso  Apóstol,  según  él  mismo  había  visto  y  oído  á 
personas  dignas  de  entero  crédito.  Todo  esto  lo  hace 
muy  sumariamente,  porque  los  emisarios  de  Tours  ya 
deseaban  dar  vuelta  á  su  patria,  y  además  tenía  ocasión 
de  enviar  una  relación  extensa  y  detallada  por  los  Clé- 
rigos que  le  trajesen  la  corona  (2). 

No  se  conserva  noticia  del  desenlace  que  tuvo  el 
asunto  de  la  corona;  pero  este  mismo  suceso  demuestra 
el  gran  crédito  de  que  fuera  de  España  gozaba  nuestro 
insigne  Obispo  Sisnando.  Otro  hecho  lo  hace  resaltar 
más,  y  es  el  que  vamos  á  exponer  con  las  siguientes  pa- 
labras del  P.  Flórez  (3):  «Fue  el  caso,  que  el  Papa 
Juan  X  oyendo  la  fama  del  Obispo  de  Compostela,  Sis- 
nando, y  deseando  la  protección  del  Apóstol  Santiago, 
envió  un  legado  al  santo  Obispo  Sisnando,  pidiéndole 
que  en  su  nombre  orasse  al  Santo  Apóstol,  que  le  fuese 
propicio  en  vida  y  en  la  hora  de  la  muerte.  Assi  lo  refie- 
re Baronio  con  Morales;  y  assi  se  halla  también  en  el 


(1)  Certissime  pernoscite  Iacobi  apostoli  Zebedei  Boanergis,  qui  ab 
Herode  decolatus  est,  sepulchrum  habemus  in  Archis  marmoricis  provincia 
Galeciae. 

(2)  Hemos  publicado  textualmente  este  pasaje  déla  Epístola  de  Al- 
fonso III  en  el  primer  tomo,  página  185.  La  Carta  íntegra  la  trae  Flórez 
entre  los  Apéndices  del  tomo  XIX  de  la  España  Sagrada.  Antes  había  sido 
publicada  por  Andrés  Duchesne  entre  las  notas  á  la  Bibliotheca  clunia- 
sertsis,  por  Baluze  en  el  tomo  VII  de  las  Misceláneas  y  por  el  P.  Cúper  en  el 
tomo  VI  de  Julio  de  Acia  Sanctorum.  (Véanse  Apéndices,  núm.  XXVII). 

(3)  Esp.  Sag.,  t,  III,  pág.  273. 


208  tlBBO    SEGUNDO 


Chronicon  Iriense.  El  Obispo  Sisnando  y  el  Rey  D.  Or- 
doño  volvieron  a  enviar  como  Legado  propio  al  mismo 
que  vino;  aunque  según  variedad  de  instrumentos,  pare- 
ce fué  distinto.  En  fin,  el  Legado  se  llamaba  Janelo  o 
Zanelo;  y  el  Rey  le  dio  varios  dones  preciosos  para  el 
Papa.  Recibiéronle  en  Roma  magníficamente,  y  mantú- 
vose allí  un  año  entero.  A  este  tiempo  falleció  el  santo 
Obispo  Sisnando  en  la  Era  958,  año  de  920;  y  por  tanto 
se  debe  reducir  el  principio  de  la  Embajada  al  918  como 
dice  Baronio.» 

Janelo  ó  Zanelo  se  llamaba  el  Legado  que  envió  el 
Papa  en  la  segunda  embajada  hacia  el  año  924  para 
reconocer  y  examinar  los  libros  litúrgicos,  de  que  usaba 
la  Iglesia  de  España.  Que  éste  fuese  también  el  nombre 
,  del  Legado  que  enviaron  á  Roma  Sisnando  y  Ordoño  II, 
no  parece  probable;  pues,  por  más  que  así  lo  llame  el 
Cronicón  Iriense,  es  de  recelar  que  se  hayan  equivocado 
ó  confundido  los  nombres  de  los  Legados.  El  nombre  de 
Janelo  ó  Zanelo  puede  decirse  desusado  en  España. 

Del  Legado  que  envió  Sisnando  á  Roma,  dice  el 
Iriense,  que  al  volver  trajo  consigo  muchos  libros,  que  en 
su  mayoría  serían  litúrgicos.  Collecta  multorum  librorum 
multitudine,  cum  gandió  ad  propria  rediit  (1).  Esto  indica  el 
vuelo  que  había  tomado  la  cuestión,  y  cómo  se  habían 
puesto  en  juego  todos  los  medios  conducentes  para  es- 
clarecerla. Lo  cierto  es  que  estas  gestiones  de  Sisnando 
y  de  su  Legado,  no  pudieron  menos  de  atraer  la  aten- 
ción de  la  Corte  Pontificia  sobre  las  discrepancias  que 
se  notaban  entre  la  Liturgia  española,  que  databa  por 
lo  menos  del  tiempo  de  los  godos,  y  la  que  se  usaba  en 


(1)     Esp.  Sag.,  t.  XX?  pág.  603. 


LOS  TflES  PBIMEBOS  SIGÍLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAKA         209 

las  iglesias  de  Roma;  y  esto  fué  sin  duda  lo  que  provocó 
la  venida  de  nuevos  Legados,  y  por  último  la  legacía  de 
Zanelo  hacia  el  año  924,  para  reconocer  y  examinar 
minuciosamente  los  libros  de  la  Liturgia  española  (1). 

Como  se  trata  de  un  punto  tan  importante,  inserta- 
remos aquí  lo  que  sobre  el  particular  escribe  el  P.  Flórez 
en  el  lugar  citado:  «Después  de  esto  resolvió  el  mismo 
Pontífice  (Juan  X)  volver  enviar  a  Janelo  por  Legado  a 
España,  a  fin  de  reconocer  el  estado  de  la  Religión,  y  en 
especial  el  modo  con  que  se  hacían  los  Divinos  Oficios. 
Según  esto,  se  infiere  que  ya  se  habían  excitado  en  Roma 
los  recelos  sobre  nuestros  Ritos  eclesiásticos.  La  causa  de 
esto  se  puede  atribuir  a  que  por  el  fin  del  siglo  antece- 
dente estuvo  en  España  otro  Legado  llamado  Raynaldo, 
en  tiempo  de  Juan  VIII,  el  cual  extrañaría  el  orden  de 
nuestras  Misas  por  ser  muy  diverso  del  Romano,  y  desde 
entonces  andaría  por  Italia  esta  especie  (2);  que  ahora 
volvería  á  renovar  Janelo  pues  para  todo  Estrangero 
seria  muy  notable  este  punto,  por  no  estar  acostumbrado 
a  tal  Rito.  Al  recelo  de  esta  variedad  se  juntaría  el  de  si 
por  la  mezcla  con  infieles  se  había  introducido  en  los  Mis- 
terios algo  malo:  y  para  salir  de  estos  cuidados  envió  el 
Papa  Juan  X  al  mencionado  Janelo  a  que  lo  reconociese 
puntualmente.    Hízolo  asi,   y  hallando  que  todo  estaba 


(1)  Las  iglesias  de  Galicia,  desde  el  año  538,  habían  adoptado  la  Li- 
turgia romana,  como  resulta  de  la  Epístola  del  Papa  Vigilio  al  Metropolita- 
no de  Braga,  Profuturo.  En  el  Concilio  IV  de  Toledo,  celebrado  en  el 
año  633,  se  ordenó  que  en  todas  las  iglesias  comprendidas  en  el  imperio  de 
los  godos,  como  estaban  entonces  las  de  Galicia,  se  observase  la  Liturgia 
gótica,  llamada  después  muzárabe. 

(2)  Recuérdese  á  este  propósito  lo  que  sucedió  á  San  Metoiio  en  tiem- 
po del  mismo  Papa  Juan  VIII. 

Tomo  II.— 14. 


210  LIBEO  SEGUNDO 


muy  conforme  con  la  fe,  se  alegró  mucho.  Dio  cuenta  de 
ello  al  Papa,  quien  con  todo  su  Colegio  dio  gracias  al 
Señor,  alabando  y  confirmando  aquel  Oficio;  sin  que 
tuviesen  que  advertir  otra  cosa  más,  que  de  allí  adelante 
usasen  de  las  palabras  de  la  Consagración,  de  que  hoy 
usamos,  dejándolas  antiguas»  (1). 

Lo  que  aquí  nos  importa  notar  es,  cómo  en  el  mismo 
documento  en  qué  pormenor  se  refiere  este  suceso  (2),  se 
hace  resaltar,  entre  todas  las  de  su  tiempo  en  España,  la 
gran  figura  del  Obispo  Sisnando.  Dícese,  en  efecto,  para 
indicar  la  época  del  suceso,  que  reinaba  en  Francia.  Car- 
los el  Simple  y  en  León  Ordoño  II,  que  el  Papa 
Juan  (X)  tenía  la  Sede  Romana  y  Apostólica,  y  que  Sis- 
nando presidía  en  la  Sede  Iriénse.  Regnante  carolo  franco- 
rum  Rege  ac  patricio  rome,  et  Ordonio  rege  in  Legione  civitate, 
jhoanes  papa  romanam  et  apostolicam  sedem  tenebat,  Sisenan- 
dus  vero  iliensi  Sedí  rct  mentís  corpus  beati  Jacob  i  apostoli  presi- 
debat,  quotempore,  etc..  En  el  orden  eclesiástico  no  halló  el 
redactor  de  este  documento  personaje  más  conspicuo  y  de 
más  viso  y  categoría,  que  el  Obispo  de  Iria  para  que  pu- 
diese poner  su  nombre  á  continuación  de  los  de  Carlos  el 
Simple,  Ordoño  II  y  Juan  X.  Y  esto  tanto  más  es  de 
ponderar,  cuanto  que  el  documento  no  fué  escrito  en  Gra- 
licia,  ni  en  León,  sino  en  la  Rioja. 

También  podrá  inferirse  de  aquí  la  parte  que  debió 
tener  Sisnando  en  el  asunto  de  la  revisión  y  aprobación 


(l)  Las  antiguas,  o  propias  del  oficio  gótico,  eran:  Hoc  est  Corpus 
meum,  quod  pro  vobis  tradetur]  y  Hic  est  Calix  vovi  testamenti  in  meo  san- 
guine,  qut  pro  vobis  ct  pro  multis  effundetur  in  remissionem  peccatorum. 

('2)  Está  tomado  este  documento  del  célebre  Códice  Einilianense,  que 
se  guarda  en  la  Biblioteca  del  Escorial.  Fué  publicado  con  gran  fidelidad 
en  el  tomo  III  de  la  Esp.  Sag.,  Apénd.  III,  pág.  390. 


LOS  TRES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  211 

de  la  antigua  Liturgia  española;  porque  aunque  esta 
aprobación  se  dio,  según  la  opinión  más  probable  (1),  en 
el  año  924,  es  decir,  cuatro  años  después  de  muerto  Sis- 
nando,  los  trabajos  previos  y  preparatorios  debieron  co- 
menzar antes,  por  lo  menos  desde  que  el  Legado  que 
nuestro  insigne  Obispo  envió  á  Roma  trajo  de  allá  los 
libros  de  que  habla  el  Cronicón  Iriense.  De  otro  modo  no 
se  ve  razón  por  la  cual  el  autor  de  la  nota  inserta  en  el 
Códice  Emilianense,  citara  el  nombre  de  Sisnando  para 
un  suceso,  que  tuvo  lugar  después  de  su  muerte,  y  en  el 
que  él  no  tuvo  parte  alguna. 

Pero  esto  consta  hoy  de  una  manera  cierta  por  una 
cláusula  de  la  Escritura  que  en  1115  concedió  Grelmírez 
á  San  Martín  Pinario.  Esta  cláusula,  que  omitió  Yepes  en 
el  ejemplar  que  publicó  en  los  Apéndices,  núm.  XII,  del 
tomo  IV  de  su  Coránica  (2),  está  tomada  de  una  copia 
que  á  fines  del  siglo  pasado  se  sacó  del  original  existente 
en  el  archivo  del  citado  monasterio,  y  dice  así:  Qui  fSis- 
nandus)  tantae  sanctitatis  fnít,  quod  a  Romano  Pontífice  Joan- 

nes  Misae  Secreta  recipere  noluit  scriptis  et  nunciis tari  in 

Ecclcsia  Dei,  nisi  quantum  Dominus  Jesús  in  Coena  proprio 
ore  discípulos  docuit  (3). 

(1)  Unos  leen  Era  DCCCCLX'V,  otros  Era  DCCCCLXV,  otros 
Era  DCCCCLII,  que  es  la  lección  más  probable.  (Véase  Flórez,  España  Sa- 
grada, t.  III,  pág.  274  y  siguientes).  Este  ejemplo  nos  demuestra  cuan  oca- 
sionadas son  á  yerros  y  equivocaciones  las  fechas  de  los  documentos  de  la 
Edad  Media.  Y  eso  que  aquí  se  trata  de  un  documento  original  leído  por 
personas  muy  competentes.  La  X  con  rasguillo,  como  es  sabido,  vale  cua- 
renta. 

(2)  El  ejemplar  de  Yepes  está  plagado  de  erratas  é  incorrecciones; 
algunas  de  sus  variantes  son,  sin  embargo,  importantes,  por  estar  tomadas 
en  tiempo  en  que  el  original  estaba  mejor  conservado. 

(3)  La  copia  de  que  está  tomada  esta  cláusula,  es  digna  de  toda  fe,  pues 
se  sacó  con  ocasión  del  pleito  con  el  Duque  de  Arcos. 


212  LIBRO  SEGUNDO 


De  tan  interesante  cláusula  resulta,  que  la  revisión 
y  aprobación  del  rito  de  las  iglesias  de  España  hubo  de 
pasar  entonces  por  varios  trámites,  y  que  se  prolongó  por 
algunos  años.  En  un  principio  el  Papa  Juan  X  (914-928) 
aprobó  el  rito  español  sin  introducir  más  novedad,  que 
en  la  forma  de  la  consagración.  Resistióse  á  esto  el  Obis- 
po de  Compostela,  fundado  en  que  debía  conservarse 
intacta  la  antigua  forma  española,  por  cuanto  no  conte- 
nía más  que  lo  que  por  su  boca  había  enseñado  á  sus 
Discípulos  Nuestro  Señor  Jesucristo;  y  en  apoyo  de  su 
sentir  recurrió  á  Roma  por  medio  de  nuncios  y  alegatos 
(scriptis  et  nanciis).  En  esto,  en  el  año  920,  ocurrió  la 
muerte  de  Sisnando;  y  el  Papa,  á  pesar  de  lo  expuesto 
por  el  Prelado  compostelano,  prefirió  que  en  punto  tan 
esencial  la  Iglesia  de  España  se  conformase  con  la  de 
Roma;  y  en  924  envió  por  segunda  vez  al  Legado  Zane- 
lo  para  que  propusiese  é  hiciese  aceptar  la  corrección 
deseada:  lo  cual  por  entonces,  parece,  no  tuvo  efecto. 


i 


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CAPÍTULO  X 


Estado  de  la  Iglesia  compostelana  bajo  el  pontificado  de  Sis- 
nando  I.— monasterios  de  Antealtares  y  San  Martín  Pina* 
rio.— Montesacro  ó  Picosagro. 


emos  visto  en  la  pág.  182  que  Sis- 
nando  había  aumentado  considera- 
blemente el  número  de  Canónigos 
y  Ministros  de  la  Iglesia  del  Após- 
tol. Entre  tantos  servidores,  era  natural  que  pasado  al- 
gún tiempo,  hubiese  más  de  uno  que  por  su  vejez,  ó  por 
sus  achaques,  quedase  imposibilitado  para  asistir  de 
continuo  al  Coro  y  á  los  divinos  Oficios.  Este  caso,  esta- 
ba previsto  en  el  canon  CXLII  del  Concilio  de  Aquis- 
grán,  que  ordenaba  que  para  los  enfermos  y  para  los 
ancianos,  que  por  ventura  no  tuviesen  casa  propia,  se 
hiciesen  moradas  en  el  claustro  de  los  Canónigos,  en  las 
cuales  pudiesen  más  fácilmente  sobrellevar  los  achaques 


214  LIBEO  SEGUNDO 


é  incomodidades  de  la  vejez  ó  de  la  enfermedad  (1). 

El  Prelado  compostelano,  atemperándose  en  lo  subs- 
tancial á  lo  dispuesto  en  el  Concilio  Aquisgranense,  ha- 
bilitó varias  mansiones,  no  precisamente  en  el  claustro 
canonical,  sino  en  los  monasterios  que  rodeaban  la  Igle- 
sia Apostólica,  y  que  en  cierta  manera  eran  como  sus 
dependencias;  á  las  cuales  mansiones  podían  retirarse 
los  ancianos  y  débiles,  y  aun  los  que  aspirasen  á  hacer 
una  vida  más  recogida  y  penitente.  A  tal  fin  hizo  im- 
portantes obras  en  los  monasterios  de  Antealtares  y  de 
San  Martín,  y  acrecentó  considerablemente  sus  rentas  y 
posesiones  (2).  Lo  que  con  esto  se  proponía  el  prudente 
Prelado  era,  que  los  que  de  entre  los  Canónigos  por  sus 
achaques  ó  por  su  vejez  ó  por  otro  motivo  más  elevado 
deseaban  vivir  en  mayor  retiro  y  sosiego,  pudiesen  ha- 
llarlo, los  más  dignos  y  de  más  categoría  en  Antealtares, 
y  los  otros  en  San  Martín  (3). 

No  se  sabe  á  punto  fijo  lo  que  Sisnando  donó  á  Ante- 


(1)  Debet  tamen  a  Praelato  mansio  infirmorum  et  senura  neri  intra 
claustra  canonicorum,  ut  qui  suam  forte  non  habent,  in  eadem  possint  suam 
aptissime  tolerare  imbecillitatem. 

(2)  De  aquí  nació  el  que  alguno3  autores  atribuyesen  á  Sisnando  la 
fundación  de  dichos  monasterios. 

(3)  Iste  prior  ordinavit  familias  et  decanias,  unamque  suo  servitio  con- 
gruam;  ad  honorem  et  excellentiam  clericorum  intra  tam  dignam  deservien- 
tium  aulam;  ita  ut,  qui  po3tea,  relicta  dignitatis  potentia,  tantum  Deo  vellet 
famulari,  unusquisque,  secundum  sui  gradus  officium,  haberet  et  quietis 
otium;  majoribus  monasterium  Antealtare  cum  titulo  sancti  Petri  sub  ab- 
bate  Ataúlfo;  secundis  et  aequalibus  arcisterium  de  Pignario  cum  sancta 
Maria  et  sancto  Stephano  ac  sancta  Columba  sub  abbate  Guto;  ac  si  minori- 
bus  Lovium;  verum  etiam  minoribus  turrim  competentibus  aedificavit  locis 
et  de  suae  Ecclesiae  bonis  partem  tribuit.  (Escritura  otorgada  en  1115  por 


s 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  2  15 

altares  en  compensación  de  tan  importante  servicio;  si 
bien  es  de  suponer  que  se  estimó  suficientemente  resar- 
cido el  monasterio  por  la  gran  parte  que  tenía  en  las 
ofrendas  presentadas  en  el  Lugar  Apostólico;  las  cuales, 
en  aquella  fecha,  ya  habían  aumentado  considerablemen- 
te. Esto  fué  por  lo  que  á  fines  del  siglo  XI  el  abad  S.  Fa- 
gildo  puso  demanda  al  Clero  Catedral  (1). 

De  lo  que  Sisnando  cedió  al  monasterio  de  San  Mar- 
tín, llamado  en  un  principio  de  la  Gorticella,  hay  en  cam- 
bio una  Escritura,  en  que  se  expresan  y  enumeran  las 
muchas  heredades  y  posesiones  con  que  el  Prelado  quiso 
enriquecer  el  convento  para  aumentar  suficientemente 
sus  rentas  y  recursos.  Donóle,  en  primer  lugar,  con  con- 
sentimiento del  cuerpo  capitular  (cum  omnem  congregatio- 


D.  Diego  Grelmírez  á  San  Martín  Pinario,  y  publicada  por  Yepes  en  el  t.  IV 
de  la  Coron.  gen.  de  San  Benito,  Apénd.  núm.  XII). 

Lo  mismo  dicen  la  Gompostelana  (lib.  I,  c.  2,  núm.  3)  y  el  Iriense  (Espa- 
ña Sagrada,  tomo  XX,  pág.  603). 

Las  decanías  venían  á  ser  granjas,  principalmente  monasteriales,  regi- 
das y  administradas  por  un  prepósito,  y  cultivadas  por  un  número  más  ó 
menos  considerable  de  trabajadores,  que  regularmente  solían  ser  monjes. 
Del  prepósito  dependían  los  decanos  (de  donde  quizás  provino  el  nombre  de 
decanía),  que  mandaban  cada  uno  un  grupo  de  trabajadores.  Es  curioso  lo 
que  de  las  decaníis  dice  San  Fructuoso  en  el  capítulo  VI  de  su  primera  Re- 
gla. «In  operando  haec  ratio  observetur.  Verno,  vel  aestate,  dicta  prima, 
commoneantur  decani  a  praeposito  suo  quale  opus  debeant  excercere,  atqui 
illi  reliquos  admoneant  fratres;  tune  demum,  dato  signo,  sumptis  ferramen- 
tis,  congregentur  in  unum,  factaque  oratione,  pergent  recitantes  ad  opus 
usque  ad  horam  diei  tertiam,  etc..»  (Migne,  Patrol.  lat.,  tomo  LXXXVII, 
col.  1102). 

(1)  Quo  peracto  cum  eodem  Episcopo  (D.  Diego  Peláez)  ante  faciem 
domini  Regis  Adefonsi  (Alfonso  VI)  se  praesentavit  (San  Fagildo),  et  de 
Apostoli  iure,  quod  hactenus  tenuerat,  et  de  altaribus  Sancti  Salvatoris  et 
S.  Petri  et  S.  Joannis  qualiter  eos  in  futurum  peracto  opere  ecclesiae,  obti* 
nere  possent,  causare  coepit. 


216  LIBRO  SEGUNDO 


nem  Sci.  Jacóbi  Apostoli),  la  tercera  parte  del  diezmo  deli- 
ro, ó  de  los  alrededores  de  Santiago;  el  diezmo  íntegro  del 
pomerio  del  palacio  episcopal,  ó  sea  de  los  terrenos  que  le 
estaban  adjuntos,  y  un  ramal  del  acueducto  que  surtía  de 
aguas  á  Santiago.  Dióle  además  la  mitad  de  la  isla  de 
Arosa  con  su  iglesia  y  salinas,  la  iglesia  de  Santa  Eulalia 
de  Arena  Longa  ( Villagarcía) ,  con  la  otra  iglesia  próxima 
de  Alobre  (1),  con  todas  sus  propiedades  y  pertenencias; 
la  iglesia  de  San  Vicente  de  Ogrove  (Grove),  con  sus  sier- 
vos y  sus  propiedades;  la  de  San  Jorge  de  Bellegia  (Vea), 
con  sus  tercias;  el  Monasterio  de  San  Sebastián  de  Mon- 
te Sacro  con  la  iglesia  de  San  Lorenzo,  con  sus  siervos, 
bienes  y  demás  propiedades. 

Sisnando  había  hecho  de  antemano  considerables  me- 
joras en  el  primitivo  monasterio  de  la  Cortkella,  las  cua- 
les le  merecieron  el  título  de  fundador  del  convento.  En- 
tre estas  mejoras,  debemos  contar  la  reedificación  de  la 
iglesia  de  la  Corticela,  en  la  cual  además  de  el  de  la  ti- 
tular, Santa  María,  puso  otros  tres  altares  dedicados  á 
San  Esteban,  San  Silvestre  y  Santa  Columba.  Reedificó 
también,  á  lo  que  parece,  la  casa  de  los  monjes  ó  sea 
la  antigua  casa  de  Besulio  en  el  lugar  de  Pinar io  ó  Piñei- 
ro.  Construyó  en  ella,  ó  junto  á  ella,  un  oratorio  consa- 
grado al  Santo  Obispo  de  Tours,  tan  venerado  en  todo 
el  Noroeste  de  España. 

Todo  esto  confirma  y  cede  Sisnando  al  abad  Gruto 
y  á  sus  monjes  en  una  solemne  Escritura,  que  subscri- 
ben algunos  Obispos  y  varios  Abades  y  Canónigos  de 


(1)     Debía  hallarse  hacia  dónde  hoy  la  quinta  de  los  señores  Marqueses 


de  Villagarcía. 


LOS  TRES  PRÍMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  217 

Santiago  (1).  Fué  otorgado  el  Privilegio  el  19  de  Abril 
de  912  (2);  y  en  confirmación,  poco  tiempo  después,  el 
Rey  de  Galicia  D.  Ordoño  II,  el  27  de  Junio  del  mismo 
año  912,  despachó  otro  solemne  Diploma,  en  el  cual  no 
sólo  ratifica  todo  cuanto  había  concedido  Sisnando,  sino 
que  por  su  parte  amplía  las  donaciones  hechas  por  el 
Prelado  y,  con  su  consentimiento,  añade  otras  nuevas. 
Dona  la  otra  mitad  de  la  isla  de  Arosa;  la  isla  de  Corte- 
gada  con  su  iglesia;  la  iglesia  de  Santa  María  de  Fratríbus 
(Frades,  anejo  de  San  Jorge  de  Vea);  las  villas  de  Antas  y 
Gañón,  y  un  casal  poblado  en  Padrón  á  orillas  del  río 
Sar  (3). 

Esto  había  hecho  Sisnando  por  consideración  á  las 
Dignidades  y  Canónigos  de  Santiago,  que  aspirasen  á 
tener  un  lugar  retirado  en  donde  con  más  facilidad  pu- 
diesen dedicarse  á  la  contemplación,  y  pasar  los  últimos 
años  de  su  vida  recordando  y  llorando  los  extravíos  de  su 
juventud.  Quiso  el  discreto  Prelado  que  los  clérigos  infe- 
riores de  la  Catedral  pudiesen  disfrutar  proporcional- 
mente  del  mismo  beneficio;  y  para  ello  reedificó  la  igle- 
sia de  San  Félix  de  Lovio,  y  levantó  junto  á  ella  una 
casa  que  sirviese  como  de  vivienda  á  los  ministros  jubi- 


(1)  Algunas  de  las  subscripciones  de  Obispos  que  aparecen  en  el  Do- 
cumento, la  de  Oveco  de  Oviedo,  por  ejemplo,  debieron  ser  puestas  posterior- 
mente, al  tiempo  en  que  el  Privilegio  fué  confirmado  por  alguno  de  los  Reyes. 

(2)  Véase  en  los  Apéndices  núm.  XXXII.— Yepes  (t.  IV,  Apéndices), 
lo  publicó  con  la  fecha  Era  DCCCCLI,  ó  sea  año  913;  pero  el  Obispo 
Nausti  de  Coimbra,  uno  de  los  firmantes,  había  ya  fallecido  en  el 
año  anterior;  y  además  esta  donación  debió  de  preceder  á  la  de  D.  Ordoño  II, 
que  se  hizo  en  el  año  912,  pues  de  otro  modo  resultaría  inútil  y  sin   objeto. 

(3)  Yepes,  Coron.  gener.  de  San  Benito,  t.  IV,  Apéndices. 


^18  LIBBO  SEGUNDO 


lados  del  Templo  Apostólico,  y  de  hospedaje  á  los  pobres 
y  peregrinos  (1). 

Aún  se  extendió  á  más  el  celo  caritativo  del  gran 
Prelado.  La  Iglesia  del  Apóstol  contaba  entonces  con 
gran  número  de  siervos,  muchos  de  los  cuales  por  los 
años,  por  el  trabajo  ó  por  accidentes  fortuitos,  se  veían 
imposibilitados  para  ganarse  por  sus  manos  el  sustento 
de  cada  día.  Para  ellos  construyó  también  vivienda  el 
próvido  Sisnando  en  una  de  las  torres  de  las  cercas  de 
la  ciudad,  próxima  á  la  Catedral,  y  señaló  rentas  para 
su  sustentación  (2). 

De  todas  estas  obras,  que,  á  juzgar  por  el  sello  de  ri- 
queza y  magnificencia  que  se  procuró  imprimir  en  todos 
los  productos  del  arte  bajo  el  reinado  de  Alfonso  III,  de- 
bían de  ser  muy  notables  y  de  rela-tiva  importancia,  pue- 
de decirse  que  nada  ha  quedado.  Únicamente  el  tímpano 
de  la  puerta  de  la  iglesia  de  San  Félix,  que  tiene  escul- 

(1)  El  P.  Yepes  (Coron.  gener.  de  San  Benito,  t.  IV,  al  año  835,  capí- 
tulo III),  cita  una  Escritura,  por  la  cual  el  Presbítero  Frarigo  donó  la  terce- 
ra parte  de  la  aldea  de  Girantes  ad  illos  fratres  de  homo.  Añádese  en  esta 
Escritura  que  Frarigo  encomendó  el  gobierno  de  la  casa  de  Lovio  al  Abad 
de  San  Martín,  Guto.  Falta  saber  si  este  Lovio,  de  que  habla  Yepes,  es  el 
mismo  que  el  Lobio  que  reedificó  Sisnando;  lo  cual  nos  parece  poco  probable. 

Algunos  quisieron  también  identificar  á  San  Félix  de  Lobio  con  el  mo- 
nasterio de  San  Pedro  de  Afora;  pero  ambas  iglesias  siempre  fueron  distin- 
tas é  independientes  la  una  de  la  otra. 

(2)  Et  Lovium  ad  susceptionem  pauperum,  ubi  nunc  ecclesia  Sci.  Fe- 
licis  est  constituía;  et  sedes  ad  suscipiendos  pauperes  de  familia  tam  viros 
quam  feminas  inter  turres;  et  de  redditibus  Ecclesiae  pro  posse  sustentabat 
eos.  (Cron.  Iriense  en  el  t.  XX  de  la  España  Sagrada,  pág.  603). 

La  Compostelana  nada  habla  de  esta  especie  de  hospicio  establecido  en 
las  torres  de  la  ciudad,  pues  lo  confunde  (España  Sagrada,  t.  XX,  pág.  11), 
con  la  casa  edificada  junto  á  San  Félix  de  Lobio.  Tanto  el  Iriense,  como  Don 
Diego  Gelmírez  en  la  Escritura  otorgada  á  San  Martín  en  11 15,  distinguen 
claramente  un  establecimiento  de  otro. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  k219 

pida  en  bajo  relieve  una  cruz  procesional,  hoy  cubierta 
por  una  espesa  capa  de  cal  y  argamasa,  parece  de  esta 
época. 

A  otro  punto  importante,  cual  era  la  sabia  adminis- 
tración de  la  hacienda  de  la  Iglesia,  dirigió  al  mismo 
tiempo  su  celosa  atención  el  Obispo  Sisnando.  Según  el 
Cronicón  Iriense  mandó  hacer  un  apeo  ó  inventario  de  to- 
dos los  bienes,  estableció  un  plan  de  administración  for- 
dinav't  omnia  hona),  y  puso,  por  consiguiente,  personas 
que  conforme  á  él  los  administrasen  (1).  En  este  espi- 
noso trabajo  debieron  servirle  de  poderosos  auxiliares  los 
notarios  que  tenía  nombrados,  entre  los  cuales  conocemos 
á  los  Canónigos  Hermemiro,  Elias  y  Alfonso. 

Hemos  dicho  en  la  página  216  que  entre  las  iglesias 
que  Sisnando  donó  al  Monasterio  de  San  Martin,  se  con- 
taban las  de  San  Sebastián  y  San  Lorenzo  de  Monte- 
sacro  ó  Picosagro.  Veamos  ahora  el  origen  y  comienzos 
de  estas  dos  iglesias. 

Refiere  el  interpolador  de  Sampiro,  que  al  otro  día 
de  la  consagración  de  la  Iglesia  de  Santiago,  los  Obis- 
pos concurrentes  defiriendo  á  los  deseos  del  Rey  D.  Al- 
fonso, se  encaminaron  al  monte  Ilicino  ó  Sacro,  para  con- 
sagrar la  iglesia  de  San  Sebastián,  que  sobre  la  cumbre 
había  edificado  Sisnando  I  (2). 


(1)  Deinde  supradictus  Sisnandus  Pontifex,  vir  religiosus  ac  castus, 
ordinavit  omnia  bona  quaecumque  potuit  scire  et  intelligere  in  Ecclesia  sua 
tam  de  clero,  quam  de  familia,  et  de  omni  bonitate.  (España  Sagrada,  t.  XX, 
página  603). 

(2)  Peracta  die  Dedicationis,  praedicti  Pontífices  jussu  Regis,  secus 
numen  Ulia  in  monte,  qui  ab  antiquis  vocabatur  Ilicinarius,  consecraverunt 
ecclesiam  in  honorem  Sancti  Sebastianii  Martyris.  (España  Sagrada, 
tomo  XIV,  pág.  457). 


•220  LIBEO  SEGUNDO 


El  objeto  que  se  propusiera  el  piadoso  Prelado  al 
construir  esta  iglesia,  nos  lo  expresa  él  mismo  en  la  Es- 
critura en  que  anejó  el  nuevo  templo  al  Monasterio  de 
San  Martín  Pinario.  Quería  continuar  en  el  Ilicino  la 
obra  de  purificación,  que  habían  iniciado  los  Discípulos 
de  nuestro  Apóstol  al  rociarlo  con  agua  bendita,  y  al 
destruir  el  centro  de  abominación  y  culto  infernal  que 
allí  tenía  establecido  el  Demonio  (1). 

Terminada  y  consagrada  la  obra,  Sisnando  la  puso  al 
cuidado  de  un  piadoso  presbítero  llamado  Leodulfo,  el 
cual,  obedeciendo  á  las  instrucciones  que  había  recibido 
del  Prelado,  fué  trabajando  con  todo  ahinco  para  pro- 
veer la  nueva  iglesia  de  los  objetos  necesarios  al  servicio 
del  culto,  y  crearla  recursos  suficientes  para  cuando  lle- 
gase el  caso  de  establecer  allí  una  comunidad  de  religio- 
sos. El  espacio  que  ocupa  la  iglesia  y  el  pequeño  atrio 
que  la  rodea,  se  excavó  en  la  roca  y  en  los  duros  peñas- 
cos de  que  está  erizado  aquel  vericueto  (2).  La  casa  pa- 
ra los  religiosos,  se  construyó  en  la  vertiente  meridional 
y  como  á  unos  cuatro  metros  más  abajo  del  nivel  del 
atrio.  (3) 

Al  hacer  entrega  Leodulfo  á  Sisnando  de  la  casa 


(1)  In  honorem  domini  nostri  Iesu  Xpisti  et  in  honore  gloriosi  Marti - 
ris  Sebastiani  edificamus  ecclesiam  sub  umbráculo  et  alis  et  sub  protectio- 
ne  beati  Jacobi  et  nostri  pontificatus  labore  nostro  et  expensa  nostra,  in 
monte  quod  quondam  lllicinus  dictus  est,  post  adven tum  Sci.  Jacobi  mons 
sacer  est  appellatus,  qui  a  septem  pontificibus,  discipulis  bti.  Jacobi,  as- 
persus  sacramento  salis  et  aque,  et  ab  omni  spurcitia  diaboli  et  flatu  pesti- 
feri  draconis  purgatus. 

(2)  De  esta  iglesia  actualmente  sólo  se  conserva  el  ábside  y  parte  del 
muro  lateral  del  Norte. 

(3)  "En  este  sitio,  en  una  extensa  zona,  se  han  hallado  carbones,  gran- 
des capas  de  ceniza  y  restos  de  vasijas  de  barro. 


LOS  TBES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


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222  LIBRO   SEGUNDO 


é  iglesia,  recontó  lo  que  él  con  su  industria  y  trabajo 
(propriis  manibus  auxiliante  Domino  lahoravi)  había  adquiri- 
do, ó  recibido  en  oblación  de  los  fieles  (seu  quod  ex  populo 
ibidem  obtulerunt).  Contáronse  entre  estas  cosas  un  salte- 
rio, un  oracionario,  un  pasionario,  un  comicum  (1),  un  ma- 
nual, una  campanilla  de  plata,  cuatro  mantas,  cinco  col- 
chones de  pluma,  una  alfombra,  seis  camas,  diez  sillas, 
ocho  mesas,  ocho  fuentes,  quince  tazas,  tres  arcas,  diez 
cubas,  tres  cubos,  diez  bueyes,  veinte  vacas,  diez  yeguas, 
treinta  ovejas,  y  la  mitad  de  un  pomar  que  había  com- 
prado á  Belesario  en  el  lugar  de  Palacio  ó  Pazo  de 
Sudares. 

Cuando  Sisnando  juzgó  que  ya  estaba  todo  dispuesto 
para  que  allí  pudiera  instalarse  una  comunidad  de  Re- 
ligiosos, dotó  la  iglesia  con  terrenos  suficientes  para 
esparcimiento  y  sustento  de  los  monjes  para  las  nece- 
sidades del  culto  y  para  socorro  de  los  pobres  que  allí 
se  acogiesen.  Mas  abajo,  en  la  misma  montaña,  en  la 
vertiente  que  mira  al  Este  y  como  á  un  kilómetro,  ha- 
bía edificado  otra  iglesia  dedicada  á  San  Lorenzo,  la 
cual  quiso  que  también  fuese  servida  por  los  monjes  de 
San  Sebastián.  Señaló  el  coto  ó  términos  de  ambas  igle- 
sias, comenzando  por  el  lugar  de  Artillar io  ( Ardilleiro) , 
que  está  al  Este,  siguiendo  hacia  el  Norte,  hasta  tocar  en 
la  parroquia  de  Sergude,  continuando  por  el  Oeste  hasta 
el  lugar  de  Bebordellum  (Rebórdelo),  en  la  parroquia  de 


(1)  El  libro  Comicum,  Comes,  Comitis,  Commicum,  era  el  que  contenía 
las  profecías,  las  epístolas  y  los  evangelios  que  se  recitaban  en  la  Misa. 
Véase  el  interesante  opúsculo  que  publicó  el  Sr.  Villa-Amil  (Madrid,  1874) 
intitulado:  Loa  Códices  de  las  Iglesias  de  Galicia. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAÍÍA  223 

Lestedo  (1),  y  subiendo  desde  aquí,  hasta  montar  la  sie- 
rra y  llegar  al  lugar  de  Ardilleiro  (2). 

Sisnando  ofreció,  además,  á  la  iglesia  de  San  Sebastián 
tres  cálices,  uno  de  ellos  con  su  patena  (paropsidej  de 
plata,  una  cruz  y  una  caja  de  plata,  una  campana,  una 
campanilla  de  plata  apreciada  en  seis  sueldos  que  tenía 
esculpido  su  nombre,  dos  frontales,  paños  para  encima 
del  altar,  dos  mantos,  dos  velos  para  suspender  á  la  en- 
trada del  ábside,  dos  casullas,  tres  estolas,  un  libro  de 
Ordinum  Sacerdotalium ,  un  Geroncio  y  un  tercero,  con  la 
misa  y  pasión  de  San  Sebastián. 

•  Donó,  por  último  Sisnando,  las  penas  ó  multas  (Clamo- 
res), en  que  incurriesen  los  habitantes  del  coto,  y  dos  ter- 
ceras partes  del  Voto  de  Santiago  que  se  pagaba  por  las 
heredades  del  mismo  coto. 

Con  esto  ya  el  venerable  Prelado  tenía  todo  lo  nece- 
sario para  la  fundación,  es  decir,  rentas  para  el  sustento 
de  los  monjes,  é  iglesia  ó  iglesias  surtidas  de  lo  más  indis- 


(1)  En  este  lugar  se  reunía  ya  entonces  el  Clero  y  el  pueblo  para  can- 
tar las  Letanías. 

(2)  La  sierra  del  Picosagro  forma  una  prolongada  loma  que,  como  una 
colosal'trinchera,  se  extiende  de  N.  á  S.  por  espacio  de  unas  tres  leguas  y 
divide  lo  que  llamamos  Ulla  alta,  de  la  Ulla  baja.  Describe  un  arco,  cuya 
parte  convexa  mira  al  Poniente.  Atraviésala  el  río  Ulla  en  el  famoso  paso 
de  S.  Juan  da  Coba.  Al  extremo  N.  yérguese  hasta  unos  500  metros  sobre 
el  nivel  del  mar,  un  empinado  cerro,,  casi  cónico,  que  es  el  Monte  Sacro  pro- 
piamente dicho.  En  el  extremo  opuesto  hay  otro  agudo  picacho,  sobre  el  que 
estuvo  edificado  el  castillo  de  Cira,  propiedad  del  Excmo.  Sr.  Duque  de  Te- 
rranova.  Entre  ambos  extremos  surgen  de  trecho  en  trecho  sobre  la  loma 
informes  grupos  en  los  que  se  ven  como  al  azar  hacinados  asperísimos  pe- 
ñascos, ya  de  cuarzo  medio  cristalizado,  ya  de  formación  basáltica. 

Sobre  la  loma  y  como  á  media  altura  del  cerro  del  N.,  está  la  iglesia  de 
San  Sebastián;  la  de  S.  Lorenzo  está  ya  en  el  declive  de  la  loma  por  el  lado 
del  Este. 


224  LIBBO  SEGUNDO 


pensable  para  el  culto.  Por  lo  tanto,  hizo  extender  la  es- 
critura de  fundación,  que  publicó  el  P.  Yepes,  en  el 
tomo  IV  de  la  Coronica  general  de  S.  Benito  (1),  y  encomen- 
dó á  Nantemiro  Gruto  y  al  buen  presbítero  Leodulfo  el 
cuidado  de  ejecutarla  en  todos  sus  detalles  (2). 

Estas  eran  las  iglesias  de  San  Sebastián  y  San  Lo- 
renzo de  Montesacro,  que  Sisnando  había  donado  á  San 
Martín;  pero  no  por  pura  donación,  sino  para  que  el  abad 
Guto  tuviera  á  su  cuidado  la  dirección  del  monasterio 
de  San  Sebastián,  y  el  procurar  que  en  él  estuviese  siem- 
pre en  vigor  y  en  observancia  la  disciplina  monástica  (3). 
Tal  era  la  confianza  que  el  Prelado  tenía  en  la  pruden- 
cia y  en  las  virtudes  de  Gruto,  que  quiso  que  el  monaste- 
rio de  San  Sebastián  para  nada  dependiese  de  la  jurisdic- 
ción del  Diocesano,  y  que  en  todo  estuviese  sujeto  á  la 
autoridad  del  Abad  de  San  Martín  (4).  Y  como  la  expe- 
riencia enseñaba  que  en  los  monasterios  pobres  difícil- 
mente se  conservaba  por  mucho  tiempo  la  rigidez  de  la 


(1)  Apéndices,  núm.  XIV. 

(2)  Commendamus  jam  dictum  locum  cuín  omnia  quidquid  ibidem  per- 
tinet  Nantemiro  pro  cognomento  Guto  et  Leodulpho  presbytero,  qui  coa- 
dunen ibi  fratres,  qui  in  vita  sancta  juvante  Domino  persistant,  et  habeant 
ipsum  locum  firmiter  absque  alicujus  dominatione. 

Yepes  pone  por  fecha  la  era  DCCOCLII,  año  914;  mas  como  esta  Escritu- 
ra debe  ser  anterior  á  la  en  que  Sisnando  anejó  este  Monasterio  al  de  San 
Martín,  año  912,  creemos  que  su  verdadera  debe  colocarse  en  el  año  904. 
(Véanse  Apéndices,  núm.  XXVI). 

(3)  Ut  per  ipsius  abbatis  (Guto)  institutionem  et  ipsius  monasterii 
(Sci.  Martini),  ut  mittant  ibi  fratres  presbyteros  in  regula  sancta  in  praedi- 
cto  monasterio  Sci.  Sebastiani. 

(4)  Et  tam  ipsum  monasterium  (Sci.  Sebastiani),  quam  omnes  adjunc- 
tiones  suas  ab  omni  fisco  Regis,  et  ab  omni  debito  nostre  Sedis  absolvimus 
in  perpetuum. 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  225 

vida  monástica,  para  que  el  nuevo  monasterio  no  resulta- 
se gravoso  al  de  San  Martín,  ni  sus  monjes  se  viesen  pre- 
cisados á  preocuparse  por  otros  cuidados  extraños  á  su 
profesión,  lo  dotó  espléndidamente,  como  se  ve  por  la  Es- 
critura en  que  otorgó  su  anexión.  Cedióle  dos  terceras 
partes  de  los  Votos  (1)  que  se  pagaban  á  la  Iglesia  de 
Santiago    en   las   siguientes    parroquias    del   contorno: 
de  Seo.  Mámete  (San  Mamed  de  Bivadulla),  de  Sea.   Cruce 
(Santa  Cruz  de  Rivadulla),  de   Villanova  (San  Pedro  de 
Vilano  va),  de  Seo.  Xpistoforo  (San  Cristóbal  de  Merín), 
de  Seo.  Miehaele  (San  Miguel  de  Sarandón),  de  Sea.  Eulalia 
Vetereo  (Santa  Eulalia  de  Vedra),  de  lalobre  (San  Andrés 
de  Trobe),  de  Talegio  (Santa  María  de  Teo),  de  Vaamun- 
di  (Santa  María  de  Vaamonde),  de  Seo.  Andrea  (San  An- 
drés de  Illobre),  de  Seo.   Iuliano  (San  Julián  de  Sales), 
de  Seo.   Felice  (San  Félix  de  Sales),   de  Lestedo   (Santa 
María  de  Lestedo),  de  Sergudi  (San  Verísimo  de  Sergu- 
de),  de  Lamas  (Santa  María  de  Lamas),  de    Vigo   (San- 
ta Eulalia  de  Vigo),  de  Laureda  (San  Pedro  de  Loure- 
da),  de  Gradanes  (Santa  Marina  de  Castrar?),  de  Pre- 
vidinos    (Santiago    de    Previdiños),    de    Foganes    (San 
Verísimo  de  Foxás),  de  Aural  (Santa  María  de  Oural), 
de  Minuci  (San  Lorenzo  de  Pousada?),  de  Castro  (San 
Miguel  de  Castro),  de  Vilar  (San  Miguel  de  Vilar),  de  Co- 
dession  (Santa  Eulalia  de  Codeso),  de  Buqueison  (San  Vi- 
cente de  Boqueixón),  de  Sea.  Marina  (Santa  Marina  de 
Sucira),  y  de  Asnois  (San  Julián  de  Arnois)  (2).  Era  obli- 


(1)  La  otra  tercera  parte  la  reservó  para  el  monasterio  de  San  Juan 
da  Coba. 

(2)  En  casi  todas  estas  parroquias  se  descubren  vestigios  de  muy   re- 
mota antigüedad.  Así  en  Vedra  y  en  San  Miguel  de  Sarandón,  se  hallaron 

Tomo  II.— 15. 


226  LIBEO   SEGUNDO 


gación  de  los  presbíteros  ó  clérigos  de  estas  parroquias, 
el  lle.var  anualmente  á  San  Sebastián  los  votos  ó  rentas 
que  a  cada  una  correspondiesen;  de  los  cuales  votos  así 
reunidos  se  había  de  deducir  una  tercera  parte  para  San 
Juan  da  Gota,  cuya  iglesia,  según  el  Arzobispo  D.  Pedro 
Helias,  había  reedificado  el  mismo  Sisnando.  Dióle,  ade- 
más, parte  en  varias  penas  pecuniarias  de  las  que  se  co- 
braban en  Iria,  en  el  Giro  ó  alrededores  de  Santiago,  en 
Montaos,  en  Cercedello  ó  Sabugueira,  en  Rivadulla,  en 
Tabeirós  y  en  Vea,  y  cierta  renta,  seis  cuartales  de  trigo, 
en  el  lugar  de  Cornado  de  Sub  vereda,  que  debe  ser  el  de 
Cornado,  en  la  paroquia  de  San  Félix  de  Sales.  Consig- 
nó, por  último,  para  servició  del  monasterio,  á  dos  fami- 
lias de  esclavos,  á  Daniel  con  su  mujer  Fragundia  y  sus 
hijos,  y  á  otro  Daniel  con  su  mujer  Gota  y  sus  hijos. 

Otorgóse  esta  notable  Escritura  que  puede  verse  en 
los  Apéndices,  número  XXXV,  el  1.°  de  Febrero  del 
año  914.  Está  subscripta  por  veintiocho,  entre  presbíteros 
y  diáconos,  que  probablemente  todos  eran  Canónigos  de 
Santiago,  incluso  el  notario  Elias. 


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sepulturas  antropomórficas,  labradas  en  la  peña;  en  Trobe  y  en  Teo,  sarcófa- 
gos de  granito;  en  Vilanova,  un  capitel  de  mármol  del  siglo  IV  ó  V;  en  Les- 
tedo,  restos  de  una  cruz  de  mármol  de  hacia  los  siglos  VI  ó  VII;  en  Arnois, 
un  sepulcro  de  Santa  Paderjia  ó  Paterna,  que  parece  del  siglo  IX  ó  X,  etc.. 


CAPITULO  XI 


Fin  del  reinado   de  D.   Alfonso  III,    y  comienzos 
del    de  D.   Ordoño   II. 


E  los  documentos  expedidos 
en  la  regia  Cancillería  de 
D.  Alfonso  III  en  los  últi- 
mos diez  años  de  su  vida,  ó  sea  en  los  diez  primeros  del 
siglo  X,  muy  pocos  son  los  que  nos  quedan;  pero  en  casi 
todos  ellos  aparece  el  nombre  de  Sisnando.  Así  en  el 
año  902  subscribe  el  Diploma  que  D.  Alfonso  otorgó  al 
monasterio  de  Samos,  y  en  el  905  el  otorgado  á  la  San- 
ta Iglesia  Ovetense. 

En  un  Privilegio  concedido  á  29  de  Enero  del  año  915 
á  la  Iglesia  de  Santiago  por  D.  Ordoño  II,  se  dice  que  su 
padre,  D.  Alfonso  III,  había  ampliado  el  coto  de  la  Iglesia 
Compostelana,  tanto  por  la  parte  del  Tambre,  como  pol- 
la del  Ulla,  hasta  doce  millas  de  radio.  La  donación  de 
Alfonso  III,  cuya  Escritura  ha  desaparecido,  se  limitó, 


228  LIBRO  SEGUNDO 


pues,  á  extender  el  radio  por  el  Sur  y  por  el  Norte.  Su 
hijo  D.  Ordofio,  según  luego  veremos,  lo  extendió  tam- 
bién hasta  doce  millas  por  el  Oriente  y  por  el  Poniente. 

Otras  adquisiciones  logró  por  este  tiempo  la  Iglesia 
Compostelana,  y  entre  ellas  la  que  se  registra  en  el 
Tumbo  C,  fol.  142.  El  presbítero  Viliulfo  que  había  edi- 
ficado, ó  quizá  reedificado  la  iglesia  de  San  Juan  en  el 
lugar  de  Penséllo,  á  la  falda  del  Lartito  y  á  orillas  del 
Selo,  en  el  territorio  de  Braga,  y  reunido  en  ella  una 
comunidad  de  Monjes,  la  ofrece  con  todas  sus  posesiones 
al  Apóstol  Santiago,  inclusas  las  cruces,  los  cálices,  las 
coronas,  los  libros,  los  cortinajes  y  demás  indumentaria 
sagrada,  y  los  lechos,  mesas,  cátedras,  bancos  ó  compendía- 
les, cubas  y  todo  el  mobiliario  necesario  para  servicio  de 
los  Monjes.  Datóse  la  Escritura  en  4  de  Marzo  de  908, 
y  está  subcripta  por  los  abades  Gundesindo,  Hermerote 
y  Adaulfo  (1),  y  por  varios  presbíteros  y  diáconos  que 
sin  duda  eran  Canónigos  de  Santiago  (2). 

En  su  largo  y  azaroso  reinado,  había  recibido  D.  Al- 
fonso III  muchos  desengaños  de  los  hombres;  estábale 
reservado  para  sus  últimos  años  el  experimentar  hasta 
dónde  llegaba  la  ingratitud  y  deslealtad  de  sus  propios 
hijos  y  aún  de  su  esposa  D.a  Jimena.  Su  hijo  primogéni- 
to, D.  García,  celoso  acaso  de  la  preferencia  que  D.  Al- 
fonso había  dado  al  segundogénito  D.  Ordoño,  nombrán- 
dole Rey  de  Galicia,  estimulado  por  su  madre  Doña 
Jimena,  apoyado  por  su  suegro  el  Conde  de  Amaya,  Don 
Munio  Fernández,  y  secundado  por  sus  hermanos,  levan- 


(1)  Los  nombres  de  estos  tres  abades  aparecen  en  varios  documentos 
compostelanos  de  aquel  tiempo.  Adaulfo  se  llamaba  el  Abad  de  Antealtares. 

(2)  Véanse  en  los  Apéndices,  núm.  XXVIII. 


LOS  TBES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         229 

tó  el  estandarte  de  la  rebelión  y  trató  de  privar  á  su  pa- 
dre del  trono.  Acaso  no  le  habría  sido  difícil  á  D.  Alfon- 
so el  sofocar  la  rebelión  de  sus  denaturalizados  hijos; 
pero  prefirió  dedicar  lo  que  le  restaba  de  vigor  y  de 
fuerza  á  otras  empresas  más  gloriosas  y  patrióticas,  que 
la  de  teñir  su  siempre  vencedora  espada  en  la  sangre  de 
los  mal  aconsejados  rebeldes,  que  al  fin  y  al  cabo  era  la 
suya  propia.  Rasgó  su  pecho  como  el  ave  de  la  fábula 
para  que  pudiesen  vivir  sus  hijos.  Pensó  quizás  que  á 
sus  años  no  le  faltaba  más  que  la  más  difícil  de  las  vic- 
torias, la  de  vencerse  a  sí  mismo;  y  renunciando  á  soste- 
ner por  más  tiempo  el  Cetro,  quiso  probar  si  podía  ser 
tan  buen  subdito,  como  había  sido  glorioso  Monarca. 

Su  primer  acto  después  de  la  renuncia  ó  deposición, 
fué  venir  á  Compostela  y  presentar  como  oblación  pura 
ante  el  Altar  del  Patrón  de  España  el  sacrificio,  que  con 
magnánima  resolución  acababa  de  hacer  de  su  amor  pro- 
pio (1).  Vuelto  á  Astorga,  suplicó  á  su  hijo  D.  García 
que  le  permitiese  otra  vez  más,  guerrear  con  los  Sarrace- 
nos; y  reunido  un  gran  ejército,  corrió  con  él  las  tierras 
de  los  Moros,  causando  grandes  estragos  y  obteniendo 
señaladas  victorias.  ¡Digno  fin  de  su  gloriosa  carrera!  Al 
llegar  á  Zamora  de  vuelta  de  su  expedición,  falleció 
en  910,  de  muerte  natural,  á  los  62  años  de  edad  y  44 
de  reinado  (2).  En  sus  últimos  momentos  no  se  olvidó  de 


(1)  Ipse  (Adephonsus)  autem  causa  orationis  ad  Sanctum  Jacobum  Rex 
perrexit...  (Cron.  de  Sampiro  en  el  tomo  XIV  de  la  España  Sagrada,  pá- 
gina 461). 

(2)  Inde  (Sto.  Jacobo)  reversus,  Astoricam  venit,  atque  á  filio  suo  Gar- 
seano  petivit  ut  adhuc  vel  semel  Sarracenos  persequeretur;  et  multo  agmine 
aggregato,  multas  strages  fecit,  et  cum  magna  victoria  regressus  est,  atque 
Zemoram  veniens  proprio  morbo  decessit.  {Cron.  de  Sampiro,  loe.  cit.) 


230  LIBBO  SEGUNDO 


Santiago,  y  sin  duda,  de  los  despojos  de  su  victoria  se- 
paró 500  monedas  de  oro,  que  entregó  al  Obispo  de  As- 
torga,  San  Genadio,  para  que  éste  las  llevase  ó  enviase 
como  ofrenda  á  la  Iglesia  del  Apóstol  (1). 

Con  la  muerte  de  D.  Alfonso,  quedaron  sus  hijos  li- 
bres del  remordimiento  que  debía  causarles  el  ver  des- 
pojado por  ellos  mismos,  y  errante,  al  que  había  sido 
autor  de  sus  días.  D.  García  se  había  posesionado  de 
León,  D.  Fruela  de  Asturias,  y  D.  Ordoño  se  quedó  en 
Galicia. 

D.  Ordoño  no  debió  entrar  en  la  conspiración  que 
hicieron  sus  hermanos  para  destronar  á  D.  Alfonso.  Ha- 
bía recibido  de  su  padre  señaladas  muestras  de  predi- 
lección, para  que  así  se  las  pagase  con  tan  negra  ingra- 
titud, del  todo  incompatible  con  su  excelente  índole. 
Algunos  años  antes  de  su  muerte  y  aún  de  declarada  la 
rebelión,  quizás  en  906,  D.  Alfonso  atendiendo  á  lo 
noble  y  belicoso  de  su  carácter,  quiso  compartir  con  él  los 
cuidados  del  Poder  Real,  y  lo  declaró  Rey  de  Galicia  (2). 

Para  demostrar  D.  Ordoño  que  era  muy  digno  de  la 
confianza  que  en  él  había  puesto  su  padre,  al  frente  de 
un  numeroso  ejército,  que  había  reunido  y  organizado 
en  Galicia,  rompió  por  tierra  de  Moros,  atravesó  el 
Tajo  y  el  Guadiana,  y  siguió  devastando  é  incendiando 
campos,  aldeas  y  villas,  y  todo  cuanto  encontraba  á  su 


(1)  Esto  no  pudo  llevarse  á  efecto  hasta  algunos  años  después  por  la 
mala  voluntad  del  Rey  D.  García. 

(2)  Quem  profecto  Ordonium  insignem  militem  Aldefonsus  pater, 
magnus  et  gloriosus  Rex,  vivens  Galliciensum  provinciae  praefecerat...  Erat 
namque  (Ordonius)  in  onini  bello  providus  ac  prudentissimus;  in  Civibus 
justus  et  inisericordissimus...  (Gron.  del  Silense,  en  el  tomo  XVII  de  la  Es- 
paña Sagrada,  pág.  294). 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  231 

paso,  hasta  que  logró  penetrar  en  Sevilla,  por  la  puerta 
de  Regel.  Desde  aquí,  dio  vuelta  cargado  de  despojos  y 
trayendo  consigo  un  gran  número  de  cautivos,  y  esta- 
bleció su  campo  en  la  ciudad  de  Viseo  (1). 

De  esta  manera  inauguró  su  reinado  D.  Ordoño  II; 
y  cuando  en  Diciembre  de  910  falleció  su  padre  D.  Al- 
fonso, se  hallaba  ya  con  suficiente  fuerza  y  prestigio 
para  que  nada  pudiese  temer  de  la  ambición  de  sus  her- 
manos. 

El  guerrero  intrépido  y  denodado,  era  un  cristiano 
profundamente  religioso,  que  se  sentía  tanto  más  obli- 
gado á  ejercer  actos  públicos  de  piedad  y  devoción, 
cuánto  era  más  elevado  su  puesto  en  la  sociedad.  Per 
hoc  nóbis  a  Deo  cumulentur  pracmia,  per  quod  nos  coram  vpso 
d'spensamus  terrena,  decía  él  en  el  Diploma  en  que  segui- 
damente vamos  á  ocuparnos.  Apenas  habían  transcurri- 
do cuatro  meses  después  de  la  muerte  de  su  buen  padre 
D.  Alfonso,  cuando  con  su  esposa  D.a  Elvira,  señora  de 
nobilísima  estirpe  gallega,  ofreció  ante  el  Altar  del 
Apóstol  Santiago,  á  quien  llama  su  glorioso  Señor,  un 
cuantioso  y  riquísimo  donativo  consistente  en  piezas  de 
vajilla  é  indumentaria  sagradas,  en  esclavos  cogidos  á 
los  Sarracenos,'  y  en  extensas  haciendas  y  posesiones. 
Dona  en  primer  lugar,  treinta  y  cinco  esclavos,  cuyos 
nombres  expresa;  los  cuales  esclavos,  probablemente  se- 


(l)  Siquidem  dum  Pater  adhuc  viveret,  et  ipse  Galliciensibus  domina- 
retur,  collecto  totius  provinciae  exercitu  Baeticam  provinciana  petiit.  Dein 
Vastatis  circumquaque  agris,  et  villis  incensis,  primo  Ímpetu  Regel  civita- 
tem,  quae  inter  occidentales  omnes  Barbarorum  urbes  fortior,  opulentiorque 
videbatur,  pugnando  cepit.  (Cron.  del  Silense,  en  la  España  Sagra- 
da, loe.  cit.) 


232 


LIBEO    SEGUNDO 


rían  de  los  prisioneros  cogidos  en  su  expedición  á  An- 
dalucía. 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A.,  fol.  5  v.°,  que  representa  a  D.  Ordoño  II. 

Las  alhajas  que  ofreció  eran  de  subido  valor  y  méri- 
to como  se  verá  por  su  simple  enumeración.  Dos  cajas 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  233 

de  oro  purísimo,  primorosamente  adornadas  de  piedras 
preciosas  y  perlas,  y  esculpido  en  ellas  el  nombre  de  Or- 
doño  y  Elvira;  otra  caja  de  vidrio  de  Ultramar,  dispuesta 
en  forma  de  arcos;  un  cíngulo  ó  cinturón  pontifical  de 
oro,  tachonado  de  piedras  preciosas  y  perlas;  un  cáliz 
con  su  patena  de  oro,  piedras  preciosas  y  perlas;  otro 
todo  de  vidrio;  dos  grandes  cortinas  de  polea,  una  de 
ellas  recamada  con  figuras  de  papagayo;  tres  relucien- 
tes coronas  de  oro  purísimo,  sembradas  de  piedras  pre- 
ciosas; una  Cruz  de  oro  batido  adornada  de  piedras  va- 
liosas; una  casulla  episcopal  piscina;  otra  con  dos  caras 
en  el  mismo  tegido,  una  piscina  y  otra  verde;  otra  casu- 
lla blanca  (aluataroni) ;  tres  frontales  recamados  de  oro; 
jarras  de  plata  dorada  y  cincelada;  intermisium  (flabel- 
lum?)  rotundum  palmiceum  miro  opere  pictum  et  exauratum; 
una  cátedra  episcopal  de  madera  y  hueso  con  su  escabel, 
armada  y  sujeta  con  clavos  y  bolas  ó  remates  de  plata. 

En  el  Relicario  de  la  Catedral,  se  conserva  un  pe- 
queño Crucifijo  de  lámina  de  oro,  cuya  forma  damos  en 
el  grabado  de  la  pág.  235;  La  cual,  á  nuestro  juicio,  per- 
tenece también  á  D.  Ordoño  II  (1). 

Confirmó  también  la  donación  que  había  hecho  Don 
Alfonso,  de  las  islas  Grove,  de  Ons,  Framio,  Sálvora, 
A  rosa,  Cias  y  Tambo,  y  por  su  parte,  añadió  la  villa  de 
Ardena  (Árdea),  que  fuera  propia  de  un  cierto  Pedro,  y 
la  villa  de  Noalia  (Noalla),  con  sus  colonos  y  sus  salinas 
además  de  un  pomar  en  Cornado,  según  su  padre  D.  Al- 


(1)  En  época  muy  posterior,  quizás  hacia  el  siglo  XV  ó  XVI,  se  cortó 
una  tira  en  forma  de  cruz,  de  la  lámina  del  reverso,  sin  duda,  para  dejar 
ver  la  madera  que  estaba  dentro,  y  que  probablemente  sería  un  trozo  del 
Lignum  Crucis.  En  lugar  de  la  tira  sacada,  se  puso  otra  movible  por  medio 


234  LIBBO    SEGUNDO 


fonso,  lo  había  donado  al  presbítero  Hermemiro,  y  éste 
á  la  Iglesia  de  Santiago,  reservándose  la  mitad  de  los 
frutos  durante  su  vida.  Concedió  por  último,  en  el  terri- 
torio de  Braga,  la  iglesia  de  San  Juan  á  orillas  del  Avo, 
con  todas  sus  pertenencias,  según  se  las  había  donado  el 
abad  Honorico,  pero  con  la  condición  de  que  mientras 
viviese  el  presbítero  Gundesindo,  á  quien  él  se  la  había 
concedido  por  Escritura,  gozase  de  la  mitad  de  los  fru- 
tos. Está  fechada  la  Escritura  en  20  de  Abril  de  911  (1). 
Por  entonces  ya  debieron  de  surgir  algunas  cuestio- 
nes y  dificultades  acerca  de  la  condición  social  en  que 
habían  de  considerarse  los  colonos  habitantes  en  el  coto 
de  Santiago,  especialmente  respecto  de  los  que  habían 
procedido  de  otra  jurisdicción  ó  señorío.  Por  esto  Don 
Ordoño  II,  dos  días  después  de  haber  concedido  el  ante- 
rior Privilegio,  despachó  otro  en  que  confirma  las  dona- 
de  una  pequeña  charnela.  Al  cortar  la  lámina,  cortaron  también  una  ins- 
cripción grabada  con  punzón,  de  la  cual  sólo  quedaron  las  letras  siguientes: 

En  la  traviesa: 

V 

IRM 

En  el  brazo  largo: 
H C 

DO V 

DE F 

R IT 

S O 

IA O 

B 

A S 

LO 
Claramente  sólo  se  lee  S(c)o.  Ia(c)ob(o)  A(po)s(to)lo.  —  La  Cruz  mide  22 
centímetros  de  alto  por  15  de  ancho. 
(1)    Véanse  Apéndices,  núm.  XXX. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


235 


ciones  de  sus  antecesores,  y  en  especial  las  de  su  abuelo 
D.  Ordoño  I  y  la  de  su  padre  D.  Alfonso  III,  declaran- 
do que  los  habitantes  del  coto  de  Santiago  deben  pagar 
á  esta  Iglesia,  lo  que  tributaban  al  Real  Señorío,  pero 


Pequeño  Crucifijo  de  lámina  de  oro,  que  se  conserva  en  la  capilla  de  las  Reliquias 

de  la  Catedral  de  Santiago. 


no  como  siervos,  sino  como  libres  é  ingenuos.  Declara, 
además,  que  es  su  voluntad  que  la  Iglesia  de  Santiago  y 
de  Iria,  continúen  poseyendo  todos  sus  dominios  y  ha- 
ciendas del  mismo  modo  que  las  había  poseído  en  tiem- 


236  LIBRO  SEGUNDO 


po  de  su  padre,  é  intima  á  los  Condes  y  demás  funciona- 
rios públicos,  que  no  se  atrevan  á  mermar  en  nada  lo 
que  se  ha  escriturado  en  favor  de  dicha  Iglesia  (1). 

La  Reina  D.a  Jimena,  había  heredado  de  una  seño- 
ra gallega,  llamada  Gonnerodis,  ciertos  siervos  y  here- 
dades en  Varna  (San  Vicente  de  Bama),  en  el  Condado 
de  Montesacro.  Los  hijos  de  Gonnerodis  y  de  su  esposo 
Suero  ó  Suario,  tenían  también  parte,  como  era  natu- 
ral, en  estos  siervos  y  heredades,  y  en  León  pidieron  al 
Rey  D.  Alfonso  que  se  hiciese  la  par  tija  de  dichos  bie- 
nes, entre  ellos  y  la  Reina  D.a  Jimena.  D.  Alfonso  acce- 
dió á  la  súplica  de  los  hijos  de  Gonnerodis,  y  comisionó 
al  Obispo  Sisnando,  que  á  la  sazón  se  hallaba  en  León, 
para  que  hiciese  la  partija  que  se  pedía.  Vuelto  Sisnan- 
do á  su  Diócesis,  convocados  todos  los  partícipes,  se 
constituyó  en  la  iglesia  de  San  Vicente  de  Bama,  con 
peritos  y  otras  personas  competentes,  y  á  cada  una  se 
fué  adjudicando  la  parte  que  proporcionalmente  le  co- 
rrespondía. A  D.a  Jimena  le  tocó  la  familia  de  Herme- 
gotona  con  sus  hermanos,  hijos  y  sobrinos,  entre  todos, 
dieciseis  siervos,  con  las  heredades  que  labraban. 

Muerta  á  principios  de  912  D.a  Jimena,  tocó  esta  ha- 
cienda á  D.  Ordoño  II,  el  cual  en  30  de  Mayo  de  dicho 
año,  hizo  donación  de  parte  de  ella  al  Apóstol  Santiago, 
al  cual  llama:  Domino,  Sando,  invlctissimo  atque  triumphatori 
glorioso  Dei  martiri  apostólo.  Lo  que  dio  D.  Ordoño,  fué  un 
hijo  de  Hermegotona,  llamado  Visterlano,  con  sus  cuatro 
hijos  Nausto,  Hermegotona,  Vitilano,  diácono?  y  Animia, 
y  á  dos  nietas  de  la  misma  Hermegotona,  llamadas  Vis- 


(1)    Véanse  Apéndices,  núm.  XXXI. 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELNA  237 

trileuba  y  Manosinde,  con  sus  hijos.  Los  da  con  todo  su 
peculio,  tanto  con  el  que  ellos  por  sí  adquirieron,  como 
con  el  que  heredaron  de  su  madre  y  abuela  Hermegoto- 
na,  aunque  con  esta  declaración,  que  mientras  viva  el 
Obispo  Sisnando,  permanezcan  en  su  condición  servil, 
pero,  muerto  éste,  dejen  de  ser  siervos  fiscales  ó  de  la 
Iglesia,  y  sean  habidos  como  ingenuos,  sin  más  obliga- 
ción que  la  de  pagar  al  Templo  Apostólico,  el  tributo 
cuadragesimal  que  en  Galicia  los  de  su  clase  solían  pa- 
gar al  Real  Señorío  (1). 

Otro  asunto  resolvió  D.  Ordoño  tres  días  después  de 
la  data  del  Diploma  que  acabamos  de  extractar.  Vi- 
viendo aún  D.  Alfonso  III,  una  señora  llamada  Lupela, 
demandó  como  siervos  á  un  tal  Muzurri  y  á  toda  su  pa- 
rentela ó  casata.  Muzurri  contestó,  que  pasaba  ya  de  no- 
venta años,  que  ni  él,  ni  toda  su  casata,  prestaran  ser- 
vicio alguno  á  la  demandante,  ni  aún  por  razón  de  pa- 
trocinio. Como  no  había  testigos,  ni  documentos,  D.  Al- 
fonso, ante  quien  se  llevó  el  asunto,  con  los  jueces  que 
lo  asesoraban,  dispuso  que  se  recurriese  al  juramento  y 
á  alguna  de  las  pruebas  judiciarias  que  se  estilaban  en- 
tonces. Lupela  se  retrajo;  y  en  representación  suya  pu- 
sieron los  jueces  para  asistir  al  acto  y  recibir  el  jura- 
mento, á  su  hijo  Sanzote. 

El  éxito  de  la  prueba  había  sido  favorable  á  Muzu- 
rri; pero  pasado  ya  algún  tiempo,  los  hijos  de  Lupela 
introdujeron  nueva  demanda,  alegando  que  su  madre 
ni  había  asistido  á  la  prueba,  ni  recibido  el  juramento, 
y  comprometiéndose  á  demostrar,  como  hicieron,  que 
hacía  treinta  años  que  los  demandados  les  habían  esta- 


(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  XXXIII. 


238  LIBEO  SEGUNDO 


do  prestando  servicio.  Pero  al  entrar  en  posesión  los 
hijos  de  Lupela  de  los  siervos  demandados,  se  presentó 
en  tercería  el  propio  D.  Ordofio  II,  alegando  que  Lupela 
había  hecho  Escritura  á  su  madre  D.a  Jimena  de  las  dos 
cuartas  partes  de  los  siervos;  que  los  hijos  de  Lupela  le 
habían  hecho  á  él  Escritura  de  otra  cuarta  parte;  y  que 
en  la  cuarta  restante  era  él  heredero  por  tres  porciones 
con  los  hijos  de  Lupela.   Quedaron,  pues,  todos,  ó  casi 
todos,  declarados  siervos  de  D.  Ordoño;  el  cual  al  poco 
tiempo,  á  2  de  Junio  de  912,  á  petición  del  Obispo  Sis- 
nando,  los  cedió  á  la  Iglesia  de  Santiago,  pero  en  la 
condición  de  ingenuos  y  libres,  y  seguros  de  toda  acción 
cualquiera  que  fuese.  Las  familias  donadas  en  esta  oca- 
sión, fueron:  la  de  Muzurri  con  sus  hijos  y  nietos;  la  de 
Zili  con  sus  hijos  y  nietos;  la  de  Trudilde  con  sus  hijos  y 
nietos;  la  de  Severilde  con  sus  hijos  y  nietos;  la  de  Fru- 
gilde  con  sus  hijos  y  nietos;  la  de  Avolina  con  sus  hijos 
y  nietos;  la  de  Flamulina  con  sus  hijos;  la  de  Teodilde 
con  sus  hijos;  la  de  Sabarico  con  sus  hijos  y  nietos;  la  de 
Velasco  con  sus  hijos  y  nietos;  y  la  de  Sisnando  con  sus 
hijos  y  nietos.  Al  terminar,  repite  D.  Ordoño,  que  todos 
estos  nombrados  queden  ingenuos  ante  Dios  Padre  Om- 
nipotente, y  que  sólo  paguen  á  Santiago  lo  que  los  de- 
más ingenuos  pagaban  al  Fisco,  que  sería  el  tributo  cua- 
dragesimal (1). 

En  todos  estos  documentos  se  transparenta  el  gran 
afecto  y  veneración  que  D.  Ordoño  profesaba  á  Sisnan- 
do I,  á  quien  consideraba  como  á  un  padre  y  á  su  prin- 
cipal consejero.  En  este  mismo  año  912,  á  27  de  Junio, 
por  consejo  y  consentimiento  del  Prelado  y  todo  su  Cle- 


(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  XXXI V. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA 


239 


ro,  per  consilium  et  consensum  domini  Sisnandi  Episcopi  Loci 
Sancti  cum  ornni  suo  Clero,  confirmó  las  donaciones  que 
dos  meses  antes,  á  19  de  Abril,  Sisnando  había  hecho  al 
monasterio  de  San  Martín  Pinario.  Es  de  advertir  que 
el  Prelado,  por  las  razones  que  hemos  expuesto  en  el 
capítulo  anterior,  de  la  hacienda  de  su  Iglesia  Catedral 
había  cedido  alguna  parte  al  referido  monasterio,  como 
la  península  del  Grove,  la  mitad  de  la  isla  de  Arosa,  la 
de  Cortegada,  etc..  Todo  esto  confirma  por  su  parte  Don 
Ordoño,  y  además,  por  consejo  del  Prelado,  añade  otras 
donaciones,  como  la  de  la  otra  mitad  de  la  isla  de  Arosa 
y  una  finca  en  Padrón,  etc.. 

De  todos  cuantos  se  conservan,  éste  es  el  último  Di- 
ploma que  firmó  D.  Ordoño,  como  Rey  de  Galicia. 


-M 


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CAPITULO  XII 


Donaciones  hechas  á  la  Iglesia  compostelana  por  D.  Ordo- 
ño  II,  como  Rey  de  León.— Últimos  días  del  gran  Prelado 
Sisnando  I.  — Su  gloriosa  muerte. 


principios  del  año  914  ■ — no  á  fines, 
como  dice  Risco  (1) —  falleció  D.  Gar- 
cía, Rey  de  León,  y  su  hermano  D.  Or- 
doño  se  apresuró,  desde  Galicia,  á  re- 
coger el  Cetro  que  por  tan  poco  tiempo 
había  empuñado  su  antecesor.  El  primer  Privilegio,  que 
como  Rey  de  León  otorgó  D.  Ordoño  á  la  Iglesia  com- 
postelana, está  fechado  en  6  de  Diciembre  de  914.  En 
él,  después  de  confirmar  la  donación  que  su  padre  Don 
Alfonso  había  hecho  á  esta  Iglesia  de  las  villas  de  San 
Román  de  Jeronciana,  cerca  de  León,  de  Parada  en  el 
Bierzo,  y  de  Bustomayor,  á  la  falda  del  monte  Capeloso, 
ratifica  también  la  concesión  que  á  la  misma  Iglesia  ha- 
bía hecho  la  abuela  paterna  de  la  Reina  D.a  Elvira, 


(1)     Eupaiia  Sagrada,  tomo  XXXIV,  pág.  1208. 
Tomo  II.— 16. 


242  LIBBO  SEGUNDO 


D.a  Egilona  (1),  de  las  villas  de  San  Mamed  de  Ameo,  de 
Peñalba  en  Vadapia  y  de  San  Salvador  de  Parada  en 
el  Bierzo  (2). 

Halagado  D.  Ordoño  con  el  glorioso  triunfo  que  en 
San  Esteban  de  Grormaz  había  obtenido  en  el  primer 
año  de  su  reinado  en  León,  triunfo  que  á  su  parecer 
aseguraba  las  conquistas  hechas  por  él  y  por  su  padre,  y 
que  se  extendían  hasta  más  allá  del  Mondego,  juzgó  que 
era  llegado  el  momento  oportuno  para  restablecer  de 
hecho  algunas  de  las  Sedes  Episcopales  que  por  efecto 
de  la  devastación  causada  por  los  moros,  se  hallaban 
aún  abandonadas  y  desiertas.  Con  este  propósito,  el  29 
de  Enero  de  915,  reunió  un  Concilio  en  Compostela,  ó 
quizás  en  Zamora,  al  que  asistieron  Recaredo,  Obispo  de 
Lugo;  Froarengo,  de  Coimbra;  Jacobo,  de  Coria;  Genna- 
dio,  de  Astorga;  Sabarico,  de  Dumio;  Ansurio,  de  Oren- 
se; Atilano,  de  Zamora;  Fronimio,  de  León;  Oveco,  de 
Oviedo,  y  Anserico,  de  Viseo  (3);  y  en  él,  propuso  Don 
Ordoño  el  restablecimiento  de  las  Sedes  de  Tuy  y  La- 
mego,  puesto  que  en  estas  ciudades  ya  vivían  seguros 
los  cristianos,  tanto  seglares  como  clérigos,  y  que  además 
convenía  dejar  á  la  Sede  Iriense,  unida  al  Lugar  Apos- 
tólico de  Santiago,  en  su  antiguo  ser  y  estado,  con  todo 
el  territorio  que  le  habían  señalado  los  antiguos  Cánones. 


(1)  La  esposa  de  I).  Ordoño,  D.a  Elvira,  era  hija  de  D.  Bermudo  y 
nieta  de  los  Condes  gallegos  D.  Galón  y  D.a  Egilona.  (Véase  Flórez,  Bey- 
nas  Cathólicas,  tomo  I,  pág.  81). 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXXVI. 

(3)  No  se  cita  en  la  Escritura  que  trata  de  esto,  el  nombre  de  Sisnando 
de  Compostela;  sin  duda  es  una  omisión  del  copista.  La  verdad  es  que  en 
todo  el  cuerpo  de  la  Escritura  no  se  hace  de  Sisnando  mención  alguna. 
Véase  Apéndice  XXXVII. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         243 

Esto  lo  decía  D.  Ordoño,  porque  hasta  entonces  los  Obis- 
pos de  Tuy  y  Lamego  estuvieron  residiendo  en  la  Dió- 
cesis de  Iria,  teniendo  cada  uno  de  ellos  territorio  se- 
ñalado para  morada  y  sustentación;  el  de  Lamego,  las 
comarcas  de  Trasancos,  Labacengos,  Nemancos,  Célticos 
y  Camota;  y  el  de  Tuy,  las  de  Nendos,  Bergantiños  y 
Soneira  (1). 

Deliberaron  los  Padres  sobre  el  punto,  ó  puntos  pro- 
puestos (hoc  tractatum  figentes  cum  patríbus  et  episcopis  no- 
stris),  y  resolvieron  que,  ya  que  dichas  ciudades  episco- 
pales se  hallaban  pobladas,  que  se  restituyesen  á  ellas 
los  Obispos  titulares,  y  que  la  Sede  Iriense  continuase 
poseyendo  su  Diócesis  con  los  mismos  términos  y  confi- 
nes, que  estaban  demarcados  en  los  antiguos  Cánones. 
(Et  haec  Sedes  Iriensis,  quae  est  conjuncta  loco  Patroni  nostri 
Sci.  Jacobi  Apostoli,  fines  suos  áb  omni  integriiate  custocliat  et 
contineat,  sicut  áb  antiquis  Patribas  praescriptos  cognovirnusj. 

En  la  misma  Escritura,  en  que  se  consignó  este  de- 
creto del  Concilio,  hizo  D.  Ordoño  dos  importantes  con- 
cesiones á  la  Iglesia  del  Apóstol.  Por  la  primera  conce- 
sión, completó  hasta  doce  millas  por  la  parte  del  Oriente 
y  del  Poniente,  desde  San  Vicente  del  Pino  hasta  Iria, 
el  radio  del  coto  de  Santiago,  al  que,  como  ya  hemos 
dicho,  su  padre  D.  Alfonso  había  dado  la  misma  exten- 
sión por  el  Norte  y  el  Mediodía.  Para  esto,  cedió  por  el 
Oriente  el  Condado  de  Montesacro,  según  lo  había  teni- 
do el  Abad  Gundesindo,  y  por  el  Poniente,  hasta  Iria, 
las  dos  Amaías,  según  las  poseyeran  los  Condes  Lúcido 
Vimaraniz  y  Ñuño  Gutiérrez;  pero  advirtiendo  que  los 


(1)     Había,  además,  otros  dos  distritos  desmembrados,  el  de  Pruzos  y  el 
de  Bezoucos,  que,  al  parecer  estaban  agregados  á  la  Diócesis  de  Oviedo, 


244  LIBEO  SEGUNDO 


colonos  moradores  de  estas  comarcas  cedidas  habían  de 
ser  habidos  como  ingenuos  y  no  pagar  más  que  el  tribu- 
to cuadragesimal,  como  los  otros  habitadores  del  coto. 

La  segunda  concesión  tendía,  no  sólo  á  evitar  enojo- 
sas querellas,  sino  á  aumentar  el  vecindario  de  Compos- 
tela.  «Otorgo,  pues  — dice —  y  al  Santo  Apóstol  confir- 
mo (1),  que  si  los  hombres  que  moran  en  la  ciudad,  ó  sea 
junto  á  la  tumba  del  Apóstol  Santiago,  fueren  reclama- 
dos y  demandados  como  siervos  dentro  de  los  primeros 
cuarenta  días  de  su  residencia  en  la  ciudad,  sean  al  pun- 
to expulsados;  pero  si  pasaren  dichos  cuarenta  días  sin 
ser  reclamados,  desde  entonces,  puedan  permanecer  en 
la  ciudad  sin  temor  á  ninguna  acción,  ni  demanda  por 
tal  concepto»  De  este  modo  quedaba  abierta  ancha 
puerta  á  los  esclavos  (que  á  la  sazón  debían  de  ser  muy 
numerosos,  atendido  á  los  muchos  cautivos  que  habían 
hecho  en  sus  expediciones,  tanto  D.  Alfonso  III,  como 
D.  Ordoño),  para  restaurarse,  como  se  decía  entonces  en 
lenguaje  cristiano,  y  no  emanciparse,  y  entrar  en  la 
clase  de  los  libres  é  ingenuos.  Y  he  aquí  también  un 
nuevo  contingente,  con  el  cual  Compostela  podía  au- 
mentar su  población  (2). 

Del  día  siguiente,  30  de  Enero,  hay  dos  Diplomas  de 
D.  Ordoño  II  referentes  á  un  mismo  suceso,  que  cada 
uno  describe  á  su  manera,  sin  que  por  eso  se  note  entre 
ellos  substancial  discrepancia.  Uno  de  estos  Diplomas 
ha  sido  publicado  por  Flórez    entre    los  Apéndices  del 


(1)  E3ta  palabra  confirmo  demuestra  que  la  concesión  era  ya  anterior 
á  D.  Ordoño. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXXVII. — Véanse  las  subscripciones  de 
este  documento  en  el  Apéndice  núm.  XLV;  si  bien  es  de  advertir  que  se 
hallan  involucradas,  como  sucede  de  ordinario,  con  otras  posteriores. 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  245 

tomo  XIX  de  la  España  Sagrada;  el  otro  se  lee  en  el 
Tumbo  A,  al  íol.  8,  y  hasta  ahora  no  ha  sido  publicado. 
Hemos  dicho  que  D.  Alfonso  III,  al  tiempo  de  su  falleci- 
miento, había  legado  á  la  Iglesia  compostelana,  500  mo- 
nedas de  oro,  confiando  el  encargo  de  llevarlas  ó  man- 
darlas al  Obispo  de  Astorga,  San  Grenadio.  Según  el  texto 
publicado  por  Flórez,  aunque  D.a  Jimena  había  consen- 
tido espontáneamente  en  el  legado  hecho  por  su  esposo, 
sin  embargo,  San  Genadio  no  pudo  dar  cumplimiento  al 
encargo,  porque  se  lo  estorbó  el  Rey  D.  García,  que 
hizo  guardar  todos  los  caminos  que  conducían  á  San- 
tiago. Fallecido  D.  García,  el  Santo  Obispo  de  Astorga 
entregó  las  500  monedas  á  D.  Ordoño,  el  cual  se  las  de- 
volvió, y  lo  comisionó  para  que  las  trajese  á  Compostela. 
Así  lo  hizo  San  Genadio;  pero  pasado  algún  tiempo,  el 
mismo  D.  Ordoño,  viendo  que  las  500  monedas  guarda- 
das en  el  Tesoro  de  la  Iglesia  nada  producían,  propuso 
á  Sisnando  y  á  la  gran  Congregación  de  la  Aula  Apos- 
tólica (1),  la  permuta  de  este  dinero  por  una  finca  equi- 
valente, cuyos  frutos  pudiesen  emplearse  en  la  susten- 
tación de  los  ministros  del  Templo,  en  las  urgencias  del 
Culto  y  en  socorro  de  los  pobres  y  peregrinos.  Aceptó 
Sisnando  y  su  Cabildo;  y  D.  Ordoño,  en  compensación 
de  las  500  monedas,  donó  la  villa  de  Santo  Tomás  de 
Corneliana  (Cornelhá,  en  Portugal),  á  orillas  del  Limia. 
Este  es,  en  compendio,  el  texto  de  Flórez.  El  texto  iné- 
dito dice  que  D.  Alfonso  y  D.a  Jimena,  legaron  las  500 
monedas  (metcales  ex  auro  purissirno),  á  Santiago,  y  que  co- 


(1)  Con  razón  el  P.  "Flórez  en  el  Prólogo  del  tomo  XIX  de  la  España 
Sagrada,  se  detiene  en  estas  palabras  illius  magnae  congregationis,  y  ad- 
vierte, que  ningún  Rey  trató  de  Grande  á  otro  Cabildo,  sino  al  de  Santiago. 


246  LIBBO   SEGUNDO 


metieron  este  encargo  á  San  Genadio  y  á  Fronimio  que 
después  fué  Obispo  de  León.  Omite  lo  de  la  oposición 
del  Rey  D.  García,  y  expresa  que  en  efecto  las  500  mo- 
nedas no  tenían  objeto  (vacantes  ab  aliqua  operatione  in 
thesauro);  porque  la  Iglesia  se  hallaba  bien  surtida  de 
todo,  de  cajas,  de  cruces,  de  cálices,  de  patenas,  de  co- 
ronas, etc..  y  que  por  lo  mismo  era  preferible  emplear- 
las en  socorro  de  los  pobres  y  peregrinos,  y  que  en 
satisfacción,  á  él  le  placía  dar  la  villa  de  Corneliana  con 
todas  sus  pertenencias,  según  sus  antiguos  términos, 
con  el  censo  ó  tributo  que  debían  pagar  los  moradores 
ingenuos,  y  los  servicios  que  debían  prestar  los  siervos  y 
libertos,  cada  uno  según  su  clase  (1). 

En  el  año  siguiente  916,  á  17  de  Enero,  ejecutó  Don 
Ordoño  otra  última  disposición  testamentaria,  la  de  su 
joven  hermano  D.  Gonzalo,  el  cual  al  morir,  mandó 
por  su  alma  á  la  Iglesia  de  Santiago,  la  villa  de  Lánca- 
ra,  en  la  Diócesis  lucense,  junto  al  río  Neira.  Mas  con- 
venía al  Rey  la  posesión  de  esta  villa;  y  así  ofreció  en 
cambio  otras  dos  villas  de  igual  valor  en  el  territorio 
de  Nendos;  la  de  Oza  que  había  heredado  de  su  padre 
D.  Alfonso,  y  la  quinta  parte  de  la  de  Cela,  á  orillas 
del  Mero,  que  también  había  sido  de  D.  Alfonso  por  do- 
nación de  Renfurco.  Aceptaron  el  Obispo  Sisnando  y  su 
Cabildo,  y  otorgóse  en  el  citado  día  la  Escritura  que 
confirman  los  Obispos  Ansurio  y  Recaredo,  y  los  Mag- 
nates Gutierre  Menéndez  y  Gutierre  Osórez  (2).  Algún 
tiempo  después,  D.  Ordoño  mudó  de  parecer,  y  en  lugar 
de  la  villa  de  Cela,  donó  la  de  Arcdbria  en  la  comarca 


(1)  Véanse  Apéndices,  núms.  XXXVIII  y  XXXIX. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XL. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  247 

de  Castela,  á  orillas  del  Miño,  entre  Layas  y  CastreUo,  con 
sus  casas,  viñas,  bosques  y  demás  pertenencias,  que 
habían  sido  de  Vizoy  y  de  Elvira  (1). 

Con  consentimiento  de  Sisnando  y  de  todo  el  Cabil- 
do (cum  omni  Collegio  cunctorum  canonlcorum  suorumj  con- 
firmó D.  Ordoño  á  17  de  Agosto  de  916  la  fundación 
del  monasterio  de  San  Salvador,  en  el  lugar  de  Spinare- 
to,  cerca  del  río  Lérez,  que  había  hecho  el  abad  Cunta- 
do  en  terreno  propio  del  Monarca.  D.  Ordoño  dotó 
espléndidamente  la  nueva  fundación;  le  señaló  un  ex- 
tenso coto;  le  cedió  la  propiedad  de  todas  las  heredades 
que  tenía  dentro  del  coto,  con  los  siervos  destinados  á 
su  cultivo;  donóle  dos  muy  buenas  campanas,  un  cáliz 
de  plata,  una  cruz  y  una  caja  también  de  plata,  cuatro 
capas  de  seda  y  otros  ornamentos,  misales,  salterios,  an- 
tifonarios, la  Regla  de  San  Benito,  etc..  y  además  la 
eximió  con  el  referido  consentimiento  de  Sisnando  y  su 
Cabildo,  de  la  jurisdicción  del  Prelado  Iriense  y  de 
todo  pecho  y  tributo  debido  á  la  voz  Real.  Subscriben 
el  Diploma,  Sisnando  y  otros  cinco  Obispos,  varios  Ca- 
nónigos de  Santiago  y  de  Iria,  y  al  fin,  el  notario  en 
esta  forma:  Adefonsus .  notarius  episcopi  domni  Sesnandl  in 
sede  irlensi  in  loco  apostólico  canonicus,  Scripsit  et  conjlrmat  (2). 

Por  este  tiempo  ya  tenía  realizado  D.  Ordoño  su 
propósito  de  establecer  la  Corte  en  León,  y  de  elevar  la 
Iglesia  legionense  á  la  consideración  de  Sede  regia, 
como  él  mismo    dice    en  un  Privilegio  otorgado  á  la 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLIV. 

(2)  Véase  el  Diploma  íntegro  entre  los  Apéndices  de  la  España  Sa- 
grada, tomo  XIX.  En  el  ejemplar  comunicado  al  P.  Flórez  hay  algunas  in- 
terpolaciones que  deben  ya  proceder  de  alguna  copia  antigua;  como  la  de 
Ordonius  secundus,  la  de  Sisnandi  bonao  memoriae. 


248  LIBBO  SEGUNDO 


Iglesia  de  Lugo  en  1.°  de  Septiembre  de  915  (1).  Quia 
auc  torüate  regali  inter  caeteras  Sedes  pontificales  (Ecclesiam 
Legionensem),  statuere  decrevimus  fírmato  íbi  solio  regni 
nostri  De  tal  suerte,  quedaba  sin  efecto  lo  decretado 
quince  años  antes  en  el  Concilio  de  Oviedo,  respecto  de 
la  sublimación  de  esta  Sede,  y  las  Actas  del  referido 
Concilio,  quedaron  como  letra  muerta  y  hasta  cierto 
punto  perdida. 

Para  facilitar  la  ejecución  de  estos  proyectos,  Don 
Ordoño  cedió  el  palacio  que  habitaba  dentro  de  los  mu- 
ros de  la  ciudad,  la  cual,  á  lo  que  parece,  venía  á  ser 
una  antigua  Basílica  de  tres  naves  de  la  época  romana, 
rodeada,  á  lo  que  se  cree,  de  Termas.  En  el  fondo  de  las 
tres  naves  se  colocaron  tres  altares,  dedicados  el  del 
centro  á  Nuestra  Señora,  el  de  la  derecha  al  Salvador 
y  á  los  doce  Apóstoles,  y  el  tercero  á  San  Juan  Bautis- 
ta. La  antigua  Basílica  dejó  de  ser  palacio  de  Reyes? 
y  contra  lo  que  quizás  estarían  muy  lejos  de  prever  sus 
primeros  constructores,  fué  consagrada  palacio  del  único 
Rey  y  Señor  del  Cielo.  A  la  solemnidad,  que  según 
opina  Ruico  (2),  tuvo  lugar  el  año  916,  á  14  de  Abril; 
asistieron  casi  todos  los  Obispos  del  Reino,  y  entre  ellos 
nuestro  Sisnando  de  Iría  y  Compostela  (3). 

Probablemente,  este  fué  el  último  viaje  largo  que 
emprendió  Sisnando.  Sus  muchos  años,  que  á  la  sazón 

(1)  Véase  España  Sagrada,  tomo  XL,  Apéndice  XXI. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XXXIV,  pág.  215. 

(3)  Entre  los  firmantes  de  la  Escritura  que  se  refiere  á  este  suceso 
(Apéndice  del  tomo  XXXIV  de  la  España  Sagrada,  núm.  VII),  hay  un 
Sisnando  Obispo  de  la  Sede  Iriense;  pero  como  entre  dichos  firmantes,  hay 
algunos  que  son  muy  posteriores  á  la  fecha  de  la  Escritura,  la  Reina  Urra- 
ca, p.  ej.,  y  el  .Obispo  Arias  de  Dumio,  cabe  dudar  si  este  Sisnando 
es  el  I  ó  el  II. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  249 

debían  pasar  de  ochenta,  y  las  continuas  fatigas  de  una 
vida  incesantemente  laboriosa,  debilitaron  sus  fuerzas, 
hasta  el  punto  de  que  en  este  último  período  de  su  exis- 
tencia, no  se  ven  señales  de  aquella  prodigiosa  activi- 
dad, que  era  una  de  las  principales  dotes  de  su  espíritu. 
Es  muy  verosímil,  que  también  él  buscase  en  Antealta- 
res aquel  asilo  que  con  tan  buen  deseo  había  proporcio- 
nado á  los  demás  (1);  es  decir,  aquel  lugar  de  retiro,  de 
descanso,  de  contemplación  y  de  preparación  al  indecli- 
nable desenlace  de  la  humana  existencia,  al  crítico  mo- 
mento en  que  deshecho  y  descompuesto  el  cuerpo,  se 
desprende  el  alma  como  responsable  ante  la  presenci  a 
de  su  Criador. 

Sin  duda  al  venerable  Prelado  habían  precedido  en 
Antealtares  algunos  de  los  miembros  de  su  numeroso 
Cabildo,  en  el  que  desde  el  año  898  hasta  el  912  ó  913, 
es  decir,  en  el  espacio  de  quince  años,  se  contaron  unos 
setenta  individuos,  á  saber,  además  del  Abad  Gunde- 
sindo,  que  era  el  Presidente,  ó  el  que  ocupaba  la  pri- 
mera silla, 

Abdias  Abad.  Gundisalvo  pbro. 

Adaulfo  diácono.  Hermegildo 

Agustino  presbítero.  Honorico  pbro. 

Alarico  pbro.  Islielmo  diac. 

Alfonso  notario.  loannes  diac. 

Alvito  diac.  Josefo  diac. 


(1)  Parece  que  por  entonces,  debió  fallecer  aquel  varón  de  gran  san- 
tidad, Ataúlfo,  que  era  el  Abad  del  monasterio.  Sandoval  (Cinco  Obispos, 
pág.  255),  cita  un  Privilegio  dado  en  el  año  919  al  Abad  Sancho,  que  servía 
con  sus  monjes  en  la  Iglesia  de  Santiago.  Este  Abad  Sancho,  era  probable- 
mente el  sucesor  de  Ataúlfo. 


250 


LIBRO  SEGUNDO 


Ariulfo  diac. 
Armentario  diac. 
Ascarico  pbro. 
Atanasio  diac. 
Baltimiro  pbro. 
Cresconio  pbro. 
Cresconio  diac. 
Dagaredo  diac. 
Diego  pbro. 
Diego  Alvitez. 
Eccemiro  diac. 
Ederonio  pbro. 
Elias  notario. 
Ermemiro  pbro. 
Ermerote  abad. 
Ero  pbro. 

Fernando  Guntadi. 
Fredo  pbro. 
Froarengo  subdiacono. 
Froarico  diac. 
Frojulfo  diac. 
Gundesindo  Lupelici  diac. 
Guntero  pbro. 
Gabino  pbro. 
García  diac. 
Gradila  abad. 
Guifulfo  diac. 
Gundemaro  pbro. 
Gundisalvo  abad. 


Lugemiro  pbro. 
Mirachio  pbro. 
Mundino  abad. 
Munino  Diaz  diac. 
Munino  diac. 
Oduario  Gutiérrez. 
Pedro  pbro. 
Placedon  diac. 
Justo  pbro. 
Quiríaco  diac. 
Ramiro  diac. 
Romano. 
Sagato  pbro. 
Salamiro  pbro. 
S andino  abad. 
Segeredo  abad. 
Sentario  pbro. 
Sisnando  diac. 
Tedon  diac. 
Teodila  diac. 
Teodomiro  diac. 
Tello  diac. 
Veremundo  diac. 
Viliulfo  pbro. 
Vimara  pbro. 
Visclamundo  pbro. 
Visterla  diac. 
Vistrario  diac. 
Xristoforo  pbro.  (1). 


(1)     Todos  estos  nombres,  y  aún  algunos  otros  que  quizás  pudiéramos 
añadir,  están  tomados  de  los  Privilegios  que  Sisnando  otorgó  con  el  Cabildo 


LOS  TEES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  251 

Esta  era  la  Congregación  capitular  del  Templo  de 
Santiago,  la  Congregación  que  D.  Ordoño  llamaba 
grande,  magna.  Añádase  á  ésta  la  Comunidad  de  Ante- 
altares, que  oficiaba  en  el  mismo  Templo  en  los  altares 
de  San  Salvador,  San  Juan  y  San  Pedro;  la  de  San  Mar- 
tín, que  servía  en  la  capilla  de  Nuestra  Señora  de  la 
Corticela;  la  muchedumbre  de  Sacerdotes  extranjeros  y 
peregrinos  que  afluía  en  las  épocas  más  solemnes  del 
año;  la  turba  de  Clérigos  de  Menores  y  de  ministros,  de 
siervos  que  asistían  en  la  Iglesia;  de  cambiadores,  de 
plateros,  de  azabaclieros  y  de  candeleras  ó  vendedoras  de 
velas,  que  formaban  fila  á  las  entradas;  y  en  virtud  de 
todo  ello  podrá  formarse  alguna  idea  de  la  pompa,  so- 
lemnidad y  concurso  con  que  entonces  debían  de  cele- 
brarse las  principales  fiestas  en  el  Templo  de   Santiago. 

Rodeado  de  tan  numerosa  y  selecta  familia,  fijo  el 
pensamiento  en  el  Gielo,  desasido  el  corazón  de  la  tie- 
rra, iba  contando  Sisnando  los  momentos  que  tardaría 
en  llegar  su  disolución,  que  al  fin  fué,  cual  era  de  esperar 
de  su  vida  y  de  sus  merecimientos.  Su  cuerpo  fué  man- 
dado á  la  tierra  entre  las  lágrimas  y  sollozos  de  sus  hi- 
jos; su  alma  voló  al  Cielo  entre  coros  de  ángeles,  que, 
según  el  Iriense,  le  invitaban  diciéndole:  Ven,  elegido  de 
Dios,  y  entra  en  él  gozo  de  tu  Señor  (1).  La  posteridad  dirá 

á  los  Monasterios  de  Arcos  de  Furcos,  San  Martín  Pinario  y  San  Sebastián 
de  Picosagro.  Los  Abades  serían,  tal  vez,  Canónigos  que  fuesen  superiores 
de  algunos  de  los  monasterios  agregados  á  la  Sede.  En  el  año  905  cuando 
Sisnando  asistió  á  la  dotación,  que  el  20  de  Enero  hizo  D.  Alfonso  III  á  la 
Santa  Iglesia  ovetense,  le  acompañaban  el  Abad  Abdias  (Abdias  dbbas  de 
Seo.  Jacobo)  y  el  Diácono  Gonzalo  (Gundisalvus  diaconus  de  Seo  Jacobo). — 
Véase  España  Sagrada,  tomo  XXXVII,  cap.  XXVII. 

(1)     Postea  vero  venerabilis   vir,   sanctissimüs   Sisnandus   Episcopus 
senio  affectus  moritur.  Sepultus  in  pace  audita  canentium  Angelorum  muí- 


252 


LIBRO  SEGUNDO 


siempre:  ¡Bendita  eternamente  la  memoria  del  Prelado 
insigne,  que  eon  la  santidad  de  su  vida  y  sus  eminentes 
virtudes  y  su  talento  verdaderamente  organizador,  elevó 
á  tanta  alteza  la  Iglesia  del  Patrón  de  España!  (1) 

El  P.  Flórez  (2),  apoyado  en  la  data  de  la  Escritura 
por  la  cual  D.  Ordoño  II  permutó  por  la  de  Láncara  las 
villas  de  Oza  y  de  Arcabria,  coloca  la  muerte  de  Sisnan- 
do  á  principios  del  año  922.  Tanto  la  Gompostehna,  como 
el  Iriense,  la  ponen  en  el  920;  y  esto  es  lo  que  debe  pre- 
valecer, como  luego  veremos. 


titudine  et  dicentium:  Veni  electe  Dei,  et  intra  in  gaudium  Domini  tui.  La 
Compostelana  con  el  esquivo  laconismo,  que  sabe  emplear  á  veces,  solo  dice: 
Era  DGGCC  et  LVIII  idem  Catholicus  Episcopus  in  pace  vitam  finivit. 
(España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  11). 

(1)  El  Arzobispo  D.  Pedro  Elias,  resumió  así  su  elogio  en  un  Diplo- 
ma otorgado  á  San  Juan  da  Coba:  Predecessor  noster  dompnus  Sisnandus, 
sanctissimus  praesul,  quartus  a  primo,  virtute  sanctitatis  praeclarus,  et  ho- 
nor ibus  bonis  ornatus,  primitus  praefatam  ecclesiam  sci.  Iohannis  construxit 
et  ser  vis  Dei  reliquit,  qui  prior  in  ecclesia  bti.  Iacobi  plura  bona  fecit  et 
ordinavit,  cuius  memoria  usque  in  praesentem  diem  nobilis  et  sancta  me- 
moratur. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  112. 


tiiiiitiiiiinrttrit<«tÉttiinitii*t»iittttiiiiitiittiiititiniiiitiiiiiititi*ttiiiii>iiÉt*iiiitiiititii*t*tiiitiiiiiiiiiiiitiiw>it»i**iiiii«*<tii*i***Hiiiiiiiiniiiiiiiiiniiiiiifimitim 


CAPÍTULO  XIII 


Algunos  rasgos  acerca  de  las  ¡deas  religiosas  y  sociales  do* 
minantes  en  aquellos  tiempos  en  nuestra  Diócesis. 


uesto  que  se  trata  de  una  época 
tan  obscura  y  tan  escasa  en  memo- 
•  rias  y  monumentos,  para  que  pue- 
da formarse  alguna  idea  del  estado 
moral  y  religioso  de  aquella  socie- 
dad, creemos  del  caso  reunir  en  un 
capítulo  las  pocas  noticias  que  nos 
quedan  de  fundaciones  ó  restauraciones  de  casas  mona- 
cales de  aquellos  tiempos  en  nuestra  Diócesis. 

El  historiador  es  como  un  viajero,  al  cual  á  veces 
toca  recorrer  áridas  y  extensas  estepas,  en  las  que  sólo 
aquí  y  allá  se  ven  surgir  pequeñas  matas  de  arbustos  y 
ramaje,  que  recrean  la  vista,  refrescan  el  ambiente  é  in- 
terrumpen la  monotonía  del  horizonte.  En  la  historia, 
hay  además  el  atractivo  de  los  recuerdos.  Tal  vez  donde 
hoy  se  alza  una  humilde  ermita,  que  pasaría  inadvertida 


254  LIBBO   SEGUNDO 


á  no  indicarnos  su  carácter  la  mohosa  espadaña  que  la 
corona,  existió  en  otro  tiempo  floreciente  escuela  de  pie- 
dad y  perfección,  en  que  las  almas  puras  aprendieron 
las  sendas  que  conducen  á  la  celestial  mansión.  Tal 
vez  aquella  iglesia  de  agrietadas  paredes  que  se  le- 
vanta solitaria  en  extensa  vega,  señala,  con  el  atrio 
que  la  rodea,  el  solar  que  en  lejana  época  ocuparon  los 
talleres  y  oficinas  en  que  devotos  y  laboriosos  Monjes 
escribían  ó  iluminaban  Códices,  ó  se  entretenían  en  otras 
labores  que  hoy  son  tan  buscadas,  tan  estudiadas  y  apre- 
ciadas. No  es  difícil  que  el  montón  de  escombros  rodea- 
do de  derruidos  muros,  que  surge  al  extremo  de  aquella 
suave  ladera,  oculte  los  únicos  restos  que  nos  quedaron 
de  la  retirada  mansión  en  que  se  reunieron  varias  fami- 
lias para  vivir  unidas  y  reglamentadas,  no  sólo  con  los 
vínculos  de  la  caridad  cristiana,  sino  con  los  que  impone 
el  pacto  y  regla  aceptados  voluntariamente. 

Reinando  D.  Alfonso  el  Católico  (739-756),  ó  D.  Frue- 
la  I  (756-768),  vinieron  á  morar  en  Galicia  Recesvindo 
y  su  mujer  Egila.  Estableciéronse  en  el  extremo  septen- 
trional de  la  Amaía,  cerca  de  un  antiguo  Castro,  y  en 
donde  probablemente  habría  habido  alguna  antigua 
villa  romana,  á  la  sazón  del  todo  abandonada,  y  que 
desde,  entonces,  si  es  que  ya  no  lo  tenía  de  antes,  tomó 
el  nombre  de  Amexeneta  (Ameixenda),  por  las  muchas 
ciruelas  (en  gallego  ameixas),  que  en  ella  se  daban.  Am- 
bos cónyuges  eran  profundamente  religiosos;  y  tan  bien 
supieron  infundir  en  el  corazón  de  su  hija  Calatrudia 
sus  generosos  sentimientos,  que  ésta  no  experimentaba 
sosiego  y  deleite  en  otros  ejercicios,  que  en  los  de  la  pie- 
dad. Y  tanto  pidió  y  tanto  suplicó,  movida  por  celestial 
impulso,  que  obligó  á  sus  padres  á  que  le  edificasen  una 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  255 

iglesia  dedicada  á  las  gloriosas  mártires  Marina  y  Eula- 
lia, de  la  cual  iglesia,  ni  en  vida  ni  en  muerte,  quiso  se- 
pararse, pues  mandó  que  la  sepultasen  al  pie  de  sus 
muros  (1). 

Recesvindo  ó  Recesindo  y  su  esposa  Egila,  tan  cum- 
plidamente satisficieron  los  deseos  de  su  hija,  que  no 
sólo  edificaron  la  iglesia,  sino  que  la  proveyeron  de  or- 
namentos y  de  todo  lo  demás  necesario  para  el  Culto,  la 
dotaron  de  suficiente  hacienda,  y  reunieron  Monjes  que 
la  administrasen  y  sirviesen  (2). 

Algún  tiempo  después  vino  de  Asturias,  á  poblar  en 
Galicia,  el  Conde  Alvito,  y  se  fijó,  con  algunos  de  los 
que  le  acompañaban,  Sumemiro,  Sénior,  Crescencio, 
Teodemiro,  Sumiemiro  y  Aufila.  no  lejos  de  Ameixen- 
da,  pero  al  N.  del  Tambre,  y  en  el  territorio  de  los  Mon- 
tanos ó  Montañeses.  Había  allí,  á  la  falda  del  Castro 
Brión,  una  antigua  villa  llamada  Lentobre,  que  ya  enton- 
ces, por  efecto  de  algún  incendio,  tomara  el  nombre  de 
ustulata  ú  ostulata,  y  que  hoy  se  llama  Vilouchada.  Cerca 
de  ella,  se  levantaba  una  iglesia  dedicada  al  insigne 
mártir  español  San  Vicente,  la  cual  estaba  al  cuidado 
de  una  pequeña  comunidad  de  sacerdotes  y  religiosos. 
Aconteció,  que  sobre  la  propiedad  de  esta  villa  y  otras 


(1)  Sucedió  á  esta  iglesia  la  de  Santa  Marina  de  Ameixenda,  á  unos 
nueve  kilómetros  al  NO.  de  Santiago. 

(2)  «Después  parece,  continúa  el  índice  de  que  hemos  tomado  estas 
noticias,  que  por  tiempo  se  fué  deshaciendo  del  a3'untamiento  y  nú- 
mero de  los  moDjes,  y  vino  á  dar  en  manos  extrañas  y  de  seglares,  y  se  ha 
despoblado  del  todo.  Y  después  de  allí  a  muchos  años,  ha  sucedido  de  los 
sobredichos  (otro  Recesindo  que  con  Eita  monje  y  diácono  otorgante  de  la 
Escritura),  la  reedificó,  pobló  y  plantó  en  tiempo  de  Alonso  V  y  su  madre 
Elvira  y  Vistrario  obispo  compostelano;  y  en  la  era  MLXXXV1I  (año  1049), 
hizo  la  donación  á  los  religiosos  y  religiosas,  que  allí  moraban.» 


256  LIBKO  SEGUNDO 


tierras,  hubo  pleito  entre  los  hijos  de  Kicilano,  — Villoi, 
Avolina,  Astaguerra,  Gasuilde  y  Trasarico —  3^  Vitina;  y 
después  de  varias  sentencias,  arreglos  y  composiciones, 
en  las  cuales  el  Conde  Alvito  conoció  por  comisión  del 
Rey  D.  Alfonso  II,  la  tercera  parte  de  la  referida  villa 
Ostulata,  vino  á  parar  al  dominio  del  Conde,  el  cual  la 
cedió,  por  Escritura  otorgada  en  1.°  de  Septiembre 
de  818,  al  monasterio  d$  San  Vicente  pro  victo  ac  vestito 
sacerdotum  et  monachorum  Dei  in  ista  ecclesia  deservientium, 
sive  pro  luminaria  altar is  sui,  vel  helemosinis  pauperam  fl).  El 
mismo  Conde  Alvito  guardó  por  su  mano  la  Escritura 
en  las  arcas  de  la  iglesia. 

En  la  margen  derecha  del  Ulla,  como  una  legua  más 
abajo  del  lugar  en  donde  este  río  mezcla  sus  aguas  con 
las  del  Deza,  hay  un  valle  estrecho,  pero  amenísimo,  que 
hoy  lleva  el  nombre  de  Donas.  En  remotísimos  tiempos 
hubo  allí  una  iglesia  consagrada  á  los  santos  mártires 
Verísimo,  Máximo  y  Julia;  la  cual  iglesia  era  como  ma- 
dre tierna  y  solícita,  que  acogía  en  su  seno  á  los  fieles 
de  las  cercanías.  En  el  año  854,  según  una  Escritura 
que  vio  Yepes  en  el  archivo  de  San  Pelayo  de  Anteal- 
res  (2),  el  abad  Juan,  los  presbíteros  Vidal  y  Argensio, 
la  monja  Pruvina  con  otros  religiosos  y  religiosas,  que- 
riendo estrechar  más  los  vínculos  que  los  unían  con  aque- 
lla iglesia,  ofrecieron  á  Dios  sus  personas  y  sus  hacien- 
das, y  propusieron  profesar  y  guardar  en  ella  las  reglas 
del  instituto  monacal  (3).  Por  mucho  tiempo  fué  dúplice 


(1)  Véase  la  Escritura  íntegra  en  los  Apéndices,  núm.  I. 

(2)  Coron.  gen.  de  San  Benito,  t.  IV,  al  año  854. 

(3)  Cum  in  unum  duxissemus  vitam  nostram  traddi...  post  Dominum 
in  parte  regulae  Sanctae  sunt  nobis  vel  Patres  nostri,  qui  in  loco  hujus  mo- 
nas terii  in  pace  requiescunt... 


LOS  TBES  PRIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  257 

este  monasterio;  pero  después  quedó  sólo  como  monaste- 
rio de  Monjas,  Donas,  Dueñas,  de  donde  le  vino  el  nom- 
bre de  San  Breixo  (Verísimo)  das  Donas  (1). 

En  la  misma  margen  del  río,  media  legua  más  abajo 
y  casi  en  el  centro  del  profundo  corte  abierto,  fuese  na- 
tural ,  fuese  artificialmente ,  en  la  sierra  del  Pico- 
sagro,  para  dar  paso  al  Ulla,  anidado  en  la  hórrida 
oquedad  del  inmenso  peñasco  que  por  el  lado  derecho 
cierra  la  estrecha  garganta,  existía  desde  muy  antiguo, 
un  monasterio  dedicado  á  San  Juan  Bautista,  que  se- 
guía la  Regla  de  San  Agustín  (2).  En  el  último  tercio 
del  siglo  IX,  gobernaba  esta  casa  el  virtuoso  abad  Pa- 
nosindo,  ó  mejor  Spanosindo,  al  cual  D.  Alfonso  III, 
amenazado  de  continuo  por  las  incesantes  rebeliones  de 
ambiciosos  magnates,  encomendó  que  orase  por  él  y  por 
la  tranquilidad  de  sus  Estados.  (Dominum  pro  nobis  depre- 
care... Et  pro  nostrae  gloriae  tranquillitate  íbi  Donúnum  de- 
preceris).  En  9  de  Agosto  de  883,  confirmóle  en  la  pose- 
sión del  monasterio  y  de  todas  sus  pertenencias,  y  entre 


(1)  De  este  monasterio  no  queda  hoy  más  que  la  iglesia  parroquial  de 
San  Pedro  de  Donas,  que  del  todo  fué  reedificada  en  el  siglo  pasado,  y  que 
de  la  fábrica  antigua  no  conserva  sino  algunos  restos  de  los  antiguos  contra- 
fuertes á  ambos  lados  de  la  fachada.  El  Cardenal  Hoyo,  que  visitó  esta  igle- 
sia á  principios  del  siglo  XVII,  vio  en  una  casa  inmediata  ]a  siguiente  ins- 
cripción sepulcral,  que  después  se  trasladó  á  la  iglesia: 

-+■   HIC  i  REQVIESCIT  :  FAMVLO  i  DI-FROILA  :  CFPN 
DF  i  ERA  i  M.  i  C.  :  XVI  :  K  i  INS. 

Hic  requiescit  fámulo  Dei  Froila,  confessor.  Defecit  era  MCXVI  kalen- 
das  iunias  (á  1.°  de  Junio  del  año  1078). 

(2)  Monasterium  Sci.  Ioannis  in  Eremo,  quod  est  fundatum  in  ripa 
fluvii  Uliae  in  caverna  montis,  quam  dicunt  Montem  Sacrum,  qui  antiqui- 
tus  vocabatur  Elicinus. 

Tomo  II.— 17. 


258 


LIBRO  SEGUNDO 


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LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  259 

ellas,  algunas  iglesias  (que  quizás  serían  las  inmediatas 
de  Santa  Magdalena  de  Puente-Ulla,  San  Nicolás  y  San 
Adriano)  (1)  y  otras  que  había  recobrado  Spanosindo  (2). 
Se  ignoran  los  otros  hechos  en  que  debió  tomar  activa 
parte  este  celoso  Abad;  en  algunos  documentos  de  esta 
época,  aparece  subscribiendo  un  abad  Spanosindo,  pero 
no  puede  asegurarse  que  sea  el  mismo,  que  el  abad  de 
San  Juan  da  Coba,  ó  de  la  Cueva  ó  Caverna  (3). 

Las  iglesias  ofercionales  de  San  Pedro  y  Santa  María 
de  Mosoncio  ó  Mezonzo,  eran  administradas,  con  benepláci- 
to de  D.  Alfonso  III,  por  el  piadoso  abad  Reterico.  Hubo 
en  aquel  sitio  un  antiquísimo  monasterio,  como  lo  indican 
el  sobrenombre  de  Monasterio,  que  ya  entonces  llevaban 
dichas  iglesias  (san.  Petrum  et  sea.  María  Monasterio),  y 
las  marmóreas  columnas  y  capiteles  que  aún  se  ven  en 
las  hermosas  portadas  del  actual  edificio,  que  parece 
elevado  entrada  la  segunda  mitad  del  siglo  XII  (4).  Du- 


(1)  La  situación  de  San  Nicolás,  era  muy  cerca  del  Puente-Ulla;  la  de 
San  Adriano,  en  el  monte  vecino,  que  hoy  lleva  el  nombre  de  Santardao, 
corrupción  del  antiguo  gallego,  Santo  Adrao.  En  los  Ap.  núm.  LXXVIII  se 
mencionan  también  las  iglesias  de  San  Mamed,  San  Jorge  y  San  Vicente. 

(2)  Véase  la  Escritura  en  los  Apéndices,  núm.  XIV. 

(3)  Posteriormente  este  convento  se  unió  con  el  Priorato  de  Sar  de 
Santiago.  A  mediados  del  siglo  XVI  una  gran  avenida  del  río  Ulla  derribó 
la  mayor  parte  del  edificio,  y  desde  entonces  quedó  del  todo  abandonado.  El 
Cardenal  Hoys  aún  alcanzó  á  ver  una  inscripción  grabada  en  una  puerta, 
que  parecía  la  de  la  entrada  de  la  casa  monasterial.  Decía  así: 

E  •  I  •  C  •  LX  •  S  •  F. 

Era  MCLX  (año  1122)  Sancius?  fecit? 

(4)  Nuestro  caro  amigo,  el  señor  D.  Ricardo  Blanco  Cicerón,  guarda 
en  su  riquísimo  museo  dos  capiteles  de  marmol,  que  pudo  recoger  en  aquel 
sitio;  los  cuales,  como  los  de  las  portadas  de  la  iglesia,  acusan  los  siglos  VI 
ó  VIL 


260 


LIBRO  SEGUNDO 


rante  su  vida,  pagó  anualmente  Reterico  á  D.  Alfonso  III 
la  ofercion  por  dichas  iglesias;  y  á  su  muerte,  se  las  dejó 
al  Monarca  con  todo  lo  que  en  ellas  había  adquirido  (1). 
En  el  año  871,  en  virtud  de  un  solemne  pacto,  se 
instaló  en  la  iglesia  de  Santa  María  una  comunidad  de 


Fotografía  de  J.  Limia. 


Fotograbado  de  La-porta. 


Capiteles  de  la  antigua  iglesia  de  Santa  María  de  Mezonzo 
en  el  Museo  del  Sr.  Blanco  Cicerón. 


personas  religiosas  de  ambos  sexos,  que  se  comprome- 
tieron á  seguir  la  regla  trazada  por  los  Santos  Padres 
bajo  el  régimen  del  celoso  abad  Fulcaredo  ó  Fulgaredo, 


(1)     Son  las  iglesias,  que  en  la  Escritura  de  consagración  de  la  Basílica 
compostelaua,  dice  D.  Alfonso,  que  le  donó  en  Presares  el  Abad  Reterico. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  261 

sobrino  del  abad  Reterico,  y  del  presbítero  Pedro  (1 
Los  que  subscribieron  el  pacto  fueron  los  presbíteros 
Pedro,  Unila,  Heldefonso,  Holomo,  Terenciano,  Gendo  y 
Iubando  ;  los  diáconos  Sesemiro,  Recesindo,  Ermildo, 
Visterla,  Ageredo,  Grundesindo,  Greodeberto  y  Sisnando; 
las  monjas  Senderica  y  Aliberta,  con  el  notario  Rano- 
sindo;  y  todos  ellos  se  obligaron  por  medio  de  este  pacto 
y  común  acuerdo  á  abrazar  la  regla  activa  y  á  vivir 
según  los  ejemplos  de  los  Santos  Padres,  á  renunciar  á 
toda  propiedad  y  á  obedecer  humildemente  y  cumplir 
todos  los  preceptos  y  mandatos  del  abad  Fulcaredo,  en 
quien  reconocían,  asimismo,  autoridad  para  castigar  á 
los  negligentes  y  contumaces  con  la  excomunión,  con 
azotes  ú  otras  penas  corporales,  según  la  gravedad  de 
la  culpa  (2). 

En  el  mismo  día  del   otorgamiento  de  la  Escritura, 


(1)  La  situación  de  esta  iglesia  se  determina  así  en  la  Escritura  de 
convenio:  In  villa  ubi  dicunt  Nantone,  ubi  est  baselica  fúndala,  quod  dicüur 
Monasterio,  iuxta  fluuio  Tamare...  En  la  donación  hecha  por  Reterico  á  Al- 
fonso III,  se  añade:  ínter  Presares  et  Montanos. 

(2)  Véanse  los  Apéndices,  núm.  VIII  y  IX. — Estos  pactos  eran  entonces 
frecuentísimos  en  Galicia,  y  se  redactaban  con  arreglo  á  la  fórmula  que  dio 
San  Fructuoso  al  fin  de  su  Regula  monástica  communis  (Migne,  Patrol.  lat., 
tomo  LXXXVII,  col.  1.127-1.130). 

A  pesar  del  celo  y  sabiduría  con  que  el  santo  Metropolitano  de  Braga 
reglamentó  esta  institución,  no  pocos  monasterios  de  los  así  fundados  (que 
en  Galicia  fueron  muchísimos),  degeneraron  pronto  de  la  primitiva  discipli- 
na y  observancia.  Esto  en  gran  parte,  dependió  de  no  haberse  guardado  las 
condiciones  que  San  Fructuoso  había  puesto  en  los  dos  primeros  capítulos 
de  su  Regla:  I.  TJt  nullus  praesumat  suo  arbitrio  monasteria  faceré,  nisi 
communem  collationem  consuluerit1  et  hoc  Episcopus  per  cañones  et  regulam 
confirmaverit. — II.  TJt  praesbyteri  saeculares  non  praesumant  ábsque  Episco- 
po,  qui  per  regulam  vivit  aut  consilio  Sanctorum  Patrum,  per  villas  monaste- 
ria construere. 


262  LIBEO  SEGUNDO 


5  de  Junio  de  871,  Fulcaredo  había  adquirido  para  su 
iglesia,  por  donación  del  abad  Sigerico,  ciertas  villas 
entre  el  Miño  y  el  Ladra,  en  la  Diócesis  de  Lugo,  y  ade- 
más, la  proveyó  de  cortinas,  cruces,  campanas,  cálices, 
patenas,  coronas,  candeleros,  libros,  vestiduras  de  lana 
y  de  lino,  etc..  (1). 

En  el  año  867,  por  muerte  ó  renuncia  de  Sabarico  I, 
fué  electo  y  consagrado  Obispo  de  Dumio,  Rudesindo  I, 
el  cual,  como  ya  hemos  dicho  en  otra  parte  (2),  había  pa- 
sado algún  tiempo  observando  la  vida  monacal  en  el  mo- 
nasterio de  San  Vicente  de  Almerezo,  sito  en  la  comarca 
de  Bergantiños  (3).  Elevado  Rudesindo  á  la  dignidad  epis- 
copal, quiso  demostrar,  de  un  modo  palpable,  que  en  el 
afecto  quería  continuar  siendo  Monje  y  servir  á  su  mo- 
nasterio, como  lo  había  hecho  hasta  entonces.  El  7  de 
Mayo  del  referido  año  867  hizo  testamento,  y  en  él  lega 
al  monasterio  el  propio  lugar  de  Almerezo,  que  había 
heredado  de  su  tío  Gravinio.  y  las  tierras  que  tenía  en  el 
lugar  de  Seretio  (4).  Deja  á  sus  hermanos  y  sobrinos  las 
granjas,  pomares  y  viñas  que  tenía  en  la  parroquia  ve- 
cina de  San  Martín  de  Cores.  En  lo  restante  de  sus  bie- 
nes instituye  herederos  á  sus  siervos  y  siervas,  á  los 
cuales  ya  había  dado  la  libertad.  Nombra  testamenta- 
rios á  sus  hermanos  y  sobrinos,  para  que  á   su  falleci- 


(1)  Véanse  loa  Apéndices,  núm  X. 

(2)  Página  180. 

(3)  Hoy  es  la  iglesia  de  San  Vicente  da  Qraña  (aunque,  á  lo  que  pare- 
ce, edificada  en  distinto  sitio),  anejo  de  San  Tirso  de  Cospindo.  Quedó  redu- 
cido á  esta  condición  después  de  la  exclaustración  de  los  Regulares;  pues 
antes  era  priorato  y  granja  (de  donde  vino  el  nombre  de  Qraña),  del  monas- 
terio cisterciense  de  Sobrado. 

(4)  Cerezo,  lugar  entre  Cospindo  y  la  Grana, 


LOS  TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  263 

miento  se  apoderen  de  todo  lo  móvil  que  hallen  en  sus 
haciendas,  así  ganados,  como  ropas  de  lino,  lana  y  seda, 
tanto  de  cama,  como  de  vestir,  y  lo  empleen  en  sus  fu- 
nerales y  sufragios,  in  meas  missas.  Declara,  no  obstante, 
que  mientras  viva  su  madre  tenga  ella  el  usufructo  de 
todos  estos  bienes.  Firman  como  testigos  los  abades  Gri- 
sulfo,  Palmacio  y  Pelayo,  Patruina  y  Gudigena,  y  Ero, 
Gavinio,  Atanito,  Félix,  Ikila,  Gemundo  y  Baltario  (1). 

Rudesindo  no  renunció  á  trabajar  entretanto  en  pro 
de  su  monasterio,  como  copiando  Códices  y  promoviendo 
todo  cuanto  podía  redundar  en  utilidad  de  sus  antiguos 
hermanos  y  compañeros;  pero  aunque  vivió  unos  treinta 
años  después  del  otorgamiento  de  esta  Escritura,  por  lo 
escaso  de  los  documentos  de  aquella  época,  que  han  lle- 
gado a  nuestros  tiempos,  pocas  noticias  han  quedado 
referentes  á  los  hechos  del  último  período  de  su  vida. 

Pasando  de  Bergantiños  al  vecino  territorio  de  Né- 
mitos  ó  Nendos,  en  un  elevado  risco  que  está  sobre  el  río 
Mandeo  y  como  á  una  legua  corta  al  Sudeste  de  Betan- 
zos,  medio  oculta  entre  peñascos,  se  ve  una  pequeña 
iglesia,  la  de  Santa  Aya  ó  Eulalia  de  Espenuca,  ó  sea 
Spelunca  (2).  De  esta  casa  apenas  nos  queda  más  que 
un  documento,  una  inscripción  grabada  en  una  peña, 
de  la  cual  inscripción,  por  haber  sido  la  peña  deshecha 
como  material  de  construcción,  hoy  sólo  se  conserva  al- 
gún pequeño  fragmento.  La  inscripción,  según  la  publi- 


(1)  Véanse  los  Apéndices,  núm.  VII. 

(2)  La  misma  iglesia,  hasta  la  altura  de  un  metro  próximamente,  está 
excavada  en  la  roca. 


*264 


LIBRO    SEGUNDO 


có  D.  Antonio  de  la  Iglesia  en  la  revista  La  Galicia  (1), 
decía  así: 

IINII ISETEIIETEP^ IN  ALTVS 

IOCVSCOIISRV ESTOoISPEP  DNIIV 

TENDYFOS 


IER 
INO 


+ 


VENIT  CENDVLFVS  PbSPIILIScIO...  NOSCE 

EVLALIE  IV AIS 

KL-DS  MARCIAS  ERA  DCCCCXVIIIL 


Advierte  el  Sr.  La  Iglesia,  que  las  letras  se  hallaban 
ya  muy  gastadas,  y  que  los  dos  últimos  renglones  pare- 
cían posteriores,  y  que  en  éstos  la  fecha  se  conservaba 
muy  clara.  En  vista  de  lo  borroso  del  letrero,  difícil  es 
darle  una  interpretación  exacta  y  completa.  Hay,  sin 
embargo,  algunas  palabras  que  están  bastante  claras,  y 
que  ofrecen  pie  para  poder  por  ellas  sacar  algún  senti- 
do. Lo  que  con  alguna  verosimilitud  puede  leerse,  es,  á 
nuestro  juicio,  lo  siguiente: 

\   In  nomine  Domini templum  in  altus 

locus  consecratum,  ó,  constructum  est  db  eplscopo  domino 

Kendulfo  (2) 


%n  era. 


(1)  Tomo  III,  núm.  24;  La  Coruña  1863. 

(2)  Puede  ser  el  Obispo  Iriense,  Quindulfo  I  ó  II.  (V.  t.  I,  pág.  381), 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  265 

+ 

Venit  Cendulfus  presbyter in  honore  Sánete  Eulalie 

Virginis  et  martyris. 

Kalendas  marcias  Era  DGCCCXVIIII 

(1.°  de  Marzo  de  881)  (1). 

En  este  mismo  territorio  de  Nendos,  en  el  lugar  de 
Aciones,  existía  una  basílica  dedicada  clominis  invktissimis 
ac  triumphatoribíis  gloriosis,  la  Santísima  Virgen,  Madre  de 
Dios,  Santiago  Apóstol,  San  Juan  Bautista  y  San  Mar- 
tín Obispo,  á  la  cual  en  el  año  910  una  piadosa  señora 
llamada  Godoigia,  hizo  donación  de  parte  de  dos  poma- 
res, uno  en  la  aldea  de  Mariniano  que  poseía  con  Alcedo- 
nia,  y  otro  en  la  aldea  de  Morobio  (2).  Subscriben  el  pres- 
bítero Rudesindo,  Froila,  Nebociano,  Africano,  Teodigo 
y  Teodosindo,  probablemente  hijos  de  Godoigia,  y  como 
testigos,  Goimiro,  Gondulfo  y  Flámula. 

Otro  monasterio,  el  de  San  Salvador  de  Cinis,  había 
en  la  misma  comarca,  que  alcanzó  gran  nombradla  por 
la  calidad  de  las  personas  que  lo  fundaron  y  dotaron. 
Fué  fundado  á  principios  del  siglo  X,  ó  mejor  á  fines  del 
antecedente,  por  los  Condes  D.  Aloito  ó  Alvito  y  Doña 
Paterna,  padres  de  D.a  Argilo  ó  Argilona,  la  cual  casa- 
da con  otro  D.  Alvito,  dejó  numerosa  y  muy  renombra- 
da prole.  La  D.a  Paterna,  habiendo  quedado,  á  lo  que  pa- 
rece, viuda,  se  hizo  religiosa,  deovota,  y  consagró  todos 
sus  pensamientos  y  cuidados  á  dotar  convenientemente 


(1)  Con  el  tiempo  este  monasterio  de  Espenuca  pasó  á  ser  priorato  de 
San  Martín  de  Santiago. 

(2)  Es  la  iglesia  de  Santiago  de  Oís.— (Véase  la  Escritura  en  los  Apén- 
dices, núm.  XXIX). 


266  LIBRO    SEGUNDO 


el  monasterio  que  con  su  marido  había  fundado.  Obtuvo 
del  Rey  D.  Ordoño  II  y  de  su  esposa  D.a  Elvira  el  acota- 
miento de  los  términos  del  monasterio,  que  eran  tan  ex- 
tensos, que  comprendían  las  parroquias  de  Cuiña,  Salto, 
Mandayo,  Cullergondo  y  Vívente,  y  después  de  señalar- 
los, lo  entrega  todo  al  abad  Sabarico,  et  omni  congregationi 
sub  regula  Sancti  Benedicti  vobiscum  consistenti  (1). 

La  hija  de  D.a  Paterna,  D.a  Argilona,  prosiguió  dis- 
pensando el  mismo  favor  y  protección  al  monasterio  de 
Cinis.  En  el  año  915,  advirtiendo  que  por  descuido  de 
los  Monjes  había  desaparecido  del  Tesoro  de  la  Iglesia  la 
Carta  de  fundación  otorgada  por  sus  padres,  procuró  ella 
remediar  la  falta  dando  otra  nueva,  de  la  cual  se  conser- 
va un  ejemplar  bastante  borroso,  en  la  Biblioteca  de  la 
Universidad  compostelana,  entre  los  Documentos  proce- 
dentes de  San  Martín.  Demarca,  pues,  con  su  marido 
Don  Alvito  los  términos  del  monasterio,  y  dona,  además, 
diez  vacas  con  su  toro,  cinco  yeguas,  diez  ovejas,  diez 
(cerdos?...)  gagnabe,  antemanam,  tapete,  plomazios  cum  suas 
Uniólas,  y  á  un  mancebillo  y  á  una  mancebilla,  mancipél- 
lum  et  mancipellam,  Lopillo  y  Elina.  Otrosí,  añadió  como 
ofrenda  al  monasterio,  un  servicio  de  plata  para  la  mesa, 
á  saber,  fisorio,  fertoria,  troterion,  coliare,  cell....  Subscriben 
los  cuatro  hijos  varones  que  había  tenido  de  D.  Alvito, 
á  saber,  el  abad  Grundesindo,  presidente  de  la  Canónica 
compostelana,  que  fué  inmediato  sucesor  de  Sisnando  I 
en  la  Sede,  y  los  Condes  Arias,  Gutierre  y  Hermenegildo, 
padre  este  último  del  Obispo  compostelano  Sisnando  II. 


(1)  Entre  los  Documentos  procedentes  del  monasterio  de  San  Martín, 
que  se  guardan  en  la  biblioteca  de  la  Universidad,  hállase  un  extrato  de 
esta  Escritura. 


LOS  TEES    PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         267 

No  fueron  menos  ilustres  los  fundadores  ó  restaura- 
dores del  monasterio  de  Santa  María  de  Cambre,  á  me- 
diados del  siglo  IX,  en  la  misma  comarca  de  Nendos,  á 
saber,  el  Conde  Alvito,  Vistiberga,  Urraca  y  Odrocia, 
hermanos  todos,  á  lo  que  parece,  de  aquel  noble  Conde 
Pedro,  que  desbarató  á  los  Normandos  en  su  segunda 
venida  á  Galicia.  Entre  las  muchas  haciendas  concedidas 
por  ellos  al  monasterio,  citaremos  las  villas  de  Calambre 
(Cambre),  Elviña  y  Leira,  la  iglesia  de  Santiago  de  Ci- 
driales  (Sigrás);  la  villa  de  Caurio  (Coiro)  en  Céltigos;  la 
iglesia  de  Roo  en  Entines;  la  de  San  Pedro  de  Bona  (Boa), 
la  villa  de  Taramancos  cerca  de  Noy  a,  etc.  Depositó  Al- 
vito  las  Escrituras  de  todas  estas  donaciones  en  la  iglesia 
de  Oviedo;  pero  después  los  Monjes  se  vieron  precisados 
á  recoger  estos  títulos,  ofreciendo  á  D.  Alfonso  III  500 
sueldos  de  plata  para  sacarlos.  Fueron  también  bienhe- 
chores de  este  monasterio  Hermenegildo  é  Iberia,  hijos 
del  Conde  Pedro,  que  después  aparecieron  complicados 
en  las  rebeliones  contra  D.  Alfonso  III.  Hacia  el  año  942, 
Ghitier  y  Alvito,  descendientes  laterales  de  los  fundado- 
res, agregaron  este  monasterio  al  de  Antealtares  de  San- 
tiago (1). 

Siguiendo  más  al  Norte,  en  el  territorio  de  Trasancos, 
que  entonces  pertenecía  á  la  Diócesis  compostelana,  ha- 
llaríamos al  monasterio  de  San  Martín  de  Jubia,  en  el 
cual,  como  hemos  dicho,  estuvo  retirado  el  Obispo  de 
Lamego,  Argemiro.  Muerto  éste,  vivió  aquí  honesta  y 
santamente  su  sobrina  Elvira  en  compañía  de  otras  mu- 
chas religiosas.  Por  este  tiempo  una  poderosa  señora,  lla- 
mada Visclavara  Vistruariz,  viuda  de  Tello,  donó  consi- 


(1)    Véase  Yepes,  Coron.  gen.  de  San  Benito,  t.  V,  fol.  73. 


268  LIBBO  SEGUNDO 


derables  haciendas  al  monasterio,  y  entre  ellas,  la  igle- 
sia de  San  Jorge  de  Modesti,  hoy  Moeche.  Al  señalar  los 
términos  del  monasterio,  cita  una  ciudad  antigua  que  es- 
taba en  la  cumbre  del  monte  de  Jubia  (1). 

No  lejos  de  Almerezo,  en  la  villa  de  Corissumarlo 
(Cores),  había  un  grupo  de  iglesias  dedicadas  á  San 
Tirso,  á  San  Martín  y  á  los  Santos  Julián  y  Basilisa,  en 
las  cuales  prestaba  culto  una  comunidad  de  Monjes  y 
Sacerdotes  (2).  En  el  año  860,  á  14  de  Diciembre,  cua- 
tro hermanos,  Helaguncia,  Pelayo,  Baroncelo  Alvino  y 
Visclavara,  hijos  de  Hermiario  y  Groldrogotona,  hicieron 
donación  á  dicha  Comunidad  de  parte  de  un  pomar  en 
Corissumario,  junto  á  la  iglesia  de  San  Martín,  y  de  una 
granja  entre  Castro  y  Nemeño,  con  sus  casas  y  las  viñas 
y  pomares  que  allí  había  plantado  cierto  colono  llamado 
Félix,  para  que  los  Monjes  y  Sacerdotes  lo  posean  todo 
en  comunidad,  sicut  docet  regular is  ordo,  et  canónica  docet 
sententia. 

De  otro  contrato  solemnísimo  y  original  de  vida 
regular  (pactum  regulae),  hecho  en  la  iglesia  de  San  Ve- 
rísimo  de  Arcos  de  Furcos  en  el  año  898,  se  conserva  un 
notable  fragmento  en  la  Biblioteca  de  la  Universidad 
compostelana,  entre  los  documentos  procedentes  del  mo- 
nasterio de  San  Martín  (3).  En  el  respaldo  del  documen- 
to un  Archivero  de  dicho  monasterio  escribió  en  el  siglo 
pasado  lo  siguiente:  «De  esta  Escritura  se  da  noticia  en 
el  primer  tomo  del  Archivo  abreviado,  folio   67,  por  es- 


(1)  Argaiz,  La  Soledad  laureada,  t.  III,  pág.  103  y  475. 

(2)  En  la  actualidad,  los  monasterios  del  célebre  monte  Athos  aún 
cuentan  numerosas  iglesias  y  capillas;  algunos  hasta  treinta  ó  más. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XXIII. 


LOS  TRES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         269 

tas  palabras:   «Donación  que  hicieron  á  Adaulfo  abad 
»Sisnando  y  Tructesindo  y  Gudesteo  y  Fortunio  y  Ana- 
»gildo  y  Formisario,  presbíteros,  de  todos  y  cualesquiera 
» bienes  que  ellos  pareciere  tener  por  herencia  de  sus  pa- 
»dres,  asi  muebles  como  raices,  villas,  pomares,  bosques, 
»jomentos,   animales,   bueyes  y   vacas  y  casas  y  otras 
> cualesquiera  cosas,  y  esto  para  que  lo  tenga  la  iglesia 
»de  San  Martín  de  Arcos,  que  sus  abuelos  edificaron,  y 
»los  monjes  que  allí  habitaban.  Lo  que  asimesmo  le  dan 
» con  sus  libros  y  ornatos  y  con  sus  casas  y  con  lo  a  ello 
» perteneciente  cierto  tiempo  y  después  sea  tenedor  de 
»todo  ello  el  sobredicho:  su  fecha  Era  DCCCCXXVI.» 
Hay  otra  noticia  en  otro  libro  en  cuarto,  algo  más  an- 
tiguo que  el  antecedente,  que  al  folio  8,  dice  así:  «Iten 
»una  donación  que  hacen  seis  hermanos  y  una  hermana 
»al  abad  Adulfo  dándole  todo  cuanto  tenían;  se  metie- 
ron ellos  en  religión  en  el  monasterio  y  ella  se  quedó 
>con  alguna  poca  hacienda  que  le  quedó.  Lo  que  dieron 
»al  dicho  Abad  fué  su  iglesia  de  San  Breixo  o  Berisimo 
»y  San  Martín  que  es  todo  una  iglesia,  y  dice  que  fué 
» fundada  por  sus  abuelos  en  tierra  de  Gralicia  en  los  con- 
» fines  de  Iria,  en  la  aldea  de  Arcos  acerca  de  las  Aguas 
»  Calientes,  que  agora  llaman  los  Baños  de  Caldas  de  Cun- 
áis (1)  debajo  del  monte  de  la  Mora,  y  más  dan  toda  su 
> hacienda,  quanta  tenían  enteramente  al  abad  Adaulfo 
»y  á  los  Monjes  y  no  habla  que  lo  da  a  monasterio  sino 
»al  abad  Adaulfo  y  á  los  monjes  que  con  el  vivían  en 
>vida  santa;  y  entiendo  que,  pues  esta  iglesia  está  junto 
»á  San  Miguel  de  Couselo,  debía  entonces  de  ser  este 


(1)     Las  Thermae  ó  Aquae  calidae  de  otros  documentos. 


270  LIBRO  SEGUNDO 


»Adaulfo  abad  de  allí;  y  así  será  esta  donación  á 
»él.  Confirma  esta  donación  el  obispo  Sisnando, 
Era  DCCCCXXXII»  (1). 

Ocho,  según  el  original,  y  no  siete  son  los  firmantes 
del  pacto  ó  contrato,  de  la  Escritura  de  concesión  y 
aceptación  de  la  regla  (Kartula  concessionis  et  regala  tra- 
ditionis),  á  saber:  los  presbíteros  Sisnando,  Tructesindo, 
Gudesteo  y  Anagildo,  Fortunit,  Fr(umario?)  y  Vegito,  y 
la  monja  (deovota)  Fradegunda.  Después  de  los  otorgantes 
subscribe  el  Obispo  compostelano  Sisnando  con  la  co- 
munidad capitular  de  Santiago  (cum  comuni  conlatione 
sancti  lacóbi). 

La  próxima  comarca  Saliniense  conservaba  aún  vivos 
los  recuerdos  de  la  estancia  en  ella  del  Metropolitano  de 
Braga,  San  Fructuoso,  y  se  hallaba  no  menos  favo- 
recida de  santuarios  y  monasterios,  que  mantuviesen 
siempre  en  vigor  entre  el  pueblo  el  ejercicio  de  la  pie- 
dad, y  la  práctica  de  las  virtudes  morales  y  sociales,  que 
entraña  la  doctrina  eminentemente  civilizadora  del  Ca- 
tolicismo. Citaremos  como  más  inmediato,  al  monasterio 
de  San  Salvador  de  Lérez,  fundado  y  regido  á  principios 
del  siglo  X  por  el  abad  Gruntado,  á  quien  en  el  año  916 


(1)  En  tres  equivocaciones  incurrió  el  autor  de  este  extracto:  primera, 
confundir  el  monasterio  de  Couselo  con  el  de  San  Verísimo  de  Arcos;  se- 
gunda, suponer  que  Fradegunda,  que  así  se  llamaba  la  hermana  á  que  alude 
el  autor  del  extracto,  se  había  quedado  sola  con  alguna  parte  de  la  herencia, 
siendo  así  que  ella  misma  en  su  suscripción  dice  lo  contrario:  fradegunda 
deouota  uobis  abbati  meo  domno  addaulfo,  sicut  me  iam  dudum  uobis  et  eccle- 
sie  sci.  Verissimi  tradidi  cum  omnia ita  modo  per  textum  scripture ira- 
do...; tercera,  leer  Era  DCCCCXXXII,  en  lugar  de  DCCCCXXXVI, 
que  trae  el  original.  También  el  autor  del  primer  índice  citado,  suprimió 
una  X  en  la  fecha. 


LOS  TEES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELANA  271 

otorgó  el  Rey  D.  Ordoño  con  consentimiento  del  Obispo 
Sisnando  I,  amplios  privilegios  y  exenciones. 

El  monasterio  de  San  Juan  del  Poyo,  se  enorgullecía 
de  haber  sido  fundación  de  San  Fructuoso,  y  en  el  siglo 
VII  ú  VIH  había  sido  ilustrado  por  la  vida  inmaculada 
y  prodigiosa  de  Santa  Trahamunda,  cuyo  sepulcro  se 
conservó  por  mucho  tiempo  en  la  iglesia. 

A  mediados  del  siglo  IX,  el  magnate  Grundilano  Grun- 
desindiz  dona  al  monasterio  de  Callago  (Calogo),  y  á  su 
abad  Viliato,  el  cual  monasterio  había  sido  también  fun- 
dado por  San  Fructuoso,  la  iglesia  de  San  Cornelio  y 
San  Cipriano,  que  él  había  edificado  en  un  lugar  próxi- 
mo, y  dotado  de  vasos  sagrados  y  de  los  ornamentos  sufi- 
cientes para  el  Caito.  Subscribe  la  donación  el  abad  Vi- 
liato cum  collegio  fratrum  y  otras  muchas  personas.  En  el 
año  929,  D.  Alfonso  IV  y  el  Obispo  compostelano  Her- 
menegildo, enriquecieron  este  monasterio  con  nuevas  do- 
naciones. 

Podríamos  prolongar  indefinidamente  esta  larga 
enumeración,  exponiendo  otras  muchas  análogas  enér- 
gicas manifestaciones  de  la  vida  profundamente  religio- 
sa en  la  Diócesis  compostelana;  pero  esto  ocasionaría,  á 
no  dudarlo,  tedio  y  cansancio.  Hay,  sin  embargo,  otras 
dos  iglesias  rurales  que  por  la  importancia  de  los  monu- 
mentos que  contienen,  no  deben  omitirse  en  esta  árida  y 
escabrosa  reseña.  Nos  referimos  á  la  iglesia  de  San  Mar- 
tín de  Churío,  anejo  de  Santa  María  de  Mantaras,  en  el 
partido  judicial  de  Betanzos,  y  á  la  de  San  Salvador  de 
Sietecoros  en  el  de  Caldas  de  Reyes. 

En  la  pared  de  la  de  San  Martín  de  Churío,  hállase 
incrustada  por  la  parte  de  afuera  una  losa  rectangular, 
excavada  algún  tanto  en  el  centro  y  dejando  de  realce, 


272  LIBBO  SEGUNDO 


alrededor,  una  especie  de  faja  ó  marco.  En  el  campo  ex- 
cavado, está  representada,  de  relieve,  una  cruz  de  bra- 
zos casi  iguales.  De  los  brazos  horizontales,  penden  las 
letras  griegas  alfa  y  omega;  y  sobre  los  mismos  vense  es- 
culpidos como  unos  candelabros  de  tres  mecheros.  En  el 
marco,  está  grabada  una  inscripción  interrumpida  por 
cuatro  palmetas,  una  en  cada  esquina;  la  cual  inscrip- 
ción, según  la  copia  que  hemos  visto,  parece  decir: 

EMANVEL  NOVISCVM  EST  P 
SV  ARA  EIVS  :  S  :  MARTINI  EPI :  ET  Co(nfessoris?) 

Es,  sin  duda  alguna,  una  ara  de  la  época  de  los  sue- 
vos, hecha,  quizás,  al  tiempo  en  que  comenzó  á  exten- 
derse en  Galicia  el  culto  de  San  Martín  con  motivo  de 
las  Reliquias  enviadas  al  Rey  Camarico. 

De  la  antiquísima  iglesia  de  Sietecoros  (1),  se  con- 
servan tres  ó  cuatro  columnas  de  mármol  de  unos  dos 
metros  de  alto,  con  varios  hermosos  capiteles  de  forma 
casi  clásica,  y  bases  de  la  misma  materia,  y  algunas 
dovelas  de  ladrillo,  unidas  aun  por  el  cemento.  Trátase, 
pues,  á  lo  que  parece,  de  una  Basílica  del  siglo  III  ó  IV, 
destruida  al  tiempo  de  la  irrupción  de  los  bárbaros. 

Aun  nos  sentimos  tentados  á  abusar  por  más  tiempo 
de  la  paciencia  de  nuestros  lectores,  haciendo  mención 
aquí  de  un  notable  documento,  que  por  más  que  no  se 
refiera  á  edificantes  escenas  de  la  vida  regular  y  mona- 
cal, refleja,  sin  embargo,  vivamente  las  costumbres  y  las 
ideas  dominantes  en  aquella  época  en  otro  orden  de  per- 
sonas é  instituciones.  En  el  año  887,  un  galán  aristócrata, 


(l)     El  edificio  actual   comenzóse   hacia  el  siglo  XVI.  La  fachada  se 
terminó  en  1701. 


LOS  TBES  PRIMEKOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  273 

Sisnando,  discretamente  enamorado  de  una  noble  y  be- 
llísima doncella,  para  hacer  ver  con  cuanta  satisfacción 
estrechaba  aquella  virginal  mano  á  la  que  con  tanta 
ansia  había  aspirado  y  que  consideraba  como  un  don 
del  Cielo,  hizo  extender  al  presbítero  Vianamundo  (Vis- 
clamundo?),  la  carta  de  dote  en  la  que  todo  se  le  hizo 
poco  para  ofrecer  como  regalo  á  su  amada  Aldonza.  Dó- 
nale diez  pajes  y  diez  doncellas;  veinte  caballos  y  una 
muía  ricamente  enjaezada;  cincuenta  yeguas  con  su  po- 
tro; cien  vacas;  veinte  pares  de  bueyes;  quinientas  cabe- 
zas de  ganado  menor;  cuatrocientos  sueldos  de  oro  para 
el  tocado  y  vestidos;  treinta  granjas  sitas  en  las  comar- 
cas de  Nendos,  Montaos,  Presares  y  junto  al  Miño, 
y  además  la  décima  de  toda  su  hacienda  para  que  de 
todo  dispusiese  ella  á  su  libre  albedrío.  Firman  la  Es- 
critura los  abades  Cissila  y  Hermildo,  como  confirman- 
tes, y  once  testigos,  nueve  varones  y  dos  mujeres  (1). 


-*«§»«4*~ 


(t)     Véanse  Apéndices,  núm.  XX. 
Tomo  II.— 18. 


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CAPITULO  XIV 


Sucede  á  Sisnando  I  D.  Gundesindo.  — Sus  gestiones  para  ad- 
quirir el  monasterio  de  Santa  Columba  en  tierra  de  Bando. 
—  Su  muerte. 


odo  en  lo  creado  está  sujeto  á 
decadencia  y  á  defección.  El  mis- 
mo astro  esplendoroso,  fuente  in- 
agotable de  luz  y  de  calor,  pade- 
ce eclipses  que  por  más  ó  menos 
tiempo  empañan  su  resplandor,  y  deslucen  su  claridad. 
Y  sucede  con  frecuencia  que  en  el  mismo  momento  en 
que  se  pisa  la  cumbre  de  la  grandeza,  se  abre  por  modo 
inevitable  el  camino  del  descenso,  del  decaimiento,  de 
la  flojedad,  del  abatimiento. 

En  el  año  920,  á  18  de  Mayo,  D.  Ordoño  II  otorgó  á 
la  Iglesia  de  Santiago  un  Privilegio,  en  el  que  refiere, 
que  el  presbítero  Scissa  había  hecho  donación  por  Escri- 
tura á  la  Reina  D.a  Jimena  de  toda  su  hacienda  en  la 
cual  se  incluían  varias  villas  con  iglesias  y  monasterios. 
Pasado  algún  tiempo,  el  mismo  presbítero  hizo  nueva  do- 


276  LIBEO  SEGUNDO 


nación  de  todos  estos  bienes  á  la  Iglesia  de  Santiago. 
Esta  segunda  donación  era  á  todas  luces  nula,  porque 
D.a  Jimena  había  aceptado  la  primera;  sin  embargo,  Don 
Ordoño  por  hacer  bien  por  el  alma  de  su  madre,  de  los 
bienes  donados  por  Scissa,  cede  la  villa  de  Pelayo,  entre 
los  ríos  Parga  y  Láncara  en  la  Diócesis  de  Lugo,  con  la 
iglesia  de  San  Martín,  y  con  los  libertos  que  cultivaban 
dicha  villa  (1). 

Debía  de  hallarse  vacante  á  la  sazón  la  Sede  de  San- 
tiago, porque  D.  Ordoño  en  el  Diploma  no  se  dirige,  según 
era  costumbre,  al  Prelado,  sino  en  general  al  Sacratissimo 
Licgar  de  Santiago.  Dedúcese  de  esto,  que  en  18  de  Mayo 
de  920,  ya  había  fallecido  Sisnando,  y  que,  por  consi- 
guiente, había  que  tratar  de  designarle  sucesor.  Pero, 
¿quién  podría  ocupar  dignamente  aquella  Silla  que  por 
tantos  años  había  ilustrado  y  ennoblecido  el  gran  Sisnan- 
do con  tantos  y  tan  esclarecidos  hechos?  La  persona  más 
significada  parecía  el  abad  Gundesindo,  presidente  ó 
Prior  de  la  Canónica,  hijo  del  Conde  Alvito  y  de  la  pia- 
dosísima Condesa  D.a  Argilona,  patronos  y  bienhecho- 
res insignes  del  monasterio  de  San  Salvador  de  Cinis. 
Abrazó  Gundesindo  desde  muy  joven  la  carrera  ecle- 
siástica, y  debe  de  ser  uno  de  los  dos  Diáconos  Grundesin- 
dos  que  subscribieron  en  el  año  898  el  Privilegio  otorga- 
do por  Sisnando  al  monasterio  de  San  V erísimo  de  Ar- 
cos (2).  Diez  ó  doce  años  después  ocupó  con  título  de 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLIII. 

(2)  El  Cronicón  Iriense  indica  que  en  un  principio  había  seguido  la 
milicia.  Quizás  en  esto  aluda  á  la  administración  y  gobierno  que  Gunde- 
sindo tuvo  del  Condado  del  Picosagro;  los  cuales  cargos  solían  conferirse  á 
caballeros  y  hombres  de  armas. 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         277 

Abad  (1),  la  primera  Silla  en  el  Cabildo;  que  antes,  á  lo 
que  parece,  había  tenido  el  abad  Spanosindo. 

Era  persona  del  agrado  del  Rey  D.  Ordoño;  el  cual  le 
había  dado  la  administración  del  Condado  del  Picosagro, 
y  en  el  año  917,  á  20  de  Enero,  le  donó  las  villas  de 
Cela  (2),  Pravio  y  Paiaragio,  de  las  cuales  Espasando  y 
Renfurco  habían  hecho  Escritura  á  los  Reyes  D.  Alfon- 
so III  y  D.a  Jimena,  que  las  legaron  á  D.  Ordoño  (3). 
En  1.°  de  Octubre  del  referido  año  920  ya  estaba  consa- 
grado Obispo,  pues  como  tal  subscribe  la  donación  que  en 
dicho  día  hizo  San  Genadio  á  los  Monjes  y  Anacoretas 
del  Bierzo  (4). 

A  principios  del  año  922,  vino  D.  Ordoño  á  Santia- 
go, á  lo  que  parece,  á  recomendar  por  sí  mismo  que  se 
hiciesen  sufragios  por  su  difunta  esposa  D.a  Elvira,  y  á 
ofrecer  ante  el  altar  del  Santo  Apóstol  nuevos  testimo- 
nios de  su  piedad  y  de  su  devoción.  Después  de  referir, 
como  en  cambio  de  la  villa  Láncara  que  había  legado 
su  hermano  D.  Gonzalo,  había  él  ofrecido  las  de  Oza  y 
la  de  Arcabria  (o),  añade,  que  deseando  ampliar  esta  do- 
nación, ofrece  otra  villa  en  Arcabria,  que  también  había 
sido  de  una  señora  llamada  Elvira,  y  que  á  la  sazón 
poseía  su  hijo  el  Infante  D.  Sancho.  Cedió,  además,  los 


(1)  El  título  de  Deán  no  se  introdujo  en  Santiago  hasta  mediar  el 
primer  tercio  del  siglo  XII. 

(2)  Esta  villa  de  Cela,  es  la  que  en  un  principio  había  dado  D.  Ordo- 
ño  á  la  Iglesia  de  Santiago  en  cambio  por  la  de  Láncara.    (Véase  pág.  246). 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLI. 

(4)  España  Sagrada,  tomo  XVI,  Apéndice  núm.  III. — La  Compostela- 
na  da  á  entender  que  en  su  elección  debió  suceder  algo  de  irregular  y  anó- 
malo. Así  lo  indican  aquellas  palabras:  Quah'cumque  modo  succedens, 

(5)     Véase  pág.  246. 


278  LIBEO    SEGUNDO 


derechos  que  correspondían  al  fisco  sobre  los  habitantes 
de  dichas  villas,  y  por  mano  del  Obispo  Gundesindo, 
presentó  como  ofrenda  ante  el  altar  de  Santiago,  ade- 
más de  varios  Códices  para  uso  de  la  Iglesia,  dos  ricas 
joyas,  un  cinturón  de  oro,  adornado  con  primoroso  tra- 
bajo de  piedras  preciosas,  y  otra  á  que  da  el  nombre  de 
limace  ó  lunace,  también  de  oro  cincelado  y  realzado  con 
piedras  de  gran  valor.  Cada  una  de  ellas  estaba  valua- 
da en  500  sueldos.  Datóse  la  Escritura  de  donación,  en 
27  de  Febrero  de  922  (1). 

En  9  de  Marzo  del  mismo  año,  subscribió  Gundesindo 
la  donación  de  la  iglesia  de  Santa  Marina  de  Puerto- 
marín,  hecha  por  el  Obispo  de  Lugo,  Recaredo,  al 
Conde  D.  Gutierre  Menéndez  (2).  Con  el  Prelado  de 
Lugo,  Recaredo,  había  tenido  antes  una  cuestión 
Gundesindo ,  sobre  los  Condados  de  Pruzos  y  Be- 
soucos,  que  se  ventiló  en  León,  en  presencia  de  los  Re- 
yes D.  Ordoño  y  D.a  Elvira  y  de  los  Obispos  Fronimio 
legionense  y  Fortis  asturicense  y  de  otras  muchas  per- 
sonas, así  seglares  como  eclesiásticas.  Esta  cuestión  no 
afectaba,  como  pudiera  creerse,  á  los  términos  de  la  Dió- 
cesis compostelana,  sino  á  ciertos  derechos  políticos  y  ci- 
viles sobre  los  habitantes  de  dichos  commisos  ó  Conda- 
dos (3).  El  fallo  que  pronunció  la  Junta  ó  concilio,  fué 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLIV.  —  En  esta  Escritura  se  apoya  el 
P.  Flórez  para  afirmar  (España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  114),  que  Sis- 
nando  I  vivió  hasta  el  año  922;  mas  la  donación  se  hizo  ya  al  Obispo  Gun- 
desindo; y  el  consentimiento  del  Obispo  Sisnando  que  en  ella  se  cita,  (cum 
consensu  domini  Sisnandi  episcopi),  se  refiere  al  cambio  que  ya  había  hecho 
antes  D.  Ordoño  II.  (Véase  pág.  246). 

(2)  Cartulario  de  Celanova,  lib.  III,  fol.  198  vuelto. 

(3)  Así  lo  da  claramente  á  entender  la  sentencia  de  la  Junta  ó  jurado 


LOS  TEES  PRIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELNA  279 

que,  mientras  viviese  Recaredo,  gozase  de  la  mitad  de  las 
rentas  que  en  lo  civil  tributasen  dichos  Condados,  y  que 
á  su  muerte  pasasen  íntegros  al  Señorío  del  Obispo  com- 
postelano  (1). 

A  fines  de  este  mismo  año  922  otorgó  D.  Ordoño  otro 
Diploma  en  favor  de  la  Iglesia  de  Santiago.  A  mediados 
del  siglo  IX,  el  Conde  D.  Gatón  (2),  abuelo  de  D.  Ordo- 
ño,  por  parte  de  su  mujer  D.a  Elvira,  restauró  el  monas- 
terio de  San  Pedro  y  San  Pablo  de  Triacastela,  en  la 
Diócesis  lucense  (3),  á  la  falda  del  Monte  Seiro,  y  le  donó 
la  villa  de  Ranimiro,  con  la  legítima  de  un  Sabarico,  á 
quien  D.  Ordoño  llama  tío  suyo,  y  que  probablemente 
sería  hijo  de  D.  Gatón  y  hermano  de  D.  Bermudo,  pa- 
dre de  la  Reina  D.a  Elvira.  En  el  año  919,  á  22  de  No- 
viembre, el  Rey  D.  Ordoño  con  su  esposa  D.a  Elvira, 
que  consideraban  á  este  monasterio  como  dependencia 
de  su  familia,  lo  proveyeron  de  libros,  ornamentos,  cor- 
tinas, etc..  y  declararon  que  era  su  voluntad  que  su 
iglesia  no  fuese  parroquial,  ni  pública,  sino  exclusiva  de 
los  Monjes,  que  bajo  el  régimen  del  abad  Sancto,  perse- 
veraban militando  en  la  milicia  del  Señor  (4).  Pues  en 
este  Diploma  de  fines  de  922  (de  18  de  Diciembre), 
otorgó  D.  Ordoño  á  la  Iglesia  de  Santiago  este  monaste- 
rio de  Triacastela  con  todo  cuanto  le  pertenecía,  con 
toda  la  vajilla,  mobiliario  é  indumentaria  de  la  iglesia 


de  León,  pues  dice:   Dividimus  homiues  bene,   ut  sint  medii  post  partetn, 
JSci.  Jacobi  et  medii  post  par tem  illius  (Recaredi). 

(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLV. 

(2)  No  Gutón,  como  por  error  se  puso  en  la  nota  de  la  pág.  193. 

(3)  Entonces  pertenecía    á    la    de    León.— Véase  España    Sagrada^ 
tomo  XXXIV,  pág.  225. 

(4)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLII. 


280  LIBBO    SEGUNDO 


y   una   campana   ex   metallo    fusile    (1),    que  allí   habí  a 
puesto. 

Adviértese  en  este  último  documento  que  no  se  hace 
mención  alguna  del  Obispo  Gundesindo.  Por  otro  docu- 
mento del  Cartulario  de  Celanova  (2),  sabemos  que  á  la 
sazón  se  hallaba  ocupado  en  una  empresa,  que  él  sin 
duda  alguna  consideraba  laudable,  pero  que  á  la  verdad 
no  estaba  contenida  dentro  de  los  límites  de  la  pruden- 
cia. Refiere  el  citado  documento  de  Celanova,  que  se 
hallaba  en  Santiago  como  paje  ó  familiar  de  Gundesindo 
(sal)  regimine  domni  Gundesin&i),  un  joven  de  muy  distin- 
guida familia.  Llamábase  Bermudo,  y  era  hijo  del  diáco- 
no Odoino  y  sobrino  de  Oduario,  aquel  gran  campeón 
gallego,  que  por  comisión  de  D.  Alfonso  III,  pobló  y  for- 
tificó buena  parte  de  la  provincia  de  Orense  y  de  la  de 
Trasosmontes  en  Portugal,  y  á  quien  el  interpolador  de 
Sampiro  llama  Conde  de  Castela  y  de  Auria  (Orense). 
Entre  los  cuantiosos  bienes  que  Bermudo  había  hereda- 
do de  su  padre,  contábase  la  antiquísima  iglesia  de  San- 
ta Comba  ó  Columba,  que  había  restaurado  Oduario,  y 
que  aún  hoy  se  conserva,  y  es  uno  de  los  monumentos 
arquitectónicos  más  notables  que  poseemos  (3).  Aconte- 
ció que  sobrevino  grave  enfermedad  á  Bermudo,  que  le 
puso  á  punto  de  muerte;  y  Gundesindo,  que  deseaba 
poseer  la  iglesia  de  Santa  Comba  para  establecer  en 
ella  un  monasterio,  tanto  hizo,  que  consiguió  que  su 
joven  alumno  se  la  donase  por  Escritura.  Al  poco  tiempo 
Bermudo  recobró  la  salud;  pero  se  encontró  sin  la  igle- 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLVL 

(2)  Lib.  II,  núm.  CXLVI. 

(3)  Hállase  en  el  partido  judicial  de  Bande,  cerca  del  río  Limia. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELANA  281 

sia  de  Santa  Comba,  por  la  cual  tenía  él  tanto  interés, 
por  lo  menos,  como  Gundesindo,  y  sobre  la  que  abrigaba 
quizá  el  mismo  pensamiento,  que  el  Prelado.  Juzgó  que 
aquello  había  sido  un  despojo;  pues  decía  que  si  había 
firmado  la  Escritura,  había  sido  contra  su  voluntad,  por 
no  haber  podido  resistir  la  imposición  de  Gundesindo 
(invitissinie,  quod  non  pacifice). 

Había  venido  á  la  sazón  el  Rey  D.  Ordoño  á  Galicia, 
y  había  convocado  un  Concilio  que  se  reunió  en  Lugo 
el  1.°  de  Agosto  de  922  para  tratar  de  la  restauración 
de  la  insigne  abadía  de  San  Julián  de  Samos.  Presentó- 
se en  el  Concilio  Bermudo,  llevando  por  abogado  y  de- 
fensor al  Conde  D.  Gutier  Menóndez,  padre  de  San 
Rosendo;  mas,  á  todo  esto,  se  había  instalado  en  Santa 
Comba  Gundesindo  con  una  comunidad  de  hermanos  ó 
religiosos  (1).  Oídas  las  quejas  de  Bermudo,  resolvió  el 
Rey,  con  el  Concilio,  que  Gundesindo  sólo  podía  perma- 
necer en  Santa  Comba  en  el  caso  de  que  á  Bermudo  le 
pluguiese  vivir  allí  como  religioso  y  reconocerlo  como 
Abad;  que  de  otro  modo,  tenía  que  abandonar  la  casa 
con  toda  su  comunidad,  y  dejarla  libre  al  hijo  de  Odoi- 
no.  Así  se  hizo,  y  Bermudo  quedó  en  pacífica  posesión 
de  la  casa  de  Santa  Comba,  aunque  sin  la  Escritura  de 
donación  que  había  hecho,  y  que  quedó  guardada  en  el 
Archivo  ó  Tesoro  de  Santiago.  Gundesindo  tuvo  que  vol- 
verse con  su  comunidad  á  su  Iglesia  (2). 


(1)  La  Escritura  sólo  dice  suos  fr aires,  que  bien  pudieran  ser  sus  her- 
manos según  la  carne;  pero  es  más  probable  que  se  trate  de  hermanos  de 
profesión,  como  Canónigos,  Monjes  de  Antealtares,  San  Martín,  etc.. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXV. — Por  más  que  no  conozcamos  las 
razones  íntimas  por  qué  en  general  los  Obispos  del  siglo  X  procuraban 
tener  bajo  su  régimen  inmediato  uno  ó  más  monasterios,  el  hecho  era  tan 


282  LIBRO  SEGUNDO 


Este  es  el  último  hecho,  siquiera  frustrado,  que  se 
conoce  de  Grundesindo.  Quizás  quiso  imitar  al  Obispo 
legionense,  Cixila  II,  el  cual,  desde  su  monasterio  de 
San  Cosme  y  San  Damián,  rigió  por  algún  tiempo  la 
Diócesis  de  León  (1).  Grundesindo  tuvo  que  renunciar  á 
hacer  lo  mismo  desde  Santa  Comba;  pero  no  es  difícil 
que  intentase  llevar  á  cabo  su  propósito  desde  otro  mo- 
nasterio. Mas  al  poco  tiempo  un  accidente  inesperado 
cortó  el  hilo  de  su  existencia,  y  por  lo  mismo  la  prose- 
cución de  sus  planes.  Se  ignora  qué  clase  de  accidente 
haya  sido  éste,  pues  la  Compostelana  (2)  únicamente  dice: 
Ex  habitáculo  camis  fertur  acrius  evulsus  fuisse:  acaso  una 
muerte  repentina  ó  violenta;  lo  cierto  es  que  de  la  rela- 
ción de  la  Compostelana  se  desprende  que  falleció  sin  el 
consuelo  de  los  auxilios  espirituales.  Lo  cual  tanto  afec- 
tó á  su  buena  madre,  la  Condesa  D.a  Argilona,  que  casi 
puede  decirse  que  renunció  su  hacienda-  en  beneficio  de 
los  pobres,  y  postrada  noche  y  día  ante  el  altar  de  San- 
tiago, imploraba  con  todo  el  fervor,  con  toda  la  efusión 
de  que  su  gran  corazón  era  capaz,  de  la  infinita  miseri- 


frecuente  en  aquella  época  que  sólo  puede  explicarse  suponiendo  en  todos 
ellos  como  una  necesidad  moral  ó  intelectual,  que  los  obligaba  á  poseer  uno 
ó  más  lugares  de  refugio,  en  que  con  mayor  facilidad  pudieran  satisfacer  las 
aspiraciones  de  su  corazón.  Acabamos  de  ver  cuanto  trabajó  Gundesindo 
para  adquirir  el  monasterio  de  Santa  Columba.  Más  tarde  Sisnando  II, 
además  de  contribuir  eficazmente  á  la  fundación  de  el  de  Sobrado,  que 
él  administraba  por  sí  mismo,  cooperó  á  la  restauración  de  el  de  Cinis. 
San  Rosendo  tenía  á  su  disposición  muchos  monasterios  que  visitaba 
con  frecuencia,  y  defendía  cuando  era  preciso  con  su  influencia  y  la  autori- 
dad. También  San  Pedro  de  Mezonzo  fué  dueño  de  varios  monasterios,  de 
los  cuales  podía  disponer  á  su  voluntad  aún  para  después  de  su  muerte. 

(1)  Véase  España  Sagrada,  tomo  XXXIV,  pág.  20G. 

(2)  España  Sagrada^  tomo  XX,  pág.  11. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  í.  COMPOSTELANA  Ü83 

cordia  de  Dios  Omnipotente,  clemencia  y  salvación  para 
su  hijo.  Y  tanto  se  encendió  su  espíritu  con  el  fervor  y 
con  la  confianza  de  ser  oída,  que  pidió  al  Señor  que  se 
dignase  manifestarle  de  algún  modo,  cuál  era  el  estado 
de  su  Gundesindo.  Así  permaneció  por  algún  tiempo, 
durante  el  cual  su  alimento  era  el  recuerdo  de  su  hijo, 
al  pie  del  altar  del  Apóstol,  y  su  descanso  la  oración  y 
la  contemplación  de  la  Divina  Bondad.  En  una  ocasión, 
á  media  noche,  el  desvelo  y  el  cansancio  cerraron  sus 
párpados  y  la  sumergieron  en  un  letargo,  más  bien  que 
sueño.  En  tal  estado  tuvo  una  visión:  vio  que  un  perso- 
naje venerable  se  acercaba  al  armario  en  donde  se  guar- 
daban los  libros  del  Oficio  Divino,  que  los  cogía  y  que 
les  ponía  fuego.  Despertó  sobresaltada,  y  oyó  una  voz 
que  decía:  Sábete  que  esta  noche  tu  hijo  ha  sido  admitido  á  la 
compañía  de  los  escogidos. 

Antes  de  referir  esto,  había  dicho  la  Compostelana 
que  Gundesindo  más  se  había  cuidado  de  las  cosas  tem- 
porales, que  de  las  espirituales,  y  que  el  tenor  de  su 
vida  no  había  sido  muy  conforme  con  su  carácter  sacer- 
dotal. El  Iriense,  por  su  parte,  dice  que  era  hombre  pro- 
bo, y  que  desde  un  principio  abandonó  la  milicia  y  las 
cosas  del  siglo,  y  que  siempre  estuvo  alejado  de  toda  re- 
lación ilícita.  Lo  que  puede  tacharse  en  Gundesindo  es 
cierta  ligereza  é  inconstancia  en  sus  propósitos,  y  algo 
de  impremeditación  en  concebirlos  é  inmoderado  afán 
en  ejecutarlos. 


(9 


G) 


CAPITULO  XV 


Del  Obispo  D.  Hermegildo.-  La  Iglesia  de  Santiago  durante 
los  reinados  de  D.  Fruela  II,  D.  Sancho  Ordóñez,  D.  Alfon- 
so IV  y  D.  Ramiro  II. 


on  Gundesindo  debió  falle- 
cer á  fines  del  año  923  ó  á 
principios  de  924.  En  28  de 
Junio  de  este  último  año  ya  se  hallaba  consagrado  su 
sucesor  D.  Hermenegildo  ó  Hermegildo,  el  cual  parece 
haber  sido  antes  Canónigo  de  Santiago,  si  es  el  mismo 
que  el  que  con  este  nombre  aparece  en  algunos  Diplo- 
mas de  los  años  911,  912  y  913  subscribiendo  entre  los 
miembros  del  Cabildo  compostelano.  En  el  Diploma  de 
Lérez  del  año  916,  subscribe  el  diácono  Hermegildo  Si- 
geredo,  que  sin  duda  es  nuestro  Obispo. 

Malos  tiempos  tocaron  á  D.  Hermegildo;  tan  malos, 
que  la  Monarquía  leonesa  estuvo  al  borde  de  su  ruina, 


286  LIBRO  SEGUNDO 


Casi  á  la  vez  tuvo  el  Prelado  compostelano,  siempre 
buscado  y  solicitado  con  afán  de  todos  lados,  que  enten- 
derse y  acomodarse  con  cuatro  ó  cinco  Reyes  rivales, 
que  muriendo  casi  todos  prematuramente,  lejos  de  poder 
prestar  apoyo  á  las  personas  que  les  habían  demostrado 
afecto  y  sumisión,  las  dejaban  expuestas  á  la  saña  de 
los  sobrevivientes.  La  crisis  fué  larga  y  terrible;  y  los 
Estados  cristianos,  de  aquella  vez,  se  salvaron  milagro- 
samente, gracias  al  valor  y  esfuerzo  del  Rey  D.  Rami- 
ro II,  que  con  el  auxilio  de  Dios,  triunfó  de  sus  rivales 
y  anonadó  en  Simancas  la  fiera  arrogancia  y  poderío 
del  Califa  de  Córdoba,  Abderrhaman  III.  Mas  los  efectos 
de  tan  larga  y  pertinaz  agitación  duraron  por  mucho 
tiempo,  y  con  ellos  los  odios,  los  rencores,  la  sed  de  ven- 
ganza, la  calumnia,  la  difamación  y  todos  los  demás 
vicios  y  pecados,  que  crecen  y  se  arraigan,  como  en  te- 
rreno propio,  en  las  sociedades  así  perturbadas  y  re- 
vueltas. 

Esto,  en  gran  parte,  explica  lo  que  acerca  de  Her- 
megildo  dicen  la  Cowpostelana  y  aún  el  Iriense;  á  saber, 
que  desde  que  fué  elegido  Obispo  se  entregó  de  lleno  á 
la  disipación  y  á  la  satisfacción  de  sus  mundanales  ape- 
titos, y  que  fué  como  un  esclavo  de  la  iniquidad.  Lo  que 
sabemos,  por  los  antiguos  documentos,  está  muy  lejos  de 
acreditar  este  juicio  de  la  Compostelana;  por  lo  que  en  él 
sólo  podemos  ver  un  eco  de  los  clamores  levantados  en 
otro  tiempo  por  los  émulos  del  Obispo. 

Para  desgracia  de  Hermegildo,  al  poco  tiempo  de 
ser  elegido,  falleció  D.  Ordoño  II,  á  principios  del 
año  924,  y  por  lo  tanto,  el  reino  quedó  á  merced  de  las 
ambiciones  de  sus  hermanos  y  de  sus  hijos.  El  que  se 
adelantó  á  todos,  fué  su  hermano  D.  Fruela,  que  ya  rei- 


LOS  TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.    COMPOSTELANA  287 

naba  en  Asturias,  y  que  con  la  fuerza  y  con  la  osadía, 
consiguió  dejar  postergados  á  sus  sobrinos,  y  en  particu- 
lar á  D.  Sancho,  que  era  el  hijo  mayor  de  D.  Ordoño,  y 
tenía  ya  el  gobierno  de  Galicia.  Para  granjearse  Don 
Fruela  el  afecto  de  D.  Hermegildo  y  del  Clero  compos- 
telano,  tan  pronto  como  se  vio  apoderado  del  Trono, 
el  28  de  Junio  de  924,  comisionó  á  los  diáconos  Ataúlfo 
y  Fruela  para  que  viniesen  á  Santiago,  y  en  su  nombre, 
midiesen  y  acotasen  las  doce  millas  en  torno  de  la  Tum- 
ba del  Apóstol,  que  ya  habían  concedido  sus  anteceso- 
res. Quería  que  de  este  modo  constasen  como  dadas  y 
otorgadas  por  él,  ex  dato  nostro  (1). 

Del  apeo  verificado  por  los  diáconos  Ataúlfo  y  Frue- 
la, resultó  que  varias  de  las  tierras  comprendidas  en  el 
radio  de  las  doce  millas,  estaban  usurpadas  (maltas  exin- 
de  reperimus  oblatas).  No  desperdició  D.  Fruela  esta  oca- 
sión de  testimoniar  su  amor  y  devoción  al  Patrón  de 
España;  así  es,  que  acompañado  de  su  esposa  D.a  Urra- 
ca, de  los  Obispos  Recaredo,  metropolitano  de  Lugo;  de 
Sabarico,  de  Dumio;  de  Oveco,  de  la  regia  Sede  de 
Oviedo;  de  Branderico,  de  Tuy,  y  de  Fortis,  de  Astorga; 
de  los  Condes  D.  Gutier  Menéndez  y  D.  Gutier  Osórez, 
y  de  otros  muchos  Magnates,  vino  á  Compostela  y  allí, 
en  presencia  de  todos,  confirmó  de  nuevo  el  coto  de  las 
doce  millas,  según  lo  habían  ofrecido  sus  antepasados;  y 
él,  por  su  parte,  lo  extendió  por  el  lado  del  Norte  otras 
tres  leguas,  hasta  el  territorio  de  Nemitos  ó  Nendos,  do- 
nando el  Señorío  del  commisso  ó  Condado  do  Montanos 
(Montaos),  según  lo  había  tenido   Sigeredo  Egicaz,  des- 


(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  XL VII. 


288  LIBRO  SEGUNDO 


de  el  Tambre  hasta  la  citada  comarca  de  Nendos  (1). 
Para  nada  suena  en  este  Diploma,  otorgado  en  17  de 
Septiembre  de  924,  el  nombre  del  Prelado  compostela- 
no;  lo  cual  no  deja  de  ser  significativo.  Más  adelante 
veremos  lo  que  haya  de  pensarse  de  estos  Privilegios. 

El  mismo  silencio  se  nota  en  otro  Diploma  despa- 
chado por  D.  Fruela  el  25  de  Octubre  de  924  (si  es  que 
este  Privilegio  no  fué  dado  en  el  año  912,  como  trae  la 
copia  inserta  en  el  Tumbo  A,  fol.  11,  de  la  Catedral 
compostelana,  cuando  D.  Fruela  no  era  más  que  Rey  de 
Asturias;  lo  cual  no  es  inverosímil).  Por  esta  Escritura, 
confirma  el  Monarca  á  la  Iglesia  de  Santiago  la  dona- 
ción que  su  padre  D.  Alfonso  le  había  hecho  de  la  villa 
de  Vallega  (Valga)  (2),  y  concede,  además,  otras  muchas 
que,  sin  duda,  habían  caído  en  su  legítima,  tales  son: 
las  de  Vilanium  (Vilano),  Valdani,  Teudiscli,  Invólati  y 
Proami,  en  Bergantiños;  las  de  Andogio  (Andoyo),  con  la 
iglesia  de  San  Mamed,  Lepore,  Gundesindi  y  Fornelos,  en 
Montanos;  las  de  Mourentan  y  Villamayor,  á  orillas  del 
Siaonia;  las  de  Barcalla,  Parata,  Laurinia,  Resera?,  Párete- 
longa,  Mazanaria,  Palatio,  Adamiri;  y  la  de  Ad  mola,  entre 
Laurum  y  Magnola,  á  orillas  del  Ulla  (3). 

Pero,  sea  esta  Escritura  del  año  924,  sea  del  año  912 
lo  cual,  en  realidad,  no  parece  lo  más  probable,  lo  cierto 
es  que  D.  Fruela  poco  tiempo  perseveró  en  este  buen 
camino.  Lo  que  hizo  con  el  Obispo  de  León,   Fronimio, 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLVIII.  . 

(2)  Según  consigna  D.  Fruela,  D.  Alfonso  había  adquirido  esta  villa 
por  donación  de  Baltario. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XLIX. 


LOS  TRES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  289 

y  con  sus  hermanos  Aresindo  y  .Gebuldo  (1),  demuestra 
cuan  poco  amigo  era  de  contemplaciones,  y  con  cuánta 
precaución  debían  guardarse  de  él  aquellos  que  incu- 
rriesen en  su  desagrado. 

Si  hemos  de  prestar  fe  á  lo  que  de  él  dice  el  Rey  de 
Galicia,  D.  Sancho,  en  un  Diploma  de  que  luego  habla- 
remos, algo  parecido,  aunque  no  tan  grave,  debió  pasar 
en  Compostela.  Dice  D.  Sancho,  que  viniendo  en  rome- 
ría D.  Fruela  á  Santiago,  y  presentándole  D.  Hermegil- 
do  con  todo  su  Cabildo,  para  que  los  confirmase,  los 
Privilegios  de  sus  antecesares,  no  sólo  no  quiso  hacerlo, 
sino  que  recogió  los  documentos,  y  sometió  á  los  subditos 
de  la  Iglesia  del  Apóstol  al  tributo  fiscal,  de  que  estaban 
exentos  (2).  Visto  esto,  y  las  confirmaciones  que  hemos 
citado,  dadas  por  D.  Fruela  á  los  Privilegios  de  sus  ma- 
yores, habrá  que  suponer  que  después  las  revocó  y  las 
anuló  del  todo.  Lo  cierto  es,  que  la  donación  del  Conda- 
do Montanos,  hecha  por  D.  Fruela,  por  entonces  no  tuvo 
efecto. 

D.  Fruela  acabó  malamente,  y  su  muerte,  ocurri- 
da á  principios  del  año  925,  vino  á  plantear  de  nuevo 
el  problema  de  la  sucesión  al  Trono,  que  de  esta  vez  se 
resolvió  quedando,  como  Rey  en  Galicia,  D.  Sancho,  el 


(1)  Al  primero  lo  desterró  de  su  diócesis,  á  los  segundos  los  mandó 
matar. 

(2)  Adveniens  (Rey  Froila)  in  locum  saepedictum  causa  orationis,  de- 
monstrans  ei  Praesul  loci  ipsius  pater  Hermegildus  cum  omni  collegio  cle- 
ricorum  testamenta  priorum  Regum,  ut  majorum  exempla  imitando,  et  ipsa 
confirmaret,  et  alia  propter  semetipsum  superadderet,  ille  autem  obduratam 
habens  mentem,  non  solum  eadem  non  confirmavit,  sed  ibi  confirmata  sa- 
crilego  more  abstraxit,  et  plebem  cui  erat  mitis  Apostolus,  superimposito 

fiscali  imperio,  acrius  adstrinxit. 
Tomo  U.— 19. 


290 


LIBEO  SEGUNDO 


primogénito  de  D.  Ordofio  II  (1);   en  León,  el  hijo  se- 
gundo D.  Alfonso  IV;  y  en  Asturias,   D,  Ramiro,  tío 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tamb>  A,  fol.  ^,  que  representa  á  D.  Fruela  II. 

de  los  anteriores  y  hermano  de  D.  Ordoño  II.  D.  Sancho 
coronóse  en  Santiago,  y  de  sobre  el  Altar  Apostólico 

(1)     Este  D.  Sancho  estuvo  por  mucho  tiempo  confundido  con  D.  San- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  291. 

tomó,  ó  recibió  de  manos  de  Hermegildo,  el  Cetro,  em- 
blema de  su  real  poderío.  El  mismo  lo  dice  en  Diplo- 
ma que  acabamos  de  citar:  Dam  Domino  adjuvante  in  eo- 
dem  saepe  nominato  Loco  apostólico  sceptrum  acciperem  regni. 

La  prudencia  y  la  razón  de  Estado,  aconsejaban  á 
los  dos  hermanos,  D.  Sancho  y  D.  Alfonso  (1),  el  vivir 
en  paz  y  en  buena  armonía;  mas  á  ello  no  se  prestaba 
el  carácter  voluble,  inquieto  y  descontentadizo  del  se- 
gundo; que  unas  veces  aparecía  en  buenas  relaciones 
con  su  hermano,  otras  se  mostraba  desatento  y  cojijoso. 

D.  Sancho,  de  carácter  pacífico,  y  si  se  quiere,  apoca- 
do y  nada  ambicioso,  se  dedicó  á  gobernar  sus  Estados 
con  mano  floja  y  remisa,  más  bien  que  fuerte  y  áspera. 
Su  muerte  prematura  debió  de  ser  muy  sentida  por 
todos  sus  subditos,  que  sin  duda  desearían  que  se  prolon- 
gase por  muchos  años  el  paternal  gobierno  de  aquel, 
que  bien  podían  aclamar  el  D.  Sancho  Deseado  de  Ga- 
licia, y  tanto  más  deseado,  cuanto  que  nuestro  D.  San- 
cho murió  sin  sucesión. 

El  documento  más  antiguo  que  conocemos  de  D.  San- 
cho, es  la  donación  que  hizo  en  16  de  Abril  de  927  al 
Conde  D.  Grutier  Menéndez  y  á  su  familia,  del  lugar  de 


cho  el  Gordo.  Los  primeros  que  comenzaron  á  distinguirlos,  fueron  el  Padre 
Yepes  en  su  Coránica  general  de  San  Benito,  y  Castellá  y  Ferrer  en  la  His- 
toria de  Santiago. 

(1)  El  P.  Flórez,  Memorias  de  las  Reynas  Cathólicas,  tomo  I,  pág.  82), 
sostiene  que  el  primogénito  de  D.  Ordoño  II  fué,  no  D.  Sancho,  sino  D.  Al- 
fonso IV,  y  á  las  Escrituras  que  nombran  al  primero  antes  que  al  segundo 
responde:  «que  lo  hacen  por  ser  Escrituras  de  Galicia  donde  reinaba  D.  San- 
cho, y  por  tanto  le  dan  el  primer  lugar.»  Pero  el  P.  Risco  (España  Sagrada , 
tomo  XXXIV,  pág.  232),  cita  varias  Escrituras  del  reino  de  León  en  que 
firma  D.  Sancho  antes  que  D.  Alfonso;  por  lo  cual  la  salida  del  P.  Flórez, 
resulta  ineficaz. 


292 


LIBRO  SEGUNDO 


Villare,  en  donde  después  fundó  San  Rosendo  el  célebre 
monasterio  de  Celanova;  el  cual  lugar,  como  se  dice  en 
la  Escritura,  estaba  próximo  á  la  casa  de  D.  Gutier  en 
Villanueva  de  los  Infantes.  Despachóse  el  Diploma  en  el 
año  segundo  (no  primero,  como  publicó  Flórez),  del  rei- 
nado de  D.  Sancho  (1).  En  el  mismo  año,  á  25  de  Agos- 
to, concedió  á  la  Iglesia  de  Santiago  y  al  Obispo  Her- 
megildo  y  á  todos  sus  sucesores  el  lugar  de  Busto  Varga- 
no,  en  tierra  de  Luana  (2).  Unos  tres  meses  después,  á 
21  de  Noviembre,  con  su  esposa  D.a  Gotona,  noble  seño- 
ra gallega,  emparentada  con  la  real  familia,  otorgó  á  la 
misma  Iglesia  y  á  su  Obispo  D.  Hermegildo  otro  Diplo- 
ma, en  el  cual  se  hace  mención  del  desafecto  que  demos- 
tró D.  Fruela  II  á  esta  Iglesia,  y  de  su  negativa  á  con- 
firmar los  Privilegios  de  sus  antecesores.  D.  Sancho,  des- 
pués de  enterarse  del  contenido  de  estos  Privilegios,  los 
confirma  y  quiere  que  valgan  en  todo  tiempo  (3). 

A  fines  del  mismo  año,  á  23  de  Diciembre,  concurrió 
D.  Hermegildo  con  otros  cuatro  Obispos  al  Concilio,  cu- 
ya celebración  procuró  el  Conde  D.  Gutier  Menéndez 
para  restaurar  el  monasterio  de  Santa  María  de  Loyo 
(no  de  San  Eloy,  como  se  ha  repetido  tantas  veces),  en- 
tre el  Miño  y  el  Loyo  en  la  Diócesis  de  Lugo,  monaste- 
rio que  fué  la  cuna  de  la  ínclita  Orden  militar  de  San- 
tiago. Estuvieron  presentes  en  el  Concilio  los  dos  Reyes 
D.  Sancho  y  D.  Alfonso  (4). 

En  el  año  siguiente  928,  á  20  de  Febrero,  subscribió 


(1)  España  Sagrada,  tomo  XVIII,  Apéndice,  pág.  320. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  L. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  LI. 

(4)  Véase  España  Sagrada,  tomo  XVIII,  Apéndice,  pág.  321. 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  293 

D.  Hermegildo  una  Escritura,  por  la  que  D.  Sancho  y 
su  esposa  D.a  Gotona  restituyeron  á  Oduario  varias  vi- 
llas en  tierra  de  Navia,  de  Lemos,  y  junto  al  río  Lor, 
que  habían  sido  de  su  abuelo  Oduario,  y  de  las  que  éste 
había  sido  privado  por  sentencia  del  Rey,  acaso  en 
tiempo  de  las  sublevaciones  contra  D.  Alfonso  III. 
Oduario  presentó  á  los  Reyes,  como  donativo,  un  caba- 
llo mauricello  (morcillo),  una  cama  con  sus  ropas,  un  mulo 
arnarello,  tres  pieles  de  cordero  adobadas,  y  reiteles  de 
plata  dorada  apreciados  en  cien  sueldos,  que  le  había 
dado  el  Rey  D.  Fruela  (1). 

Después  de  esta  fecha,  poco  más  de  un  año  continuó 
gozando  Galicia  del  gobierno  de  D.  Sancho.  Una  muer- 
te prematura  llevó  al  sepulcro  al  joven  Monarca,  y  pri- 
vó por  entonces  á  Galicia  de  su  autonomía.  La  Reina 
D.a  Gotona  se  retiró  al  monasterio  de  Cástrelo,  que  ha- 
bía fundado  á  orillas  del  Miño,  en  la  Diócesis  de  Orense, 
y  en  él  dio  honrosa  sepultura  al  cadáver  de  su  esposo, 
por  cuyo  eterno  descanso  no  cesó  de  orar  mientras  no 
tuvo  revelación  de  que  se  hallaba  gozando  de  la  pre- 
sencia de  Dios  en  compañía  de  los  bienaventurados   (2). 

Ya  que  la  sucesión  al  Trono  se  había  declarado  divi- 
sible, en  aquella  ocasión  no  debía  de  hacerse  caso  omiso 
del  Príncipe  D.  Ramiro;  mas  el  Rey  de  León,  D.  Alfon- 
so, apreció  las  cosas  de  otra  manera,  y  así  que  tuvo  no- 
ticia de  la  muerte  del  Rey  D.  Sancho,  se  proclamó  su 
heredero  en  el  Reino  de  Galicia.  No  faltó  á  lo  que  solían 
hacer  todos  los  Reyes  al  comenzar  su  reinadp,  y  confirmó 

(1)  Cartulario  de  Celanova,  libro  II,  núm.  CXIV,  en  el  Archivo  Histó- 
rico Nacional. 

(2)  Véase  Flórez,  Memorias  de  las  Bey  ñas  Cathólicas,  tomo  I,  pág.  95 
y  siguientes. 


294  LIBBO   SEGUNDO 


todas  las  posesiones  que  tenía  la  Iglesia  de  Santiago,  tan- 
to en  la  provincia  de  Galicia,  como  en  el  Bierzo  ó  en  las 
tierras  de  fuera.  Fechóse  la  confirmación  á  8  de  Agosto 
de  929  (1).  Lo  mismo  había  hecho  tres  meses  antes,  á  12 
de  Mayo,  á  ruego  y  por  sugestión  del  Obispo  D.  Herme- 
gildo,  con  las  posesiones  del  monasterio  de  San  Cipriano 
de  Calogo  en  Villanueva  de  Arosa.  Después  de  un  largo 
preámbulo,  en  que  se  hace  como  un  resumen  de  la  His- 
toria eclesiástica,  demarca  el  coto  de  este  monasterio  dedi- 
cado á  San  Cornelio,  á  San  Cipriano,  á  San  Salvador, 
á  Santa  María  Virgen,  á  Santa  María  Magdalena,  á 
Santa  Tecla,  á  la  Santa  Cruz,  á  San  Sebastián,  á  San 
Andrés  y  á  Santo  Tomás,  y  edificado  en  tierra  de  Lo- 
beira  (in  térra  LupariaeJ  y  junto  al  castro  llamado  de 
Colago,  y  se  lo  confirma  para  siempre.  Confirma  además 
al  monasterio  en  la  posesión  de  las  salinas  que  los  Mon- 
jes, con  sus  propias  manos,  habían  hecho  en  el  lugar  de 
Usa.  La  subscripción  de  Hermegildo  está  concebida  en 
estos  términos:  Sub  Xpisti  nomine  Hermegildus  Sedis  iriensis 
episcopus  hunc  privilegium  in  amore  Dei  et  in  honore  Sancti 
Cipriam  et  aliorum  Sanctorum,  quorum  reliquiae  in  dicto  mo- 
nasterio sunt,  fieri  élegi  et  manu  propria  confirmo  (2). 

Para  captarse  asimismo  la  benevolencia  de  los  mag- 
nates gallegos,  encomendó  D.  Alfonso  al  Conde  D.  Gu- 
tier  Menéndez,  á  quien  llama  su  tío,  el  gobierno  de  va- 


(1)  Véanse  Apéndices,  ntim.  LIL 

(2)  Documentos  procedentes  de  San  Martín  en  la  Biblioteca  de  la  Uni- 
versidad de  Santiago. — Hasta  no  hace  muchos  años  se  conservaban  restos 
considerables  de  esta  iglesia  monasterial,  y  aún  hemos  llegado  á  ver  ínte- 
gro el  ábside.  A  juzgar  por  estos  restos,  la  iglesia  debía  de  ser  de  bellísimas 
proporciones,  y  parecía  haber  sido  construida  á  fines  del  siglo  XII  ó  prin- 
cipios del  siguiente. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  295 

rias  comarcas  de  Galicia,   como  las  de  Quiroga,  Sabiñao, 
Ortigueira,  etc..  (1) 

Al  poco  tiempo  se  le  antojó  á  D.  Alfonso  el  renun- 
ciar la  Corona  en  su  hermano  D.  Ramiro,  y  vestir  la 
cogulla  en  el  monasterio  de  Sahagún  (2).  Pronto,  sin 
embargo,  se  cansó  de  vivir  en  el  claustro,  y  quiso  pres- 
cindir de  su  hermano,  y  volver  de  nuevo  á  empuñar  las 
riendas  del  Estado  en  ocasión  en  que  D.  Ramiro,  al 
frente  de  un  numeroso  ejército,  se  disponía  á  invadir  el 
territorio  de  los  moros.  Mas  D.  Ramiro  no  se  decidió  á 
someterse  á  las  veleidades  de  D.  Alfonso;  lo  sitió  en 
León,  se  apoderó  de  él  y  lo  encerró  en  un  calabozo.  Con 
esto  quedó,  desde  el  año  931,  único  Rey  y  señor  de  León 
y  Gralicia. 

Siguiendo  D.  Ramiro  la  senda  trazada  por  sus  ma- 
yores, á  13  de  Noviembre  de  932,  confirmó,  así  para  du- 
rante el  pontificado  de  D.  Hermegildo,  como  el  de  sus 
sucesores,  todas  las  posesiones  de  la  Iglesia  de  Santiago; 
omnem  dioecesem  et  plebem  et  villulas  sive  ínsulas  et  commissos, 
atque  in  omnigyro  millie  constituía  (3).  Y  como  si  presintiese 
el  terrible  trance  por  qué  al  poco  tiempo  los  Estados  cris- 


(1)  España  Sagrada,  t.  XVIII,  Apénd.,  pág.  325. 

(2)  No  están  acordes  los  historiadores  acerca  del  año  en  que  D.  Alfon- 
so hizo  profesión  religiosa  en  Sahagún.  El  P.  Flórez  supone  que  D.  Alfonso 
se  retiró  á  este  monasterio  en  el  año  926;  en  cambio  su  continuador,  el  Pa- 
dre Risco,  sienta  que  hasta  el  año  931  D.  Alfonso  no  se  decidió  á  dar  ese 
paso.  Lo  más  probable,  parece  que  D.  Alfonso  se  hizo  religioso  al  poco  tiem- 
po de  subir  al  Trono,  pero  con  el  propósito  de  gobernar  el  reino  desde  su 
monasterio,  ó  fuera,  cuando  á  bien  lo  tuviese.  Esto  explicaría  por  qué  en 
algunos  Diplomas  anteriores  al  año  931,  se  llama  á  sí  mismo  Adefonsus  Eex 
Castus. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  LIV, 


296  LIBBO   SEGUNDO 


tianos  tenían  que  pasar,  á  principios  del  año  934  vino 
con  su  esposa  D.a  Urraca  á  Santiago  orationis  causa,  y 
personalmente  procuró  enterarse  de  todas  las  donacio- 
nes hechas  por  sus  progenitores  á  la  Iglesia  del  Patrón 
de  España  con  el  fin  de  confirmarlas  más  especialmente. 
Cita  y  confirma  los  Privilegios  otorgados  por  D.  Alfon- 
so II,  D.  Ramiro  I,  D.  Ordoño  I,  D.  Alfonso  III  y  sus 
padres  D.  Ordoño  II  y  D.a  Elvira  (1),  y  él,  por  su  parte, 
ofrece  el  commisso  ó  Condado  de  Pistomarcos  (Postmar- 
cos),  según  lo  había  obtenido  Lucido  Vimaraz  ó  Vima- 
rano,  y  según  se  comprendía  entre  el  mar,  el  Ulla,  y  el 
Tambre  (2). 

Con  estos  preparativos,  se  disponía  tal  vez  D.  Rami- 
ro para  la  expedición  que  por  este  tiempo  emprendió 
para  someter  á  los  caudillos  musulmanes,  que  se  habían 
rebelado  contra  el  Rey  de  Aragón  Mohamad-ben-Ha- 
chim,  de  la  cual  expedición  volvió  victorioso;  reversus  est 
Legionem  cum  magna  victoria,  como  dice  Sampiro.  Mas 
ésta  y  otras  expediciones  que  había  hecho  ya  D.  Ramiro 
no  fueron,  por  decirlo  así,  sino  ensayos  y  simulacros 
para  la  gran  jornada  de  Simancas.  El  pérfido  Rey  de 
Aragón  se  reconcilió  con  el  Califa  de  Córdoba,  Abder- 
rhaman  III,  y  ambos,  juntos,  invadieron  los  Estados  cris- 
tianos. D.  Ramiro  II,  que  sin  duda  tuvo  noticia  á  tiem- 
po de  estos  manejos  y  conciertos  de  los  dos  Reyes  inva- 
sores, recordando  lo  que  en  ocasión  semejante  había 
hecho  su  tatarabuelo  D.  Ramiro  I,  vino  por  segunda  vez 
á  Compostela,  y  ante  el  Altar  del  Apóstol  confirmó  el 


(1)  Ninguna  mención  hace  D.  Eamiro  de  la  donación  del  Condado  de 
Montanos,  hecha  por  su  tío  D.  Fruela  II. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LV. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  297 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  Á,  fol.  12,  que  representa  á  D.  Ramiro  II. 


298  LIBUO  SEGUNDO 


Privilegio  de  los  Votos  y  prometió  extenderlo  hasta  el 
río  Pisuerga,  que  entonces  era  el  límite  oriental  del 
reino  de  León  (1).  Por  su  parte  el  Conde  de  Castilla, 
Fernán  González,  prometió  hacer  análoga  donación  á  la 
iglesia  de  San  Millán  de  la  Cogolla  en  todos  sus  Esta- 
dos, que  comenzaban  donde  terminaban  los  de  León. 
Llegó,  al  fin,  el  temido  día,  y  el  5  de  Agosto  de  939,  en- 
contráronse los  dos  ejércitos,  y  trabóse  una  de  las  más 
encarnizadas  y  sangrientas  batallas  de  cuantas  hasta 
entonces  se  habían  librado.  D.  Ramiro  batió  primero  á 
los  moros  en  Simancas,  y  después,  prosiguiendo  la  victo- 
ria, acabó  de  desbaratarlos  en  Alhandega.  «Esta  victo- 
ria, dice  Dozy  (2),  fué  tan  completa  y  tan  señalada,  que 
de  ella  se  habló,  tanto  en  el  fondo  de  la  Alemania,  como 
en  los  países  más  alejados  de  Oriente.» 

Diez  años  después  de  la  batalla  de  Simancas,  otor- 
gó D.  Ramiro  II  un  Privilegio  en  favor  de  D.  Herme- 
gildo  y  de  todo  el  Cabildo  de  Santiago  (vóbis  patri  domno 
Hermegildo  episcopo,  vel  omni  congregationi  Sancti  Jacóbi  Apo- 
stoli),  por  el  cual  permutó  la  villa  de  Paradela,  en  la  co- 
marca de  la  Amaía,  que  le  donara  Alvito  Muñiz  y  que 
antes  había  poseído  el  hermano  de  éste,  el  abad  Munino, 
por  la  villa  de  Ameo,  fuera  de  Galicia.  D.  Ramiro  dio 


(1)  Cujus  (Eanemiri)  tempore  Abdirahaman  Cordobensis  Rex  cum 
omni  exercitu  suo  fugatus  et  victus  est.  Qui  rex  ante  accesserat  ad  Beatum 
Jacobum  causa  orationis,  et  obtulit  ibidem  vota  usque  in  Pisorga,  ut  singu- 
lis  annis  redderent  censum  Apostolicae  Ecclesiae;  et  Deus  magnam  dedit 
ei  victoriam.  (Gron.  Iriense,  Esp.  Sag.,  t.  XX,  pág.  604).  El  Sr.  Sánchez 
Vaamonde  (Apol.  del  Voto  de  Santiago,  pág.  149),  califica  de  imaginario  este 
Privilegio  de  D.  Ramiro  II;  pero  á  él  aluden  indudablemente  en  sus  Bulas 
los  Papas  Inocencio  III,  Alejandro  III  y  Pascual  II.  (Véase  pág.  96  y  97). 

(2)  Becherches  sur  V  Histoire  et  la  littérature  de  V  Espagne;  3.a  edición, 
tomo  I,  pág.  157. 


LOS  TBES  PBIMEKOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         299 

asimismo  una  villa  en  Lago  y  otra  en  Vadapia,  por  otras 
dos  villas  de  la  Iglesia  de  Santiago,  sitas,  la  primera, 
también  en  Lago,  y  la  segunda,  llamada  Lameira,  en 
Vadapia,  según  la  había  poseído  el  Obispo  de  buena  me- 
moria, Sisnando  I.  Subscriben  la  Escritura,  que  se  fechó 
en  3  de  Junio  de  949,  los  Reyes  D.  Ramiro  y  D.a  Urra- 
ca, D.  Ordoño  proles  Regis,  D.  Sancho  pignus  Regís,  Ro- 
drigo, Jimeno  y  varios  testigos  (1). 


(1)    Véanse  Apéndices,  núm.  LX. 


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111-IMIIllllllllllllllltinillMIIIIIIIIIVIIilllllIIMIIIIIHMIIIltlllllIlllllllllllllllllltllUtltllltllltlllItlllllllllltlllllllttlIlllllllllllflllltMlllllllltlllItllltllllllltllllllltllll 


CAPITULO  XVI 


Discútese  lo  que  puedan  tener  de  verdad  las  aseveraciones 
de  la  Compostelana  acerca  del  Obispo  D.  Hermenegildo.— Do- 
naciones de  D.  Ordoño  III.— Indícanse  algunas  de  las  cau- 
sas de  la  perturbación  social  que  por  aquel  tiempo  reina- 
ba en  Galicia. 


E  los  hechos  que  hemos  refe- 
rido hasta  aquí  de  D.  Her- 
menegildo ,  ningún  indicio 
se  desprende  que  pueda  hacer  valer  la  afirmación  de  la 
Compostelana,  de  que  nuestro  Prelado  era  un  hombre  da- 
do á  la  gula  y  á  la  satisfacción  de  toda  clase  de  vicios  y 
pasiones.  Veamos  si  en  los  que  nos  restan  por  referir, 
aparece  alguno  que  pueda  hacer  siquiera  verosímil  lo 
dicho  por  la  Compostelana;  de  otro  modo  habrá  razón  para 
inferir  que  aquí  los  autores  de  la  célebre  Historia  no  hi- 
cieron más  que  acoger  incautamente  alguna  de  las  tan- 


302  LIBBO  SEGUNDO 


tas  calumnias,  que  en  época  de  tanta  turbulencia  y  de 
tanto  apasionamiento,  no  pudieron  menos  de  surgir  y 
propalarse  en  cada  bando  contra  los  personajes  más  in- 
fluyentes que  militaban  en  el  opuesto. 

Hemos  visto  que  á  ruego  de  Hermegildo,  confirmó 
D.  Alfonso  IV  todas  las  posesiones  del  monasterio  de 
San  Cipriano  de  Calogo.  Viendo  que  la  próxima  isla  de 
Arosa  era  lugar  muy  á  propósito  para  el  retiro  y  la 
contemplación,  fundó  allí,  en  el  mismo  año  929,  un  mo- 
nasterio dedicado  á  San  Julián,  dependiente  de  los  de 
Santiago.  «El  Obispo  de  Iria  D.  Hermenegildo,  dice 
Yepes  (1),  en  la  Escritura  de  fundación  de  este  monas- 
terio, va  haciendo  una  muy  larga  relación,  en  que  dice 
que  el  Rey  D.  Alonso,  luego  que  fué  hallado  el  Cuerpo 
de  Santiago,  viniendo  á  visitarle  y  á  reverenciarle,  ha- 
lló que  los  Monjes  que  estaban  en  su  servicio,  padecían 
necesidad,  por  lo  que  pro  victu  atque  vestitu  monachorum  in 
ipso  loco  deservientium  les  dio  las  islas  de  Ons,  Sálvora, 
Framio,  Sias,  Arosa,  etc..» 

Diez  años  después,  donó  Hermegildo  al  monasterio 
de  San  Juan  de  Pravio,  fundado  en  territorio  de  Nen- 
dos  y  junto  al  río  Mero,  la  quinta  parte  que  él  tenía 
en  la  villa  de  Pravio,  y  según  Espasando  y  Renfurco,  la 
habían  dado  al  Rey  D.  Ramiro  I  (2).  Son  de  notar  las 
palabras  que  emplea  Hermegildo  en  la  inscripción  del 


(1)  Coránica,  etc.,  t.  IV,  fol.  45. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LVII .--Firman  este  documento  los  presbí- 
teros Cesario,  Alactancio,  Oduario,  Baltario,  Odisclo  y  Cresconio,  los  diáco- 
nos Hermegildo  y  Sandino,  y  además  Diego  Menéndez,  Alfonso,  Gemun- 
do,  Guimiro,  Sigeredo  con  el  presbítero  Baldemiro,  que  hizo  de  notario. 
Probablemente  todos  ellos  serían  Canónigos  de  Compostela. 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  303 

documento:  Ego  humillimus  ac  servorum  Domini  servus  licet 
immerito  Hermegildus  episcopus.  Placuit  mihi,  etc.. 

Casi  la  misma  frase  emplea  Hermegildo  (Ego  exiguus 
servus  servorum  Dei  Hermegildus  suo  gratia  Dei  in  culmine 
pontificale  compto),  en  la  inscripción  de  otro  Diploma,  por  el 
cual,  con  consentimiento  de  todo  su  Clero  catedral  (cum 
consensu  fratrum  et  congregationum  sancti  Jacobi),  concede 
para  siempre  al  diácono  Sisnando  la  villa  é  iglesia  de 
San  Vicente  de  Villaostulata  (Vilouchada);  la  cual  villa  é 
iglesia  había  sido  dada  antes  en  administración  al  pres- 
bítero Oduario,  primero  por  el  Obispo  Gundesindo,  tío 
del  diácono  Sisnando,  y  después  por  el  mismo  Hermene- 
gildo. Otorgóse  la  donación  en  30  de  Agosto  de  947  (1). 
En  otras  muchas  Actas  de  aquellos  tiempos,  aparece  el 
nombre  de  nuestro  Obispo;  tal  es  la  donación  que  hizo 
el  Abad  Adelfio  al  monasterio  de  Samos  en  31  de  Mayo 
de  938,  que  citan  Sandoval,  Yepes  y  Risco;  la  sentencia 
que  en  el  año  942  pronunció  San  Rosendo  con  otros 
jueces  nombrados  ya  desde  el  tiempo  de  D.  Alfonso  IV 
en  ruidoso  pleito  sobre  la  posesión  del  lugar  de  Paredes 
entre  las  parroquias  de  San  Esteban  de  Codoais  (Cos?)  y 
San  Salvador  de  Lemenioni  (Limiñón),  cerca  del  río 
Mero;  la  fundación  del  monasterio  de  Celanova,  en  que 
Hermegildo  subscribe:  Ego  Hermegildus  miseratione  divina 
apostolicae  ecclesiae  episcopus;  etc..  (2) 

De  entre  otros  asuntos, en  que  haya  intervenido  más 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LIX. 

(2)  Sobre  esta  subscripción,  dice  Flórez  (España  Sagrada,  t.  XIX,  pá- 
gina 138),  que  á  partir  de  aquí  «se  fué  introduciendo  el  título  del  Apóstol,» 
pero  este  título  ya  venía  usándose,  por  lo  menos,  desde  los  tiempos  de  Sis- 
nando I. 


304  LIBBO  SEGUNDO 


directamente  D.  Hermenegildo,  citaremos  dos  por  su 
relativa  importancia.  El  presbítero  Letimio  se  había 
desvelado  por  surtir  á  la  iglesia  de  Santa  Marina  de 
Paradela,  á  orillas  del  Ulla,  en  el  partido  judicial  de  la 
Estrada,  de  todo  lo  necesario  para  el  culto  y  para  la 
manutención  de  los  monjes  que  allí  perseveraban,  ha- 
ciendo vida  santa.  Letimio  era  uno  de  ellos,  y  había 
hecho  profesión  de  obediencia  y  de  pobreza,  en  manos 
de  Exeriola,  que  parece  era  el  Abad.  Donó  cortinas, 
una  cruz  de  plata,  un  cáliz  y  una  patena  de  la  misma 
materia,  un  candelabro  de  bronce,  una  campana  de 
metal,  libros,  casullas  para  la  iglesia,  y  para  la  casa 
una  bodega  con  veinticinco  cubas,  dos  hórreos,  cinco  le- 
chos tornatizos,  treinta  cátedras  ó  taburetes,  mesas,  servi- 
cio de  plata,  ropas  de  cama,  ajuar  de  cocina,  y  además 
muchas  posesiones,  y  entre  ellas  la  mitad  de  la  próxima 
iglesia  de  Santa  Eulalia,  que  Letimio  había  heredado 
de  su  abuelo  Eulalio,  y  otra  iglesia  dedicada  al  Salvador 
en  el  Castro  Barbudo,  (San  Martín  de  Barbude,  ane- 
jo de  Paradela),  que  había  adquirido  por  concesión  del 
presbítero  Iuverico.  Sobre  la  propiedad  de  estas  dos 
iglesias,  movieron  pleito  á  Letimio  en  distintas  ocasiones 
y  ante  diversos  jueces.  El  pleito  sobre  Barbude  lo  falló 
el  Conde  D.  Gonzalo,  fundador  del  monasterio  de  Ca- 
manzo  y  padre  de  la  Reina  D.a  Aragonta.  Letimio,  en 
cuyo  favor  se  falló  el  pleito,  ofreció  como  obsequio  al 
noble  Conde,  un  muleto  de  color  bayo,  apreciado  en 
nueve  sueldos.  El  pleito  sobre  la  iglesia  de  Santa  Eula- 
lia, en  la  cual  Letimio  había  trabajado  con  no  menor 
celo,  generosidad  y  esmero,  se  vio  en  Santiago,  ante 
una  asamblea  ó  concilio  presidido  por  el  Obispo  D.  Her- 
megildo.  Los  jueces  dieron  sentencia  en  favor  de  Leti- 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTEL1NA  305 

mió,  el  cual  como  obsequio,  ofreció  al  Prelado  un  caballo 
bayo  apreciado  en  el  valor  de  seis  bueyes,  otro  caballo 
castaño  apreciado  en  ocho  bueyes,  y  una  esquila  ó  cam- 
panilla de  plata  de  doce  sueldos.  Todo  lo  consignó  el 
piadoso  presbítero  en  una  Escritura,  cuyo  original  se 
conserva  en  el  Archivo  de  la  Universidad  Eclesiástica 
de  Santiago  (1),  en  la  cual  Escritura  subscribe  D.  Her- 
megildo, el  diácono  ó  arcediano  Sisnando  y  otros  muchos 
individuos  del  Cabildo  compostelano. 

El  otro  asunto  en  que  tomó  parte  D.  Hermegildo, 
revistió  mayor  importancia  por  los  personajes  que  en  él 
intervinieron.  Dijimos  en  la  página  281  que  la  Escritura 
en  la  cual  el  joven  Bermudo  había  firmado  la  donación 
de  la  casa  é  iglesia  de  Santa  Comba,  en  favor  del  Obis- 
po D.  Gundesindo,  había  quedado  guardada  en  el  Ar- 
chivo ó  Tesoro  de  la  Iglesia  compostelana.  Apesar  de 
esto,  Bermudo  se  retiró  tranquilo  á  Santa  Comba;  se 
instaló  en  la  casa,  y  la  poseyó  pacíficamente  sin  que 
nadie  le  molestase,  ni  contradijese.  Empero,  la  iglesia 
de  Santa  Comba,  no  sabemos  por  qué  — acaso  porque 
guardaba  el  sepulcro  de  San  Torcuato,  uno  de  los  prin- 
cipales discípulos  de  Santiago —  tenía  muchos  apetece- 
dores. Sucedió  que  pasado  algún  tiempo,  el  Conde  D.  Or- 
doño  Velázquez  envió  á  su  hijo  Gutier  á  criar  y  educar 
en  Compostela,  bajo  el  cuidado  del  Obispo  Hermegildo 
(dedit  filio  suo  Guttier  ad  nutríendum  ad  ipso  pont/ifex  Herme- 
fjildus).  La  intención  del  Conde  D.  Ordoño  era,  apoderar- 
se de  la  iglesia  de  Santa  Comba;  pero  para  esto  le  con- 
venía hacerse  con  la  Escritura  de  cesión  que  había 
firmado  Bermudo.  Consiguió  engañar  á  D.  Hermegildo, 


(1)    Véanse  Apéndices,  niíin.  LVIII. 
Tomo  II— 20. 


306  LIBRO    SEGUNDO 


el  cual  entregó  la  Escritura  á  su  alumno  Gutier,  y  éste, 
por  orden  de  su  padre,  á  su  ayo  Nausto  Vimaraz.  Ya  se 
disponía  Nausto  y  su  pupilo  á  incautarse  de  Santa 
Comba;  pero  el  primero  vióse  de  repente  acometido  de 
dolores  tan  acerbos  y  agudos  que  le  privaron  de  la  vida. 
Lo  mismo  aconteció  al  Conde  D.  Ordoño  y  á  su  esposa 
D.a  Ermesinda.  Con  esto  siguió  Bermudo  poseyendo  tran- 
quilamente su  casa  de  Santa  Comba,  y  en  tal  estado  se 
la  dejó  á  su  hijo  Odoino  Bermúdez.  En  cambio  la  codi- 
ciada Escritura  fué  á  parar  á  manos  de  D.a  Gunterote 
ó  Guntroda,  Abadesa  de  Palatiolo  cerca  de  Celanova,  é 
hija  del  Conde  D.  Gutier  Osorio,  la  cual  había  tenido 
buen  cuidado  de  recogerla  al  tiempo  de  la  muerte  de  su 
cuñado,  el  Conde  D,  Ordoño  Velázquez. 

Continuó  Odoino  poseyendo,  como  su  padre,  la  iglesia 
de  Santa  Comba  sin  que  nadie  le  inquietase,  ni  pertur- 
base en  su  posesión,  por  más  que  gobernaban  aquella  tie- 
rra D.  Gutier  Osorio  y  su  hijo  D.  Froila  Gutiérrez,  pa- 
dre el  uno,  y  hermano  el  otro,  de  D.a  Gunterote.  Sin 
embargo,  Odoino  no  estaba  tranquilo  y  recelaba  que  la 
fatal  Escritura  fuese  origen  ú  ocasión  de  nuevos  intentos 
de  despojo.  Pidiósela  repetidas  veces,  pero  siempre  en 
vano,  á  D.a  Gunterote;  y  entonces  decidió  recurrir  á  la 
benignidad  y  clemencia  del  Rey  D.  Ramiro  II,  suplicán- 
dole con  toda  instancia,  que  interpusiese  su  poderoso  va- 
limiento para  que  la  austera  señora  no  desoyese  sus  sú- 
plicas. Accedió  el  Monarca,  y  comisionó  á  su  tío  el  Obis- 
po San  Rosendo  para  que  en  su  nombre  hablase  á  Doña 
Gunterote,  y  la  redujese  á  entregar  la  Escritura,  como  al 
fin  así  lo  hizo.  Entonces  Odoino  en  prueba  de  agradeci- 
miento y  para  acabar  de  ablandar  á  la  fiera  señora,  le 
hizo  un  gran  regalo  consistente  en  caballos  alf articen,  mu- 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  307 

los,  alhajas  de  plata,  paños  de  seda;  apreciado  todo  en 
quinientos  veinte  bueyes.  Al  Rey  le  hizo  el  obsequio  de 
un  hermoso  caballo  álfarace  (1),  que  sabía  que  le  agrada- 
ba y  de  otros  objetos  de  valor  (causas  bonas)  valuados  en 
ciento  veinte  sueldos. 

Todo,  sin  embargo,  fué  inútil;  y  D.a  Gunterote  como 
para  demostrar,  que  no  había  sido  por  puro  capricho  el 
negarse  á  entregar  la  Escritura,  puso  demanda  á  Odoi- 
no  sobre  la  casa  de  Santa  Comba.  Y  ciertamente  la  oca- 
sión para  ello,  era  de  lo  más  propicio  para  D.a  Guntero- 
te. Presentó  la  demanda  ante  un  numeroso  Concilio  que 
se  celebraba  en  León  al  tiempo  en  que  su  padre,  D.  Gu- 
tier  Osorio,  volvía  de  Asturias  y  presentaba  al  Rey  Don 
Ramiro,  prisioneros  á  los  hijos  de  D.  Fruela  II,  los  in- 
fantes D.  Alfonso,  D.  Ordoño  y  D.  Ramiro,  y  en  que  el 
Conde  en  premio  de  sus  servicios,  recibía  de  manos  del 
Rey  el  gobierno  de  las  tierras  de  que  los  Infantes  habían 
sido  despojados  (2).  En  presencia  del  Concilio,  discutió 


(1)  Aquí  tiene  el  Sr.  La  Fuente  los  caballos  alfar accs,  no  alfaraclies, 
que  tanta  atención  le  llamaron  en  la  Epístola  del  Papa  Juan  VIII.— De 
aquí  también  resulta,  que  la  fama  de  la  excelencia  de  los  caballos  de  la 
Limia,  tuvo  en  la  antigüedad  su  fundamento. 

(2)  Creemos  que  no  pueden  ser  otros  los  Infantes  á  que  alude  la  Es- 
critura, que  vamos  extractando,  en  el  siguiente  párrafo:  Hada  sunt  hcc  om- 
nia  iudiebus  quanclo  ipse  comes  Outtier  Osoriz  prese ntavit  illos  infantes  ante 
prefatus  rex  in  civitatem  rege  sedís  Legionem,  quando  eos  ceciderunt,  et  suam 
ierram  ipse  comes  et  cum  gens  sua  de  manu  regís  ad  imperandum  acceperunt. 
Sirve  grandemente  este  párrafo  para  ilustrar  el  Cronicón  de  Sainpiro,  en  lo 
que  dice  al  final  del  reinado  de  Alfonso  IV.  (España  Sagrada,  tomo  XIV, 
página  465). 

Los  Obispos  que  estaban  presentes  en  el  Concilio,  eran  Oveco  Núñez  do 
León,  Oveco  de  Oviedo,  Dulcidio  de  Zamora,  Salomón  de  Astorga,  Aldere- 
do  de  Simancas,   Dulcidio  de  Viseo,  Ornato  de   Lamego,  Gundesindo  de 


308  LIBRO    SEGUNDO 


Odoino  con  el  Conde  Osorio  Gutiérrez,  hermano  de 
D.a  Gunterote,  sobre  la  propiedad  de  la  casa  de  Santa 
Comba;  y  el  Conde,  acaso  á  falta  de  otras  razones,  re- 
quirió al  Obispo  de  Santiago  para  que  terciase  en  el  de- 
bate. Mas  D.  Hermegildo  ya  se  había  retirado  del  Con- 
cilio y  estaba  en  camino  de  vuelta  para  su  Diócesis;  y 
como  era  persona  que  tenía  motivos  para  estar  enterado 
de  la  cuestión,  su  voto  fué  considerado  por  el  Rey  Don 
Ramiro,  como  muy  digno  de  tener  en  cuenta  para  el 
mejor  acierto  en  la  resolución  del  asunto.  Envió,  pues, 
al  Diácono  ó  Arcediano  de  Santiago,  Sisnando  Menén- 
dez,  que  á  la  sazón  desempeñaba  el  cargo  de  Intendente 
de  Palacio  fprepositus  domus  sue),  para  que  hiciese  volver 
al  Prelado  compostelano,  como  en  efecto  lo  hizo. 

En  el  Concilio  interrogó  el  Conde  Osorio  al  Obispo 
Hermegildo,  si  no  era  á  él  y  á  su  hermana  Grunterote,  á 
quien  se  debía  entregar  la  casa  de  Santa  Comba.  El  Pre- 
lado contestó  resueltamente  que  sería  una  injusticia  en- 
tregarla á  otra  persona  que  á  Odoino,  y  que  él,  por  su 
parte,  declaraba  que  éste  era  su  verdadero  dueño;  y  ante 
el  Concilio  sostuvo  con  energía  su  afirmación  contra  los 
argumentos  y  objeciones  del  Conde  Osorio,  á  las  cuales 
el  Concilio  halló  de  ningún  valor  (1).  En  virtud  de  esto, 
el  Rey  y  la  venerable  Asamblea,  autorizaron  á  San  Ro- 


Coimbra,  Baltario  de  Tuy,  Hermegildo  de  Lugo  y  Arias  de  Mondoñedo. 
Hallábanse  también  los  Condes  de  Castilla,  Fernán  González,  Ansur  Fer- 
nández y  Diego  Muñoz,  y  los  de  Galicia,  Pelayo  González  y  Jimeno  Díaz,  y 
otra  mucha  cristiandad  (multa  xpistianitate). 

(1)  Tuno  invocavit  eum  (Hermegildum)  ipse  Osorio  ut  autorigasset  illi 
illa  casa  et  domna  Gunterode  de  facie;  et  ille  episcopus  noluit  eis  autorigare, 
sed  contendivit  multum  cuín  eis  in  ipso  concilio,  dicens  eis  quia  injuste  mihi 
faciobant,  autorigavit  mihi  illa. 


LOS  TRES    PHIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTE  LANA        30!) 

sendo,  que  probablemente  entonces  se  hallaría  en  Cela- 
nova,  para  que  en  su  nombre  pusiera  á  Odoino  en  pose- 
sión de  la  casa  é  iglesia  de  Santa  Comba,  como  así  se 
llevó  á  cabo  (1). 

De  otro  Documento  histórico  que  se  registra  en  el 
Tumbo  A  de  la  Catedral  compostelana  (2),  tomaremos 
otro  dato  referente  al  pontificado  de  D.  Hermegildo. 
Entre  los  Magnates  que  en  los  comienzos  del  reinado  de 
D.  Alfonso  III,  tomaron  posesión  de  muchas  villas  y 
tierras  abandonadas  en  el  Mediodía  de  Galicia  y  en  el 
Norte  de  Portugal,  contóse  el  Conde  Alfonso,  por  sobre- 
nombre Bettote  (3),  el  cual  se  posesionó  entre  otras  mu- 
chas, de  la  villa  de  Borvene  á  orillas  del  Miño,  cerca  de 
Ribadavia  y  de  otro  lugar  llamado  Maganes.  según  anti- 
guamente habían  estado  amojonados.  A  su  muerte  sus  hi- 
jos Tello,  Gonzalo,  Teoda  y  Aragonta,  partieron  las  villas 
que  había  poblado  y  poseído  su  padre,  y  á  Teoda  ó  Teo- 
dón  tocaron  las  referidas  de  Borvene  y  Maganes  con  todas 
sus  pertenencias.  Al  fallecer  Teoda,  dejó  herederos  á  sus 
hijos,  el  Diácono  Tello,  que  era  Canónigo  de  Santiago  y 
Leovigildo,  pero  legó  á  sus  libertos  el  quinto  de  las  mis- 
mas villas.  Los  libertos  hicieron  Escritura  de  este  quinto 
al  Rey  Don  Alfonso  III,  el  cual  quinto  á  la  muerte  de 
Alfonso  pasó  á  poder  de  D.  Ordoño  II,  después,  de  D.  Ra- 
miro II,  y  por  último,  de  D.  Ordoño  III.  Queriendo  esto 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXV,  pág.  178.— Posteriormente  la 
iglesia  de  Santa  Coraba,  fué  agregada  á  Celanova,  y  el  cuerpo  de  San  Tor- 
cuato,  no  el  sepulcro,  trasladado  á  la  iglesia  de  dicho  monasterio. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núra.  LXI. 

(3)  Es  el  Conde  de  Deza,  Betote,  que  asistió  á  la  consagración  de  la 
Iglesia  de  Santiago  en  el  año  899.  (Véase  Esp.  Sag.,  t.  XIV,  pág.  456). 


10  LIBRO  SEGUNDO 


Monarca  al  subir  al  Trono,  hacer  algún  bien  por  el  alma 
de  sus  mayores  en  la  Iglesia  de  Santiago,  consultó  al 
Obispo  D.  Hermegildo  y  á  su  Diácono  Tello,  como  po- 
dría realizar  éste  su  proposito.  Le  contestaron  el  Obispo 
y  el  Canónigo,  que  cediendo  al  monasterio  que  se  había 
fundado  en  Borvene,  el  quinto  que  los  libertos  de  su  pa- 
dre Teoda  habían  donado,  sin  haber  obtenido  para  ello 
licencia  de  los  patronos,  al  Rey  D.  Alfonso  III.  Así 
lo  hizo  D.  Ordoño  III;  cedió  el  quinto  que  tenía  á 
los  religiosos  de  Borvene  para  que  con  intervención 
del  Obispo  Hermegildo ,  del  Diácono  Tello  y  de  la 
Monja  Aragonta,  sirviesen  con  los  bienes  del  monaste- 
rio á  la  Iglesia  de  Santiago.  Firmóse  la  cesión  á  5  de 
Marzo  de  951  (1),  y  en  ellas  firman  el  Rey  D.    Ordoño, 


(1)  En  el  Tumbo  se  lee  Era  DCCCCLXXXVIII  (año  950);  pero  como 
trató  de  demostrar  Dozy  (Becherches0..,  t.  I,  pág.  170),  D.  Ordoño  III  no 
subió  al  Trono  hasta  principios  del  año  951.  La  fecha  exacta  del  falleci- 
miento de  D.  Ramiro  II,  tuvo  por  mucho  tiempo  divididos  á  nuestros 
historiadores;  pues  unos  decían  que  D.  Ramiro  había  fallecido  el  5  de  Ene- 
ro de  950,  y  otros  diez  meses  después.  Un  documento  de  Samos  que  cita 
Sandoval  (Cinco  Obispos,  pág.  273),  fechado  en  27  de  Febrero  de  951, 
dirimiría  la  cuestión;  pues  trae:  Incoante  regno  dominissimo  Ordonio  princi- 
pe domini  Bamiri  filio  anno  regni  sui  primo;  mas  las  fechas  publicadas  por 
este  autor,  suelen  ofrecer  poca  seguridad.  La  causa  de  la  confusión,  á  nues- 
tro juicio,  estuvo  en  que  como  la  Era  DCCCCLXXXVIIII  termina  en 
cuatro  IIII,  fué  fácilmente  al  trasladar  los  documentos  suprimir  una  I,  y 
por  consiguiente,  disminuir  en  un  año  la  verdadera  fecha.  Esto  se  ve  paten- 
temente en  la  Escritura,  núm.  VIL,  lib.  I,  del  Tumbo  de  Celanova,  la  cual 
pone  la  Era  DCCCCLXXXVIII;  pero  un  ejemplar  suelto  de  la  misma  Escri- 
tura de  fines  del  siglo  X  ó  principios  del  XI,  trae  Era  DCCCCLXXXVIIII. 
Lo  más  probable,  por  lo  tanto,  es,  que  D.  Ramiro  II  falleció  el  5  de  Enero 
de  951  ó  pocos  días  después,  y  que  por  entonces  comenzó  á  reinar  su  hijo 
D.  Ordoño  III. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         3L1 

los  Obispos  Hermegildo  de  Santiago,  San  Rosendo, 
Gonzalo  de  León,  Fronimio,  dimisionario  de  la  misma 
Sede,  Arias  de  Dumio,  Hermegildo  de  Lugo,  y  San  Vi- 
liulfo  de  Tuy,  los  Condes  Rodrigo,  Munino  y  Osorio  y 
catorce  testigos. 

De  lo  hasta  aquí  expuesto,  no  puede  inferirse  que 
D.  Hermegildo  hubiese  sido  un  dechado  de  virtud;  pero 
lo  que  desde  luego  resulta  es  que  no  fué  un  monstruo  de 
iniquidad,  como  nos  lo  pintó  la  Compostelana.  Durante  su 
largo  pontificado,  que  duró  más  de  veinte  y  seis  años,  á 
pesar  de  lo  crítico  y  azaroso  de  las  circunstancias,  no 
decayó  visiblemente,  como  sucedió  más  tarde,  el  esplen- 
dor y  grandeza  de  la  Iglesia  compostelana;  antes  bien, 
la  fama  de  la  observancia  y  santidad  con  que  se  vivía 
en  sus  monasterios,  especialmente  en  el  de  Antealtares, 
estaba  muy  extendida.  Por  esto,  el  Abad  de  Santa  Ma- 
ría de  Cambre,  D.  Munio,  á  la  hora  de  su  muerte  en- 
cargó á  sus  hermanos  Grutier  y  Alvito,  que  agregasen 
este  monasterio  con  todas  sus  pertenencias,  al  de  Ante- 
altares, y  se  sometiesen  en  todo  á  la  dirección  del  vene- 
rable abad  Adulfo  III.  Así  lo  hicieron  los  dos  hermanos 
hacia  el  año  942  por  una  Escritura  que  vio  Yepes  (1),  y 
de  la  cual  se  conserva  un  extracto  entre  los  documentos 
de  San  Martín,  de  la  Biblioteca  de  la  Universidad  com- 
postelana. Entre  las  cosas  entregadas  se  contaban  tam- 
bién los  documentos  que  había  recogido  su  padre  en 
tiempo  de  D.  Alfonso  III.  Firman  la  Escritura  los  Obis- 
pos Baltario  (y  no  Branderico,  como  leyó  el  copiante)  de 
Tuy;  Hermegildo,  de  Compostela;  Rudesindo,  de  Dumio, 


(1)    Coron...,  t,  V,  fol.  03. 


312  LIBBO  SEGUNDO 


y  Hermegildo,  de  Lugo;  y  los  abades  Vimara,   Gladila, 
Gruto  y  Cristóbal  (1). 

Hacia  el  año  968  el  diácono  Ñuño,  probablemente 
Canónigo  de  Santiago  y  descendiente  del  Rey  de  Gali- 
cia D.  Silón,  concedió  en  Deza,  al  mismo  monasterio, 
extensas  heredades:  la  iglesia  de  Santa  Eulalia  de  Fil- 
gueira  ó  Donseón,  que  habían  edificado  sus  mayores,  y 
la  décima  parte  de  las  aldeas  de  Bergazos,  Val  y  Vi- 
llamala. 

Por  este  mismo  tiempo  se  refugiaron  en  Santiago 
los  Monjes  de  Santa  Marina  del  Tostó  en  tierra  de 
Soneira  (Somnaria),  en  la  brava  costa  del  Océano,  entre 
Camarinas  y  Laje.  Asaltados  y  saqueados  su  iglesia  y 
monasterio  por  una  banda  de  piratas  ó  salteadores,  no 
les  quedó  más  recurso  para  salvar  la  vida  que  apelar  á 
la  faga,  y  buscar  en  Compostela  un  asilo  seguro.  Se  lo 
prestó  generosamente  el  Abad  de  Antealtares,  el  cual 
con  sus  Monjes,  después  de  enterarse  de  todo  lo  que  ha- 
bía ocurrido,  desplegó  toda  su  caridad  con  aquellos  sus 
desgraciados  y  afligidos  hermanos.  Los  hospedó  en  su 
monasterio,  los  admitió  en  su  refectorio  y  los  consideró 
como  miembros  de  su  comunidad.  Y  tan  pronto  como  se 
presentó  ocasión  propicia,  restauró  el  monasterio  del 
Tostó,  y  envió  allí  Monjes  y  estableció  una  comunidad 
que  se  tenía  por  hija  de  la  de  Antealtares. 

Sucesos  como  el  de  Santa  Marina  del  Tostó  comen- 


(1)  Desde  entonces  el  monasterio  de  Cambre,  quedó  corno  priorato 
de  Antealtares.  En  la  actualidad  es  iglesia  parroquial  y  una  de  las  más 
bellas  de  la  Diócesis.  Pertenece  al  último  período  románico-bizantino,  y  su 
ábside  está  rodeado  de  corona  ó  deambulatorio.  Guarda  también  una  de 
las  hidrias  de  las  Bodas  de  Cana. 


LOS  TRES  PUlMERÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  C0M20STELANA  313 

zaban  entonces  á  hacerse  demasiado  fresuentes.  Ade- 
más de  otras  razones  que  pudieran  aducirse,  como  el 
estado  continuo  de  guerra,  el  aislamiento  con  que  solía 
vivir  cada  región  respecto  del  poder  central,  hay  una 
que  debe  tenerse  muy  presente,  y  es  la  gran  muchedum- 
bre de  cautivos  y  esclavos  que  debía  de  haber  entonces 
en  los  reinos  cristianos.  En  sola  la  expedición  que  Don 
Ramiro  II  hizo  á  Talavera  poco  antes  de  morir,  trajo 
7.000  cautivos.  En  la  que  hizo  á  Osma  en  los  primeros 
años  de  su  reinado,  trajo  también  muchos  miles  de  pri- 
sioneros. Como  nos  acreditan  recientes  y  dolorosas  ex- 
periencias, por  muy  buena  voluntad  que  quiera  supo- 
nerse en  D.  Ramiro  y  en  sus  generales,  no  era  fácil 
proporcionar  suficiente  sustento  para  tanto  cautivo;  por 
lo  que  éstos  tendrían  que  buscárselo  por  su  mano.  Si  á 
éstos  se  agregan  los  muchos  siervos  ó  colonos  que  aban- 
donaban las  tierras  á  que  se  hallaban  adscriptos,  se  con- 
cebirá fácilmente  el  gran  número  de  bandas  de  foragi- 
dos  que  debían  infestar  el  país. 

En  prueba  de  ello,  citaremos  algunos  de  los  casos 
ocurridos,  no  á  iglesias  y  monasterios,  sino  á  un  podero- 
so Magnate,  el  Conde  D.  Hermenegildo,  hermano  del 
Obispo  Gundesindo  y  padre  del  Obispo  Sisnando  II.  Por 
los  años  931  un  tal  Salomón  había  hecho  un  hurto;  y 
cogido,  lo  entregaron  á  D.  Hermenegildo  y  lo  condena- 
ron á  pagar  treinta  bueyes.  D.  Hermenegildo  lo  dejó  en 
libertad  bajo  fianza,  que  prestaron  los  presbíteros  Saba- 
neo y  Froilán  y  otros  cuatro  individuos,  obligándose 
todos  á  pagar  veintiún  bueyes,  si  Salomón  escapaba.  Los 
padres  de  éste,  Donadeo  y  Tidina,  prestaron  caución 
con  todos  sus  bienes.  Sucedió  que  Salomón  se  fugó  y  se 
llevó  consigo  á  un  siervo  de  D.  Hermenegildo  llamado 


314  LIBBO  SEGUNDO 


Maurelo,  y  á  un  ladrón  á  quien  soltó  de  la  cadena,  el 
cual  tenía  que  pagar  tres  caballos  por  su  robo  (1).  En 
este  mismo  año  Desiderio  y  su  mujer  Gudileuba  tuvie- 
ron que  entregar  á  dicho  Conde  la  mitad  de  su  heren- 
cia, porque  habían  afianzado  á  su  hijo  Florido  en  diez 
bueyes  para  que  no  escapase;  y  Miro  y  su  mujer  Froisen- 
da  fueron  multados  en  la  pérdida  de  todos  sus  bienes 
por  el  robo,  que  con  Gatón,  siervo  del  Conde,  le  había 
hecho  su  hijo  Faíila.  Un  año  antes,  Astruedo  y  su  mu- 
jer Froilona,  fueron  condenados  á  dar  todo  cuanto  te- 
nían en  Presares  como  restitución  de  lo  que  habían  ro- 
bado á  D.  Hermenegildo  y  á  su  esposa  D.a  Paterna. 
Tales  eran  los  materiales  que  se  fueron  hacinando  para 
la  intensa  y  profunda  perturbación  que  reinó  en  León 
y  Galicia  durante  la  segunda  mitad  del  siglo  X. 

Pero  volvamos  á  D.  Hermenegildo.  La  Compostelana 
quiso  que  el  fin  de  nuestro  Prelado  correspondiese  al 
tenor  de  su  vida,  según  ella  nos  lo  había  pintado.  Una 
vida  completamente  estragada,  no  podía  menos  de  tener 
un  fin  trágico;  en  esto  estuvo  acorde  consigo  misma  la 
Compostelana;  pero,  ¿lo  estuvo  así  con  la  realidad  de  los 
hechos?  Desde  luego  hay  motivos  para  dudarlo,  y  no 
faltan  indicios  seguros  que  demuestran  todo  lo  con- 
trario. 

Refiere  la  Compostelana  que  la  víspera  del  día  de  su 
muerte,  D.  Hermenegildo  en  un  acceso  de  ira,  mandó 
arrebatar  á  una  pobre  viuda,  una  vaca  con  cuya  leche 
se  sustentaban  ella  y  sus  hijos  que,  según  el  Cronicón 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  Lili. — Es  curioso  este  documento,  porque 
nos  da  á  conocer  algo  de  los  procedimientos  de  aquella  época,  en  materia 
judicial. 


LOS  TRES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  315 

Iriense  eran  ocho.  Al  día  siguiente  celebró  D.  Hermene- 
gildo un  banquete,  al  que  convidó  á  los  caballeros  que  es- 
taban á  servicio.  Ya  se  hallaba  completamente  ahito  y 
con  la  cabeza  no  muy  firme  á  causa  de  los  vapores  del 
exquisito  vino,  cuando  en  una  escudilla  de  plata  le  pre- 
sentó un  gentilhombre  parte  del  vientre  de  la  vaca  ro- 
bada. No  se  contuvo;  metió  un  trozo  en  la  boca  pero  al 
disponerse  á  triturarlo  con  toda  voracidad,  reventó  á  la 
vista  de  todos.  Añade  la  Compostelana  que  su  sepulcro  fué 
incendiado,  aunque  no  dice  si  con  fuego  del  Cielo  ó  puesto 
por  mano  humana;  y  que  con  sus  propios  ojos  había  vis- 
to las  señales  de  dicho  incendio  (1).  Siendo  esto  así,  ha- 
bría que  confesar  que  la  memoria  de  D.  Hermegildo  de- 
bía reputarse  como  de  lo  más  execrable.  Sin  embargo, 
no  la  consideraron  así  los  contemporáneos.  Su  sucesor 
Sisnando,  al  confirmar  el  Privilegio  otorgado  al  monas- 
terio de  Calogo  en  el  año  929,  dice  expresamente:  Sis- 
nandus  episcopus  atque  successor  ex  id  db  antecessore  nostro 
domno  Hermegildo  episcopo  divine  memorie,  qui  hunc  privile- 
gium  confirmare  voluit.  De  divina  memoria  se  le  llama  tam- 
bién en  otro  Diploma  del  año  961  de  que  más  adelante 
hablaremos;  y  por  último,  se  le  da  el  dictado  de  Santis- 
simo  en  otro  Privilegio  concedido  por  D.  Ordoño  IV, 
en  2  de  Marzo  de  958. 

Por  lo  que  toca  á  las  señales  de  incendio  que  dice  ha- 
ber visto  la  Compostelana  en  el  sepulcro  de  D.  Hermegil- 
do, nada  tienen  de  extraño;  porque  restos  de  incendio,  y 


(1)  España  Sagrada,  t.  XX,  pág.  12. — El  Cronicón  Iriense  (España 
Sagrada,  t.  XX,  pág.  604),  dice  que  la  viuda,  anegada  en  lágrimas,  se  había 
arrojado  á  los  pies  del  Prelado  implorando  misericordia,  pero  que  no  ha- 
bía conseguido  que  se  rindiese  á  sus  ruegos  y  á  sus  lamentos. 


3Í6  LIBBO  SEGUNDO 


de  considerable  incendio,  anterior  al  siglo  XII,  se  han 
hallado  á  medio  metro  de  profundidad  debajo  del  pa- 
vimento actual  de  la  Capilla  Mayor  de  la  Basílica;  los 
cuales  muy  probablemente  datarían  del  tiempo  de  Al- 
manzor. 

La  Compostelana  que  tanto  se  detuvo  en  dar  porme- 
nores acerca  de  los  últimos  momentos  de  Hermegildo, 
nada  dijo  de  la  fecha  de  su  fallecimiento.  El  ver  que  su 
sucesor  Sisnando  II  ya  estaba  consagrado  en  18  de  Mayo 
de  952,  como  luego  diremos,  nos  hace  suponer  con  mu- 
cha verosimilitud,  que  Hermegildo  falleció  á  fines  del 
año  951. 


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CAPITULO  XVII 


Es  elegido  sucesor  de  D.  Hermenegildo,  el  Diácono  Sisnando 
Menéndez. — Funda    con    sus    padres    D.    Hermenegildo  y 
D.a  Paterna,  el  monasterio  de  Sobrado.— Concilio  compos 
telano  en  que  fué  consagrado  Metropolitano  de  Tarrago- 
na, Cesarlo,  Abad  de  Monserrat. 


emos  dicho  al  dar  fin  al  capítulo 
anterior,  que  en  18  de  Mayo  de  952 
ya  estaba  consagrado  el  sucesor  de 
D.  Hermegildo,  Sisnando  II.  Así 
nos  lo  testifica  en  un  Diploma  de  dicha  fecha,  D.  Ordo- 
ño  III,  el  cual  hablando  de  Sisnando,  dice:  (¿ni  tempore 
nostro  per  Concílium  electus  et  ordinatus  ibi  fuit.  Indudable- 
mente Sisnando  parecía  la  persona  más  significada  para 
ocupar  la  Cátedra  episcopal  de  Compostela.  Lo  reco- 
mendaba su  nacimiento,  como  hijo  que  era  de  los  Con- 


318  LIBBO  SEGUNDO 


des  D.  Hermenegildo  ó  Meriendo  y  D.a  Paterna  (1),  y 
sobrino  del  Obispo  Grundesindo;  pero  sus  prendas  perso- 
nales, su  actividad,  su  afabilidad,  su  carácter  emprende- 
dor, su  iniciativa,  lo  hacían  sobresalir  entre  todos  los 
miembros  de  la  Corporación  capitular,  de  la  cual  era  Diá- 
cono ó  Arcediano  (2).  Ya  hemos  visto  como  en  el  año  947 
el  Obispo  D.  Hermegildo  con  consentimiento  del  Cabildo, 
le  había  donado  la  aldea  de  Vilouchada  con  su  iglesia  de 
San  Vicente.  Por  este  tiempo  ya  nuestro  Diácono  debía 
hallarse  desempeñando  el  cargo  de  Intendente  del  Real 
Palacio;  y  D.  Ramiro  II  para  premiar  sus  servicios,  le 
cedió  en  usufructo  la  mitad  de  un  cortijo  en  León,  que 
le  había  dejado  un  su  eunuco.  Esto  también  le  dio  oca- 
sión para  tratar  al  Príncipe  D.  Ordoño,  y  para  merecer 
su  amistad  y  confianza. 

De  las  palabras  antes  citadas  de  D.  Ordoño  III,  se 
deduce  que  en  la  elección  de  Sisnando  se  observaron  las 
prescripciones  canónicas,  pues  fué  hecha  en  Concilio  al 
que  asistirían  los  Obispos  más  inmediatos,  y  el  Clero  y 
el  pueblo  compostelano.  Otra  cosa  muy  distinta  insinúa 
la  Gompostelana  (3);  pues  dice  que  Sisnando  sucedió  á 
Hermegildo  por  una  especie  de  coacción,  quadam  sorte 
potestatis;  lo  cual  no  está  muy  conforme  con  lo  que  asien- 
ta D.  Ordoño  III,  que  ya  reinaba  al  tiempo  en  que  se 
hizo  la  elección.  Sin  embargo,  habrá  que  confesar  que  la 


(1)  D.a  Paterna  era  hija  de  los  Condes  D.  Gundesindo  y  D.a  Sénior,  y 
hermana,  á  lo  que  parece,  de  D.a  Jimena,  esposa  de  D.  Alfonso  IV. 

(2)  Por  entonces  parece  que  era  Presidente  del  Cabildo  otro  Abad 
Grundesindo. — Según  Yepes  (t.  IV,  fol.  301),  Sisnando  ya  era  Arcediano  en 
el  año  909;  pero  es  de  recelar  que  en  la  Escritura  del  monasterio  de  Cinis 
que  cita  el  célebre  Cronista,  haya  algún  yerro  en  la  fecha. 

(3)    España  Sagrada,  t.  XX,  pág.  13, 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  319 

circunstancia  de  ser  Sisnando  persona  tan  acepta  á  los 
Reyes,  debió  pesar  no  poco  en  el  ánimo  de  los  electores. 

Hemos  dicho  que  Sisnando  se  había  hecho  acreedor 
á  la  estimación  y  afecto  del  Príncipe  D.  Ordoño.  Así  re- 
sulta de  los  Privilegios  concedidos  por  este  Monarca  á  la 
Iglesia  de  Santiago;  no  precisamente  por  las  muchas  do- 
naciones hechas  al  Templo  Apostólico,  sino  por  las  fra- 
ses y  elogios  que  en  dichos  Diplomas  dedica  al  Obispo. 
En  el  otorgado  en  12  de  Septiembre  de  954,  le  llama  ín- 
clito y  venerabk  padre  D.  Sisnando,  Obispo  de  este  lugar  de 
nuestro  Patrón,  y  Pontífice  de  todo  el  orbe.  fVobis  inclyto  ac  ve- 
nerabili  patri  domno  Sisnando,  episcopo  hujas  Patroni  nostri, 
et  totius  orbis  antistiti).  Más  abajo  añade  D.  Ordoño,  que 
en  atención  á  los  eminentes  servicios  que  siempre  le  ha- 
bía prestado  después  de  la  muerte  de  su  padre,  D.  Rami- 
ro II,  le  había  concedido  íntegro  el  usufructo  del  cortijo 
de  que  más  arriba  hemos  hablado,  (ob  famulationem  fidelis- 
simam  vestram  in  ómnibus  nobis  exhibentes,  cortem  ipsam,  etc..) 
Estos  servicios  debieron  ser  tanto  más  de  agradecer  por 
D.  Ordoño,  cuánto  que  sin  duda  fueron  prestados  en  oca- 
sión en  que  su  hermano  D.  Sancho  ayudado  del  Rey  de 
Navarra  D.  García  y  del  Conde  de  Castilla  Fernán  Gon- 
zález, quiso  disputarle  el  Trono. 

Por  el  Diploma  de  18  de  Mayo  de  952  (1),  otorgó 
D.  Ordoño  III  á  la  Iglesia  de  Santiago  el  commisso  de 
Cornado,  entre  el  río  Ulla  y  sus  afluentes  Laña  é  Iso, 
según  antes,  por  Real  ordenación,  lo  habían  tenido  mu- 
chos Condes,  sicuti  eum  habuerunt  multi  comités  per  ordina- 
tionem  regiam.  Subscriben  los  Obispos  Frominio,  dimisio- 


(1)     Véanse  Apéndices,  núin.  LXI11, 


320  LIBBO  SEGUNDO 


nario  de  León,  San  Rosendo,  Gonzalo  de  León,  Arias  de 
Dumio,  y  Hermegildo  de  Lugo  (1). 

Otro  commisso  ó  encomienda  ó  Condado,  el  de  Vento- 
sa, concedió  D.  Ordoño  en  un  Privilegio  de  11  de  No- 
viembre de  952,  según  también  lo  habían  tenido  antes 
muchos  Condes.  Subscriben,  además  de  Hermegildo, 
Obispo  de  Lugo,  Dulcidio  de  Viseo,  Ornato  de  Lamego, 
Ilderedo  de  Simancas  y  Menendo  (2). 

Por  estos  años  hallábanse  grandemente  afanados  los 
padres  de  Sisnando  II  con  la  fundación  del  monasterio 
de  Sobrado.  Viéndose  ya  de  edad  avanzada,  y  conside- 
rando que  para  ellos  los  cuidados  y  faenas  de  este  mun- 
do podían  darse  por  terminadas,  quisieron  consagrar  lo 
que  les  restaba  de  vida,  de  actividad  y  de  fuerzas  y  parte 
de  su  hacienda  al  servicio  de  su  Criador  y  de  su  Redentor. 
Con  este  fin,  en  una  de  las  tierras  de  su  propiedad  lla- 
mada Sobrado  (3),  á  la  falda  del  monte  Mauramorta,  allí 
donde  un  pequeño  arroyo  mezcla  sus  aguas  con  el  ria- 
chuelo que  bajando  de  la  sierra  del  Bocelo  toma  el  nom- 
bre de  Támara  ó  Tambre,  y  corre  impetuoso  hasta  per- 
derse en  la  inmensidad  del  Océano,  comenzaron  á  edifi- 
car una  iglesia  bajo  el  título  de  Santiago  Apóstol,  y  á 
levantar  en  su  derredor  casas  para  una  comunidad  de 
mujeres  y  otra  de  varones.  En  14  de  Mayo  de  952  ya 


(1)  Este  commisso  de  Cornado  confinaba  por  el  Este  con  el  de  Avean- 
cos.  Segi'm  habían  convenido  en  tiempo  de  Ramiro  II  los  Condes  D.  Jime- 
no  Díaz  y  D.  Arias  Alvítez,  el  río  Iso,  afluente  del  Ulla,  era  la  linca  diviso- 
ria de  los  Condados.  Este  convenio  fué  ratificado  por  Sisnando  al  recibir  el 
Condado  de  Cornado,  y  por  el  Conde  D.  Gonzalo  Menéndez  que  á  la  sazón 
tenía  el  de  Aveancos. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXV. 

(3)  Había  sido  del  presbítero  Sentario,  el  cual  la  había  donado  por  Es- 
critura á  los  padres  del  Conde  Hermenegildo,  Alvito  y  Argilona. 


LOS  TEES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  321 

estaba  construida  la  iglesia,  é  instalada  en  una  de  las 
casas  una  comunidad  de  religiosas  bajo  el  régimen  de  la 
abadesa  Elvira.  Así  consta  de  la  Escritura  que  en  dicha 
fecha  otorgaron  en  Santiago  (in  loco  Sancti  Iacobi  arcis 
marmorice  locus)  D.  Hermenegildo  y  D.a  Paterna,  por  la 
cual  dotaron  la  Iglesia  de  Santiago  y  de  los  demás  San- 
tos, cuyas  reliquias  allí  están  guardadas,  con  la  villa  de 
Sobrado  y  otras  muchas  heredades  que  en  la  Escritura 
se  expresan,  para  sustento  de  las  Monjas  y  Monjes,  para 
la  lumbre  de  los  altares  y  para  limosnas  de  los  pobres, 
hospedaje  de  los  viajeros  (hospitum  viatorum),  y  socorro  de 
los  peregrinos.  Subscriben  los  Obispos  Sisnando  de  San- 
tiago y  San  Viliulfo  de  Tuy,  el  abad  Gutierre,  varios 
Abades  y  Canónigos  y  Religiosos  (1). 

En  9  de  Octubre  del  mismo  año  952,  ya  estaban  defi- 
nitivamente establecidas  las  dos  comunidades,  como  se 
ve  por  el  Diploma  que  en  dicho  día  otorgaron  D.  Herme- 
negildo y  D.a  Paterna.  Señalan  al  monasterio,  además 
de  los  diextros  con  que,  según  la  disciplina  entonces 
vigente,  debía  dotarse  toda  iglesia  nueva,  otras  muchas 
haciendas  en  el  territorio  de  Presares  y  en  el  de  Nen- 
dos.  Donan,  además,  al  monasterio  10  yeguas,  20  vacas, 
18  bueyes  y  50  ovejas;  y  á  la  iglesia,  los  libros  siguien- 
tes: un  Antifonario,  un  Oracionario,  un  Salterio,  un  Pa- 
sionario,  un  Cómico,  un  Manual,  un  libro  de  Sermones, 
otro  Ordinum,  otro  de  Horas,  otro  de  Preces,  el  Opúsculo 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXII. — La  subscripción  de  Sisnando  está 
concebida  así:  Sub  xpisti  nomine  Sisnandus  episcopus  prior  quartus  a  primo 
confirmo.  El  inciso  prior  quartus  a  primo  debió  de  ser  añadido  al  trasláden- 
la Escritura  al  Tumbo.  Según  esto,  Sisnando  ya  estaba  consagrado  en  14  de 

Mayo  de  952. 

Tomo  II.— 21. 


322  LIBRO  SEGUNDO 


sobre  la  Virginidad  de  Nuestra  Señora,  las  Sinonimias 
de  San  Isidoro,  con  la  indumentaria  y  vajilla  correspon- 
diente, como  dos  cortinas  grandes  (velos  principales)  de 
seda?;  cuatro  de  lino,  siete  frontales  de  seda...  (1),  cuatro 
casullas,  una  capa  de  seda,  tres  estolas  de  seda,  un  cín- 
culo,  una  cruz...  y  una  caja  dorada,  un  cáliz  con  patena, 
un  candelabro,  un  incensario  y  una  campana  de  me- 
tal (2).  La  abadesa  D.a  Elvira  dona  por  su  parte  varias 
heredades  en  la  villa  de  Condearagonde  (Cullergondo). 
Encabezan  las  ñrmas  Hermenegildo  y  Paterna  y  su  hijo 
Rodrigo  Menóndez.  Sisnando  subscribe  al  fin  en  esta 
forma:  Sisnandus  Dei  gratia  episcopus  (3). 

Llegadas  las  cosas  á  este  punto,  ya  los  dos  venera- 
bles ancianos  podían  cumplir  sus  deseos  de  recogerse,  no 
sólo  con  el  cuerpo,  sino  con  el  espíritu,  en  un  lugar  en 
donde  sus  pensamientos  y  sus  aspiraciones  pudiesen  ele- 
varse más  fácilmente  al  Trono  de  Dios.  De  Hermenegil- 
do se  sabe  que  en  30  de  Marzo  de  955  ya  tenía  hecha 
en  Sobrado  profesión  de  vida  religiosa;  pues  en  dicha 
fecha,  titulándose  confesso  con  su  hijo  Sisnando,  había 
adquirido  para  su  monasterio  de  Sobrado  por  cambio 
con  otras  heredades  (4),  la  iglesia  de  Santa  María  de 


(1)  Lo  señalado  con  puntos  suspensivos  está  borroso  en  la  copia  del 
Tumbo  de  Sobrado. 

(2)  Anteriormente  las  campanas  eran  de  hierro,  como  se  ve  por  el  Pri- 
vilegio de  D.  Alfonso  I,  otorgado  en  740  á  Covadonga  (duas  campanas  de 
ferro),  y  el  de  Adelgaster  á  Obona  (duas  campanas  de  ferro).  (España  Sa- 
grada, t.  XXXVII,  pág)  303  y  308).  En  el  siglo  IX  ya  se  hicieron  de  me- 
tal fundido  (fusile). 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXIV. 

(4)  Las  posesiones  que  en  la  permuta  dieron  Hermenegildo  y  Sisnando, 
fueron  la  iglesia  de  Santa  María  de  Vüaianes,  á  la  falda  del  monte  Sacro 
ó  Picosagro,  y  una  aldea  llamada  Argonti. 


LOS  TRES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANÁ  323 

Mezonzo.  Era  esta  iglesia  del  abad  Gundesindo,  descen- 
diente lateral  del  abad  Reterico,  y  de  los  demás  abades 
que  á  Reterico  sucedieron  en  el  gobierno  y  posesión  de 
esta  casa,  los  cuales,  hasta  Gundesindo,  fueron  Fulcare- 
do,  Pedro  y  Vimara  (1).  Convinieron,  pues,  Sisnando  y 
su  padre  Hermenegildo  de  una  parte,  y  el  abad  Gunde- 
sindo de  la  otra,  en  hacer  la  permuta  indicada,  que  in- 
dudablemente era  muy  ventajosa  al  monasterio  de  So- 
brado, porque  la  iglesia  de  Santa  María  de  Mezonzo 
poseía  muchos  libros  (libros  nimis  abundanter)  y  buen  sur- 
tido de  cortinas  y  paños  de  altar  (vela  et  vestimenta  altaris 
satis  affluenter).  Sólo  se  reservó  Gundesindo  el  villar  ó  lu- 
gar de  Busto  y  la  mitad  de  el  de  Reboredo,  junto  á  la 
iglesia  de  San  Pedro  de  Mezonzo.  Firman  la  Escritura 
de  permuta,  además  del  abad  Gundesindo,  los  abades 
Gutier,  Alactancio  y  Hermiario,  y  varios  Presbíteros  y 
Diáconos  (2). 

Mas  la  importancia  de  la  obra  erigida  por  Herme- 
negildo y  su  hijo  Sisnando,  se  evidencia  por  otro  Diplo- 
ma fechado  en  30  de  Diciembre  de  955.  En  él  Sisnando, 
llamándose  Obispo,  aunque  indigno,  de  la  Cátedra  de 
Santiago  Apóstol  y  de  la  Sede  Iriense  (licet  indignus  Ca- 
thedrae  sancti  lacobi  Apostoli  et  Iriensis  Sedis  episcopus),  con 
su  padre  Hermenegildo,  dirigiéndose  á  Nuestro  Salvador 
y  Redentor  Jesucristo  y  á  los  gloriosos  mártires  y  pa- 
tronos San  Juan  Bautista,  San  Pedro  Apóstol,  Santiago 
Apóstol,  San  Miguel  Arcángel  y  San  Pelayo  mártir, 
después  de  un  hermoso  preámbulo,  esmaltado  de  altos 


(1)  Véase  cap.  XIII,  pág.  259  y  siguientes. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXVI. 


324  LIBBO  SEGUNDO 


y  piadosísimos  conceptos,  enumera  los  bienes,  así  mue- 
bles como  raíces,  con  que  enriqueció  el  monasterio.  Co- 
menzando por  el  mobiliario  de  la  iglesia,  mentaremos 
tres  cruces,  una  de  ellas  de  plata  dorada  adornada  de 
piedras  preciosas  valuada  en  85  sueldos;  las  otras  dos, 
sencillas;  una  tapa  ó  caja  de  los  Santos  Evangelios, 
también  de  plata  dorada  y  adornada  de  piedras  precio- 
sas de  valor  de  100  sueldos;  un  cáliz  con  la  patena  de 
plata  dorada,  adornado  de  piedras  de  50  sueldos;  otro 
cáliz  de  plata;  tres  coronas  de  plata,  una  dorada  y  con 
piedras  preciosas  de  40  sueldos,  y  las  otras  dos  de  40 
sueldos;  tres  candeleros  de  bronce  fusilia;  dos  ciriales 
(caniclstahs)  de  cobre;  una  lucerna  con  su  pie  de  bronce 
fusile;  un  incensario  de  plata  con  su  naveta  de  40  suel- 
dos; cuatro  campanas  de  metal;  dos  cortinas  grandes  de 
seda  y  cuatro  más  pequeñas;  frontales,  palias  y  paños; 
cuatro  dalmáticas;  tres  cogullas  de  seda  y  otras  cogullas 
y  albas  de  lino  fusiles;  dos  Antifonarios  completos;  dos 
Oracionarios,  un  Manual,  un  Cómico  (1),  un  Pasionario, 
un  Salterio  con  salmos,  cánticos  é  himnos;  dos  libros  de 
Ordenes,  uno  episcopal  y  otro  más  pequeño  (2);  un  volu- 
men con  las  Horas  del  Oficio  y  con  preces;  las  Vidas  de 


(1)  El  libro  Cómico  ó  Comüum  contenía  las  Profecías,  las  Epístolas  y 
los  Evangelios.  Librum  in  Ecclesia  necessarium,  dice  el  Obispo  de  León  Don 
Pelayo  en  la  Donación  que  en  1073  hizo  á  su  Iglesia  (España  Sagrada, 
tomo  XXXVI,  Apéndices,  pág.  59),  de  Prophetiis,  Epistolls  et  Evangeliis, 
qui  Comicus  dicifur. — Véase  el  interesante  Opúsculo  del  Sr.  Villaamil  y 
Castro,  intitulado:  Códices  de  las  Iglesias  de  Galicia;  Madrid,  1874. 

(2)  El  libro  Ordivum,  según  la  nota  puesta  al  fin  del  Códice  Emilia- 
nense,  que  publicó  el  P.  Flórez  (España  Sagrada,  t.  III,  Ap.  III),  contenía 
la  fórmula  del  Bautismo  y  el  Oficio  de  Sepultura. 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  325 

los  Padres,  laá  Sinonimias,  las  Reglas,  las  Instituciones 
y  la  obra  de  Alcuino?  que  se  intitulaba  Octo  vitia  (1). 

Para  la  mesa  donaron,  Hermenegildo  y  Sisnando, 
un  fixorium  (2),  una  inferturla  (3),  cuatro  cucharas,  un  tro- 
lionem  (4),  todas  estas  cosas  de  plata  de  valor  de  43  suel- 
dos, un  salero  de  plata,  una  suleiera  (salsera)  de  plata, 
otro  trolion  de  marfil  (5),  diez  escudillas  fíalas  (6)  de  pla- 
ta, apreciadas  en  120  sueldos,  otra  escudilla  de  15  suel- 
dos, dos  nidrias,  dos  concos,  y  ocho  juegos  completos  de 
ropas  de  mesa.  Para  el  dormitorio  cuatro  galnapes  palleas, 
cuatro  colchones  de  pluma  de  tela  de  seda,  cinco  tapetia, 
una  alfombra,  dos  almohadas  (álmozálas) ,  dos  Unidas, 
diecinueve  galnapes  de  lana  y  once  colchones  de  pluma 
de  tela  de  lana. 

Sigue  después  la  enumeración  de  las  fincas,  en  que 
se  citan  la  de  Sobrado  (7),  y  otras  muchas  en  tierra  de 
Nallar  (Narla),  de  Mera  y  de  Sarria  en  la  Diócesis  de 
Lugo,  en  Britonia,  en  Presares,  en  Postmarcos,  en  Ven- 
tosa, en  Castela,  en  Montesacro,  etc..  Donan,  por  últi- 


(1)  En  el  Libellus  precum  de  Alcuino,  hay  un  capítulo  que  se  intitula 
De  octo  vitiis  principali bus. 

(2)  En  otros  documentos  fissorium.  Cuchillo?  ó  aro  para  recibir  la 
fuente? 

(3)  Fuente  para  servir  la  comida  en  la  mesa.  De  inferior,  «dapifer  qui 
dapes  infert.» 

(4)  Vas  vinarium;  jarra,  ánfora  de  vino. 

(5)  Un  colmillo  de  elefante  montado  sobre  armadura  de  plata  para  que 
pudiese  prestar  el  servicio  de  jarra,  como  el  que  se  ve  en  el  Museo  de  Dres- 
de  citado  por  V.  Gay  en  su  Glossaire  archeologique,  art.  Cor. 

(6)  En  el  original:  paaras  (pateras?)  vel  fíalas. 

(7)  La  mitad  de  todo  este  solar,  que  Sisnando  tenía  por  su  padre  Her- 
menegildo, había  tocado  á  su  hermano  Rodrigo,  al  cual  en  compensación  se 
le  dio  la  mitad  de  otras  villas  que  habían  caído  en  la  porción  de  Sisnando  y 
de  su  madre  D.a  Paterna. 


326  LIBBO   SEGUNDO 


mo,  tres  mulos  domesticados  y  otros  mulos  y  caballos 
indómitos,  tres  yeguadas,  vacadas,  rebaños  de  ovejas 
hasta  el  número  de  600,  y  rebaños  de  cabras  y  cerdos. 

Subscriben  el  Documento  Sisnando,  su  hermano  Ro- 
drigo con  su  esposa  Elvira,  y  varios  Abades  y  Canóni- 
gos de  Santiago.  No  confirma  el  abad  Diego,  que  al  pa- 
recer ya  había  sucedido  al  primer  abad  Gutierre;  pero 
de  él  se  hace  mención  en  el  cuerpo  de  la  Escritura.  Pos- 
teriormente, la  Escritura  fué  confirmada,  como  sucede 
con  otras  muchas,  por  los  Reyes  D.  Ordoño  IV  y  Don 
Sancho  el  Craso  (1). 

A  excepción  del  más  antiguo,  ninguna  mención  se 
hace  en  estos  Documentos  de  la  madre  de  Sisnando,  Doña 
Paterna,  á  la  cual  en  algunas  Escrituras  se  da  el  título 
de  Infanta  (2).  En  el  último  Documento,  dice  Sisnando 
que  da  la  mitad  de  la  villa  de  Sobrado  por  su  alma  y 
por  la  de  su  madre;  con  lo  cual  parece  que  da  á  enten- 
der que  D.a  Paterna  ya  había  fallecido.  Sin  embargo, 
de  las  palabras  de  Sisnando  no  se  deduce  rigurosamente 
el  fallecimiento  de  la  Condesa.  Es  posible  que  D.a  Pa- 
terna se  hubiese  retirado,  para  mayor  recogimiento,  á 
alguna  de  las  solitarias  iglesias  ó  conventos  que  poseía 
en  sus  tierras,  p.  ej.,  en  la  Ulla;  y  no  es  del  todo  inverosí- 
mil que  sea  la  Santa  Paderna,  cuyo  sepulcro  se  venera 
en  la  iglesia  parroquial  de  San  Julián  de  Arnois,  cerca 
del  Puenteulla. 

Otros  monasterios  más  que  el  de  Sobrado,  debieron 
conservar  gratos  recuerdos  de  Sisnando  II.  En  los  Indi- 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXVII. 

(2)  «Et  ipsa  Infante  —se  dice  de  D.a  Paterna  en  una  Escritura  del 
Tumbo  de  Sobrado—  creavit  illum  Petrum  (de  Mezonzo),  et  fuit  capellán  ua 
in  casa  de  ipsa  Infanta.» 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         327 

ees  del  Archivo  de  San  Martín  Pinario  se  dice  que  en  la 
Era  DCCCCL  el  Obispo  Sisnando  y  la  Reina  D.a  Urraca 
concedieron  á  este  monasterio  los  cotos  de  Betetos  y 
Orto.  La  Era  está  indudablemente  errada,  faltosa,  por 
lo  menos,  de  40  años.  La  Reina  D.a  Urraca,  de  que  aquí 
se  habla,  debe  ser  la  viuda  de  D.  Ramiro  II  (1).  Confir- 
mó también  Sisnando  en  la  forma  que  hemos  visto  en 
la  pág.  315  la  donación,  que  con  el  Rey  D.  Alfonso  IV 
había  hecho  al  monasterio  de  Calogo  su  antecesor  Don 
Hermegildo. 

Por  las  firmas  de  estos  Documentos  de  Sobrado,  se 
ve  que  el  Cabildo  compostelano  formaba  aún  una  Cor- 
poración nutrida  y  numerosa,  como  en  los  tiempos  del 
gran  Sisnando.  Entresacaremos  de  estas  Escrituras,  los 
nombres  de  los  que  probablemente  por  entonces  eran 
Canónigos  de  Santiago.  Además  del  abad  Gundesindo, 
citaremos  á  los  presbíteros  Gravinio,  Tructesindo ,  Ma- 
nila, Ortofredo,  Sentario,  Leovigildo,  Bonoso,  Trasulfo, 
García,  Trasuario,  Marciano,  Armentario  y  Baldemiro, 
y  á  los  diáconos  Tello,  Ñuño,  Vistrerio,  Mariulfo,  Gun- 
desindo, Espasando,  Gudino,  Visclamundo ,  otros  dos 
Gundesindos,  Ventremiro,  David,  Lázaro,  etc.. 

No  se  encuentra  por  entonces  en  las  Escrituras  de 
Santiago  el  título  de  Arcediano;  pero  es  indudable  que 
el  oficio  ó  dignidad  de  hecho  existía,  y  que  los  Diáconos 
ascendidos  á  la  dignidad  episcopal,  como  Hermegildo  y 
Sisnando  II,  eran  en  realidad  Arcedianos.  El  Presidente 
del  Cabildo  era  por  entonces,  á  lo  que  creemos,  el  abad 


(1)  El  coto  de  Betetos  es  un  despoblado  que  hay  á  Ja  falda  del  Picosa- 
gro  en  la  parroquia  de  Santa  María  de  Lestedo;  el  de  Orto  dio  su  nombre  á 
un  lugar  en  la  parroquia  de  San  Vicente  de  Boqueijón,  del  otro  lado  de  la 
sierra. 


328  LIBEO  SEGUNDO 


Gundesindo,  al  parecer,  el  mismo  que  cedió  á  Sobrado 
el  monasterio  de  Mezonzo.  Hay,  empero,  otro  Abad  lla- 
mado Alactancio,  cuyo  nombre  se  ve  muy  repetido  en 
los  Diplomas  de  entonces,  y  que  quizás  pueda  también 
disputar  el  mismo  honor. 

Mas  el  crédito  y  estimación  de  que  por  este  tiempo 
gozaba  la  Iglesia  de  Santiago,  no  ya  en  Galicia  y  León, 
sino  fuera  de  España,  se  patentiza  con  el  siguiente  he- 
cho, que  por  su  misma  singularidad,  nos  revela  hasta  que 
punto  se  había  formado  idea  del  poder  y  de  la  autoridad 
de  nuestra  Iglesia.  La  ciudad  de  Tarragona,  desde  la 
irrupción  de  los  árabes,  se  hallaba  destruida  y  deshabi- 
tada, y  el  fuero  metropolítico  de  su  Iglesia  se  había  en- 
comendado á  la  Metrópoli  de  Narbona.  Por  este  tiempo 
algunos  catalanes,  queriendo  prescindir  de  Narbona  y 
restaurar  su  antigua  Metrópoli  tarraconense,  nombraron 
Metropolitano  á  Cesario,  Abad  de  Santa  Cecilia  de 
Monserrat.  En  el  año  957  vino  éste  á  Compostela,  de- 
mandando la  consagración,  fundado  en  que  toda  España 
y  los  lugares  occidentales  eran  la  Provincia  del  Apóstol 
Santiago,  que  la  conquistó  con  su  predicación  y  doctri- 
na. Fuese  porque  á  la  sazón  los  Obispos  leoneses  se  ha- 
llasen en  Compostela  reunidos  en  Concilio,  ó  porque 
Sisnando  con  anuencia  del  Rey  D.  Sancho,  que  se  halló 
presente,  los  convocase  exprofeso,  lo  cierto  es  que  en 
Concilio  pudo  exponer  Cesario  su  pretensión  y  pedir  el 
ser  consagrado.  Hallábanse  congregados,  además  de  Sis- 
nando, que  presidía,  Hermegildo,  Metropolitano  de  Bra- 
ga y  Lugo,  San  Viliulfo  de  Tuy,  San  Rosendo,  Gonzalo 
de  la  Sede  regia  de  León,  Oduario  de  Astorga,  Domin- 
gi  de  Zamora,  Teodomundo  de  Salamanca,  Fredulfo 
de  Orense,  Ornato  de  Laniego,  Diego  de  Oporto,  y  va- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DU  LA  I.  COlíPOSTEÍLAtf  A  329 

rios  Abades.  Oída  la  súplica  de  Cesario,  tomó  la  palabra 
el  Metropolitano  de  Lugo.  «Sabemos,  dijo,  que  está  es- 
tablecido por  los  Santos  Padres  que  en  cada  Provincia 
haya  un  Metropolitano,  y  puesto  que  Tarragona  en  un 
principio  fué  ciudad  metropolitana  en  la  que  se  celebra- 
ron Concilios  hasta  la  destrucción  de  nuestro  reino  por 
los  ismaelitas,  restablezcamos  lo  antiguo  y  consagremos 
al  punto  á  éste  por  Prelado.  »  Viliulfo  de  Tuy  prosiguió: 
«Procedamos  á  la  consagración,  porque  por  nuestros 
Príncipes  y  los  Concilios  de  Toledo  tenemos  potestad  de 
hacer  lo  que  halláremos  justo.  Esto  es  justo  y  debe  ha- 
cerse. >  El  abad  Adamancio  — ó  quizás  Alactancio,  el  cual 
nombre  se  ve  en  muchos  Diplomas  de  la  época —  varón 
santísimo  y  timorato,  dice  Cesario,  y  de  jovial  aspecto, 
resumió  lo  dicho  del  modo  siguiente:  «Según  lo  que  se 
contiene  en  las  Reglas  y  lo  que  nos  enseñan  los  Cáno- 
nes, conviene  elevar  á  éste  á  la  dignidad  episcopal.» 
«Ciertamente,  exclamaron  á  la  vez  otros  muchos,  reco- 
nocemos que  debemos  elegir  Arzobispo  á  este  siervo  de 
Dios,  Cesario,  Abad.» 

Luego  que  Cesario  fué  consagrado  en  Compostela 
Metropolitano  de  Tarragona,  se  presentó  con  el  Acta  de 
consagración  á  los  Obispos  de  su  Provincia;  los  cuales, 
en  especial  Emerico  ó  Aimerico,  Metropolitano  de  Nar- 
bona,  Pedro  de  Barcelona,  Arnulfo  de  Gerona,  Atton 
de  Vich  y  Wisaldo  de  Urgel,  como  era  de  esperar,  se 
negaron  á  reconocerlo  como  Metropolitano.  Entonces 
Cesario  se  vio  precisado  á  recurrir  al  Papa  Juan  XIII, 
(965-972),  no  Juan  XII,  (955-964),  como  generalmente 
se  dice,  suplicándole  por  medio  de  una  Epístola  que  se 
hizo  célebre  por  la  hinchazón  y  extravagancia  de  su  es- 
tilo, la  confirmación  de  todo  cuanto  se  había  hecho  en 


330  LIBRO  SEGUNDO 


el  Concilio  de  Compostela.  Y  decimos  que  Cesario  re- 
currió al  Papa  Juan  XIII ,  porque  en  su  carta  su- 
pone muertos  á  Sisnando  de  Compostela  y  Arnulfo  de 
Gerona,  (Sisnandum  condam...  Arnulphus  quondam),  los 
cuales  fallecieron,  el  primero  en  29  de  Marzo  de  968  y 
el  segundo  en  17  de  Abril  de  970  (1);  y  en  tal  fecha 
había  ya  fallecido  Juan  XII. 

Respecto  de  la  fecha  en  que  tuvo  lugar  la  celebra- 
ción del  Concilio  compostelano,  nada  puede  afirmarse 
con  seguridad,  porque  la  data  según  se  ha  publicado, 
está  conocidamente  errada.  Unos  lo  ponen  en  el  año  957, 
otros  en  el  962,  otros  en  el  siguiente  (2).  Respecto  del 
día  29  de  Noviembre  no  ocurre  dificultad,  aunque  tam- 
poco hay  seguridad  de  que  no  haya  yerro  en  la  indica- 
ción. Como  conjetura  diremos  que  quizás  se  celebraría 
en  el  año  966,  en  que  D.  Sancho  se  hallaba  en  Galicia, 
pudiendo  por  lo  tanto  asistir  personalmente  al  Conci- 
lio. Desde  966  hasta  970  en  que  Cesario  recurrió  á 
Roma,  mediaron  cuatro  años,  espacio  suficiente,  y  no 
excesivo,  para  que  el  recién  consagrado  pudiese  presen- 
tarse á  los  Obispos  de  su  Provincia,  discutir  con  ellos  la 
validez  de  su  elección,  y  gestionar  el  ser  reconocido 
como  tal  Metropolitano.  Sin  embargo,  no  insistiremos 
en  ello,  y  aún  recordaremos  que  en  13  de  Noviembre 
de  956,  parece  que  también  D.  Sancho  se  hallaba  en 
Santiago  (3). 


(1)  España  Sagrada,  t.  XLIII,  pág.  135. 

(2)  Lo  que  no  puede  admitirse  es  la  fecha  que  á  este  Concilio  da  el 
Sr.  La  Fuente;  el  cual  (Hist.  ecles.  de  Espn  2.a  ed.,  tom.  III,  pág.  255),  lo 
coloca  en  el  año  914,  y  sobre  él  se  extiende  en  juicios  harto  aventurados. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXVIII. 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  331 

En  definitiva,  el  Papa  optó  por  la  separación  de 
la  Metrópoli  Tarraconense  de  la  Narbonense;  pero  á 
instancia  del  Conde  de  Barcelona,  Borrell  II,  en  971, 
encomendó  á  Attón  ó  Adón,  Obispo  de  Vich,  el  cuidado 
de  la  Iglesia  de  Tarragona. 

Hechos  parecidos  por  aquellos  tiempos,  debían  repe- 
tirse con  frecuencia  en  Compostela;  y  si  D.  Ordoño  III 
en  su  Privilegio  de  12  de  Septiembre  de  954,  llama  á 
Sisnando  II,  Antistes  totíus  orbís,  no  sería  por  otra  cosa 
sino  porque  su  Iglesia  se  veía  diariamente  visitada  y  so- 
licitada por  personas  de  todas  clases  y  naciones.  Mas  los 
Notarios,  encargados  de  redactar  las  Actas,  no  solían  ha- 
cer aprecio  de  estas  cosas;  y  no  porque  de  él  se  halle 
rastro  en  los  Diplomas  del  Archivo  Compostelano,  tene- 
nemos  noticia  de  este  Concilio  que  presidió  Sisnando  II, 
sino  por  el  documento  que  publicó  Esteban  Baluze  (1). 

En  el  año  961  vino  á  Santiago  Hugo  de  Vermandois, 
Obispo  de  Reims,  el  cual  subscribe  la  Escritura  de  27  de 
Febrero  de  dicho  año  sobre  el  litigio  que  tuvieron  San 
Rosendo  y  Sisnando  II.  Ugo  remensis  episcopus.  Se  ha- 
bía entrometido  ilegalmente  en  el  gobierno  de  esta 
Diócesis,  por  lo  que.  fué  excomulgado  en  el  año  949. 
Quizás  vino  á  Santiago  para  rehabilitarse,  al  menos, 
en  el  terreno  de  la  conciencia  ,  y  de  sus  labios  ,  si 
es  que  no  le  acompañó  en  su  peregrinación,  pudo  es- 
cuchar el  Canónigo  de  Reims,  Flodoardo,  las  maravillas 
que  pasaban  en  Compostela,  y  tomar  notas  para  su 
poema  De  triumphis  Christi  Sanctorumque  Palaestinae,  en 
que  cantó  de  Santiago: 


(1)    Miscellanea;  ed.  de  Luca,  1761,  t.  II,  pág.  11G. 


á32  LIBBO  SEGUNDO 


At  fratris  Jacobi,  Gallaecia,  corpore  fulges 
Quo  capifc  extremum  locuples  Hispania  finem. 


Huno  gladio  Solymis,  Herodes  saeve,  necasti 
Sed  metas  orbis,  te  damnato,  ille  decorat  (1). 

Diez  años  antes  había  llegado  á  los  fines  de  Galicia, 
para  implorar  la  intercesión  de  Santiago,  BU.  Iacobí 
suffragia  iniploraturus,  otro  Prelado  francés,  Grotescalco, 
Obispo  de  Le  Puy  en  Velay. 

En  12  de  Septiembre  de  954,  concedió  D.  Ordoño  III 
á  Santiago  y  á  su  Obispo  Sisnando,  á  quien  llama  ínclito 
y  venerable*  Padre,  Pontífice  de  todo  el  orbe,  el  cortijo  de 
León,  cuyo  usufructo  había  tenido  el  mismo  Sisnando, 
siendo  diácono,  por  Real  concesión.  En  el  Diploma  se 
hace  mención  de  los  grandes  servicios  prestados  en  to- 
das ocasiones  fin  ómnibus)  por  el  Prelado  (2).  Fácil  es 
presumir  los  servicios  que  en  esta  ocasión  pudo  hacer 
nuestro  Obispo  á  D.  Ordoño,  si  se  tiene  á  la  vista  aque- 
lla cláusula  de  Sampiro  (3),  en  que  se  dice  que  este  Mo- 
narca, al  frente  de  un  gran  ejército,  domó  á  Galicia,  y 


(1)  Lib.  I,  cap.  XI,  en  el  tomo  CXXXV  de  la  Patrol.  lat.  de  Migue. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXIV.— Otro  servicio  importante  prestó 
sin  duda  Sisnando,  al  cual  por  entonces  no  pudo  referirse  D.  Ordoño;  y  fué 
traer  á  Compostela,  á  la  muerte  de  este  Monarca,  á  su  hijo  D.  Bermudo 
(después  D.  Bermudo  II),  que  quedaba  en  muy  tierna  edad,  y  encargarse  él 
de  su  educación.  El  Tríense  (Esp.  Sag.,  t.  XX,  pág.  607),  dice  de  D.  Bermu- 
do que  había  sido  educado  en  Santiago.  Apud  inclytam  beati  Jacobi  urbem 
educatum.  Lo  cual  nada  tiene  de  extraño,  pues  su  madre,  la  Reina  D.a  El- 
vira, era  hija  de  los  Condes  gallegos  (no  asturianos,  como  dice  Flórez), 
D.  Gonzalo  y  D.a  Teresa,  fundadores  de  los  monasterios  de  Camanzo  y  Car- 
bonario ó  Carboeiro.  (Véase  Flórez,  Memorias  de  las  Rey  ñas  Catholicas,  to- 
mo I,  página  111). 

(3)  España  Sagrada,  t.  XIV,  pág.  469. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  333 

que  después,  continuando  su  victoriosa  carrera,  saqueó 
á  Lisboa  (Ipse  quidem  rex  Ordonius,  magno  exercitu  aggregato, 
Gallaeclam  edomuit,  Olisbonam  depraedavit,  etc..)  Lo  que  en- 
tonces podían  hacer  los  Magnates  gallegos,  nos  lo  ex- 
presa Odoino  Bermúdez  en  su  notable  Escritura  (1), 
cuando  habla  de  la  conjuración  que  hicieron  los  Condes 
de  Galicia  para  expulsar  al  Rey  D.  Sancho,  hermano 
de  D.  Ordofio  III,  y  dar  la  corona  á  D.  Ordofio  IV. 
(Tune  in  Mis  diebus  cogitantes  comités  galléeos  necnon  et  mag- 
nates palatii  eicere  Sancionem  de  sede  sua  Legione,  et  daré  tro- 
num  glorie  regni  ad  Ordonium,  prolis  AdefonsiJ.  Lo  que  los 
gallegos  no  pudieron  con  D.  Alfonso  III,  lo  hicieron  con 
su  hermano  D.  Sancho. 

Es  de  advertir  que  los  hijos  de  D.  Alfonso  IV,  Don 
Ordoño,  D.  Fruela  y  D.  Fortis,  tenían  muchos  partida- 
rios entre  los  gallegos,  los  cuales  no  olvidaban  que  Don 
Alfonso  había  reinado  en  Galicia  juntamente  con  su 
Rey  D.  Sancho  Ordóñez.  El  Infante  D.  Fruela  fijó,  á  lo 
que  parece,  su  residencia  en  nuestro  país.  En  una  Escri- 
tura del  Tumbo  de  Célanova,  lib.  I,  núm.  LXXXI,  con- 
firma D.  Froila,,  hijo  del  Rey  D.  Alfonso.  Después,  en  el 
año  958,  lo  vemos  aparecer  como  confesso  ó  religioso  en 
Sobrado,  pues  con  este  título  firma  un  Diploma  otorga- 
do por  su  hermano  D.  Ordoño  IV  á  dicho  Monasterio. 
Por  último,  en  el  año  975,  según  resulta  de  una  Escri- 
tura cuyo  original  gótico  se  guarda  en  el  Archivo  Na- 
cional Histórico  de  Madrid,  tuvo  una  cuestión  con  Ful- 
gencio, abad  de  Samos,  sobre  la  iglesia  de  Santa  María 


(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  LXXV. 


334  LIBBO  SEGUNDO 


y  San  Félix  de  Loureiro,  en  el  territorio  de  Lousada  (1). 
D.  Fortis  parece  fué  Canónigo  de  Lugo.  En  una  Escri- 
tura que  cita  Flórez  (2)  del  año  974,  firma  Fortis  diacu- 
nus  Adefonsi  Principis  ftlius...  Se  deja  adivinar  por  estos 
datos,  cuál  pudo  ser  el  fin  que  se  propusieron  los  gallegos 
al  rebelarse  contra  D.  Ordoño  III  (3);  y  asimismo  se  co- 
lige de  la  Escritura  que  venimos  comentando,  que  el 
Obispo  Sisnando  y  el  Clero  de  Santiago,  permanecieron 
firmes  y  constantes  en  la  obediencia  del  Rey  de  León;  el 
cual,  acaso  de  vuelta  de  su  gloriosa  expedición,  vino  por 
Compostela  para  dar  gracias  á  Santiago  por  los  benefi- 
cios recibidos,  como  lo  hizo  en  la  tierna  plegaria  con 
que  termina  la  Escritura,  y  para  ofrecer  ante  su  Altar, 
la  donación  del  cortijo,  cuyo  usufructo  había  tenido 
Sisnando. 


jrt» — 


(1)  «Orta  fuit  contentio  — dice  la  Escritura —  inter  illo  infantem  domni 
Froylani,  prolix  Adefonsi  principis  divi  memorie  cum  Fulgentius  abba...» 
D.  Fruela  cedió  la  iglesia,  y  recibió  como  obsequio  del  Abad  y  monasterio 
sesenta  y  ocho  sueldos,  cuatro  arentios  in  aventum  y  dos  caballos  apreciados 
en  sesenta  sueldos. 

En  una  Escritura  de  Sobrado  del  año  1 204  se  hace  mención  de  un  alto- 
zano cerca  de  este  monasterio;  en  el  cual  altozano  hubo  unos  palacios  llama- 
dos de  los  Infantes.  (Auctarium  ubi  fuerunt  palatia  de  InfantibusJ.  Estos 
Infantes  acaso  serían  los  hijos  de  D.  Alfonso  IV. 

(2)  Jleynas  Catholicas,  t.  I,  pag.  94. 

(3)  Entre  los  rebeldes  gallegos  figuraron  dos  sobrinos  de  San  Rosen- 
do, D.  Gonzalo  y  D.  Bermudo,  hijos  del  Conde  D.  Jimeno  Díaz  y  de  Doña 
Adosinda,  hermana  del  Santo  Obispo.  (Véase  España  Sagrada,  t.  XVIII, 
Apéndices,  pág.  331). 


CAPITULO  XVIII 


Averiguase  si  hubo  tiempo  hábil  para  la  prisión  de  Sisnan- 
do  II,  de  que  hablan  la  Compostelana  y  otros  Cronistas.  Te- 
rrible invasión  normanda  en  el  año  968.  — Perece  Sisnan- 
do  II  en  la  batalla  de  Fornelos. 


on  la  muerte  de  D.  Ordoño  III,  ocurrida 
en  Agosto  del  año  955,  comenzaron  á 
turbarse  los  días  tranquilos  y  serenos, 
de  que  hasta  entonces  habían  gozado 
Sisnando  y  la  Iglesia  compostelana.  Y 
no  era  porque,  al  menos  por  entonces, 
tuviesen  que  recelar  de  la  actitud  y  ca- 
rácter del  sucesor  de  D.  Ordoño,  el  Rey  D.  Sancho;  el 
cual  en  13  de  Noviembre  de  956  con  fórmulas  que  respi- 
raban la  más  acendrada  piedad  y  el  más  sincero  afecto, 
para  sustento  de  los  Clérigos  que  servían  en  el  Templo 
del  Santo  Apóstol,  donó  el  commisso  ó  Condado  de  Bavegio 
(Bembejo).  Llama  á  Sisnando  Padre   Santísimo  (Patri 


336  LIBEO  SEGUNDO 


SanctissimoJ ,  y  ordena  que,  como  en  los  demás  commissos 
cedidos  á  la  Iglesia  compostelana,  en  el  de  Bembejo  pa- 
guen sus  habitantes  todos  los  años  lo  que  acostumbra- 
ban pagar  al  Real  Fisco,  que  era  el  tributo  cuadragesi- 
mal, y  lo  que  los  Condes,  que  lo  tenían  en  comisión  ó 
administración,  solían  de  él  percibir.  Subscriben  los  Obis- 
pos D.  Rosendo,  Gonzalo  de  León  y  Hermegildo  de 
Lugo  (1). 

Mas  el  fuego  de  la  discordia  yacía  latente,  pronto  á 
convertirse  á  la  menor  ocasión  en  voraz  incendio.  Ya  en 
el  mismo  año  956,  el  hijo  de  D.  Alfonso  IV,  D.  Ordoño, 
se  había  presentado  en  Galicia  para  disputar  la  Corona 
á  D.  Sancho,  como  se  ve  por  un  Diploma  de  15  de  Junio, 
en  que  titulándose  Rey  concede  al  Obispo  Teodomundo 
la  mandarían  ó  commisso  de  Robleda,  Tribes,  Caldelas  y 
Quiroga  (2).  Entonces  fué  cuando,  como  dice  Odoino  en 
su  Escritura,  se  concertaron  los  Condes  gallegos  con  los 
Magnates  de  la  Corte  para  expulsar  á  D.  Sancho  y  pro- 
clamar á  D.  Ordoño  (3).  Y  en  efecto,  apenas  cumplido 
un  año  de  reinado,  D.  Sancho  tuvo  que  abandonar 
á  León,  y  refugiarse  en  Pamplona  de  donde  pasó  á 
Córdoba. 

Posesionado  D.  Ordoño  IV,  á  quien  Sampiro  dio  el 
sobrenombre  de  Malo,  del  Trono  de  León,  al  menos  en 
Galicia,  no  quiso  hacer  méritos  para  que  dicho  califica- 
tivo se  hallase  justificado.   La  villa  de  Salto  de  Lite,  que 


(1)  Véanse  Apéndices,  núra.  LXVIII. 

(2)  Véase  España  Sagrada,  t.  XVI,  Apéndice  VIII. 

(3)  Tune  in  illis  diebus  cogitantes  Comités  galléeos  necnon  et  magnati 
palatii  eicere  Sancionem  de  sede  sua  Legione,  et  daré  tronum  glorie  regni 
ad  Ordonium  prolis  Adefonsi. 


LOS  TEES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  337 

pertenecía  al  patrimonio  de  la  Iglesia  de  Santiago  en 
tiempo  del  Rey  D.  Ramiro  II  y  del  Obispo  D.  Hermegil- 
do  por  manejos  de  Gemundo  Menéndez,  había  sido  ena- 
jenada é  incorporada  en  el  Real  dominio.  Todo  esto  hizo 
presente  Sisnando  á  D.  Ordoño,  el  cual  al  punto  dispuso 
delante  de  la  Junta  ó  Concilio  en  que  se  había  visto  el 
asunto,  que  las  cosas  se  restituyesen  á  su  antiguo  estado; 
y  á  este  fin,  á  2  de  Marzo  de  958,  despachó  un  Diploma, 
en  el  que  después  de  referir  lo  ocurrido,  ordenó  que  di- 
cha villa  de  Salto  de  Lite  se  destinase,  como  antes,  para 
servicio  del  Altar  del  Santo  Apóstol,  y  para  congrua  sus- 
tentación del  Obispo  y  del  Cabildo.  Y  D.  Ordoño,  que  no 
quería  pasar  por  usurpador,  hace  notar  en  el  Diploma, 
que  él  estaba  en  el  Trono  de  su  Padre,  porque  le  corres- 
pondía heredar  el  reino  reinando.  ( Successor  adest  in 
regno  domnus  Hordonius  princeps,  proles  domni  Adefonsi  regís, 
cnius  proprium  est  regnum  regnando  her  editare).  Firman  el 
Privilegio,  San  Rosendo,  Gonzalo,  Obispo  de  León,  San 
Viliulfo  de  Tuy,  Diego  de  Orense  y  Hermegildo  de 
Lugo  (1). 

En  el  mismo  día  2  de  Marzo  de  958  otorgó  D.  Ordo- 
ño  á  la  Iglesia  compostelana  las  dos  aldeas  de  Monumen- 
ta  (Moimenta),  y  Parata  (Parada),  que  eran  de  su  propie- 
dad, y  estaban  sitas  en  el  confín  del  Condado  de  Morana, 
entre  Cuntís  y  Pontevedra,  al  pie  del  monte  León.  Con- 
firman los  Obispos  San  Rosendo  y  San  Viliulfo  y  Her- 
megildo de  Lugo  (2).  Otra  aldea,  la  de  Jovellini,  concedió 
D.  Ordoño  á  Santiago  en  el  mismo  año,  á  21  de  Mayo. 


(1)  Véanse  Apéndices,  niun.  LXIX. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXX. 

Tomo  II.— 22. 


838  LIBRO  SEGUNDO 


Estaba  sita  esta  hacienda  á  orillas  del  Miño  y  cerca  de 
Layas,  que  era  del  patrimonio  de  D.  Ordoño.  Firman  el 
Documento  los  Obispos  Rodrigo,  Gronzalo,  Hermegildo, 
Diego  y  Domingo,  y  los  Magnates  Ñuño  Osoriz,  Pelayo 
González,  Ñuño  Núñez  y  Osorio  (1). 

La  Iglesia  compostelana  no  fué  la  única  en  Galicia, 
que  experimentó  la  generosidad  de  D.  Ordoño.  En  13  de 
Noviembre  de  958  concedió  al  monasterio  de  Sobrado  y 
al  Obispo  Sisnando,  bajo  cuyo  inmediato  régimen  y  cui- 
dado se  hallaba  entonces  la  casa,  el  commisso  de  Presares, 
para  que  los  Monjes  lo  tengan  como  hasta  entonces  lo 
habían  tenido  los  Condes  designados  por  los  Reyes.  Fir- 
man los  Obispos  Gonzalo  de  León,  Hermegildo,  Teodo- 
mundo  de  Salamanca,  Diego  de  Orense?,  y  el  Infante 
D.  Fruela,  hermano  de  D.  Ordoño  (2).  Otra  gran  dona- 
ción había  hecho  dos  días  antes  al  célebre  Conde  Santo, 
D.  Osorio  Gutiérrez,  á  quien  varias  veces  en  la  Escritura 
llama  D.  Ordoño  tío  suyo  (3).  Otorgóse  el  Documento  en 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXI. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXII. 

(3)  El  Conde  Santo  era  hijo  de  los  Condes  D.  Gutier  Osorio  y  D.a  Al- 

donza,  y  hermano  de  D.  Rodrigo,  D.  Fruela,  D.a  Gunterote,  D.a  Ermesinda, 

D.a  Adosinda  y  D.a  Elvira  y  de  otros  señores  de  que  se  halla  mención  en 

las  Escrituras.  D.a  Gunterote  fué  Abadesa  en  el  monasterio  de  Palatiolo, 

cerca  de  Celanova.  D.a  Elvira  fué  Monja,  y  D.a  Adosinda,  en  un  documento 

del  Turneo  de  Celanova  (lib.  I,  núm.  XLVIII  del  año  941),  se  intitula  reina; 

Adosinda  Olim  regina.  ¿De  dónde  le  vino  á  Adosinda  este  título?  A  nuestro 

juicio  de  haber  estado  casada  con  D.  Alfonso  IV  y  de  haber  engendrado  á 

D.  Ordoño  IV.  Siendo  esto  así,  nada  tiene   de  extraño  que  este  Monarca 

llamase  tío  al  Ccnde  Osorio,  hermano  de  su  madre.  Es  cierto,  que  la  esposa 

de  D.  Alfonso  IV  se  dice  haber  sido  D.a  Jimena;  pero  D.a  Adosinda   pudo, 

como  otras  muchas,  tener  doble  nombre,  ó  pudo   haber  estado  casada  con 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  339 

León,  en  presencia  de  un  numeroso  Concilio  de  Obispos, 
Abades  y  Condes,  al  cual  asistió  el  Prelado  de  San- 
tiago (1). 

Pronto  cerró,  no  obstante,  D.  Sancho  el  paréntesis 
que  en  su  reinado  había  abierto  D.  Ordoño  IV;  pues  si 
no  hay  yerro  en  la  fecha  de  un  Documento  del  Tumbo  de 
Celanova,  lib.  II,  fol.  133,  en  29  de  Marzo  de  959,  ya  se 
hallaba  de  vuelta  de  Córdoba  posesionado  segunda  vez 
del  reino  de  León.  Era  natural  que  á  su  vuelta  se  mos- 
trase no  muy  benévolo  con  los  que  se  habían  conjurado 
para  expulsarle  del  Trono,  y  aun  que  considerase  poco 
afectos  á  su  persona  á  aquellos,  que  habían  recibido 
mercedes  y  beneficios  de  su  rival,  D.  Ordoño;  con  tanta 
más  razón,  cuánto  que  los  partidarios  de  éste  no  se  ha- 
bían resignado  con  su  desgracia,  ni  tampoco  renunciado 
á  nuevas  tentativas  de  insurrección. 

Como  si  fueran  pocas  estas  causas  de  inquietud  y 
agitación,  una  nueva  plaga  cayó  sobre  Galicia,  y  la  lle- 
nó de  luto  y  desolación.  Los  normandos  volvieron  á  in- 
festar nuestras  costas,  al  principio  en  pequeñas  expedi- 
ciones como  para  ejercitarse  y  reconocer  el  terreno, 
después  en  grandes  masas  y  con  numerosos  ejércitos  de 
desembarco.  La  Diócesis  de  Iria  era  la  más  amenazada 
por  lo  abierto  de  sus  rías  y  de  sus  puertos,  y  por  la  ri- 
queza y  fertilidad  de  su  territorio.  El  estado  del  reino 


D.  Alfonso  IV  antes  qne  D.a  Jimena,  y  después  separarse  por  causa  de  al- 
gún impedimento  de  consaguinidad. 

La  D.a  Aldonza,  madre  del  Conde  Santo,  era  hermana  de  D.  Gutierre 
Menéndez,  padre  de  San  Rosendo.  Los  dos  Magnates  más  poderosos  de  Ga- 
licia en  su  tiempo  eran,  pues,  hermanos  políticos.  Ambas  casas  se  hallaban 
emparentadas  con  la  familia  real,  y  eran  de  la  primera  nobleza  de  España. 
(1)     España  Sagrada,  t.  XVIII,  pág.  305. 


340 


LIBRO  SEGUNDO 


no  permitía  que  en  Galicia  hubiese  otro,  que  el  Prelado 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A ,  fol.  16,  que  representa  á  D.  Sancho  el  Craso. 


compostelano,  que  pudiera  encargarse  de  la  defensa  y 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAíí  A  341 

armamento  del  país;  y  en  efecto,  Sisnando  desempeñó  á 
maravilla  este  encargo.  Levantó  fortalezas  como  la  de 
la  Lanzada  y  la  de  Cedofeita  en  los  puntos  más  estra- 
tégicos, estableció  guardias  y  retenes  para  vigilar  y 
guardar  las  costas,  organizó  milicias,  y  arbitró  recursos 
para  atender  á  todas  estas  urgencias.  Receloso  de  un 
golpe  de  mano  sobre  Compostela,  reparó  los  muros  de  la 
ciudad,  construyó  nuevos  torreones,  abrió  profundos  fo- 
sos, y  los  dispuso  de  manera  que,  cuando  fuese  preciso, 
quedasen  inundados  de  agua.  Para  todas  estas  obras 
reunió  arquitectos  y  canteros,  y  obligó  á  los  pueblos  al 
acarreo  de  materiales,  y  á  prestar  los  servicios  acos- 
tumbrados en  semejantes  casos  (1). 

Lo  que  más  urgía  era  allegar  fondos  para  sostener 
las  guarniciones  y  destacamentos  estacionados  en  los 
castillos  y  fortalezas  de  las  costas,  que  en  su  mayor  par- 
te estaban  en  el  arcedianato  de  Saines  ó  Sáliniense,  y  pa- 
gar y  gratificar  á  los  caballeros  y  campeones  que  quisie- 
sen encargarse  de  la  dirección  de  la  defensa.  Para  ello 
determinó  Sisnando  destinar  las  rentas  del  arcedianato 
de  Saines,  que  como  hemos  dicho  en  el  cap.  VI,  pág.  151, 
se  habían  asignado  para  sostenimiento  del  Cabildo  de  la 
antigua  Catedral  Iriense  (2). 

Después  de  las  palabras  que  acabamos  de  poner  en  la 
nota  1.a  de  esta  página,  añade  el  Cronicón  Iriense  las  si- 


(1)  Ne  forte  beatissimi  Jacobi  Apostoli  venerabile  corpus  ob  illorum 
hostium  (Normanorum  ac  Frandensium)  occupatione  súbito  caperetur,  lar- 
gita  architectis  munificentia,  ac  plebibus  labori  implicitis,  circumquaque 
eura  Locum  sanctum  maenium,  turriumque  munitione  ac  profundis  vallorum 
fossis  aqua  circumfusa,  ut  Locus  sanctus  tutus  esset,  summopere  cingi  prae- 
cepit.  (Chron.  Iriense,  España  Sagrada,  t.  XX,  pág.  605). 

(2)  Haec  omnia  diutissime  asservata  permanserunt  praeter  archidia- 
conatum  Salinensem,  quem  dominus  Sisnandus  pontifex  iriensis  ob   barba- 


342  LIBEO  SEGUNDO 


guientes  cláusulas,  en  alto  grado  depresivas  del  buen 
nombre  y  reputación  de  Sisnando.  «Como  era  tan  ase- 
glarado y  poderoso,  dice,  ocupó  opresivamente  á  los  sier- 
vos de  la  Iglesia  en  la  construcción  de  sus  palacios  y  de 
los  monasterios  de  Cinis,  Sobrado  y  Caneda,  y  distrajo 
los  caudales  eclesiásticos,  entregándolos  sin  tasa  ni  me- 
dida á  sus  parientes.  Reprendiólo  varias  veces  el  Rey 
D.  Sancho  cuando  de  ello  tuvo  noticia,  y  los  individuos 
del  Cabildo  lo  amonestaron  para  que  reconociese  sus 
yerros  y  se  enmendase;  pero  por  su  soberbia  y  por  la 
presunción  de  su  alto  linaje,  á  todo  se  hizo  sordo.  Sabe- 
dor el  Rey  Sancho  de  su  contumacia,  mandó  prenderlo 
y  encerrarlo  en  lugar  seguro;  y  en  su  sitio  fué  elevado 
octavo  Obispo  en  la  Sede  Apostólica,  Rudesindo,  varón 
santísimo  y  de  ilustre  prosapia. » 

A  la  muerte  del  Rey  D.  Sancho,  continúan  la  Com- 
postelana  y  el  Iriense,  Sisnando  fué  puesto  en  libertad  ó 
se  fugó  de  la  prisión,  según  el  autor  de  la  Vida  de  San 
Rosendo  (1);  y  en  la  noche  de  Navidad,  al  frente  de  un 
tropel  de  gente  armada,  penetró  en  el  dormitorio  donde 
yacía  descansando  San  Rosendo  con  los  Canónigos,  y 
con  la  punta  de  la  espada  levantó  la  manta  que  cubría 
el  lecho  en  donde  reposaba  el  santo  Obispo.  El  cual, 
viéndose  así  interpelado;  «Sisnando,  quien  con  hierro  anda, 
dijo,  á  hierro  muere;»  y  esto  dicho,  se  retiró  al  monasterio 
de  Celanova  (2),  en  donde  permaneció  hasta  su  muerte. 


rorum  infestationem  Salinensis  terrae  militibus  in  donativum  constituit. 
(Véase  Monumentos  antiguos  de  la  Iglesia  compostelana...;  Madrid,  1885, 
página  9). 

(1)  España  Sagrada,  t.  XVIII,  pág.  382. 

(2)  O  á  Caaveiro,  según  el  autor  de  la  Vida  de  San  Koscndo. 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  343 

Con  esto  Sisnando,  cada  vez  más  orgulloso  y  altanero, 
ocupó  de  nuevo  la  Sede,  hasta  que  una  saeta  normanda 
lo  privó  de  la  vida. 

No  es  inverosímil  que  el  Rey  D.  Sancho  hiciese  algu- 
na advertencia  á  Sisnando,  por  no  considerarlo  tan 
adicto  á  su  persona  y  á  su  partido,  como  él  deseaba. 
Tampoco  es  inverosímil  que  entre  San  Rosendo  y  Sis- 
nando mediase  alguna  cuestión  por  divergencia  de  apre- 
ciaciones sobre  algún  punto  concreto  (1).  Esto  sólo,  en 
épocas  de  efervescencia  como  aquella  y  en  que  las  pa- 
siones se  hallaban  tan  concitadas,  pudo  servir  de  base 
para  que  los  hechos  se  desfigurasen  y  agrandasen  de  tal 
modo,  que  alcanzaran  las  proporciones  con  que  nos  los 
describen  la  Compostelana  y  el  Iriense  (2j.  Este  último 
Cronicón  nos  da  muchos  pormenores  acerca  de  Sisnando, 
que  tienen  algún  fondo  de  verdad,  pero  los  presenta  tan 
confundidos  y  embrollados,  que  sólo  compulsando  los  Do- 
cumentos coetáneos  puede  desenredarse  tal  madeja,  y  sa- 


(1)  Y  en  efecto  la  hubo,  como  luego  veremos  con  motivo  de  unas  pes- 
queras en  el  Tambre. 

(2)  La  Escritura  de  Odoino  nos  refiere  de  este  modo  una  de  las  escenas 
que  tan  frecuentes  debían  de  ser  entonces  en  Galicia.  «Tune  in  illis  diebus 
(á  la  muerte  del  Rey  D.  Sancho)  excita verunt  Galléeos  inter  se  seditionem 
comités  domino  unum  Rudericum  VelascDniz  et  alterum  GundÍ3aivum  Me- 
nendiz,  qui  multa  inter  se  per  internuntio3  recalcitrantes,  et  aiversus  invi- 
cem  verba  tyranidem  musitantes,  constituerunt  diem  ultionis  inter  se  ut 
bellum  agerent.» 

En  otro  Documento  del  Tumbo  de  Sobrado,  lib.  I,  ndm.  CXXT,  ario  933, 
se  nos  habla  en  los  siguientes  términos  de  una  insurrección  contra  un  Mo- 
narca cuyo  nombre  no  se  dice,  pero  que  debía  ser  D.  Sancho:  «Cumque  pos- 
sideret  diabolus  corda  cuuctorum  infelicium,  ut  spreuerent  et  abnegarant 
regem  catholicum,  et  odirent  legem  eius  et  contemnerent  iussa  eius  atque 
tributa,  ascenderunt  singuli  in  singulas  rupes,  agentes  contra  Deum  in  su- 
perbia  et  deuorantes  plebem  eius  sicut  cibum  pañis...» 


344  LIBRO    SEGUNDO 


car  algo  en  limpio,  y  restituir  á  los  hechos  su  verdadero 
alcance.  Así  confunde  al  Rey  D.  Sancho  el  Craso  con 
D.  Sancho  Ordoñez,  á  la  Reina  D.a  Teresa  con  la  Reina 
D.a  Grotona.  Sabía  que  los  monasterios  de  Cinis,  Sobrado 
y  Caneda  tenían  algo  que  ver  con  Sisnando;  pero  igno- 
raba, ó  se  olvidaba  de  que  el  de  Cinis  había  sido  fundado 
por  los  bisabuelos  del  Obispo,  que  el  de  Sobrado  lo  ha- 
bía sido  por  los  padres,  y  que  el  de  Caneda  era  de  tal  in- 
significancia, que  no  se  sabe  donde  estuvo  (1).  Es  cierto 
que  Sisnando  hizo  grandes  donaciones  á  Sobrado;  pero 
siendo,  como  era,  de  familia  sobradamente  rica,  con  sólo 
dar  su  legítima  y  Los  bienes  que  con  su  industria  y  en 
los  cargos  que  ejerció,  especialmente  en  el  de  Intenden- 
te del  Real  Palacio,  ya  podía  ser  reputado  como  bien- 
hechor y  protector  insigne  del  Monasterio,  sin  que  para 
esto  tuviera  que  lesionar  en  lo  más  mínimo  los  intereses 
de  su  Iglesia  Catedral, 

Compulsemos,  pues,  los  antiguos  Documentos  partien- 
do del  supuesto  de  que  la  prisión  de  Sisnando,  en  caso 
de  que  se  diese,  debió  tener  lugar  dentro  de  los  siete 
años  que  mediaron  entre  el  regreso  de  D.  Sancho  en  959 
y  su  muerte  acaecida  á  fines  de  966.  Advirtamos,  ante 
todo,  que  las  grandes  obras  de  fortificación  que,  según  el 
Iriense,  llevó  á  cabo  Sisnando  con  consejo  de  D.  Sancho, 
no  pudieron  hacerse  sin  tiempo,  ni  tampoco  eran  para 
ser  dirigidas  desde  una  prisión. 

El  año  959,  á  13  de  Noviembre,  el  Conde  D.  Rodrigo 
Menéndez,  hermano  de  Sisnando,  con  su  esposa  D.a  El- 


(1)  Por  conjetura  se  señala  el  lugar  de  Cañedo  en  la  parroquia  de  San 
Pedro  de  Loureda,  cerca  de  Santiago;  el  cual  lugar  era  propiedad  de  los  pa- 
dres de  Sisnando  II, 


LOS  TEES    PBIMEBÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  COAtPOSTELANA        345 

vira  Alvítez,  viéndose  sin  hijos,  instituyeron  su  heredero 
al  monasterio  de  Sobrado.  Subscriben  los  otorgantes  en 
esta  forma:  Rudericus  Menendiz  in  hac  scriptura  bonefacti 
uel  titulum  donationis  a  me  facta  et  in  conventu  ecclesiae 
Sci.  Iacobi  Arcis  marmorice  manu  propria  confirmata. — 
Gilvira  Alvitiz  in  hac  scriptura  benefacti  uel  titulum  donationis 
a  me  facta  et  in  concilio  Sci.  Iacobi  Arcis  marmorice  mana 
propria  confirmata.  Confirman  los  Obispos  San  Rosendo, 
Arias,  que  le  sucedió  en  Dumio  ó  Mondoñedo,  y  Sis- 
nando  (1). 

En  3  de  Marzo  de  960,  Silon  Luces  ó  Lucidez  hizo 
una  donación  á  San  Rosendo,  en  la  cual  firman  los 
Obispos  Sisnando  y  Hermegildo  de  Lugo  (2).  Estos  no 
son  indicios  de  prisión;  porque  la  Escritura  no  iría  á 
otorgarse  en  el  lugar  en  donde  estuviese  encerrado 
Sisnando. 

Tampoco  estaba  preso  Sisnando  en  27  de  Febre- 
ro de  961,  en  el  cual  día,  ante  el  Sepulcro  de  Santiago 
se  terminó  el  litigio  que  había  tenido  con  San  Rosendo 
sobre  unas  pesqueras  en  el  río  Tambre.  Creía  San  Ro- 
sendo, que  á  su  madre  Santa  Ilduara  correspondía 
la  cuarta  parte  en  dichas  pesqueras;  afirmaba  Sisnando 
que  dichas  pesqueras  eran  íntegras  de  la  Iglesia  de  San- 
tiago, en  virtud  de  la  donación  que  á  la  misma  había 
hecho  D.  Ramiro  II  del  Condado  de  Postmarcos.  En  una 
gran  Junta  que  se  celebró  en  el  monasterio  de  Vimara- 
nes  (Gruimarans,  en  Portugal),  no  pudo  aclararse  la  ver- 
dad por  falta  de  pruebas.  Entonces  convinieron  los  dos 
Prelados,  en  que  cada  uno  buscase  cuatro  hombres  bue- 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXII. 

(2)  Tumbo  de  Sobrado,  lib.  I,  núm.  CXXI. 


346  LIBBO    SEGUNDO 


nos,  los  cuales,  bajo  juramento  y  en  un  lugar  sacrosan- 
to, declarasen  lo  que  supiesen  con  certeza  sobre  el  pun- 
to en  cuestión.  El  lugar  elegido  fué  el  del  Sepulcro  del 
Apóstol.  Entraron  todos;  pero  los  cuatro  hombres  bue- 
nos buscados  por  San  Rosendo,  no  se  atrevieron  á  con- 
firmar con  el  juramento  su  deposición;  los  de  Sisnando 
juraron  que  nunca  habían  visto  que  en  las  pesqueras, 
objeto  del  litigio,  desde  la  fecha  del  Diploma  de  Rami- 
ro II,  tuviese  parte  otra  persona  que  la  Iglesia  de  San- 
tiago y  sus  Obispos  (1).  Dióse  con  esto  por  terminado  el 
pleito,  y  la  Iglesia  compostelana  quedó  en  pacífica  pose- 
sión del  aprovechamiento  íntegro  de  las  pesqueras  (2). 

En  otra  cuestión  intervino  por  este  tiempo  Sisnando, 
no  como  parte,  sino  como  Juez  y  arbitro  componedor. 
Al  comenzar  la  reconquista,  algunos  ascendientes  de 
los  Condes  D.  Gonzalo  y  D.a  Teresa  (3)  se  posesionaron 


( 1)  Elegerunt  omnes  magnati,  abbates,  presby tero3  et  diáconos  necnon 
et  confessores,  ut  intrarent  Hoduarius  diaconus  Taginiz,  Benedictus,  Rude- 
ricus  et  Trevuleus  in  tumulum  beati  Iacobi  Apostoli,  sicut  et  intraverunt  et 
dederunt  sacrum  iuramentum  per  ipsius  corpus  Apostoli  et  per  omnes  san- 
ctorum  virtutes,  que  ibi  sunt  recondite,  quod  ipsas  piscarias  unde  contentio 
est  de  tempore  domni  Hermegildi  episcopi  in  parte  ista  de  quanto  tempore 
testamentum  et  era  resonat,  numquam  ullo  homni  vidimus  inde  rationem 
reddenti,  nisi  post  partem  sancti  Iacobi.  (Véase  la  Escritura  íntegra  entre 
los  Apéndices  del  tomo  XIX  de  la  España  Sagrada). 

Quizás  este  litigio,  que  no  debió  dejar  de  ser  ruidoso,  dio  margen  á  la 
invención  de  la  temeraria  y  teatral  aventura  de  Sisnando. 

(2)  Consignóse  todo  en  la  Acta  ó  Escritura,  que  acabamos  de  citar, 
que  posteriormente  fué  confirmada  por  D.  Ramiro  III. 

(3)  A  principios  del  siglo  X  fundaron  estos  Condes,  según  ya  hemos 
dicho,  los  monasterios  de  San  Salvador  de  Camanzo  y  San  Lorenzo  de  Car- 
boeiro.  Fueron  padres  de  dos  Reinas,  de  D.a  Aragonta  y  de  D.a  Elvira, 
segunda  esposa  de  D.  Ordono  III,  según  conjetura  Flórez, 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  347 

de  algunas  tierras  en  la  comarca  de  Saines  donde  hoy 
están  sitas  las  parroquias  de  Nogueira,  Villalonga,  Noa- 
11a  y  Dena,  cerca  de  Cambados;  construyeron  casas  y 
pusieron  colonos  para  trabajar  el  terreno.  Sus  descen- 
dientes estuvieron  por  mucho  tiempo  en  pacífica  pose- 
sión de  dichas  tierras;  pero  á  mediados  del  siglo  X,  algu- 
nos de  los  moradores  de  aquel  país  entraron  en  aquellas 
aldeas,  las  arrasaron  y  en  sus  alrededores  abrieron  sa- 
linas. Supiéronlo  el  Conde  D.  Pelayo  (1)  y  la  Reina 
D.a  Aragonta,  hijos  de  D.  Gonzalo  y  D.a  Teresa;  se  per- 
sonaron en  el  sitio,  embargaron  las  salinas,  prendieron  á 
los  insolentes  usurpadores  y  los  presentaron  á  una  Junta 
ó  Jurado,  en  que  presidían  el  Obispo  Sisnando,  la  Conde- 
sa Ilduara,  que  tenía  la  torre  de  Lobeira,  y  Menendo 
Menendiz  que  gobernaba  aquel  territorio,  quejándose  al 
mismo  tiempo  del  atropello  que  aquellos  villanos  acaba- 
ban de  cometer.  Las  salinas  eran  diez;  y  á  propuesta  de 
Sisnando  se  hizo  de  ellas  la  distribución  siguiente:,  cua- 
tro se  dejaron  á  los  que  las  .habían  hecho,  y  de  las  otras 
seis,  una  se  destinó  para  el  monasterio  de  Camanzo,  otra 
para  el  de  Salceda  en  que  vivía  D.a  Aragonta,  otra  para 
el  de  Celanova,  otra  para  el  de  Villanueva  de  la  Conde- 
sa, fundado  por  Santa  Ilduara,  madre  de  San  Rosendo, 
otra  para  los  de  San  Lorenzo  de  Nogueira,  Pilono,  Lan- 
taño,  Pesegueiro  y  Carboeiro,  y  la  sexta  para  D.  Pela- 
yo y  D.a  Aragonta  y  sus  herederos  (2). 


(1)  Fundó  D.  Pelayo  González  el  convento  de  San  Lorenzo  de  Noguei- 
ra con  Monjes  que  llevó  de  Carboeiro. 

(2)  De  un  extracto  que  se  conserva  entre  los  Documentos  procedentes 
de  San  Martín  Pinario,  que  se  guardan  en  la  Biblioteca  de  la  Universidad 
de  Santiago. 


348  LIBRO  SEGUNDO 


En  Junio  de  962  concedió  D.  Sancho  el  Craso  un 
Privilegio  al  monasterio  de  Samos;  en  el  cual  Privilegio 
con  San  Rosendo  y  San  Viliulfo  de  Tuy,  firman  Sis- 
nando  de  Iria  y  otros  Obispos  (1). 

En  el  año  963  y  en  el  964  pasó  Sisnando  algún  tiempo 
en  Sobrado,  sin  duda  para  dar  la  última  mano  á  las  obras 
del  monasterio.  A  5  de  Junio  de  963,  Gutier  Alvítez  con 
su  esposa  Amudia,  por  sobrenombre  Lilio,  donó  á  Sobra- 
do y  á  su  protector  Sisnando,  una  aldea  en  Brocos,  Con- 
dado de  Ventosa.  Confirman  San  Viliulfo,  Obispo  de  Tuy, 
los  abades  Diego,  Gutierre,  Alactancio  y  Gundesindo,  y 
el  monje  Hermegildo,  que  era  el  padre  de  Sisnando  (2). 
En  23  de  Octubre  de  964,  en  nombre  de  la  Comunidad 
de  Sobrado,  hizo  Sisnando  con  su  padre  Hermegildo,  un 
cambio  de  ciertas  heredades  con  el  monasterio  dúplice 
de  San  Vicente  de  Besoucos  (3).  El  29  de  Noviembre,  el 
presbítero  Argívolo  hizo  profesión  religiosa  en  Sobrado 
en  manos  de  Sisnando,  y  al  mismo  tiempo  ofreció  la 
iglesia  de  San  Juan  de  Pratis  (Brates),  que  habían  edi- 
ficado sus  abuelos.  En  la  fecha  se  lee:  Anno  regís  Sancii 
Rarniri  proles  et  irlense  sedis  patri  domini  Sisnando  Epi- 
scopo  (4). 

En  el  año  965  no  hemos  hallado  noticia  alguna  de 
Sisnando;  pero  no  fué  porque  se  hallase  en  prisiones, 
pues  en  el  año  966  aún  lo  veremos  en  libertad,  y  ésta, 
después  que  cayó  preso,  como  se  supone,  no  pudo  obte- 


(1)  España  Sagrada,  t.  XL,  pág.  145. 

(2)  Tumbo  de  Sobrado,  lib.  I,  núm.  XLIV. 

(3)  Tumbo  de  Sobrado,  lib.  I,  núm.  CXX. 

(4)  Tumbo  de  Sobrado,  lib.  I,  núm.  VIII. — Termina  la  Escritura  con 
esta  curiosa  subscripción:  Et  omnem  congregationem  setter ii  Superato,  intus 
et  foris,  fratrum  et  laicorum,  confirmat. 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELANA  349 

nerla  hasta  después  de  muerto  el  Rey  D.  Sancho.  Sin 
duda,  comenzaba  á  arreciar  la  furia  normanda  y  urgían 
los  trabajos  de  fortificación  y  defensa  del  país. 

Regístrase  en  el  Tumbo  de  Sobrado,  lib.  I,  núm.  V  y  VI, 
una  Escritura  en  que  se  revela  el  propósito  de  Sisnando 
de  retirarse  á  este  monasterio  y  permanecer  en  él  guar- 
dando la  regla  monacal.  Es  el  testamento  que  con  su 
hermano  D.  Rodrigo  y  su  cuñada  D.a  Elvira  Alvítez, 
que  abundaban  en  los  mismos  deseos,  otorgó  en  10  de 
Diciembre  de  966,  poco  tiempo  después  de  fallecido  su 
padre  D.  Hermenegildo.  Instituyen  los  tres  mancomu- 
nadamente  heredero  al  convento  de  Sobrado,  con  las 
condiciones  siguientes:  1.a,  la  de  gozar  mientras  vivan, 
del  usufructo  de  sus  bienes,  ellos  y  los  que  con  ellos  per- 
manezcan para  servicio  de  Dios  en  el  monasterio  (sub  ea 
tándem  rajtione  servato,  ut...  dum  vita  advixerimus,  sint  omnia 
riostra  communia  et  pernotata  pro  v'ctum  et  vestitum  tam  no- 
strum,  quam  qui  in  servitio  Dei  nóbiscum  in  ipso  prefato  mo- 
nasterio permanserint);  y  2.a,  la  de  que  fallecido  alguno  de 
los  tres  otorgantes,  pase  dicho  usufructo  á  los  supervi- 
vientes ó  superviviente  en  su  caso.  Sigue  la  enumeración 
de  las  fincas,  en  Mera,  en  Narla,  en  Parga,  en  Rábade, 
en  Besoucos,  en  Presares,  en  Montaos,  en  Castela,  en 
Portugal,  etc..  Añaden  los  Condes  D.  Rodrigo  y  Doña 
Elvira,  los  trajes  de  lujo  y  otras  aparatosas  alhajas  con 
que  habían  engalanado  á  sus  pajes  y  donceles  en  las  re- 
cepciones y  otras  ocasiones  solemnes  (adkimus  nostros 
atonitus  flj  et  nostras  magnificencias,  que  dedimus  per  nostros 


(1)    De  atónito  viene  el  castellano  antiguo  atue)\do. 


350  LIBEO  SEGUNDO 


infanzones,  sive  villas  sen  argento,  vel  quecumque  de  ganato 
nostro  eis  dedimus,  nobis  cum  eo  servitium  exercuissent  (1). 

Sisnando,  por  su  parte,  donó  la  iglesia  de  Santa  Eu- 
lalia de  Car  olio,  junto  á  Farum  Precantium  (La  Coruña), 
de  la  que  le  había  hecho  Escritura  el  presbítero  Floren- 
cio, y  legó,  además,  también  todo  su  atuendo;  pero  se  re- 
servó el  castillo  de  Aranga.  Subscriben  el  testamento, 
Sisnando,  Rodrigo  y  Elvira,  el  abad  de  Sobrado,  Pedro  y 
varios  testigos  (2). 

En  este  mismo  año  966,  se  insurreccionaron  nueva- 
mente los  gallegos  contra  D.  Sancho,  que  corrió  presuro- 
so desde  León  á  apagar  aquel  incendio;  y  con  el  auxilio 
de  los  partidarios  con  que  aquí  contaba,  no  tardó  en  so- 
focarlo, paseándose  luego  victorioso  por  toda  Galicia  has- 
ta el  Duero.  Sólo  el  Conde  ó  Duque  D.  Gonzalo  (3),  que 
mandaba  en  el  territorio  comprendido  entre  el  Duero  y 
el  Mondego  — el  cual  territorio  venía  á  constituir  enton- 
ces la  frontera  meridional  de  Galicia —  quiso  persistir  en 
su  actitud  rebelde  y  sostenerla  por  medio  de  las  armas. 


(1)  Recuérdense  los  veinte  pajes  y  doncellas  con  que  Sisnando  obse- 
quió á  su  esposa  Aldonza. 

(2)  En  el  testamento  hace  mención  Sisnando  de  un  primo  suyo  (conger- 
manus  noster),  llamado  Gundesindo  Suárez,  del  cual  dice  que  le  dio  una 
villa  ó  granja,  en  compensación  de  setecientos  sueldos  en  que  había  afian- 
zado á  un  esclavo  moro  del  Obispo,  el  cual  moro  se  había  fugado.  Paturavit 
unam  villam  pro  nostro  mauro  que  nobis  fidiavit  pro  DCC  solidos,  et  fugavit 
illo.  Este  moro,  para  ser  apreciado  en  setecientos  sueldos,  debía  ser  persona 
de  valer,  ó  por  su  industria,  ó  por  su  habilidad,   ó  por  otra  dote  semejante. 

(3)  (Véase  el  Cronicón  de  Sampiro  en  el  tomo  XIV  de  la  España  Sagra- 
da, pág.  470).  Entonces  había  varios  Condes  de  este  nombre  en  Galicia,  Don 
Gonzalo  Sánchez,  D.  Gonzalo  Menéndez,  D.  Gonzalo  Jiménez,  D.  Gonzalo 
Bermúdez,  etc.,  por  lo  que,  por  sólo  este  indicio,  no  podemos  identificar  la 
persona.  . 


LOS  TBES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  351 

Después  mudando  de  opinión,  apeló  á  una  infame  alevo- 
sía, é  invitando  al  Rey  á  una  entrevista  amistosa  y  pa- 
cífica á  orillas  del  Duero,  le  ofreció  una  manzana  empon- 
zoñada. Tan  pronto  la  gustó  D.  Sancho,  conoció  que  es- 
taba envenenado,  y  dio  vuelta  apresuradamente  á  León; 
pero  al  tercer  día  falleció  en  el  camino.  Tuvo  lugar  este 
desgraciado  acontecimiento,  no  en  el  año  967,  como  dice 
Florez  (1),  sino  á  fines  del  966,  según  resulta  de  una  Es- 
critura del  monasterio  de  Sahagún  fechada  á  19  de  Di- 
ciembre de  este  último  año,  en  la  cual  se  dice  que  Don 
Ramiro,  hijo  de  D.  Sancho,  comenzaba  entonces  el  pri- 
mer año  de  su  reinado,  f incipiente  primo  anuo  regni  sui 
Ranimiri  prolis  Sanctiori). 

Y  henos  aquí  en  el  momento  crítico  en  que  debió  te- 
ner lugar  la  escena  de  la  noche  de  Navidad.  A  princi- 
pios de  Diciembre  de  966  falleció,  como  acabamos  de 
ver,  el  Rey  D.  Sancho;  por  lo  tanto  Sisnando,  si  es  que 
estaba  preso,  quedó  en  libertad  para  ejecutar  en  la  no- 
che del  24  la  descabellada  é  insensata  hazaña  de  pene- 
trar, armado  de  coraza  y  espada,  en  el  dormitorio  en 
que  reposaba  su  pariente  San  Rosendo,  para  expulsarlo 
de  Santiago.  Ahora  dígasenos  si  en  la  Escritura  ó  Tes- 
tamento de  10  de  Diciembre  del  mismo  año,  se  descubre 
en  Sisnando  disposición  de  ánimo  á  propósito  para  co- 
meter tal  atropello. 

Poco  tiempo  dejaron  los  normandos  permanecer 
tranquilo  y  sosegado  á  nuestro  Obispo  en  su  retiro  de 
Sobrado,  entregado  á  la  meditación  y  á  las  prácticas  de 
la  piedad.  Al  entrar  la  primavera  del  año  968,  una  nu- 
merosa escuadra  normanda  compuesta  de  cien  naves 


(1)     España  Sagrada,  t.  XIV,  pág.  451. 


352  LIBEO    SEGUNDO 


penetró  en  la  ría  de  Arosa,  y  acercándose  á  los  brafia- 
les  ó  juncales  que  aún  hoy  se  ven  cerca  de  las  Torres 
de  Oeste,  saltaron  en  tierra,  desembarcaron  sus  bélicos 
pertrechos,  ordenaron  sus  haces  y  se  pusieron  en  marcha 
con  dirección  á  Iria,  siguiendo  sin  duda  la  antigua  ca- 
rretera que  unía  á  dicha  ciudad  con  la  vía  militar  que 
venía  de  Caldas  y  atravesaba  el  Ulla  por  aquel  punto  (1). 

Sisnando,  que  acaso  había  venido  á  Compostela  para 
asistir  á  los  Oficios  de  Cuaresma  en  la  Catedral,  á  la 
primera  noticia  salió  precipitadamente  en  busca  del 
enemigo  para  desconcertar  sus  planes  con  una  acción 
rápida  y  un  golpe  atrevido. 

Entretanto,  los  normandos  se  habían  ido  internando 
en  el  país,  y  saliendo  de  la  carretera  como  de  un  cauce, 
se  desbordaron  sobre  las  vegas  de  Janza,  Cordeiro,  Cam- 
paña, Requeijo  é  Iria,  cautivando  hombres  y  mujeres, 
haciendo  presa  en  todo  cuanto  encontraban,  é  incen- 
diando y  arrasando  pueblos,  villas  y  aldeas.  Hallólos 
Sisnando,  á  lo  que  parece,  en  Iria  ó  cerca;  los  acometió 


(1)  La  Compostelana  (España  Sagrada,  t.  XX,  pág.  13),  dice  que  los 
normandos  desembarcaron  en  el  puerto  de  Junquera.  Cumque  Normani  ex 
portu,  qui  Juncariae  dicitur  et  Illiam  tendentes,  partes  istas  depraedarentur... 
El  Iriense  (España  Sagrada,  t.  XX,  pág.  606),  añade:  Ecce  ante  eum  (Sis- 
nandum)  venerunt  nuntii  dicentes,  quod  Normani  et  Fr anden ses  et  gens  mul- 
ta inimicorum  veniens  de  Juncariis,  volentes  iré  ad  Iriam,  quoscumque  nomi- 
nes et  mulleres  in  itinere  inveniebant,  ducebant  captos  et  terram  vastabant  et 
praedabant.  La  Crónica  Iriense  de  Ruy  Vázquez,  que  en  esta  parte  no  hizo 
más  que  traducir  casi  literalmente  al  Iriense,  llama  puerto  de  Vacariza  al 
de  Juncar ia.  u  Vieron  moytas  ñaues  de  Normanos  et  Frandeses,  et  moytas  gen- 
tes de  enemigos  da  fe  ao  porto  de  Vacariza  et  entraron  a  Ilia..."  El  puerto  ó 
aldea  de  Bacariza,  sobre  la  margen  derecha  del  Ulla  en  la  parroquia  de  San- 
ta María  de  Isorna,  está  enfrente  del  de  Cabreriza,  del  otro  lado  del  Ulla, 
en  la  parroquia  de  Dimo.  Aquí  fué  en  donde  debieron  desembarcar  los  nor- 
mandos. 


LOS  TEES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  353 

con  denuedo  y  los  hizo  retroceder  hasta  un  lugar  que 
llamaban  Fornelos  y  estaba  sobre  el  Louro,  río  que  co- 
rre entre  las  parroquias  de  Cordeiro  y  Campaña  (1). 
Allí  los  invasores  se  rehicieron;  recrudecióse  la  batalla; 
Sisnando,  envanecido  con  las  ventajas  hasta  entonces 
obtenidas,  lanzóse  al  frente  de  sus  tropas  sobre  las  filas 
enemigas,  hasta  que  alcanzado  por  acaso  por  una  saeta, 
cae  en  lo  más  rudo  del  combate  traspasado  y  muerto. 
Tanto  como  llenó  de  consternación  á  sus  soldados  este 
desgraciado  suceso,  otro  tanto  infundió  valor  y  arrojo  en 
los  enemigos;  los  cuales,  como  si  ya  nada  tuvieran  que 
temer,  saquearon  é  incendiaron  á  Iria  y  se  esparcieron 
por  toda  Galicia  sin  hallar  otra  barrera  que  los  contu- 
viese, que  las  montañas  del  Cebrero.  Dieciocho  fueron, 
según  el  Deán  de  San  Quintín  de  Noyón,  Dudón  (2),  las 
villas  y  poblaciones  saqueadas  ó  incendiadas  por  los 
normandos  (3).  En  este  número  no  podemos  contar  á 
Compostela  (4),  al  amparo  de  cuyos  fosos  y  muros,  que 
con  tanta  oportunidad  había  abierto  y  reparado  Sisnan- 


(1)  Véanse  Monumentos  antiguos  de  la  Iglesia  compostelana,  pági- 
na 18,  nota  3. 

(2)  Migne,  Patrol.  lat.,  tomo  CXLI. 

(3)  Las  hazañas  de  los  normandos  en  nuestro  país  se  ven  vivamente 
descritas  en  este  pasaje  de  la  Escritura,  que  publicó  Flórez  entre  los  Apén- 
dices del  tomo  XIX  de  la  España  Sagrada,  pág.  384:  «Peccato  prepediente 
venerunt  gentes  Lotimanorum  in  ipsam  terram,  et  vastaverunt  sic  ipsam 
ecclesiam  (Scae.  Eulaliae  de  Curtis),  sicut  et  alias  convicinas  eiusdem,  sicut 
et  sacerdotes  sui  captivitate  ducti,  et  gladio  trucidati  fuerunt,  ipsasque 
scripturas  ipsius  ecclesie  de  ignibu3  concremaverunt,  usquequo  non  reman- 
sit  ibidem  non  petre  ignibus  ustulato  Por  todas  partes  incendio,  ruina,  de- 
solación y  cuchillo. 

(4)  Sampiro  sólo  dice:  Strages  multas  facientes  in  gyro  Sancti  Jacobi 
Apostoli,  Episcopum  loci  ipsius  gladio  peremerunt. 

Tomo  IL— 38. 


554  LIBEO    SEGUNDO 


do,  se  concentró  toda  la  gente  de  armas  que  habia  en 
las  cercanías,  pudiendo,  merced  á  todo  esto,  resistir  y 
rechazar  con  éxito  los  asaltos  de  los  feroces  invasores  (1). 

Sobre  la  fecha  puntual  en  que  tuvo  lugar  la  muerte 
de  Sisnando,  reinó  gran  incertitumbre  y  discrepancia 
entre  los  Autores,  si  bien  la  opinión  más  recibida  era  la 
de  que  había  fallecido  en  el  año  970. 

La  Compostelana,  no  obstante,  ofrece  tales  notas  cro- 
nológicas (que  sin  duda  tomó  de  la  lápida  sepulcral  del 
Prelado),  que  combinadas  con  otros  datos,  no  dejan 
el  menor  lugar  á  duda.  Dice  que  Sisnando  falleció  á  me- 
diados de  la  Cuaresma,  el  IV  de  las  Kalendas  de  Abril 
de  la  Era  MVI,  ó  sea  á  29  de  Marzo  de  968.  En  el  año 
970  la  Pascua  cayó  en  27  de  Marzo,  por  consiguiente,  en 
este  año  el  29  de  Marzo  no  fué  día  de  Cuaresma,  sino  de 
Pascua.  En  el  año  968  cayó  la  Pascua  en  19  de  Abril,  y 
por  lo  mismo  el  29  de  Marzo  fué  la  Dominica  cuarta  de 
Cuaresma.  Añádase  á  esto  que  Sampiro  (2)  sienta  que 
la  invasión  de  los  Normandos  ocurrió  en  el  año  segundo 
de  D.  Ramiro  III,  el  cual  comenzó  á  reinar  á  fines  del 
año  960.  Por  último,  en  una  Escritura  del  Tumbo  de  So- 
brado, lib.  I,  núm.  CVII,  del  17  de  Septiembre  de  968  se 


(1)  Tampoco  Lugo  debió  de  ser  de  las  ciudades  saqueadas;  pero  el  1  de 
Noviembre  (no  se  indica  el  año,  que  sin  duda  fué  el  mismo  de  9G8),  los  ha- 
bitantes de  su  suburbio  hicieron  con  su  Obispo  D.  Hermegildo  el  pacto  de 
residir  en  la  ciudad  y  llevar  todas  sus  cosas  para  combatir  desde  allí  deno- 
dadamente á  los  normandos.  Veniamus  omnes  strenue  adipsam  civitatem  ad 
habitandum,  et  faciamus  riostras  casas,  in  quo  reponamus  ganatum  et  nosírum 
afomtum,  et  si  mus  ibidem  habitantes  el  dimicantes  contra  sevientem  gentem 
Lofhomanorum.  (España  Sagrada,  t.  XL,  Apéndice  XXII). 

(2)  España  Sagrada^  t.  XIV,  pág.  491. 


LOS  TBES    PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA        355 

supone  fallecido  á  Sisnando  (1).  Es  cierto  que  en  el  Acta 
de  fundación  del  monasterio  de  San  Salvador  de  Loren- 
zana,  fechada  en  17  de  Julio  de  969  (2),  subscribe  el 
Obispo  Sisnando  y  se  le  presenta  como  asistiendo  al  Con- 
cilio que  allí  se  describe;  mas,  ó  la  fecha  del  Acta  está 
errada,  ó  el  Acta  se  refiere  al  Concilio  celebrado  antes, 
— y  esto  es  más  que  probable —  no  como  cosa  actual,  sino 
como  preliminar  que  había  precedido  para  que  la  funda- 
ción se  hiciese  con  todas  las  solemnidades  y  requisitos  que 
los  Cánones  exigen,  como  deseaba  su  fundador.  En  tal 
caso  el  Concilio  pudo  celebrarse  en' el  año  967;  y  de  este 
modo  no  hay  inconveniente  en  que  á  él  asistiese  Sisnan- 
do, ni  en  que  en  el  Acta,  como  sucedía  en  otros  casos,  se 
pusiese  su  subscripción,  aunque  entonces  ya  hubiera  fa- 
llecido; ya  que  se  trataba  de  una  persona  que  á  la  obra 
había  prestado  su  asentimiento  y  cooperación. 

Un  año  largo,  desde  la  Primavera  de  968  hasta  la 
de  969,  duró  el  saqueo  de  nuestro  país  por  los  norman- 
dos; pues  Galicia  abandonada  á  sus  propios  recursos  (3), 
destrozada  por  las  facciones  de  sus  Magnates,  se  hallaba 
impotente  para  sacudir  de  su  suelo  á  los  invasores.  Mas 
al  fin  la  prudencia  de  San  Rosendo,  cuya  acción  provi- 
dencial y  benéfica  se  siente  en  todos  los  acontecimientos 


(1)  Es  un  Privilegio  otorgado  á  Sobrado  por  D.  Ramiro  III  y  por  su 
tía  y  tutora  D.a  Elvira,  en  que  se  confirma  al  monasterio  en  la  posesión  de 
varios  commisos  ó  Coüdados,  según  los  habían  tenido  hasta  su  muerte  Her- 

megildo  y  Paterna,  Sisnando  y  su  hermano  Rodrigo.  Comitatus  iwstros 

quam...  obtinuerunt  Hermegildus  et  Paterna,  Sisnandus  episcopvs  et  suus 
germanus  Rudericus  usque  finem  illorum. 

(2)  España  Sagrada,  t.  XVIII,  Apéndice  XVII. 

(3)  Ocupaba  entonces  el  Trono  de  León  D.  Ramiro  III,  niño  de  seis  ó 
siete  anos,  de  cuyas  débiles  manos,  si  no  se  escapaban  las  riendas  del  Esta- 
do, era  debido  al  talento  y  virtudes  de  su  tutora  D.a  Elvira. 


356  LIBRO  SEGUNDO 


de  aquella  calamitosa  época,  y  el  valor  del  Conde  Don 
Gonzalo  Sánchez  vengaron  cumplidamente  á  los  galle- 
gos de  las  horribles  depredaciones  de  los  piratas  del  Nor- 
te. Cuando  ya  se  disponían,  cargados  de  despojos,  á 
regresar  á  sus  naves,  el  Conde  D.  Gonzalo  Sánchez,  con- 
fiado en  la  ayuda  de  Dios  y  en  el  favor  del  Apóstol  San- 
tiago, les  salió  al  encuentro  y  con  sus  huestes  arremetió 
contra  ellos  con  tal  denuedo,  que  á  todos  los  pasó  á  cu- 
chillo sin  excluir  á  su  Rey,  Jefe  ó  Wiking,  Gunderedo. 
No  satisfecho  con  exterminar  á  los  normandos  en  tierra, 
se  lanzó  al  mar,  apresó  sus  naves  y  las  hizo  pasto  de  las 
llamas  (1).  Casi  al  mismo  tiempo  los  moros,  aprovechan- 
do las  circunstancias,  intentaron  invadir  nuestro  territo- 
rio por  la  parte  del  Mondego  en  Portugal,  que,  según 
ya  hemos  dicho,  era  entonces  el  límite  meridional  de 
Galicia.  Salióles  al  paso  San  Rosendo,  que  en  momentos 
tan  críticos  por  delegación  de  D.  Ramiro  III,  ó  más 
bien  de  su  tía  D.a  Elvira  (2),  se  había  encargado  del  go- 


(1)  Cornos  itaque  Gundisalvus  Sancionis  in  nomine  Domini  et  honore 
Sancti  Jacobi  Apostoli,  cujus  terram  devastaverant,  exivit  cum  exercitu 
magno  obviam  illis  et  caepit  praeliari  cum  illis.  Dedit  illi  Dominus  victo- 
riam,  et  omnem  genteni  ipsam  simul  cum  rege  suo  gladio  interfecit,  atque 
classes  eorum  igne  crema vit  divina  adjutus  clementia.  (Cronicón  de  Sampi- 
ro,  en  el  tomo  XIV  de  la  España  Sagrada,  pág.  471). 

(2)  A  l  de  Enero  de  968,  D.a  Elvira,  en  nombre  de  su  sobrino  D.  Ra- 
miro, concedió  un  Privilegio  á  Celanova.  Ego  humillima  atqae  clientula  Gil- 
vira  religionis  ordo  Deo  dicata...  una  cum  suprino  meo  serenissimo  principe 
domno  Ranemiro...  ( Tumbo  de  Celanova,  lib.  I,  núm.  XCIII).  Odoino  Ber- 
múdez  dice  también  en  su  Escritura:  Defuncto  autem  ipso  Santio  principe, 
accepit  regnum  eius  germana  sua  domna  Ocluirá,  et  perunctus  est  in  regno 
filius  ipsius  Santionis  nomine  Eanemirus,  minimam  etpussillam  agens  etatem. 
De  aquí  se  desprende,  cuan  poco  acortado  anduvo  Flórez  al  corregir  á  Sam- 
piro  en  las  notas  1  y  1  de  las  páginas  470  y  471  de  España  Sagrada , 
tomo  XIV. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  357 

bierno  general  de  Galicia  (1),  les  salió  al  paso  y  los  re- 
chazó victoriosamente  (2). 


(1)  En  la  Vida  de  San  Rosendo  (España  Sagrada,  t.  XVIII,  pág.  383), 
se  dice  del  Santo  Obispo:  Quamvis  super  partes  Gallaeciae  regias  vices  impe- 
rando exerceret. 

(2)  Lo  refiere  su  Vida  (loe.  cit.  pág.  381)  y  lo  repite  el  Cardenal  Ja- 
cinto en  el  Decreto  sobre  su  culto:  Portugalensium  patriam  divina  gratia  ab 
incursu  Sarracenorum  liberavit...  Gallaeciam  vero  a  Normanorum  mul- 
titudine. 


==  rrnn  1 1 1 1 1 1  itti  t  rrm  i  f  n  1 1  un  1 1  iti  1 1  n  i  n  1 1  ru¡  ¡ti  n  ítí  rrrfTTnTin  m  1 1  ■  1 1 1 1  rfiri  i  iriTii  i  r  mi  n  r  n  i  n  í  n  n  n  1 1 1  n  m  i  ¡  i  ni  fin  rr  1 1 1 1  rin  1 1 1 1  ■  1 1  un  1 1 1 1 1 1 1 1 1  í  1 1 1 n  1 1  rn  1 1 1 1 1 1 1 1 1 1  ■  i  ■  == 

=  M 1 1 1 1 1 1 II 1 1 1 M 1 1 1 1 1 1 1 1 1  * '  I  >l  1 1 1 1 1 M 1 1 1 1 1 1  ti  I M 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 M 1 1 1 M 1 1 1 M 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 III 1 1 1 1 II 1 1 1 H I  >  I M  M 1 1 1  >  I M 1 1 H 1 1 1 IH  MUJ I ' '  t ' ' '  JJI '  li  >H '  t  J11H 1 1 II  j  1 1 1  >  1 1  tt  H  H 1 1 1 H 1 1 1 H 1 1 1 1 1  = 


CAPITULO  XIX 

Confíase  á  San  Rosendo  la  administración  de  la  Diócesis 

compostelana. 


AS  críticas  circunstancias  en  que  á 
la  muerte  de  Sisnando  II  se  vio  la 
Iglesia  compostelana,  huérfana  de  Pastor,  asediada  por 
los  normandos,  y  por  lo  mismo  aislada  ó  imposibilitada 
para  hacer  eleccción  canónica  de  nuevo  Prelado,  la  obli- 
garon á  volver  los  ojos,  como  entonces  los  volvió  toda 
Galicia,  hacia  aquel  varón  providencial,  que  con  la 
energía  de  su  alma,  la  dulzura  y  afabilidad  de  su  trato, 
sus  eminentes  virtudes,  su  gran  saber  y  doctrina,  su  acti- 
vidad incansable,  su  incuestionable  prestigio,  enjugó  las 
lágrimas  de  la  patria,  restañó  la  sangre  que  corría  de 


360  LIBBO    SEGUNDO 


sus  heridas,  y  la  levantó  del  abismo  de  postración  y  mi- 
seria en  que  se  hallaba  sumida  (1). 

No  es  este  el  lugar  de  hacer  la  biografía  de  San  Ro- 
sendo, que  de  todo  buen  gallego  debe  ser  conocida;  sólo 
recordaremos  que  ya  antes  de  esta  fecha  el  Santo  Fun- 
dador de  Celanova,  por  muchos  conceptos,  había  mereci- 
do bien  de  nuestra  Diócesis,  pero  en  especial  con  la  fun- 
dación del  monasterio  de  San  Juan  de  Caaveiro. 

Abunda  nuestro  suelo  en  bizarros  y  caprichosos  jue- 
gos de  combinaciones  orográficas;  pero  quizás  ninguna 
sea  comparable  á  la  que  nos  ofrece  la  situación  de  Caa- 
veiro. En  el  centro  de  una  profundísima  sima,  que  afec- 
ta la  forma  de  un  inmenso  cono  hueco  invertido,  yér- 
guese  un  pequeño  cerro  que  aparece  completamente  ais- 
lado por  el  tortuoso  curso  del  Eume  y  de  un  su  afluente. 
Desde  allí  el  hombre,  á  quien  fué  dada  erguida  mirada, 
contempla  el  firmamento  que  se  presenta  como  aérea 
cúpula  apoyada  sobre  las  copas  de  los  árboles,  que  por 
todas  partes  van  trepando  hasta  dibujar  su  silueta  sobre 


(1)  La  clase  de  servicios,  que  con  su  prestigio  é  influencia  podía  pres- 
tar San  Rosendo  á  la  sociedad  de  su  tiempo,  se  infiere  claramente  de  la  re- 
ñida pendencia  que,  sólo  por  alardear  de  valientes  y  poderosos,  sostuvieron 
los  Condes  D.  Gonzalo  Menéndez  y  D.  Rodrigo  Velázquez.  Encontráronse 
los  dos  rivales  en  el  lugar  de  Aquüuntias,  Diócesis  de  Orense,  al  frente  ca- 
da uno  de  su  respectiva  mesnada,  y  trabaron  encarnizada  batalla,  de  la 
cual,  por  defección  de  algunos  de  sus  parciales,  salió  muy  mal  parado  D.  Ro- 
drigo. Si  llegó  á  verse  libre  de  la  saña  de  los  que  le  perseguían,  fué  debido 
á  que  hallándose  no  muy  distante  de  San  Rosendo  en  el  lugar  de  Sabucedo, 
pudo  acogerse  á  su  amparo  como  á  puerto  seguro  de  salvación.  Inito  certa- 
mine,  se  lee  en  la  Escritura  de  Odoino,  in  locum  quod  dicunt  Aquüuntias, 
Budericus  terga  dedit,  et  ad  domino  Episcopo  semivivum  se  collegit  in  civita- 
te  Sabucedo,  et  Gundisalvus  victor  abscessit.  Si  San  Rosendo  podía  dispen- 
sar tal  protección  á  los  poderosos,  ¿qué  no  podría  hacer  en  favor  de  los  dé- 
biles y  humildes? 


LOS  TEES  PMMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  361 

el  azul  del  Cielo.  Pocas  veces  se  ve  con  tal  apariencia 
la  celestial  morada  en  tan  íntimo  contacto  con  la  tierra. 
Este  lugar  tan  hecho  para  la  contemplación,  este 
pequeño  cerro  tan  oculto  en  aquella  profunda  sima,  fué 
el  que  escogió  San  Rosendo  para  establecer  allí  un  refu- 
gio en  el  que  pudiesen  hallar  seguro  asilo  todos  los  que 
considerando  lo  mísero  y  fugaz  y  deleznable  de  lo  pre- 
sente, quisieran  poner  la  mira  en  lo  eterno,  en  lo  inson- 
dable de  lo  que  el  Señor  tiene  preparado  para  el  hombre 
que  redimió.  Hacia  el  año  930  ya  residía  allí  el  abad 
Exum?  con  los  monjes  Velasco,  Frugulfo  y  Astrupidio; 
pero  el  sitio  comenzaba  á  ser  solicitado  por  muchos,  y  á 
fin  de  que  para  todos  hubiese  comodidad  y  medios  de 
vivir  abstraídos  del  mundo,  San  Rosendo  en  unión  con 
el  Obispo  de  Lugo  D.  Ero  y  los  abades  Rodrigo  y  Ana- 
gildo,  y  el  clérigo  Sisualdo,  hizo  una  gran  donación  al 
monasterio,  no  sólo  en  bienes  raíces,  sino  también  en  mo- 
biliario, vajilla  é  indumentaria  sagrada.  Donan  cortinas, 
vestiduras,  misteria,  que  serían  cajas  para  guardar  las 
Sagradas  Formas,  cruces,  cálices  y  coronas  de  plata,  un 
candelabro,  un  incensario  y  una  campana  de  metal. 
Proveyeron  la  iglesia  de  algunos  libros  sagrados,  como 
dos  Salterios,  uno  completo  y  otro  más  pequeño  (psalte- 
rioh),  uno  ordinum,  un  oracionario  y  un  manual.  No  se 
olvidaron  de  la  biblioteca  del  convento,  y  le  regalaron 
un  Códice  intitulado  Explanatio,  que  sería  la  Exposi- 
ción de  San  Gregorio  Magno  sobre  Ezequiel,  las  obras 
del  abad  Smaragdo,  que  había  florecido  á  principios 
del  siglo  IX  y  compuesto  varias  obras  exegéticas  y 
místicas   (1),  Homilías,   probablemente,    de  San   Gre- 


(1)    Véase  el  tomo  CII  de  la  Patrol.  lat.  de  Migne. 


362  LIBRO  SEGUNDO 


gorio,  los  Diálogos  del  mismo,  las  Sentencias,  Etimo- 
logías y  Sinonimias  de  San  Isidoro,  una  colección  de  Vi- 
das de  los  antiguos  Padres  (Geruntiquorum) ,  las  obras  de 
San  Próspero,  el  Líber  Prenosticorum  de  San  Julián  de 
Toledo,  un  Códice  rotulado  Glosornatarurn,  que  acaso 
contendría  la  obra  del  Ven.  Beda  sobre  la  explicación 
de  algunas  palabras  obscuras  de  la  Sagrada  Escritura, 
los  cuatro  ó  cinco  primeros  libros  de  los  Moraks  de  San 
Gregorio,  otro  Códice  Octo  vitia,  otro  intitulado  Questio- 
nurn,  y  por  último,  la  Regla  de  San  Benito. 

Conceden  también  las  casas  que  habían  edificado  en 
torno  de  la  iglesia,  y  eximen  al  monasterio  de  toda  voz 
real  y  episcopal.  Señalan,  por  último,  el  coto  del  monas- 
terio que  comprendía  las  parroquias  de  San  Baudilio 
(hoy  San  Braulio)  de  Caaveiro,  Santa  María  de  Caballar, 
Santiago  de  Cápela,  Santa  Eulalia  de  Soaserra,  San 
Martín  de  Groente  y  San  Pedro  de  Unta,  los  cuales  bienes 
los  otorgantes  habían  adquirido  por  donaciones,  permu- 
tas y  compras  que  ellos  mismos,  en  especial  San  Rosen- 
do, habían  hecho.  La  fecha  de  la  Escritura  es  DIIII. 
Debe  leerse  DCCCCL.XXIIII,  año  936  (1). 

Poco  tiempo  pudo  residir  San  Rosendo  en  Caaveiro, 
porque  las  atenciones  que  á  todas  horas  sobre  él  pesaban 
casi  le  traían  en  continuo  movimiento.  Sin  embargo, 
son  tan  vivos  los  recuerdos  que  en  Caaveiro  se  conser- 
van del  glorioso  Santo,  que  se  diría  que  allí  había  resi- 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LVI. — Este  monasterio  que  en  esta  época 
era  de  la  Orden  de  San  Benito,  pasó  después  á  ser  de  Canónigos  Reglares 
de  San  Agustín.  Estaba  dedicada  la  iglesia  á  San  Juan  Bautista,  á  San- 
tiago y  sus  compañeros  (et  comitum  eius),  á  la  Santísima  Virgen,  á  San  Mi- 
guel, á  San  Juan  Apóstol,  á  Santa  Cristina  y  á  otros  Santos,  cuyas  Reliquias 
allí  se  guardaban. 


LOS  TRES  PEIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELNA  363 

dido  y  vivido  siempre  hasta  su  último  momento.  Mos- 
traban en  la  antigua  iglesia  conventual  algunos  objetos 
(ahora  dispersos  y  algunos  recogidos  en  el  Tesoro  de  la 
Iglesia  compostelana),  como  cálices,  cruces,  vestiduras 
que  se  creía  habían  pertenecido  al  Santo  Fundador, 
pero  que  evidentemente  son  muy  posteriores.  Como  sue- 
le suceder  en  tales  casos,  con  el  transcurso  del  tiempo 
en  la  memoria  del  pueblo,  dichos  objetos  fueron  confun- 
didos con  los  verdaderos  y  auténticos,  que  habían  des- 
aparecido. Consérvase,  sin  embargo,  en  la  capilla  de  las 
Nieves,  parroquia  de  Cápela,  en  un  gran  armario-reta- 
blo del  siglo  XVII,  que  antes  estaba  en  la  iglesia  de 
Caaveiro,  una  alba,  que  con  verdad  puede  ser  atribuida 
á  San  Rosendo  (1). 

Tal  era  el  varón,  que  no  por  título  de  propiedad, 
sino  por  comisión,  se  encargó  provisionalmente  del  go- 
bierno de  la  Diócesis  compostelana.  De  él  decía  el 
diácono  Egilano,  en  una  donación  que  hizo  á  Celanova, 
que  era  verdadero  maestro,  que  con  la  palabra  y  el 
ejemplo  enseñaba  á  sus  subditos.  (Vobis  egregio  Episcopo, 
domino  Rudesindo,  Sanctissimo  Patri  et  vero  magistro,  qui  ver- 
bo et  exemplo  docetis  vestros  subditos)  (2).  Como  es  sabido,  San 


(1)  Esta  notabilísima  pieza,  cuyo  grabado  damos  en  la  página  siguien- 
te, es  uno  de  los  rarísimos  ejemplares  que  se  conserva  en  Europa  de  dicha 
época.  Es  muy  parecida  á  la  de  San  Gerardo,  Obispo  de  Toul  (-J*  994),  de  la 
cual  sólo  nos  resta  un  dibujo  conservado  entre  los  papeles  de  Montfaucón,  y 
á  la  de  San  Bernulfo,  Obispo  de  Utrecht  (f  1056).  De  ambas  publicó  des- 
cripciones y  diseños  Rohault  de  Fleury,  (t.  VII  de  La  Messe,  pág.  15  y  16, 
y  lam.  DXIX).  La  de  San  Rosendo  es  de  tela  fina  de  hilo,  y  mide  l'90m  de 
alto  y  siete  metros  de  vuelo.  El  cuello,  las  bocamangas  y  el  borde  inferior 
estaban  adornados  de  una  franja  también  de  tela  de  hilo,  formada  de  listas 
blancas  y  encarnadas. 

(2)  La  Cueva,  Hist,  Ms.  de  Celanova,  pág.  103, 


364 


LIBRO  SEGUNDO 


Rosendo  ya  había  sido  Obispo  de  Mondofiedo,  cuya  Mi- 
tra renunció  hacia  el  año  940  (no  en  957,  como  dice 


Alba  de  San  Rosendo,  que  se  conserva  en  la  capilla  de  las  Nieves, 
parroquia  de  Santiago  de  Cápela. 


Flórez),  habiendo  sido  elegido  para  sucederle  su  sobrino 
Arias,  hijo  de  su  hermano  Munio  y  de  D.a  Elvira  su 
prima  (1). 


(1)  En  una  Escritura  del  Tumbo  de  Cetanova  (líb.  1,  núm.  VIH),  de  11 
de  Junio  de  962,  subscribe  D.  Arias  en  esta  forma:  Sub  Xpisti  nomine  gra* 
tia  Dei  Arias  episcopus  devotionem  meae  genitricis  (Gilvirae),  bono  animo 
confirmo.  San  Rosendo  tuvo  otro  sobrino  llamado  también  Arias,  hijo  de  su 
primo  el  Conde  D.  Pelayo  González,  el  cual  sobrino  fué  igualmente,  según 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  365 

Refiérenos  su  biógrafo  (1),  que  siendo  Obispo  de  San- 
tiago, expulsó  de  Galicia  á  los  normandos  y  á  los  árabes; 
mas  supone,  que  si  entonces  San  Rosendo  ocupaba  la 
Sede  compostelana,  era  porque  Sisnando  II  se  hallaba 
encarcelado  por  orden  del  Rey  D.  Sancho.  Como  ya  he- 
mos visto,  cuando  los  normandos  fueron  expulsados  de 
nuestro  territorio,  habian  muerto  tanto  D.  Sancho,  co- 
mo Sisnando.  Por  consiguiente,  no  por  estar  preso  Sis- 
nando, sino  por  hallarse  á  la  sazón  vacante  la  Sede,  te- 
nía San  Rosendo  el  gobierno  de  la  Iglesia  compostelana. 

De  los  hechos  de  San  Rosendo  durante  tuvo  el  go- 
bierno de  la  Diócesis  de  Santiago,  y  después  que  los 
compostelanos,  como  dice  su  biógrafo,  lo  recibieron  den- 
tro de  los  muros  de  su  ciudad  como  á  su  libertador  (2), 
pocas  noticias  se  conservan.  Sábese  que  con  su  sobrino 
D.  Munino  González,  que  tenía  el  Condado  de  Avean- 
cos,  aceptó  los  límites  de  antiguo  establecidos  entre 
dicho  Condado  y  el  de  Cornado. 

En  el  año  969,  á  17  de  Junio,  asistió  al  Concilio,  ó 
más  bien  subscribió  el  Acta  de  fundación  que  su  primo 
el  Conde  Santo,  D.  Osorio  Gutiérrez,  hizo  del  monaste- 
rio de  Lorenzana.  En  este  Documento  se  intitula  Obis- 
po  Dumiense :    Sub   Xpisti    nomine  Rudesindus  Dumiense 


parece,  Obispo  de  Mondoñedo  por  el  año  977.  (Véase  Yepes,  Coron.  ge- 
neral de  S.  B.f  t.  V,  Apéndice  núm.  VII,  y  Risco,  España  Sagrada,  to- 
mo XXXIV,  página  283).— Sin  embargo,  San  Rosendo  siguió  llamándose 
Obispo  Dumiense. 

(1)  España  Sagrada,  t.  XVIII,  pág.  381.— Como  ya  advirtió  Flórez  en 
el  tomo  citado,  pág.  84,  en  el  orden  cronológico  de  los  sucesos  no  observó 
gran  exactitud  el  biógrafo  de  San  Rosendo. 

(2)  Víctor  a  Compostellae  civibus  communi  gratulatione  receptus  est. 
(España  Sagrada),  t.  XVIII,  pág.  382. 


366  LIBBO  SEGUNDO 


Sedis  cettenovense  confirmo.  En  17  de  Enero  de  974,  con 
título  de  Obispo  Iliense,  confirma  un  Privilegio  otor- 
gado por  D.  Ramiro  III  á  la  Santa  Iglesia  de  Astor- 
ga.  Sub  Xpisti  nomine  Rudesindus  Deí  gratia  iriensis  epis- 
copus  confirmat  (1).  Había  motivado  esta  Escritura  la 
supresión  del  Obispado  de  Simancas,  que  había  creado 
D.  Alfonso  IV  hacia  el  año  927  (2),  la  cual  supresión  fué 
acordada  en  un  Concilio  que  por  aquel  tiempo  se  cele- 
bró en  León  (3).  Asistió  á  este  Concilio  San  Rosendo, 
que  en  él  tuvo  la  principal  parte,  como  se  colige  de  su 
subscripción,  que  es  la  primera  después  de  la  de  los  Re- 
yes, y  está  concebida  en  estos  términos:  Ego  indignus  et 
mérito  ultimus  Apostolícete  cathedrae  et  Sedis  Iriense  Rudesin- 
dus Episcopus  commissus  cum  omnes  collegas  et  coepiscopos  simul 
tractavimus,  et  simul  Deo  gloriam  dedimus,  et  tanquam  reci- 
divam  (redivivam)  hanc  Legionensis  Ecclesiam  cum  conniven- 
tía  concilii  et  ad  nutu  dominae  nostrae  memoratae  Reginae  rem 
proprie  ipsius  indecenter  eversam  ad  jus  proprium  reduximus, 
et  permanere  Deo  factore  totis  nixíbus  sanximus,  et  ab  his,  qui 
vota  atque  donaría  aliena  sacrilege  et  audacter  disrumpunt,  se- 
jungi  quam  adhereri  satius  praemuniti  vitam  nostram  ad 
interitu  instabili  gressu  et  mentís  fidei  pede  retraximus. 

Acompañó  á  San  Rosendo  en  su  viaje  á  León  el 
Abad  de  Antealtares,  aquel  venerable  Pedro  que  más 
tarde  había  de  sucederle  en  el  régimen  de  la  Iglesia 
compostelana,  á  la  cual  igualmente  había  de  ilustrar  con 
su  prudencia,  con  su  santidad  y  con  su  doctrina.  La  fir- 
ma de  Pedro  dice:  Petrus  abba  confessor,  regenti  sciterio  añ- 


il)   España  Sagrada,  t.  XVI,  Apéndice. 

(1)  España  Sagrada,  t.  XXXIV,  pág.  245  y  284. 

(2)  España  Sagrada,  t.  XXXIV,  pág.  285,  y  Apéndice  núm.  XX. 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  367 

teáltarios.  Excusado  es  decir  que  bajo  el  régimen  de  va- 
rón tan  consumado  en  toda  virtud,  el  monasterio  de 
Antealtares  nada  había  de  perder  del  crédito  de  que 
gozaba,  de  escuela  de  santidad  y  perfección  (1). 

Después  del  Concilio  de  León,  presintiendo  tal  vez 
San  Rosendo  la  proximidad  de  su  fin,  quiso  abandonar 
de  una  vez  para  siempre  los  enojosos  cuidados  del  mun- 
do, y  retirarse  á  su  amado  convento  de  Celanova,  que  en 
su  ausencia  regía  su  más  aventajado  discípulo,  el  Santo 
Abad  Manilán  (2).  «No  mucho  después,  dice  Flórez  al 
tratar  de  su  fin  (3),  considerándose  el  Santo  en  el  térmi- 
no de  su  peregrinación,  convocó  á  los  hermanos,  y  decla- 
ró la  cercanía  del  fin  de  su  destierro.  Prevínoles  la  gran 
comodidad  para  servir  á  sólo  Dios  en  aquella  Santa  Casa 
independiente  de  ajena  sujeción;  y  que  admitiesen  en 
ella  á  toda  suerte  de  personas,  nobles  y  plebeyos,  libres 
y  esclavos,  que  deseasen  consagrarse  al  Señor;  porque 
Dios  no  mira  la  nobleza  de  la  sangre,  sino  la  contrición 
del  corazón.  Crecía  la  debilidad  del  cuerpo,  y  recibidos 
los  Santos  Sacramentos,  le  rogaron  los  Monjes  con  al- 
gunos Obispos  que  allí  había,  declarase  el  que  le  había 
de  suceder  en  la  Abadía.  El  Santo  consolándoles,  les 
dijo,  que  nunca  los  desampararía,  y  que  tomasen  por 
padre  á  su  hijo  espiritual  Mamila  (Manilán);    y  habién- 


(1)  En  el  año  985  á  6  de  Junio,  el  Conde  D.  Tello  Alvítez  hizo  varias 
donaciones  á  Antealtares  y  á  su  abad  Pedro.  Subscriben  los  Obispos  San 
Viliulfo  de  Tuy,  Hermegildo  de  Lugo,  Pelayo  de  Iria,  Armentario  de  Du- 
mio  y  Gonzalo  de  Orense. 

(2)  En  Septiembre  de  974  ya  parece,  que  San  Rosendo  se  hallaba  en 
Celanova,  pues  con  su  convento  cambió  varias  heredades  con  Octavio  y  su 
mujer  Spanubrida.  (Tumbo  de  Celanova,  lib.  II,  núin.  CXXIV). 

(3)  España  Sagrada,  t.  XVIII,  pág.  84. 


368  LIBRO  SEGUNDO 


dolos  consolado  de  su  ausencia,  entregó  el  espíritu  al 
Señor  á  hora  de  Completas,  reinando  Ramiro  III, 
en  1.°  de  Marzo  (como  se  verificó  en  el  año  977,  cuya 
letra  Dominical  fué  Gr),  á  los  setenta  años,  después  de 
haber  anunciado  el  ángel  su  nacimiento»  (1). 


(1)     Véase  Facta  et  miracula  S.  Rudesindi  Episcopi,  lib.  I,  cap.  III, 
en  el  tomo  XVIII  de  la  España  Sagrada,  pág.  386, 


ii"illiliiriiiiiiii*iiiitiiti«iiiiiii«iiiiiiiiitiiitii«ititiiiiiitiii*iiiititifiiiiiimitiitimiiiitn«iiiiiitntiitifiiiiiiiiiiiiiiiiiiiintiiitiitiiii*iiiiniiimiiiTiiiiiiiiiiiniiiiitm 


CAPITULO  XX 


El  Pontificado  de  D.  Pelayo  Rodríguez  en  Compostela. 


ntre  los  numerosos  Monjes  que  por  aquel 
tiempo  poblaban  el  insigne  monasterio  de 
Celanova,  distinguíase  Fray  Pelayo  Ro- 
dríguez, que  sin  duda  era  muy  conocido 
en  Santiago  por  formar  quizás  parte  del  séquito,  que  en 
sus  viajes  acompañaba  á  San  Rosendo.  Era  Fray  Pelayo 
hijo  del  Conde  ó  Duque  D.  Rodrigo  Velázquez  y  de  su 
esposa  D.a  Onega  Adosinda  Luces,  los  cuales  tuvieron, 
además,  cinco  hijas,  Onega,  Trudilli  ó  Trudilde,  Velas- 
quita,  Munia  Donna  y  Aldonza.  No  recomendaban  me- 
nos á  Fray  Pelayo  sus  cualidades  personales,  que  la  no- 
bleza de  su  alcurnia;  así  es  que  cuando  San  Rosendo  se 
decidió  á  abandonar  á  Compostela  y  á  retirarse  definiti- 
vamente á  Celanova,  los  Canónigos  pusieron  en  él  los 
ojos,  y  lo  reclamaron  como  digno  de  ocupar  aquella  Sede 

Tomo  II— 24. 


370  LIBRO  SEGUNDO 


que  ya  no  podía  regir  el  glorioso  y  venerable  an- 
ciano (1). 

Se  ignora  el  año  en  que  D.  Pelayo  fué  consagrado 
Obispo  compostelano;  probablemente  debió  de  serlo  poco 
antes  de  fallecer  San  Rosendo  (f  1  de  Marzo  de  977), 
pues  en  el  testamento  del  Santo,  otorgado  en  17  de 
Enero  de  977,  aún  firma  sin  título  de  Obispo:  Pelagius 
dracenus  (diaconus?)  proles  Ruclerici. 

Una  amarga  prueba  lo  esperaba  al  poco  tiempo  de 
ser  consagrado,  y  era  la  muerte  de  su  buen  padre,  que 
falleció  en  la  villa  de  Paredes,  y  en  su  testamento  dis- 
puso que  se  le  diese  sepultura  en  el  monasterio  de  Cela- 
nova,  y  que  el  quinto  de  todos  sus  bienes  se  emplease  en 
limosnas  y  otras  obras  pías.  Su  hijo  Pelayo,  que  era  el 
primer  testamentario  designado,  no  se  dio  paz  mientras 
no  vio  cumplida  la  última  voluntad  de  su  padre.  En  23 
de  Octubre  de  978  donó  á  Celanova  la  villa  de  Paredes 
incluida  en  el  quinto  de  los  bienes  de  D.  Rodrigo  ¡y  con 
qué  humildad  y  fervor  de  espíritu  no  dictó  la  carta  de 
donación!  «Yo,  como  hijo  sumiso  y  obediente,  dice,  á  mi 
piadoso  padre,  he  resuelto  hacer  cuanto  antes  con  buen 
ánimo  y  de  muy  buena  voluntad  lo  que  se  me  había 
mandado;  y  al  ejecutarlo,  cayó  en  el  quinto  de  su  libre 
disposición  la  villa  de  Paredes  en  donde  él  había  termi- 
nado sus  días;  y  se  me  ocurrió  y  me  pareció  justo  conce- 
der, y  ofrecer  dicha  villa  á  Dios  misericordioso  y  á  mi 
Salvador,  para  que  á  él  y  á  mí  nos  sea  propicio,  en  el 


(1)  «A  Dominis  et  Senioribus  rogatus  adducitur»  (Cronicón  Iriense). 
En  lo  que  grandemente  se  equivocó  el  Iriense  fué  en  decir  que  al  tiempo  en 
que  Pelayo  fué  elegido  Obispo  de  Compostela,  ya  lo  era  de  Lugo.  Argaiz  lo 
Lace  pasar  nada  menos  que  por  cuatro  Obispados. 

La  Compostelava  (lib.  I,  cap.  II.  núm.  7)  insinúa,  que  si  llegó  á  alcanzar 


LOS  TEESPEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  371 

monasterio  de  Celanova,  en  donde  su  cadáver  descansa 
sepultado.  Ya,  Señor  misericordioso  ó  inefable,  ya  cum- 
plo lo  mandado;  ya  ejecuto  los  preceptos  que  me  dejó 
mi  padre,  ya  estoy  pronto  á  dar  algo,  según  lo  que  pue- 
do, por  la  salvación  de  su  alma»  (1).  En  17  de  Diciem- 
bre del  mismo  año  978  otorgó  D.  Pelayo  al  monasterio 
de  Celanova,  juntamente  con  otras  personas,  la  villa  de 
San  Julián  de  Cabarcos  de  Aguiar  en  el  Bierzo.  Facta 
scriptura  firmitatis,  se  dice  en  la  fecha,  in  Concilio  Pdagius, 
episcopas  et  mater  eius  Honega  in  Villamartini  in  die  XVII 
decernbris,  Era  MXVL  (2). 

Cuatro  años  después,  á  11  de  Septiembre,  dio  á  Ce- 
lanova la  villa  de  Olimbra  (Oimbra),  en  el  valle  de  Ba- 
roncelle,  á  orillas  del  Tamaga  (partido  judicial  de  Verín). 
En  esta  Escritura  recuerda  D.  Pelayo  su  monacato,  que 
abrazó  por  consejo  de  su  padre,  flpse  vero  quo  milii  filio  suo 
providit  monasticam  ducere  vitam);  y  llama  carísimos  y  ve- 
nerables hermanos  al  abad  Diego  y  á  toda  la  Comunidad; 
(Carissimis  et  venerandis  fratribus  meis  Didacus  abba  et  omnem 
congregationem  sanctam).  En  la  inscripción  del  Documento 
dice  que  él,  aunque  indigno,  por  la  misericordia  del  Se- 
ñor Dios,  ejerce  la  cura  Pastoral  de  la  Sede  Apostólica 
de  Santiago,  y  que  por  hacer  bien  por  el  alma  de  su  pa- 
dre el  Duque  D.  Rodrigo,    y  que  por  temor  al  juicio 


la  dignidad  Pontifical,  fué  debido  á  la  osadía  propia  de  todo  hombre  podero- 
so, según  el  mundo.  Dignitatem  hujus  Pontificatus  saeculari  potentia  susci- 
piens...  Como  en  lo  que  inmediatamente  sigue,  no  da  la  Compostelana  muchas 
muestras  de  estar  bien  enterada,  es  de  suponer  que  no  tuvo  mejores  infor- 
mes, cuando  escribió  las  palabras  transcriptas. 

(1)  España  Sagrada,  t.  XIX,  Apéndices. 

(2)  Cartulario  de  Celanova,  lib.  III.  núni.  XCV, 


372  LIBRO  SEGUNDO 


en  el  día  de  las  venganzas,  y  en  expiación  por  sus  peca- 
dos, dona,  etc..  (1). 

En  estos  Documentos  se  ve  que  Pelayo  no  estaba  tan 
olvidado  de  las  cosas  divinas,  como  da  á  entender  la  Com- 
postdana  (2).  El  Cronicón  Írteme  agrava  más  la  acusación, 
y  dice  que  siendo  más  dado  á  los  negocios  mundanales, 
que  á  los  eclesiásticos,  depuso  á  los  más  ancianos  y  dig- 
nos y  se  rodeó  de  gente  joven  é  inexperta;  con  lo  cual 
hizo  caer  en  completo  desprestigio  las  dignidades  y  hono- 
res de  la  Iglesia.  Añade,  que  por  esta  razón  tanto  D.  Pe- 
layo,  como  su  padre  D.  Rodrigo,  se  hicieron  con  su  pro- 
ceder tan  odiosos  á  los  Magnates  gallegos,  que  éstos 
para  tenerlos  á  raya,  acordaron  entre  sí  coronar  Rey  en 
Santiago  al  infante  D.  Bermudo,  hijo  de  D.  Ordoño  III. 
La  Compostelana  omite  esto,  pero  lanza  contra  el  padre  de 
D.  Pelayo  la  más  grave  de  las  acusaciones,  la  de  que 
D.  Rodrigo  fué  el  que,  con  otros  Condes,  trajo  á  Galicia  á 
Almanzor.  Para  que  se  vea  el  valor  de  estos  dichos,  baste 
recordar  que  D.  Rodrigo  falleció  cuatro  años  antes  de 
ser  proclamado  D.  Bermudo  en  Santiago,  y  diecinueve 
antes  de  la  venida  del  célebre  caudillo  árabe  á  nuestro 
país  (3). 


(1)  «Ego  vero  Pelagius  quamvis  indignus  sed  per  misericordiam,  Do- 
mine Deus,  pastorali  gerens  quram  Sedis  apostolice  Iacobi  propter  reme- 
dium  anime  genitoris  mei  domni  Rudericis  ducis  et  formidatio  tui  iudicii  in 
diem  ultionum  atque  expiationem  mei  delicti,  elegi,  etc...»  (Tumbo  de  Cela- 
nova,  lib.  III,  fol.  159).  Firman  esta  Escritura  los  Obispos  San  Viliulfo  de 
Tuy  y  Gonzalo  de  Orense,  y  los  abades  Placencio,  Adaulfo,  Ansurio,  Froi- 
jano  y  Florencio. 

(2)  Nec  in  hujus  peregrinationis  valle  per  desideriorum  caelestium  la- 
menta suo  se  Creatori,  ut  deberet,  humiliavit.  (España  Sagrada,  t.  XX,  pá- 
gina 14). 

(3)  En  el  fondo  hay,  sin  embargo,  algo  de  verdad  en  lo  que  dice  la 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  373 

El  Obispo  de  Oviedo,  D.  Pelayo,  tomó  por  otro  cami- 
no, y  en  vez  de  desacreditar  al  Obispo  compostelano, 
presenta  al  Rey  D.  Bermudo  como  perseguidor  de  Pre- 
lados y  dominado  por  todos  los  vicios  (1).  El  Obispo  de 
Santiago  fué  también,  según  D.  Pelayo,  blanco  de  las 
iras  de  D.  Bermudo;  pero  aquí  el  Ovetense  confunde  la 
supuesta  persecución  de  nuestro  Prelado  (la  cual  por 
otra  parte  no  es,  si  se  quiere,  inverosímil),  con  el  suceso 
del  Obispo  Adaulfo  II  (2),  que  en  el  Cronicón  de  D.  Pe- 
layo  aparece  exornado  de  circunstancias,  no  del  todo 
dignas  de  crédito.  Los  dichos,  pues,  de  la  Compostelano,  y 
del  Iriense,  vienen  en  cierto  modo  á  quedar  desmentidos 
por  D.  Pelayo  de  Oviedo. 

La  proclamación  y  coronación  de  D.  Bermudo  en 
Santiago,  son  hechos  indubitables,  pero  no  obedecieron 
á  los  móviles  que  supone  el  Iriense,  sino  á  los  que  dice 
Sampiro,  á  saber,  á  las  maneras  ásperas  y  duras  con  que 
el  Rey  D.  Ramiro  III  trataba  á  los  Grandes  de  su  rei- 
no, los  cuales,  cansados  de  sufrir  su  tiranía,  proclama- 
ron Rey  á  D.  Bermudo,  que   fué  ungido   y  coronado  en 


Compostelano,;  pero  como  le  sucede  á  veces,  confunde  los  tiempos,  los  hechos 
y  las  personas.  Según  Dozy,  que  cita  á  Aben  Jaldón  (Hist.  des  Musulmán*, 
t.  III,  pág.  105),  hacia  el  año  9GG  D.  Rodrigo  Velázquez  hizo  las  paces  non 
el  Califa  de  Córdoba  Hescán  II,  por  mediación  de  su  madre,  la  cual  fué  re- 
cibida con  las  mayores  consideraciones  en  la  corte  del  Califa,  y  agasajada 
por  éste  con  riquísimos  presentes.  Esto  indica  que  á  la  sazón  D.  Rodrigo 
gobernaba  alguno  de  los  distritos  de  la  frontera  de  Portugal,  como  el  de 
Viseo  ó  Coimbra,  y  que  por  esto  tuvo  ocasión  de  entrar  en  tratos  con  el 
Califa  cordobés. 

(1)  Cronicón  de  D.  Pelayo  en  el  tomo  XIV  de  la  España  Sagrada,  pá- 
gina 480  y  siguientes. 

(2)  Véase  página  lf>P>f 


374  LIBBO  SEGUNDO 


Santiago  el  15  de  Octubre  del  año  982  (1).  D.  Ramiro 
quiso  batir  á  su  primo  y  escarmentar  á  los  rebeldes,  y 
desde  León  corrió  en  su  busca  al  frente  de  un  gran 
ejército.  D.  Bermudo  no  se  descuidó  por  su  parte,  y  á  la 
cabeza  de  sus  parciales  salió  de  Santiago  para  esperar  á 
su  rival.  Dióse  la  batalla  en  Pórtela  de  Arenas,  cerca 
de  Monterroso;  y  por  ambos  lados  se  peleó  con  tal  de- 
nuedo, que  la  victoria  quedó  indecisa.  Sin  embargo,  mo- 
ralmente  D.  Bermudo  quedó  vencedor,  pues  obligó  á  su 
contrario  á  retirarse  á  León,  y  él  continuó  en  pacífica 
posesión  de  Galicia  (2).  Y  no  satisfecho  con  esto,  al  aso- 
mar la  primavera  del  año  984,  invadió  á  su  vez  los  do- 
minios de  su  rival,  y  en  24  de  Abril  se  hallaba  instala- 
do en  la  ciudad  de  León,  como  resulta  del  Privilegio 
que  publicó  Risco  en  el  tomo  XXXIV  de  la  España  Sa- 
grada, Apéndice  núm.  XXII;  por  el  cual  Privilegio  otor- 
gó D.  Bermudo  varias  villas  á  la  Santa  Iglesia  Legio- 
nense.  Subscribe  este  Documento  el  Obispo  de  Compos- 
tela  en  esta  forma:  Cum  divina  virtus  Pélagius  Iriense 
Seáis, 

D.  Ramiro  se  vio  obligado  á  abandonar  á  León  y  á 
replegarse  al  Mediodía  de  Astorga,  en  donde  falleció  el 
26  de  Junio  del  referido  año,  recibiendo  sepultura  en 
Destriana  (3).  Con  esto  D.  Bermudo  quedó  pacífico  po- 


(1)  Rex  vero  Ranimirus  cum  esset,  elatus  et  falsiloquus  et  in  módica 
scientia  positus ,  caepit  comités  Gallaeciae  et  Legionis  sive  et  Castellae 
factis  acriter  ac  verbis  contristan.  Ipsi  quidem  comités  talia  aegre  feren- 
tes  callide  adversus  eum,  etc..  (España  Sagrada,  t.  XIV,  pág.  471). 

(2)  Así  e3  que  los  Cronistas  sólo  dan  á  D.  Ramiro  quince  años  de  rei- 
nado, no  contando  los  dos  que  reinó  en  León,  después  de  la  batalla  de 
Pórtela. 

(3)  Véase  Dozy,  Recherches,  etc.,  1. 1,  pág.  179. 


LOS  TBES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  375 

seedor  de  todos  los  Estados  de  León  y  Galicia,  como  él 
mismo  lo  expresa  con  las  siguientes  palabras  en  el  Di- 
ploma que  en  1  de  Enero  de  986  despachó  en  favor  de 
Celanova:  Ego  iam  dictus  ¡winceps...  mihi  diuino  regni  subli- 
matas  honore,  nidio  resistente,  nulloque  yer  amplitudinem  tiel 
latitudinem  terre  regni  nostri  hábitans  contradicentem,  sed  cum 
ómnibus  gentibus  datam  finibus  nostris  et  omni  populo  terre  ré- 
quiem, me  pacem  habentem...  (1). 

Por  una  Escritura  del  Tumbo  de  Celanova  (2),  se  ve  que 
en  30  de  Mayo  de  985  se  hallaba  D.  Bermudo  en  San- 
tiago, y  que  presidió  una  Junta  ó  Concilio  en  que  el 
Abad  de  Celanova  celebró  un  contrato  con  Froilán 
Iustiz  y  otros  sobre  la  villa  de  Felgaria.  Subscriben  varios 
Obispos,  y  entre  ellos  Pelayo  de  Compostela.  Subscribe 
también  el  famoso  Conde  gallego  D.  Menendo  Gonzá- 
lez, tutor  que  había  de  ser  de  D.  Alfonso  V. 

Y  asistió  nuestro  D.  Pelayo  á  la  coronación  de  Don 
Bermudo  en  Compostela?  Algún  motivo  hay  para  dudar- 
lo. D.  Bermudo  fué  coronado  en  15  de  Octubre  de  982. 
Ya  hemos  visto  que  el  1 1  de  Septiembre  del  mismo  año, 
D.  Pelayo  concedió  á  Celanova  la  villa  de  Oimbra,  y  en 
1  de  Octubre  subscribió  la  donación  que  hizo  Odoiiio  á 
dicho  Monasterio.  Como  quiera  que  sea,  D.  Bermudo  que 
parece  era  algún  tanto  suspicaz,  y  que  sin  causa  alguna, 
como  dice  el  Ovetense,  tuvo  tres  años  encerrado  en  un 
castillo  al  Obispo  de  Oviedo,  Gudesteo,  quizás  no  dejaría 
de  hallar  algún  motivo  de  queja  en  la  conducta  política 
de  D.  Pelayo,  y  que  en  efecto  se  propasase  á  expulsarlo 
de  su  Sede.  A  domino  rege    Veremudo  expulsus  est,  dice  la 


(1)  Tumbo  de  Celanova,  lib.  I,  núm.  V. 

(2)  Libro  III,  núm.  XL  VI. 


376 


LIBEO  SEGUNDO 


Gompostelana.  Pero,  ¿fueron  deméritos  del  Prelado,  ó  la 


Fotografía  de  J.  JÁmia.  Fotograbado  de  Laporta, 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  17,  que  representa  á  D.  Bermuclo  II. 


arbitrariedad  del  Monarca  la  causa  de  esta  expulsión,  si 


LOS  ÍHES  fBlMEltÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  COJktPOSTELANA  3 77 

es  que  la  hubo?  Los  deméritos  del  Prelado,  todo  lo  más, 
no  pasan  del  confín  de  la  duda,  y  que  el  Monarca  en 
ciertas  ocasiones,  procedió  arbitrariamente  y  con  formas 
violentas,  parece  indudable.  Lo  cierto  es,  que  en  el  Di- 
ploma otorgado  á  la  Iglesia  Compostelana  en  29  de  Sep- 
tiembre de  985,  por  el  cual  dona  cinco  viñadores  y  vein- 
ticinco labradores  para  que  cultiven  la  granja  de  Vite 
(Vide),  que  justamente  había  concedido  por  su  alma  á 
la  Iglesia  el  padre  de  D.  Pelayo,  ninguna  mención  de 
éste  se  hace  en  la  Escritura  (1).  Subscribe,  sin  embargo, 
D.  Pelayo  como  Obispo  de  Iria,  la  donación  que  en  el 
mismo  día  29  de  Septiembre  de  985,  hizo  D.  Bermudo  al 
monasterio  de  Celanova  de  las  niandat  iones,  commissos  6 
decanías  de  Ablocinos  (S.  Juan  de  Abruciños)  y  Barra  (San- 
ta María  de  Barra)  cerca  del  Miño;  pero  en  otro  Privile- 
gio fechado  en  1  de  Marzo  de  986  en  que  el  Monarca 
renovó  y  amplió  la  misma  donación,  ya  firma  como 
Obispo  Iriense,  D.  Pedro  (2). 

De  todo  lo  expuesto,  y  teniendo  en  cuenta  cuan  fre- 
cuente era  entonces  el  que  los  Prelados  hiciesen  renun- 
cia de  sus  Sedes  y  se  retirasen  á  hacer  vida  santa  y 
recogida  en  algún  monasterio,  es  dado  colegir,  sin  nece- 
sidad de  apelar  á  problemáticas  persecuciones  y  violen- 
tas expulsiones,  que  nuestro  D.  Pelayo,  notando  acaso 
el  desvío  con  que  lo  miraba  D.  Bermudo,  se  decidió  á 
hacer  dimisión  del  Obispado  y  á  retirarse  á  Celanova, 
en  donde  se  había  educado,  en  donde  yacían  su  maestro 
San  Rosendo  y  su  padre  D.  Rodrigo,  y  en  fin,  al  país  en 
donde  moraban  su  madre  y  sus  hermanas.  Y  en  efecto, 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXVI. 

(2)  Tumbo  de  Celanova,  lib .  I,  núm,  V. 


378  LIBBÓ  SEGUNDO 


en  dicho  monasterio  vivió  recogido  por  espacio  de  cerca 
de  treinta  añosr  firmando  en  algunos  documentos  con  el 
título  de  Obispo  Cellanovensis  (1).  En  Santiago  dejó,  no 
obstante,  un  perdurable  recuerdo,  la  iglesia  de  San  Be- 
nito, cuya  fundación  debe,  á  nuestro  juicio,  atribuírsele. 
Después  de  referir  Sampiro  la  sublevación  de  los 
Condes  gallegos  y  la  coronación  de  D.  Bermudo  en  San- 
tiago, trae  su  interpolador  (2),  que  el  Rey  de  los  agare- 
nos,  Alcorrexi,  entró  en  Galicia  por  Portugal,  y  que  aso- 
lándolo y  devastándolo  todo,  llegó  á  Compostela.  Quiso 
penetrar  en  la  Iglesia  en  donde  se  custodiaba  el  Sepul- 
cro de  Santiago,  pero  el  Señor  le  infundió  tal  terror,  que 
dio  precipitadamente  vuelta,  y  de  su  ejército  perecieron 
todos  de  enfermedad  en  el  camino  antes  de   llegar  á  su 


(1)  Entre  las  muchas  Escrituras  que  pudieran  citarse,  que  atestiguan 
la  permanencia  de  D.  Pelayo  en  Celanova,  insertaremos  estas  palabras  de 
una,  registrada  con  el  núm.  LXVIII,  lib.  I,  del  Tumbo  de  dicho  monasterio. 
El  monje  Vistrario  ofrece  «post  partera  prefati  monasterii  uel  pontifice  dom- 
no  Pelagio  episcopo,  Manillani  abbati  uel  fratribus  in  ipso  loco  pie  uiuenti- 
bus  uillam  quam  uocitant  Villare  subtus  Seo.  Petro  de  Mezquita  territorio 
Bubale  subtus  Castro  Veines.» 

Conocida  la  fecha  en  que  D.  Pelayo  se  retiró  á  Celanova  y  le  sustitu- 
yó San  Pedro  de  Mezonzo,  fácil  es  determinar  la  data  de  un  notabilísimo 
Documento  del  Tumbo  de  Samos,  que  estractó  Morales  en  su  Crónica, 
libro.  XVII,  cap.  I,  y  citó  Flórez  en  las  Memorias  de  las  Reynas  ca- 
thólicas,  tom.  I,  pág.  66  y  82,  insertando  una  larga  cláusula  en  la  nota  1  de 
esta  última  página.  Morales  decía  que  la  fecha  estaba  tan  confusa,  que  sólo 
se  podía  sacar  que  el  Documento  había  sido  otorgado  en  14  de  Mayo.  Fló- 
rez lo  coloca  en  la  página  82,  en  el  año  997;  pero  como  allí  aparece  la 
firma  de  D.  Pelayo  intitulándose  Obispo  de  la  Sede  Apostólica:  Sub  divina 
clementia  Pelagius  episcopus  Apostolice  Sedis,  con  la  de  Hermegildo  Obispo 
de  Lugo,  que  también  cesó  en  985,  á  este  año  hay  que  atribuir  la  fecha  del 
Documento. 

(2)  España  Sagrada,  t.  XIV,  pág.  472. 


LOS  TBES  PBIMEBÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAff  A  379 

patria  (1).  Mas  aquí  Sampiro,  ó  su  interpolador,  confun- 
de con  la  de  Almanzor  en  997  la  que  verificó  en  el 
año  981  Abdallah-Al-Hadjar.  Éste  no  pudo  entrar  en  Ga- 
licia, y  no  pasó  de  las  inmediaciones  de  Zamora,  aunque 
sí,  causó  grandes  destrozos,  y  en  un  sólo  distrito  destru- 
yó cerca  de  mil  lugares  con  sus  iglesias,  llevándose  á 
Córdoba  4.000  cautivos  (2). 


-h 


(1)  Interim  Rex  Alcorrexi,  cum  multis  agmíníbus  Agarenorum  per 
Portugalen8em  terram  intravit  Gallaeciam  et  Compostellam  venit  et  totam 
ipsam  terram  depopulavit.  Ad  Ecclesiam  vero  sive  ad  Sepulcrum  beati  Ja- 
cobi  cum  magna  audacia  accederé  voluit,  sed  Deo  renuente  territus  rediit; 
sed  Rex  noster  coelestis  non  est  oblitus  christianam  plebem,  misit  in  Aga- 
renos  infirmitatem  ventris,  et  nemo  ex  eis  vivus  remansit,  qui  rediret  in 
patriam  unde  venerat. 

(2)  Véase  Dozy,  Recherches,  etc.,  t.  I,  pág.  175. 


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CAPITULO  XXI 


San  Pedro  de  Mezonzo 


gnoramos  si  D.  Pelayo  Rodríguez  esta- 
ría á  la  altura  de  los  acontecimientos, 
que  dentro  de  poco  iban  á  desarrollarse 
en  nuestra  patria;  quizás  este  mismo 
recelo  lo  movería  á  deponer  la  Mitra  y 
á  retirarse  á  Celanova;  pero  ciertamen- 
te el  hombre  providencial,  cual  lo  reque- 
rían las  circunstancias,  era  el  que  á  la 
sazón  empuñaba  el  báculo  abacial  en 
Antealtares.  Y  quién  era  este  varón 
insigne  cuyas  relevantes  cualidades  así  lo  señalaban  pa- 
ra ocupar  un  puesto  tan  eminente,  tan  ambicionado  y 
tan  expuesto  al  choque  de  las  diversas  y  encontradas 
corrientes,  que  tan  agitada  y  perturbada  traían  á  nues- 
tra región? 


382  LIBRO    SEGUNDO 


El  abad  de  Antealtares,  Pedro,  había  nacido  hacia  el 
año  930  en  Curtís,  parroquia  del  partido  judicial  de  Ar- 
zúa,  y  era  hijo  de  Martín  Placencio,  descendiente  de  un 
piadoso  caballero  llamado  también  Placencio,  que  á  prin- 
cipios del  siglo  IX  había  fundado  el  monasterio  de  San- 
ta Eulalia  de  Curtís  (1),  y  de  una  distinguida  dama  de 
nombre  Mustacia,  la  cual  en  su  adolescencia  había  sido 
ansaria  (2)  de  la  Infanta  D.a  Paterna,  madre  del  Obispo 
Sisnando  II.  Fruto  de  tan  honrado  matrimonio  fueron, 
además  de  Pedro,  Adelfio  que  también  fué  monje,  Vima- 
ra,  padre  de  otro  Vimara,  Obispo  de  Orense  (3),  Aragon- 
ta  y  Mustacia.  Desde  sus  primeros  años,  estuvo  también 
Pedro  al  servicio  de  la  referida  Infanta  y  fué  su  cape- 
llán (4);  mas  después  que  esta  señora  se  hizo  religiosa, 
vistió  la  cogulla  en  el  monasterio  de  Santa  María  de  Me- 


(1)  Nuestro  dialecto  patrio,  fiel  depositario  de  nuestras  patrias  anti- 
güedades, conservó  en  el  lugar  de  Chácente,  de  la  parroquia  de  Curtis,  el 
nombre  de  este  virtuoso  caballero;  pues  Chácente  se  deriva  de  Placencio. 

(2)  No  podemos  decir  con  certeza  lo  que  significa  esta  palabra  ansaria. 
Puede  conjeturarse  con  bastante  fundamento  que  Mustacia  fué  dama  de 
honor  de  la  Infanta,  y  que  le  recogería  por  medio  de  una  asa  (ansa),  la  cola 
del  manto  cuando  dicha  señora  se  presentase  en  traje  de  ceremonia. 

(3)  Este  virtuoso  Prelado  mereció  ser  contado  entre  los  nueve  Santos 
Obispos  que  recibieron  sepultura  en  el  monasterio  de  San  Esteban  de  Ri- 
vas  de  Sil.  El  P.  Plórez  (España  Sagrada,  t.  XVII),  lo  excluyó  del  Episcopo- 
logio  de  la  Iglesia  de  Orense.  En  la  donación  hecha  en  1042  por  el  Obispo 
de  Lugo  á  la  Iglesia,  subscribe  Vimara,  en  esta  forma:  Auxilio  Xpisti  fultus. 
Vimarani  auriensis  Seáis  episcopus.  (España  Sagrada,  t.  XL,  pág.  161.)  En 
1045  subscribe  otra  donación  hecha  á  Celanova:  Sub  Xpisti  nomine  Vima- 
rani epiécopi  oriensis  Seáis.  (Véanse  Apéndices,  núm.  LXXV  bis). 

(4)  Et  ipsa  infanta  (domna  Paterna)  creavit  illum  Petrum  et  fuit  capel- 
lanus  in  casa  de  ipsa  infanta.  (Tumbo  áe  Sobraáo,  t.  I). — Por  su  edad,  Pe- 
dro que  á  la  sazón  tendría  á  lo  más  veinte  años,  no  podía  ser  capellán  en  el 
sentido  que  hoy  damos  á  esta  palabra,  y  sí  más  bien  sacristán  ó  custodio  de 
la  capilla. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  383 

zonzo  ó  Mosoneio,  que  poco  después  se  anexionó  al 
de  Sobrado.  En  el  monasterio  de  Mezonzo  que  estaba  tan 
bien  surtido  de  libros  (libros  nimis  dbundanter,  como  se 
lee  en  la  Escritura  de  agregación,  año  955),  pudo  adqui- 
rir nuestro  Pedro  aquel  caudal  de  conocimientos,  que  lo 
hizo  sobresalir  entre  todos  sus  contemporáneos.  Figura 
de  tanto  relieve,  difícilmente  puede  contemplarse  desde 
un  sólo  aspecto;  procuraremos,  pues,  estudiarlo  en  cuan- 
to Monje,  en  cuanto  Obispo  y  en  cuanto  celoso  é  incansa- 
ble restaurador. 


I 

El  Monje 


n  el  año  952,  como  hemos  visto  en  otra  par- 
te, fué  cuando  se  fundó  el  monasterio  de 
Sobrado,  y  cuando  D.a  Paterna  y  su  esposo 
D.  Hermenegildo  se  hicieron  Religiosos.  Desligado  en- 
tonces nuestro  Pedro  de  los  lazos  que  le  unían  al  mun- 
do, siguiendo  el  ejemplo  que  le  daban  sus  señores,  pensó 
también  en  retirarse  á  algún  lugar  en  donde  pudiera 
dedicarse  con  más  asiduidad  á  la  oración,  á  la  medita- 
ción  y  al  estudio.  A  unas  dos  leguas  de  Curtís  había  un 
monasterio  que  gozaba  fama  de  muy  observante  desde 
los  tiempos  del  abad  Reterico,  á  fines  del  siglo  IX,  y 
que  poseía  una  copiosa  biblioteca.  Este  monasterio  era 
el  de  Santa  María  de  Mezonzo  ó  de  Monasterio,  pues  es- 
te nombre  también  llevaba  por  antonomasia.  Este  con- 


384  LIBBO  SEGUNDO 


vento  fué  el  que  eligió  Pedro  para  su  retiro,  y  tan  rápi- 
dos progresos  hizo  en  el  estudio  de  las  ciencias  eclesiás- 
ticas, que  muy  pronto  alcanzó  fama  de  sabio;  que  así  le 
califica  el  Cronicón  Iriense  en  los  siguientes  términos: 
Monasterii  Mosontii  sapientem  monachum  flj.  Cuando  en  el 
año  955  el  monasterio  de  Mezonzo  se  agregó  al  de  So- 
brado, es  de  suponer  que  el  monje  Pedro  pasase  á  este 
convento,  en  donde  en  9  de  Julio  de  959  le  hallamos 
ordenado  de  Sacerdote  y  desempeñando  el  cargo  de  no- 
tario, si,  como  es  probable,  es  suya  la  siguiente  subscrip- 
ción, que  figura  en  una  Escritura  del  Tumbo  de  Sobrado, 
(tomo  I,  núm.  XX)  de  dicha  fecha  Petrus  presbyter  confír- 
mate qui  notavit  (2). 

A  medida  que  corrían  los  días,  el  nombre  de  Pedro 
se  hacía  más  ilustre,  y  la  fama  publicaba  más  activa  las 
virtudes  del  Monje  de  Mezonzo.  Los  amigos  y  todos 
cuantos  lo  conocían,  deseaban  con  ansia  verlo  colocado 
en  un  puesto  que  ofreciese  más  ancho  campo  á  su  celo  y 
laboriosidad.  No  tardó  en  presentarse  la  ocasión  en  que 
pudiesen  ver  satisfechos  sus  deseos,  porque  hacia  el 
año  965  vacó  la  abadía  de  Sobrado  por  muerte  ó  renun- 
cia del  abad  Diego,  que  era  el  cuarto  que  contaba  aquel 
convento;  y  ya  nadie  dudó  de  que  pudiese  ser  otro  que 
Pedro,  el  que  ocupase  la  vacante  (3).  En  sus  manos,  el 


(1)  El  P.  Car  bajo  en  la  Historia  del  Convento  de  Sobrado  (de  la  cual  se 
conservan  algunos  ejemplares  manuscritos  y  de  uno  de  ellos  es  poseedor  el 
Sr.  D.  Jesús  Fernández  Suárez,  de  Santiago),  valiéndose  de  una  errada  lec- 
ción de  la  Historia  Iriense,  dice  que  San  Pedro  se  llamó  no  de  Mezonzo 
sino  Mansoro  ó  Monsoro,  por  la  gran  paciencia  y  mansedumbre  que  demos- 
tró al  tiempo  de  la  invasión  de  Almanzor. 

(2)  La    misma  subscripción    aparece    en    otras  Escrituras    hasta    el 
año  064. 

(3)  El  Pf  Flórez  (España,  Sagrada,  t,  XIX,  pág.   176),  mueve  alguna 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  385 

10  de  Diciembre  de  966,  hicieron  al  monasterio  la  ofren- 
da de  todos  sus  bienes  el  Obispo  Sisnando  II  y  sus  her- 
manos D.  Rodrigo  y  D.a  Elvira.  Dos  años  después  el  Rey 
D.  Ramiro  III,  por  indicación  de  su  tía  la  Reina  D.a  El- 
vira, hizo  una  copiosa  donación  á  Sobrado  y  á  sus  dos 
congregaciones  de  hombres  y  mujeres,  y  a  sus  respecti- 
vos Abades,  la  monja  Elvira  y  el  presbítero  Pedro  (Fe- 
mine  Geluire  confesse  et  continenti  cibbati  PetroJ.  La  Escritura 
termina  con  esta  subscripción:  Petras  albas  notavit  (1). 

Por  este  tiempo  ocurrió  la  invasión  normanda,  y  la 
iglesia  de  Santa  Eulalia  de  Curtís  fué  una  de  las  que 
más  experimentaron  hasta  dónde  llegaba  el  furor  y  ra- 
pacidad de  aquellos  corsarios.  Cuando,  merced  a  la  sere- 
nidad de  San  Rosendo  y  al  valor  del  Conde  D.  Gonzalo 
Sánchez,  se  disipó  la  tormenta,  el  venerable  Martín  con 
sus  hijos,  el  abad  Pedro  y  el  presbítero  Adelfio,  no  se 
dio  paz  hasta  que  restauró  aquella  iglesia,  en  la  cual  se 
hallaban  concentrados  todos  sus  pensamientos  y  afeccio- 
nes.  (Ipse  Uei  servus  Martinus...  cooperuit  parietes  avorum 


duda  acerca  de  la  prelacia  de  San  Pedro  en  Sobrado,  fundado  en  que  el 
abad  Pedro  que  sucedió  á  Diego,  vivió  según  la  Cronología  de  los  Abades 
de  este  Monasterio,  que  puso  Bravo  en  las  Notas  á  la  Regla  de  San  Benito, 
como  tal  abad  hasta  el  año  990,  y  que,  por  consiguiente,  tiene  que  ser  dis- 
tinto de  San  Pedro  de  Mezonzo,  que  era  Obispo  de  Compostela  desde  el  año 
985.  Si  se  admiten,  como  es  procedente,  dos  abades  del  nombre  de  Pedro,  en 
vez  de  uno  en  dicho  período,  desaparece  la  dificultad  del  P.  Flórez.  El  caso 
es  que  el  mismo  San  Pedro  de  Mezonzo,  en  la  Escritura  del  pleito  con  el 
Obispo  de  Lugo,  D.  Pelayo,  de  que  luego  hablaremos,  insinúa  con  bastante 
claridad  que  él  también  había  sido  Abad  de  Sobrado;  pues  dice  que  ni  en 
tiempo  de  los  tres  Abades  que  cita,  Alvito,  Guncito  y  Diego,  ni  en  el  suyo 
(nec  cum  ipsis  Abbatibus,  nec  mecum,  hodie  XXXannos),  no  había  oído  nada 
de  lo  que  en  el  valle  de  Presares  demandaba  el  Obispo  de  Lugo. 
(1)  Tumbo  de  Sobrado,  t.  I,  núm.  CIX. 
Tomo  II.—  25. 


386  LIBRO  SEGUNDO 


suorum,  et  quantum  illi  Bominus  ad  optionem  dedit,  continua- 
vit  et  possedit  (lj. 

La  Historia  no  nos  dice,  ni  cómo,  ni  cuándo  San  Pe- 
dro pasó  á  gobernar  el  monasterio  de  Antealtares,  que 
por  entonces  era  el  más  insigne  de  la  Diócesis  compos- 
telana.  Es  quizás  muy  probable  que  San  Rosendo,  que 
por  aquel  tiempo  regía  la  Iglesia  de  Santiago,  conoce- 
dor de  sus  virtudes,  lo  llamase  para  presidir  en  aquella 
ilustre  abadía,  así  como  antes  había  llamado,  para  pre- 
sidir en  la  de  Celanova,  á  San  Franquila,  Abad  de  San 
Esteban  de  Ribas  de  Sil.  Lo  cierto  es  que  en  el  año  973 
ó  974,  acompañó  á  San  Rosendo  en  el  Concilio  que  se 
celebró  en  León  para  la  supresión  del  Obispado  de  Si- 
mancas. En  las  Actas  firma,  según  ya  hemos  visto: 
Petrus  Abba  confessor,  regenti  sciterio  Antealtar  ios  (2). 

Pocas  noticias  nos  quedan  de  la  prelacia  de  San  Pe- 
dro en  Antealtares.  Sólo  hay  memoria  de  la  donación 
que  á  6  de  Junio  de  985  le  hizo  el  Conde  D.  Tello  Alví- 


(1)  España  Sagrada,  t.  XIX,  pág.  385. 

(2)  El  P.  Flórez  (España  Sagrada,  t.  XIX,  pág.  176),  trajo  inmediata- 
mente á  San  Pedro  desde  Mezonzo  á  Antealtares,  porque,  dice,  la  primera, 
era  casa  unida  á  la  segunda.  En  esto  se  equivocó  grandemente  el  Autor  de 
la  España  Sagrada,  y  aún  contradice  lo  que  dejaba  dicho  en  la  página  ante- 
rior. Mosoncio  estaba  agregado  á  Sobrado  desde  el  año  955.  (Véase  Apéndi- 
ce, núm.  LXVI).  Si  Flórez  excluyó  á  San  Pedro,  de  Sobrado,  en  cambio 
Bravo  y  Carbajo,  lo  excluyeron  de  Antealtares. 

En  14  de  Mayo  de  976,  parece,  aún  estaba  vacante  la  Abadía  de  Sobrado, 
pues  en  una  Escritura  de  venta  que  hizo  Recila,  no  se  menciona  Abad  algu- 
no, y  sí  sólo  la  abadesa  D.a  Elvira.  En  978  á  18  de  Julio,  tenemos  ya  en  So- 
brado á  un  abad  Pedro;  pero  este  Pedro  era  hermano  del  Rey  D.  Ramiro  III; 
pues  así  lo  llama  éste  en  el  Privilegio  que  con  dicha  fecha  concedió  al  mo- 
nasterio: Tibi  fratri  nostro  Petro  abbati,  Munie  abbatisse  uel  omni  congrega- 
tioni  fratram  et  sororum...  (Tambo  de  Sobrado,  t.  I,  núm.  CVIII).  Aquí,  no 
obstante,  cabe  el  recelo  de  que  el  copista  haya  leído  fratri  en  lugar  de  Patri. 


LOS  TRES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  387 

tez.  Subscriben  la  Escritura ,  que  se  otorgó  regnanie 
principe  nostro  domno  Veremudo,  los  Obispos  San  Viliulfo 
de  Tuy,  Hermegildo  de  Lugo,  Pelayo  de  Iria,  Armenta- 
rio  de  Dumio  y  Gonzalo  de  Orense  (1). 

Durante  este  tiempo,  tuvo  que  pasar  el  Abad  de 
Antealtares  por  amarga  y  dolorosa  prueba,  el  falleci- 
miento de  su  buen  padre  Martín,  con  la  circunstancia 
de  no  haber  podido  llegar  á  tiempo  para  recibir  su  ben- 
dición y  recoger  de  sus  labios  la  última  recomendación, 
que  con  el  ansia  de  un  agonizante,  había  querido  ha- 
cerle, de  que  no  diese  sepultura  á  su  cadáver  en  otro 
sitio,  que  en  aquel  en  donde  yacían  sus  padres,  sus 
abuelos,  su  esposa  y  sus  hijos.  ¿Con  qué  ternura  y  senti- 
miento no  describe  el  mismo  San  Pedro  este  lance  de 
su  vida  en  la  Escritura  de  restauración  de  Curtis?  «A 
los  pocos  días  — dice —  llegué  yo  pecador  Pedro,  que  en- 
tonces era  Abad  y  ahora,  por  voluntad  de  Dios,  Obispo, 
llorando  á  mi  benignísimo  padre.  Muchos  de  sus  vecinos 
y  amigos  me  refirieron  minuciosamente  todo  cuanto  ha- 
bía hecho  en  sus  últimos  momentos,  y  cómo  me  había 
requerido  y  conjurado  para  que  hiciese  lo  que  él  había 
dispuesto»  (2).  Mas  si  el  corazón  de  San  Pedro  debió  de 
quedar  traspasado  de  dolor  al  escuchar  este  relato,  no 
sintió  menor  consuelo  al  saber  lo  maravilloso  de  la 
muerte  de  su  padre,  el  cual,  como  se  dice  en  la  Escritu- 


(1)  Esta  Escritura,  que  está  ya  casi  borrosa,  se  guarda  en  el  archivo 
de  la  Escuela  Diplomática  de  Madrid. 

(2)  Ad  non  multos  dies  veni  ego  peccator  Petrus,  qui  tune  eram  Abbas, 
nunc  vero  nu tu  divino  Episcopus,  plangens  benignissimum  patrem  meam, 
et  omnes  alii  adjacentes  convicini  et  amici  ipsius  patris  mei  ad  singula 
narrantes  quidquid  gessit  ad  extremara  horain,  et  quoraodo  me  sanctificaret 
si  fecissem  quod  ille  taxaverat,  (España  Sagrada,  t.  XIX,  pág.  385). 


388 


LIBKO  SEGUNDO 


ra  citada,  migravit  mirifice  acl  Dominum.  Fuertemente  im- 
presionado, dejó  el  Abad  de  Antealtares  á  Curtís,  y  en 
sus  oídos  iba  de  continuo  resonando  el  eco  de  las  últi- 
mas palabras  pronunciadas  por  su  padre,  y  transmitidas 
por  los  que  habían  presenciado  sus  últimos  instantes. 

Tales  fueron  los  caminos  que  hasta  aquí  fué  reco- 
rriendo el  hijo  de  Martín  Placencio,  dejando  en  todos 
ellos  muy  marcadas  huellas  de  virtud,  de  prudencia  y 
santidad  nada  comunes. 


II 


El  Obispo 


ua:ndo  á  fines  del  año  985  el  Obispo 
compostelano,  D.  Pelayo  Rodríguez,  se 
decidió  á  renunciar  la  Mitra,  indispu- 
tablemente en  la  Diócesis  la  persona  que  entre  todas 
las  clases,  aún  las  más  encumbradas,  gozaba  de  mayor 
crédito  y  consideración,  era  el  Abad  de  Antealtares. 
Cuando  llegó  el  momento  de  la  elección,  todos  los  votos 
recayeron  en  él.  A  cundís  ¿enioribus  Loci  San  di  d'gnc  ele- 
dum,  dice  el  Cronicón  Iriense.  La  elección  y  consagración 
debieron  tener  lugar  entre  el  29  de  Septiembre,  en  que 
D.  Pelayo  aún  firma  como  Obispo  de  Iria  un  Privilegio 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  389 

de  Celanova  (1)  ,  y  el  1G  de  Noviembre  del  mismo 
año  985,  en  que  en  otro  Documento  de  la  Santa  Iglesia 
de  León  (2)  ya  subscribe  el  Abad  de  Antealtares,  inti- 
tulándose Obispo  de  Iria  y  de  la  Sede  Apostólica. 

Colígese  de  este  último  Documento  que  D.  Bermudo 
quiso  celebrar  en  León  una  especie  de  Cortes  en  las  cua- 
les fuese  pública  y  solemnemente  reconocida  por  todos 
su  autoridad  (3),  para  poder  decir  después,  como  liemos 
visto  en  la  pág.  375,  que  reinaba  pacíficamente  sin  que 
nadie  en  toda  la  extensión  de  sus  Estados  osase  contra- 
decirle.  A  estas  Cortes  de  León  asistieron  los  dos  Obis- 
pos de  Compostela,  el  recién  consagrado  y  el  dimisiona- 
rio; de  lo  cual  es  dado  inferir,  que  si  D.  Bermudo  expul- 
só á  D.  Pelayo,  como  se  pretende,  de  Compostela,  no  le 
expulsó  de  su  Corte,  ni  tampoco  le  excluyó  de  su  Conse- 
jo.  A  1  de  Enero  de  986  confirmó  también  San  Pedro  el 
Diploma  que  D.  Bermudo  otorgó  a  Celanova  (4). 

El  alto  concepto  que  D.  Bermudo  II  se  tenía  forma- 
do de  las  eminentes  virtudes  de  San  Pedro,  se  patentiza 
en  el  Privilegio,  que  á  7  de  Febrero  de  986  (5)  concedió 
este  Monarca  á  la  Iglesia  de  Santiago.  En  el  año  981, 
Almanzor  tomó  por  asalto  la  ciudad  de  Simancas,  pasó 
á  cuchillo  á  la  mayor  parte  de  sus  habitantes  y  á  los 


(1)  Lib.  III,  núm.  XLIII. 

(2)  España  Sagrada,  t.  XXXIV,  Apénd.  núm.  XXIII. 

(3)  En  este  Documento  subscribe  también:  Freduarius  abbas  in  loco 
apostólico. 

(4)  In  presentia  dominissimi  Itermudus...  residente  in  solio  ad  Cathe- 
dra  sua  cum  omnem  totam  Palatii  sui  filii  bene  natorum  et  Pontificum 
multorum,  id  sunt,  Viliulfus,  Sabastianus,  Virmundus,  Armentarius,  Salo- 
moni,  Petrus,  simul  et  Pelagius,  quorum  concilium  adunatum  judicum 
et  abbatum... 

(5)  Véase  España  Sagrada,  t.  XIV,  Apéndices  X,  t.  XIX,  pág.  179. 


390  LIBBO  SEGUNDO 


otros  los  llevó  cautivos  á  Córdoba,  en  donde  encerrados 
en  oscuros  calabozos  y  cargados  de  cadenas,  lejos  de 
abatirse  y  titubear  en  la  fe  ante  aquella  inmensa  des- 
gracia, cantaban  himnos  de  alabanza  al  Señor,  á  quien 
plugo  purificarlos  y  someterlos  á  tan  terrible  prueba. 
Dos  años  y  medio  soportaron  con  gran  resignación  aquel 
duro  cautiverio,  y  al  cabo  de  ellos  alcanzaron,  por  me- 
dio del  martirio,  la  libertad  y  el  descanso  eterno  en  la 
morada  celestial. 

Al  posesionarse  D.  Bermudo  del  reino  de  León,  ha- 
bía querido  gestionar  su  rescate,  y  con  tal  objeto  envió 
legados  á  Córdoba;  pero  cuando  éstos  llegaron,  ya  los 
cautivos  habían  sido  martirizados.  Entre  estos  heroicos 
cristianos,  se  distinguía  un  varón  piadosísimo  llamado 
Domingo  Sarracino,  el  cual  tenía  cortijos,  aceñas  y 
otras  propiedades  cerca  de  Zamora.  Como  Sarracino  no 
tenía  herederos,  D.  Ramiro  III  se  incautó  de  sus  bienes, 
que  consideró  como  mostrencos,  ó  por  el  derecho  de  ma- 
ñería  ó  maniadigo;  mas  D.  Bermudo,  considerando  inde- 
coroso que  el  dueño  estuviese  reinando  en  el  Cielo  y  sus 
bienes  en  poder  de  manos  seglares,  los  donó  á  la  Iglesia 
de  Santiago  y  á  su  Obispo  Pedro,  á  quien  llama  amado 
de  Dios,  dilectus  Dei.  Subscriben  la  donación,  que  publicó 
Flórez  en  el  tomo  XIV,  Apéndice  X,  de  la  España  Sa- 
grada, los  Obispos  Sebastián  de  Salamanca,  Gonzalo  de 
Astorga,  Sabarico  de  León,  Armentario  de  Dumio,  Pe- 
layo  de  Coimbra  y  Pedro  de  Iria  (1). 


(1)  «Inutile  et  inconveniens  erat,  ut  ille  (Dominicus)  esset  in  regno 
celorum,  et  hereditatem  eius  possideret  rustica  et  laicalis  conventio.» 

Flórez  tomó  su  copia  de  Ambrosio  Morales,  el  cual  puso  por  fecha 
Era  post  millenam  tertia  scilicet  et  decima.  La  fecha  en  el  Tumbo  A,  fol.  17, 
que  es  el  original  de  que  se  valió  Morales,  es  Era  post  millena  III  scilicet 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  891 

r 

A  1  de  Junio  del  mismo  año  986,  dio  D.  Bermudo  á 
Santiago,  vóbis  patrono  meo  Seo.  Iacobo  apostólo,  un  cortijo 
en  León,  que  había  sido  de  Paterno  Iustiz  y  de  su  espo- 
sa María.  Subscriben  el  Diploma  los  Obispos  Viliulfo, 
Gonzalo,  Bermudo,  Armentario,  Sabarico  y  Pedro,  y  los 
abades  Diego,  Pascual,  Julián  y  Pedro  (1).  El  piadoso 
Monarca  quería  tener  asegurado  el  patrocinio  del  Após- 
tol ante  las  gravísimas  contingencias  que  previa.  Sabía 
que  tarde  ó  temprano  tendría  que  habérselas  con  el  te- 
rrible Almanzor;  conocía  el  estado  de  sus  fuerzas,  que 
se  hallaban  muy  divididas,  pues  muchos  de  los  Condes 
,que  se  llamaban  sus  subditos,  inquietos  y  turbulentos  de 
profesión,  se  le  rebelaban  con  frecuencia,  y  aún  eran 
capaces  de  entrar  en  tratos  con  los  musulmanes.  Todo 
esto  tenía  acongojado  á  D.  Bermudo;  y  ya  que  en  lo  hu- 
mano no  veía  suelo  firme  en  que  poner  el  pie,  volvía  los 
ojos  al  Cielo  implorando  auxilio  oportuno. 

La  sierra  del  antiguo  monte  Ilicino,  hoy  Picosagro, 
fué  en  otro  tiempo,  como  hemos  dicho,  gran  plantel  de 
monjes  y  anacoretas,  que  habitaban  unos  su  cumbre, 
otros  sus  laderas,  y  otros  las  más  ásperas  quebradas  de 
aquella  histórica  montaña.  Cerca  del  famoso  sitio  por 
donde  el  Ulla  atraviesa  dicha  sierra,  había  un  grupo  de 
basílicas,  de  las  que  la  principal  era  la  de  San  Juan  da 
Coba,  ó  del  Yermo.  Las  basílicas  estaban  dedicadas  á 
San  Mamed,  á  San  Jorge,  á  San  Vicente  y  á  San  Juan 
Bautista,  etc.;  tenía  cada  una  su  comunidad  de  religiosos 


et  X.  Mas  aquí  hay  evidentemente  yerro,  y  así  debe  corregirse,  como  pro- 
puso Flórez  (España  Sagrada,  t.  XIX,  pág.  179),  de  modo  que  resulte  el 
año  986. 

(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  LXXVII, 


392 


LIBBO  SEGUNDO 


ó  religiosas;  y  todas  ellas  estaban  regidas  por  el  abad 
Grundesindo  Sarraceniz.  Al  servicio  de  cada  una  de  es- 
tas basílicas  y  comunidades,  había  destinados  varios 
hombres,  que  voluntariamente  vinieran  de  los  Condados 
de  Lobeira,  Tabeirós,  Deza  y  otras  partes.  D.  Bermu- 
do  II,  por  hacer  bien  á  estos  monasterios  y  en  remisión 
de  sus  culpas,  el  7  de  Marzo  de  987,  otorgó  á  estas  igle- 
sias un  Diploma  por  el  cual  dispuso  que  dichos  hombres 
sirviesen  á  los  monasterios  en  la  condición  de  ingenuos, 
sin  que  nadie  pudiese  molestarlos,  ni  someterlos  al  pago 
de  tributo  alguno,  aún  de  los  pertenecientes  al  Real 
Fisco.  La  misma  exención  otorgó  D.  Bermudo  á  todos 
los  pecheros  que  en  lo  sucesivo  viniesen  espontáneamen- 
te, aún  desde  segundo  y  tercero  Condado,  á  prestar  sus 
servicios  en  las  referidas  iglesias.  Firman  el  Privilegio, 
que  fué  confirmado  por  D.  Alonso  V  y  D.  Fernando  I, 
el  Prelado  compostelano  y  varios  Magnates  (1). 

En  este  mismo  año  987,  tuvo  que  hacer  San  Pedro 
un  viaje  á  las  montañas  de  Sobrado.  El  motivo  que  allá 
lo  llamaba  era  una  cuestión  que  había  surgido  entre  el 
Obispo  de  Lugo,  D.  Pelayo,  y  el  monasterio  en  que  nues- 
tro D.  Pedro  había  sido  Abad,  y  que  continuaba  consi- 
derando como  cosa  propia.  Fundado  en  algunas  Escritu- 
ras del  archivo  de  su  iglesia,  reclamaba  el  Obispo  de 
Lugo  al  monasterio  varios  pechos  y  servicios  que  al- 


(i)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXV1IL— En  29  de  Octubre  de  996, 
otorgó  D.  Bermudo  un  Privilegio  semejante,  á  la  Comunidad  de  Ermitaños 
de  Parameño,  concediendo  un  hombre  que  con  su  familia  sirviese  no  como 
esclavo,  sino  como  ingenuo,  á  cada  una  de  las  Ermitas  de  que  se  componía 
la  Comunidad.  (España  Sagrada,  t.  XXXIV,  pág.  306). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELA.NA.  398 

gunos  de  los  habitantes  en  el  Condado  de  Presares  de- 
bían pagar  á  la  Iglesia  lucense.  Negaba  el  monasterio 
que  la  Iglesia  de  Lugo  tuviese  derecho  alguno  sobre  los 
habitantes  de  Presares;  pues  todo  este  territorio  con  sus 
habitantes  había  sido  donado  á  Sobrado  desde  el  año  958 
por  el  Rey  D.  Ordoño  IV.  Para  ventilar,  pues,  esta 
cuestión,  reuniéronse  en  la  iglesia  de  San  Pedro  de  Pre- 
sares el  Obispo  de  Lugo  y  el  Prelado  compostelano,  que 
salió  á  la  defensa  del  monasterio,  juntamente  con  otras 
muchas  personas,  así  eclesiásticas,  como  seglares. 

Constituido  el  Tribunal  ó  Concilio,  el  Obispo  lucen- 
se propuso  su  demanda,  según  el  tenor  que  arriba  he- 
mos indicado.  Tomó  después  la  palabra  D.  Pedro,  y  con- 
testó en  los  siguientes  términos:  «Créame  vuestra  Cari- 
dad, mi  venerable  señor  y  pontífice,  que  tengo  ahora 
57  años,  y  habité  en  Sobrado  en  tiempo  de  los  abades 
Alvito,  Guncito  y  Diego,  y  pongo  por  testigo  á  Dios, 
que  no  necesita  de  otro  testimonio,  de  que  ni  en  mi 
tiempo,  ni  en  el  de  dichos  Abades,  desde  hace  30  años, 
nada  más  supe,  ni  tuve  otra  noticia,  sino  que  el  Rey 
D.  Ordoño  (el  IV),  de  buena  memoria,  concedió  á  este 
monasterio  el  commisso  de  Presares.» 

En  vista  de  esto,  dispuso  el  Concilio  ó  Jurado  que  se 
nombrasen  dos  fieles  ó  investigadores  que  averiguasen  lo 
que  había  de  cierto  sobre  el  particular;  y  por  parte  de 
la  Iglesia  de  Lugo  fué  nombrado  el  abad  Alfonso,  y  por 
parte  de  Sobrado  el  abad  Adelfio.  Catorce  días  anduvie- 
ron los  dos  investigadores  recorriendo  las  aldeas  y  luga- 
res de  Presares  preguntando  á  jóvenes  y  á  ancianos,  si 
tenían  noticia  de  lo  que  se  contenía  en  la  demanda  del 
Obispo  de  Lugo.  Al  decimoquinto  día  se  presentaron 
ante  el  Jurado  á  dar  cuenta  del  resultado  de  su  investi- 


394 


LIBBO  SEGUNDO 


gación,  y  declararon  que  á  nadie  habían  hallado  que 
supiese  la  más  mínima  palabra  de  lo  que  demandaba  el 
Obispo  D.  Pelayo. 

Pocos  días  después,  volvieron  á  reunirse  en  la  iglesia 
de  San  Julián  de  Ghidín,  á  unas  tres  leguas  al  Sudoeste 
de  Lugo,  los  dos  Prelados  con  el  de  Tuy,  San  Viliulfo,  y 
un  gran  número  de  hombres  buenos  para  constituir  el 
Jurado.  Sentados  todos  en  círculo  fin  clrcuitu),  requirie- 
ron de  nuevo  á  los  dos  investigadores  para  que  manifes- 
tasen lo  que  habían  averiguado  durante  su  comisión. 
Alfonso  y  Adelfio  repitieron  lo  que  ya  habían  declarado 
en  San  Pedro  de  Presares;  pero  á  esto  repuso  el  Obispo 
de  Lugo,  que  los  habitantes  de  aquella  comarca  trata- 
ban de  ocultarle  la  verdad. 

Entonces  acordó  el  Jurado  que  los  investigadores,  de 
cada  aldea  de  las  que  componían  el  comrnisso,  á  saber, 
de  Sobrado,  Golimbrianos  (Cumbraos),  Gritario,  Folgoso, 
Presares,  Villarplano  (Vilarchao),  Manadelos,  Villamauri 
(Villamor)  y  Poade,  designasen  dos  vecinos  de  los  más 
honrados  y  de  más  arraigo,  que  declarasen,  bajo  jura- 
mento, lo  que  sabían  sobre  el  particular.  El  presbítero 
Fulgencio,  que  hacía  de  alguacil,  presentó  á  los  designa- 
dos, que  eran  de  los  más  nobles  y  ricos  (nóbilior-es  et  locu- 
pletes),  ante  el  altar  de  San  Julián,  y  allí  todos  unánime- 
mente juraron  por  Dios  y  por  su  divina  palabra,  que 
sabían,  por  lo  que  ellos  mismos  habían  visto  y  por  lo  que 
habían  oído  á  los  que  fallecieran  en  los  últimos  cincuenta 
años,  que  la  Iglesia  de  Lugo  no  tenía  derecho  alguno  so- 
bre los  habitantes  de  Presares.  Los  presarenses,  añadie- 
ron, nunca  pagaron  más  tributo  que  lo  que  los  demás  in- 
genuos pagan  al  Rey,  hasta  que  D.  Ordoño  concedió  este 
commisso  al  monasterio  de  Sobrado.  Y  declaramos  que 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA        395 

en  este  juramento  no  hay  fraude  alguno;  y  si  somos  per- 
juros é  invocamos  falsamente  el  nombre  de  Dios,  seamos 
reos  de  lesa  Majestad  divina  y  quedemos  sujetos  ala 
"pena  caldaria. 

Apelóse,  pues,  á  esta  prueba;  nombráronse  fieles  para 
su  ejecución,  por  parte  de  Lugo  al  abad  Alfonso,  y  por 
parte  de  Sobrado  al  monje  y  presbítero  Trasuario;  y  en 
el  día  señalado  se  presentó,  para  sufrirla,  un  virtuoso 
Sacerdote  llamado  Salamiro.  Diez  piedras  sacó  Salamiro 
del  fondo  de  un  caldero  de  agua  hirviendo;  y  terminada 
la  operación,  los  dos  fieles  le  vendaron  el  brazo  y  sellaron 
las  ligaduras.  Al  cuarto  día  rompieron  los  fieles  los  sellos; 
quitaron  las  vendas,  y  apareció  el  brazo,  en  medio  del  ge- 
neral asombro,  sano  é  ileso,  sin  señal  alguna  de  quema- 
dura. En  vista  de  este  prodigio,  el  Obispo  de  Lugo  desis- 
tió de  su  demanda,  y  al  punto  firmó  la  Escritura  reco- 
nociendo la  libertad  y  exención  de  los  habitantes  de 
Presares.  Subscriben  este  curioso  Documento,  que  se  re- 
gistra en  el  Tumbo  de  Sobrado,  y  publicó  Flórez  entre  los 
Apéndices  del  tomo  XIX  de  la  España  Sagrada,  además 
de  los  Obispos  de  Lugo,  Compostela  y  Tuy,  los  fieles 
Alfonso  y  Trasuario,  el  alguacil  Fulgencio,  el  propio  Sa- 
lamiro, los  abades  Ghindesindo,  Requilán,  Pedro,  Galin- 
do  y  Manilán,  los  nobles  Froilán  Vimáraz  y  Pelayo  Me- 
néndez  y  otras  muchas  personas. 

Ahora  que  hemos  visto  con  que  celo  y  entereza  de- 
fendió San  Pedro  los  intereses  del  monasterio  de  Sobra- 
do, fácil  es  concebir  con  que  solicitud  no  miraría  por  los 
derechos  de  su  Iglesia  Catedral.  Por  consideración  á  sus 
graves  y  autorizadas  instancias,  hizo  D.  Bermudo  que 
se  devolviesen  á  la  Iglesia  de  Santiago  los  bienes  y  ha- 
ciendas de  que  había  sido  privada  en  tiempos  anterio- 


396  LIBUO  SEGUNDO 


res  (1).  Esto  quizás  principalmente  se  refiera  al  arce- 
dianato  de  Saines,  cuyos  frutos  y  obvenciones  el  Obispo 
Sisnando  II,  en  circunstancias  difíciles  y  apremiantes, 
había  distribuido  entre  los  caballeros  de  la  comarca 
para  estimularlos  con  este  aliciente  á  ser  más  vigilantes 
y  animosos  contra  las  incursiones  de  los  normandos. 
Conseguido  esto,  no  cesó  D.  Pedro  un  instante  hasta  es- 
tablecer en  su  Iglesia  una  administración  bien  organi- 
zada y  vigorosa  á  la  vez,  que  además  de  fomentar  los 
productos  de  los  bienes  eclesiásticos,  impidiese  que  éstos 
fuesen  á  parar  á  manos  extrañas,  ó  se  distrajesen  de  su 
propio  destino  (2). 

Es  de  creer  que  ya  entonces,  atendida  la  masa  con- 
siderable de  bienes  inmuebles  que  poseía  la  Iglesia,  se 
introdujesen,  si  es  que  no  estaban  introducidas  desde  los 
tiempos  de  Sisnando  I,  las  tenencias,  decanías,  honores  ó 
mandatíones,  que  eran  lotes  ó  porciones,  que  por  un  mó- 
dico canon  ó  por  ciertos  servicios,  se  adjudicaban  en  un 
principio  indistintamente  á  seglares  ó  eclesiásticos,  y 
después  exclusivamente  á  los  ministros  de  la  misma 
Iglesia. 

Respecto  de  los  Votos,  es  de  suponer  que  para  facili- 
tar su  cobranza  en  tiempos  tan  revueltos  y  tan  sujetos 
á  continuos  cambios  políticos,  celebraría  San  Pedro  con- 
cordias con  las  iglesias  y  monasterios  obligados  al  pago, 


(1)  Huius  (Petri)  ergo  sanctitate  et  religione  dominus  Rex  Veremu- 
dus,  superni  timoris  amore  interveniente,  compunctus,  quidquid  Ecclesia 
bti.  Jacobi  temporibus  omnium  Episcoporum  amiserat,  huic  reverendissimo 
viro  omnino  praecepit  restituí.  (H.  Comp.,  lib.  I,  cap.  II,  pág.  14). 

(2)  Qui  (Petrus)  honores  et  dignitates  et  familias  Ecclesiae,  et  reddi- 
tus  et  vota  et  omnem  honorem  et  bonum  statum  rectum  reduxit.  (Cronicón 
Iriense,  en  el  t.  XX  de  la  España  Sagrada,  pág.  607). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  397 

por  ejemplo,  como  la  que  se  hizo  con  el  monasterio  de 
Samos  (1), 

La  solicitud  del  Prelado  compostelano  alcanzó  tam- 
bién á  los  monasterios  anejos  á  la  Catedral.  El  convento 
de  Monjas  de  San  Esteban  de  Boiro,  sito  en  la  ría  de 
Arosa,  había  sido  uno  de  los  quemados  y  destruidos  en 
el  año  968  al  tiempo  de  la  invasión  normanda.  Sus  bie- 
nes quedaron  casi  del  todo  abandonados  y  sin  cultivo. 
Estaba,  pues,  perdida  aquella  hacienda  y  sin  producir 
fruto  alguno.  Por  otra  parte,  San  Pedro  no  creyó  opor- 
tuno reedificar  un  convento  de  monjas  en  aquellas  cos- 
tas tan  frecuentemente  asaltadas  por  los  corsarios;  juz- 
gó más  conveniente  agregar  aquella  hacienda  á  algún 
monasterio  poderoso,  que  pudiese  guardar  y  utilizar 
aquellos  bienes  en  servicio  de  todos.  Unió,  pues,  todas 
las  tierras  que  habían  sido  de  San  Esteban  de  Boiro  al 
monasterio  de  Antealtares,  para  que  éste  pusiese  allí 
labradores  que  las  cultivasen  y  aprovechasen,  y  se  en- 
cargase del  culto  de  la  nueva  iglesia  que  con  tal  motivo 
hubo  de  construirse  (2). 

Al  mismo  monasterio  de  Antealtares,  en  25  de  Mar- 
zo de  988,  hizo  donación  de  cuantiosos  bienes  el  monje 


(1)  Por  esta  razón,  dicen  algunos  autores,  que  la  firma  del  Obispo 
Iriense  Pedro  que  aparece  en  alguna  de  las  copias  del  Privilegio  de  los  Vo- 
tos, es  de  nuestro  San  Pedro,  que  firmó  algunos  de  los  ejemplares  expedi- 
dos con  motivo  de  estas  gestiones. 

(2)  Yepes,  Coron.  gen.  de  San  Benito,  t.  IV,  pág  55. — La  anexión  se 
hizo  en  el  año  990.  Por  este  tiempo  debieron  también  agregarse  á  Ante- 
altares los  monasterios  de  San  Martín  de  Corenza  (hoy  iglesia  parroquial 
en  el  partido  de  Noya),  San  Martín  de  Ozón  (iglesia  parroquia]  en  el  dis- 
trito municipal  de  Mugía)  y  Santa  María  de  Portor,  Portus  Odorii  (iglesia 
parroquial  en  el  juzgado  de  Negreira). 


398 


LIBEO    SEGUNDO 


Leodefredo.  Ofrece  á  Dios  omnipotente,  á  Santa  María 
siempre  Virgen,  á  los  bienaventurados  Apóstoles  Pedro, 
Pablo  y  Tomás,  á  San  Pelayo  mártir  y  á  San  Nicolás 
confesor,  cuyas  reliquias  se  guardan  en  el  monasterio  de 
Antealtares,  construido  cerca  de  la  Basílica  del  Beatísi- 
mo Apóstol  Santiago,  en  la  villa  de  Compostela  (in  villa 
Cornpostella),  al  abad  Gutierre  y  á  todos  los  monjes,  la 
iglesia  de  San  Mamed,  San  Pelayo  y  San  Miguel  del 
Monte,  en  el  partido  de  Negreira,  con  los  lugares  de 
Duomes,  Suilán,  Nantón,  Trians,  Buchain,  Pazos,  etc.... 
Subscribe  la  Escritura  en  el  siguiente  modo,  el  Obispo 
D.  Pedro:  Stib  Xpisti  nomine  Petrus  iriense  et  apostolice  Seáis 
episcopus  confirmo  (lj. 

Pocos  años  después,  Suero  Rodríguez  y  Elvira  Ramí- 
rez, donaron  al  monasterio  de  Antealtares,  fundado  al 
lado  del  templo  de  Santiago  (fundatum  ad  latus  templum 
bti.  Iacobi  apostoli),  la  villa  de  Marotio  hacia  Arzúa,  y  ade- 
más varias  familias  de  siervos.  Confirmó  esta  donación 
el  Rey  D.  Bermudo,  y  subscriben  como  testigos  Velasco 


(1)  De  un  ejemplar  ya  muy  estropeado  del  siglo  XII  y  de  hermosa  le- 
tra francesa,  que  se  conserva  entre  los  Documentos  procedentes  de  San 
Martín,  en  la  Biblioteca  de  la  Universidad  de  Santiago. 

A  continuación  de  la  de  San  Pedro  está  la  firma  de  su  capellán,  el  pres- 
bítero Pedro,  en  esta  forma:  Petrus  presbyter  eius  capellanus  et  cho...  napa... 
confirmo. 

Por  este  Documento  conocemos  también  los  nombres  de  algunos  de  los 
principales  miembros  del  Clero  Catedral,  como:  Visclamundus  primicle- 
rus...,  airazco  Rapinadiz  que  et  maiordomus,  Froila  Didaci  diaconus,  Gudi- 
nus  diaconus  que  et  primiclerus,  Renamirus  Prosperis,  diaconus,  Guterus, 
Muninz,  diaconus,  Didacus  Archipresbyter,  Aloytus  Froylaz,  Petrus  albas, 
Petrus  preposiius.  Se  citan  asimismo  los  nombres  de  los  monjes  de  Anteal- 
tares, Baltario,  Sandino,  Rodrigo,  Pedro,  Geodesindo,  Argemiro,  Gulderigo 
y  Emilo,  del  anacoreta  (anagoretvs)  Pedro,  y  del  hermano  (frater)  Romari- 
go,  que  sería  seglar, 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  399 

Eneguiz,  Fromarigo  Spasandiz,  Egika  Veremuiz,  Bera 
Sandizniz,  etc....  (1). 

En  San  Martín  Pinario  introdujo  San  Pedro  una  im- 
portante mejora,  que  evitó  á  los  Monjes  graves  y  conti- 
nuas molestias .  Hallábase  este  monasterio  edificado 
fuera  del  recinto  murado  de  la  ciudad;  pero  los  Monjes 
tenían  que  concurrir  á  todas  horas  para  celebrar  los  Ofi- 
cios divinos,  ó  en  la  Catedral  ó  en  su  propia  iglesia  de 
la  Corticela.  Esto  era,  sin  duda,  muy  molesto  y  aún  pe- 
ligroso, especialmente  en  las  altas  horas  de  la  noche.  Y 

San  Pedro  prescindió  del  antiguo  oratorio  dedicado  á 

*  .  .  . 

San  Martín,  que  ya  existía  en  el  convento;  hizo  construir 

una  iglesia  más  capaz,  y  con  consentimiento  del  Cabil- 
do autorizó  á  los  Monjes  para  que  en  ella  celebrasen  to- 
dos los  Oficios  del  culto  (2).  Regía  por  entonces  esta  casa 
el  abad  Riquilano. 

Otras  muchas  oportunas  medidas  debió  tomar  San 
Pedro  para  hacer  florecer  la  Religión  y  la  piedad  en  su 
Diócesis,  que  por  otra  parte,  edificaba  con  su  ejemplo  y 
doctrina.  Mas  sus  desvelos  no  se  limitaban  al  sólo  pasto 
espiritual  de  los  fieles  que  le  estaban  encomendados; 
también  en  lo  temporal  se  manifestaba  como  una  provi- 


(1)  De  un  pergamino  que  se  guarda  en  la  Biblioteca  de  la  Universi- 
dad compostelana.  Merece  conocerse  esta  cláusula  referente  á  los  siervos,  y 
aunque  en  parte  está  ya  borrosa:  Non  damus  eis  licentiam  in  alio  loco  trans- 
ferre,  nec  vende ndi  Ínter  se  ad  invicem... 

(2)  Quia  grave  erat  monachis  ad  Sanctuin  Iacobum,  vel  ad  proprium 
titulum  Sanctae  Mariae  de  Cortecella,  cotidie  confluere,  cuidam  Potro  Epi- 
scopo,  viro  religiosísimo,  et  dominis  Sancti  Iacobi  placuit  intra  Pinarii 
claustrum  fabrican  habitaculum  Dei  parvulum  in  lionore  Sancti  Martini 
Episcopi  et  Confessoris.  (Yepes,  Coron.  gen.  de  San  Benito,  t,  IV,  Apéndice, 
núm.  XII). 


400  LIBRO    SEGUNDO 


dencia  que  se  extendía  á  todos  los  menesterosos.  Él  era 
el  padre  de  los  pobres,  el  tutor  de  los  desvalidos,  el  d  e- 
fensor  de  los  débiles  contra  las  continuas  demasías  y 
atropellos  de  los  poderosos;  y  todos  los  que  á  él  acudían, 
obtenían  benigna  y  paternal  acogida  (1). 

Frecuente  mención  se  halla  de  San  Pedro  en  los  Di- 
plomas de  aquella  época.  Aparece  su  subscripción  en  un 
Privilegio  de  Celanova  de  24  de  Diciembre  de  988  (cum 
aám'fica  Dei potentia  Petras  Iriensis  et  Apostolieae  Seáis  Epi- 
scopus);  en  otro,  concedido  también  por  D.  Bermudo  II 
en  el  año  990  al  monasterio  de  Carracedo  en  el  Bierzo; 
en  otro  del  mismo  Monarca  á  la  Santa  Iglesia  de  Lugo, 
de  1  de  Marzo  de  991  (Sió  Xpisti  nomine  Petras  Iriensis  Se- 
áis et  Seáem  Sancti  lacóbi  Apostoli  praesal,  Dei  gratia,  episco- 
pus),  etc..  No  podía  ser  de  otro  modo,  atendido  el  gran 
aprecio  que  de  él  hacía  el  Rey  D.  Bermudo,  del  cual 
era  nuestro  Obispo  principal  consejero  en  unión  con 
otros  dos  insignes  Prelados  gallegos,  Armentario  de  Du- 
mio  ó  Mondoñedo  y  San  Viliulfo  de  Tuy. 

En  24  de  Mayo  de  991,  otorgó  D.  Bermudo  á  la 
Iglesia  de  Santiago  un  notable  Privilegio,  que  publicó 
Flórez  en  el  tomo  XIX  de  la  España  Sagraáa,  pág.  379  y 
siguientes.  Después  de  un  elocuente  preámbulo,  que  pa- 
ra aquella  época  hace  honor,  sino  al  Rey  D.  Bermudo, 
al  notario  que  extendió  el  Documento,  sigue  una  exten- 
sa relación  de  los  bienes  que  ofrece  al  Santo  Apóstol  y 
al  Obispo  compostelano,  D.  Pedro.  Dona  D.  Bermudo  el 


(1)  Estoes  lo  que  viene  a  decir  en  k>3  siguientes  términos  el  Rey  Don 
Bermudo  II  en  un  Diploma  del  año  991,  de  que  luego  hablaremos:  cPetro 
Episcopo,  qui  ipsa  Sancta  Sede  populum  Dei  etgregem  clominicum  pascit  ac 
regit  carnaliter  ac  spiritualüer  f'ovet  tuelur.» 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  401 

Señorío  y  propiedad  del  valle  de  Salvatierra,  que  había 
heredado  de  su  padre  D.  Ordoño  III.  El  valle  de  Salva- 
tierra está  en  la  parte  meridional  de  Galicia.  Por  el  Sur 
lo  limita  el  Miño,  y  lo  riega  á  lo  largo  el  río  Tea.  Ya  en- 
tonces contaba  con  algunas  iglesias  y  poblaciones,  como 
la  de  Verdukgio,  la  de  Frexenedo,  las  dos  aldeas  llamadas 
Villaverde,  la  de  Santolobari  (Santa  Comba  de  Sotolobre), 
la  de  Moraría  (San  Martín  de  Moreira),  la  de  Nesperaria 
(Nespereira),  la  de  Caretello,  la  de  Bania  (Raña,  lugar 
en  San  Martín  de  Moreira),  la  de  Casal  en  San  Verísi- 
mo  de  Arcos,  la  de  Boga,  la  de  Asantei  (San  Pedro  de 
Arantei.  La  villa  principal  era  la  de  Latid  urium  ó  Laci- 
torium,  en  el  siglo  XIV  Lazoiro,  y  desde  fines  del  si- 
glo XV  Salvatierra.  Dona  también  D.  Bermudo  otras 
trece  aldeas  que  estaban  de  la  otra  parte  del  Miño  en 
Portugal;  el  commisso  ó  Condado  de  Farum  Brigantium 
con  la  ciudad  que  cerca  del  Faro  se  había  edificado  en 
los  antiguos  tiempos;  y  en  el  territorio  de  Deza,  cerca 
del  monasterio  de  Pilono,  la  aldea  de  Pastoriza  (1). 

Una  circunstancia  singular  y  especial  hay  en  este 
Privilegio;  y  es  que  D.  Bermudo  reservó  á  favor  de  Don 
Pedro,  y  mientras  él  viviese,  el  usufructo  de  todos  estos 
bienes,  aún  en  caso  de  que  el  venerable  Prelado  renun- 
ciase la  Mitra  y  se  retirase  á  algún  monasterio  (2),   pa- 


(1)  De  esto  se  infiere,  que  cuando  Dozy  dijo  (Histoire  des  musulmans 
d'Espagne,  t.  III,  pág.  200)  que  D.  Bermudo  después  de  la  pérdida  de  León, 
quedó  sólo  reducido  á  los  distritos  próximos  al  mar,  se  expresó  con  bastan- 
te exageración. 

(2)  Dum  iste  pontifex  Petrus  vivus  fuerit,   sive  in  eadem  (sede),   si  ve 

in  monasterio,  sint  illi  omnia  in  stipendio  usui  fructuario.  Post  recessum  ve 

ro  ejus,  etc. 

Termina  D.  Bermudo  esta  Escritura,  que  subscriben  San  Pedro  y  v,i- 
Túmo  II.— 26. 


402  LIBRO  SEGUNDO 


sando  después  todos  íntegramente  al  dominio  de  los  mi- 
nistros del  Templo  apostólico  y  de  los  que  en  él  se 
ocupaban  en  el  canto  de  la  divina  Salmodia. 

Dos  años  después,  el  12  de  Abril  de  993,  concedió 
D.  Bermudo  á  la  Iglesia  de  Santiago  la  villa  de  Puerto- 
marín,  en  la  margen  izquierda  del  Miño,  de  la  cual  se 
había  apoderado  con  ocasión  de  la  rebelión  de  que  ha- 
blaremos en  el  artículo  siguiente,  juntamente  con  la  de 
San  Pedro  de  Recelle. 

A  fines  del  siglo  IX,  ó  quizás  antes,  tres  matrimo- 
nios cuyos  varones  se  llamaban  Al  vito,  Cendón  y  Sige- 
redo,  se  posesionaron  de  un  terreno  abandonado,  que 
estaba  á  orillas  del  Tambre,  en  el  territorio  de  Presares. 
A  fuerza  de  perseverancia,  lo  redujeron  á  cultivo,  y 
cuando  la  tierra  comenzaba  á  pagarle  con  opimos  fru- 
tos las  fatigas  que  allí  habían  pasado,  pensaron  en  le- 
vantar una  iglesia,  que  fuese  como  la  morada  de  su 
espíritu,  ya  que  el  cuerpo  tenía  la  suya  en  los  humildes 
edificios  que  para  vivienda  habían  construido.  Dedica- 
ron la  iglesia  á  las  santas  Vírgenes  Eulalia  y  Cristina, 
en  un  lugar  abundante  en  heléchos,  y  que  por  esto  se 
llamaba  Filicosus  ó  Folgoso.  Muertos  los  tres  fundadores, 
sus  descendientes  continuaron  cultivando  aquel  lugar, 


ríos  Obispos  y  Abades,  con  esta  tierna  plegaria:  «Te  pedimos,  Santo  Padre, 
Eterno  Dios,  qne  este  pequeñísimo  don  hecho  á  tu  Apóstol  se  multiplique 
ante  vuestra  presencia,  y  que  así  como  los  de  Abel  y  Melquisedech  os  fue- 
ron tan  aceptos,  así  éste  se  nos  haga  abundante  y  pingüe  en  vuestra  santa 
presencia.» 

En  esta  Escritura  hace  mención  D.  Bermudo,  de  su  tío  el  Infante  Don 
Bermudo  (Véase  Flórez,  Mem.  de  las  Rey  ñas  CathoL,  t.  I,  pág.  97),  por 
cuyo  eterno  descanso  se  había  donado  á  la  iglesia  de  San  Torcuato  la  mitad 
de  la  villa  de  Verdulegio. 


LOS  TKES  PBIMEHOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA    403 

y  haciendo  las  mejoras  que  su  posibilidad  les  permitía. 
Ildeberto,  nieto  de  uno  de  ellos,  reedificó  y  agrandó  la 
iglesia  y  puso  en  ella  á  un  sacerdote  llamado  Oilán,  que 
celebrase  Misa  y  los  demás  Oficios  sagrados. 

Oilán  hizo  Escritura  de  satisfacer  á  D.  Pedro  las  ter- 
cias de  aquella  iglesia,  como  las  satisfacían  las  demás 
iglesias  de  la  Diócesis;  pero  muerto  Oilán,  el  presbítero 
Varginán  y  su  primo  Sigeredo,  descendientes  de  los 
fundadores,  reclamaron  contra  esta  obligación  de  Oilán, 
fundados  en  que  dicha  iglesia  era  de  propiedad  particu- 
lar,  y  que  por  lo  mismo  no  estaba  sujeta  en  esto  al  Dere- 
cho común.  San  Pedro  atendió  sus  reclamaciones;  pero 
Varginán  y  su  primo  no  pretendían  sino  que  se  les  reco- 
nociese su  derecho,  pues  hicieron  donación  al  Prelado 
de  la  iglesia  y  de  todos  sus  frutos,  con  la  condición  de 
que  todo  lo  referente  al  culto  quedase  á  cargo  de  Don 
Pedro.  Encomendaron  también  á  su  inmediato  cuidado 
la  iglesia  de  San  Miguel  de  Osoari,  que  debe  ser  la  de 
San  Miguel  de  Boimil,  y  la  de  Santiago  de  Bove  mortuo 
(Boimorto).  Al  mismo  tiempo,  la  abadesa  Odrocia  y  la 
monja  Argilona,  que  debían  ser  parientas  de  Varginán 
y  Sigeredo,  otorgaron  al  Obispo  el  lugar  de  Bartinone 
(Barcioy),  á  orillas  del  Tambre,  en  el  territorio  de  Pre- 
sares. Fechóse  la  Escritura  en  18  de  Julio  de  094  (1). 

Del  contexto  de  esta  Escritura,  y  de  lo  que  D.  Ber- 
mudo  manifiesta  en  la  donación  del  añoí)01  (2),  se  de- 
duce que  D.  Pedro  abrigaba  la  idea  de  renunciar  el 
Obispado,  y  retirarse  como  hacían  otros  muchos  Prela- 


(l)  Véanse  Apéndices  núm.  LXXX.— En  esta  Escritura  firman  los 
diáconos  Gutierre,  Arias,  Ero,  otro  Arias,  Valario,  Vistruario  y  Froilán, 
que  debían  ser  Canónigos  de  Santiago. 

(l2)     Véase  la  nota  2  de  la  pág.  401. 


404  LIBRO  SEGUNDO 


dos  en  aquella  época,  á  algún  solitario  monasterio,  en 
dónde  con  más  tranquilidad  y  sosiego,  pudiera  dedicar- 
se á  la  meditación  y  á  la  contemplación  de  las  verdades 
eternas;  pero  pronto  los  graves  sucesos  que  sobrevinie- 
ron, le  obligaron  á  desistir  de  sus  propósitos. 

La  piedad,  era  una  de  las  notas  características  de 
nuestro  Prelado.  Humilde  y  contrito  en  la  presencia  de 
Dios,  devoto  y  fervoroso  en  la  de  la  Santísima  Virgen  y 
de  los  Santos,  era  también  piadoso  y  solícito  para  con 
los  suyos,  y  en  especial  para  con  sus  padres.  Las  últimas 
palabras  del  anciano  Martín  Placencio,  tan  profunda 
impresión  habían  hecho  en  su  ánimo,  que  no  pudo  ha- 
llar sosiego  mientras  no  vio  cumplido  el  supremo  encar- 
go que  en  ellas  se  le  hacía.  Esta  gran  satisfacción  para 
su  corazón  de  hijo  amante  y  cariñoso,  le  cupo  el  1  de 
Julio  del  año  995.  Pero  antes  de  llegar  á  este  término, 
¿cuántas  ansias  y  cuántas  fatigas?  San  Pedro  había  de- 
rribado la  iglesia  vieja  de  Curtís;  la  había  reedificado 
de  nueva  planta:  con  ímprobo  trabajo  había  apeado  las 
propiedades  que  de  antiguo  poseía  la  casa;  por  compras 
ó  por  donaciones  había  adquirido  otras  muchas  hacien- 
das, y  entre  ellas,  cerca  de  la  misma  iglesia,  una  de 
tanto  valor  que  por  ella  había  pagado  en  yeguas,  caba- 
llos y  paños  cien  siclos;  había  reunido  y  arreglado  todo 
el  mobiliario,  así  de  la  iglesia,  como  de  la  casa;  y  cuan- 
do, por  fin,  lo  tenía  todo  dispuesto,  invitó  á  las  princi- 
pales personas  del  Clero  de  Galicia  y  aún  de  León  para 
que  concurriesen  á  la  gran  solemnidad  que  estaba  para 
celebrar  el  día  que  hemos  indicado,  con  motivo  de  la 
consagración  de  la  nueva  iglesia. 

Concurrieron  el  decano  de  los  Obispos  del  reino,  San 
Viliulfo    de   Tuy,    Armentario   de   Dumio,   Pelayo   de 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  405 

Lugo,  Gudesteo  de  Oviedo,  Jimeno  de  Astorga  y  Froi- 
lán  de  León;  los  abades  San  Manilán  de  Celanova,  que 
también  se  intitula  anacoreta;  Diego,  otro  Abad  anaco- 
reta; Riquilano,  Abad  de  San  Martín  de  Santiago;  Pe- 
dro, Gausendo,  Galindo,  Ildebedro,  Visterla,  Silón  y 
Rodrigo;  Pedro,  prepósito  de  Antealtares;  Teodomiro, 
prepósito  de  Soñeiro;  Palmerio,  prepósito  de  Mezonzo; 
Argesindo,  prepósito  de  Brates;  Trasuario,  prepósito  de 
Sobrado,  varios  Canónigos  de  Compostela  y  otros  mu- 
chos Presbíteros  y  Clérigos.  Veíase  también  allí  congre- 
gado el  Clero  de  las  iglesias  filiales  de  Curtís,  dedicadas 
á  Nuestra  Señora,  á  San  Pedro  y  San  Pablo,  á  San  Ci- 
priano, á  San  Martín  y  á  San  Pelayo,  el  de  otras  mu- 
chas iglesias  vecinas  y  un  inmenso  concurso  de  fieles 
atraídos  por  la  fama  de  la  gran  fiesta  que  iba  á  cele- 
brarse. Hízose  la  consagración  en  medio  del  júbilo  ge- 
neral, y  San  Pedro,  profundamente  conmovido,  firmó 
la  Escritura  de  dote,  que  como  era  de  rito,  mandó  ex- 
tender en  aquel  memorable  día.  En  ella  se  hace  relación 
de  los  vasos  sagrados,  de  las  alhajas,  de  los  libros  y  or- 
namentos dados  á  la  iglesia;  del  mobiliario,  del  ajuar  y 
del  ganado  con  que  surtió  la  casa;  y  de  las  tierras  y  po- 
sesiones que  destinó  para  sostén  y  mantenimiento  del 
culto  y  de  sus  ministros.  En  esta  Escritura  invita  á  sus 
hermanos  y  á  sus  hermanas  y  á  sus  demás  parientes 
consanguíneos,  á  habitar  en  aquella  casa,  haciendo  vida 
santa,  y  encomienda  el  gobierno  de  ella  á  su  sobrino  el 
Sacerdote  Vimara,  que  después  fué  Obispo  de  Orense, 
prohibiéndole  toda  suerte  de  enagenación. 

Antes  de  la  fecha,  hizo  estampar  San  Pedro  esta 
humilde  plegaria:  «Santos  del  Señor:  Yo,  miserable  Pe- 
dro, Obispo,  no  en  las  obras,  sino  en  el  nombre,  os  rué- 


406  LIBEO  SEGUNDO 


go,  os  suplico  que  este  vilísimo  hecho  mío  sea  estable 
ante  vuestros  ojos,  para  que  cuando  fuere  interrogado 
en  el  Tribunal  del  Señor,  aparezca  entre  los  coros  angé- 
licos, y  por  vuestra  intercesión  merezca  la  bienaventu- 
ranza el  día  de  la  resurrección,  y  que  jamás  la  muerte 
tenga  sobre  mí  poder. »  Y  al  signar  la  Escritura,  hizo 
otra  oración  no  menos  sentida  y  fervorosa. 


rl 


III 

El  restaurador 


n  1  de  Enero  de  986  ,  bien  pudo  decir 
D.  Bermudo  que  su  autoridad  era  reco- 
$^£)Á  nocida  y  respetada  en  todo  el  Reino,  y 
que  por  nadie  era  turbada  la  paz  de  que 
se  gozaba  en  todos  sus  Estados;  pero  pronto  hubo  de 
convencerse  de  cuan  aparentes  eran  aquella  tranqui- 
lidad y  aquella  calma.  Sino  en  el  mismo  año  986,  en  el 
siguiente,  estalló  en  Galicia  una  imponente  sublevación 
capitaneada  por  los  turbulentos  Magnates  Suero  Gun- 
demáriz,  Gonzalo  Menéndez,  Galindo  y  Osorio  Díaz,  los 
cuales,  á  juzgar  por  todos  los  indicios,  se  hallaban  en 
connivencia  con  el  fiero  Almanzor,  que  por  entonces 
estaba  preparándose  para  invadir  los  Estados  cristianos 
del  Occidente  de  la  Península.  Corrió  animoso  D.  Ber- 
mudo desde  León,  para  desbaratar  los  planes  de  los  re- 
beldes; los  batió  en  campo  raso;  tomó  y  arrasó  sus  casti- 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  407 

líos;  confiscó  sus  bienes,  y  los  ahuyentó  del  reino  (1).  Al- 
gunos de  los  rebeldes  fueron  á  buscar  refugio  en  los 
dominios  de  su  protector  Almanzor,  el  cual  los  acogió 
de  muy  buen  grado,  considerando  los  importantísimos 
servicios  que  podrían  prestarle  (2). 


(1)  Véase  la  cita  que  hace  Risco  (España  Sagrada,  t.  XL,  pág.  148), 
de  un  Privilegio  otorgado  por  D.  Bermudo  á  la  Santa  Iglesia  de  Lugo  en 
10  de  Septiembre  de  988.— Por  este  Privilegio  y  otros  concedidos  en  estos 
años  por  el  mismo  D.  Bermudo  á  Santiago,  Lugo  y  Celanova,  se  ve  cuanto 
hay  de  exageración  en  la  pintura  que  hace  Dozy  flíist.  des  Musulmans..., 
t.  III,  pág.  215)  del  estado  á  que  por  dicho  tiempo  se  vio  reducido  dicho 
Monarca;  y  que  lo  que  cuenta  Aben  Jaldón,  citado  por  Dozy,  (Recherches..., 
3.a  edic,  t.  I,  pág.  100-101),  más  traza  tiene  de  novela  que  de  relato  his- 
tórico. 

En  un  Privilegio  de  D.  Bermudo  III  del  año  1032  (España  Sagrada, 
t.  XL,  Apéndice  XXV),  se  refiere  que  D.  Bermudo  II  vino  á  Galicia  para 
castigar  y  domar  á  los  sublevados;  que  permaneció  muchos  días  con  este  ob- 
jeto en  Lugo,  que  después  de  muchas  batallas  sometió  á  toda  Galicia,  que 
convocó  junta  de  los  principales  gallegos  en  la  referida  ciudad  y  que  allí 
acordó  arrasar  todas  las  fortalezas  que  habían  levantado  los  rebeldes.  «In 
tempore  avii  nostri  Veremundi  Rex,  rebellaverunt  illi  Comités  Gallecie 
Suarius  Gundemariz  ceterosque  Comités,  eius  cómplices.  Pro  tale  facto 
exercitu  aggregato  venit  in  isto  opido  Luco,  ubi  multis  diebus  commoravit, 
quousque  Domini  misericordia  multis  bellis  peregit  et  provincia  ipsa  Galle- 
tie  humiliatos  iure  suo  reduxit.  Cum  autem  concilio  acto  cum  ómnibus  ha- 
bitantibus  terre  ipsius  peregit,  jussit  omnes  castros,  qui  fuerant  in  superbia 
fabricatos  ad  terram  redigere,  et  in  plano  fecit  omnes  habitare.» 

(2)  Entre  los  rebeldes  que  hallaron  seguro  asilo  á  la  sombra  de  Al- 
manzor, debemos  contar  al  Conde  Osorio  Díaz,  del  cual  una  Escritura  del 
Tumbo  de  Celanova  (lib.  II,  núm.  CXLVII),  dice,  que  después  de  rebelarse 
contra  el  Rey,  se  juntó  á  los  sarracenos  é  hizo  muchos  estragos  en  la  sierra, 
especialmente  en  la  comarca  del  referido  monasterio.  D.  Bermudo  expulsó 
de  Galicia  al  rebalde  Conde,  le  confiscó  sus  bienes,  y  de  ellos  donó  el  1  de 
Septiembre  de  993  la  villa  de  San  Pedro,  sobre  el  Sil,  al  monasterio  de  Cela- 
nova  y  á  su  abad  San  Manilano. 

Expulsado  ó  ahuyentado  de  Galicia  Osorio  Díaz,  fué  sin  duda  á  ofrecer 
sus  servicios  á  Almanzor;  y  lo  propio  debieron  de  hacer  por  entonces  el  Con- 


408  LIBRO  SEGUNDO 


Por  tales  medios,  Almanzor,  que  era  no  menos  hábil 
político,  que  consumado  guerrero,  fué  allanando  el  terre- 
no para  la  gran  empresa  que  meditaba.  La  fama  del 
Santuario  de  Santiago,  se  había  extendido  por  todos  los 
Estados  musulmanes,  no  sólo  de  España,  sino  aún  en  los 
de  Oriente;  y  los  mismos  muslimes  no  tenían  reparo  en 
comparar  la  Basílica  de  nuestro  Apóstol  por  el  gran 
concurso  de  peregrinos  que  la  visitaban,  con  su  propia 
Caba.  Engreído  Almanzor  con  sus  no  interrumpidas 
victorias,  concibió  el  audaz  proyecto  de  llevar  sus  hues- 
tes aguerridas  hasta  el  pie  de  los  muros  de  Compostela, 


de  Gonzalo  Menéndez  y  su  hijo  Rudesindo.  Estos  habían  recogido  á  tres 
siervos  de  D.  Bermudo  II  que  se  habían  fugado  y  se  negaron  á  devolverlos 
á  pesar  de  las  reiteradas  reclamaciones  del  Monarca.  Cuando  D.  Bermudo 
se  presentó  en  Galicia  para  combatir  á  los  rebeldes,  prendió  á  Rudesindo  é 
insistió  en  la  restitución  de  sus  tres  siervos.  Rudesindo  propuso  al  Rey  que 
si  lo  dejaba  en  libertad,  buscaría  á  los  siervos  y  los  pondría  á  su  disposición, 
ó  en  otro  caso  volvería  á  la  prisión.  Para  mayor  seguridad  presentó  tres 
fiadores,  Diego  Románez,  Pelayo  Menéndez  y  Cid  Díaz,  los  cuales  se  obli- 
garon á  pagar  cada  uno  200  sueldos  si  Rudesindo  dentro  del  plazo  conve- 
nido, no  traía  los  siervos,  ó  no  se  presentaba  en  la  prisión,  aunque  quedán- 
dose en  prenda  con  la  villa  de  Puertomarín  que  era  propia  del  Conde 
Gonzalo  Menéndez.  Rudesindo,  así  que  se  vio  libre,  se  puso  á  buen  recaudo, 
y  envió  á  decir  á  sus  fiadores,  que  ni  esperasen  por  él,  ni'  por  los  siervos. 
Entonces  D.  Bermudo  procedió  contra  los  fiadores,  quienes  fueron  condena- 
dos á  pagar  los  600  sueldos,  como  así  lo  hicieron  en  vasos  de  plata,  en  ca- 
ballos, en  frenos  y  en  paños.  Quedábales  la  villa  Puertomarín;  pero  conside- 
rándose acaso  poco  seguros  con  esta  prenda,  se  valieron  de  la  intercesión 
de  varios  Conde3  y  Magnates  y  obtuvieron  del  Rey  que  les  devolviese  los 
600  sueldos  en  cambio  de  la  referida  villa,  que,  D.  Bermudo,  según  hemo3 
visto  donó  á  Santiago  en  993,  juntamente  con  la  de  Recelle. 

Esta  villa  de  Puertomarín,  de  que  aquí  se  habla,  no  es  la  que  está  á  la 
derecha  del  Miño,  á  cuatro  leguas  al  Sur  de  Lugo,  sino  la  que  está  á  la  iz- 
quierda del  mismo  río,  y  que  es  como  un  arrabal  de  la  primera,  con  la  cual 
comunica  por  medio  de  un  puente, 


LOS  TRES  PHIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         409 


y  asaltar  con  ellas  aquel  templo  tan  venerado  por  los 
cristianos  de  toda  Europa.  Halagábale  la  idea  del  riquí- 
simo botín  que  allí  esperaba  recoger,  y  quizás  más  aún 
la  aureola  de  gloria  con  que,  como  resultado  de  tan 
arriesgada  empresa,  aparecería  rodeada  su  frente  entre 
todos  los  sectarios  del  Corán. 

A  principios  de  Julio  de  997  movióse,  pues,  de  Cór- 
doba, al  frente  de  numerosas  tropas,  parte  de  las  cuales, 
la  Infantería,  viajaron  por  mar  hasta  entrar  en  el  Due- 
ro, en  donde  se  unieron  con  los  que  habían  venido  por 
tierra.  Antes  de  atravesar  el  río,  se  habían  agregado  ya 
á  la  hueste  de  Almanzor,  los  Condes  gallegos  y  leoneses, 
sus  aliados,  que  tan  eficaz  ayuda  le  prestaron  en  esta 
ocasión  (1).  Realizada  felizmente  esta  primera  parte  de 
su  plan  de  campaña,  prosiguió  Almanzor  su  marcha 
sin  hallar  grave  dificultad  hasta  llegar  al  Miño.  Al  pa- 
recer, atravesó  este  río  por  cerca  de  Salvatierra,  por  un 
desfiladero  llamado  de  Tallares,  del  cual  hace  mención 
D.  Bermudo  II  en  el  Privilegio  dado  á  Santiago  en  el 
año  991.  Desde  aquí  comenzó  el  ejército  invasor  su  obra 
de  saqueo  y  destrucción.  Arrasaron  los  muros  de  la  ciu- 
dad de  Tuy,  destruyeron  y  saquearon  el  monasterio  de 
San  Cosme  y  San  Damián,  cerca  de  Bayona,  y  llegaron 
al  puente  de  Sampayo,  que  estaba  defendido  por  un 
castillo.  Poco  tiempo  pudo  detenerlos  esta  fortaleza;  la 
tomaron  por  asalto;  y  vencido   aquel  ligero  obstáculo, 


(1)  Entre  ellos  ya  no  podemos  contar  al  tamOso  Conde  Suero  Guilde* 
máriz,  el  cual  había  fallecido  en  el  año  991.  A  su  esposa  D.a  Guncina,  que 
era  de  la  familia  de  San  Rosendo,  devolvió  D.  Bermudo  II  en  10  de  Agosto 
de  994,  parte  de  los  bienes  que  había  confiscado  al  Conde  D.  Suero. 


410  LIBBO  SEGUNDO 


continuaron  avanzando  y  robando  y  talando  todo 
cuanto  hallaban  al  paso.  Desde  Sampayo  habían  adver- 
tido que  en  una  isla  próxima,  probablemente  la  de  San 
Simón,  se  hallaban  refugiados  gran  número  de  cristia- 
nos. Descubrieron  un  vado;  pasaron  á  la  isla,  y  despoja- 
ron á  los  fugitivos  de  todos  los  objetos  de  valor  que  con- 
sigo habían  llevado. 

Hablase  de  un  monasterio  dedicado  á  Santa  María, 
que  los  musulmanes  encontraron  á  su  paso  antes  de  lle- 
gar á  Iria.  Este  monasterio  de  Santa  María,  ó  sería  la 
iglesia  de  Caldas  de  igual  título,  ó  quizás  la  misma  an- 
tigua Catedral  de  Iria.  A  esta  ciudad  y  al  monasterio, 
cupo  la  misma  suerte  que  á  otras  muchas  poblaciones; 
fueron  asolados  por  orden  de  Almazor. 

¿Qué  era  lo  que  pasaba,  entre  tanto,  en  Compostela? 
San  Pedro,  que  indudablemente  procuraría  tener  aviso, 
hora  por  hora,  de  los  movimientos  del  invasor,  compren- 
dió desde  luego  que  sería  temeridad  insigne  el  esperar  á 
pie  firme  en  Compostela  á  un  enemigo  que  contaba  con 
tan  poderosos  medios  de  combate,  y  al  cual  tuvieran 
que  rendirse  ciudades  mucho  más  fuertes  y  mejor  defen- 
didas. Juzgó,  pues,  más  prudente  y  acertado  evacuar  la 
ciudad  con  todo  cuanto  de  precioso  y  digno  de  estima- 
ción en  ella  se  encerraba,  y  guarecerse  y  ocultarse  en  el 
interior  del  país,  al  abrigo  de  una  áspera  sierra,  en  don- 
de sería  más  fácil  burlar  al  enemigo,  gastar  sus  fuerzas, 
agotar  sus  recursos  y  obligarlo  á  la  retirada.  Excusado 
es  decir  que  lo  primero  que  con  toda  ansia  y  solicitud 
procuró  San  Pedro  poner  á  salvo,  fueron  las  Reliquias 
de  Santiago  y  de  sus  dos  Discípulos,  San  Teodoro  y  San 
Atanasio,  y  la  vajilla  y  demás  alhajas  de  la  Catedral. 
Lo  mismo  habían  hecho  en  León  con  los  cuerpos  de  San 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  411 

| 1 

Pelayo  y  San  Froilán,  antes  que  Almanzor  asaltase 
dicha  ciudad  (1). 

Mas  los  muslimes  seguían  avanzando,  y  el  10  ú  11 
de  Agosto  dieron  vista  á  los  muros  de  Compostela.  Se 
acercan  cautelosos,  pero  advierten  con  sorpresa  que  las 
torres  y  las  almenas  se  hallaban  desiertas,  y  que  no 
ofrecían  la  menor  señal  de  resistencia.  Penetran  en  la 
ciudad  y  notan  la  misma  quietud,  la  misma  soledad,  el 
mismo  silencio.  Se   dirigen  al  templo  del  Apóstol,  y  lo 

r 

ven  también  abierto  y  abandonado.  Únicamente  al  pie 
de  la  Tumba  de  Santiago  hallan  postrado  á  un  anciano 
Monje,  en  actitud  de  orar. 

— ¿Qué  haces  aquí?  — le  interroga  Almanzor. 

—Estoy  orando  ante  el  Sepulcro  de  Santiago  — con- 
testó el  Monje. 

— Reza  cuanto  quieras  — replicó  Almanzor. 

Y  prohibió  que  nadie  le  molestase;  y  aún  se  añade, 
que  puso  guardias  cerca  del  Sepulcro  para  impedir  cual- 
quier desmán  y  atropello  (2). 


(1)  El  cuerpo  de  San  Pelayo  fué  retirado  á  Oviedo;  el  de  San  Froilán 
al  monasterio  de  San  Juan  de  Valdecesar,  en  las  montañas  de  León  (Véase 
España  Sagrada,  t.  XXXIV,  pág.  305). — Verosímilmente  San  Pedro  ocul- 
taría las  Sagradas  Reliquias  y  el  Tesoro  de  Santiago,  ó  en  el  monasterio  de 
Sobrado,  ó  en  el  de  Curtís. 

(2)  Los  Cronistas  árabes  exornaron  el  relato  de  esta  expedición  de  Al- 
manzor con  ciertos  episodios,  en  los  cuales  parece  que  tuvo  más  parte  la  fan- 
tasía, que  la  fidelidad  histórica.  Entre  estos  episodios,  el  del  solitario  Monje 
acaso  sea  el  que  ofrezca  mayores  visos  de  probabilidad.  Quizás  echaron 
mano  de  este  rodeo,  para  poder  atribuir  á  la  magnanimidad  de  Almanzor, 
lo  que  fué  efecto  de  un  repentino  terror  y  de  un  forzado  respeto,  c Quiso 
acercarse  al  Sepulcro  del  Apóstol,  dice  el  Silense,  (España  Sagrada,  t.  XVII) 
pág.  300),  para  hacerlo  pedazos;  pero  aterrado,  retrocedió.  Ad  sepulchrum 
vero  Apostoli,  ut  illud  frungeret,  iré  disposuerat,  sed  terriíus  rediit, 


412  LIBBO  SEGUNDO 


Empero,  la  generosidad  del  fiero  caudillo  no  pasó  de 
aquí.  Como  para  vengarse  de  los  compostelanos,  por  la 
determinación  que  habían  tomado  de  abandornar  la 
ciudad,  ordenó  seguidamente  la  destrucción  de  todas  las 
casas  y  edificios.  La  Catedral  fué  arrasada  hasta  tal 
punto,  que,  según  un  autor  árabe  citado  por  Dozy  (1), 
«al  día  siguiente  no  era  posible  señalar  el  sitio  donde 
había  estado.»  Ocho  días  pasó  Almanzor  en  Compostela, 
entretenido  en  esta  obra  de  destrucción  (2).  El  Siknse  (3), 
dice,  que  arruinó  é  incendió  las  iglesias,  los  monasterios 
y  los  palacios.  Ecclesias,  monasterio,,  palatia  fregit  atque  igne 
cremavit.  Al  mismo  tiempo,  destacó  tropas  ligeras  que 
saqueasen  y  devastasen  los  pueblos  cercanos,  y  cautiva- 
sen á  sus  moradores.  Se  dice  que  algunas  de  estas  fuer- 


(1)  Hist.  des  Musulmans,..,  t.  III,  pág.  234. 

(2)  Hasta  tal  punto  no  pudo  llegar  la  destrucción  y  arrasamiento  de  la 
Catedral,  porque  no  lo  habrían  consentido  los  guardias  que  puso  Almanzor 
para  custodiar  el  Sepulcro  del  Apóstol.  Mas  verosímil,  y  aún  más  conforme 
con  lo  que  dicen  los  mismos  árabes,  es  la  versión  de  la  Composlelana,  la 
cual  asienta  que  en  efecto  los  soldados  de  Almanzor  arrasaron  la  mayor  par- 
te de  los  muros  de  la  Iglesia,  pero  que  respetaron  el  altar  del  Apóstol.  «Ma- 
jorem  partem  parietum  Bti.  Iacobi  Ecclesiae,  praeter  ejus  sanctissimum  al- 
tare, penitus  destruxerunt.»  (España  Sagrada  t.  XX,  pág.  14). — La  religiosa 
Flora,  Abadesa  del  Convento  de  Santiago  de  León,  describe  con  estos  ne- 
gros colores  la  obra  de  devastación  llevada  entonces  á  cabo  por  los  sarrace- 
nos. Sic  dedit  Mis  (Ismaelitis)  insidiator  noster,  antiquissimus  serpens,  victo- 
riam,  et  projecere  civitates  in  térra,  destruxerunt  parietes,  et  nos  posuerunt 
in  concultatione,  civitates  dimiserunt  in  pavimento;  capita  hominum  truncave- 
runt  in  gladio  percutere,  ut  non  civem,  non  vicus,  non  castellis  eis  non  reman- 
sit  ad  ejus  devastatione.  (España  Sagrada,  t.  XXXIV,  pág.  307). 

En  la  Catedral  compostelana  emplearon  también  como  elemento  destruc- 
tor el  fuego,  del  cual  en  las  excavaciones  verificadas  en  el  año  1878,  se  ha- 
llaron muy  claros  indicios,  que  no  pueden  atribuirse  á  otra  causa. 

(3)  España  Sagrada,  t.  XVII,  pág.  301 


LOS  TBES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELAKA  413 

zas  destacadas,  se  adelantaron  hasta  Sant  Manicas  (San 
Cosme  de  Mayanca  ?),  cerca  de  la  costa  del  Océano. 

Con  esto  dio  Almanzor  por  teminada  la  campaña,  y 
se  dispuso  á  dar  vuelta  para  su  patria.  Entre  las  filas  de 
sus  soldados  colocó  los  cuatro  mil  cautivos  (número  no 
muy  considerable  para  la  importancia  de  la  expedición), 
que  habían  logrado  hacer  sus  tropas.  Como  principal 
trofeo  hizo  cargar  sobre  los  hombros  de  cautivos  las 
campanas  y  las  puertas  de  la  Catedral  que  había 
mandado  reservar  al  tiempo  de  la  destrucción  de  la 
iglesia  (1). 

Del  desenlace  de  este  sangriento  drama  no  dicen 
más  los  Cronistas  árabes,  sino  que  Almanzor  al  repasar 
el  Duero,  despidió  á  los  Condes  Cristianos,  sus  aliados,  á 
los  cuales  hizo  grandes  regalos,  consistentes  principal- 
mente, en  telas  de  gran  valor,  que  desde  aquí  remitió  á 
la  Corte  una  relación  minuciosa  de  su  campaña,  y  que  al 
llegar  á  Córdoba  mandó  que  las  puertas  del  templo 
de  Santiago  se  colgasen  del  techo  de  la  mezquita,  y 
que  las  campanas  se  suspendiesen  de  manera  que  pu- 
dieran servir  de  lámparas.  Nada  más  dicen  los  Historia- 
dores árabes,  ni  de  otras  nuevas  campañas   que  haya 


(1)  No  se  dice  de  que  materia  eran  las  puertas.  Probablemente,  serían 
de  bronce  esculpido,  como  otras  que  había  en  las  principales  iglesias  de  la 
época. 

La  expedición  de  Almanzor  dejó;  como  era  natural,  profunda  huella  en 
la  memoria  de  los  compostelanos.  Al  célebre  caudillo  debieron  de  atribuir- 
se muchos  hechos  cuyo  recuerdo  después  con  el  tiempo  fué  desvaneciéndo- 
se. Entre  estos  hechos  mentaremos  el  relativo  á  la  pila  bautismal  que  aún 
se  conserva  en  la  iglesia.  Decíase  que  Almanzor  intentó  abrevar  en  ella  á 
su  caballo,  el  cual  reventó  en  castigo  de  la  soberbia  y  del  sacrilego  arrojo 
de  su  dueño.  Ambrosio  de  Morales  en  su  Viaje  Santo,  hace  memoria  de  esta 
tradición. 


414  ,  LIBRO  SEGUNDO 


emprendido  Almanzor  después  de  ésta,  y  antes  de  la  en 
que  miserablemente  perdió  la  vida  (1).  Este  silencio  es 
significativo;  y  tiene  su  explicación  en  lo  que  afirman 
tanto  la  Compostélana,  como  el  Silense.  La  primera  dice, 
no  queriendo  el  Apóstol  Santiago  que  quedasen  impu- 
nes los  ultrajes  y  destrozos  hechos  en  su  iglesia,  con  tal 
peste  hirió  á  los  Sarracenos,  que  la  mayor  parte  pere- 
cieron en  el  camino  y  pocos  llegaron  á  su  tierra  (2).  El 
Silense,  por  su  parte,  asienta  que  no  olvidado  el  Rey  del 
Cielo  de  su  misericordia,  castigó  duramente  á  sus  enemi- 
gos, que  desde  entonces  fueron  falleciendo  repentina- 
mente y  quedando  reducidos  á  la  impotencia  (3).  Mas 
las  fuerzas  de  Almanzor,  no  sólo  quedaron  quebranta- 
das físicamente,  sino  también  moralm ente.  «¡Veinte  mil 
hombres  cuento  entre  las  filas  de  mi  ejército,  exclamaba 
él  en  su  última  campaña  del  año  1002,  aquejado  por 
una  desconocida  enfermedad  que  le  hacía  padecer  ho- 
rriblemente, y  ninguno  entre  ellos  es  tan  desgraciado 
como  yo!»  (4). 

No  nos  detendremos  aquí  en  las  circunstancias  de  la 
célebre  batalla  de  Catalañazor,  de  la  cual  dice  en  resu- 


(1)  Almanzor  falleció  el  27  de  Ramadán,  del  año  de  la  Egira  392 
(20  Noviembre  1001-10  Noviembre  1002).  Véase  Codera,  Boletín  de  la  Real 
Academia  de  la  Historia,  t.  XXXII,  pág.  101. 

(2)  Igitur  beatissimus  Iacobus  volens,  ne  ab  Ecclesia  sua  quam  ipsi 
(Saraceni)  tantae  superbiae  calce  oppresserant,  impune  evaderent,  tanto  di- 
senteriae  morbo  eos  percussit,  quod  mortuis  eorum  quampluribus,  perpau- 
ci  ad  propria  redierunt.  (Esparta  Sagrada,  t.  XX,  pág.  14). 

(3)  Rex  caelestis  memorans  misericordiae  suae,  ultionein  fecit  de  ini- 
micis  suis.  Morte  quidem  subitánea  et  gladio,  ipsa  gens  Agarenorum  caepit 
interire,  et  ad  nihilum  quotidie  pervenire.  (España  Sagrada,  t.  XVII, 
pág.  301) 

(4)  Dozy,  Hist.  des  Musulmans  d'Espagne,  t.  III,  pág.  239. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  415 

men  Dozy  (1),  con  gusto  y  desenfado  propios  de  Voltai- 
re,  que  fué  una  invención  sugerida  por  el  deseo  de  justi- 
ficar á  la  Providencia  y  de  absolverla  de  la  falta  de  haber 
dejado  sin  condigno  castigo  las  horribles  profanaciones 
cometidas  por  las  huestes  de  Almanzor  en  los  templos 
cristianos,  y  en  especial  en  el  de  Santiago.  Pero,  ¿cómo 
pudo  Dozy  concebir  esta  aprensión  del  apuro  y  embara- 
zo en  que  debieron  de  verse  los  cristianos,  para  explicar 
la  extraña  impunidad  de  los  sectarios  de  Mahoma?  ¿No 
nos  dice  él  mismo  (2),  que  Almanzor,  tocado  de  un  mal 
desconocido  y  padeciendo  horriblemente,  se  proclamaba 
el  más  desdichado  de  sus  subditos?  ¿No  pondera  (3)  el 
cambio  inesperado  que  en  brevísimo  tiempo  sufrieron 
las  relaciones  de  las  dos  partes  beligerantes,  de  modo 
que  los  que  antes  daban  leyes  á  los  Príncipes  cristianos 
se  vieron  forzados  á  recibirlas  de  un  Conde  de  Castilla? 
¿No  nos  recuerda  (4)  que  el  hijo  de  Almanzor,  Abdelmi- 
lic,  que  ya  por  sus  hechos  tenía  demostrado  que  here- 
dara los  talentos  de  su  padre,  murió  en  el  año  1008,  en 
la  flor  de  su  edad?  ¿No  se  lamenta  (5)  de  que  la  soberbia 
Córdoba,  aquella  ciudad  que  por  tantos  años  había  lan- 
zado impetuosos  escuadrones  para  sembrar  la  desolación 
y  la  muerte  en  los  Estados  cristianos,  en  el  espacio  de 
seis  meses  (1009-1010),  se  hubiese  visto  hollada  y  saquea- 
da por  las  huestes  del  Conde  Sancho  de  Castilla  y  por 
las  de  los  Condes  Raimundo  de  Barcelona  y  Armengol 
de  Urgel,  y  devastada  por  las  hordas  de  los  berberiscos? 


(1)  Recherches...,  t.  I,  pág.  20  y  199. 

(2)  Recherches...,  1. 1,  pág.  194. —Histoirc...,  t,  III,  pág.  239. 

(3)  Histoire...,  t.  III,  pág.  291. 

(4)  Histoire...,  t.  III,  pág.  268. 

(5)  Histoire...,  t.  III,  pág.  296  y  siguientes. 


416  LIBRO  SEGUNDO 


¿No  reconoce  (1)  que  desde  esta  fecha  el  Califato  de 
Córdoba  comenzó  á  caer  á  pedazos  y  quedó  reducido  á 
la  más  completa  impotencia,  que  era  justamente  lo  que 
había  dicho  el  Monje  de  Silos?  ¡Y  todo  esto  en  trece 
años,  que  no  son  gran  cosa  en  el  reloj  de  la  Providen- 
cia!  ¿O  pretendería  aún  Dozy  mayores  y  más  ejemplares 
castigos?  Creemos  que  para  la  escena  del  mundo,  los  re- 
feridos son  suficientes  (2). 

Por  las  noticias  que  San  Pedro  tenía  de  los  destrozos 
causados  por  los  soldados  de  Almanzor  en  León  y  en 
otras  ciudades,  ya  podría  formarse  idea  de  lo  que  ha- 
brían hecho  en  Compostela  aquellos  feroces  enemigos 
del  nombre  cristiano,  que  con  tanto  empeño  tomaran 
esta  expedición;  pero  la  realidad,  la  triste  realidad  so- 
brepujó acaso  todo  cuanto  él  se  había  imaginado.  ¡Ver 
convertidos  en  montones  de  humeantes  ruinas,  ó  cómo 
edificios  devorados  por  las  llamas,  su  antiguo  monasterio 
de  Antealtares,  el  de  Pinario,  el  de  Afora,  todos  los  edi- 
ficios de  Santiago,  y  hasta  el  mismo  templo  del  Apóstol, 
objeto  de  veneración  para  todos  los  pueblos  cristianos, 
debió  ser  para  su  corazón  magnánimo  y  profundamente 


(1)  Histoire...,  t.  III,  pág.  304. 

(2)  Si  Dozy  hubiera  leído  con  algún  detenimiento,  un  Privilegio  de 
D.  Bermudo  II  que  está  en  Yepes,  poco  antes  del  que  cita  en  la  nota  de  la 
pág.  99,  t.  I,  3.a  edic,  de  sus  Recherches,  vería  el  ningún  apuro  en  que  se 
vieron  los  cristianos  para  justificar  á  la  Providencia  de  la  supuesta  impu- 
nidad de  los  musulmanes.  Léase  si  no  el  bellísimo  preámbulo  de  dicho  Pri- 
vilegio fechado  catorce  meses  después  de  la  destrucción  de  Compostela,  en 
el  cual  preámbulo  D.  Bermudo  invita  á  todas  las  criaturas,  incluso  las  an- 
gélicas, á  dar  gracias  á  la  Divina  Providencia  por  los  beneficios  que  le  ha- 
bía hecho.  ¿No  podría  contarse  entre  estos  beneficios  el  de  ver  á  sus  enemi- 
gos heridos  de  la  peste  que  dicen  los  Cronistas,  y  el  de  poder  fatigarlos  y 
perseguirlos  en  su  desastrosa  retirada? 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  417 

religioso,  un  espectáculo  desolante  y  desgarrador!  Pero 
ya  lo  hemos  dicho;  el  Prelado  compostelano  abrigaba  en 
su  seno  un  corazón  tan  grande,  como  era  inmensa  la 
catástrofe  que  registraba  con  sus  ojos,  y  lejos  de  abatir- 
se y  anonadarse,  con  la  misma  actividad  que  habían 
empleado  los  moros  en  destruir,  emprendió  él  la  restau- 
ración y  reedificación  de  las  iglesias,  de  los  monasterios, 
y  de  todos  los  demás  edificios  públicos  de  Santiago. 
Prestóle  gran  auxilio  en  esta  penosísima  tarea  el  Rey 
D.  Bermudo,  que  vino  exprofeso  á  Santiago  para  reco- 
nocer por  sí  mismo  el  estado  de  la  ciudad,  y  levantarla 
de  sus  ruinas  (1).  Este  mismo  hecho  bien  á  las  claras  da 
á  entender,  que  las  huestes  de  Almanzor  debieron  que- 
dar bien  escarmentadas,  y  que  por  entonces  nada  había 
que  temer  de  la  osadía  del  feroz  caudillo. 

Los  trabajos  de  San  Pedro  en  la  Basílica  del  Após- 
tol, y  esto  era  lo  natural  en  aquellas  circunstancias,  se 
limitaron  á  levantar  las  derribadas  paredes,  y  á  restituir 
el  edificio,  prescindiendo  de  insignificantes  detalles,  á  la 
forma  precisa  que  tenía  antes,  sin  alterar  en  nada  su 
antigua  planta.  Sin  embargo,  el  templo,  dada  la  premu- 
ra con  que  fué  reconstruido,  no  podía  presentar,  máxi- 
me en  las  portadas,  la  belleza  y  magnificencia  que  os- 
tentaba antes.  Los  mármoles  que  decoraban  las  fachadas 
occidental  y  septentrional,  debieron  desaparecer  calci- 
nados por  la  acción  del  fuego.  En  su  lugar  se  colocaron 


(1)  Rex  igitur  (Veremundus)  superni  amoris  stimulo  excitatus,  in  hanc 
urbem  curiosa  intentione  venit,  et  hujus  Apostoli  ecclesiara,  quam  dirutam 
invenit,  cura  eodem  episcopo  domino  Petro,  Deo  adjuvante,  restauravit. 
(Hist.  Gomp.,  lib.  I,  cap.  II). 

Rex  vero  Veremundus  a  Domino  adjutus  coepit  restaurare  ipsum  locum 
in  melius.  (Cron.  Silense,  en  la  España  Sagrada,  t.  XVII,  pág.  309). 
Tomo  II—  27. 


418  LIBBO    SEGUNDO 


otros  capiteles  y  esculturas  labradas  en  granito;  una  de 
las  cuales  debió  de  ser  el  relieve  que  representa  la  bata- 
lla de  Clavijo,  y  que  hoy  se  conserva  embutido  en  uno 
de  los  muros  del  brazo  meridional  del  crucero  (1).  La 
obra  no  debió  durar  mucho  tiempo;  y  supuesta  la  acti- 
vidad que  San  Pedro  imprimió  á  los  trabajos,  quizás 
estaría  terminada  á  fines  del  año  998. 

El  abad  de  Antealtares  Gutierre,  (si  no  le  había  su- 
cedido ya  Ariano,  de  quien  se  hace  mención  en  un  Do- 
cumento de  Lugo  del  año  1005),  y  el  de  San  Martín, 
Riquilano,  emprendieron  á  la  vez  la  restauración  de  sus 
respectivas  iglesias  y  monasterios.  El  Cabildo,  por  su 
parte,  activó  también  la  reparación  de  la  Canónica  y  de 
las  dependencias  anexas;  y  todos  los  compostela,nos,  á 
no  dudarlo,  rivalizarían  en  celo  y  laboriosidad  para  re- 
edificar sus  moradas  y  los  establecimientos  en  que  ejer- 
cían su  industria  (2).  Con  esto,  Compostela  recobró  en 
breve  plazo  su  habitual  fisonomía,  y  pronto  continuó 
siendo,  como  hasta  entonces,  fuente  copiosa  de  espiritual 
regeneración,  y  lugar  de  abocamiento  para  todos  los 
pueblos  cristianos. 

El  proveer  á  la  Catedral  y  á  las  demás  iglesias  de  la 
ciudad,  del  mobiliario,  vajilla  é  indumentaria  necesarios, 
no  fué  difícil  á  San  Pedro.  Para  ello  no  tuvo  más  que 
devolver  á  Compostela  lo  que  se  había  sacado  y  oculta- 


(1)  Véase  pág.  107. 

(2)  La  destrucción  de  Santiago  no  debió  de  ser  tan  total,  como  pudiera 
creerse.  Durante  los  ocho  días  que  Almanzor  permaneció  en  nuestra  ciudad, 
necesitó  locales  para  alojar  sus  tropas,  y  para  tal  objeto  destinaría  la  Canó- 
nica, los  monasterios,  las  alberguerías,  etc..  Es  de  creer  que  hasta  el  mo- 
mento de  abandonar  la  ciudad,  los  muslimes  no  se  preocupasen  del  incendio 
de  dichos  edificios. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  419 

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do  al  tiempo  de  la  invasión,  y  colocarlo  en  su  propio  lu- 
gar tan  pronto  como  las  obras  de  fábrica  estuvieron 
concluidas.  Escena  tiernísima  y  conmovedora  debió  es- 
tar la  de  restituir  las  Reliquias  de  Santiago  y  sus  dos 
Discípulos  á  sus  respectivos  sepulcros;  la  cual  tendría  lu- 
gar  juntamente  con  la  reconciliación  de  la  Iglesia.  A 
esta  solemnidad,  sin  duda  asistió  el  Rey  D.  Bermudo,  al 
cual  tanta  parte  atribuyen  en  la  reedificación  de  la  Ba- 
sílica, así  la  Compostelana,  como  el  Silense.  Y  aun  es  de 
suponer  que  tanto  él,  como  su  esposa  D.a  Elvira,  ofre- 
ciesen al  Santo  Apóstol,  como  era  costumbre  en  tales 
casos,  algunas  alhajas  ó  dones  preciosos  (1). 

Terminada  la  restauración  de  la  Iglesia  y  ciudad 
compostelanas,  San  Pedro  concurrió  á  la  del  monasterio 
de  San  Lorenzo  de  Carboeiro,  que  D.  Bermudo  II  confió 
por  un  Diploma  publicado  por  el  P.  Yepes,  en  el  tomo  V 
de  su  Coránica y  al  presbíteix)  Anscario  y  al  monje  Tra- 
suario.  San  Pedro  subscribe  así  el  documento  que  se 
otorgó  en  5  de  Enero  de  999:  Súb  pondas  timoris  Domini 
Pctnis  -iriensis  et  apostolice  Sedis  episcopus,  confirmo. 

Estas  graves  ocupaciones,  aunque  penosas  y  moles- 
tas, las  sobrellevaría  San  Pedro  con  gusto,  como  tan  con- 
formes con  sus  inclinaciones  y  los  deseos  de  su  corazón. 
En  este  mismo  año  de  999  se  le  ofreció  otra  más  enojosa, 


(1)  En  un  privilegio  fechado  en  1  de  Marzo  de  1028,  la  infanta  Doña 
Teresa,  hija  de  D.  Bermudo  y  D.a  Elvira,  hace  mención  de  una  alaiara,  ó 
alhaiara  valde  mirifica  (*),  que  su  madre  había  ofrecido  á  la  Iglesia  de  San- 
tiago. Quizás  este  donativo  fuese  hecho  al  tiempo  de  la  consagración  del 
templo  apostólico. 

(')  La  alaiara  ó  alhaiara  6 alagara,  debía  de  ser  ana  cortina.  En  La  Escritura  <!•■  fundación 
del  monasterio  de  Santa  María  en  León,  año  1042,  (véase  España  Sagrada,  b.  X  XX  VI,  \  pón- 
dice  XX),  entre  las  alhajas  y  prendas  oon  que  se.dotó  la  iglesia,  se  dloe;  temp  o 

ara  xna  grecisca. 


420  LIBRO  SEGUNDO 


en  que  estaba  altamente  interesada  la  hacienda  de  su 
Iglesia.  Era  derecho  consuetudinario  en  la  tierra  de 
Santiago,  que  los  siervos  nacidos  de  matrimonios  mix- 
tos, es  decir,  de  matrimonios  en  los  cuales  uno  de  los 
cónyuges  pertenecía  á  dominio  distinto  de  el  de  la  Igle- 
sia, se  dividiesen  por  mitad  entre  la  Iglesia  y  el  señor  á 
quien  pertenecía  uno  de  los  cónyuges.  Por  esto  tales 
siervos  se  llamaban  incommuniatos  ó  mancomunados,  por 
más  que  la  madre,  mientras  viviese  el  marido,  seguía 
siempre  la  condición  y  señorío  de  éste.  Por  este  tiempo 
un  señor  llamado  Vigila  ó  Vela,  que  había  heredado 
algunos  siervos  casados  en  el  coto  de  Santiago,  reclamó 
como  exclusivamente  suyos  á  todos  los  hijos  nacidos  de 
tales  matrimonios.  Opúsose  San  Pedro  á  esta  pretensión 
que  cedía  en  perjuicio  de  los  derechos  de  su  Iglesia,  y 
llevó  el  asunto  al  inmediato  conocimiento  del  Rey  Don 
Bermudo,  el  cual  á  la  sazón  se  hallaba  en  Santiago,  y 
con  su  Consejo  sentenció,  que  los  nacidos  de  tales 
matrimonios  perteneciesen  por  mitad  á  Vigila  y  á  la 
Iglesia  del  Apóstol.  En  virtud  de  esta  sentencia,  que  se 
dictó  el  22  de  Junio  de  999  (1),  fué  adjudicado  á  Santia- 
go Sidiges,  y  á  Vigila  Honorico,  nacidos  ambos  del  ma- 
trimonio de  Grogio,  siervo  de  la  Iglesia  iriense,  con  Sin- 
dilona,  sierva  de  la  casa  de  Vigila. 

A  esta  época  debe  referirse  la  donación,  que  D.  Ber- 
mudo hizo  á  Santiago  de  unos  siervos  en  el  Condado  de 
Camota,  á  saber,  Trasmiro  y  sus  cuatro  hijos  Gronzalo, 
Vimaredo,  Benedicto  y  Gudigeva.  La  donación  la  hizo 
el   Rey   verbal,    pero   con   la   intención   de   revalidar- 


(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  LXXXL 


• 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  421 

la  oportunamente  por  escrito.  Mas  esto  no  pudo  efec- 
tuarse, porque  teniendo  D.  Bermudo  que  ausentarse  de 
Galicia,  le  sorprendió  la  muerte  en  el  Bierzo,  el  5  de 
Septiembre  del  mismo  año  999  (1).  No  obstante,  lo  que 
no  hizo  D.  Bermudo,  lo  efectuó  su  hijo  D.  Alfonso  en  el 
año  1011  (2). 

A  juzgar  por  las  circunstancias  en  que  se  hallaba  el 
reino,  la  muerte  inopinada  de  D.  Bermudo  podía  consi- 
derarse como  una  verdadera  catástrofe.  El  Monarca  di- 
funto dejaba  varios  hijos  bastardos;  pero  el  legítimo, 
D.  Alfonso  V,  sólo  contaba  cinco  años,  y  se  criaba  en 
casa  del  Magnate  gallego,  D.  Menendo  González.  Lo  que 
en  aquel  apurado  trance  acordaron  los  leales  servidores 
de  D.  Bermudo,  fué  llevar  sin  pérdida  de  tiempo  á  León 
al  tierno  Príncipe,  y  allí  ungirlo  y  coronarlo  como  Rey 
y  señor  de  los  Estados  cristianos  del  Noroeste  de  Espa- 
ña. Uno  de  los  que  acompañaron  á  D.  Alfonso  en  su 
precipitado  viaje,  fué,  sin  duda,  el  Prelado  compostela- 
no,  el  cual  subscribe  el  primero  entre  los  Obispos,  un 
Privilegio  que  el  nuevo  Monarca  otorgó  á  la  Catedral 
de  León  el  13  de  Octubre  del  mismo  año  999,  probable- 
mente al  tiempo  de  ser  ungido  y  coronado  (3).  Es  muy 
verosímil  que  en  la  ceremonia  de  la  unción  y  corona- 
ción, tuviese  la  parte  principal  nuestro  Obispo  de  la  Se- 
de Apostólica. 


(1)  Esta  es  la  fecha  de  un  pequeño  Cronicón  escrito  con  letras  de  oro 
sobre  púrpura  en  el  Salterio  de  Fernando  I,  que  posee  la  Universidad  coni- 
postelana.   (Véanse  Apéndices,  núm.  XCII). 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXXIV. 

(3)  España  Sagrada,  t.  XXXV,  pág.  4  y  t.  XXXVI,  Apéndice  II. 


422 


LIBBO  SEGUNDO 


IV 


Últimos  hechos  de  San  Pedro  de  Mezonzo 


cíoso  nos  parece  consignar,  que  hasta 
ahora  había  sufrido  San  Pedro  con  inde- 
cible valor  y  entereza  y  paciencia  inalte- 
rables, las  persecuciones  de  los  enemigos 
declarados;  faltábale  otra  prueba  para  que  su  virtud  re- 
saltase cada  vez  más  acrisolada:  la  persecución  de  los 
enemigos  encubiertos.  Algunos  nobles  ambiciosos,  viendo 
tal  vez  privado  á  nuestro  Santo  del  apoyo  y  amistad  de 
D.  Bermudo  II,  juzgaron  que  podían  disputarle  con  es- 
peranza de  éxito  su  puesto,  y  molestarle  y  afligirle  hasta 
conseguir  su  renuncia  ó  deposición.  He  aquí  como  Ye- 
pes  (1)  expone  estos  sucesos  de  la  vida  de  San  Pedro: 
«Acostumbra  Dios  dar  trabajos  á  los  justos  para  mayor 
merecimiento  suyo,  y  allende  de  los  males  (que  hemos 
visto)  que  hizieron  los  moros  en  Santiago,  que  afligieron 
mucho  a  este  santo  Prelado,  le  fué  también  cosa  muy 
penosa  sufrir  las  insolencias  de  dos  hermanos,  el  vno 
llamado  Pelagio  Diaz  y  otro  Sumarra  (Vimara?)  Diaz; 
vnos  los  llaman  potestades  del  Reyno,  que  deuian  ser 
juezes  en  cosas  temporales;  otros  los  hazen  pretensores 
del  Obispado;  sea  lo  que  fuere,  ello  es  cierto,  que  estos 
hombres  poderosos  causaron  muchas  inquietudes  y  sedi- 


(*)     Inicial  del  Salterio  de  D.  Fernando  I. 

(1)     Coránica  general  de  la  Orden  de  San  Benito,  t.  V,  fol.  217  vuelto, 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         423 

ciones,  de  las  quales  nuestro  Señor  libró  al  santo  Obispo, 
y  en  ellas  fué  favorecido  de  los  caualleros  del  Reyno, 
que  por  estar  tan  bien  quisto  con  ellos,  le  defendieron 
destos  hermanos  que  le  querían  molestar;  y  asi  salió  con 
victoria  y  mejorado  con  los  pleitos  y  competencias  que 
con  ellos  tuuo»  (1).  Estos  triunfos  no  engreían  á  San 
Pedro,  antes  lo  hacían  más  humilde,  y  lo  estrechaban  á 
reconocerse  más  obligado  á  la  Divina  Clemencia. 

A  pesar  de  su  avanzada  edad,  no  rehusaba  el  pres- 
tar su  cooperación  siempre  que  fuese  requerido,  y  así  lo 
exigiesen  el  bien  público,  ó  la  utilidad  de  la  Iglesia. 
En  10  de  Marzo  del  año  1000,  aún  le  hallamos  en  tierra 
de  León;  pues  en  dicha  fecha  confirmó  una  donación 
hecha  por  el  abad  Salvato  al  monasterio  de  San  Cipria- 


(1)  Sobre  este  pasaje  dice  el  P.  Flórez  (España  Sagrada,  t.  XIX,  pági- 
na 184),  que  no  descubre  prueba  de  lo  que  refiere  Yepes,  pues  éste  no  cita 
más  que  á  la  Compostelana,  en  la  cual  no  hay  tal  cosa.  Este  es  uno  de  los 
yerros  en  que  incurrió  el  P.  Flórez  al  escribir  la  vida  de  San  Pedro.  El 
P.  Yepes  después  de  presentar  en  compendio  la  vida  de  nuestro  Santo,  di- 
ce: «Algunas  de  las  cosas  que  aquí  se  han  referido,  son  sacadas  de  la  His- 
toria compostelana.  >  Ahora,  el  pretender  por  estas  palabras,  como  hace  Fló- 
rez, que  el  P.  Yepes  haya  dicho  que  también  sacó  de  la  Compostelana  la 
especie  de  la  persecución,  es  completamente  arbitrario.  El  verídico  y  dili- 
gente Cronista  benedictino  manejó  muchísimos  de  los  Documentos  de  San 
Martín  y  Antealtares,  y  allí  halló  sin  duda  noticia  de  los  sucesos  que  narra 
con  tanta  seguridad.  Y  en  cuanto  á  lo  que  añade  Flórez,  que  la  Compostelana 
al  hablar  de  los  inmediatos  sucesores  de  San  Pedro,  Pelayo  Díaz  y  Vimara 
Díaz,  nada  dice  de  que  se  hayan  mezclado  con  el  Santo,  bueno  sería  que  el 
Autor  de  la  España  Sagrada,  parase  mientes  en  aquellas  palabras  de  la  Com- 
postelana, al  tratar  de  D.  Pelayo  Díaz;  Temporali  potestati  subnixus  pastora- 
lis  curae  dignitatem  post  eum  usurpavit;  que  no  dejan  de  ser  significativas. 

Mariana  debió  tener  noticia  de  este  Documento  á  juzgar  por  lo  que  dice 
en  el  lib.  VIII,  cap.  VIII,  de  la  Historia  de  España:  «A  Pedro  sucedió  en 
aquella  iglesia  Pelayo  Diaz,  de  Juez  seglar  repentinamente  mudado  en 
Obispo  por  malas  mañas  y  fuerza  de  que  usó.» 


424  LIBBO  SEGUNDO 


no  de  Valdesalce,  cerca  de  Valencia  de  D.  Juan  (1).  En 
tierra  de  León  perseveraba  en  13  de  Julio  y  en  12  de 
Noviembre  del  mismo  año,  según  se  ve  en  los  Apéndi- 
ces IV  y  V  del  tomo  XXXVI  de  la  España  Sagrada.  Sin 
duda  se  retiró  á  aquellos  lugares,  para  evitar  las  per- 
secuciones de  los  que  en  Galicia  se  habían  levantado 
contra  él  (2). 

El  Tumbo  de  Sobrado,  que  es  un  rico  venero  del  que 
pueden  extraerse  muchas  y  muy  interesantes  noticias, 
en  el  tomo  I,  folio  52,  nos  suministra  una  de  las  últimas 
que  se  conservan  de  San  Pedro,  con -motivo  de  una 
cuestión  que  sostenía  dicho  convento  con  el  caballero 
Lúcido  Quiriáquiz,  el  cual  traía  usurpada,  desde  hacía 
veinte  años,  la  aldea  de  Bidualdo.  Vióse  el  pleito  en  una 
gran  Junta  presidida  por  el  Conde  Gonzalo  Menéndez, 


(1)  España  Sagrada,  t.  XXXV,  pág.  5,  y  t.  XXXVI,  Apéndice  III. 

(2)  El  15  de  Agosto  de  este  mismo  año,  firmó  San  Pedro  otro  Di- 
ploma que  se  halla  registrado  en  el  tomo  I,  núm.  CXXX,  del  Tumbo  de  So- 
brado. No  se  dice  dónde  haya  sido  redactado  el  Documento,  acaso  lo  haya 
sido  en  León,  si  es  que  San  Pedro  no  vino  á  Galicia  en  el  intermedio  de  Ju- 
lio á  Noviembre.  Viene  á  ser  una  Carta  de  ingenuidad  ó  completa  libertad 
que  la  monja  D.a  Teresa,  sobrina  de  San  Rosendo,  expide  á  treinta  y  ocho 
familias  de  libertos  que  moraban  en  el  Condado  Presares  y  en  el  valle  de 
Gr  i  jaiba.  Los  absuelve  "ab  omni  nexu  libertatis,  et  in  aulam  ingenuitatis 
permanere  iubemus...  ita  ut,  ubi  volueritis,  vivendi,  iendi,  manendi,  largique 
fovendi  vitam  vestram...  vobis  a  Deo  et  nobis  concessa  licentia  et  potestas.  Et 
propter  confirmandam  aulam  ingenuitatis  vestre,  damus  atque  concedimus  vo- 
bis omnepeculium  vel  ganatum,  quantum  habere  videmini  simul  hereditas  ve- 
stra.  Et  ad  die  Sce.  Marie  pro  memoria  in  domo  Domini  cereum  et  oblationem 
offeraiis,  vel  bucellam  pauperibus  tribuatis  quantum  iure  habueritis," 

San  Pedro  subscribe  así:  Sub  pondus  timoris  Domini  Petrus  Irievsis  Se- 
dis  confirmans.  Después  de  San  Pedro,  subscriben  los  Obispos  Armentario 
de  Dumio,  Pelayo  de  Lugo  y  San  Viliulfo  de  Tuy.  Firma  también  una  Gel- 
vira  Xpisti  ancilla,  que  acaso  sea  la  viuda  de  D.  Bermudo  II, 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DK  LA  I.  COMPOSTELANÁ  425 

á  la  que  asistieron  los  caballeros  Gudesteo  Díaz,  Arias 
Pepiz  y  Froila  Gutiérrez,  los  abades  Bermudo,  Alfonso, 
Manilán  y  Visterlán,  y  otras  muchas  personas;  y  allí  se- 
ñalóse plazo  para  la  prueba.  Al  día  señalado,  en  la  igle- 
sia de  San  Cristóbal  de  Pezobre,  á  tres  leguas  y  media 
de  Arzúa,  se  reunieron  de  nuevo  todos  los  jueces,  jun- 
tamente con  el  Prelado  compostelano  y  la  Condesa 
D.a  Aragonta.  Trasarico  Sendíniz,  que  era  el  procurador 
del  monasterio,  y  el  diácono  Gutierre  Muñiz,  descen- 
diente de  los  fundadores  y  probablemente  Canónigo  de 
Santiago,  presentaron  nada  menos  que  doscientos  veinte 
testigos,  todos  contestes  en  favor  de  Sobrado.  Con  esto, 
á  Lúcido  no  le  quedó  más  recurso  que  postrarse  de  rodi- 
llas ante  los  jueces,  é  implorar  misericordia.  Y  en  efecto, 
la  obtuvo;  pues  aunque  el  Tribunal  sentenció  en  favor 
de  Sobrado,  benignamente  le  otorgó  durante  su  vida  la 
tercera  parte  de  los  frutos  de  la  aldea  en  cuestión.  Dio- 
se  la  sentencia,  que  firma  San  Pedro  con  título  de  Obispo 
Iriense  de  la  Sede  Apostólica,  el  5  de  Junio  de  1001. 

En  la  última  Escritura  que  nos  queda  referente  á 
San  Pedro,  otorgada  el  8  de  Julio  de  1001,  se  hace 
mención  del  atropello  y  usurpación  que  á  la  muerte  de 
D.  Bermudo  II  intentaron  hacer  varios  hombres  malva- 
dos en  algunos  de  los  bienes  y  haciendas  que  dicho  Mo- 
narca, en  diversas  ocasiones,  había  cedido  á  nuestro 
Obispo,  para  que  con  sus  productos  pudiese  atender  á 
las  necesidades  de  los  monasterios,  de  cuya  administra- 
ción se  hallaba  él  encargado.  En  estas  donaciones,  esta- 
ban incluidas  veinte  familias  de  siervos  que  habitaban 
en  los  lugares  de  Corneda  y  Juvencos,  en  tierra  de  Cas- 
tela  y  cerca  del  Miño.  Fallecido  D.  Bermudo,  algunos 
caballeros  poderosos  trataron  de  enseñorearse  de  dichos 


426 


LIBEO  SEGUNDO 


siervos,  y  de  sujetarlos  á  su  servicio.  De  ello  se  quejó  San 
Pedro  á  la  Reina  viuda  D.a  Elvira,  la  cual  acogió  be- 


i'S:  *'  1 


Fotografía  de  J.  Linda.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol,  35  vuelto,  que  representa  á  D.a  Elvira,  viuda  de  D.  Bermudo  II. 


nignamente  la  reclamación  del  Prelado,   y  por  hacer 
bien  por  su  alma,  y  para  que  su  pequeñuelo  hijo  D.  Al- 


LOS  TEES    PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         427 

fonso  creciese  y  se  desarrollase  sin  ningún  contratiempo 
fut  crescat  in  novissimo  vita  fUii  me  i  regís  domini  Adefonsi), 
ratificó  la  donación  de  su  difunto  marido,  y  el  8  de  Julio 
de  1001,  mandó  extender  el  Diploma,  que  puede  verse 
en  los  Apéndices,  núm.  LXXXIL  Por  este  Documento,  se 
ve  que  D.a  Elvira  profesaba  á  nuestro  Prelado  el  mismo 
afecto  y  consideración  que  su  difunto  esposo  D.  Bermu- 
do.  En  la  inscripción  llama  á  San  Pedro  su  padre  y  Pon- 
tífice (Vóbis  patri  et  pontifici  meo  domino  Petro).  Y  con  ésta 
cesan  en  los  Documentos  las  Memorias  de  D.  Pedro; 
pues  no  podemos  estar  ciertos  de  que  el  Obispo  Pedro, 
que  en  21  de  Diciembre  de  1002  firma  la  donación  he- 
cha á  la  Santa  Iglesia  legionense  por  su  Prelado  Froi- 
lán  II  (1),  sea  nuestro  insigne  Santo. 

Sin  embargo,  esta  mera  indicación  (2),  nos  obliga  á 
retrasar  preventivamente  la  fecha  del  fallecimiento  de 
San  Pedro  hasta  el  año  1003,  en  el  cual,  á  10  de  Setiem- 
bre, se  apagó  aquella  preciosa  existencia  empleada  siem- 
pre en  obras  laudables  y  meritorias,  y  siempre  consagra- 
da á  restaurar  las  ruinas  causadas  por  los  enemigos  de 
la  Religión  y  de  la  patria.  La  Compostelana  condensa  así 
su  elogio:  «Después  de  restaurada  y  consagrada  la  Igle- 
sia del  Apóstol,  murió  en  el  Señor»  (3).  De  los  que  mue- 
ren en  el  Señor,  se  dice  que  son  bienaventurados  y  di- 
chosos. Esto,  aún  en  lo  humano,  era  muy  aplicable  á 
nuestro  San  Pedro.  Después  de  tanto  desastre,  en  medio 
de  un  período  en  que  parecía  que  estaba  para   repetirse 


(1)  Véase  España  Sagrada,  t.  XXXVI,  Apéndice  VII. 

(2)  La  subscripción  citada,  sólo  dice:  Sub  Xpisti  nomine  Petrus  episco- 
pus  confirynat. 

(3)  Post  restaurationem,  consecra ta  equidem  Ecclesia,  Petrus  ídem 
episcopus  obdormivit  in  Domino. 


428  LIBBO   SEGUNDO 


la  pérdida  y  desolación  de  España,  muere  con  la  satis- 
facción de  ver  restaurado  y  enriquecido  el  monasterio 
de  Curtís,  en  donde  yacían  sus  padres;  reconstruida  y 
consagrada  su  Catedral  compostelana;  y  reparadas  tan- 
tas otras  iglesias  y  monasterios.  Considerado  esto,  á  un 
hombre  como  San  Pedro,  la  muerte  no  debía  de  serle 
amarga,  ni  penosa. 

La  Iglesia  ha  sancionado  la  fama  de  santidad  (que 
ya  había  ponderado  la  Compostelana  (1),  con  que  aparece 
rodeado  el  nombre  de  Pedro  de  Mezonzo.  En  el  Marti- 
rologio Romano,  publicado  por  Baronio,  de  orden  de 
Gregorio  XIII,  y  revisado  y  corregido  en  tiempo  de  Ur- 
bano VIII  y  Benedicto  XIV,  al  día  10  de  Septiembre,  se 
lee:  Compostellae  Sancti  Petri  Episcopi,  qxd  multis  virtutibus 
et  miraculis  chruit  (2).  Gralesinio,  en  el  Martirologio  que 


(1)  Petrus  de  Mosontio  divinae  providentiae  gratia  subrogatus...  Hujus 
ergo  sancti tate  et  religione  dominus  Rex  Veremudus...  (España  Sagrada, 
t.  XX,  pág.  14). 

(2)  Baronio,  en  las  Notas,  cita  á  Molano  en  las  Adiciones  á  Usuardo  y 
á  otros.  (Molanus  in  Additionibus  ad  Usuardum  etaliij.  Papebroek  f(Acta 
Sanct.,  al  8  de  Mayo),  y  después  de  él,  Flórez  (España  Sagrada,  t.  XIX,  pá- 
gina 185),  supusieron  que  Baronio  había  incurrido  en  una  equivocación,  de 
la  cual  resultó  confundido  nuestro  San  Pedro,  con  San  Pedro  Arzobispo  de 
Tarentasia.  La  posibilidad  de  esta  equivocación  no  puede  negarse;  pero  el 
argumento  tomado  de  posibilidades  y  suposiciones,  en  buena  crítica,  no  pro- 
cede. Aunque  se  dé  por  real  y  positiva  la  equivocación,  tendrían  que  expli- 
car Flórez  y  Papebroek  como  la  memoria  de  San  Pedro  de  Mezonzo  pudo 
hallarse  en  condiciones  de  exponerse  á  ser  confundida  con  la  de  San  Pedro 
de  Tarentasia;  pues  mientras  no  se  dé  esta  explicación,  no  se  ve  motivo  por 
qué  el  Pedro  de  Tarentasia  hubiese  de  ser  confundido  con  el  de  Mezonzo  y 
no  con  cualquiera  otro  Pedro.  Por  lo  tanto,  á  los  que  opinen,  como  los  dos  ci- 
tados críticos,  bueno  será  recordarles  la  respuesta  ó  más  bien  advertencia 
que  en  20  de  Agosto  de  1870  dio  la  Sagrada  Congregación  de  Ritos  sobre 
esta  materia,  á  saber:  «Mandavit  insuper  (Summus  Pontifex)  ut  admonean- 
tur  omnes  cultores  studiorum  Historiae  ecclesiasticae  et  sacrae  Archeologiae, 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  429 


había  impreso  en  Milán  en  el  año  1577,  ya  había  dicho 
antes:  Compostella,  Sancti  Petri  Episcopi  et  confessoris. 

En  el  Breviario  de  la  Orden  de  San  Benito,  publica- 
do en  Madrid  en  el  año  1626,  aparece  también  el  Oficio 
de  San  Pedro.  Hízose  esta  edición,  según  las  normas  es- 
tablecidas por  el  Papa  Paulo  V.  En  el  Decreto  de  apro- 
bación, expedido  en  Santiago  por  el  General  de  la  Or- 
den, en  4  de  Junio  de  dicho  año,  se  dice  que  en  aquella 
edición  reformada,  no  se  permitió  añadir  nada  nuevo  ó 
que  fuese  recién  hallado.  In  hujus  autem  libetti  editione,  ni- 
hil  novum,  nihil  recens  inventam  addi  permisimus. 


ut  quandocumque  agitur  de  Sanctis  vel  Beatis,  qui,  approbante  Sancta  Sede, 
sunt  in  possessione  publici  cultus  ecclesiastici,  caute  se  gerant,  ac  prae 
oculis  habeant  regulas  hac  de  re  traditas  a  Benedicto  XIV  in  Litteris 
Apostolicis  de  nova  Martyrologii  editione,  núm.  2  et  18;  et  De  Servorum 
Dei  beatificatione  et  canoniza tione,  lib.  IV,  pág.  2,  cap.  XVII,  núm.  9  et  10.» 

Por  lo  demás,  las  fuentes  de  dónde  podían  derivarse  algunas  noticias 
acerca  de  la  Santidad  de  San  Pedro,  no  estaban  tan  exhaustas  en  el  siglo 
XVI,  como  pensaba  el  P.  Flórez.  En  una  compulsa  verificada  en  el  año  1501, 
se  cita  el  Tumbo  de  Antealtar 'es ,  en  dónde  nuestro  Obispo  fué  Abad;  del 
cual  Tumbo  se  decía  que  estaba  escrito  por  rúbricas  y  capitulaciones  de  letra 
colorada.  ¿No  podría  contener  este  Tumbo  alguna  noticia  de  San  Pedro,  que 
comunicada  después  por  cualquier  caso  á  Lovaina  ó  á  Milán,  fuese  utilizada 
por  Molano  ó  Galesinio?  Adviértase,  finalmente,  que  en  el  Breviario  Bene- 
dictino impreso  en  1626,  que  contiene  el  Oficio  de  San  Pedro,  en  el  Decreto 
de  aprobación,  se  hace  saber  que  sólo  se  permitió  la  publicación  de  lo  que 
se  halló  conforme  con  las  antiguas  Memorias. 

En  el  Monasterio  de  San  Pelayo  de  Antealtares,  hay  la  tradición  de  ha- 
llarse allí  sepultado  San  Pedro  de  Mezonzo.  En  un  catálogo  de  Reliquias 
que  se  conserva  en  el  Archivo  de  dicho  convento,  escrito  á  principios  del  si- 
glo XVI,  se  dice  que  en  la  Capilla  mayor  está  un  cuerpo  Santo,  que  ni  es  el 
de  San  Fagildo,  ni  el  de  San  Fernando,  monjes  en  dicha  casa  (seguramente 
que  en  las  Tablas  ó  Calendarios  corapostelanos,  tampoco  hallaría  Flórez  los 
nombres  de  estos  dos  Santos),  pero  que  muy  bien  podría  ser  el  de  San  Pedro 
de  Mezonzo.  (Véase  la  Apología  que  sobre  el  culto  de  San  Pedro,  escribió 
el  Cura  de  Fruíme,  en  el  t.  III  de  sus  obras). 


430  LIBRO  SEGUNDO 


Grandes  fueron  los  méritos  que  Pedro  de  Mezonzo 
contrajo  para  con  la  Iglesia  composte  lana,  para  con  el 
país  gallego  y  para  con  todo  el  reino  de  León;  pero  no 
fueron  menos  especiales  los  que  contrajo  para  con  toda 
la  Cristiandad.  Entre  las  preces  con  que  debemos  acudir 
ante  la  Santísima  Virgen  para  obtener  su  Patrocinio, 
cuenta  el  Papa  Benedicto  XIV  (1)  la  célebre  plegaria, 
(célebre  canticumj  Salve  Regina.  «La  cual  oración,  continúa 
el  Papa,  por  algunos  es  atribuida  á  Pedro,  Arzobispo 
compostelano,  que  vivió  en  el  siglo  X,  según  lo  que  se 
lee  en  los  Anales  Benedictinos  de  Mabillón,  al  año  986, 
pág.  38:  Petrus  Episcopus  compostellanus,  cognomento  de  Moson, 
qai  ante  episcopatum  monasterii  Sancti  Petri  de  ante  Altaría  in 
eadem  Urbe  fCompostellaJ  abbas  extiterat.  Hic  pwum  antiphonam 
de  Bta.  Virgine,  nempe  Salve  Regina,  composuisse  dicitur. 
Lo  mismo  había  enseñado  Durando  en  su  Racional,  li- 
bro IV,  capítulo  XXII  (2).  Otros  creen  que  el  Autor  de 
esta  Antífona,  fué  el  Bto.  Hermanno  Contracto,  Monje 
de  San  Benito.» 

Vese  por  esto,  que  el  Papa  Benedicto  XIV,  deja  ex- 
cluido á  San  Bernardo  del  número  de  los  Autores  á  quie- 


(1)  En  el  tratado  De  las  fiestas  de  Nuestro  Señor  Jesucristo,  de  la  San- 
tísima Virgen  y  de  los  Santos. 

(2)  Las  palabras  de  Durando  son  como  siguen,  según  la  edición  de 
Lyón,  1565:  «Sed  et  Hermanus  Contratus  Theutónicus,  intientor  astrolabii, 
composuit  sequentias  illas:  Rex  omnipotens  et  Sancti  Spiritus,  etc..  et  Ave 
Maria  gratia,  et  Antiphonam,  Almi  Redemptoris  mater,  et,  Simón  Bariona, 
Petrus,  vero,  compostellanus  episcopus  fecit  illam,  Salue  Regina  misericor- 
diae,  vita  dulcedo,  et  spes  nostra,  Salve;  ad  te  clamamus. 

Hemos  preferido  la  lección,  Petrus  vero  Compostellanus  episcopus,  á  la  de 
Petrus  compostellanvs;  porque  la  primera  se  halla  autorizada  por  otras 
ediciones,  y  además,  fué  adoptada  por  algunos  Autores  que  siguieron  á 
Durando,  como  Claudio  de  Rota,  Antonio  de  Mochares,  Mabillón,  etc.. 


LOS  TEES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  431 

nes  pueda  atribuirse  la  Salve;  los  cuales  quedan  reduci- 
dos á  dos,  San  Pedro  de  Mezonzo  y  el  Bto.  Hermann.  Y 
en  tal  caso,  salta  á  la  vista  lo  lógico  y  atinado  de  esta  ob- 
servación del  P.  Flórez,  gran  partidario  de  San  Bernar- 
do en  este  punto:  «Si  ha  de  recurrirse  á  uno  de  los  dos, 
no  podemos  excluir  al  presente  (San  Pedro);  en  vista  de 
que  Autores  extranjeros  imparciales  (y  mucho  más  anti- 
guos, añadiremos  nosotros),  se  la  aplican»  (1). 

Y  en  esto  San  Pedro  no  hizo  sino  dar  nueva  fórmula, 
más  concertada  y  correcta,  á  ideas  y  sentimientos,  que 
con  frecuencia  se  expresaban  en  nuestro  país  en  otras 
más  toscas  y  desaliñadas  frases.  Véase,  por  ejemplo,  esta 
plegaria  que  D.  Bermudo  II  dirigió  á  la  Santísima  Vir- 
gen en  un  Diploma  otorgado  á  la  Santa  Iglesia  de  Lugo, 
el  año  991.  Veremudus  Rex,  tibi,  Domina  mea,  et  Virginum 
Regina,  mater  luminis,  et  genitricem  domini  nostri  Ihsu  Xpisti, 
Sancta  Maria...  O  alma  Deiet  Domini  mater,  adclinis  funditus 
oro,  et  tuam  interventum  imploro,  ut  pro  me  filio  tito,  Regí  eterno 
suffragia  non  desinas  meo  poseeré  delicto,  id  per  te  redimere  me- 
rear,  et  quo  inique  gessi  áblutus  abscedam...  (2).  ¡Cuántas  ve- 
ces, en  medio  de  las  terribles  tribulaciones  que  padeció, 
inflamado  por  estos  mismos  sentimientos  y  afectos,  no 
recurriría  el  que  había  sido  sabio  monje  de  Santa  María 
de  Mezonzo  al  patrocinio  de  la  Santísima  Virgen! 


«43 


(1)  España  Sagrada,  t.  XIX,  pág.  186. 

(2)  Tomo  X  de  pergaminos,  del  Archivo  episcopal  de  Lugo,  núm.  V- 


CAPÍTULO  XXII 


Ligeras  consideraciones  sobre  el  estado  social  y  religioso 
de  la  Diócesis  compostelana  durante  la  primera  mitad  del 
siglo  XI.  -Pontificados  deD.  Pelayo  II  y  D.  Vimara  Díaz. 


ácil  es  concebir  cómo  quedarían 
los  Estados  cristianos,  y  en  par- 
ticular el  de  León,  después  de  vein- 
titantos años  de  una  guerra  de  exterminio.  Desquicia- 
miento y  anarquía  en  el  orden  político:  corrupción  y 
pervertimiento  en  el  moral;  relajación  y  olvido  de  toda 
disciplina  en  el  religioso;  he  aquí,  á  grandes  rasgos,  el 
cuadro  que  ofrecía  nuestro  país  á  la  entrada  del  siglo  XI. 
Cuadrillas  de  aventureros,  ó  más  bien  de  salteadores, 
infestaban  por  todas  partes  el  país,  y  ni  las  mismas  ciu- 
dades, incluso  la  de  Santiago,  se  veían  seguías  de  los 
atentados  de  aquellos  foragidos.  Para  que  pueda  formar- 
Be  alguna  idea  de  las  hazañas  de  tales  bandoleros,  y.  de 


Tomo  II. -28. 


434  LIBRO  SEGUNDO 


hasta  dónde  llegaba  su  osadía,  referiremos  aquí,  tomán- 
dolos de  un  Diploma  que  publicó  Flórez  en  el  tomo  XIX 
de  la  España  Sagrada  (1),  las  atrocidades  cometidas  por 
un  caballero  llamado  Sisnando  Galiáriz,  que,  con  sus 
hermanos,  capitaneaba  una  numerosa  banda  de  saltea- 
dores. El  principal  teatro  de  las  fechorías  de  este  mons- 
truo, en  el  cual  su  rapacidad  sólo  era  comparable  á  su 
crueldad  inaudita,  fué  la  comarca  que  se  extiende  entre 
Santiago  y  el  río  Ulla,  y  que  toda  •  era  del  patrimonio 
de  la  Iglesia  compostelana.  En  las  seis  ó  siete  correrías 
que  llevó  á  cabo  en  aquel  distrito,  hizo  los  daños  siguien- 
tes: se  apoderó  de  la  villa  de  Aocio  (Oza);  destruyó  la 
iglesia  de  San  Félix  (de  Sales),  en  donde  cautivó  á  vein- 
tiún hombres  y  recogió  cincuenta  cabezas,  entre  bueyes 
y  vacas,  y  muchas  otras  de  ganado  menor,  hasta  valor 
de  500  sueldos;  en  la  villa  de  Sares,  de  la  misma 
parroquia,  se  apoderó  de  diez  hombres  y  de  ganado 
hasta  valor  de  390  sueldos;  en  la  villa  de  Rial  cogió  al- 
gunos hombres  inbuciatos  y  ganado  hasta  valor  de  50 
sueldos;  saqueó  el  monasterio  de  Bañar  íz  (San  Miguel  de 
Rarís),  llevándose  consigo  al  presbítero  Aspadio  y  á 
otros  cinco  Monjes,  á  dos  caballos  valuados  en  200  suel- 
dos, treinta  y  un  bueyes  y  vacas,  cien  cabezas  de  gana- 
do menor,  treinta  y  un  cerdos,  una  venape  palha,  un  col- 
chón pallium,  otro  tramisirgo,  una  campana,  un  manto, 
dos  mantas  y  dos  fieltros;  en  la  villa  de  Reyes,  robó  dos- 
cientos bueyes  y  vacas  y  quinientas  cabezas  de  ganado 
menor;  y  de  la  casa  de  Vimara  Visteraci  sacó  seis  hom- 
bres, que  vendió  por  esclavos,  y  un  caballo  apreciado 


(1)     Apéndices,  pág.  394.  Está  inserto  este  Documento  en  el    Tum- 
bo A,  fol.  25. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELATTÁ  485 

en  200  sueldos.  Esto,  por  lo  que  toca  á  la  rapiña;  respec- 
to á  ferocidad  y  barbarie,  lie  aquí  sus  proezas.  Asesinó 
al  presbítero  Oduario,  al  monje  Alvito  y  a  otros  diez 
hombres,  Alfonso,  Hermogio,  Ramiro,  Ecta,  Sisnando, 
Gomarico,  Argemiro,  Alamiro,  Vimara  y  Arraldo;  á 
otros  dos  hombres,  Sisnando  y  Pelayo,  les  cortó  las  ma- 
nos y  la  lengua,  y  los  pies  á  una  mujer  llamada  Toda. 
Habiendo  el  Rey  D.  Bermudo  III  enviado  una  recua  de 
veinticinco  mulos  para  recoger  el  vino  de  su  bodega  de 
Gomariz,  en  el  Rivero,  Sisnando  le  salió  al  camino,  y 
después  de  apalear  á  los  conductores  hasta  dejarlos  por 
muertos,  cortó  las  colas  y  las  orejas  á  todas  las  cabalga- 
duras. Su  osadía  fué  creciendo,  en  fin,  hasta  tal  punto, 
que  más  de  una  vez  intentó  dar  un  asalto  á  la  ciudad 
de  Santiago.  No  era  ya  posible  que  quedase  impune  tan- 
ta enormidad.  D.  Bermudo  III  hizo  sentir  todo  el  peso 
de  su  autoridad  sobre  los  culpables,  y  los  castigó  con 
mano  firme.  Se  ignora  lo  que  haría  el  Rey  de  la  perso- 
na de  tan  insolente  criminal  y  de  sus  cómplices;  de  sus 
bienes  sabemos  que  los  confiscó  todos  ,  y  que  en  el 
año  1032  los  donó  á  la  Iglesia  compostelana,  que  era 
contra  quien  dirigía  principalmente  sus  tiros  el  infame 
Sisnando   (1). 

Mas  estos  hechos,  en  mayor  ó  menor  escala,  se  repe- 


(1)  Los  bienes  confiscados  y  donados  á  Santiago  radicaban  en  V  Mari- 
no (Santo  Tomás  de  Vilariño),  en  Sah  Pelagio  (San  Pelayo  de  Mallos?), 
en  Cerisaria  (Cerdeira,  lugar  de  la  parroquia  de  Vilariño),  en  Vinialcs,  en 
Santa  María  de  Vaanionde,  en  Santa  María  de  Teo,  en  Fraxinario  (Freixei- 
ro,  lugar  de  San  Miguel  de  Rarís),  Villa  Chrisii  (Vilacristi,  lugar  de  San 
Miguel  de  Cora),  San  Vicente,  San  Miguel  de  Barcala,  Frarici  (Fraiz?  lu- 
gar de  San  Cristóbal  de  Merín),  Lucidi  (Santa  Marina  de  Lucí),  Perarias, 
San  Cristóbal  de  Reyes,  San  Pedro  de  Vilanova  y  San  Miguel  de  Sa- 
randón. 


436  LIBBO  SEGUNDO 


tían  con  frecuencia,  y  el  orden  y  la  paz  pública  se  ha- 
llaban siempre  en  continuo  sobresalto. 

Otra  causa  hubo,  que  en  el  orden  religioso  ocasionó 
profundas  perturbaciones.   Desde  mediados  del  siglo  X 
se  habia  apoderado  de  la  sociedad  una  especie  de  conta- 
gio moral  ú  obsesión,  por  la  cual  todos,  sin  excepción, 
habían  de  hacer  vida  regular  y  monástica.   Reuníanse 
una  ó  varias  familias,  elegían  á  un  Sacerdote  de  reco- 
nocida virtud  y  prudencia,  á  quien  daban  el  nombre  de 
Abad;  ponían  á  su  disposición  todos  sus  haberes;  prome- 
tían, por  medio  de  Escritura  que  se  denominaba  pactum 
ó  placitum  regulae,  y  cuya  fórmula  había  dado  San  Fruc- 
tuoso  (1),    someterse    á  él   en  todo;    y  bajo   su   direc- 
ción observaban,  hasta  donde  podían,  la  Regla  monásti- 
ca en  cuanto  á  la  asistencia  á  coro,  y  al  cumplimiento 
de  los  votos  ó  promesas  de  obediencia,  castidad  y  pobre- 
za. Pero  sucedía,  y  con  harta  frecuencia,  que  fallecido 
el  primer  Abad  ó  director,  se  hacía  muy  difícil  hallar 
otro  Sacerdote  hábil  que  le  sucediese;  ó  si  se  hallaba,  ya 
no  podía  imponerse  como  su  predecesor  á  los  alumnos  (2), 
que  si  no  empezaban  á  sentir  cansancio  de  la  Regla, 
pues  la  mayor  parte  la  habían  abrazado  sin  verdadera 
vocación,  se  creían  tan  competentes  y  tan  discretos,  por 
lo  menos,  como  el  recién  elegido.   Comenzaban,  pues,  á 
desfilar,  á  abandonar  el  monasterio,  á   convertirse  en 
tránsfugas  ó  refuganes,  como  se  les  llamaba  entonces,  y 
concluían  por  dedicarse  á  la  vida  de  aventuras.  Lo  peor 
del  caso,  era  que  muchos,  al  salir  del  monasterio,   que- 
rían llevar  consigo  la  parte  de  hacienda  que  tenían  ce- 

(1)  Véase  pág.  261,  nota  2. 

(2)  En  muchos  de  estos  pactos  se  reconocía  al  Abad  el  derecho  de  cas- 
tigar con  azotes  á  los  transgresores  de  la  Regla. 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  437 

dida  ellos  ó  sus  padres  ó  abuelos  al  aceptar  la  Regla;  y 
de  aquí  un  sinnúmero  de  querellas  que  solían  terminar 
por  medios  violentos.  El  resultado,  en  muchos  casos  era, 
que  la  iglesia  quedaba  abandonada  y  desierta;  la  casa 
de  la  Regla  saqueada;  y  la  hacienda  repartida,  según  el 
grado  de  fuerza  que  poseía  cada  usurpador. 

Esto,  necesariamente  produjo,  entre  otros,  dos  males 
gravísimos,  la  ignorancia  en  el  Clero,  y  la  pobreza  y 
ruina  de  las  iglesias.  Las  iglesias  llegaron  á  tan  mísero 
estado,  que  en  algunas  no  quedaron  más  que  las  pare- 
des, como  para  señalar  hasta  dónde  se  extendía  el  recin- 
to sagrado.  Otras,  por  falta  de  recursos,  estaban  cubier- 
tas con  paja,  como  si  fueran  chozas. 

El  Clero,  privado  de  centros  de  educación  y  ense- 
ñanza, cayó  en  la  más  supina  ignorancia,  contrajo  hábi- 
tos completamente  aseglarados,  y  apenas  sabía  más  que 
lo  extrictamente  necesario  para  el  desempeño  de  su  sa- 
grado y  trascendental  ministerio.  En  la  Catedral  de 
Santiago,  donde  en  tiempo  de  los  dos  Sisnandos  hubo 
más  de  treinta  Canónigos,  veíase  reducido  su  número  á 
siete,  según  la  Compostelana  (1),  al  comenzar  el  pontifica- 
do de  D.  Cresconio  (1037).  Y  estos  siete  Canónigos,  al  de- 
cir de  la  Compostelana,  no  guardaban  Regla  alguna,  ni 
en  el  traje,  ni  en  la  tonsura,  ni  en  lo  demás  que  requie- 
re la  vida  canonical  (2).  Aunque  aquí  rebajemos  lo  que 
la  Compostelana  hubo  de  exagerar  por  seguir  la  ley  de 
los  contrastes,  siempre  ha  de  quedar  lo  suficiente  para 
que  pueda  formarse  idea  del  estado  del  Clero  en  la  pri- 

(i)    Lib.  III,  cap.  XXVI,  pág.  543. 

(2)  Soli  tamen  septem  canonici  in  ea  servientes  nullius  ordinis  regu- 
lam,  nec  saltem  habitu  observantes,  nec  etiam  tonsuram  coronae  habenten, 
nec  barbam  deponere  volentes,  rainus  canonice  degebant. 


438  LlBttO  SEGUNDO 


mera  mita,d  del  siglo  XI.  Agregúese  á  todo  esto,  la  me- 
nor edad  de  D.  Alfonso  V,  durante  la  cual  cualquier 
osado  ó  aventurero  creía  hallar  fácilmente  impunidad. 

Estas  eran  las  circunstancias  en  que  entró  á  regir  la 
Diócesis  compostelana  D.  Pelayo  II  Díaz  (1),  en  la  va- 
cante producida  por  la  muerte  de  San  Pedro  de  Mezon- 
zo.  Como  aquella  época  fué  desgraciada  en  todo,  tam- 
bién lo  fué  en  el  número  de  Documentos  que  nos  legó; 
pues  son  tan  escasos,  que  nos  suministran  muy  débil  luz 
acerca  de  los  sucesos  y  de  los  personajes  del  tiempo. 
De  D.  Pelayo,  sólo  sabemos  que  era  hijo  de  un  Diego, 
que  debía  de  ser  persona  muy  principal,  acaso  uno  de 
los  dos  Condes  de  este  nombre,  que  firman  el  Privilegio 
concedido  por  D.  Bermudo  II  en  999  al  monasterio  de 
Carboeiro  (2).  Verosímilmente,  el  hijo  de  D.  Diego  era 
Canónigo  de  Santiago,  y  acaso  el  Pelayo,  diácono,  que 
subscribe  la  Escritura  de  Curtís  del  año  995. 

A  juzgar  por  lo  que  dice  la  Compostelana,  por  muy 
malos  medios  fué  promovido  D.  Pelayo  á  la  Dignidad 
episcopal  (3).  Esto  no  es  inverosímil;  pero  como  ya  he- 
mos sorprendido  á  la  Compostelana  hablando  con  sobrada 
ligereza  en  ocasiones  semejantes,  no  podemos  fiar  mucho 
de  sus  palabras  en  este  caso.  Como  quiera  que  sea,  en 
el  año  1005,  á  13  de  Septiembre,  según  una  Escritura 


(1)  Gil  González  (Teatro  eclesiástico,  t.  I,  pág.  38),  le  llama  D.  Juan 
Díaz.  La  Cronología  de  los  Prelados  compostelanos,  que  aquí  sigue  Gil  Gon- 
zález, está  mucho  más  desconcertada  (y  es  cuanto  puede  decirse),  que  la  que 
trae  Argáiz  en  el  tomo  III  de  La  Soledad  laureada.  (Alcalá,  1G75). 

(2)  Véase  Yepes,  Coron.  gen.  de  San  Benito,  t.  V,  Apéndices,  núm.  VII. 

(3)  Unde  Pelagius  Didaci  temporali  potestate  subnixus,  pastoralis  cu- 
rae  dignitatem  post  eum  (Petrum  de  Mosontio),  usurpavit.  (España  Sagrada, 
t.  XX,  pág.  15). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  439 

del  Tumbo  de  Célanova,  lib.  II,   fol.  106,  ya  estaba  consa- 
grado Obispo  de  Iria  y  Compostela. 

El  hecho  más  culminante  que  se  sabe  de  D.  Pelayo, 
durante  su  pontificado,  es  la  cuestión  que  en  el  año  1007 
sostuvo  con  los  Condes  de  Aveancos,  D.  Diego  González 
y  D.  Ramiro  González,  sobre  el  confín  de  dicho  Conda- 
do con  los  de  Cornado  y  Bembejo,  que  eran  de  la  Iglesia 
compostelana.  Litigio  tratado  entre  tales  personas,  no 
pudo  menos  de  revestir  gran  importancia  y  notoriedad. 
El  día  en  que  se  había  de  fallar  la  cuestión,  reunióse  en 
la  villa  de  Pezobre,  en  el  Condado  de  Aveancos,  un 
gran  concurso  de  jueces  y  de  otras  muchas  personas  más 
ó  menos  interesadas  en  el  pleito.  D.  Pelayo  presentó 
hasta  cuarenta  testigos,  todos  calificados,  como  que  eran 
Abades  y  Sacerdotes,  y  todos  depusieron  que  la  línea 
divisoria  entre  el  Condado  de  Aveancos  y  los  de  Corna- 
do y  Bembejo,  la  formaba  desde  muy  antiguo  — desde  el 
tiempo  de  D.  Ramiro  II —  el  río  Iso.  Los  jueces  no  pidie- 
ron más  pruebas,  y  sentenciaron  en  favor  de  la  Iglesia 
de  Santiago.  D.  Alfonso  V  confirmó  la  sentencia  en  22 
de  Agosto  de  dicho  año,  y  ordenó  á  los  Condes  D.  Diego 
y  D.  Ramiro  que  no  volviesen  á  traspasar  el  Iso,  ni  á 
meterse  en  las  tierras  de  Santiago  (1). 

A  la  vista  de  tan  ruidoso  pleito,  parece  haber  asisti- 
do también  el  Obispo  de  Lugo,  D.  Pelayo.  Al  menos  en 
15  de  Julio  del  referido  año  1007,  se  hallaba  en  Santia- 
go, como  se  ve  por  una  nota  que  puso  por  su  mano  en 
un  Diploma  concedido  por  D.  Ramiro  III  á  Sobrado, 
en  17  de  Septiembre  de  968  (2). 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXXIII. 

(2)  La  nota  dice  así:  cPelagius  episcopus  Dei  gratia  ubi  me  agnoui  in 


44:0  LIBBO  SEGUNDO 


Después  de  este  suceso,  se  eclipsa  de  nuevo  la  memo- 
ria de  D.  Pelayo  Díaz  para  reaparecer  poco  después  ex- 
puesta al  siniestro  resplandor  que  sobre  ella  arrojan 
estas  palabras  de  la  Compostelana:  «Y  por  cuanto  con  la 
obtención  de  la  Dignidad  Prelaticia,  se  llenó  de  orgullo 
y  de  soberbia,  por  juicio  de  Dios  fué  ignominiosamente 
echado  por  los  principes  de  esta  tierra»  (1).  Que  D.  Pe- 
layo  fuese  expulsado  de  su  Sede  por  los  Magnates  galle- 
gos, es  muy  creíble;  pero  que  nuestro  Prelado,  al  menos 
en  sus  costumbres  y  en  su  vida  privada,  hubiese  dado 
lugar  á  ello,  en  esto  es  en  lo  que  la  afirmación  de  la 
Compostelana  puede  ser  recibida  con  recelo  y  desconfianza, 
máxime  si  se  tiene  en  cuenta  que  á  D.  Grudesteo,  que  se- 
gún la  misma  Compostelana  era  un  Prelado  prudente  y 
virtuosísimo,  sesenta  años  después  le  sucedió  aún  peor. 
Empero,  en  D.  Pelayo  Díaz  acaso  sería  un  justo  juicio 
de  Dios. 

Mas  los  Grandes  que  así  persiguieron  á  D.  Pelayo 
Díaz,  no  estorbaron  que  le  sucediese  su  hermano  D.  Vi- 
mara,  lo  cual  no  deja  de  parecer  extraño;  bien  es  verdad 
que,  según  la  Compostelana  (2),  aparentaba  lo  que  no  era; 


ueritate  pro  comitato  de  Parriga  (que  había  cedido  D.  Ramiro  III  á  Sobra- 
do) quod  in  testamento  resonat,  quod  inde  abstulerat  Gutier  Osoriz,  et  fa- 
bulauit  mihi  proinde  Munia  confessa;  et  ego  concedo  illum  ad  partem 
ipsius  monasterii,  die  quod  est  idus  iulii  Era  XLV  post  M  in  loco  beati 
Iacobi  apostoli  manu  propria.  (Tumbo  de  Sobrado,  t.  I,  núm.  CVII). 

(1)  Et  quia  sub  tantae  praelationis  obtentu  vitio  elationis  intumuit, 
divino  interveniente  judicio  a  principibus  terrae  ignominiose  abjectus  fuit. 
(España  Sagrada,  t.  XX.  pág.  15). 

(2)  Cui  (Pelagio)  frater  suus  Vimara  Didaci  succedens,  quoniam  sub 
pretextu  Religionis,  non  Deo,  sed  suae  gloriae  deserviré  studuit...  (España 
Sagrada,  t.  XX,  pág.  15). 


LOS  TRES   PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  441 

su  exterior  era  humilde  y  piadoso;  en  su  interior  sólo  as- 
piraba á  satisfacer  su  propia  ambición. 

Se  ignora  el  año  en  que  cesó  en  el  Episcopado  D.  Pe- 
layo;  si  fué  larga  ó  breve  la  va'cante  que  se  siguió,  y  en 
que  fecha  fué  promovido  D.  Vimara.  Por  el  Privilegio 
que  D.  Alfonso  V  otorgó  á  la  Iglesia  compostelana  en  5 
de  Marzo  de  1011,  se  ve  que  ya  entonces  D.  Vimara  es- 
taba en  posesión  de  esta  Sede.  En  este  Diploma  no  hizo 
más  D.  Alfonso,  que  ratificar  y  consignar  por  escrito  la 
donación  que  D.  Bermudo  II  había  hecho  á  nuestra 
Iglesia  de  una  familia  de  libertos  ó  colonos  en  el  commis- 
so  de  Camota,  á  saber:  Trasmiro,  padre,  y  sus  cuatro 
hijos  Gonzalo,  Vimaredo,  Benedicto  y  Gudegeva.  Como 
la  muerte  había  sorprendido  á  D.  Bermudo  sin  darle 
tiempo  á  extender  la  Escritura  de  donación,  su  hijo  Don 
Alfonso  suplió  la  falta  por  medio  del  referido  Diplo- 
ma (1).  En  este  mismo  año,  á  18  de  Agosto,  firmó  Don 
Vimara,  con  título  de  Obispo  Iriense  y  de  Santiago,  una 
donación  hecha  por  la  abadesa  Fernanda  al  monasterio 
de  Samos.  Y  en  28  de  Septiembre  del  mismo,  aún  asistió 
á  la  consagración  de  la  iglesia  de  San  Juan  Bautista  de 
León,  que  habían  fundado  los  Condes  D.  Munio  Fernán- 
dez y  D.a  Elvira.  Firma  la  Escritura  de  dotación  con 
título  de  Obispo  de  la  Sede  Apostólica  de  Santiago  (2). 

Después  de  esto,  ya  no  se  encuentra  otra  noticia  de 
D.  Vimara  más  que  la  que  trae  la  Compostelana,  á  saber, 
que  al  atravesar  el  Miño,  por  accidente  fortuito,  ó  por 
maldad  de  los  que  lo  acompañaban,  pereció  envuelto  en 
la  corriente  (3). 

(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXXIV. 

(2)  España  Sagrada,  t.  XXXV,  pág  11. 

(3)  Sive  casu,  sive  proditione  in  fluvium  Minei  dimersus  est. 


442  LIBRO  SEGUNDO 


No  debemos  omitir  aquí  el  hacer  mención  del  ilustre 
Arias  ó  Ariano,  el  cual,  en  el  año  1005,  según  nos  ense- 
ña un  Documento  del  Archivo  Episcopal  de  Lugo  (1), 
vendió  á  los  monjes  Grrisomaro,  Egica  y  Euxilano,  la 
villa  de  Argeynundo,  en  Rumian,  que  había  legado  á  San- 
tiago, Gutier  Grudestéiz,  hijo  de  los  Condes  D.  Grudesteo 
y  D.a  Gruistiverga.  En  su  lugar,  donó  Ariano  otra  villa  á 
la  Iglesia  del  Apóstol. 


(1)    Lib.  IV  de  pergaminos,  núm.  LXXIV. 


■H 


CAPITULO  XXIII 


Resumen  de  los  juicios  de  la  Compostelana,  acerca  de  los  Prela- 
dos que  precedieron  á  D.  Diego  Gelmírez.  Pontificado  de 
D.  Vistruario. 


rakde  es  el  desenfado,  descuido  y 
negligencia,  con  que  dejan  correr  la 
pluma  los  Autores  de  la  Compostelana, 
cuando  tratan  de  los  acontecimien- 
tos referentes  á  las  generaciones  que 
les  precedieron  ,  y  no  titubean  en  sentar  las  afirma- 
ciones más  atrevidas,  y  lanzar  al  público  los  juicios  más 
arbitrarios.  En  lugar  de  compulsar  los  antiguos  Do- 
cumentos, que  les  darían  luz  para  apreciar,  desde  su  ver- 
dadero punto  de  vista,  los  sucesos  de  otras  épocas,  hallan 
más  cómodo  el  hablar  de  memoria,  como  vulgarmente 
se  dice,  y  repetir  lo  que  la  voz  pública  pregonaba  acer- 
ca de  los  hechos  y  de  las  personas  con  la  dosis  de  mali- 
cia y  apasionamiento  que  cada  cual  ingería  al  hacerse 


44:4  LIBRO  SEGUNDO 


eco  de  los  rumores  que  á  su  noticia  llegaban.  Tan  censu- 
rable es  esta  incuria  en  la  Compostelana,  que,  respecto  de 
esto,  ni  aún  á  sí  misma  se  tomó  la  molestia  de  com- 
pulsarse, como  se  verá  por  el  ejemplo  siguiente.  En  el  li- 
bro II,  cap.  III,  pág.  357,  dice  que  casi,  á  excepción  de 
Dalmaquio,  todos  los  Obispos  que  precedieron  á  D.  Die- 
go Gelmírez  en  la  Sede  de  Santiago,  no  tuvieron  otra 
ocupación  que  la  milicia  y  las  armas  (1).  Veamos  lo  que 
dice  en  el  cap.  II  del  lib.  I,  de  algunos  de  los  anteceso- 
res de  Gelmírez. 

De  Teodomiro:  Tanto  fidentius  oculos  mentís  ad  caelestis 
patriae  considerationem  erigebat... 

De  Ataúlfo  I:  Divini  vertí  pábulo  gregem  sibi  commissum 
prout  váluit  vigilanti  cura  cibavit. 

De  Ataúlfo  II:  Tanto  internae  visionis  desiderio  succensus 
extitit... 

De  Sisnando  I:  Adeo  in  labore  sanctae  praedicationis 
desudavit,  quod  despedís  saecularium  rerum  negotiis,  supernae 
contemplationi  toto  mensis  affectu  inhiavit. 

De  San  Pedro:  Distrkti  examinis  pavor e  perterritus  coepit 
maculas  suarum  sordium  poenitentiae  lamentis  amarissime  pu- 
niré, et  in  alta  se  Dei  contemplatione  elevare. 

Si  estas  eran  las  armas  y  milicia  en  que,  según  la 
Compostelana,  principalmente  se  ocupaban  muchos  de  los 
predecesores  de  Gelmírez,  hay  que  confesar  que  eran 
milicia  y  armas  espirituales  (2). 


(1)  Qui  prius  fuerant  Episcopi  in  Ecclesia  Bti.  Jacobi,  excepto  fere  Dal- 
machio  bonae  memoriae...  non  ad  adipiscendum  Archiepiscopatum,  nec  ad 
ceteras  Ecclesiae  dignitates  adipiscendas  anhelaverant,  sed  in  armis  et  in 
militia  versabantur. 

(2)  Hay,  sin  embargo,  que  tener  en  cuenta  que,  quien  hablaba  en  el  se- 
gundo libro  dé  la  Compostelajia,  era  el  extranjero  OKraldo  ó  Giraud,  que  de- 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  445 

Respecto  á  la  incuria  y  dejadez  de  los  Prelados  com- 
postelanos,  en  solicitar  la  dignidad  Arzobispal,  ó  la  de 
Sede  exenta,  mal  podían  anhelar  lo  que  de  hecho  ya  te- 
nían durante  el  siglo  X  y  gran  parte  del  XI.  Es  cierto, 
que  carecían  de  título  legal  ó  canónico  según  el  rigor  del 
Derecho;  pero  poseían  uno,  en  aquella  época  de  gran  va- 
lor, cual  era  el  de  Obispos  de  la  Sede  Apostólica.  Por  esto 
vemos  que  Alfonso  III  en  la  Carta  al  Clero  y  pueblo  de 
Tours,  da  á  Sisnando  I  el  título  de  Arzobispo;  que  Ordo- 
ño  III,  llama  á  Sisnando  II  Antistes  totius  orbis;  y  que  el 
abad  Cesario  acude  al  Obispo  compostelano,  para  que  lo 
instituya  nada  menos  que  Metropolitano  de  Tarragona. 
Todo  esto,  principalmente  nacía  del  título  de  Obispo  de 
la  Sede  Apostólica,  que  para  evitar  equívocos,  prohibió  ba- 
jo anatema  el  Papa  San  León  IX  en  el  Concilio  de  Reinas 
de  1049.  Dadas  las  ideas  poco  claras  y  precisas,  que  en- 
tonces había  acerca  de  la  constitución  jerárquica  de  la 
Iglesia,  no  es  de  extrañar  que  se  atribuyesen  á  dicho  tí- 
tulo tanto  valor  y  autoridad.  Los  mismos  adversarios  del 
abad  Cesario  vinieron  á  reconocer,  sin  quererlo,  la  auto- 
ridad del  Prelado  compostelano;  pues  el  argumento  que 
alegaron  para  no  admitir  al  Metropolitano  por  él  insti- 
tuido, fué  que  el  Apóstol  Santiago  no  había  venido  vivo 
á  España;  de  modo  que  si  para  ellos  fuera  cierta,  como 

bía  de  estar  poco  versado  en  la  Historia  de  nuestra  Iglesia  y  de  nuestra 
patria. — De  todos  modos  hizo  mal  Mr.  Friedel  en  su  trabajo  Études  compos- 
tellanes,  publicado  en  la  Revista  Otia  merseiana,  vol.  I,  págs.  75-112,  en  co- 
piar lo  que  dice  la  Compostelana  en  el  cap.  III  del  lib.  II.  Les  premiers 
Évéqués  netaient  pas  precisement  des  modeles  de  bons  pasteurs,  asienta  muy 
formalmente  Mr.  Friedel  en  la  pág.  87  de  su  Estudio.  Pero  mayor  dosis  de 
ligereza  se  necesita  para  poner  entre  los  epígrafes  de  su  trabajo  — Les  ori- 
gines dUm  cuite—  y  para  llamar  á  D.  Diego  Gelmirez,  pág.  107,  Premier 
champión  de  Saint  JacquetsU! 


446  LIBBO   SEGUNDO 


era  para  los  demás,  la  predicación  del  Hijo  del  Zebedeo 
en  nuestra  Península,  ya  ningún  reparo  podían  oponer 
á  la  institución  de  Cesario  en  Compostela  (1).  Mas  no  es 
ésta  la  verdadera  doctrina  canónica.  El  grado  y  exten- 
sión de  la  autoridad  de  un  Prelado  depende,  no  de  que 
un  Apóstol  haya  venido,  ni  vivo,  ni  muerto,  al  país  en 
que  está  enclavada  su  Diócesis,  sino  de  la  potestad  de 
las  Llaves,  que  fué  conferida  exclusivamente  por  Nues- 
tro Señor  Jesucristo  al  Apóstol  San  Pedro. 

Dicho  esto,  para  demostrar  con  cuanta  precaución 
deben  acogerse  las  afirmaciones  de  la  Compostelana.  res- 
pecto de  los  hechos  de  los  Prelados  que  vivieron  antes 
del  siglo  XII,  vengamos  al  sucesor  de  D.  Vimara  Díaz, 
D.  Vistruario  (2).  Se  ignora  el  año  en  que  comenzó  Don 
Vistruario  á  regir  la  Diócesis  compostelana,  así  como 
también  se  ignora  el  año  en  que  feneció  su  predecesor 
D.  Vimara;  pero  en  29  de  Abril  de  1014,  ya  estaba  con- 
sagrado Prelado  de  Compostela,  pues  como  tal  firma  un 
Privilegio  que  D.  Alfonso  V  concedió  al  caballero  leonés, 
Pedro  Fernández  (3). 

En  18  de  Diciembre  del  mismo  año  1016,  firmó  Don 
Vistruario  con  los  abades  Ariano  de  Antealtares  y  Vi- 
Hato  de  San  Martín,  la  donación  que  de  la  mitad  de  la 


(1)  Por  esto  se  ve  que  la  deposición  de  los  cinco  Prelados  adversarios 
de  Cesario,  en  la  cual  hizo  tanto  hincapié  el  P.  Gams,  para  impugnar  la 
venida  y  predicación  de  Santiago  en  España,  fué  interesada,  y  por  esto 
podía  recusarse.  Falta  saber  si  otras  deposiciones  semejantes  padecerían  la 
misma  excepción. 

(2)  La  Compostelana  le  llama  Instruario;  pero  es  errata  de  los  copistas 
por  la  facilidad  que  hay  en  los  manuscritos,  de  confundir  la  sílaba  in  con 
la  ul— Mariana  (Hist.  de  Esp.,  lib.  VIII,  cap.  VIII,  al  fin),  lo  denomina 
ísquaria. 

(3)  España  Sagrada,  t.  XXXV,  pág.  16. 


LOS  TBES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  447 

villa  de  Meilán  hizo  á  la  Santa  Iglesia  de  Lugo  D.a  Teo- 
degonza,  cognomento  Gonzina.  Era  esta  señora  de  la  fami- 
lia de  San  Rosendo,  y  había  estado  casada  con  el  famo- 
so Conde  rebelde,  Suero  Gundemáriz  (1). 

Esto  da  margen  á  suponer  que  por  entonces  se  halla- 
ba D.  Vistruario  en  la  Corte.  Quizás  en  esta  ocasión 
nuestro  Obispo  bautizase  al  Príncipe  D.  Bermudo  III, 
quien  en  un  Diploma  del  año  1028,  le  llama  su  padrino 
(vobis  patrino  meo  ano.  Vistruario  episcopo]. 

Un  año  después,  D.  Alfonso  V  vino  á  Galicia,  y  pro- 
bablemente á  Santiago;  pues  el  18  de  Abril  de  1017,  día 
de  Jueves  Santo,  le  hallamos  en  Sobrado,  como  resulta 
de  la  siguiente  nota  puesta  al  fin  del  Diploma,  núm.  VI, 
del  tomo  I  del  Tumbo  de  dicho  monasterio:  Ingressus  est 
rex  dominus  noster  Adefonsus  princeps  in  cimiterio  Saperaddo 
die  cena  Domini1  qiwd  fuit  X11II  Kalendas  maii;  et  confírmauit 
Jume  textum  scripture  manu  sua  propria  Era  L1V  post  mille- 
sima  (2).  Fulgentius  presbyter  scripsit  per  iussionem  regis* 
Luego  veremos  la  causa  que  debió  motivar  en  este  año 
la  venida  de  D.  Alfonso  á  Galicia. 

De  esta  venida  del  Rey  D.  Alfonso  no  se  conserva 
memoria  alguna  en  Santiago;  pero  hay  un  Diploma  de 
su  madre  D.a  Elvira,  por  el  cual  esta  señora  dona  á  la 
Iglesia  del  Apóstol  varias  villas  y  posesiones  que  detalla 
largamente  en  la  Escritura  (3).  Dona,  en  primer  lugar, 
fuera  de  Galicia,  la  villa  de  Genestario,  la  cual  había  si- 


(1)  Libro  III  de  pergaminos  del  Archivo  episcopal  de  Lugo,  núme- 
ro CLIV. 

(2)  Debe  leerse:  Era  LV post  mülesimam,  año  1017;  porque  en  éste, 
efectivamente,  cayó  la  Pascua  en  21  de  Abril,  y  por  consiguiente,  el  Jue- 
ves Santo  en  el  18.  En  el  año  1016  cayó  la  Pascua  en  1  de  Abril. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXXV. 


448  LIBBO  SEGUNDO 


do  de  Gonzalo  Bermúdez,  que  se  había  alzado  con  el 
castillo  de  Luna  contra  D.  Bermudo  II  (1).  Confirma 
también  la  donación  que  de  la  villa  de  Valonga,  á  orillas 
del  Neira,  había  hecho  al  Templo  Apostólico,  Sandino 
Baroncelliz  por  su  alma  y  la  de  su  hermano  el  Obispo 
Sisnando,  que  debe  ser  el  que  ocupó  la  Sede  legionense 
desde  el  año  973  á  981.  Concede,  además,  D.a  Elvira  va- 
rias villas  y  haciendas  en  Aveancos  y  en  Montes,  las 
cuales  había  comprado  por  mil  sueldos  en  mulos,  muías, 
caballos  y  preciosos  paños  (obtimos  pannos  miriffce  pre- 
ciosos). 

Hay  una  circunstancia  especial  en  este  Diploma  que 
denota  lo  íntimamente  ligado  que  estaba  á  la  Catedral, 
el  monasterio  de  Antealtares.  Otorga  D.a  Elvira  á  este 
monasterio  y  á  sus  Monjes,  y  al  Obispo  D.  Vistruario,  la 
villa  de  Lama,  cerca  de  la  de  Genestario  y  la  de  Andríati 
en  el  teritorio  de  Castela.  Concede,  por  último,  á  la  Igle- 
sia del  Apóstol  un  cortijo  en  León  con  sus  molinos,  pes- 
queras, etc.  Otorgóse  el  Diploma  en  18  de  Agosto  del 
año  1017. 

No  parece,  que  las  grandes  iniciativas  y  las  enérgi- 
cas resoluciones  hayan  sobresalido  en  el  carácter  de  Don 
Vistruario,  por  lo  cual  por  este  lado  no  debió  de  hallar 
grandes  obstáculos  en  el  ejercicio  de  su  ministerio.  Sus- 
citáronselos,  empero,  los  Condes  ó  administradores  regios 
de  los  commissos  colindantes  con  los  de  la  Iglesia  de  San- 
tiago, los  cuales  Condes,  cuando  no  se  ingerían  arbitra- 
riamente en  el  Gobierno  de  éstos,  estaban  de  continuo 


(1)  D.a  Elvira  había  traído  este  castillo  al  matrimonio.  Cum  nostro 
castello  nomine  Lima  et  cum  nostro  ganato,  quod  in  nostro  casamento  duxe- 
ramus, 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  449 

moviendo  querella  á  los  Prelados  compostelanos  por 
cuestión  de  confines,  ó  de  atribuciones  ó  de  derechos  en 
los  respectivos  distritos.  Para  quitar  todo  lugar  á  duda  y 
á  contienda,  quiso  D.  Alfonso  V  que  la  Iglesia  exhibiese 
todos  los  títulos  por  los  cuales  poseía  sus  tierras  y  commis- 
sos. Así  se  hizo  en  una  gran  Junta,  que  se  celebró  en  la 
iglesia  monasterial  de  Antealtares,  en  presencia  del  mis- 
mo Monarca,  el  30  de  Marzo  del  año  1019.  En  dicha  Jun- 
ta, según  lo  que  había  ordenado  D.  Alfonso,  cinco  de  los 
Canónigos  más  antiguos,  á  saber,  el  abad  Alfonso  Eriz, 
que  sería  el  Prior  de  la  Canónica,  los  abades  Alvito  y 
Gonzalo  y  los  monjes  Arias  y  Fateredo  ante  los  comisio- 
nados regios  Alvaro  Ordóñez,  amo  del  Rey  y  Cid  Donne- 
liz,  Merino  mayor  de  Galicia  (1),  presentáronlas  conce- 
siones originales  de  los  Monarcas  predecesores,  y  presta- 
ron declaración  jurada  de  cuáles  eran  los  commissos  6 
mandationes,  las  tierras  y  los  castillos  que  pertenecían  á 
la  Iglesia  de  Santiago.  Exhibieron  el  Diploma  de  D.  Al- 
fonso II,  sobre  las  tres  millas;  el  de  D.  Ordoño  I,  aumen- 
tando las  millas  hasta  seis;  los  de  D.  Alfonso  III  y  Don 
Ordoño  II,  duplicando  las  seis  millas  y  los  demás  Privi- 
legios en  que  se  contenían  donaciones  de  commissos  y 
villas;  y  juraron,  además,  que,  no  siendo  en  tiempo  de 
guerra,  todo  lo  que  se  contenía  en  estos  Diplomas,  siem- 
pre había  sido  observado  y  guardado.  En  vista  de  todo 
esto,  declaró  el  Rey  que  dichos  Diplomas  permaneciesen 
firmes  é  inviolables  en  favor  de  la  Iglesia.  «Por  lo  que 
>toca  alas  villas  y  heredades,  añadió,  que  fueron  pobla- 


(1)     Este  es  el  más  antiguo  Documento  en  que  se  encuentra  mención  de 
el  cargo  y  dignidad  de  Merino  mayor  de  Galicia.   Sin  embargo,  su  institu- 
ción acaso  date,  por  lo  menos,  del  tiempo  de  D.  Berinudo  11. 
Tomo  II.— 29. 


450  LIBRO  SEGUNDO 


» das  después  de  los  mencionados  Diplomas  en  la  tierra 
»de  Santiago,  ordenamos,  que  todo  aquel  que  hubiese 
» comprado  heredades  ingenuas  ó  hubiese  poblado  villas 
» en  dicha  tierra,  si  quisiere  irá  residir  en  otra  parte? 
»deje  íntegros,  á  la  Catedral  y  á  su  Obispo  las  casas  y  los 
» huertos;  pero  de  la  ti'erra  de  foris  (ó  sea,  de  lo  que  que- 
»dare  restando  el  huerto  y  la  casa),  lleve  la  mitad,  y  ade- 
finas los  frutos  que  le  correspondan  de  la  otra  mitad,  á 
»no  ser  que  quiera  ser  reintegrado  del  costo  de  la  finca. 
»Si  de  la  finca  se  posesionó  sin  precio  alguno,  entonces 
» quede  íntegra  á  la  Catedral.  Si  alguno  adquiriere  algo 
»en  el  iglesiario  ó  diextros  de  alguna  iglesia,  piérdalo 
»sin  ningún  género  de  excusa.» 

Otros  dos  puntos  se  resolvieron  en  la  Junta,  que  da- 
ban margen  á  innumerables  cuestiones  y  reclamaciones, 
que  á  veces  degeneraban  en  sangrientos  conflictos.  El 
uno  se  refería  á  la  facultad  que  pretendían  los  sayones 
ó  alguaciles  del  Rey  para  penetrar  en  las  tierras  de 
Santiago  en  causas  de  crimen  ú  otras  análogas;  el  otro 
versaba  sobre  quién  era  el  señor  jurisdiccional  de  aque- 
llos que  pasaban  de  otros  commissos  á  residir  en  los  de 
la  Iglesia  compostelana.  Acerca  del  primer  punto,  ha- 
bían declarado  los  testigos  presentados  por  la  Iglesia: 
«que  todo  lo  que  se  había  acostumbrado  á  satisfacer  á 
»los  Reyes  en  causas  de  robos,  parricidios,  homicidios  ó 
» tránsfugas,  se  pagó  íntegramente  á  la  Iglesia  del  Após- 
tol por  mano  del  sayón  del  Prelado,  menos  cuando  no 
»pudiendo  éste  obligar  á  hombres  soberbios,  orgullosos  y 
» levantiscos  á  que  le  respetasen  sus  prerrogativas,  se 
» quejaba  al  Rey,  y  hacía  venir  los  sayones  regios  para 
» recobrar  sus  derechos.  Nunca  entraron,  pues,  en  tierra 
»de  Santiago  los  sayones  del  Rey,  sin  ser  expresamente 


LOS  TBES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  451 

>  llamados  por  el  Obispo,  no  siendo  para  proceder  contra 
^  nobles  ó  infanzones.  Y  si  alguna  vez  entraron,  llama- 
dos por  alguien,  pero  sin  mandato  del  Prelado,  al  pun- 
>to,  tan  pronto  como  se  supo,  fueron  expulsados.» 

Respecto  del  segundo  punto,  depusieron  los  declaran- 
tes «que  cuando  venían  hombres  de  otros  condados  a  mo- 
»rar  en  tierra  de  Santiago,  las  heredades  que  poseyeran, 
»las  dejaban  al  Condado  de  donde  habían  salido;  pero 
»que  ellos  quedaban  sujetos  al  Señorío  de  la  Iglesia  del 
» Apóstol,  ó  de  su  administrador,  á  no  ser  que  fuesen 
» siervos  ó  libertos  del  Rey,  si  es  que  el  Rey,  ó  los  Con- 
>des,  ó  sus  propios  dueños,  no  los  habían  otorgado  por 
» Escritura  á  la  misma  Iglesia»  (1). 

Nada  innovó  D.  Alfonso  respecto  de  estos  puntos,  y 
quiso  que  todo  continuase  observándose,  como  hasta  en- 
tonces se  había  guardado.  Enumera,  además,  las  igle- 
sias dieccsáles,  ó  que  no  estaban  sujetas  á  ningún  domi- 
nio, existentes  en  la  comarca  de  Saines,  la  cual,  como 
hemos  dicho,  había  sido  cedida  por  D.  Sisnando  II  á  los 
caballeros  habitantes  en  la  misma,  para  interesarlos  en 
la  defensa  del  país  contra  las  piraterías  de  los  norman- 
dos. Menciona  también  algunos  de  los  territorios  que  se 
comprendían  en  la  Diócesis  compostelana,  especialmen- 
te aquellos  que  podían  dar  margen  á  algún  litigio, 
como  los  de  Pruzos,  Besoucos,  Trasancos,  Labacengos  y 
Nendos. 

En  la  parroquia  de  San  Esteban  de  Piadela,  cerca 
de  Betanzos,  se  crió  una  gran  Reina,  la  Reina  D.a  San- 
cha, esposa  de  D.  Fernando  I.  Lacróla  D.a  Fronosilde, 


(l)     Véanse  Apéndices,  núm.  LXXX VI.— Véanse  Fueros  Municipales 
de  Santiago  y  de  su  tierra,  tomo  I,  pág.  131  y  siguientes. 


452 


LIBEO  SEGUNDO 


por  otro  nombre  Siti,  la  cual  era  de  una  distinguida  fa- 


Fotografía  i/e. 7.  Linda.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  20  vuelto,  qne  representa  á  D.  Alfonso  V. 

milia  gallega;  pues  sus  ascendientes  habían  fundado  el 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  453 

monasterio  cuyo  título  lleva  hoy  la  citada  parroquia,  y 
ella  misma,  con  su  hermano  Vimara  Grundemáriz,  lo 
restauró  y  puso  en  mejor  estado.  En  30  de  Diciembre 
de  1020,  el  Rey  D.  Alfonso  V,  por  hacer  bien  á  dicha 
casa,  y  en  atención  á  los  servicios  prestados  por  Frono- 
silde,  acotó  los  diextros  del  monasterio,  y  le  otorgó  el 
señorío  y  jurisdicción  sobre  todos  los  que  morasen  den- 
tro de  aquel  término.  Quiso  D.  Alfonso,  que  á  la  muerte 
de  los  dos  hermanos  pasase  el  monasterio,  con  todas  sus 
pertenencias,  al  dominio  de  la  Iglesia  de  Santiago;  por- 
que ésta  era  tal  vez  la  voluntad  de  Vimara  y  Fronosil- 
de.  Vimara,  no  obstante,  por  la  confirmación  de  este 
Privilegio,  recibió  del  Rey  un  caballo  apreciado  en  200 
sueldos,  un  gavilán,  un  alano  y  otros  dos  perros  (1). 

Otro  Privilegio  subscribió  D.  Vistruario  en  8  de 
Agosto  de  1022;  por  el  cual  Privilegio  permutó  D.  Al- 
fonso V  con  el  caballero  Gudesteo  Suárez,  nieto  del 
Conde  D.  Rodrigo  Velázquez,  y  sobrino  del  Obispo  com- 
postelano  D.  Pelayo  Rodríguez,  la  villa  de  Santa  Eula- 
lia en  tierra  de  Deza,  que  había  sido  del  traidor  Galin- 
do  (2),  y  la  de  Sampiro,  cerca  de  Monterroso,  por  la  de 
Minioto  (S). 

De  esto  que  llevamos  hasta  aquí  referido,  se  colige 
que  el  Rey  D.  Alfonso,  á  pesar  de  sus  juveniles  años, 
poseía  el  tacto  y  energía  suficientes  para  encauzar  las 
desbordadas  corrientes,  qué  hasta  entonces  habían  aso- 
lado la  nación.  Empero,  una  nueva  tempestad  se  desen- 


(1)  Véanse  Apéndices,  niím.  LXXXVII. 

(2)  Galindo  se  había  rebelado  en  el   castro   de  Trava  contra   D.  Ber- 
mudo  II. 

(3)  Tumbo  A,  de  la  Catedral  de  Santiago,  fol.  23, 


454  LIBRO  SEGUNDO 


cadenó  sobre  Galicia,  que  amagaba  no  menores  infortu- 
nios y  desastres  que  los  pasados.  En  el  año  1016  arribó 
á  nuestras  costas  una  numerosa  escuadra  normanda,  y 
penetró  por  el  Miño  hasta  llegar  á  Tuy,  en  donde,  ha- 
ciendo un  desembarco,  de  tal  modo  sorprendieron  á  los 
habitantes,  que  después  de  destruir  ó  incendiar  la  ciudad, 
se  llevaron  cautivos  al  Obispo  y  á  su  Clero,  y  á  otros 
muchos  moradores.  Continuaron  después,  por  bastante 
tiempo,  sus  correrías  del  otro  lado  del  Miño,  asediando 
castillos,  haciendo  mercado  con  los  cautivos,  ó  degollán- 
dolos y  torturándolos,  según  mejor  les  convenía.  En  esto 
se  presentó  D.  Alfonso,  á  quien  ya  en  18  de  Abril  de  di- 
cho año  1017,  hemos  visto  en  Sobrado,  y  después  de  va- 
rios victoriosos  encuentros,  los  obligó  á  reembarcarse  (1). 
Mas  las  costas  de  Galicia  estaban  mal  custodiadas,  ni 


(1)  Multas  quidem  ipsorum  inimicorum  cervices  fregimus,  dice  D.  Al- 
fonso V  en  el  Diploma  otorgado  á  Santiago  en  1024  (España  Sagrada, 
tomo  XIX,  pág.  391),  et  eos  de  riostra  térra  ejecimus. 

Pretendiendo  Dozy  en  sus  Recherches  (tomo  II,  pág.  300  y  siguientes), 
hacer  un  cuadro,  no  histórico  sino  artístico  de  las  aventuras  de  San  Olao, 
para  recargar  con  más  intensas  sombras  su  obra,  pretendió  atribuir  al  céle- 
bre Rey  de  Noruega  la  destrucción  de  Tuy  y  el  cautiverio  de  su  Clero  y  de 
su  Obispo.  Después  de  describir  las  hazañas  de  las  huestes  del  Rey  norue- 
go, y  entre  ellas  el  martirio  de  San  Elfego,  Arzobispo  de  Cantorbery,  con- 
cluye: «La  Iglesia  con  imparcial  equidad  tiene  por  santos,  así  á  Elfego,  como 
á  Olao  Haraldson,  uno  de  sus  verdugos.»  Aquí  Dozy  con  volteriana  impar- 
cialidad calla  el  arrepentimiento  de  San  Olao  y  los  actos  de  reparación  que 
llevó  á  cabo.  Y  para  hacer  más  admisible  la  suposición  de  que  San  Olao 
había  sido  el  jefe  de  los  incendiarios  de  Tuy,  con  libertad  más  artística  que 
crítica,  corrige  la  fecha  en  que  el  Cronicón  Lusitano  colocó  estos  sucesos,  y 
la  anticipa  en  dos  años;  y  no  satisfecho  con  esto,  apoyándose  en  la  autoridad 
de  Risco,  que  en  este  punto  sin  bastante  fundamento  se  aparta  del  común 
sentir  de  nuestros  Historiadores,  hace  á  D.  Alfonso  V  tres  años  más  viejo 
de  lo  que  era  en  realidad, 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  455 

era  fácil  guardarlas  con  los  medios  de  que  se  disponía 
entonces;  así  es  que  I03  normandos  repetían  casi  todos 
los  años  sus  excursiones,  y  si  la  ocasión  les  era  propicia, 
se  distribuían  en  bandas  para  recorrer  y  saquear  el  país. 
Uno  de  los  puntos  más  amenazados,  eran  las  brillas  del 
Miño,  en  donde,  sin  duda,  se  proponían  tomar  desquite 
de  los  descalabros  del  año  1017.  Con  esto  se  hizo  impo- 
sible repoblar  por  entonces  la  ciudad  de  Tuy,  y  menos 
restaurar  la  Sede.  Mas  como  aquella  importante  comar- 
ca no  podía  permanecer  mucho  tiempo  sin  Pastor  que 
la  rigiese  y  administrase  espiritualmente,  D.  Alfonso  V 
convocó  el  año  1024  un  Concilio,  en  que  se  tratase  este 
punto,  y  se  acordase  lo  que  se  creyese  procedente,  aun- 
que fuera  con  carácter  de  interinidad.  Reunióse  el  Síno- 
do el  29  de  Octubre  del  referido  año,  á  lo  que  parece,  en 
Santiago,  y  á  él  asistieron  los  Obispos  Jimeno  de  Astor- 
ga,  Ñuño  de  León,  Vistruario  de  Compostela,  Iñigo,  cu- 
ya Sede  ignoramos,  Adeganis  de  Oviedo,  y  Pedro  de 
Lugo,  y  varios  Condes  y  Magnates  de  la  Corte.  Lo  que 
se  acordó  respecto  de  la  Sede  de  Tuy,  fué  unirla  á  la  de 
Santiago,  é  incorporar  con  la  compostelana  la  antigua 
Diócesis  tudense  (1).  Al  ratificar  D.  Alfonso  el  acuerdo 
del  Concilio,  donó  á  Santiago  el  Señorío  de  lo  que  que- 


(1)  Transactoque  multo  tempore  ciim  Pontificibus,  Comitibus  atque 
ómnibus  Magnatis  Palatii,  quorum  facta  est  turba  non  módica,  tractavimus 
ut  ordinaremus  per  unasquasque  Sedes  Episcopos,  sicut  canónica  sententia 
docet.  Cum  autem  vidimus  ipsam  Sedem  (Tudensem)  dirutam,  sordibusque 
contaminatam  et  ab  Episcopali  ordine  ejectam,  necessarium  duximus  et 
bene  providimus,  ut  esset  conj uñeta  Apostolicae  Aulae,  cuius  erat  provin- 
cia; et  sicut  providimus,  ita  concedimus...  parti  sci.  Apostoli  ut  ibi  maneat 
per  saecula  cuneta.  (Diploma  de  D.  Alfonso  V  entre  los  Apéndices  del 
tomo  XIX  de  la  España  Sagrada). 


456  LIBEO  SEGUNDO 


daba  de  la  antigua  ciudad  de  Tuy  con  la  iglesia  de  San 
Bartolomé,  que  quedó  en  pie  entre  sus  ruinas. 

No  se  detuvo  aquí  la  liberalidad  del  piadoso  Monar- 
ca para  con  la  Iglesia  del  Patrón  de  España,  sino  que 
añadió  nuevas  larguezas,  además  de  la  de  la  Diócesis 
tudense.  Dio  la  iglesia  de  San  Pedro  de  Benevivere  (Bem- 
bribe,  cerca  de  Vigo);  la  de  Santiago  de  Pórtelas,  del 
otro  lado  del  Miño;  la  de  San  Salvador  de  Rial,  en  el 
territorio  de  Célticos,  á  orillas  del  Tambre  (1);  la  de 
San  Julián  de  Negreira  con  sus  iglesias,  sus  colonos  y 
todas  sus  demás  pertenencias;  y  en  el  suburbio  lucense, 
la  de  San  Vicente  de  Spate.  Añadió,  finalmente,  otra 
muy  importante  donación,  la  de  la  isla  de  Oneste  (2),  en 
las  márgenes  del  Ulla,  en  la  cual  el  mismo  D.  Alfonso  V 
había  hecho  construir  una  ciudadela  para  cerrar  el  paso 


(1)  En  el  Diploma  publicado  por  Flórez  se  lee  in  ripa  maris,  en  lugar 
de  in  ripa  Tamaris. 

(2)  Esta  isla  es  la  del  famoso  castillo  de  Oeste  cerca  de  Catoira.  El 
P.  Flórez  (España  Sagrada,  tomo  XIX,  pág.  192),  cree  que  en  lugar  de 
Oneste  debe  leerse  Aunios  (Ons),  porque  asentando  D.  Alonso  V  que  la  isla 
de  Oneste  era  una  de  las  donadas  por  D.  Alfonso  III  á  Santiago,  y  no  apa- 
reciendo el  nombre  de  Oneste,  más  si  el  de  Aones  entre  las  dadas  por  este 
último  Monarca,  era  dado  inferir  que  el  poner  Oneste  en  lugar  de  Aones 
había  sido  una  errata  del  amanuense.  Añade  el  P.  Flórez  (pág.  196),  que  el 
sitio  de  Oeste  se  reduce  á  unas  peñas  sobre  las  que  levantaron  los  romanos 
las  torres  de  Augusto,  y  que  por  consiguiente  no  ofrecían  comodidad  para 
la  ciudad  mirae  magmtudinis,  de  que  habla  D.  Alfonso  V.  Mas  la  ciudad  ó 
ciudadela  no  se  redujo  á  las  peñas  mencionadas  por  Flórez,  sino  que  se  ex- 
tendían por  bastante  espacio  á  lo  largo  del  río  en  la  margen  izquierda.  Aún 
hoy  día  pueden  verse  los  restos  del  antiguo  recinto  murado.  Además,  ha- 
biendo sido  construida  esta  ciudadela  para  proteger  á  Santiago,  ad  defen- 
dendam  ipsius  Apostoli  patriam,  para  este  objeto,  en  la  isla  de  Ons  resultaría 
completamente  inútil. 


LOS  TEES  PBIMESOS  SIGLOS  DE  LA  I.  CÓMPOSTELANA  457 

á  las  naves  normandas  que  se  enfilaban  por  dicho  río,  y 
eran  una  constante  amenaza  para  la  ciudad  de  San- 
tiago. 

Entre  las  distracciones  que  padeció  el  P.  Flórez  al 
tratar  del  Obispo  D.  Vistruario,  debemos  notar  la  en 
que  contradice  á  la  Infanta  D.a  Elvira,  la  cual,  en  un 
Privilegio  concedido  á  la  Catedral  de  Lugo  en  1071,  ha- 
bía afirmado,  que  la  Iglesia  de  Tuy  quedara  sujeta  á  la 
de  Santiago  después  de  la  irrupción  de  los  ismaelitas.  El 
Padre  Flórez  sienta  que  esta  sujeción  sólo  tuvo  lugar 
después  de  la  invasión  de  los  normandos;  pero  en  cierto 
modo  aconteció  mucho  antes,  desde  que  los  Prelados 
tudenses,  para  evitar  las  furiosas  acometidas  de  los  ára- 
bes, se  vieron  precisados  á  buscar  refugio  y  asilo  en  la 
Diócesis  compostelana. 

No  nos  detendremos  en  citar  los  Privilegios  que  por 
estos  años  subscribió  D.  Vistruario,  sin  olvidar  nunca  el 
título  de  Obispo  de  la  Sede  Apostólica;  pues  de  ello  sólo 
se  sacaría,  para  nuestro  objeto,  la  mera  mención  del 
Prelado.  Del  año  1028,  hay  una  importante  donación 
hecha  á  la  Iglesia  de  Santiago  por  la  piadosa  Infanta 
D.a  Teresa,  hija  de  los  Reyes  D.  Bermudo  II  y  D.a  Elvi- 
ra. Dona  la  virtuosa  Infanta  al  Obispo  D.  Vistruario  y 
á  todo  su  Cabildo  (Patri  et  pontifici  domini  Vistruarii  et  om- 
ni  Congregationi  apostolici  Loci),  un  cortijo  dentro  de  los 
muros  de  la  ciudad  de  León,  con  la  iglesia  de  San  Millán 
en  él  edificada,  el  cual  cortijo  se  hallaba  al  Norte  de  la 
ciudad,  cerca  de  la  puerta  llamada  del  Conde,  y  no  le- 
jos del  monasterio  de  San  Pelayo,  en  donde  D.a  Teresa 
había  hecho  profesión  religiosa.  El  Obispo  y  Cabildo 
ofrecieron  como  obsequio  á  la  Infanta,  una  magnífica 
cortina  (dlaiara  valde  mirifica),   que  se    guardaba   en  el 


458 


LIBEO  SEGUNDO 


Fotografía  de  José  Lintia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Timbo  A,  fol.  38,  que  representa  á  la  Infanta  D,A  Teresa, 


LOS  TBES  PE1MEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  CO&tPOSÍELAtf  A  459 

Tesoro  de  la  Iglesia,  y  que  fuera  donada  por  la  madre 
de  D.a  Teresa  (1). 

Mas  en  este  mismo  año  1028,  á  4  de  Julio,  ocurrió 
un  lamentable  suceso  que  llenó  de  luto  á  todo  el  reino, 
y  que  dio  ocasión  á  grandes  disturbios  y  á  muy  trascen- 
dentales cambios  en  las  relaciones  políticas  entre  los  di- 
versos Estados  cristianos  de  nuestra  Península.  En  dicho 
día  (2),  D.  Alfonso  Y,  que  estaba  sitiando  á  Viseo,  pe- 
reció víctima  de  su  confianza  y  de  su  arrojo,  atravesado 
por  una  saeta.  Al  punto  fué  proclamado  su  hijo  D.  Ber- 
mudo  III,  el  cual  en  15  de  Noviembre  del  referido 
año  1028,  por  el  alma  de  sus  padres,  otorgó  á  la  Iglesia 
de  Santiago  la  villa  de  Cordeiro,  en  el  territorio  de  Sai- 
nes, que  había  sido  de  sus  abuelos  maternos,  los  Condes 
gallegos  D.  Menendo  González  y  D.a  Toda.  Dio  también 
la  villa  de  Auna,  á  orillas  del  Tambre  en  Postmarcos, 
que  sus  abuelos  paternos,  D.  Bermudo  II  y  D.a  Elvira, 
habían  adquirido  de  Arias  Alfonso.  Al  mismo  tiempo, 
donó  D.  Bermudo  III  al  monasterio  de  Antealtares  y  al 
Obispo  D.  Vistruario,  á  quien  llama  su  padrino  (monaste- 
rio Sci.  Petri  apostoli  quod  fundatum  est  prope  aulam  Sci.  la- 
cobi,  et  vóbis  patrino  meo  domino  Vistruario  episcopoj,  las  villas 
de  Maurlini  y  Bermiri  (3).  En  el  mismo  año,  y  á  30  de 
Diciembre,  D.  Bermudo  III,  además  de  confirmar  la  do- 
nación de  Cordeiro,  otorgó  á  Santiago  la  tierra  de   Car- 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  LXXXVIII. 

(2)  El  año  y  día  en  que  falleció  D.  Alfonso,  sobre  los  cuales  no  esta- 
ban acordes  nuestros  Historiadores,  nos  los  dá  fijamente  el  Salterio  de  Don 
Fernando  I.  En  su  Cronicón  se  lee:  Adefonsus  rex  oviit  IIII  feria  mensis 
iulio,  era  TLXVI. — Véanse  Apéndices,  núm.  XCII. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XC. 


460 


LIBEO  SEGUNDO 


nota,  según  confinaba  con  la  de  Célticos,  con  los  dos  cas- 


Fotografía  de  J.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  21,  que  representa  a  D.  Bermudo  III. 


tillos  de  San  Jorge  y  Cañedo,  que  se  habían  edificado 


LOS  TEES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  461 

para  su  defensa  (1).  Dónala  D.   Bermudo  para  sustento 
de  los  Clérigos  que  sirven  en  la  Iglesia  Apostólica,  para 


Fotografía  de ./.  Limia.  Fotograbado  eU  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  37  vuelto,  que  representa  á  D.a  Urraca,  viuda  de  f).  Alfonso  V. 

socorro  de  los   pobres  y  hospedaje  de   los  peregrinos  y 


(1)     Estos  dos  castillos  estaban,  al  parecer,  en  la  parroquia  de  San  Ma- 


462  LIBEO   SEGUNDO 


extranjeros.  Termina  D.  Bermudo  encomendándose  á 
las  oraciones  de  D.  Vistruario  y  de  todo  el  Cabildo,  y 
rogándoles  que  el  día  de  la  fiesta  de  Santiago,  distribu- 
yan pan  y  vino  á  los  pobres  (1). 

Ya  antes  que  el  joven  Monarca  D.  Bermudo  protes- 
tase en  la  forma  que  hemos  visto,  de  su  amor  y  devoción 
á  la  Iglesia  de  Santiago,  la  Reina  viuda  D.a  Urraca,  con 
su  madre  D.a  Jimena,  había  ofrecido  en  26  de  Septiem- 
bre al  Santo  Apóstol  su  villa  de  Letiftcus  (Lédigos),  en 
el  territorio  Coza,  entre  los  ríos  Carrión  y  Aratoi,  con  to- 
dos sus  edificios,  viñas,  pomares,  prados  y  demás  perte- 
nencias (2).  Aún  no  transcurridos  dos  años,  otras  dos 
Princesas,  D.a  Sancha  y  D.a  Teresa,  hijas  de  D.  Bermu- 
do II  y  D.a  Elvira,  á  27  de  Enero  de  1030,  concedieron 
á  Santiago,  en  tierra  de  Camota  y  cerca  del  sitio  en 
donde  el  Tambre  desagua  en  el  mar,  la  villa  de  Sar an- 
tes, que  sus  padres  habían  comprado  á  Arias  Alfonso  y 
á  Ordoño  Ramírez  (3). 

Si  prescindimos  de  estas  regias  donaciones,  pocas 
noticias  tenemos  del  Obispo  D.  Vistruario  y  del  Clero 
Catedral  compostelano.  Otros  Prelados  de  aquellos 
tiempos,  solieron  hacer  como  D.  Pedro  de  Lugo,  D.  Pe- 
layo  de  León,  etc.,  cuantiosos  donativos  á  sus  Iglesias, 
consignados  en  Escrituras,  á  que  ellos  daban  el  nombre 
de  Testamentos.  Indudablemente,  D.  Vistruario  hizo  en 
favor  de  su  Iglesia  alguna  cosa  semejante;    pero  las  Es- 


med  de  Camota,  partido  judicial  de  Muros,  el  uno  en  el   lugar  de    Castelo 
y  el  otro  en  el  famoso  monte  Pindó,  y  ambos  sobre  la  costa  del  Océano. 

(1)  Véase  España  Sagrada,  tomo  XIX,  Apéndices. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núms.  LXXXIX  y  XCII,  pág.  226. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XCI. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA     463 


crituras  originales  se  perdieron,    y  el  compilador   del 


Fotografia  dé  ./.  Limia.  Fotograbado  de  Laporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A,  ful  88  vuelto,  que  representa  a  D.«  Sancha  y  I  >.«  Teresa. 

Cartulario  Compostefano,  que  desde  el  año  1129  se  había 


464  LIBEO  SEGUNDO 


propuesto  insertar  en  él  todas  las  donaciones,  así  las 
hecjias  por  los  Reyes  é  Infantes,  como  las  de  los  Prela- 
dos, Condes  y  personas  privadas,  no  pasó  del  primer 
libro,  que  era  el  destinado  á  contener  las  concesiones 
regias.  De  aquí  el  silencio  que  se  nota  respecto  de  obras 
y  donaciones  hechas  por  los  Prelados  y  aún  por  otras 
personas  á  nuestra  Iglesia. 

De  D.  Vistruario  se  sabe  por  una  Escritura  que  Ar- 
gáiz  (1)  leyó  en  un  libro  manuscrito  del  Monasterio  de 
Oña,  que  en  8  de  Julio  de  1029,  donó  varios  bienes  al 
convento  de  San  Sebastián  de  Picosagro.  Subscriben  el 
Documento,  además  de  D.  Vistruario,  otros  cuatro  Obis- 
pos, y  los  abades  Alvito,  Ariano,  Gonzalo  y  Adulfo.  Los 
tres  últimos  eran  Abades  en  Compostela;  el  primero  en 
Antealtares,  el  segundo  en  San  Martín  Pinario,  y  el 
tercero,  acaso  fuese  el  Prior  de  la  Canónica.  Alvito,  es 
sin  duda,  el  Abad  de  Samos  del  mismo  nombre,  que  des- 
pués fué  Obispo  de  León,  y  mereció  el  honor  de  los  al- 
tares (2). 


(í)     La  Soledad  Laureada,  tomo  III,  pág.  387. 

(2)  He  aquí  el  resumen  que  hace  Argáiz  de  esta  Escritura:  «En  el  año 
1029  he  visto  Escritura  suya  (deD.  Vistruario),  donde  haze  diferentes  mer- 
cedes al  Monasterio  de  San  Sebastián  de  Monsagro...  Era  esta  Cueva  (la  del 
Picosagro)  de  donde  los  Discípulos  de  Sant  lago  echaron  aquella  Serpiente, 
de  que  se  haze  relación  en  la  vida  y  sepultura  del  Apóstol.  Era  tradición, 
que  en  ella  dexaron  los  Santos  Discípulos  depositadas  muchas  reliquias,  o 
lo  habían  hecho  otros  sucessores;  y  deseando  por  aora  con  vana  curiosidad 
algunos,  que  es,  lo  que  de  cierto  auia  en  ella,  parece  ser,  que  intentándolo 
fueron  abrasados  con  fuego,  que  salió  de  ella,  y  muertos  en  la  prosecución 
del  intento,  que  procuraron  dar  alcanze  por  dos  o  tres  vezes;  assi  desistien- 
do de  su  curiosidad  tuvieron  todos  tal  respeto  al  dicho  lugar,  que  el  Obispo 
Vistruario  hizo  muchas  mercedes  al  Monasterio  de  San  Sebastian...»  Esto  era 
en  substancia  lo  que  contenía  del  Libro  manuscrito  de  Oña.  Mas  de  esta 
Escritura  se  conservaba  en  el  Archivo  de  San  Martín  Pinario  el  original  ó 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELASA  465 

Pequeña  fué  la  tregua  que  las  pasiones  políticas  y 
otras  más  ruines  concedieron  á  la  moralidad  y  al  orden. 
Muerto  D.  Alfonso  V,  cuyo  valor,  tacto  y  prudencia 
elogia  D.  Fernando  I,  en  un  Diploma  otorgado  á  la 
Santa  Iglesia  de  Astorga  en  el  año  1046  (1),  muchos 
caballeros  turbulentos  y  ambiciosos,  confiados  en  que  los 
pocos  años  ó  inexperiencia  de  D.  Bermudo  III  no  po- 
drían oponer  serio  obstáculo  al  logro  de  sus  perversas 
concupiscencias,  se  entraron  por  las  heredades  de  las 
iglesias,  y  cada  cual  arrebató  y  se  apoderó  de  lo  que 
pudo.  En  el  capítulo  XXII  hemos  hablado  de  los  inaudi- 
tos atropellos,  latrocinios,  y  asesinatos  perpetrados  en  la 
tierra  de  Santiago  hacia  el  año  1032  por  el  caballero 
Sisnando  Galiáriz.  Teniendo  en  cuenta  la  situación  po- 
lítica del  reino,  fácil  es  explicar  la  libertad  é  impunidad 
con  que  procedían  estos  malvados.  En  el  año  1031,  Don 
Sancho  el  Mayor,  Rey  de  Navarra,  invadió  el  reino  de 
León,  se  hizo  dueño  del  territorio  sito  entre  los  ríos  Cea 
y  Pisuerga,  y  desde  aquí  destacó  algunas  fuerzas  para 
que,  con  el  auxilio  de  los  Condes  que  estaban  rebelados 
contra  D.  Bermudo  III,  se  internasen  por  el  país.  Algu- 
nas de  estas  tropas  así  destacadas,  en  connivencia  con  el 
Conde  rebelde  D.  Rodrigo  Románez,  sobrino  del  famoso 
D.  Suero  Gundemáriz,  se  posesionaron  del  castillo  de 
Lapío  (Labio),  cerca  de  Lugo,  con  la  intención  de  hacerse 


un  trasunto  gótico,  del  cual  en  los  índices  de  Documentos  se  hace  mención 
en  los  siguientes  términos:  «Serie  de  sucesos  memorables  <{ue  han  aconte- 
cido en  Montesacro,  donde  fué  edificado  }T  dotado  el  monasterio  de  San 
Sebastian  para  monjes  benitos;  de  la  cual  fundación  se  hace  mención  en 
esta  Escritura;  su  fecha  Era  MLXVII  (año  1029);  en  gótico.  Cajón  2.°  A, 
pieza  5.a» 

(1)     España  Sagrada,  t,  XVI,  Apénd.  XVI. 
Tomo  II.— 30. 


466  LIBRO    SEGUNDO 


fuertes  en  aquel  sitio,  y  coadyuvar  de  este  modo  á  los 
designios  de  su  Monarca.  Pero  fueron  tales  los  desmanes, 
robos  y  asesinatos  que  cometieron,  que  el  mismo  Don 
Rodrigo  Románez,  á  instancia  de  todo  el  Clero  y  pueblo 
de  la  comarca,  pasó  á  desalojarlas  por  la  fuerza  de  aquel 
sitio.  Para  ello  se  concertó  con  una  de  las  bandas  de 
normandos  que  recorrían  el  país,  y  con  estas  fuerzas  y 
las  suyas  asaltó  el  castillo,  le  puso  fuego  y  lo  arrasó 
hasta  los  cimientos   (1). 

Disponíase  D.  Bermudo  á  rechazar  impávido  á  los  in- 
vasores de  su  reino,  y  á  castigar  severamente  á  los  se- 
diciosos que  así  lo  perturbaban;  mas  en  esto  se  le  ofreció 
un  ventajoso  partido  que  lo  desembarazaba  de  su  más 
poderoso  enemigo,  el  Rey  de  Navarra.  Era  el  matrimo- 
nio de  su  hermana  D.a  Sancha  con  D.  Fernando,  hijo 
segundo  de  D.  Sancho  el  Mayor.  La  boda  debió  verifi- 
carse en  la  segunda  mitad  del  año  1032;  y  por  tal  ma- 
nera, quedó  D.  Bermudo  en  libertad  para  habérselas  con 
los  traidores  que  habían  intentado  aniquilar  y  destrozar 
sus  estados. 

A  mediados  del  referido  año  1032,  debió  de  venir  á 
Galicia  para  restablecer  el  orden  y  hacer  cumplida  jus- 
ticia en  los  rebeldes.  El  malvado  Sisnando  Galiáriz  y 
sus  cómplices,  no  quedaron  sin  el  correspondiente  casti- 


(1)  Querellaverunt  se  ad  ipse  Comes  (D.  Rodrigo)  de  Vascones,  qui 
sedebant  in  ipsa  penna,  dicentes  quod  habebant  de  illos  grande  dampno  et 
malfacturias  in  ecclesias  et  in  meskinos,  de  predas  et  disrumptiones,  et 
rausos  et  liomicidios  et  furtos,  et  eoritm  erat  illa  térra  herma  et  desolata. 
Tune  vero  coadunavit  se  ipse  Comes  cum  omnes  suos  barones  et  cum  gens 
Leodomanorum,  et  cerravit  ipsa  penna  et  pressit  ea  per  fortia,  et  cremavit 
et  solavit  ea.  (Privilegio  otorgado  por  D.  Bermudo  III  á  la  Santa  Iglesia  de 
Lugo,  en  30  de  Agosto  de  1032,  España  Sagrada,  tomo  XL,  Apéndice,  nú- 
mero XXV). 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  BE  LA  I.  COMPOSTELANA  467 

go.  D.  Bermudo  les  confiscó  todos  sus  bienes,  y  de  acuer- 
do con  la  Junta  que  sobre  el  particular  se  celebró  en 
Santiago,  los  adjudicó  á  la  Iglesia  del  Apóstol  (1),  para 
que  con  sus  productos  se  hospedasen  los  peregrinos  y  se 
socorriesen  los  pobres,  y  en  especial  para  que  los  minis- 
tros del  templo  pudiesen  por  medio  de  ellos  atender  á  su 
sustento  temporal,  y  el  donante  conseguir  ante  el  Su- 
premo Juez  la  gloria  eterna  (2).  Datóse  la  Escritura  que 
aún  subscribe  la  Infanta  D.a  Sancha,  en  25  de  Agosto 
de  1032.  En  30  de  Agosto,  ya  D.  Bermudo  se  hallaba  en 
Lugo,  á  cuya  Santa  Iglesia  otorgó  el  Privilegio  que  he- 
mos citado  en  la  nota  de  la  página  anterior. 

En  el  año  1034,  el  Rey  de  Navarra  repitió  la  invasión 
en  los  estados  del  Rey  D.  Bermudo,  y  con  tanta  fortuna, 
que  en  poco  tiempo  se  apoderó  de  León  y  de  Astorga. 
El  Monarca  navarro  apenas  encontró  resistencia,  y  esto 
sin  duda  fué  debido,  como  conjetura  el  P.  Risco  (3),  á 
una  grave  enfermedad  que  tuvo  largo  tiempo  postrado 


(1)  «Placuit  mihi  etomni  concilio  ut  tibí  Deo  Omaipotenti  et  apostólo 
tuo  Jacobo,  post  Deum  mihi  fortissimo  Patrono,  cujus  corpus  tumulatum  est 
sub  Arcis  marmoricis,  territorio  Galleciae  in  finibus  Amaeae,  et  tibi  domi- 
no Vistruario  episcopo  cum  omni  congregatione  ipsius  Loci  faceré  textum 
scripturae  firmitatis  de  omni  illorum  re,  tam  villis,  quam  monasteriis.»  Si- 
gue después  la  enumeración  de  los  lugares  en  donde  radicaban  dichos 
bienes,  á  saber,  en  Vilariño,  San  Pelayo  de  Mallos,  Cerdeira,  Viniales, 
Fraiz,  Vaamonde,  Teo,  Freixeiro,  Vilacristi  en  San  Miguel  de  Gora,  San 
Miguel  de  Barcala,  Lucí,  Pereiras,  Reyes,  Vilanova,  San  Miguel  de  Saran- 
dón.  (Véase  España  Sagrada,  tomo  XIX,  Apéndice,  páginas  395-39G. — Véase 
atrás,  cap.  XXII,  pág.  434-435). 

(2)  «Ut  et  inde  ferant  omnes  subsidium  temporale,  et  ego  in  divino 
exanime  gloriam  aeternalem.»  —  Era  la  fórmula  ordinaria  empleada  por 
entonces. 

(3)  España  Sagrada,  tomo  XXXV,  págs,  37  y  siguientes. 


468  LIBKO  SEGUNDO 


á  D.  Bermudo  III,  en  un  pueblo  de  la  Limia,  en  la  pro- 
vincia de  Orense  (1).  Mas  repuesto  de  su  grave  dolencia, 
ó  de  la  sorpresa  que  debió  causarle  la  repentina  é  ines- 
perada invasión  de  D.  Sancho,  reunió  en  Galicia  un 
considerable  ejército  y  se  puso  en  marcha  para  reco- 
brar sus  estados  de  León.  La  muerte  del  Rey  navarro 
acaecida  á  principios  del  año  1035,  facilitó  el  éxito  de 
su  empresa,  pues  en  16  de  Febrero  de  dicho  año  ya  se 
hallaba  en  posesión  de  la  capital  de  sus  estados  (2). 

Mas  aquí  nos  ocurre  la  mención  de  un  desagradable 
suceso,  que  refiere  la  Compostélana  en  los  siguientes  tér- 
minos: «Recibiendo  Vistruario  el  cargo  Pontifical,  de  tal 
modo  conculcó  con  sus  malas  costumbres  los  preceptos 
de  la  vida  santa,  que  exigiéndolo  así  sus  deméritos,  fué 
puesto  en  cadenas  por  el  Rey  D.  Bermudo  en  la  Era  (no 
se  expresa),  y  allí  pagó  el  tributo  á  la  naturaleza»  (3). 

El  hecho  de  la  prisión  por  sí  sólo,  máxime  en  aque- 
llas circunstancias,  no  arguye  nada  contra  la  conducta 
moral  del  que  así  fué  tratado.  Cuando  el  Obispo  de  Lu- 
go, D.  Pedro  (del  cual  no  puede  decirse  que  no  haya 
sido  ejemplar  Prelado),  no  quiso  admitir  en  el  año  1034 
dentro  de  su  ciudad  al  Rey  D.  Bermudo,  no  sería  por- 
que no  quisiese  aceptar  los  halagos  y  beneficios  del  Mo- 
narca, sino  por  recelarse  del  mal  que  con  aquella  entra- 


(1)  Cadivit  ei  (Regí  Veremundo)  mora  prolungata,  et  fecit  ad  eum 
Fernando  Aluariz  et  sua  mulier,  domna  Marina,  seruitium  idoneum.  (Car- 
tulario de  Celanova,  lib.  II,  núm.  LV). 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XXXV,  pág.  46. 

(3)  Instruarius  pontificale  suscipiens  vices,  adeo  doctrinara  sanctae 
vitae  pravis  moribus  conculcavit,  quod  suis  exigentibus  meritis  a  domino 

Rege  Veremundo  in  vinculis  mancipatus   sub  Era debita  naturae   per- 

solvit. 


LO  TUES  PRIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  469 

da  le  podía  sobrevenir.  Para  proceder  así  D.  Pedro, 
debió  tener  algún  motivo  poderoso,  y  el  más  eficaz  en 
este  caso,  sería  el  ver  lo  que  se  había  hecho  con  otros 
Prelados.  Y  en  efecto,  D.  Bermudo  con  sus  Condes  ó 
Barones,  D.  Alvaro  Ordóñez,  D.  Rodrigo  Ordóñez,  Don 
Pedro  Fláiniz,  D.  Oveco  Bermúdez  y  D.  Esteban  Osórez, 
juró  que  no  ocasionaría  al  Prelado  de  Lugo,  ni  él,  ni  sus 
Magnates,  ningún  daño,  ni  robo,  ni  muerte,  ni  ningún 
otro  agravio  (1). 

No  nos  olvidemos  de  que  el  Rey  D.  Bermudo  era 
casi  un  niño,  y  que  por  consiguiente,  estaba  expuesto  á 
las  sugestiones  de  sus  Magnates,  poseídos  algunos  de 
ellos  de  muy  ruines  pasiones,  de  las  cuales  acaso  fué 
víctima  el  Obispo  D.  Vistruario. 


*H^***^H> 


'*-*>-2- 


(1)  Jurant  ai  vos,  Petrti3  Dei  gratia  episcopus...,  ut  ssdeat  iste  Rex 
dominus  VereinuDdus  fidelis  dominus  super  eum  (Episcopura),  et  non  ha- 
beat  dampnum,  nec  pressa,  nec  mortem,  nec  aliquo  impedimento  de  me, 
Veremundo  Rex,  nec  de  meos  Barones.  (Apéndice  núm.  XXVI,  en  el  tomo 
XL  de  la  España  Sagrada). 


CAPITULO  XXIV 


El  Obispo  D.  Cresconio.     Importantes  obras  que  llevó  á  cabo 
durante  los  primeros  años  de  su  Pontificado. 


^  A  primera  mención  que  se  halla  de 
D.  Cresconio,  sucesor  de  D.  Vis- 
truario  (1),  es  en  un  Documento  de  Celanova,  otorgado 
en  9  de  Junio  de  1037  por  D.  Bermudo  III.  En  él  subs- 
cribe D.  Cresconio  con  el  título  de  Obispo  de  Iria. 


(1)  Argáiz  (La  Soledad  Laureada,  tomo  III,  pág.  388),  introduce  entre 
D.  Vistruario  y  D.  Cresconio  á  un  Obispo,  á  quien  da  el  nombre  de  D.  Ser- 
vando. Sienta,  además,  que  fué  Obispo  de  León  antes  de  serlo  de  Santiago. 
Esto  de  ningún  modo  puede  admitirse,  porque  mucho  antes  que  D.  Servan- 
do dejase  de  ser  Obispo  de  León,  ya  D.  Cresconio  lo  era  de  Santiago.  Para 
probar  que  D.  Servando  fué   Obispo   compostelano,  cítase  una  lista  de  los 


472  LIBBO    SEGUNDÓ 


«Cresconio,  nacido  de  exclarecido  linaje,  de  tal  ma- 
nera resplandeció  por  lo  ilustre  de  su  nobleza,  que  con 
la  prudencia  y  denuedo  de  su  milicia,  exterminó  á  los 
normandos  que  habían  invadido  esta  tierra.  Levantó 
edificios  de  muros  y  torres  para  fortificar  la  ciudad  de 
Compostela.  Terminada  la  iglesia  de  Santa  María  (de 
Iria),  que  él,  con  el  auxilio  de  Dios,  liabía  edificado,  al 
llegar  en  sus  últimos  días-  al  castillo  de  Honesto,  por 
él  construido  para  defensa  de  la  Cristiandad  en  la 
Era  MCIV,  fué  sobrecogido  por  la  inexorable  muerte»  (1). 

Tal  es  el  elogio  que  de  este  insigne  Prelado  dejó  es- 
crito la  Compostélana.  Es  parco,  pero  expresivo,  máxime 
si  se  atiende  á  la  sobriedad  y  concisión  con  que  los  au- 
tores de  dicha  Historia  solían  escribir  acerca  de  los  Pre- 
lados de  aquellos  tiempos.  Sin  embargo,  no  están  aquí 
incluidos  todos  los  aspectos,  ni  aún  los  principales,  desde 
los  que  debemos  contemplar  esta  noble  figura,  á  este 
varón  preclaro  y  famoso,  como  en  otro  lugar  le  llama  la 
Compostélana.  Cresconio  no  sobresalió  sólo  por  la  alteza 


nueve  Obispos  Santos,  sepultados  en  San  Esteban  de  Rivas  de  Sil,  en  la  cual 
lista,  aparece  D.  Servando  como  Obispo  de  Santiago.  Mas  esta  noticia  debe 
ser  muy  posterior,  y  sin  duda  se  hizo  cuando,  á  fines  del  siglo  XV,  se  reco- 
gieron del  claustro,  en  donde  se  hallaban,  los  restos  de  los  Santos,  y  se  de- 
positaron en  la  Iglesia.  Ninguno  de  los  Catálogos  de  los  Obispos  compos- 
telanos  cuenta  como  tal  á  D.  Servando;  ni  tampoco  en  los  Tumbos  de  San- 
tiago, de  Sobrado,  de  Celanova,  aparece  firmando  con  este  título. 

(1)  Cresconius,  igitur,  nobilissimo  genere  ortu3,  tantae  nobilitatis 
lampade  resplenduit,  quod  suae  militiae  circunspecta  strenuitate  Norma- 
nos, qui  hanc  terram  invaserant,  funditus  extinxit,  et  aedificia  murorum 
turriumque  ad  muniendam  urbem  Compostellae  construxit.  Cumque  post 
consummationem  hujus  ecclesiae  Sanctae  Mariae,  quam  ipse,  Deo  opitu- 
lante,  fecit,  jam  instante  ejus  vitae  termino  ad  Castellum  Honesti,  quod  ad 
defensionem  Christianitatis  construxerat,  perveniret,  in  Era  MCVI  me- 
tuendae  mortis  incursu  impulsus  est.  (España  Sagrada,  tomo  XX,  pág.  15). 


LOS  f  RES  PRIMEROS  SIÓLOS  DÉ  LA  I.  COJÍÍOSÍELAÍÍA  47$ 

de  su  alcurnia,  ni  por  ser  Padre  y  tutor  de  la  patria; 
fué  también  restaurador  de  la  Disciplina  eclesiástica  y 
de  las  buenas  y  sanas  costumbres;  reivindicador  de  la 
justicia  y  de  los  derechos  de  su  Iglesia;  gran  promove- 
dor de  los  estudios  eclesiásticos  y  de  la  ilustración  del 
Clero.  En  todos  estos  terrenos  debemos  estudiar  é  inves- 
tigar su  acción,  por  más  que  la  escasez  de  Documentos 
se  rebele,  y  ponga  toda  clase  de  obstáculos  á  nuestra 
tarea. 

Del  linaje  de  D.  Cresconio  no  sabemos  más  que  lo 
que  nos  dice  la  Gompostélana,  la  cual  ni  siquiera  nos  da 
su  apellido  patronímico.  Empero,  como  su  sobrino  y  su- 
cesor D.  Gudesteo  descendía,  al  parecer,  del  gran  Conde 
gallego  D.  Menendo  González,  tutor  de  Alfonso  V,  Don 
Cresconio,  al  menos  por  afinidad,  debía  de  hallarse  em- 
parentado con  esta  nobilísima  familia. 

Cuál  era  su  estado,  ó  qué  grado  ocupaba  en  la  je- 
rarquía eclesiástica  antes  de  ser  nombrado  Obispo,  se 
ignora,  aunque  debe  presumirse  que  era  miembro  del 
Clero  Catedral  compostelano.  Lo  que  puede  asegurarse, 
es  que  no  fué,  como  pretenden  Yepes  y  Gil  González,  el 
'prepósito  ó  Prior  de  Celanova  que  llevó  el  mismo  nombre, 
y  fué  discípulo  de  San  Rosendo.  Argáiz  reconoce  esto 
mismo;  pero  como  para  él  todos,  ó  casi  todos  los  Prela- 
lados  de  aquellos  tiempos  fueron  Monjes  benedictinos, 
se  conforma  con  que  si  Cresconio  no  fué  el  Prior  citado, 
sería  otro  Monje  que  habría  vivido  después  en  Celanova. 

De  los  primeros  años  del  pontificado  de  D.  Cresco- 
nio, pocas  noticias  se  conservan;  tanto,  que  el  P.  Flórez 
comenzó  á  contar  su  pontificado  desde  el  año  1048,  cuan- 
do hacía  ya  once  años  que  nuestro  Obispo  había  tomado 
posesión  de  la  Sede.  Mas  por  lo  que  dice  la  Compostelana, 


474  LIBRO  SEGUNDO 


y  por  los  efectos,  se  presume  fácilmente  cuál  debió  de 
ser  su  principal  preocupación  durante  ese  tiempo. 

Desde  el  año  1032,  ó  antes,  recorrían  este  país  ban- 
das de  normandos,  que  saqueaban  ó  incendiaban  nues- 
tras iglesias,  nuestros  pueblos  y  nuestras  villas,  y  en 
algunos  casos  daban  la  mano  á  los  aventureros  indíge- 
nas, menesterosos  de  fuerzas  y  de  recursos,  como  se  vio 
cuando  el  Conde  D.  Rodrigo  Románez  quiso  asaltar  el 
castillo  de  Labio,  cerca  de  Lugo.  El  jefe  de  estas  bandas 
era,  probablemente,  el  iarl  ó  Conde  danés  Ulfo,  del  cual 
se  cuenta  que  estuvo  enseñoreado  de  Galicia,  de  donde 
recogió  grandes  riquezas,  y  que  por  esta  razón  fué  lla- 
mado Ulfo  el  Gallego  (1).  Los  Magnates  gallegos  se  ha- 
llaban por  entonces  ocupados,  primero,  en  rechazar  la 
invasión  de  D.  Sancho  de  Navarra;  después,  en  seguir  á 
D.  Bermudo  III,  que  quería  recobrar  parte  de  sus  Esta- 
dos del  poder  de  su  cuñado  D.  Fernando  I,  y  que  por  su 
excesivo  arrojo  pereció  el  4  de  Septiembre  de  1037  en 
la  batalla  de  Tamarón  (2);  y  por  último,  en  sublevarse 
contra  D.  Fernando,  que  había  sido  ungido  Rey  de  León 
el  22  de  Junio  de  1038  (3). 

Un  hombre  del  carácter  de  D.  Cresconio,  no  podía 
permanecer  impasible  é  indiferente  ante  la  desolación 
de  la  patria.  Reclutó  soldados,  los  adiestró  en  el  manejo 

(1)  La  Knyllinga  Saga,  citada  por  Dozy  (Recherches...;  3.a  edición; 
tomo  II,  pág.  314),  dice  de  este  famoso  capitán:  «Ulfo,  conde  en  Dinamarca, 
era  un  bravo  guerrero*  viajó  como  vikingo  (rey  del  mar)  hacia  el  Oeste, 
conquistó  y  saqueó  a  Galicia,  e  hizo  allí  un  gran  botin;  por  esta  razón  se  le 
denominaba  Ulfo  el  Gallego.» 

(2)  Ovitum  Veremundi  regis  in  bello  pugnator  fortis  die  IV  feria  men- 
sis  septembris  era  TLXXV.  (Véanse  Apéndices,  núm.  XCII,  pág.  225). 

(3)  Ordinatio  domini  Fredinandi  regis  in  lejone  X  Kalendas  iulias 
Era  TLXXVI.  (Véase  Apéndice  citado). 


LOS  TBES    P&IMEBÓS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         475 

de  las  armas;  nombró  capitanes,  los  impuso  en  la  táctica 
de  la  guerra;  y  cuando  tuvo  todo  aprestado,  salió  en 
busca  del  agresor,  y  no  cesó  de  guerrear  y  combatir 
hasta  que  consiguió  ver  limpia  de  enemigos  toda  su  Dió- 
cesis y  gran  parte  de  Galicia.  De  este  modo,  con  sus 
propios  recursos,  desbarató  D.  Cresconio  las  huestes  de 
los  daneses,  como  antes  D.  Alonso  V  había  deshecho  las 
de  los  noruegos.  fSuae  militíae  circunspecta  strenuitate...  Nor- 
manos funditus  extinxü). 

Mas  como  D.  Cresconio  comprendía  que  esta  inva- 
sión no  había  de  ser  la  última,  y  que  aún  era  de  temer 
que  se  repitiese  con  mayor  furor  y  encarnizamiento, 
juzgó  oportuno  ponerse  en  condiciones  de  rechazar  cual- 
quiera acometida,  é  impedir  que  el  país  fuese  de  nuevo 
saqueado  y  asolado. 

Entonces  el  castillo  de  Oeste  era  considerado,  según 
dice  la  Compostelana,  como  la  llave  de  Galicia;  cuya  po- 
sesión facilitaba  el  dominio  sobre  todo  el  país  (1).  Como 
ya  hemos  dicho,  D.  Alonso  V  fué  el  que  comenzó  la 
construcción  de  tan  estratégica  fortaleza,  y  para  abre- 
viar su  fábrica,  obligó  á  todos  los  labradores,  desde  Tria- 
castela  hasta  la  costa  del  Atlántico,  á  ir  á  prestar  servi- 
cio siempre  que  fuesen  llamados.  Más  tarde,  como  los 
muros  amenazaban  con  frecuencia  ruina,  pues  aunque 
trabados  en  su  interior  con  vigas,  estaban  formados  de 
piedra  menuda  asentada  en  seco,  se  regularizó  este  ser- 
vicio limitándolo  á  los  labradores  que  habitaban  entre 


(1)  Quippe  Honestum  quasi  quaedam  clavis  atque  sigilluin  est  Gallae- 
ciae;  quod  si  exterae  gentes  hunc  locum  sibi  praeriperent,  munitione  ibidem 
composita,  Gallaeciam  invadero  atque  depopulari  prae  manibus  haberent, 
(Libro  II,  cap.  XXIII). 


4?ó  *  USBO  SEGUNDO 


el  río  Iso  y  el  mar;  pero  obligándolos,  por  Real  Edicto, 
á  venir  dos  veces  al  año  para  ayudar  á  los  trabajos  de 
reparación  y  mantenimiento  de  los  extensos  lienzos  de 
pared.  No  satisfacía  á  D.  Cresconio  esta  obra,  que  con 
tanta  facilidad  se  desmoronaba;  emprendió,  pues,  su  re- 
edificación, pero  dando  á  los  muros  más  firme  y  sólida 
estructura,  y  levantando  altas  torres,  desde  las  cuales  se 
ofendiese  más  certeramente  al  enemigo  (1).  En  el  centro 
de  una  de  las  torres,  construyó  una  capilla  delicada  á 
Santiago. 

Con  esto  tenía  D.  Cresconio  lo  bastante  para  vigilar 
y  entretener,  en  todo  caso,  á  los  invasores,  y  ganar 
tiempo  para  que  en  Compostela,  que  naturalmente  era 
el  principal  objeto  de  su  codicia,  pudieran  tomarse  las 
convenientes  precauciones.  Entonces,  para  nuestra  ciu- 
dad, resultaba  muy  estrecha  la  cerca  con  que  se  la  ha- 
bía ceñido  en  el  siglo  IX,  y  el  caserío,  prescindiendo  de 
tal  valla,  se  extendió  en  todas  direcciones  por  fuera  de 
los  muros.  Fuerza  era,  no  obstante,  poner  al  abrigo  de 
cualquiera  golpe  de  mano  las  nuevas  edificaciones  y  en- 
sanchar en  la  misma  medida  el  recinto  fortificado.  A 
esto  atendió  el  previsor  Obispo,  levantando  nuevas  mu- 


(1)  Cresconius  tamen  bonae  memoriae  Ecclesiae  Bti.  Jacob  i  Episcopus 
Ídem  castellum  turribus  excelsis  atque  muro  firmissimo  partim  munierat. 
(Historia  Compostelana,  loe.  cit.)  —Probablemente  data  de  esta  época  la  ins- 
cripción hallada  recientemente  al  pie  de  las  Torres  de  Oeste,  y  era  la  tan 
memorable,  HOC  SIGNO  TVETVR,  PIVS.-HOC  SIGNO  VINCITVR 
INIMICVS.  Estaba  grabada  alrededor  de  una  Cruz  sobre  una  piedra,  que 
parece  el  dintel  de  una  puerta.  Guárdase  este  interesante  monumento  en  el 
Museo  arqueológico  de  Pontevedra,  por  donación  del  Sr.  D.  José  Salgado 
Rodríguez. 

Por  este  tiempo  debió  también  tenderse  una  cadena  para  cerrar  por 
aquel  sitio  el  paso  del  río. 


LOS  TUES  PBIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtf  A        477 

rallas,  nuevas  torres,  que  probablemente  describían  el 
mismo  perímetro  que  tuvo  la  ciudad  hasta  el  siglo  XVI. 

Para  prevenirse  y  precaverse  de  esta  manera,  había 
más  que  sobrados  motivos.  No  ignoraba  D.  Cresconio, 
que  tal  era  la  nombradía  de  que  entre  las  gentes  del 
Norte  gozaba  la  ciudad  y  templo  de  Santiago,  que  con 
su  nombre  designaban  á  toda  Galicia.  Jakóbsland  (tierra 
de  Jacobo),  llamaban  á  nuestra  región  las  Sagas  escan- 
dinavas; Terra  BtL  lacóbi,  el  Cronicón  del  monasterio  An- 
driense;  Terra  regis  de  Sancto  lacobo,  Juan  Bromton.  Por 
consiguiente,  la  ciudad  y  templo  de  Santiago  habían  de 
ser  el  principal  blanco  adonde  se  dirigiesen  los  tiros  y 
acometidas  de  aquellos  piratas.  Todos  estos  trabajos,  to- 
das estas  fortificaciones,  estaban,  pues,  muy  en  su  lugar; 
y  al  emprenderlas  D.  Cresconio,  libró  ciertamente  á  Ga- 
licia de  nuevos  desastres,  de  nuevas  desolaciones,  y  se 
hizo  acreedor  al  reconocimiento  y  gratitud  de  todo 
el  país. 

Algo  le  faltaba,  sin  embargo,  que  era  el  centro,  el 
núcleo  de  todos  estos  trabajos  y  el  más  íntimo  objetivo 
de  todos  sus  desvelos;  y  este  algo  era  fortificar  en  regla 
el  templo  de  Santiago.  Para  ello,  edificó  dos  torres  de- 
lante de  la  apostólica  Iglesia,  que  no  sólo  la  defendiesen 
de  los  ataques  de  frente,  sino  que  la  flanqueasen  y  la 
protegiesen  contra  los  movimientos  envolventes  del 
enemigo.  En  el  interior  de  las  dos  torres  levantó  dos  al- 
tares, dedicados,  el  de  la  una,  á  San  Benito,  y  el  de  la 
otra,  á  San  Antonino  (1). 


(L)  Altaría  Sancti  Benedicti  et  Sancti  Antonini  fuerant  in  turribus, 
quas  in  inunitionem  Apostolicae  Ecclesiae  fecerat  Cresconius  Episcopus 
ante   veterem  Bti.   Jacobi  ecclesiolam.    (Historia  Compostelana,  libro  II, 


478 


LIBBO  SEGUNDO 


Fotografía  de  J.  Linda.  Fotograbado  de  Lnporta. 

Miniatura  del  Tumbo  A,  fol.  25  viielto,  que  representa  a  D.  Fernando  I. 


cap.  XXV).  — Estas  torres  fueron  deshechas  cuando,  no  muchos   años  des- 
pués, se  construyó  la  nueva  iglesia. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA.  I.  COMPOSTELANA  479 

Tales  fueron  los  importantes  trabajos  que  debieron 
absorber  la  atención  de  D.  Cresconio  durante  los  prime- 
ros años  de  su  pontificado.  Es  muy  verosímil,  no  obstan- 
te, que  hubiese  asistido  á  la  coronación  de  D.  Fernan- 
do I  en  León,  la  cual,  como  hemos  dicho,  tuvo  lugar  el 
22  de  Junio  del  año  10B8.  Con  este  motivo  tuvo  ocasión 
de  darse  á  conocer  al  nuevo  Monarca,  el  cual  hizo  de  él 
alto  aprecio,  y  siempre  lo  consideró  como  uno  de  sus 
más  firmes  partidarios.  No  merecían  el  mismo  concepto 
todos  los  Magnates  gallegos,  pues  algunos  levantaron  el 
estandarte  de  la  rebelión  contra  D.  Fernando,  y  entre 
ellos  la  Condesa  D.a  Odrocia,  con  su  hija  Elvira  y  su  nie- 
to el  Conde  Munio  Rodríguez,  quien  se  apoderó  de  Mon- 
terroso  y  de  otros  castillos  pertenecientes  á  la  Coro- 
na (1).  Mas  estas  alteraciones  no  pasaron  de  conatos  de 
insurrección,  y  Galicia  se  conservó  siendo  uno  de  los 
países  más  adictos  á  D.  Fernando;  pues  cuando  éste  se 
vio  obligado  á  reohazar  con  la  fuerza  la  desatentada 
ambición  de  su  hermano  D.  García  de  Navarra,  los  ga- 
llegos concurrieron  en  gran  número  á  la  jornada  de 
Atapuerca  (1  de  Septiembre  de  1054),  que  tuvo  por  re- 
sultado el  triunfo  completo  de  D.  Fernando,  y  la  muerto 
del  inquieto  y  turbulento  Rey  de  Navarra  (2). 

Lo  mismo  aconteció  en  las  expediciones  que  D.  Fer- 
nando hizo  en  Portugal  en  los  años  105G  y  1057,  y  más 
tarde  en  1064.  En  105 6,  el  animoso  Monarca  conquistó  á 
Sea  y  á  otros  castillos,  y  en  1057,  á  Viseo  el  29  de  Julio, 


(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XCIV. 

(2)  Quibus  auditis  Fernandus  Rex,  collecto  a  finibus  Gallaeciae  im- 
menso exercitu,  injuriam  regni  ulcisci  properat.  (Cronicón  del  Silense  en  el 
tomo  XVII  de  la  España  Sagrada,  pág.  317). 


480  LIBRO  SEGUNDO 


y  á  Lamego  en  29  de  Noviembre  (1).  Es  de  presumir,  y 
aún  casi  seguro,  que  el  Prelado  compostelano  acompañó 
al  Rey  D.  Fernando  en  estas  expediciones,  como  de 
cierto  se  sabe,  según  luego  veremos,  que  lo  hizo  en  la 
del  año  1064. 


(1)  In  Era  MLXXXXIV  intravit  mense  martio  rex  Ferdinandus  cum 
su  o  exercitu  per  aquam  Minei  de  Tude  Portugalliam.  (Véase  España  Sa- 
grada, tomo  XIV,  pág.  171). 


IIIIIII1MIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIMIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIUIIIIIIIIIIIIIIMI 


rjiiiiiiiijiiijiii|iiiiiii|iiiiiiijiiiiiii]i|iiiiiliiiliiiliiiliii]iii]i)i]i  iji|iiiiii|iiijitijiiijiiijiii|iiijiii)|i)i|iiijiiiiili|)iiiiiii|iii]iiii.ii!tiniji,ii  M 

rr'ítrn'rrnTfiTniflTrn'nTrT'ltTTrriTitil' 


CAPÍTULO  XXV 


Continúan  los  hechos  de  D.  Cresconio.  —  Conquista  de  Coim- 
bra.  Donaciones  que  hizo  D.  Fernando  I  á  la  Iglesia  com- 
postelana.— Su  fallecimiento  en   27  de  Diciembre  de  1065. 


UY  ineficaces  serían  todas  cuantas 
investigaciones  ahora  se  hiciesen 
para  averiguar  lo  que  D.  Cresconio 
haya  podido  hacer  en  el  edificio 
material  de  su- Iglesia.  Debiera  decirse  que  embargada 
su  atención  con  obras  más  urgentes,  como  las  fortifica- 
ciones de  la  ciudad,  y  con  el  gobierno  de  su  extensísima 
Diócesis,  que  por  entonces  comprendía  la  de  Tuy  y  casi 
se  alargaba  hasta  el  Duero,  no  tuvo  lugar  para  empren- 
der en  su  Iglesia  grandes  edificaciones,  las  cuales  de- 
bieron limitarse  á  los  reparos  más  precisos,  así  en  la 
Canónica,  como  en  las  demás  dependencias  del  Templo. 
Acaso  acariciaría  ya  la  idea  de  construir  una  Basílica 
más  grandiosa,  y  capaz  de  contener  las  muchedumbres 

Tomo  H.— 31. 


482  LIBEO  SEGUNDO 


de  romeros  que  diariamente  acudían  á  Compostela;  mas 
la  muerte  no  le  permitió  realizar  tan  vasto  proyecto, 
que  requería  mucho  estudio  y  preparación.  Lo  cierto  es, 
que  quien  llevó  á  cabo  obras  considerabilísimas  en  las 
Catedrales  de  Iria  y  de  Braga,  según  luego  veremos,  no 
pudo  dejar  olvidada  la  de  Compostela,  á  la  cual  tenía 
subordinados  toda  su  actividad  y  todos  sus  desvelos.  Mas 
antes  que  nos  ocupemos  de  las  obras  de  Iria  y  de  Braga, 
vamos  á  reunir  aquí  algunos  hechos,  que  aunque  menos 
importantes,  no  deben  quedar  omitidos  en  la  biografía 
de  tan  insigne  varón,  con  quien  tan  esquivos  se  mues- 
tran los  Documentos  de  la  antigüedad. 

En  el  año  1045  vino  en  peregrinación  á  Santiago, 
D.a  Fronilde,  esposa  de  D.  Ordoño,  hijo  de  D.  Bermu- 
do  II.  D.  Cresconio  cedió  á  esta  piadosa  señora  el  cortijo 
que  había  sido  de  un  eunuco  del  Rey  D.  Ramiro  II  (1); 
el  cual  cortijo  se  hallaba  inmediato  á  la  Catedral  y  al 
Palacio  Real  de  León;  prope  aulam  Sancti  Salvatoris  et  pala- 
tium  Regis  (2). 

D.  Cresconio  había  continuado  intitulándose,  como 
sus  antecesores,  Obispo  de  Iria  y  de  la  Sede  Apostólica. 
Esta  última  denominación  llegó  á  causar  algunos  rece- 
los en  Roma,  como  ocasionada  que  era  á  torcidas  inter- 
pretaciones y  á  exageradas  presunciones,  que  podían 
degenerar  en  cisma.  Con  menor  pretexto,  algunas  igle- 
sias habían  pretendido  romper  el  vínculo  de  unidad  que 
las  tenía  subordinadas  á  la  Cátedra  de  Pedro,  declarán- 
dose independientes.  El  Papa,  San  León  IX,  no  veía 
con  buenos  ojos  este  título  que  usaba  D.  Cresconio,  y  lo 


(1)  Véase  cap.  XVII,  pág.  318-319. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XXXV,  pág.  62. 


LOS  TBES  PEIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  483 

calificaba  de  injustificable  arrogancia;  así  es  que  en  el 
Concilio  de  Reims,  celebrado  á  principios  de  Octubre  del 
año  1049,  pronunció  contra  él  sentencia  de  excomunión. 
Excommunicahis  est,  etiam,  se  lee  en  las  actas  de  este  Con- 
cilio, según  las  publicaron  Labbó  y  Cossart  (1),  Sancti 
Jacobi  archiepiscopus  Galliciensis,  quia  contra  fas  sibi  vendica- 
ret  culmen  Apostolici  nominis. 

En  el  Concilio  de  Coyanza,  celebrado  un  año  des- 
pués, D.  Cresconio  usó  sólo  el  título  de  Obispo  Iriense; 
mas  posteriormente  volvió  á  tomar  el  de  Obispo  de  la 
Sede  Apostólica;  por  lo  que  es  de  creer  que  daría  alguna 
explicación  al  Papa  sobre  el  sentido  de  este  título. 

Al  hablar  la  Compostelana  de  D.  Gudesteo  (2),  dice 
que  este  Prelado  quiso  conservar  la  hacienda,  los  dere- 
chos y  prerrogativas  de  su  Iglesia  en  el  mismo  estado  de 
recta  y  vigorosa  administración,  en  que  los  había  dejado 
su  antecesor  D.  Cresconio  (3).  Este  elogio  está  dedicado 
á  D.  Gudesteo,  pero  no  favorece  menos  á  su  predecesor, 
pues  demuestra  la  energía  de  su  carácter,  su  celo  y  la 
rectitud  de  sus  intenciones.  En  el  año  1062,  se  hallaba 
en  el  territorio  de  Braga,  á  donde,  sin  duda,  había  ido 
para  visitar  las  parroquias  que  la  Iglesia  de  Santiago 
tenía  por  aquella  comarca.  Con  el  mismo  objeto,  había 
ido  allí  también  el  Obispo  de  Lugo,  D.  Vistruario,  á 
cuya  Sede  estaba  agregada,  desde  los  tiempos  de  D.  Al- 
fonso el  Casto,  la  bracarense.  Habiendo  notado  este  Pre- 
lado que  varias  de  las  iglesias  diocesales  ó  canónicas  de 


(1)  Col.  Concih:  Venecia,  1730;  tomo  XI,  col.  1411. 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XX,  páginas  15-1<¡. 

(3)  Juxta  vigorem  praedecessoris  sui  dignitatem  et  honores  hujus  Apo- 
stolicae  Ecclesiae  ad  statum  rectitudinis  promoveré  voluit. 


484  LIBBO  SEGUNDO 


Braga  estaban  usurpadas  por  algunas  personas  laicas, 
reclamó  contra  este  despojo  ante  el  Rey  D.  Fernando, 
el  cual  comisionó  al  Prelado  compostelano  y  á  Gutino 
Venegas,  que  gobernaba  la  tierra  de  Portugal,  para  que 
averiguasen  á  quién  correspondía  la  propiedad  de  dichas 
iglesias.  Hecha  la  averiguación,  resultó  que  éstas  siem- 
pre habían  sido  de  la  Sede  de  Braga,  y  que  sus  detento- 
res  eran  descendientes  de  siervos  de  esta  Sede,  que  en 
el  siglo  IX  había  puesto  allí  el  Obispo  de  Lugo,  D.  Fla- 
viano,  para  poblar  aquella  comarca  (1).  , 

Del  alto  crédito  de  que  gozaba  D.  Cresconio  en  el 
ánimo  del  Rey  D.  Fernando,  tenemos  repetidas  pruebas; 
baste  citar  en  este  momento  los  muchos  Diplomas  en 
que,  al  lado  del  Rey,  aparece  la  firma  de  nuestro  Prela- 
do, como  en  el  otorgado  á  Celanova  en  10  de  Junio 
de  1056  (2),  en  otro  de  9  de  Junio  de  1058,  registrado 
en  el  Tumbo  celanovense  (3),  en  otro  dado  al  monasterio 
de  Cinis  en  29  de  Junio  de  1061  (4),  etc.  D.  Fernando, 
que  por  otra  parte  estaba  bien  penetrado  de  cuánto  de- 
bía esperar  de  la  protección  del  Patrón  de  España,  San- 
to titular  de  la  Iglesia  que  gobernaba  D.  Cresconio,  no 
se  mostraba  remiso  en  favorecer  á  esta  Iglesia  con  sus 
ofrendas  y  donativos.  En  8  de  Enero  de  1061,  concedió 
á  D.  Cresconio  y  al  Cabildo  compostelano,  que  nadie 
pudiese  molestar  con  servicios  y  otras  imposiciones  á  los 
hombres  que  habían  ido  á  poblar  la  villa  de    Corneliana, 


(1)  España  Sagrada,  tomo    XL,  pág.  173. 

(2)  Tumbo  de  Celanova,  lib.  I,  núm.  VI. 

(3)  Lib.  III,  núm.  XXV. 

(4)  De  una  copia  del  siglo  XII,  (¿ue  se  guarda  en  la  Escuela   superior 
de  Diplomática  de  Madrid. 


LOS  TEES  PBIMEEOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA         485 

á  orillas  del  Limia,  en  Portugal,  donada  á  la  Iglesia  de 
Santiago  por  D.  Ordoño  II  (1). 

El  monasterio  de  Celanova  poseía  en  Compostela, 
quizás  desde  el  tiempo  de  San  Rosendo,  una  casa  junto 
á  la  fuente  de  Meo  samélli,  que  no  sabemos  si  será  la  de 
Ciqmlli  ó  Sequelo.  Inmediato  á  esta  casa  había  un  corti- 
jo ó  huerta  cerrada,  que  era  de  la  Condesa  D.a  Odrocia. 
Al  entrar  D.  Fernando  en  posesión  del  Reino  de  León, 
parece  que  algunos  gallegos  se  negaron  á  reconocerlo 
como  Rey.  Por  lo  menos  D.a  Odrocia  y  su  familia,  se  re- 
belaron contra  el  nuevo  Monarca,  que  al  fin  se  apoderó 
de  sus  personas  y  les  confiscó  los  bienes.  Contábase  en- 
tre los  bienes  confiscados,  la  huerta  mencionada,  que 
D.  Fernando  cedió  á  Celanova,  para  que  cuando  algu- 
nos Monjes  viniesen  á  Compostela,  tuviesen  más  como- 
didad para  hospedarse.  Quiso,  sin  embargo,  el  Monarca, 
que  entre  tanto  la  casa  estuviese  desocupada,  sirviese 
de  albergue  á  los  pobres  y  á  los  peregrinos  que  venían 
á  visitar  el  Sepulcro  de  Santiago.  Reliquis  diébus  sit  ceno- 
docium  Dei  in  susceptione  pauperum...  (2). 

En  fines  de  Diciembre  del  año  1063,  concurrió  Don 
Cresconio  á  una  de  las  fiestas  más  notables  y  concurri- 
das que  se  hayan  celebrado  en  España:  á  las  que  se  hi- 
cieron en  León  con  motivo  de  la  traslación  de  las  Reli- 
quias del  insigne  Doctor  San  Isidoro.  Acompañaban  á 
nuestro  Obispo,  entre  otras  personas,  el  Abad  composte- 
lano,  Froilán,  que  sería  el  presidente  del  Cabildo,  y  San 
Fagildo,  Abad  de  Antealtares.  Fué  dignación  de  la  Di- 
vina Providencia,  que  nada  faltase  de  todo  cuanto  pu- 
diera contribuir  al  esplendor  de  la  fiesta,  ni  la  deslum- 

(1)  Véanse  Apéndices,  núm.  XCIII. 

(2)  Véanse  Apéndices,  núm.  XCIV. 


486  LIBEO  SEGUNDO 


bradora  majestad  del  Solio,  ni  el  espléndido  boato  de  los 
Magnates  y  cortesanos,  ni  la  grave  y  mesurada  pompa 
de  los  jerarcas  de  la  Iglesia,  ni  el  innumerable  concurso 
del  pueblo,  ni  el  prestigio  de  la  santidad  y  de  la  virtud. 
Cinco  venerables  varones,  que  después  merecieron  ser 
llamados  Santos,  Santo  Domingo  de  Silos,  San  Fagildo 
de  Antealtares,  San  Iñigo  de  Oña,  San  García  de  Ar- 
lanza,  San  Sisebuto  de  Cárdena,  asistieron  al  recibi- 
miento y  sepultura  de  otros  dos  Santos  españoles,  San 
Isidoro  y  San  Alvito,  que  falleciera  en  Sevilla  y  fuera  el 
principal  encargado  de  gestionar  la  traslación  del  glo- 
rioso Doctor. 

Esta  fiesta  fué  digna  preparación  para  la  gran 
empresa  que  meditaba  D.  Fernando,  la  conquista  de 
Coimbra;  pero  aún  realizó  otra  más  próxima  y  directa, 
que  describiremos  con  las  palabras  del  Silense:  «Después 
de  estos  triunfos,  para  reducir  á  Coimbra,  la  mayor  de 
las  ciudades  de  aquella  comarca,  al  culto  cristiano,  se 
dirigió  el  Rey  en  actitud  suplicante  al  Templo  del 
Apóstol  Santiago,  cuyo  Cuerpo  por  divina  dispensación 
de  nuestro  Redentor,  se  dice  fué  traído  á  España.  Tres 
días  pasó  allí  en  oración  implorando  la  intercesión  del 
Apóstol  para  con  la  Divina  Majestad,  á  fin  de  obtener 
en  aquella  guerra  prósperos  y  felices  sucesos.  Hechas 
sus  ofrendas  en  aquel  venerando  lugar,  confiado  en  la 
Divina  protección,  se  puso  sin  demora  en  camino  el  Rey 
Fernando  en  dirección  á  Coimbra,  y  llegado  allí  sentó 
sus  reales  alrededor  de  la  ciudad.  Y  creo  muy  digno  de 
manifestar  para  que  todos  lo  sepan,  cuan  acepta  ha  sido 
á  Dios  su  devota  y  ferviente  oración»  (1). 

(1)     Quibus  triumphatis,  ut  Conimbria  illarum  partium  máxima  civitas, 
^uae  istis  praefuerat,  in  cultum  Cliristianititis  redigeretur,  limina  Bti.  Ja- 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTE  LANA  487 

D.  Fernando  vino,  pues,  á  Compostela  á  los  pocos 
días  de  haberse  terminado  las  fiestas  de  León,  y  el  20 
de  Enero  del  año  1064  ya  tenía  sentados  sus  reales 
alrededor  de  Coimbra.  Hallábanse  en  la  hueste  además 
de  la  Reina  D.a  Sancha,  los  Obispos  de  Santiago,  Lugo, 
Viseo  y  Mondoñedo,  y  los  Abades  de  Guimarans  y 
Celanova.  Al  cabo  de  seis  meses  de  riguroso  asedio,  y 
abierta  anchurosa  brecha,  entró  triunfante  D.  Fernando 
en  la  ciudad,  en  la  cual  hizo  cinco  mil  cincuenta  cauti- 
vos ó  prisioneros  (1). 

Tratando  el  P.  Flor ez 'de  la  conquista  de  Coimbra  y 
de  la  fecha  en  que  acaeció,  dice  lo  siguiente  (2):  «Aquí 
se  mezcla  otra  especie  digna  de  ser  referida  para  honra 


cobi  Apostoli,  cujus  Corpus  per  divinam  nostri  Redemptoris  visitar ionem 
ad  Hispaniam  delatum  dicitur,  Rex  flagitando  petiit.  Ibique  supplicatione 
per  triduum  facta,  ut  id  bellum  prósperos  ac  felices  haberet  eventus,  Apos- 
tolum  ad  Divinam  Majestatein  pro  eo  intercessorem  postulabat.  Donato 
itaque  venerando  loco,  Fernandus  Rex  divino  fretus  muniraine,  Conimbriam 
andacter  accelerat,  castris  super  eam  positis,  consedit.  Ceterum  ut  devotissi- 
ma  eius  oratio  qualiter  a  Deo  accepta  fuerit,  ómnibus  clareat,  exprimere 
dignum  duxi.  (España  Sagrada,  tomo  XVII,  pág.  311). 

(1)  XIII  Kalendarum  Februarii  Era  MCII  Rex  Fernandus  cum  con- 
juge  ejus  Sancia  Regina,  Imperator  fortissimus,  simul  cum  suis  Episcopis 
Cresconio  Iriensi  Apostolice  Sedis,  Vestruario  Lucensis  Sedis,  Sisnando 
Visensis  Sedis,  Suario  Minduniensis  seu  Dumiensis  Sedis,  similiter  Ab- 
batibus  Pe  tro  de  arcestio  Vimaranensi  cum  suo  prepósito  Arrian  o  con- 
fratre,  et  de  comatio  Cellenove  Arriano  Abbate,  et  alii  multorum  filii  bono- 
rum  hominuin,  obsedit  civitatem  Colimbriam  et  jacuit  ipse  Rex  cum  suo 

exercitu VI  menses;  et  capta  fuit  in  manus  illius   Regis  per  honorificen- 

tiam  pacis  et  cum  presura  famis.  Etexierunt  inde  ad  captivitatem  VmiliaL. 
Saracenorum,  et  fuit  ipsa  capta  et  ipsa  captivitas  in  vespera  sancti  Xpisto- 
phori,  que  est  VII  idus  Iulii.  (Cronicón  Complutense;  España  Sagrada, 
tomo  XXIII,  pág.  316).— El  VII  idus  Iulii,  como  advirtió  ya  Flórez,  debe 
leerse,  VIIII  kls.  Augusti,  como  trae  el  Cronicón  Conimbricense, 

(2)  España  Sagrada,  tomo  XIV,  pág.  98, 


488  LIBRO  SEGUNDO 


y  gloria  de  Dios,  y  para  liquidar  más  lo  propuesto.  Dice 
el  Süense  que  desde  Jerusalén  vino  en  peregrinación  á 
Santiago  un  Griego  al  tiempo  del  sitio  de  Coimbra,  el 
cual  de  dia  y  de  noche  oraba  en  el  pórtico  del  Templo 
del  Apóstol  (1);  y  como  ya  entendiese  algo  la  lengua 
española,  oía  que  los  Fieles  imploraban  la  protección 
del  Santo,  rogándole  cada  dia,  que  como  buen  soldado 
favoreciese  las  armas  del  Rey  en  tanto  empeño.  El 
Griego  se  burlaba  del  nombre  de  Soldado  aplicado  al 
Apóstol,  diciendo  dentro  de  sí,  que  sólo  habia  sido  pes- 
cador, y  que  nunca  habia  montado  en  un  Caballo.  Por 
la  noche  se  le  apareció  en  un  éxtasi  el  Apóstol,  tenien- 
do unas  llaves  en  la  mano,  y  con  rostro  alegre  le  dijo: 
«Ayer  te  burlabas  de  los  que  me  oraban,  apellidándome 
»buen  soldado,  sin  persuadirte  a  ello.»  Al  punto  apare- 
ció un  gran  caballo  blanco,  cuya  claridad  iluminó  la 
Iglesia  abriéndose  las  puertas;  y  montando  en  él  San- 
tiago, dijo  al  Peregrino:  Con  estas  llaves  tengo  de  entregar 
mañana  al  Rey  Fernando  la  ciudad  de  Coimbra  d  la  hora  de 
Tercia.  El  Griego  atónito  con  la  visión  convocó  por  la 
mañana  á  los  clérigos  con  otras  personas  principales, 
y  sin  saber  nada  de  la  expedición  les  dijo,  que  el  Rey 
Fernando  entraba  aquel  dia  en  Coimbra,  contándoles 
lo  que  le  había  sucedido.  Entonces  notando  el  dia,  en- 
viaron posta  al  Rey  para  asegurarse  si  era  del  Cielo  la 
visión;  y  hallaron  que  en  efecto  había  entrado  el  Rey 
en  la  Ciudad  en  aquel  dia  a  la  hora  de  Tercia.  El  Silense 
dice  que  era  Domingo,  y  esto  parece  se  opone  á  lo  dicho 
de  la  feria  sexta.  Pero  no  hay  oposición,  pues  los  Chro- 


(1)     Gran  parte  del  área  de  este  pórtico  ha  sido  descubierta  hará  cuatro 
años  al  renovar  el  entarimado  del  Coro.  (Véase  el  grabado  de  la  pág.  186). 


LOS  TBES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  489 

nicones  se  deben  entender  de  la  rendición  de  la  ciudad; 
y  el  Silense  de  la  entrada  del  Rey;  lo  que  corresponde 
á  diferentes  días:  en  el  Viernes  capitularon  los  Moros 
entregarla  salvando  las  vidas;  en  el  Sábado  saldrían  los 
cinco  mil  y  cincuenta  que,  expresa  el  Complutense...  y 
en  el  siguiente  (Domingo)  fué  la  efectiva  entrada  del 
Rey  en  la  ciudad  según  la  expresión  del  Silense:  Cum  die 
Dominica  Sol  primo  clarus  patefecerat  orbem,  etc..  (1).  El 
Tíldense  alude  más  claramente  á  los  tres  días;  uno  de  la 
rendición;  otro  de  la  expulsión  de  los  Moros;  y  otro  de 
la  entrada  efectiva:  Rex  Fernandus  adquiescit  (feria  VI  de 
la  capitulación),  et  ejectis  Sarracenis  (en  el  día  siguiente), 
quadam  die  Dominica  hora  tertia  civitatem  cepit.  > 

Todo  esto  juntamente  se  verifica  en  el  año  1064, 
mejor  que  en  el  1058,  en  que  Flórez  equivocadamente 
colocó  la  rendición  de  Coimbra.  En  1064,  el  25  de  Julio, 
día  de  la  entrada  triunfal  de  D.  Fernando  en  Coimbra, 
fué  domingo.  En  el  viernes  anterior,  la  feria  sexta  del 
Cronicón  Qonimbrkense,  tuvo  lugar  la  capitulación. 

Por  lo  que  había  ocurrido  en  Compostela,  ya  no 
pudo  quedar  duda  á  D.  Fernando  de  que,  en  efecto, 
mientras  él  peleaba  con  las  armas  materiales  al  pie  de 
los  muros  de  Coimbra^  otro  campeón,  otro  adalid,  ma- 
nejaba en  su  favor  las  espirituales  de  la  oración,  y  de 
que,  por  tanto,  á  Santiago,  que  tanta  parte  había  teni- 
do en  la  victoria,  debía  de  darse  parte  en  el  botín  en 


(1)  Tengase  presente  que  el  Silense  pudo  enterarse  de  estos  sucesos, 
por  boca  de  los  mismos  que  los  habían  presenciado,  como  le  aconteció  con 
algunas  de  las  circunstancias  de  la  traslación  de  San  Isidoro.  Refiérese 
también  este  prodigioso  suceso,  con  algunas  ligeras  variantes,  en  el  Libro 
de  los  Milagros  del  Apóstol  Santiago,  cap.  XIX,  atribuido  al  Papa  Calixto  II. 
Dícese  aquí,  que  el  peregrino  griego  era  Obispo,  y  que  se  llamaba  Esteban. 


490  LIBBO  SEGUNDO 


señal  de  agradecimiento  y  gratitud  (1).  Antes  de  resti- 
tuirse, pues,  triunfante  á  su  Corte,  se  encaminó  el  pia- 
doso Monarca  á  Santiago  para  dar  gracias  al  Apóstol 
por  el  señalado  triunfo,  que  con  su  ayuda  acababa  de 
obtener,  y  donarle  la  parte  que  le  correspondía  en  los 
despojos  de  la  victoria  (2).  No  se  conserva  el  Diploma 
que  con  tal  motivo  debió  de  otorgar  D.  Fernando,  pero 
á  juzgar  por  las  alhajas  y  preseas  que  en  el  año  ante- 
rior donara  á  la  Iglesia  de  San  Pelayo  de  León,  los 
presentes  que  entonces  ofreció  ante  el  altar  de  Santia- 
go el  agradecido  Monarca  fueron,  sin  duda,  magníficos 
y  cuantiosos. 

En  el  año  siguiente,  1065,  último  de  su  vida,  volvió 
D.  Fernando  á  Santiago  acompañado  de  su  esposa  y  de 
sus  hijos,  D.  Sancho,  D.  Alonso,  D.  García,  D.a  Urraca 
y  D.a  Elvira,  y  de  todos  los  Magnates  de  su  Corte  y  de 
algunos  de  los  más  altos  funcionarios  del  Estado,  como 
los  gobernadores  de  las  tierras  recientemente  conquista- 
das en  Portugal.  El  objeto  de  esta  nueva  venida,  nos  lo 
expresa  el  gran  Rey  en  el  Diploma  que  concedió  en 
aquella  ocasión:  vino  para  visitar  devotamente  con  su 
Corte  el  santuario  de  Santiago;  causa  orationis.  El  año 
anterior  había  venido  D.  Fernando  para  dar  testimonio 
de  sus  sentimientos  personales  de  gratitud  y  devoción; 
este  año  vino  para  dar  el  mismo  testimonio,  pero  con 


(1)  Pugnat  i  taque  Fernandus  Rex  apud  Conimbriam  (pugna)  mate- 
riali;  pro  cujus  victoria  capessenda  Jacobus,  Christi  miles,  Magistrum  apud 
intercederé  non  cessat.  (Silense,  en  el  tomo  XVII  de  la  España  Sagrada, 
pág.  312). 

(2)  Rex  vero  Fernandua  pro  triumphato  hoste  limina  Bti.  Jacobi 
Apostoli  cum  donis  deosculans,  ad  Legionensem  urbem  alacer  revertitur. 
(/Silense,  loe.  -cit.,  pág.  313). 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  491 

mayor  solemnidad,  con  mayor  publicidad,  cual  convenía 
á  un  Rey  y  á  un  Reino,  que  se  reconocían  obligados  á 
los  señalados  favores  y  protección  del  Apóstol. 

Que  D.  Cresconio  no  faltó  en  esta  ocasión  á  ninguna 
de  cuantas  consideraciones  eran  debidas  á  tales  rome- 
ros, no  puede  ponerse  en  duda;  y  sin  embargo,  no  se 
halla  de  él  mención  directa  en  el  Diploma  en  que  se  nos 
da  cuenta  de  esta  venida  de  D.  Fernando.  Tal  vez  lo 
retrajeron  motivos  de  circunspección  y  delicadeza.  La 
Iglesia  compostelana  tenía  que  presentar  á  los  Reyes 
una  queja;  una  queja  contra  los  Gobernadores  ó  Merinos 
de  Portugal,  Diego  Tructesíndez,  Sisnando  Yáñez  y 
Tedón  Téllez.  los  cuales,  con  desaforadas  imposiciones, 
se  entrometían  en  las  villas,  iglesias  y  monasterios  que 
la  Sede  de  Santiago  poseía  en  aquellas  tierras,  y  mo- 
lestaban importunamente  á  sus  moradores.  Estimó  tal 
vez  el  prudente  Prelado  que  no  sería  bien  visto  el  dar  á 
sus  huéspedes  el  menor  motivo  de  desazón  y  disgusto. 
Quien  tomó  á,  su  cargo  esta  misión,  fué  el  discípulo  de 
D.  Cresconio,  D.  Pelayo,  recién  consagrado  Obispo  de 
León,  el  cual  in  vlce  et  persona  domni  Cresconii,  puso  en  co- 
nocimiento de  los  Reyes  los  excesos  y  demasías  de  sus 
Ministros;  y  los  halló  tan  bien  dispuestos,  que  D.  Fer- 
nando mandó  despachar,  sin  demora,  un  Privilegio  por 
el  que  se  amonestaba  severamente  á  dichos  Gobernado- 
res, para  que  se  abstuviesen  de  entrometerse  en  las  villas 
y  tierras  de  Santiago.  «En  reverencia  á  nuestro  Patrón 
Santiago  Apóstol,  dice  D.  Fernando,  cuyo  Cuerpo  des- 
cansa en  Galicia  en  la  ciudad  de  Compostela,  y  con  cu- 
yo auxilio  vemos  postrados  y  subyugados  á  nuestros  ene- 
migos, confirmamos  a  vos  D.  Cresconio  y  a  los  Clérigos 
y  séniores  de  vuestra  Sede,  que  todos  los  que  de  nuestras 


492  LIBSO    SEGUNDO 


tierras  quieran  pasar  a  morar  en  las  vuestras,  os  sirvan 
como  los  demás  vuestros  vasallos  bajo  el  régimen  inme- 
diato de  vuestros  merinos  y  sin  intrusión  alguna  de  nues- 
tro Gobernador,  ni  de  ninguna  otra  potestad»  (1).  Fe- 
chóse el  Diploma  á  10  de  Marzo  de  1065  (2),  y  fué  subs- 
cripto por  los  Reyes,  por  todos  sus  hijos,  y  los  Magnates 
de  la  Corte,  incluso  los  Gobernadores  de  Portugal  (3). 

En  otras  ocasiones  había  implorado  D.  Fernando  el 
favor  de  Santiago  para  extender  los  dominios  cristianos 
por  el  Occidente  de  España;  ahora  lo  pedía  para  enar- 
bolar el  estandarte  de  la  Cruz  en  las  regiones  de  Levan- 
te. En  efecto,  aquel  mismo  año,  dirigió  sus  armas  sobre 
el  reino  de  Valencia,  y  después  de  conquistar  muchos 
pueblos  y  ciudades,  estando  ya  á  punto  de  apoderarse 
de  la  capital,  una  grave  enfermedad  lo  detuvo  en  su 
victoriosa  carrera.  Restituido  á  León,  se  preparó  para 
la  muerte,  como  saben  hacerlo  los  Reyes  verdaderamen- 
te cristianos.  Ante  el  altar  de  San  Juan,  de  San  Isidoro 
y  San  Vicente,  depuso  el  manto  real  y  la  corona,  se  cu- 
brió de  ceniza  y  vistió  el  cilicio,  y  al  tercer  día,  27  de 
Diciembre  de  1065,  á  la  hor^i  de  sexta,  asistido  de  va- 
rios Obispos,  entregó  el  alma  al  Rey  eterno,  su  Criador 
y  Redentor. 

En  sus  últimos  años,  después  de  las  apremiantes 
atenciones  del  Estado,  las  obras  de  piedad  eran  su  prin- 
cipal preocupación.  En  todas  las  Iglesias  del  Reino  dejó 
testimonios  inequívocos  de  su  generosidad  y  devoción; 


(1)  Fueros  de  Santiago  y  de  su  tierra,  tomo  I,  páginas  135-136. 

(2)  En  el  Tumbo  se  lee  Era  MCIa,  que  es  año  1063;  pero  aquí  debe  de 
haber  yerro;  pues  D.  Pelayo  no  fué  Obispo  de  León  hasta  el  año  1065. 

(3)  Véanse  Apéndices,  núm.  XCVL 


LOS  TEES  PEIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  493 

pero  con  las  Iglesias  de  San  Salvador  de  Oviedo  y  de 
Santiago,  fué  con  quien  más  se  esmeró  su  regia  muni- 
ficencia. Colebat  prae  ceteris  et  venerabilibus  locis,  dice  el 
Süense  (1),  Ecclesiam  Sancti  Salvatoris  Ovetensis,  quam  multo 
auro  et  argento  donavit.  Níhihminus,  Ecclesiam  Beati  Jacolri 
Apostoli  diversis  muneribus  exornare  studuit. 


mm>~t+ — 


(1)     España  Sagrada,  tomo  XVII,  pág.  320. 


CAPÍTULO  XXVI 


Concilios  compostelanos  del  año  1060  y  del  1063. 


omo  dice  el  Sr.  La  Fuente,  una  de  las 
cosas  que  inás  contribuyeron  á  realzar 
el  glorioso  reinado  de  D.  Fernando  I, 
fué  la  celebración  del  Concilio  de  Co- 
yanza,  convocado  por  dicho  Monarca  en 
el  año  1050:  Ad  restaurationem  Christiani- 
tatis.  Dicho  Concilio,  como  observa  el 
citado  historiador,  fué  uno  de  los  más  importantes  de  la 
Edad  Media  en  nuestra  patria,  recuerdo  de  los  antiguos 
toledanos  y  último  esfuerzo  de  la  Disciplina  particular  de  Es- 
paña. En  lo  de  calificarle  como  último  esfuerzo  de  la 
Disciplina  eclesiástica  española,  no  anduvo  muy  acerta- 
do el  Sr.  La  Fuente;  pues  el  Prelado  compostelano,  Don 
Cresconio,  que  había  asistido  á  este  Concilio,  á  los  pocos 


496  LIBEO  SEGUNDO 


años  reunió  otros  dos  en  su  propia  Iglesia,  en  los  cuales 
se  trató  de  ordine  ecclesiastico  y  de  institutionibus  sanctorum 
canonnm,  y  se  renovaron  en  gran  parte  los  decretos  del 
Concilio  coyacense. 

Acerca  de  estos  Concilios  compostelanos,  escribíamos 
en  el  Boletín  Eclesiástico  de  esta  Diócesis  del  año  1865,  lo 
siguiente,  que  quizás  no  sea  inoportuno  reproducir:  «Ge- 
neralmente los  historiadores  sólo  hablan  de  un  Concilio 
compostelano,  bajo  el  pontificado  de  D.  Cresconio.  Así 
Baronio  en  sus  Anales,  como  Aguirre  en  su  Colección  de 
Concilios  españoles,  Mariana  en  su  Historia  general,  Flórez 
en  el  tomo  XIX  de  la  España  Sagrada,  Noguera  en  las 
Notas  á  Mariana,  y  últimamente,  para  omitir  otros  mu- 
chos, el  Sr.  Tejada  Ramiro  en  ambas  ediciones  de  su 
Colección  de  Cánones  de  la  Iglesia  Española,  ponen  un  Con- 
cilio en  1056,  pero  nada  dicen  de  que  se  haya  celebrado 
otro  en  tiempo  del  Obispo  D.  Cresconio. 

>Y  á  la  verdad,  los  autores  anteriores  al  P.  Flórez, 
tuvieron  razón  para  obrar  así;  pues  los  dos  ejemplares, 
hasta  entonces  publicados,  indudablemente  se  referían 
á  un  mismo  Concilio.  Mas  el  erudito  Agustino,  al  final 
del  tomo  XIX  de  su  España  Sagrada,  publicó  otro  ejem- 
plar de  un  Concilio  compostelano,  tomado  del  Archivo 
de  la  Santa  Iglesia  de  León;  ejemplar  que  él  creyó  una 
nueva  copia  del  Concilio  celebrado  en  Compostela 
en  1056.  Este  su  dictamen,  fué  abrazado  por  casi  todos 
los  historiadores  que  le  sucedieron. 

>Y  sin  embargo,  para  persuadirse  de  que  la  copia 
publicada  por  el  P.  Flórez  se  refiere  á  un  Concilio  dis- 
tinto de  el  contenido  en  los  dos  ejemplares  anteriores, 
basta  comparar  con  alguna  detención  á  éstos  con  aque- 
lla. El  P.  Risco,  que  fué  el  primero  que  sentó  que  dichos 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELAtf  A  497 

ejemplares  se  referían  á  distintos  Concilios  (1),  ya  notó 
sus  principales  diferencias.  El  de  los  dos  antiguos  ejem- 
plares, fué  presidido  por  D.  Cresconio;  el  del  ejemplar 
legionense,  por  D.  Fruela,  Obispo  de  Oviedo;  al  primero 
asistieron  tres  Obispos,  al  segundo  cinco;  aquel  contiene 
seis  capítulos  ó  títulos;  éste  siete.  Por  último,  los  preám- 
bulos y  las  fechas  son  enteramente  distintos.  Es  verdad 
que  algunas  disposiciones  se  hallan  repetidas  casi  con 
las  mismas  palabras  en  el  segundo;  pero  esto  no  debe 
extrañarlo  quien  conozca  la  costumbre  de  los  Concilios 
de  aquellos  tiempos,  de  extender  sus  decretos,  valiéndose 
de  las  cláusulas  y  fórmulas  de  otros  anteriores. » 

Veamos  ahora  en  que  año  se  celebró  cada  uno  de 
estos  dos  Concilios,  y  comencemos  por  el  contenido  en 
los  dos  ejemplares  primeramente  conocidos,  que  se  su- 
pone celebrado  en  el  año  1056.  Dichos  dos  ejemplares 
fueron  publicados,  el  uno  por  Aguirre  (2),  que  lo  tomó 
del  Archivo  de  la  Santa  Iglesia  de  Toledo,  y  el  otro  por 
Tamayo  Salazar  (3),  que  lo  sacó  de  un  Códice  del  Esco- 
rial. En  ambos  ejemplares  está  la  fecha  de  la  Era  tan 
errada,  que  por  sólo  este  dato  no  es  posible  señalar,  ni 
aún  aproximadamente,  el  año  de  la  celebración  del 
Concilio.  En  el  ejemplar  Escurialense  se  lee:  Data  et  con- 
firmata  lex  die  XIX  halendarum  februariarum,  Era  MLXIX, 
auno  XXI  regnante  serenissimo  Principe  Fer  diñando,  ó  sea 
á  14  de  Enero  de  1031.  En  el  de  Toledo:  Data  et  confirmaba 
lex  die  XVI II  halendarum  februariarum,  Era  MLXXXXIV, 
anno   XXI  regnante  serenissimo  Principe  Fredenando,  ó   sea 


(1)  España  Sagrada,  t.  XL,  cap.  IX,  págs.  l'¡7  y  siguientes. 

(2)  Collectio  máxima  Conciliorum  omnium  Hispavide, 
(o)     Martirologio  español,  al  día  10  de  Marzo. 

Tomo  II.  —fifi, 


498  LIBBO  SEGUNDO 


á  15  de  Enero  de  1056.  Mas  en  esta  fecha  hay  un  dato 
firme,  que  puede  ponernos  en  camino  para  averiguar  con 
seguridad  el  año  de  la  celebración  de  este  Concilio;  y  es 
el  año  XXI  del  reinado  de  D.  Fernando  I.  Ahora  bien, 
este  Monarca  comenzó  á  reinar  en  22  de  Junio  ,  no 
de  1037,  como  dice  Risco,  sino  de  1038  (1);  y  por  consi- 
guiente, el  año  XXI  de  su  reinado  cayó  desde  22  de  Ju- 
nio de  1059  hasta  22  de  Junio  de  1060.  Colocando,  pues, 
este  Concilio  en  14  de  Enero  de  1060,  resulta  celebrado 
en  el  año  XXI  del  Rey  D.  Fernando. 

El  P.  Risco  alega  otra  prueba  en  favor  del  año  1060, 
tomada  del  tiempo  en  que  comenzó  su  pontificado  el 
Obispo  de  Lugo,  D.  Vistruario,  el  cual  subscribe  como 
electo  las  Actas  del  Concilio.  El  predecesor  de  D.  Vis- 
truario, D.  Maurelo,  presidió  en  Lugo  hasta  fines  del 
año  1059;  por  lo  tanto,  su  sucesor  no  pudo  comenzar 
sino  después  de  esta  fecha;  lo  cual  se  aviene  perfecta- 
mente con  el  que  en  14  de  Enero  de  1060,  era  tan  sólo 
electo.  En  11  de  Octubre  de  1060,  ya  D.  Vistruario  se 
hallaba  consagrado,  como  resulta  de  una  Escritura  que 
aduce  Risco  (2),  en  cuya  fecha  se  menciona  á  D.  Vis- 
truario como  Pontífice  en  Lugo:  Pontífice  nostro  Vistruario 
in  Luco.  Luego  el  Concilio  debió  de  celebrarse  antes 
del  11  de  Octubre  de  1060  y  después  de  1059;  y  por  lo 
tanto,  erradamente  lo  colocó  el  P.  Risco  en  el  año  1061, 
sin  tener  en  cuenta  que  entonces  ya  corría  el  año  XXTI 
de  D.  Fernando.  Tenemos,  pues,  que  el  Concilio,  cuyas 
Actas  nos  ofrecen  los  dos  ejemplares  Escurialense  y  To- 
ledano, se  celebró  en  14  de  Enero  de  1060. 


(1)  España  Sagrada,  t.  XXXV,  pág.  51. 

(2)  España  Sagrada,  t,  XL,  pág.  166. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  499 

¿Y  en  qué  año  se  celebró  el  Concilio  del  ejemplar 
Legionense  que  supusimos  ser  distinto  de  el  del  año  1060? 
Acerca  de  esto  no  puede  haber  duda,  porque  las  diver- 
sas notas  cronológicas  que  trae  la  fecha,  convienen  per- 
fectamente en  un  mismo  año.  En  el  preámbulo  se  dice 
que  el  Concilio  se  celebró  en  el  año  XXV  de  D.  Fernan- 
do, ó  sea  entre  el  22  de  Junio  de  1063  y  el  22  de  Junio 
de  1064.  Al  final  se  lee:  Notum  die  X  ¡calendas  novembris 
Era  CI  post  millesimam;  ó  sea,  otorgado  á  23  de  Octubre 
de  1063,  el  cual  día  cayó  justamente  en  el  año  XXV  de 
D.  Fernando. 

Demostrada  ya  la  distinción  entre  ambos  Concilios, 
y  fijado  el  año  en  que  se  celebró  cada  uno  de  ellos,  vea- 
mos el  texto  traducido  al  castellano. 


Concilio  compostelano  del  año  1060 


N  nombre  de  nuestro  Señor  Jesucristo.  Este 
es  el  Concilio  celebrado  en  la  ciudad  de 
Compostela,  dentro  de  la  Basílica  del  bien- 
aventurado Apóstol  Santiago,  por  los  Obispos,  Presbíte- 
ros, Diáconos,  Clérigos  y  Abades  que  subscriben  al  fin. 

Capítulo  I. 

Ordenamos,  que  conforme  á  los  Sagrados  Cánones, 
procuren  los  Obispos  establecer  la  Regla  Canónica  en 
sus  Iglesias  Catedrales,  y  que  para  esto  elijan,  con  con- 
sentimiento de  los  demás  Clérigos,  dos  ó  tres  Prepósitos, 
á  quienes  deleguen  el  cuidado  de  la  Diócesis,  y  á  quie- 


500  LIBBO  SEGUNDO 


nes  igualmente  incumba  el  régimen  y  administración  de 
los  monasterios. 

Todos  deberán  celebrar  y  hacer  oración  en  la  iglesia 
á  unas  mismas  horas.  Todos  igualmente  tendrán  un 
mismo  refectorio  y  un  mismo  dormitorio;  que  serán  los 
del  Obispo  mientras  resida  á  corta  distancia  ;  procu- 
rando, de  este  modo,  que  nunca  falte  ninguna  de  las 
tres  cosas  que  constituyen  la  vida  común.  En  todos  estos 
actos  se  guardará  silencio,  y  durante  la  mesa  se  leerán 
libros  piadosos. 

Los  Obispos,  así  como  los  Clérigos,  vestirán  ropa 
talar.  Los  Canónigos,  además,  deberán  tener  cilicios  y 
capillos  negros;  y  para  que  no  tengan  necesidad  de  an- 
dar preguntando  en  qué  días  habrán  de  usarlos,  los  se- 
ñalaremos aquí:  todos  los  días  de  Cuaresma,  los  de  Le- 
tanías, las  ferias  cuarta  y  sexta,  y  siempre  que  hagan 
penitencia. 

Los  Obispos  y  Presbíteros  ofrecerán  todos  los  días  el 
Santo  Sacrificio;  y  los  que  por  enfermedad  ó  debilidad 
del  cuerpo  no  puedan  hacerlo,  asistirán  á  él. 

Todos  rezarán,  por  lo  menos,  cincuenta  salmos  con 
las  Horas  Prima,  Tercia,  Sexta,  Vísperas  y  Completas, 
los  Nocturnos  á  media  noche  y  los  Maitines. 

Ningún  seglar  tenga  autoridad  ó  delegación  alguna 
sobre  las  cosas  de  las  iglesias  canónicas  (1),  y  sólo  á  los 
Arciprestes  y  Primicerios  pertenecerá  el  régimen  y  dis- 
ciplina de  todos  los  demás  Clérigos  inferiores,  á  cuya 
manutención  atenderán,  de  acuerdo  con  los  dos  ó  tres 
administradores  puestos  por  el  Obispo. 


(1)     Iglesias  canónicas  eran  las  llamadas  también  dioecesales,  exclusiva- 
mente sujetas  al  Diocesano  sin  dependencia  alguna  de  personas  extrañas. 


LOS  TEES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  501 

Cuando  el  Diácono  dice  en  la  Misa:  ínter  vos  pacem 
tradite,  se  dará  el  ósculo  de  la  paz  á  todos  los  que  se  ha- 
llen en  la  iglesia  y  en  las  galerías . 

En  todas  las  comuniones  mayores  de  la  Natividad  del 
Señor,  Pascua  y  Pentecostés,  cada  cual  debe  hacer  ofren- 
da según  sus  facultades. 

Capítulo  II. 

Cúidese  en  todas  las  Diócesis,  que  los  Abades  que  se 
elijan,  .sepan  exponer,  de  un  modo  claro  y  ortodoxo,  el 
misterio  de  la  Santísima  Trinidad,  y  estén  versados  en 
el  estudio  de  las  Santas  Escrituras  y  de  los  Sagrados  Cá- 
nones. A  su  cargo  estará  el  establecer  escuelas  en  las 
respectivas  iglesias  canónicas,  el  procurar  la  observan- 
cia de  la  disciplina,  y  el  presentar  á  los  Obispos  á  los 
que  hayan  de  recibir  los  Sagrados  órdenes. 

Para  optar  al  subdiaconado  se  requieren  veinticua- 
tro años  de  edad;  veinticinco  se  exigen  para  el  diacona- 
do,  y  treinta  para  el  presbiterado.  Los  ordenandos  debe- 
rán saber  el  salterio  con  la  parte  de  cánticos  é  himnos, 
las  ceremonias  y  ritos  de  la  aspersión  de  la  sal,  del  bau- 
tismo, de  la  insuflación  y  de  la  recomendación  del  alma, 
y  cantar  las  Horas  y  el  Oficio  Divino,  ya  sea  de  Mártires, 
ya  de  Confesores,  ya  de  Vírgenes,  ya  de  uno  ó  varios 
difuntos,  y  todos  los  responsorios. 

Ninguno  al  pretender  la  Sagrada  Ordenación,  se 
atreva  á  incurrir  en  simonía.  Asimismo,  ningún  Obispo, 
Presbítero,  Diácono,  ú  otro  cualquiera  ministro,  quiera 
comprar  ó  vender  las  cosas  sagradas,  por  ejemplo,  el 
Oleo,  ni  nada  perteneciente  al  Orden  eclesiástico.  Al  que 
esto  hiciere,  téngasele  por  simoníaco,  y  no  por  verdadero 
cristiano. 


502  LIBRO  SEGUNDO 


Ningún  Clérigo  podrá  traer  armas.  Todos  los  Canó- 
nigos deberán  tener  rasurada  en  forma  circular  la  parte 
superior  de  la  cabeza,  corto  el  cabello  y  afeitada  la 
barba. 

Capítulo  III. 

Prohibimos  que  los  seglares,  las  mujeres  y  los  tráns- 
fugas ó  re  fúganos  (1),  posean  heredad  alguna  dentro  de 
los  diextros  de  las  iglesias. 

Los  templos  deben  de  estar  bien  reparados,  cubiertos 
con  tejas  y  provistos  de  cruces,  cajas  y  cálices  de  plata, 
y  de  libros  para  todo  el  año. 

Se  prohibe  á  los  Obispos  y  monjes  tener  trato  alguno 
con  mujeres  extrañas;  y  sólo  por  necesidad  se  permite 
que  tengan  en  sus  casas  á  su  madre,  á  alguna  tía  ó  her- 
mana, que  en  sus  costumbres  y  traje  no  desmientan  la 
piedad  que  debe  reinar  en  tales  sitios. 

En  todos  los  domingos  se  hará  la  aspersión  de  la  sal, 
y  se  cantarán  los  Himnos  sagrados. 

Los  refuganos,  que  hubiesen  contraído  matrimonio 
(lo  cual  solo  por  enfermedad  ó  debilidad  puede  hacerse), 
si  es  que  se  apartan  de  sus  mujeres,  pueden  ser  admiti- 
dos á  la  confesión  y  recibir  la  penitencia  con  la  condi- 
ción de  habitar  y  dormir  en  la  casa  de  los  Presbíteros  de 
la  iglesia,  y  de  nunca  separarse  de  su  compañía. 

Todo  cristiano  debe  saber  de  memoria,  el  símbolo  y 
la  oración  dominical,  y  confesarse  y  hacer  penitencia 
según  sus  circunstancias  se  lo  permitan. 

Ninguno  tenga  dos  mujeres,  ni  se  case  con  la  mujer 


( 1 )     Se  llamaban  ref ájanos  los  Clérigos  de  Órdenes  menores,  que  deja- 
ban el  estado  eclesiástico  para  contraer  matrimonio. 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  OOMPOSTELANA  503 

de  su  hermano.  El  infractor  sea  privado  de  la  comunión 
eclesiástica. 

Capítulo  IV. 

Las  monjas  deben  observar  puntualmente  los  estatu- 
tos de  la  vida  regular,  estar  estrechamente  unidas  entre 
sí  por  los  vínculos  de  la  caridad,  y  renunciar  á  sus  pro- 
pias riquezas  y  al  mundo  para  siempre.  En  todos  los 
asuntos  temporales  que  afecten  á  sus  monasterios,  desig- 
nen á  personas  laicas,  que  averigüen  y  defiendan  sus  de- 
rechos. 

Los  que  habiendo  hecho  propósito  de  sujetarse  á  la 
vida  regular  en  un  monasterio,  mudando  después  de  pa- 
recer, volviesen  al  siglo  así  como  el  perro  vuelve  á  su 
vómito,  sean  separados  de  la  comunión  de  la  iglesia, 
mientras  tanto  no  se  recojan  en  su  monasterio.  Y  el  que 
á  los  tales  patrocinase  ó  retuviese,  no  conduciéndolos  á 
su  monasterio,  sea  excomulgado. 

Capítulo  V. 

Los  jueces  y  potestades  no  ejerzan  opresión  en  los 
pueblos;  antes  bien,  en  los  juicios  usen  de  misericordia. 
No  reciban  ofrendas,  ni  regalos  antes  del  fallo;  después 
de  averiguada  la  verdad,  tomen  lo  que  sea  justo  y  con- 
forme á  las  leyes. 

Ninguno  crea  en  agüeros  ó  encantamientos,  ni  obser- 
ve el  curso  de  la  luna,  ni  los  animales  inmundos.  Tam- 
poco se  cuelguen  figurillas  de  mujer  en  los  telares.  Todos 
éstos  son  actos  idolátricos,  y  por  lo  tanto  anatematiza- 
dos por  la  Santa  Madre  Iglesia;  y  los  cristianos  sólo  en 
nombre  del  Padre,  del  Hijo  y  del  Espíritu  Santo  deben 
hacer  todas  sus  cosas.. 


504 


LIBRO  SEGUNDO 


Capítulo  VI. 

Lds  consanguíneos  unidos  en  matrimonio,  sean  sepa- 
rados, y  hagan  penitencia;  de  lo  contrario,  príveseles  de 
la  comunión  eclesiástica  y  del  trato  con  los  fieles. 

Lo  mismo  ordenamos  respecto  de  los  presbíteros  y 
diáconos  que  hubiesen  contraído  matrimono. 

Sigue  después  la  fecha  y  las  subscripciones  de  los  tres 
Obispos,  Cresconio,  Suario  de  Dumio,  y  Vistruario  electo 
metropolitano  de  Lugo  (1). 


II 


Concilio  compostelano  del  año  10G3 


or  aquellos  tiempos  tan  revueltos,  lo 
inesperado  é  imprevisto  era  lo  que  solía 
determinar  el  curso  de  los  acontecimientos,  pues  de  im- 
proviso tan  mudadas  se  veían  las  circunstancias,  que 
los  acuerdos  de  antemano  tomados,  unas  veces  resulta- 
ban perjudiciales,  otras  quedaban  del  todo  frustrados,  y 
otras  aparecían  como  en  suspenso  y  en  expectativa. 
Algo  de  esto  debió  acontecer  con  los  decretos  del  Conci- 
lio compostelano  del  año  1060;  pero  el  perseverante 
Cresconio,  cuyo  ánimo  no  decaía  con  las  dificultades  y 
obstáculos,  antes  se  sobreexcitaba  y  fortalecía,  procuró 
reunir  otro  Concilio  más  numeroso,  en  el  cual  las  deci- 


(1)     Véanse  Apéndices,  núm.  XCII  bis, 


LOS  TBES  PBIMEBOS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA  505 

siones  del  anterior  recibiesen  más  solemne  y  plenaria 
confirmación.  Tal  fué,  sin  duda,  el  motivo  que  el  23  de 
Octubre  de  este  año  1063  congregó  dentro  de  la  Basílica 
del  Apóstol,  á  los  Obispos  de  Oviedo,  de  Compostela,  de 
Oporto,  de  Dumio  y  de  Lugo,  juntamente  con  muchos 
Abades,  Presbíteros,  Diáconos  y  aún  Magnates  emplea- 
dos en  la  Corte.  Después  que  los  Padres  hubieron  delibe- 
rado acerca  de  los  puntos  que  estimaron  dignos  de  aten- 
ción, hicieron  redactar  los  decretos  que  siguen  con  el 
preámbulo  que  va  á  la  cabeza. 

En  el  nombre  de  Dios  Omnipotente,  de  Jesucristo  su 
Hijo,  Verbo  desde  el  principio,  en  quien  Dios  rige  todas 
las  cosas,  hecho  hombre  en  el  tiempo  en  las  entrañas  de 
la  Virgen  María  sin  dejar  de  ser  Dios,  y  del  Espíritu 
Santo  que  de  ambos  procede,  un  sólo  Dios  subsistente 
en  tres  personas.  Este  es  el  Concilio  habido  en  el 
año  XXV  del  Príncipe  D.  Fernando,  en  el  templo  del 
bienaventurado  Apóstol  Santiago,  sancionado  y  promul- 
gado por  los  Obispos,  Abades,  Presbíteros,  Diáconos, 
Magnates  del  Oficio  palatino  allí  congregados.  Después 
que  entre  nosotros,  los  que  abajo  subscribiremos,  hubi- 
mos conferenciado  y  discutido  sobre  la  disciplina  y  la 
observancia  de  los  sagrados  Cánones,  no  pudimos  menos 
de  notar  algunos  de  los  abusos  que  por  negligencia  ó  por 
descuido,  se  habían  introducido  contra  el  esplendor  de 
la  Santa  Iglesia  y  la  pureza  de  la  Fe  católica.  Ahora  de- 
puesta ya  la  pasada  negligencia,  queremos  poner  fin  á 
estos  males,  y  decretamos  para  lo  futuro,  lo  siguiente: 

Capítulo  I. 

Ordenamos,  que  conforme  á  los  Sagrados  Cánones,  en 


506  LIBBO  SEGUNDO 


las  Iglesias  Catedrales  se  tenga  y  observe  la  Regla  Ca- 
nónica. Para  ello  los  Obispos,  además  del  Primicerio,  con 
consentimiento  de  los  demás  Clérigos,  de  entre  los  Canó- 
nigos elegirán  dos  ó  tres  Prepósitos,  á  quienes  incumba 
el  cuidado  de  la  Diócesis  y  de  las  decanías  ó  tenencias,  y 
el  proveer  de  lo  necesario  á  la  Canónica. 

En  todo  tiempo  celebrarán  en  la  iglesia  y  á  una  mis- 
ma hora,  y  todos  tendrán  con  el  Obispo  un  mismo  refec- 
torio y  un  mismo  dormitorio.  Durante  la  mesa  se  leerán 
libros  piadosos,  y  se  guardará  silencio.  Cuando  el  Obispo 
se  vea  precisado  á  viajar  por  la  Diócesis,  no  por  eso  se 
suspenda  la  Regla  Canónica;  antes  bien  continúe  bajo  la 
dirección  de  uno  de  los  Prepósitos  dichos. 

Los  Obispos,  Presbíteros  y  Diáconos,  vistan  ropas  ta- 
lares. Los  Obispos  y  Presbíteros,  ofrezcan  todos  los  días 
el  Santo  Sacrificio;  y  los  que  estén  impedidos  por  enfer- 
medad ó  debilidad  del  cuerpo,  asistan  á  él. 

Sobre  las  cosas  de  la  Iglesia,  ningún  lego  reciba  atri- 
bución alguna,  sino  el  que  en  sus  costumbres  y  en  su  há- 
bito sea  un  verdadero  Canónigo. 

Capitulo  II. 

Añadimos,  que  los  Sacerdotes  elegidos  Abades  en  las 
Diócesis,  sepan  exponer  de  un  modo  claro  y  ortodoxo  el 
misterio  de  la  Santísima  é  Individua  Trinidad,  y  estén 
versados  en  el  estudio  de  las  Santas  Escrituras  y  de  los 
Sagrados  Cánones.  A  ellos  corresponderá  el  presentar  á 
los  Obispos  los  Ordenandos,  quienes  deberán  saber  todo 
el  Salterio,  los  ritos  y  ceremonias  de  la  aspersión  de  la 
sal,  del  bautismo  y  de  la  recomendación  del  alma,  y  te- 
ner el  Oficio  de  Difuntos.  En  cuanto  á  la  edad,  esto  es  lo 


LOS  TRES  PRIMEROS  SIGLOS  DE  LA  I.  COMPOSTELANA     507 

que  establecemos,  que  el  diaconado  se  reciba  á  los  vein- 
ticinco años,  y  el  presbiterado  á  los  treinta. 

Los  Clérigos  no  usen  armas  seculares,  ni  ningún  in- 
terés reciban  por  el  bautismo,  ni  por  acto  alguno  que  se 
refiera  á  las  cosas  sagradas. 

Capitulo  III. 

Prohibimos  que  los  refuganos,  después  de  contraído 
matrimonio,  reciban  cosa  alguna  de  la  Iglesia. 

Las  cruces  y  cajas  de  las  iglesias  sean  de  plata. 

Las  mujeres  extrañas  no  tengan  trato  alguno  con 
los  Obispos  y  Monjes;  y  sólo  en  atención  á  la  necesidad, 
se  permite  que  en  las  parroquias  tengan  los  Clérigos  en 
su  compañía  á  la  madre  ó  á  alguna  tía  ó  hermana,  con 
tal  que  en  sus  costumbres  y  hábito  se  revele  su  religio- 
sidad. 

Capítulo   IV. 

Mandamos  también  que  se  corrija  la  insolencia  de 
aquellos,  que  contándose  abusivamente  en  el  número  de 
los  Clérigos,  malversan  torpemente  los  bienes  de  la 
Iglesia. 

Todo  el  que  pretenda  ser  tenido  como  Canónigo  y 
gozar  de  los  beneficios  eclesiásticos,  reciba  alguno  de  los 
siete  Ordenes,  de  que  se  compone  la  jerarquía  de  la 
Iglesia.  En  caso  de  que  se  nieguen  á  recibir  dichos  Or- 
denes y  contraigan  matrimonio,  dejen  los  bienes  ecle- 
siásticos, y  sean  considerados  como  meros  seglares.  Mas 
si  en  vez  de  contraer  matrimonio,  andan  de  lugar  en 
lugar  buscando  la  satisfacción  de  su  carnal  concupiscen- 
cia, sean  separados  de  la  comunión  eclesiástica,  hasta 
tanto  que  arrepentidos  vuelvan  á  mejor  vida. 


508  LIBBO  SEGUNDO 


Capítulo  V   (I). 

Acerca  de  las  Monjas,  ordenamos  que  no  posean  en 
particular  cosa  alguna,  y  que  estén  íntimamente  unidas 
entre  sí  por  los  vínculos  de  la  caridad. 

Los  Monjes  obedezcan  á  sus  Abades  como  á  sus  pro- 
pios padres,  y  los  Abades  á  su  vez  deben  ser  condescen- 
dientes con  sus  subditos,  procurar  todo  lo  necesario  para 
su  sustento  y  vestido,  amarlos  como  si  fueran  sus  hijos, 
y  mostrar  especial  cuidado  con  los  débiles  y  enfermos. 

Capítulo  VI. 

Los  consanguíneos  dentro  del  séptimo  grado,  no  pue- 
den contraer  matrimonio;  y  si  lo  hubiesen  contraído, 
usando  de  misericordia,  disponemos  que  no  sean  separa- 
dos sino  los  que  estén  dentro  del  quinto  grado.  Los  in- 
cestusosos,  que  se  opusieren  á  la  separación,  sean  priva- 
dos de  la  comunión  de  la  Iglesia  y  del  ósculo  de  la  paz. 

Los  raptores,  los  falsarios,  los  encantadores,  los  que 
abandonan  sus  propias  mujeres,  los  que  pudiendo  con- 
traer lícitamente  matrimonio  no  lo  hacen,  para  entre- 
garse más  desenfrenadamente  á  la  satisfacción  de  su 
lascivia,  los  refuganos,  que  contra  lo  que  disponen  los 
Sagrados  Cánones,  se  sustentan  con  los  bienes  de  las 
iglesias  (2),  hagan  penitencia,  y  absténganse  de  prose- 
guir en  su  criminal  conducta.  De  otro  modo,  sean  exco- 


(1)  En  el  original  legionense  este  capítulo  lleva,  por  equivocación,  re- 
petido el  número  IV. 

(2)  Este  creemos  que  sea  el  sentido  de  aquella  casi  ininteligible  cláu- 
sula: Refuganes  et  ecclesias  partitores,  sed  ut  Sanctos  Cañones  admonent  per 
tas  viventes...  - 


LOS  TRES  PBIMEBOS  SIGLOS  DÉ  LA  I.  COMPOSTELANA  509 

mulgados,  y  á  la  hora  de  la  muerte,  niegúeseles  la 
recomendación.  Y  sean  tenidos  por  semejantes  á  éstos, 
los  que  los  acogieren,  ó  tuvieren  con  ellos  algún  trato. 

Capítulo  Vil. 

Añadimos,  por  último,  que  los  Clérigos  que  no  rasu- 
ren la  barba,  no  pueden  entrar  en  el  coro,  ni  leer  las 
divinas  lecciones,  ni